Aquí especificaré un poco mejor las edades de mis chicos:

Dean tiene veinticinco, Castiel diecinueve, Gabriel veintitrés, Balthazar treinta y dos, Benny treinta y cuatro, Anna dieciocho y Sam veinte. También aclaro la sexualidad de Cas, aunque no sé si he sido lo suficientemente clara, cualquier duda haganmela saber.


— No, Dean, es en serio, te he dicho que no —la voz seria y molesta de Castiel resonó por el pasillo del edificio de apartamentos donde vivía desde que comenzó la universidad.

Dean detrás de él farfullaba algunas malas palabras y pateaba el suelo molesto. Un breve bufido digno de un niño berrinchudo, pensó Castiel antes de girar a la izquierda para llegar a su hogar.

La discusión, aunque no sabía si debía llamarla de esa forma ya que una discusión consistía en dos partes dando argumentos sensatos y concretos sobre el tema, estando o no a favor de él y lo que ahora hacía con Dean más parecía una madre castigando a su hijo pequeño por entrar a hurtadillas a la cocina y llevarse todas las galletas para, por supuesto, devorarlas ese mismo día, era culpa de un inocente comentario que su mejor amigo hizo mientras bebían café en la cafetería del campus. Dean le recordaba un poco a Gabriel cuando eran niños, su amigo siempre hacía lo que quería cuando quería y con quién quería, arrastrándolo a él siempre a toda aventura a la que quisiera adentrarse ese día. Ambos parecían tener un contenedor de energía inagotable, para tortura del pobre Castiel, y tampoco parecían tener un botón de apagado en ningún lado que pudiera ayudar a salvar la poca paciencia que le quedaba. Con Gabriel había obtenido gracias a su sed de exploración y travesuras un sinfín de regaños, castigos y muchos moretones en todos lados; una vez tuvo uno con forma de Texas en la costilla derecha y otro con forma de páncreas en la rodilla izquierda; y una sola cicatriz en su pómulo derecho, muy fina y blanca gracias a su tono de piel algo pálido.

Aún recordaba ese incidente, la raíz de aquella marca fue una simple caída de un árbol, al menos unos dos metros del suelo, no había sido nada realmente, estaban jugando en el parque, en invierno, todo cubierto de nieve y él llevaba unas diez capaz de ropa. El golpe no le había dolido en lo absoluto, no como todos pensaron al verlo contener las lágrimas con todo el valor que un niño de nueve años podía tener. Lo que termino por derrumbar toda su fuerza de voluntad y echar a la basura ese mantra de no llores, no puedes llorar, no llores que se repetía constantemente fue ver a su hermano mayor llegar asustado y con los ojos llenos de lágrimas. No lo regaño, no le grito ni le riño nada cuando lo vio en el suelo siendo consolado por un tembloroso Gabriel y una asustada Anna, tampoco dijo nada cuando llego la señora Speight para ayudarlos. Aún recordaba el miedo en los ojos de Balthazar al verlo derrumbado en el suelo lloriqueando como un mocoso, y lo entendió después, comprendió porque su hermano no dejo de abrazarlo mientras iban al hospital por algunas puntadas, comprendió porque Balthazar no se alejó de él durante un mes aunque estuviera jugando en la sala de la casa de su tutora (su tía Naomi, una de las hermanas mayores de su madre) o fuera al parque con Gabriel y Anna, comprendió entonces que su hermano estaba asustado, qué tenía mucho miedo de perder a la única persona que le quedaba.

