Capítulo IV
Aquella mañana, se despertó embargada por una sensación de optimismo impropia en ella. Se incorporó de un salto, dispuesta a afrontar cuanto antes lo que aquella jornada le tenía preparado. Tras un efímero desayuno, encaminó sus pasos por los pasillos del palacio hasta detenerse frente a la puerta de la sala de reuniones. Dentro la esperaban ya los cinco miembros del consejo. Se tomó unos segundos para reflexionar sobre cómo defendería su postura y les demostraría a aquella panda de viejos decrépitos de qué pasta estaba hecha. Se ganaría su respeto, de eso estaba segura. Agarró el pomo de la puerta con mano temblorosa e inspiró, intentando que su fachada denotase un arrojo y seguridad que no estaba del todo convencida que pudiese llegar a poseer. Se internó en la sala, caminando con aplomo hacia el asiento central, aquel dedicado por tradición al soberano del lugar. En cuanto se hubo sentado, el más viejo de los consejeros, aquel que al parecer se había erigido portavoz del grupo, comenzó a hablar.
-Buenos días, alteza. La estábamos esperando.- en su tono pudo percibir un pequeño deje recriminatorio por su supuesta tardanza.
-Lamento haberles hecho esperar, caballeros, pero tenía otros asuntos que atender.- se recostó sobre el respaldo del asiento, escudriñando los semblantes de los cinco hombres allí presentes.
Era consciente de que no tenía la simpatía de ninguno de los allí congregados pero no la necesitaba.
-En primer lugar, queríamos que repasase una lista de sugerencias que hemos elaborado entre todos los miembros de este humilde consejo.- el anciano empujó con los dedos de su mano un pergamino hasta dejarlo frente a ella.
Se inclinó ligeramente hacia delante y cogió el papel, echándole un rápido vistazo, dejando el mismo en el lugar de la mesa que hacía apenas un momento ocupaba. Tuvo que controlarse, luchando internamente por mantener el porte sereno que se había autoimpuesto a pesar de que consideraba que aquello era un insulto hacia su persona, hacia su inteligencia e incluso, hacia el cargo que ostentaba.
-¿Sugerencias habéis dicho?.-esbozó una media sonrisa mordaz- A mí me parecen más bien una serie de órdenes, directrices. Creí que aquí la soberana era yo.- se dejó caer de nuevo hacia atrás, apoyando sendos codos en los reposabrazos de su asiento, entrelazando los dedos de sus manos a la altura de su busto.
-Disculpad si os hemos ofendido, majestad, nada más lejos de nuestra humilde intención.- pudo ver como el anciano tragaba saliva, a pesar de no oírlo, por el movimiento primero ascendente y luego descendente de la nuez en su cuello.- Sólo consideramos que, debido a lo reciente de su cargo, era necesario orientaros en vuestro proceder.- las palabras del portavoz fueron seguidas de un murmullo general de aprobación casi imperceptible por parte de sus compañeros.
-Lamento decirles, caballeros...- puso especial énfasis en aquella última palabra- que si pretendían manejarme como una marioneta por mi juventud, mi experiencia o incluso mi condición femenina, estaban equivocados.- se tomó unos segundos antes de continuar, paladeando las caras de incredulidad de sus interlocutores.- Como bien sabrán, llevo toda la vida preparándome para esto y tuve la enorme suerte de ver en primera persona el buen hacer de mi predecesor en el cargo. Tengo muy claro cómo quiero que sean las cosas en el Crepúsculo de ahora en adelante. Ustedes, si mal no recuerdo, están aquí para informarme del estado del reino tras el paso nefasto del infame usurpador. Pueden estar de acuerdo o no con mis iniciativas y proyectos, pero aquí su único cometido es asegurarse de que los mismos son plausibles y se llevan a cabo de la manera más diligente. Quizá en su arrogancia creían que únicamente me iba a dedicar a darles mi beneplácito para todo lo que les antojase y ser sólo la cabeza visible del entramado palaciego, pero ya ven que no.- se ladeó un poco, apoyando la barbilla en la palma de su mano, cargando un poco el peso sobre el codo, mientras que su otro brazo pendía sobre la madera, acariciando la misma con la punta de los dedos. Observaba, casi divertida aunque sin exteriorizarlo, las caras perplejas de los que formaban el consejo. Sin lugar a dudas, la conversación no había tomado los derroteros que todos ellos habían escenificado en su mente.
Al no obtener ningún tipo de respuesta por su parte se incorporó, dispuesta a abandonar la sala.
