Disclaimer: Los personajes y lugares le pertenecen al legendarium del gran maestro Tolkien, a quien admiro muchísimo. Las frases en cursiva representan el mundo interno de los personajes (según el POV).


HIJOS DE GONDOR

Tu partida

POV Boromir:

Por pedido de Faramir, lo acompaño a la habitación que Ioreth preparó. Aunque la cama no es tan cómoda, duermo plácidamente… hasta que escucho ruidos en el exterior. Falta una hora para que el sol salga, hace mucho frío. La cama de Faramir está vacía y los murmullos crecen. Me asusto y dejo la habitación: ¡algo le ha pasado a mi hermano! Ya afuera, me entero de lo que realmente ocurre.

Los quejidos provienen de la habitación de mamá. Si alguna orden me prohíbe verla, para mí ya no tiene importancia: ¡tengo que saber qué le pasa! Ingreso sin tocar la puerta y la veo. Está haciendo unos gestos raros y cierra los ojos con fuerza. Ya nos advirtieron de esto: el Mayoral se lo dijo a papá. Le mencionó que desconocía el origen de su enfermedad, que sus síntomas serían fuertes, pero le aseguró que haría lo posible para sanarla. Papá se sintió aliviado y yo también conservé dicha esperanza, hasta ese momento.

—¿Mamá? —la llamé, muy asustado.

Mamá relaja su rostro por un instante y logra verme.

—Boromir… ¿qué…?

Su mirada es distinta, luce muy agotada. Intenta enderezarse, pero no puede. Me acerco rápidamente a su lado y sujeto su brazo como puedo.

—¿Mamá? ¿Qué te pasa? —la ayudé a incorporarse.

—No… no debes estar aquí, mi vida… —trató de convencerme.

—Pero mamá… —estaba sudando mucho y toqué su piel— ¡tienes fiebre!

—Boromir… —resbaló un poco en su almohada— busca a Ioreth… ¡avísale, por favor! —volvió a cerrar los ojos, quejándose de dolor.

Jamás la había visto así. Tengo mucho miedo, pero mi mamá no lo necesita: ¡soy su hijo mayor, quiere mi apoyo! Beso su frente y salgo corriendo. Grito el nombre de Ioreth y de cualquiera que esté cerca. ¡Mi mamá está muriendo, alguien debía ayudarla! No tardo en recibir respuestas. Los curadores llegan y me siguen hasta su cuarto.

—¡Mamá, ya volví! ¡Aquí están…! —grité.

Mamá está relajada: sigue con fiebre, pero no veo ninguna reacción. Respira rápido y dirige su vista a la ventana. Los primeros rayos de sol están saliendo.

—¡Mi señora! —se acercó Ioreth, tocándole la frente— ¿Puede oírme?

Nada. Sólo la mira y quiere decir algo. Pero nada.

—Necesita atención ahora… ¡traigan compresas y athelas! —Ioreth ordenó a algunos curadores.

—Mamá, mírame… —me acerqué nuevamente— soy yo, Boromir. ¿Puedes verme? Mamá…

Debo mantenerla despierta. ¡Tal vez mamá me reconozca!

—Bo… Boromir…

—¡Aún está viva! —le dije a Ioreth, que suspiró al verla reaccionar— Sí, mamá, aquí estoy. Sé fuerte, mamá. Te van a curar y estarás bien…

—Boromir —repitió mi nombre—, quiero que me prometas algo —asentí, no podía hablar—: cuida mucho de Faramir, por favor. Aún es muy pequeño, nunca… nunca lo dejes solo. Promételo… —acarició mi rostro, mientras sonreía apenas.

—Sí, mamá… —las lágrimas resbalaron por mis mejillas— lo haré. Pero no te mueras, te lo pido. Mamá…

—¡El Senescal ha llegado! —escuché la voz de un curador.