Después de entender eso no pudo contener el llanto, él también tenía miedo de perder a su hermano, temía despertar algún día y no volvera a verlo. Balthazar nunca se lo dijo, no importó cuantas veces Castiel insistió para que se lo dijera o cuantas horas pasará revoloteando a su alrededor rogando para que le respondiera, pero lo había visto, cuando regresaron a casa y después de que la tía Naomi los llenara de besos y regaños acompañados de palabras cariñosas y abrazos asfixiantes; vio esa mirada en los ojos azules de su hermano mayor. Una mirada que le dolió mucho más que el golpe o las puntadas en su mejilla, vio el miedo en sus pupilas y la agonía marcando las arrugas tempranas en torno a sus ojos. Nunca lo vio de esa manera, ni siquiera cuando su madre los había dejado y tuvieron que recurrir a la casa de la tía Naomi para no quedarse en la calle como los huérfanos de las películas antiguas. Jamás volvió a ver esa mirada en sus ojos desde entonces y jamás volvió a preguntarle por qué no quiso contarle lo mal que la estaba pasando. No insistió porque Castiel lo sabía, lo sabía tan bien como que la raíz del número cuatro era el dos: Balthazar temía perderlo. Y no era porque le diera miedo quedarse solo o sin su bicho personal –como solía llamarlo de pequeño-, no era por eso, ni tampoco porque no deseara ser la única víctima de los abrazos mortales de la tía. Castiel siempre supo que Balthazar era el mejor hermano del mundo, desde entonces ya lo sabía y ahora estaba mucho más seguro de ello. Porque su hermano mayor siempre estaba para cuidarlo, para recordarle que no estaba solo y que siempre iba a tenerlo a su lado. Qué siempre serían ellos dos contra el mundo.

Castiel rió un momento antes de decidirse a girar el picaporte de la puerta, pensar en sus seres queridos siempre desprendía risas risueñas o agradables sentimientos dentro suyo, pensar en sus sonrisas cuando lo veían triunfar o sus palabras de consuelo cuando necesitaba un hombro donde llorar lograban reconfortarlo en todo momento. Gracias a ellos no le temía a nada, ni a su enfermedad o al dolor en su corazón, a nada, sabía que si perdía podría irse en paz, seguro de que logró conocer a las mejores personas que podrían existir en el mundo. Qué habría hecho grandes amigos.

— Vamos, Castiel, ¿sabes lo aburrido que es estar casi treinta años escondiéndote? Es agotador y una pésima manera de conocer gente interesante —insistió Dean algo incómodo por los pensamientos que percibía de Castiel. Eran demasiado íntimos para su gusto.

Castiel pestañó, confundido sobre donde estaba y con quién hablaba, despertó de su ensoñación con una violenta sacudida de la realidad y de los reclamos del Elementista. Bufó, girando de una vez la perilla para entrar a su casa. Dean lo siguió, por supuesto, llevaba todo el día suplantando el lugar que le correspondía a su sombra, tuvo que reprenderlo cuando decidió seguirlo al baño de hombres. Bien, no eran mujeres, pero tampoco era cómodo orinar con un hombre detrás de ti que no deja de verte ni un segundo. Por un momento llego a pensar que Dean se burlaría de él o algo así por ser tan reservado con sus cosas, pero no dijo nada, simplemente salió de ahí con una silenciosa disculpa. Gracias a Dios, no sabría cómo reaccionar ante una burla suya, puede que estuviera un poco acostumbrado a ellas, solían llamarlo afeminado todo el tiempo, no obstante, eso significaba que le gustará.

— ¿Treinta años? —repitió Castiel entrando a la cocina, deteniéndose un segundo para observar la marca en el techo blanco, la repaso vagamente con sus ojos y después continuó su camino a la nevera, moría de hambre.

— Casi, tengo veinticinco —respondió Dean dándole un poco de espacio a Castiel. Quizás si se portaba bien Castiel le haría la cena.

—… pensé, bueno, según he leído ustedes son seres eternos, pensé que llevaban siglos sobre la tierra y no solamente tres décadas —comentó Castiel parándose un momento para observar a Dean de pie bajo el marco de la puerta, frunció sus labios y se encamino al mini comedor dentro de la cocina, sacó una silla y con un movimiento de su cabeza le pidió al Elementista que tomará asiento, Dean no tardo en entender el mensaje y con un par de zancadas llego hasta ella para dejarse caer con un ruido seco.

— El dato no está tan equivocado. Los primero llegaron a vivir siglos y siglos, ya estaban aquí cuando la creación vio la luz y los humanos llegaron a ponerse de pie. Lo que sucede es que, como en todos los casos, la herencia se va ensuciando y el gen se modifica hasta ser adaptable.

