Capítulo 4 Capítulo 4

Título: Tierna luz de esperanza

Autor: Jon Cadierno

Pese a que el invierno iba llegando a su fin y la vida retornaba en forma de cielos azules, verdor y frescura, absolutamente todo en torno a Hermione Granger adquiría matices grisáceos que invadían hasta sus más profundos pensamientos. El alba, que había acostumbrado a presenciar casi cada mañana debido al insomnio que padecía, no significaba más que el comienzo de nuevos sufrimientos. Lo blanco se volvía negro. La luz no era más que una opresora oscuridad. Y la oscuridad de la noche era el único momento del día en el que se sentía algo más libre, alejada de dolorosas miradas de soslayo y palabras desprovistas de significado.

Se sentía más aislada que nunca. Era incapaz de dejarse contagiar por el espíritu de alegría que circulaba por el castillo, cuyo único origen era la proximidad de la primavera. Si invierno significaba sufrimiento, angustia, tristeza y lástima, la marea de lágrimas que cada noche surcaba su rostro desde su último encuentro con Harry en Hogsmeade no podía ser otra cosa. Un frío eterno que la rodeaba, tan denso e impenetrable que ni el más mínimo atisbo de esperanza parecía poder atravesar jamás. Harry se encontraba demasiado cerca aunque tortuosamente lejos a su vez. Deseaba de corazón apartar el dolor que ambos sentían y poder hablar como lo habían hecho hasta entonces, desde la amistad más sincera. Sin embargo, cada vez que Hermione reunía el suficiente valor como para mirarlo a los ojos y pedir disculpas por ser demasiado egoísta, Harry se le presentaba inalcanzable, no más que un espejismo que desaparecía a medida que se le acercaba. Su cuerpo estaba allí, donde siempre, tan dulce como el primer día. Sin embargo, la joven no podía dejar de preguntarse qué habría sido del ángel que ocupaba aquel cuerpo, el alma que había conseguido arrancarle sonrisas en los momentos más difíciles y de la que se había enamorado hasta la perdición.

¿Dónde estaba?

Quizás peor que saber que el amor por Harry era cada vez más imposible era el darse cuenta de que su amistad corría peligro. "¡¿Qué demonios te ocurre, Hermione?!" Eran las palabras que no cesaban de retumbarle en la cabeza. Probablemente las palabras que más daño le habían causado jamás. Cada vez que recordaba lo sucedido, bajo el intenso aguacero que parecía el preludio del mar de lágrimas en el que se convertiría ella, volvía a sentir ganas de gritarle que jamás amaría a alguien como él, que no podría dar un paso más sin estar segura de que él estaba a su lado, que ya nada tendría sentido si algún día dejaba de ver el verde de sus ojos, unos ojos por los que merecía la pena despertarse cada mañana y comprobar que seguían brillando como siempre, llenos de carisma y bondad.

"Creía que me ayudarías con Cho, como lo habías hecho hasta ahora". A través de miradas que en los últimos días se habían apagado lentamente, Hermione había querido comunicarle que jamás dejaría de ofrecerle su ayuda. Si había algo que la hacía realmente feliz, era poder hacerle feliz a él. Esta era una afirmación que hasta hacía unos meses no poseía excepción alguna para ella. Sin embargo, no tardó en comprender que no había hecho más que engañarse a sí misma. "Si algún día te aparto de mis pensamientos y tu recuerdo se hace añicos dentro de mí, yo misma quedaré reducida a nada. Si te niego mi ayuda cuando más lo necesites, sabré que el remordimiento me consumirá por dentro. Pero, Harry, si me pides lo que no te puedo dar, sabré que para ti no seré nada. Y si yo no soy nada para ti, ¿qué sentido tendrá seguir buscando al ángel que vive en tu mirada?"