—¡Por favor, lleven al señor Boromir a otra parte! —escuché a Ioreth, mientras alguien me sujetaba el brazo.

—¡Mamá! —tomé la mano de mamá, cada vez más débil.

—No lo olvides… —pronunció mamá y cerró los ojos, sin dejar de sonreír.

Empiezo a temblar. Sacudo mi cabeza mientras grito su nombre. Cada vez me alejan más de ella, contra mi voluntad. ¡No quiero irme! ¡No quiero dejarla! ¿Mamá, por qué te está pasando esto? Y Faramir… ¿dónde rayos está Faramir? Ni siquiera ha dado señales. ¡Destino cruel! ¿Quería que sólo yo viera a mi madre y Faramir no? ¿Quería que fuéramos huérfanos a tan temprana edad? ¡Es injusto!

Hay más gente alrededor mío, que se abre a un costado para dar paso a mi padre. Lo llamo, pero no me escucha. ¿Acaso no existo? ¿Por qué nadie me deja estar con mi madre? ¡Exijo una explicación! Imposible: nadie me la da. Olvidan que soy su hijo, me quiere a su lado. Mamá es una mujer tan buena: ¿cómo puede sufrir tanto? Distraído, llego a las escalinatas de los jardines. Me siento muy agotado y caigo sentado. Sólo puedo cerrar mis ojos y rezar una plegaria. Le ruego a los Valar por la salud de mamá, suplico por su vida.

A lo lejos, escucho el llanto de las mujeres y una dolorosa confirmación. El fin inesperado. La partida de alguien que aún debía permanecer aquí: el espíritu de mi madre que ahora se dirige a las Estancias de Mandos, en los confines de este mundo.

El sol ha salido en toda su plenitud, pero no hay calor para mí. No puedo decir nada: las palabras se atascan en mi garganta y las lágrimas toman su lugar. He llorado mucho estos días, pero nunca como hoy. ¿Tenía que ser así? ¿Qué habíamos hecho? ¿Por qué mi mamá ha muerto?

—¡Boromir! —oí la voz de Faramir.

¡Faramir! Tan pequeño… y estará sin nuestra madre. La idea no causa más que acentuar mi llanto. ¡Ni siquiera sabe lo que está pasando, y eso me duele más!

—Faramir… —me limpio las lágrimas en vano— ¿dónde te habías metido?

—Estuve con mamá en la Torre, conversamos un rato y luego volví. ¿Por qué estás llorando?

¿Está bromeando? No, no es posible… ¡mamá estuvo conmigo todo el tiempo! ¿Su inocencia me está torturando o qué? Quería reclamarle su inmadurez, pero él no tiene la culpa de nada.

—¿Q-qué estás diciendo? —le repetí, no podía creerle.

—Que mamá estaba conmigo, nada más.

—Faramir —debí tomar valor, era mejor que se enterara por mí—: mamá no ha salido de su cuarto, toda la noche. Yo estuve con ella hasta…

Y hasta ahí quedo. ¿Cómo expresar tan profundo dolor, especialmente a un niño? La tristeza se apodera de mí y no hago más que llorar. Faramir guarda silencio y no dice nada, de seguro no entiende lo que me pasa. Entonces lo oigo correr: ¡va hacia la habitación!

¡Es demasiado pequeño para enfrentar esto! ¡Tengo que ir con él! Limpio mis lágrimas y avanzo todo lo que puedo, sin alcanzarlo. ¿Ahora tenía que superar mi velocidad? ¡Tonterías, eso no es importante ahora! Oigo a mi padre llamar a Faramir y los presentes hacen un eco de sorpresa. Logro escabullirme entre ellos y contemplo la escena. Mi pequeño hermano congelado en su lugar, viendo a mamá en el lecho, sumida en el sueño eterno.

—¿Mamá? —abre los ojos, sorprendido— ¿Tan rápido llegaste?

—Faramir… —dijo mi padre, conmocionado.