Castiel asintió y murmuro una respuesta para darle a entender a Dean que lo escuchaba, no noto la incomodidad en el rostro de Dean cuando continuó hablando y la impaciencia con la que se movía su pie bajo la mesa. Castiel saco algunas cosas del refrigerador: carne molida, verduras, queso; y luego de una de las repisas arriba de la estufa tomó un lata de salsa de tomate, pasta seca, especias, un bol de plástico y dos sartenes, uno más hondo que el otro, Dean lo observo todo sin moverse, Castiel en ningún momento dio la impresión de necesitar ayuda y él temía ofenderlo si se mentía en sus asuntos. Era un chico con un carácter muy fuerte y firme, igual a líderes y reyes del mundo, su padre le contó alguna vez de un emperador, no recordaba el nombre o de donde estaba su reino, lo que sí recordaba era la forma que tenía su padre de narrar su historia, como si él mismo hubiera estado allí, lo que quizás fuera cierto, sabía que su padre era un hombre muy viejo y sabio, aunque ahora pasará sus días en algún lugar de las Vegas disfrutando su vejez como cualquier anciano con crisis de mediana edad lo haría; con mujeres. Muchas, tantas como quisiera.

Pensó en su madre, hace años que no la veía o escuchaba alguna noticia de ella. Un sentimiento doloroso se apodero de su garganta; no sabía nada de ella desde que se fue de casa hace nueve años por consejo de su padre. Sabía cuánto la extrañaba Sammy, podía verlo en sus ojos sin que él le dijera una palabra, pero no podía hacer nada. Su padre se lo dijo cuando tomo la decisión de irse.

No puedes estar con ella sin sentir que cada momento está el peligro por tu culpa.

Estaba consciente de ello, sin embargo, eso no le quitaba el dolor de haber dejado a su madre. Al menos estaba con un buen hombre que la cuidaba, y no, no era su padre, sino otro hombre que la amaba y nunca iba a dejarla. Eso lo hacía feliz, su madre merecía vivir tranquila aunque no fuera con ellos dos a su lado. Quizás, ¿por qué no?, podría ir a verla después, cuando estuviera seguro que ya no era un punto en el radar de los Depredadores podría visitarla y contarle todo. Por qué se había ido y dónde estaba ahora, qué Sammy estaba bien y qué él encontró a un buen amigo y un lugar respetable donde quedarse.

A veces una mentira era mejor que la verdad.

Castiel rebano algunas verduras y las lanzó dentro del bol con la carne ya condimentada, enrolló las mangas de su camiseta y después metió sus manos dentro del recipiente; le apetencia un poco de pasta con albóndigas y mucha salsa de tomate. Su estómago rugió bajito, seguramente sólo él lo escuchó, declarando sin palabras que estaba de acuerdo con ese menú y que quería probarlo ya. Comenzó a mezclar todo con sus manos, le gustaba hacerlo de esa forma, así podía darse cuenta y los trozos de zanahoria eran demasiado grandes o los de apio muy pequeños. Le gustaba cocinas con ayuda de sus manos en todo momento, así sentía que realmente hacía la comida y ni sólo la calentaba y servía jactándose de un logro que no era suyo. Continuó con su tarea, aplastando, ablandando y dándole forma a cada trozo de carne entre sus manos. Anna siempre decía que si su estudio de fotografía quebraba siempre podía convertirse en el chef de alguna cafetería. Ella y Gabriel adoraban cuando Castiel les preparaba su flan especial de vainilla y caramelo.

— ¿Se modifica el gen? —repitió Castiel sin apartar sus ojos del bol, demasiado atento a los movimientos de sus manos.

— ¿Uh? Ah, sí, eso. Ahora con suerte un Elementista común puede sobrevivir más de ciento setenta años, nunca he conocido a nadie de esa edad, ni tampoco a otro como yo, sólo a Sam, pero él es más joven que yo —dijo Dean, por un segundo pensó que se pasarían el resto de la noche callados, cada uno en sus propios pensamientos.

— ¿Ciento setenta años? Eso es mucho de cualquier manera, no es un siglo, pero son más de diez décadas —respondió Castiel sacando las manos del recipiente para limpiarla y encender la estufa, coloco ambos sartenes, uno con una cantidad generosa de aceite y el otro lleno de agua, se agacho un poco para poder ver la flama y de esa forma colocarla a un grado apropiado.

Las llamas parecían inquietas cuando las vio, una fuerza invisible tiraba de ellas hacía el exterior y comenzaban a moverse frenéticas. Tuvo que disminuir considerablemente la flama para poder controlarlas, ¿qué rayos pasaba? Tal vez fuera una fuga de gas o algo parecido, debería llamar a su casero para informarle lo que pasaba, aunque dudaba que le hiciera gracia ver a su invitado metido dentro de su cocina toda la noche. No, no era buena idea, sería capaz de duplicarle la renta si veía a alguien más allí dentro, y ni que decir sobre la marca en el techo de la habitación.