Hermione había llegado a aprenderse aquellas palabras de memoria, que incluso para ella se convertían en puñales que atacaban con ferocidad. Las repetía cada noche antes de intentar conciliar el sueño, cosa que había dejado de suceder. Cuando el cansancio podía con ella, soñaba con esas palabras, y en los sueños aparecía Harry, siempre con la mirada ausente aunque anegada de lágrimas. Unas veces se acercaba a él y se las susurraba al oído mientras el joven lloraba en silencio. Otras veces se las gritaba, desesperada por que le entendiese, incapaz de contenerse un solo minuto más.

Cuando abría los ojos, era ella quien se hallaba bañada en lágrimas. Cada vez deseaba con más fuerza que el Harry de esos sueños se materializara para poder así desahogarse, con susurros o con gritos, y acabar con aquella tortura. Pero era entonces cuando se daba cuenta de que Harry estaba lejos pero demasiado cerca a su vez. Le era imposible plantarse frente a él y escupir la verdad. Tenía tanto miedo a que sus palabras fuesen las que pusieran el definitivo fin a su amistad que prefería callar y sufrir.

Es realmente increíble el dolor que se puede llegar a soportar por sentirse cobarde y callar.

El último día de marzo, un sábado muy próximo a las vacaciones de Pascua, Hermione decidió salir de la cárcel en que se había convertido su dormitorio y consumir sus últimas esperanzas en comprobar si el viento tibio y el renacer de las plantas serían capaces de devolverle el ánimo. Agradeció la compañía de Ginny, y sintió remordimiento al percatarse de que prácticamente había olvidado a su amiga durante aquellos largos días de calvario emocional. Abandonar el castillo y zambullirse en el frescor de la mañana empezó por devolverle el color que había comenzado a perder, según Ginny. Su amiga pelirroja había estado realmente preocupada por ella, pues veía cómo cada día se iba evaporando más y más. Hermione, incapaz de ver mucho más allá de la barrera de lágrimas que separaba a sus ojos del mundo, siempre había jurado encontrarse bien, que no se preocupara. Sin embargo, había llegado el momento de asumir que el dolor la consumía con fiereza. Entonces recordó que, meses atrás, cuando Ginny y ella habían mantenido una conversación en su dormitorio de Grimmauld Place, se había dado cuenta de que podía confiar en Ginny en momentos como aquel, pues su amiga no sentía por Harry más que una sincera y buena amistad. En aquel momento no había podido expresarse, pero ahora era la oportunidad idónea.

Ginny... Aunque creo que no es necesario, hay algo que debería contarte... - comenzó Hermione, su voz débil e insegura.

Antes de contestar, se detuvieron en mitad de los terrenos y su amiga le agarró las muñecas con suavidad. Su mirada transmitió a Hermione una calma placentera.

Llevaba tiempo deseando que me hablaras de ello al fin. Pero, dime, ¿por qué no lo has hecho antes? Soy tu amiga, Hermione, y ahora soy yo quien debe ayudarte con él, como tú lo hiciste por mí. ¿Acaso lo has olvidado?

Hermione dibujó una tierna sonrisa de disculpa, y se sintió avergonzada de no haber acudido antes a Ginny en vez de sufrir sola en el silencio.

Lo siento mucho, Ginny, de verdad. No he sabido buscar la ayuda que necesitaba. Pero es que esta situación es insoportable, ni siquiera nos miramos a la cara...

Ginny la observaba atentamente mientras caminaban hacia la orilla del lago. Se sentaron a la sombra del árbol que acostumbraban a ocupar, siguiendo con la mirada la alegre danza de siete mariposas azules. Cogió ambas manos de Hermione y las acarició, queriendo expresarle su apoyo.

Ayer hablé con Harry.- a Hermione le dio un vuelco el estómago, aunque le indicó que continuara mediante una mirada.- me dijo que sigue sin entender tu comportamiento, algo respecto a Cho, él y tú.

Le ardieron las entrañas. Intentó calmarse escuchando el susurro del agua arrastrando los guijarros de la orilla, pero luego recordó que Ginny no sabía nada respecto a todo lo ocurrido en Hogsmeade, con lo que procedió a relatárselo. Al finalizar, su amiga parecía afectada y negaba por lo bajo.