-Como veo que no tienen nada más que sugerir, me retiro. No es de recibo alargar esta reunión más de lo necesario. Cuando estén dispuestos a escucharme y a aceptar las obligaciones propias de su cargo, sin extralimitarse, háganmelo saber y gustosa les concederé todo el tiempo que sea menester.- se encaminó hacia la puerta, echando un último vistazo atrás, atesorando aquella imagen que en ese momento le brindaban los siempre altaneros miembros del consejo. Salió de la sala, cerrando de un portazo la puerta, como si un gesto tan banal fuese capaz de reafirmar su postura.
Dirigió entonces sus pasos hacia el jardín, uno de los pocos lugares de aquel palacio que le transmitían paz y serenidad. Los árboles, sauces en su mayoría, flanqueaban el sendero con sus ramas colgantes, dando una sensación de abrigo y de privacidad que en ningún otro lugar del reino podía tener. Sus hojas oscuras, casi negras debido a la ausencia de luz solar, eran prácticamente del mismo tono que todas las plantas y flores que adornaban la travesía. En cierto modo añoraba la luminosidad de Hyrule, el contraste de colores, las luces y sombras que cada objeto proyectaba aunque había de reconocer que aquella belleza, calma y serena del sempiterno cielo anaranjado tampoco tenía mucho que envidiarle a su manera. Se sentó en uno de los bancos de piedra que había distribuidos a lo largo del camino, bajo uno de aquellos imponentes árboles. Ahora, más sosegada, no podía evitar sonreír. Había sido capaz de dejar con la palabra en la boca, de reafirmarse y dar a conocer sus convicciones a aquellos vejestorios que lo único que pretendían era modelarle a su antojo. No tardó en ver aparecer a un joven mensajero que traía recado de parte del consejo. Sonrió de medio lado al leer la escueta nota. Cedían e imploraban que se reuniese de nuevo con ellos, a ser posible, de inmediato. Concedió la tarde libre al mensajero por las molestias y regresó al palacio, tomándose con calma el corto camino hacia la sala de reuniones. La puerta estaba abierta, por lo que entró directamente para ocupar su lugar en aquella mesa.
-Veo que no les ha costado mucho recapacitar, caballeros.-apoyó sendos antebrazos en la madera desnuda de su asiento con algo de parsimonia, saboreando aquel momento.
-Rogamos nos disculpéis, Alteza, por nuestro anterior comportamiento.-los cinco bajaron la cabeza en una supuesta reverencia de arrepentimiento. Aún así, no confiaba en ellos. Era consciente de lo mucho que aquello debía haberles herido el orgullo.- Estamos dispuestos a colaborar en lo que sea que hayáis pensado hacer, majestad.
-Bien. Voy a serles franca, caballeros. Mi intención es restaurar el Espejo.-alzó la mano para acallar las posibles réplicas al ver que un par de ellos abrían sus bocas para tratar de decir algo.- En su momento, pensé que lo mejor era destruirlo para afrontar con mayor esmero la tarea de restaurar el reino tras el caos en el que se vio sumido a causa de la infame gestión del usurpador.-hizo una pequeña pausa, esperando que aquellas palabras calasen en sus interlocutores.- Pero considero que el aislamiento al que nos vemos sometidos debe llegar a su fin. Antaño, fuimos castigados con el encierro y el exilio pero considero que ya hemos pagado con creces nuestra supuesta deuda.- se incorporó ligeramente, apoyando las palmas de sus manos sobre la madera.- Ambos reinos conocen de la recíproca existencia del otro, no es de recibo que en su momento trabajásemos codo con codo para restaurar la paz y que ahora seamos condenados de nuevo al olvido.-regresó a su posición inicial, apoyándose contra el respaldo de su asiento.
Transcurrieron unos cuantos minutos de silencio que se hicieron eternos hasta que uno de los presentes se dignó a tomar la palabra. El resto de la reunión fue bastante breve. En definitiva, ninguno de los allí congregados conocía el método para llevar a cabo semejante empresa. Lo único que pudo sacar el claro es que, a pesar de todo, parecían estar de acuerdo con su postura y deseaban colaborar para que aquel proyecto tuviese éxito. Había maquillado bastante sus palabras a la hora de exponer sus argumentos, esperando con ello que, en un futuro, sirviese para ver quién de entre todos aquellos hombres, se había prestado a ayudarla con fines ocultos, siguiendo la ideología de Zant.