— ¿No hueles algo extraño? —preguntó Castiel sin apartar los ojos del fuego.

— Para nada, quizás solo el olor de esa carne, huele delicioso.

— Gracias, pero no hablo de eso, puede que tenga una fuga de gas aquí dentro —dijo Castiel cruzándose de brazos, unos segundos después el fuego de la estufa creció una vez más y las llamas, de un color azul intenso, volvieron a inquietarse ante sus ojos.

— Sé lo que sucede —comentó Dean, justo ahora Castiel se daba cuenta de que se había puesto de pie y ahora estaba a su lado mirando las llamas con él, el dueño del lugar espero una respuesta sin moverse.

Dean exclamo algo como un observa entre dientes y alzo su mano sobre las llamas, Castiel vio como estas danzaban peligrosamente cerca de su piel y reprimió las ganas que tenía de alejar su mano de ahí por miedo a que saliera herido. Balthazar siempre le comentaba lo paranoico que era, pero nunca le hacía caso, hasta ahora que se daba cuenta del nerviosismo que le causaba ver a Dean lastimarse.

El Elementista miro a Castiel y adivinó lo que pensaba, así que movió su mano a la derecha y luego a la izquierda, maravillando al joven a su lado por la forma sumisa con la que las llamas seguía el movimiento de su mano. Castiel parpadeó, no lo creería si no lo estuviera viendo ahora mismo: Dean alzó un poco más su mano y la flama creció más y más y después torció su muñeca hacía la derecha y el fuego siguió la dirección que los dedos de Dean trazaban.

— Impresionante —declaró Castiel sin apartar sus ojos del fuego, sentía como el calor le quemaba la piel del rostro y los antebrazos descubiertos, y no le importo en lo absoluto. Estaba demasiado asombrado como para apartar su mirada.

— Ese es el efecto que buscaba —respondió Dean alejando su mano y su cuerpo de ahí, la llama enseguida disminuyo, aunque aún seguían el movimiento del cuerpo de Dean.

— ¿Eres como un imán o algo así? —dijo Castiel con un tono más escéptico del que esperaba.

— Más o menos. El fuego atrae el fuego, el agua atrae el agua, la tierra, tierra y el viento, viento. Es algo natural —contestó Dean regresando a su lugar, no sin antes olfatear una vez más la comida, su nariz se frunció levemente y una sonrisa aprecio en sus labios, a Castiel eso le recordó al cachorrito que Balthazar tuvo alguna vez y que siempre se la pasaba devorando sus dulces, sin importar donde Castiel los escondiera, el pequeño Sebastián siempre los encontraba.

— ¿Van a seguir haciendo eso? —preguntó Castiel señalando con sus ojos los traslucidos y diminutos brazos del fuego que se hondeaban en dirección a Dean demasiado inquietas, demasiado insistentes.

— El fuego es como las mujeres: si les gusto simplemente no pueden quedarse quietas —declaró Dean encogiéndose de hombros.

— Eso ha sonado horrible —acusó Castiel molesto por la comparación.

— ¡Es la verdad! Tú debes entenderme, las mujeres son por de más insistentes cuando algo les llama la atención. —Castiel no respondió y Dean tardo en razonar el por qué—. O quizás no lo entiendas porque las chicas no te van… perfecto, supongo que en cierto modo los hombres somos iguales.

La espalda de Castiel se tenso al oír ese comentario y sus hombros se endurecieron de pronto. Camino hasta el bol donde estaba la carne y hundió una vez más sus manos en el con algo de fuerza, la sartén ya se calentaba en la estufa sin inconvenientes, al fin logró mantener quietas las llamas.

— Yo no soy gay, Dean —dijo con firmeza Castiel.

— ¿De verdad? —Preguntó Dean genuinamente sorprendido—. Está bien, Gabriel comentó varias veces que jamás habías salido con una chica, yo pensé, bueno, y luego tu expresión con mi comentario…

¿Realmente todo el mundo pensaría lo mismo que Dean cuando lo veían por la calle?

— El hecho de que no me revuelque con cualquiera como tú no significa que sea gay —se defendió Castiel.

— Eso ha sido cruel —lo reprendió Dean con el ceño fruncido.