Veo a Faramir aproximarse a mamá. No percibe la situación y todos lo miran con extrañeza. Ioreth quiere cogerlo, pero no se atreve. Papá se ha quedado en su sitio, sin pronunciar una palabra. En cuanto a mí, no esperaba esto: quizás pueda ser capaz de soportar la pena de mi hermano, su rabia y soledad. Cualquier cosa… menos la locura. Faramir parecía estar fuera de este mundo.

—Pero… si bajé antes que tú. ¿Cómo hiciste para…?

—Mi niño, no… —le dijo Ioreth, tomándolo del brazo, pero Faramir la miró y se soltó de su agarre.

—¿Mamá? Soy Faramir, ya estoy aquí.

—¡Faramir! —me acerqué también.

No me escucha. Faramir toca la mano de mamá y su expresión cambia. Mira de nuevo su rostro y luego a Ioreth.

—¿Mamá, qué te sucede? —la sacudió nuevamente, sin éxito— ¿Por qué no despiertas? ¡Dijiste que nos veríamos de nuevo! ¡Mamá!

—Faramir, ven. Por favor… —le supliqué, abrazándolo.

—¡No! ¿Qué le ocurre, Boromir? —Faramir movió su cabeza, con los ojos humedecidos— ¡Su mano está fría! ¿Por qué no se mueve?

Debo ser fuerte. Si me derrumbo de nuevo, asustaré a Faramir. Tengo que explicarle que mamá…

—¡Faramir, basta! —por fin habló papá y ambos lo miramos— Tu madre no volverá a levantarse.

A diferencia del control que demuestra mi padre, Faramir se queda en blanco y yo siento explotar mi corazón. ¿Era necesario que se lo dijera así? ¡Apenas es un niño! Volteo de nuevo hacia mi hermano. No dice nada, ni se mueve. De pronto, sus labios tiemblan y observa a mamá. Al fin parece entenderlo, porque ahoga un sollozo. Papá no soporta la escena y se marcha cabizbajo, ante la mirada de los curadores y soldados.

—Mamá… —oí pronunciar a Faramir.

Su cuerpo tiembla más y empieza a llorar, abrazando el cuerpo de nuestra madre. Yo tampoco puedo contenerme. Unimos nuestro llanto. Lo acompaño en su dolor.

Faramir está deshecho en lágrimas… pero en medio de su pena, me relata asuntos de los que no estoy enterado. Me asegura que visitó a mamá cada noche en una de las torres de la Ciudadela, donde hablaban hasta el amanecer. Me enseñó el collar que le regaló y me contó la promesa que hizo, de que ambos estaríamos juntos siempre. Sé que Faramir es un niño muy imaginativo, pero su historia me desconcierta. Aunque prefiero pensar que es lo mejor: él no presenció su dolor como yo. Quizás lo supere con más facilidad.

La Ciudadela está sumida en el silencio. En las torres han elevado los banderines de luto. Mi hermano y yo vamos vestidos de negro, al igual que mi padre, que se ha vuelto más sombrío de lo habitual y apenas habla con nosotros. Ahora entiendo por qué mamá me hizo prometerle aquel día: sabía que estaríamos solos. Pero sé que no será así, tengo a Faramir conmigo.

Mi hermano menor, el más apegado a nuestra madre. Sólo tiene cinco años, y a pesar de todo, parece lucir una sonrisa cuando Ioreth lo distrae o sale a pasear conmigo en el jardín preferido de mamá. Lo he visto llorar estas últimas noches y he compartido la cama con él. Ya no concibo separarme de Faramir.