Tras abandonar aquella sala, se había encerrado en su despacho con varios volúmenes de la biblioteca en los que, de una forma u otra, se hacía referencia al espejo. Se trataba de una estancia bastante amplia, con una chimenea al fondo de la misma y con vistas al jardín. Sus paredes estaban cubiertas con estantes repletos de libros que no dejaban ver la piedra de las paredes. Sobre la chimenea, descansaba el retrato de sus progenitores. En el centro, sobre una mullida alfombra, descansaba un enorme escritorio de caoba, flanqueado por un par de sillas del mismo material a cada lado. Las horas pasaban sin lograr encontrar ni una sola pista y la desesperación iba haciendo mella en ella. Los textos, eran demasiado complejos, ambiguos. Por si fuese poco, el idioma arcaico tampoco ayudaba a descifrar su contenido. Se exasperaba por momentos ante la carencia de información o de una sola pista que le indicase por donde seguir investigando. Furiosa consigo misma, arrastró ambos brazos por encima de la mesa del despacho, tirando al suelo todo lo que había sobre la misma. Si no hubiese destruido el espejo no se vería en aquella situación pero de poco servía lamentarse. Apoyó la cabeza entre sus manos, intentando serenarse. Aquel estado de ánimo no podía hacer otra cosa si no nublar su entendimiento y empeorar la situación. Se levantó del sillón, sorteando los libros que había por el suelo mientras caminaba en círculos por la estancia tratando de calmar así sus ánimos. Consiguió quebrar el espejo con tal facilidad que parecía irónico que restaurarlo fuese a resultar tan complejo. Fue entonces cuando se fijó en que uno de los ejemplares había caído abierto por una página al azar en la que se encontraba un pequeño dibujo del soporte semicircular del espejo vacío. Se arrodilló junto al mismo y tras unos segundos, esbozó una pequeña sonrisa de esperanza. Según aquel tomo, el espejo únicamente podía ser restaurado desde el circo, es decir, en Hyrule. Aquello suponía un nuevo problema. Sin espejo ¿cómo iba a llegar hasta el Patíbulo del desierto? Masajeó sus sienes con ambas manos pensando en cómo iba a hacerlo hasta que se dio cuenta de algo. Zant había sido capaz de ir a Hyrule en la ausencia del espejo cuando les arrebató los fragmentos de la sombra fundida. Sabía, por las propias palabras del usurpador, que había obtenido el poder que le permitió subyugar el mundo de luz de manos de Ganondorf. La magia que utilizó no se parecía en nada a aquella propia del pueblo twili y aún así había logrado dominarla sin problemas. Algo más relajada, intentó rememorar todos y cada uno de los encuentros que habían tenido con Zant. Con aquel poder incluso era capaz de viajar entre dimensiones, tal y como les había demostrado en aquella batalla con multitud de escenarios que, o se asemejaban a los de Hyrule, o incluso eran los mismos. Con sus propios ojos había visto a las bestias de las sombras atravesar aquellos portales sin resistencia alguna. Tal vez hubiese algún modo de aprovecharlos en su propio beneficio. Repasó mentalmente todos los lugares en los que había aparecido uno de aquellos portales. Estaba segura de que uno coronaba el cielo del circo del espejo la última vez que estuvo allí. Desconocía, en cambio, como poder servirse de los mismos. No había un sólo lugar en el Crepúsculo por el que se pudiera acceder a los portales, ya se había encargado de averiguarlo en cuanto regresó al reino.
Se incorporó, con el tomo entre sus manos, pegándolo contra su pecho como si protegiese la escasa aunque valiosa información que éste contenía. Mientras caminaba por el despacho iba forjándose una idea algo descabellada en su mente. Tal vez la solución estaba más cerca de lo que pensaba. Cuando apareció en aquella explanada gracias a la intervención de los Espíritus de Luz tras la victoria de Link sobre Ganondorf, pudo ver los maltrechos pedazos de la sombra fundida justo antes de percibir el poder de la misma flotando en el ambiente. No podía permitir que una energía como aquella quedase libre, descontrolada por el mundo, por lo que optó por usarse a si misma como contenedor de la esencia de la sombra hasta que descubriese un lugar mejor donde custodiarla. Desde entonces, había sentido ligeros mareos y algunas punzadas en el pecho, como si tratase de recordarla de ese modo que estaba dentro de ella. Suspiró. No le agradaba demasiado la idea de recurrir a ese inmenso poder, pero tampoco tenía nada que perder. Ya lo había hecho antes. Cerró los ojos, controlando su respiración, concentrándose así para lo que se había propuesto. En su mente visualizó el lugar al que quería ir, el Patíbulo del desierto. Poco a poco, empezó a notar la energía corriendo por su interior, como una descarga que amenazaba con apoderarse de su ser. Abrió los ojos, asustada al notar como flaqueaban sus fuerzas, como el libro se deslizaba entre sus brazos para caer estrepitosamente contra el suelo de piedra seguido por su cuerpo que se desplomaba a sobre el mismo, inconsciente.