— Tú has comenzado —se defendió una vez más Castiel moldeando con sus manos las albóndigas que colocaría en la sartén con aceite. Eso le recordaba: se limpió una vez más las manos y camino a la estufa otra vez, miro la sartén que estaba llena de agua comenzar a burbujear y después vació la pasta dentro de ella, esparció la pasta por todo el recipiente y después se alejo para comenzar a hacer las albóndigas.

— ¿Por qué no sales con ninguna entonces? —Preguntó Dean, la curiosidad empezaba a pincharle la lengua.

— Porque no quiero, ¿de acuerdo?, no veo por qué debería tener una relación con alguien ahora —respondió Castiel.

— Tal vez no una relación, sino algo más ligero que eso, ¿por qué no has intentado algo con alguna chica? —cuestionó de nuevo Dean.

Castiel se detuvo a meditar su respuesta, un poco más calmado ahora que la carne magullada entre sus manos recibía su molestia inocentemente. Sabía la respuesta a la pregunta, pero no estaba del todo seguro de si debía contestar o no lo que él pensaba. Sabía que muchas personas pensaban distinto y que la mayoría de ellas eran bastante tercas a la hora de cambiar de opinión, y tenían derecho, el libre albedrio así lo decía. Mordió su lengua y moldeo una albóndiga más antes de responder.

— Porque aún no he conocido a la persona.

— ¿Buscas una persona? ¿Una chica o un chico? Acabas de decirme que no te gustan los chicos —dijo Dean sin entender nada.

— No me gustan, lo que pienso es que cuando encuentre a esa persona lo que menos me va a importar es si es hombre o mujer —corrigió Castiel.

— No comprendo, ¿tú bateas hacia ambos lados? —lo cuestionó Dean, Castiel no pudo evitar reír por la ridícula metáfora que había elegido para darse a entender Dean.

— No, lo que quiero decir es que si esa persona es exactamente lo que estoy buscando, no me va a importar que genero tenga —reiteró Castiel con una sonrisa divertida en los labios, miro las albóndigas apiladas dentro del recipiente y se encamino una vez más a la estufa para comenzar a cocinarlas, dejo caer un par de ellas y se mantuvo alejado para que el aceite no lastimara su piel.

— Seguramente tu trasero no pensará igual cuando esa persona adentre todo su amor por ti en él —murmuró Dean escéptico. Sabía que todos tenías sus gustos y que él no era nadie para juzgarlos, pero no entendía como una persona que se decía heterosexual podía enamorarse de un hombre por el simple motivo de creerlo su otra mitad.

— Como si fuera a dejar que eso pasara. —Castiel le dio un vistazo a la pasta y el agua burbujeante y después regreso con las albóndigas, le gustaba esa sartén porque las cosas no tardaban en cocinarse casi nada. Saco las albóndigas que ya estaban listas para adentrar cuatro más.

— No parecer del tipo dominante, incluso junto a una mujer —bromeó Dean sonriendo travieso sin despegar sus ojos del cuerpo de Castiel. Nunca cocinaba y apenas y podía hacerlo cuando se fue de casa con Sam, pero siempre le había gustado observar a su madre preparar la comida para su hermano y él.

— Yo no voy a decir que pareces exactamente con esos pantalones ajustados, así que mejor guarda silencio —contestó Castiel haciendo sonreír al rubio con gracia. Hace mucho que no se divertía así, con una simple charla entre amigos.

Dos amigos, ¿Castiel era algo así como su amigo, verdad? De joven no tuvo demasiados y de niño siempre se dedico a cuidar de su hermano, sin un padre en su familia el rol de hombre de la casa acabo sobre sus hombros y asumió que debía proteger a su madre y su hermano de toda amenaza. Aunque la mayor amenaza para su madre fuera un pretendiente feo y para su hermano el rottweiler del anciano que vivía frente a su casa. Él siempre estaba para proteger a su familia, pudiera o no hacerlo. Estando o no allí para hacerlo.