Sé que va a ser difícil, Hermione, pero debes acabar con esto. Tienes que decirle lo que sientes por él antes de que sea demasiado tarde. Si se lo dices ahora, vuestra amistad seguirá siendo sincera. Pero si esperas, continuará esta situación, y entonces empezaréis a haceros daño.

"Haceros daño". Jamás podría soportar causarle más daño del que ya podría haberle hecho. Ginny tenía toda la razón. Si continuaba inmersa en aquel silencio, Harry y ella comenzarían a distanciarse sin remedio, separados por el dolor causado por la ausencia de palabras.

¿Qué dijo él?- preguntó Hermione tímidamente, con lágrimas en los ojos.

Después de decirme que no sabía lo que te ocurría, estuvo en silencio un largo rato, y pude ver que se tragaba el dolor. Te echa de menos, Hermione, pero no se atreve a pedirte unos minutos para que habléis. Cree que tú no quieres hablar con él.

Permanecieron calladas durante unos minutos. Hermione alzó la vista hacia la torre de Gryffindor, y creyó haber visto a alguien observándolas, sus ojos verdes visibles incluso a aquella distancia. Parecía triste, pensativo. O eso quiso creer.

No sé con qué cara voy a mirarle si después de todo me dice que sólo ve en mí a su mejor amiga.

Pues con la misma cara con la que le he mirado este último año, Hermione. Yo no llegué a decírselo, pero él sabía de sobra que a mí me gustaba, y pasé mucha vergüenza durante un tiempo, pero ahora soy feliz sabiendo que somos buenos amigos.

Hermione volvió a sentirse algo avergonzada. Al principio se dijo que lo que Ginny llegó a sentir por Harry no era comparable a lo suyo, pero terminó acordándose de todo lo que su amiga le había contado años atrás sobre él, todo lo que él significaba, y vio que no había más que semejanzas. Era el lenguaje del amor, difícil de expresar, pero fácil de comprender.

No sabes lo bien que comprendo ahora todo lo que me contabas sobre él hace algunos años, cuando te morías de vergüenza cada vez que te sonreía.

Las dos amigas rieron por fin. Hermione se sentía más relajada; poco a poco, iba volviendo a su ser. Sabía que todavía le quedaban muchas lágrimas por llorar y muchas horas de desvelo más antes de poder mirar fijamente a los ojos de Harry y abrir su corazón. Sin embargo, deseó que aquella mañana junto a Ginny no cesara jamás, pues era la primera vez en muchos días que había experimentado alegría.

Por cierto, esta noche es la última reunión del Ejército de Dumbledore antes de las vacaciones de Pascua. Quiero verte con ganas, ¿vale? Necesitamos que estés allí, con energía.- le dijo Ginny con seriedad mientras se preparaban para regresar al castillo.

Hermione asintió. Desde lo ocurrido en Hogsmeade, Hermione no había dejado de acudir a las reuniones del ED, pero se podría decir que únicamente había estado de cuerpo presente. Ginny le recordó que crear el ejército de defensa había sido idea suya, de Hermione, y que no podía fallarles ahora. Debía conservar el espíritu de lucha intacto, algo que era muy importante para Harry.

Quizás fuera esto último, o quizás porque veía en aquella noche una buena oportunidad para hablar con Harry, pero lo cierto era que una Hermione más parecida a la de siempre se presentó en la Sala de los Menesteres diez minutos antes de la hora. Por desgracia, Harry aún no había llegado. La clase transcurrió de la misma manera que la de antes de Navidad, con un repaso general a los hechizos practicados hasta entonces. Hermione comprobó que Cho no cesaba de lanzar miraditas empalagosas a Harry, pero se alegró al ver que él estaba más concentrado en observar que Hermione volvía a ser la misma.