Pasan tres días. El cuerpo de mamá aún se conserva en un salón especial, en espera de mi tío Imrahil, que llega con su delegación desde Dol Amroth. Estoy sorprendido por la rapidez de su venida, y también por la presencia de alguien que no esperaba: ¿Gandalf? ¿Cómo se enteró? Quedará en el misterio, pero me alegro mucho de que ambos hayan venido. Mientras mi tío habla con papá en privado, el Mago Gris nos saluda y cuenta las nuevas de la Tierra Media. Sus historias son interesantes, pero tienen más efecto en Faramir, que le presta atención e incluso admira más que a nuestro maestro de síndarin. Si es para distraerlo de este ambiente triste, con gusto lo apoyaré.

Al día siguiente, toda la ciudad se organiza en un gran cortejo. Delante, nos encontramos mi padre, Faramir, Imrahil, Gandalf y yo. Los guardias nos siguen, cargando el cuerpo de mamá en una litera. Faramir se aferra a mí y vuelve a llorar como el día de su muerte. Yo trato de contenerme: varias veces he llorado en presencia de mi padre, pero él no ha recibido bien mi gesto. Lo considera una debilidad. ¿Qué le ha pasado? Antes no era tan radical.

En una ceremonia larga y solemne, mamá es depositada en las Tumbas Reales: aquí sólo estoy yo. Le pedí a Gandalf que se llevara a Faramir a otra parte, porque no iba a soportarlo. Creo que hice bien. Todos hacen una reverencia en honor a ella y regresan a sus hogares. Mi padre termina sus quehaceres en el cortejo fúnebre y se encierra en su habitación. Mi tío Imrahil conversa un rato conmigo, pero también sigue el ejemplo de papá.

Sin más compañía, resuelvo volver a las Casas de Curación, donde he dormido con mi hermano desde la muerte de mamá. Faramir insistió en que así fuera… al menos, hasta el día del funeral. Hoy quiero aprovechar la paz de este lugar para reposar como se debe. En la entrada de las Casas, me cruzo con Gandalf, que me recibe con una sonrisa. No puedo evitar corresponderle el gesto: es curioso que un personaje lejano a mi familia pueda brindarme esa paz tan particular.

—¿Cómo está? —me adelanté a preguntarle.

—Mejor. Ahora está regando las flores del jardín de tu madre.

Lo observo fijamente. Parece que su mirada me traspasara y las lágrimas vuelven a salir. Gandalf se acerca y me abraza. Me siento en tranquilidad a su lado. Es el apoyo que recibo en lugar de papá, pero no quiero pensar en eso. A él también le ha afectado.

—Tu madre está en un mejor lugar ahora. Vive, Boromir, y continúa con la idea de que algún día se encontrarán. Faramir te necesita y ambos son excepcionales. Finduilas estará muy feliz, te lo aseguro…

Sus palabras me llenan de una fuerza especial y el vacío en mi pecho desaparece de a pocos. Sólo me limito a sonreír.

—Gracias, Gandalf…

Con el ánimo renovado, busco a Faramir. Está sentado y sostiene una simbelmynë en su mano, observándola con curiosidad. La misma flor que me enseñó Gandalf cuando él nació. La especie que mamá cultivaba con tanto amor.

—"Nomeolvides".

—¿Qué?

—Ése es su otro nombre. Gandalf me lo dijo —Faramir fue al balcón y miró el ocaso—. Mamá dijo que siempre estará con nosotros.

Me acerco a mi hermano y acaricio su cabeza, sonriéndole.

—Sí, Faramir. Estoy seguro que sí…


N.A.:

¡Uno más a la lista! Hasta aquí, van dos capítulos de angustia, pero no se preocupen, habrán otros matices más adelante.

Es necesario relatar esto, porque Boromir y Faramir han pasado una infancia triste. Faramir ya tuvo su momento: por eso, me toca dar la visión de Boromir ante la muerte de Finduilas. Me imagino que la tuvo que pasar tan duro como su hermano menor. Y como agregado, Gandalf y su bálsamo de consuelo. Infaltable :')

¡Deseo que este capítulo les guste! Y gracias Beledien, por seguir mi historia. Tus comentarios son una gran motivación para esta novel escritora. ¡Hasta luego!