La ausencia de su hermano menor le causo un mal estar en el estómago. Le hacía falta saber que su hermano menor estaba bien y que podía protegerlo, se reprendió silenciosamente por ello, sabía bien que lo mejor ahora era no permanecer juntos, era más fácil que un Depredador los notara si estaban juntos. Eran los últimos dos Elementistas que quedaban, según le conto su padre la última vez que se vieron antes de que se fuera a las Vegas. Y si no quería terminar siendo vendido por pieza a algún excéntrico millonario era mejor que se mantuviera con bajo perfil y sin llamar la atención de nadie. Dean supo lo que tenía que hacer antes de que siquiera su padre le comentara que estaban en peligro: tenía que proteger a Sammy. Y lo hizo, dándole dinero y un lugar donde quedarse para que él pudiera alejarse lo suficiente. Le mataba no saber nada de Sam y aunque lo hubiera visto algunos minutos ese mismo día, el malestar de no saber donde estaba ahora mismo lo torturaba.

Y estaba ese detalle del amigo de Castiel. Se supone que los humanos no podían verlos si ellos no deseaban ser vistos, algo así como un campo de fuerza que usaba su instinto para protegerlos de las posibles amenazas. Como los camaleones se confundían con el entorno, ellos hacían lo mismo. Aún no entendía cómo es que Gabriel pudo ver a su hermano, básicamente los únicos que traspasaban esa barrera eran enemigos, o personas especiales. Muy especiales que tenían conexión con los de su especie. Aunque lo dudaba, esas personas habían muerto con el resto de sus iguales hace mucho tiempo. De esa forma solo quedaba la primera opción, y era la que lo ponía más nervioso. ¿Sabría Castiel el riesgo que corría siendo amigo de alguien así? No, seguramente no. No podía arriesgarse a ser descubierto, ni tampoco a poner en peligro a su hermano o al muchacho que ahora vertía la salsa de tomate dentro de la sartén de las albóndigas y le ofrecía casi por voluntad propia un lugar donde esconderse. Lo vio rayar un poco de queso encima y le recordó al espagueti que Sam solía prepararle cuando aprendió a encender la estufa porque insistían en decir que él jamás hacía lo que le gustaba.

¿Tendría que advertirle a su hermano de Gabriel? ¿Debería encargarse él mismo de esa amenaza? Tal vez…

— ¿Mañana iremos a la fiesta que dijo Gabriel, no es así? De Halloween, recuerdo que la mencionó antes de responder su teléfono e irse con Anna. —Recordaba vagamente a la joven pelirroja. Bastante bonita y con un cuerpo increíble, además de unos ojos preciosos y una sonrisa perfecta que convencería al papa de dejar Roma.

— Sí, pero no me apetece ir, así que lo llamaré más tarde para decirle que no…

— Podemos ir, yo quiero ir, y le dije a Gabriel que iríamos cuando fuiste por tu café, Anna dijo que tenías que ir, no me dijo por qué, sólo menciono algunos nombres de chicas —mintió Dean con un insistente tono de voz.

— Odio esas cosas —respondió Castiel.

— Nos vamos a divertir, quizás conozcas una linda chica, quién sabe, tal vez Cupido te sonría esa noche.

— Dean.

— Sólo quiero que vivas un poco, que te diviertas, eres muy joven como para pasarte un sábado por la noche aquí mirando películas de ese idiota de Hugh Grant o Jennifer Aniston —insistió Dean.

— Voy a pensarlo, ¿de acuerdo? —respondió Castiel soltando un suspiro; adiós a su fin de semana de paz.

Dean sonrió. Así podría observar mejor al tal Gabriel sin que nadie sospechara nada. Y si las cosas se ponían feas… bueno, los accidentes siempre pasaban cuando el alcohol y la noche se involucraban.

— Ya está la cena —avisó Castiel limpiando una vez más sus manos.

Nadie iba a poner en peligro a su hermano menor o a su nuevo amigo. No tenía miedo de ensuciarse las manos. Al fin y al cabo no sería la primera vez.

— Y lávate las manos, Dean —le advirtió Castiel con un odioso tono maternal, ese que había heredado de su madre.


Me alargue mucho de nuevo, lo siento, pero me ha quedado bien. ¿Quieren que Sam aparezca ya? ¿Quieren conocer a nuestro querido Balthazar? ¿Qué quieren que pase en la fiesta? Vamos, acepto todo tipo de comentario o propuesta.

¡FELIZ AÑO NUEVO!, sé que dije que no haría más fics hasta enero, pero no pude resistirme, tenía muchas ansias de escribir lo que fuera, y como notaran por la extensión de éste, me he excedido mucho.

Motivación del fanfic: por un mundo con más Benthazar.