Todo marchó bien hasta pasada una hora del principio de la clase, cuando las lámparas de araña que pendían del alto techo comenzaron a temblar con violentas sacudidas, hasta que la luz acabó por extinguirse. Algunos gritaron, otros permanecíeron quietos, temiéndose lo peor. La sala entera, ahora envuelta en la luz de la luna, temblaba, y pudieron escuchar el inconfundible sonido de unos tacones al otro lado de la puerta, al acecho. Hermione lanzó una mirada a sus dos amigos, que habían palidecido y escuchaban aterrados.

Tampoco voy a llorar si alguien resulta herido.

La voz de Dolores Umbridge, precedida de su estúpida risa, se filtró en la estancia como un gas venenoso. Un cegador rayo de luz azulada lo iluminó todo y la explosión hizo que todos volaran hacia atrás. Muchos se incorporaron rápidamente e intentaron huir, pero la profesora Umbridge no estaba sola. Hermione pudo ver el pálido y anguloso rostro de Draco Malfoy recortado en la penumbra, sus ojos emitiendo destellos de felicidad. Antes de que pudiera hacer nada, alguien le había agarrado del pelo, le quitó la varita y le hizo incorporarse a la fuerza. Forcejeó, pero era imposible zafarse de Millicent Bulstrode, una Slytherin cuyos músculos eran la envidia de Crabbe y Goyle. Hermione alcanzó a ver a Harry, que se batía en duelo con Draco y Umbridge a la vez. Millicent le empujó hacia la puerta, pero Hermione se las arregló para arrebatarle su varita y aturdirle mediante un poderoso Expelliarmus.

En medio de aquella confusión, y esquivando hechizos aturdidores que llegaban desde todos los lados, Hermione se situó tras Umbridge y Malfoy dispuesta a atacar por la espalda, pero la profesora ya le había visto. La apresó con un montón de cuerdas que salieron de su varita, que le agarraron por los tobillos con fuerza. Malfoy reía a su lado, disfrutando como un niño del espectáculo, y Harry tuvo que esquivar otro hechizo igual de la profesora, que no acertó. Sintiendo un odio repugnante hacia Umbridge, conjuró un hechizo aturdidor que le golpeó de lleno en el pecho y la lanzó varios metros por los aires. Hermione seguía inmóvil en el suelo, su varita a varios metros de distancia. Tan sólo pudo incorporarse para presenciar un duelo sin varitas entre Harry y Draco en medio de una sala cada vez más vacía, pues la mayoría de alumnos habían huido. Ron, Ginny y algunos miembros más, entre los que se encontraban Luna y Neville, luchaban en los pasillos cerca de la sala.

Con Umbridge inconsciente en el suelo y Hermione atada e inmóvil, Harry y Draco continuaron peleándose, aparentemente olvidados de que eran magos y podían utilizar varita. Harry tenía un corte en la mejilla derecha y sangraba por el labio inferior. Malfoy, por su parte, se acababa de ganar un puñetazo en el estómago que lo derribó, gimiendo de dolor y casi incapaz de ponerse en pie.

Harry corrió hasta Hermione, la desató y ambos huyeron por el pasillo buscando un sitio en el que esconderse. Umbridge no tardaría en despertar, y Malfoy ya había comenzado su persecución. Recorrieron varios pasillos hasta que dieron con una clase abierta, pues no había tiempo de llegar a la torre de Gryffindor. Se resguardaron en una esquina del aula, bañados por la luz de la luna. Ya no se escuchaba nada. La clase estaba en silencio, un silencio que ahora les pertenecía. Hermione observó a Harry y vio emanar la sangre de sus labios, así como del corte en la mejilla. Él le dijo que no se preocupara, que no era nada, pero no le miró a los ojos. Se limitó a mirarse las manos como si en las líneas que las surcaban encontrase las palabras adecuadas, pero el silencio se apoderó de ellos.

¡Tergeo!- murmuró de repente Hermione, y toda la sangre que cubría parte del rostro de Harry se desvaneció.

Hermione no pudo apartar la vista de él. Un rayo de luna caía sobre su cuerpo e iluminaba tímidamente su cara, mezclándose con el verde de sus ojos y creando un hechizo natural, aún más poderoso que cualquiera de los que aprendían. Aquella imagen no parecía real, sino rescatada de un lienzo digno del más diestro. Cuando Harry levantó la vista hacia ella, creyó verse absorbida por su mirada.

Hermione, yo… Yo quería disculparme por todo lo que ha pasado, ¿sabes? N-no era mi intención herirte… Creo que he sido un egoísta.

Creyó morir de lástima hacia él y de un renovado sentimiento de vergüenza que no dejaba de abrasarle por dentro.

Harry…- jamás pensó que hacer frente a aquella mirada pudiera suponer tal esfuerzo.- de verdad, no tienes que disculparte de nada. Soy yo quien te debo una explicación…

No, de verdad, sé que no tienes porqué ayudarme en lo que te pedí, lo entiendo perfectamente. Debo de haberte pedido demasiado… Y ya es hora de que actúe por mi cuenta.- la voz de Harry sonaba dolida, entrecortada.

Harry, no lo entiendes… Yo jamás podría negarte mi ayuda. S-si por algo consigo sentirme bien, es cuando sé que he podido ayudarte. Es m-mi mayor satisfacción…

Había perdido el control de sus palabras. Sabía que había empezado a deshacer parte de la barrera, pero ahora dudaba de si era el momento oportuno. La voz de Harry, que denotaba desconcierto, le hizo aterrizar de nuevo en la cruda realidad. Acababa de formular la pregunta que más temía.

Pero, ¿y lo que ocurrió en Hogsmeade? Creía haberlo entendido…

El momento había llegado. Era la pregunta que no debería admitir un silencio por respuesta, ni siquiera una mentira. Al menos, eso era lo que la razón le pedía a gritos, aunque la razón tenía la voz de Ginny. En sus manos estaba poner fin a días de oscuridad y profundo dolor, así como dejar que sus palabras se encadenaran a Harry y surtieran un efecto inseguro, que en lo más profundo de su mente se inclinaba hacia la nada, hacia el vacío que los separaría para siempre. Él debería escoger, y Hermione temía su decisión por encima de todo, por encima incluso de lo que aún no había conseguido decir. El tiempo corría en su contra…

De no haber sido por lo ocurrió segundos después de estas últimas cavilaciones, Hermione jamás habría sabido que una burbuja los había mantenido ajenos a la realidad, un espacio donde sólo había sitio para las miradas. De haber sido lo suficientemente rápidos como para actuar y responder, Hermione jamás habría entendido que aquella burbuja se había creado por la magia surgida entre ambos, y no por un simple contacto de ojos.

Cuando Draco entró en el aula donde se escondían, ninguno de los dos reparó en su presencia. Se deslizó hacia ellos como una sombra más, y algo le decía que no se percatarían de su presencia hasta segundos antes de caer aturdidos. Incluso Draco se dio cuenta de que en aquella sala sólo había sitio para una mirada, y que todo lo demás había dejado de existir. El primer hechizo golpeó a Hermione en el pecho, haciendo que se desplomara contra Harry, inconsciente.

No podías haber caído más bajo, Potter.- Draco habló como de costumbre, arrastrando las palabras, pero ahora se deleitaba con cada una de ellas.- ¿Tanto te gusta la sangresucia que ni siquiera tienes fuerzas para coger tu varita?

El hechizo de Draco golpeó a Harry en el estómago, haciendo que cayera junto a Hermione. La luz de la luna iluminaba los dos cuerpos inertes, que en otras circunstancias, y no a causa de un reciente ataque, hubieran dibujado una tierna estampa. Malfoy se relamió de gusto durante unos instantes, incapaz de creer que él hubiera conseguido aquello. Y ahora, Potter y Granger yacían a sus pies, inconscientes, y él se llevaría las felicitaciones de Umbridge y quizá del mismísimo Ministro de Magia. Definitivamente, aquel era un día que no olvidaría jamás.