CAPÍTULO 3

Disclaimer:

Esta es una transcripción del libro "REUNIÓN TEMPESTUOSA" de Lynne Graham

Ninguno de los personajes de Naruto me pertenece, derechos reservados a Kishimoto

.

.

Hinata palideció. Naruto la golpeaba sin piedad con cada palabra y le parecía que se ahogaba, incapaz de respirar.

La observó sin el menor remordimiento y esa vez la joven sintió la rabia salvaje que lo dominaba, como una fuerza intimidante, pues nunca antes había perdido la paciencia con ella. Consideraba que las personas que permiten que la ira triunfe, pierden el control de la situación. Y nadie acusaría a Naruto de esa falta de cálculo. O por lo menos, así lo creía Hinata...

-No soy tu mujer – manifestó insegura.

-Durante dos años fuiste mía, indiscutiblemente mía, como ninguna otra mujer lo ha sido. Algunas cosas no cambian. En el Savoy no me quitaste los ojos de encima.

-¡Tonterías! – Hinata estaba tan anonadada con esa acusación, que olvidó por un momento la amenaza contra Toneri.

-Yo no lo creo así. Y no vamos a discutir por eso. Tú tienes el mismo efecto sobre mí. No lo niego. Un cierto no sé qué, indescriptible y, en muchas ocasiones, desagradable, pero que todavía existe después de seis años y medio. ¿No te indica algo?

Frunció las cejas, tratando de comprender lo que insinuaba.

-Muchos matrimonios no duran tanto tiempo – le indicó Naruto, sin alterarse -. Deseo que regreses, Hinata.

Un pozo de silencio se los tragó y ella juró que podía escuchar su propio corazón. Su capacidad de pensar desapareció en medio del frío que la invadía.

-¿Realmente creíste que me conformaría con menos? – fue hasta la mesa y abrió uno de los garrafones para servirse un brandy.

-No puedo creer que me estés diciendo esto – musitó ella.

-Consuélate con la reflexión de que no he dicho ni la cuarta parte de lo que me gustaría – Naruto tomó la copa entre sus dedos de acero, acunándola -. Apuesto a que me agradeces mi prudencia.

Indefensa, adivinó cómo se sentía el conejo azorado, ante los faros de un auto. Esos ojos zafiros tenían la capacidad de hipnotizarla.

-¿Tú... tú supones que Toneri me mantiene? – inquirió, estremeciéndose de asco -. ¿Eso es lo que insinúas?

-Rara vez insinúo, cara – afirmó.

-¿Cómo te atreves? – exclamó Hinata .

-Me desagrada en particular que sea un hombre casado, lo bastante viejo como para ocupar el lugar de tu padre.

-¡No hay nada desagradable en Toneri! – protestó, furiosa -. Es uno de los hombres más honorables y decentes que conozco.

-Que no está por encima de engañar a su esposa con una mujer que podría ser su hija – se burló Naruto, con esa conclusión mordaz -. Una palabra de advertencia, cara. Después de esta noche, no quiero que vuelvas a pronunciar su nombre en toda tu vida.

Hinata se embarcó en la defensa de Toneri, sin escuchar lo que decía.

-Jamás engañaría a su esposa. Se separó de ella hace casi un año. ¡Obtendrá el divorcio el mes entrante!

-Lo sé – interpuso Naruto con suavidad, desinflándola con su calma -. Debió quedarse en casa con su mujer. Hubiera sido menos peligroso.

-¿Menos peligroso? – susurró, recordando su amenaza de minutos antes -. ¿Te propones perjudicarlo?

-No. Describo un hecho concluido – recalcó, helándola.

-Pero, no puedes hablar en serio, no puedes – arguyó, con un ruego instintivo en la voz.

-Si tú lo dices – alzó un ancho hombro, descartando el asunto -. Ahora, tenemos cosas más importantes que discutir.

A Hinata se le contrajo el estómago. Debajo de ese traje cortado a la perfección, se ocultaba un depredador de proporciones descomunales, tan ajeno a un remordimiento de conciencia como el hombre de Neandertal.

-Esto no te concierne – concedió, seca -; sin embargo, no sostengo una relación amorosa con Toneri.

-Todo lo que te rodea me concierne.

La molestaba no discutir esa afirmación, pero Toneri la preocupaba más.

-¿Por qué deseas perjudicar a Componente Ōtsutsuki? ¿Qué te han hecho?

-¿Y tú me lo preguntas? – casi bufó de incredulidad -. Vives en este apartamento y, ¿me lo preguntas?

-No es lo que te imaginas.

-Es lo que me imagino. Barato, sucio – abrió las aletas de su nariz, al emitir ese juicio.

-¿Como lo que tenía contigo? – no pudo resistir la comparación.

-¡Cielos! – levantó las manos en gesto de furia -. ¿Cómo puedes decirme eso? En toda mi vida jamás traté a una mujer como te traté a ti.

La irritante calidad de esa afirmación se basaba en su absoluta sinceridad. Creía lo que asentaba.

Hinata apretó los dientes para sofocar un insulto.

-¿Y qué recibí a cambio? Dímelo – la azotó con la rabia que oscurecía sus facciones -. Un maldito garabato en un espejo, que ni siquiera podía leer. Confié en ti como si fueras de mi familia y me traicionaste. Me clavaste un puñal por la espalda.

Debió estar mejor preparada para esa explosión, pero no fue así. El legendario autocontrol de Naruto se evaporó ante los asombrados ojos perlas, revelando una ira primitiva que se desató por culpa de ella.

-Naruto, yo...

-¡Quédate donde estás! – la orden estalló como un latigazo a través de la habitación, cortándole su retirada en dirección de la puerta -. Permaneciste conmigo dos años, Hinata. Dos años –repitió con fiereza, vibrando de ira -. Y después te esfumaste en el aire. ¿Y qué obtengo durante casi cinco largos años? ¡Ni siquiera una tarjeta postal! Y ahora, mírate. Me preguntaba si te morías de hambre, si podías vivir con dignidad. Me torturaba pensando que quizá te había ocurrido un accidente, si estabas muerta. ¿Y dónde te encuentro? – siseó, en un crescendo violento -. ¡En el Savoy con otro hombre!

Nunca había visto a Naruto descubrir el caudal de sus emociones. Mareada, lo observó apartarse de ella, mientras una tensión feroz le delineaba el duro perfil. No daba crédito a la evidencia de lo que veía, mucho menos a lo que gritaba.

¿Se preocupó por ella? En su mente, luchó por captar la hondura de esa confesión. Al abandonarlo, deslizándose por la puerta trasera, como una ladrona, previó su posible respuesta a su partida.

Incredulidad... rabia... desprecio... aceptación. La idea de que se preocupara por ella jamás se le ocurrió, tampoco que la buscara...

De un modo extraño juzgó esa idea demasiado perturbadora y prefirió no decir nada en su defensa. Un hecho la penetró. Naruto no sospechaba que Boruto existía. Tranquila en ese sentido, pensó de nuevo en Toneri.

-Deja a Toneri en paz – le pidió -. Necesita ese contrato.

-¿Es todo lo que tienes que ordenarme? – un frío formidable brilló en sus ojos.

-Perder ese contrato lo arruinaría – admitió, tragando saliva.

-Lo sé – la línea de una sonrisa curvó sus labios.

-Si estás enojado conmigo, véngate en mí. Pero no puedo creer que le quieras hacer daño a Toneri – le confió.

-Créelo – la urgió Naruto.

-Me refiero a... – hizo un ademán de impotencia para expresar su confusión-: ... entras aquí y afirmas que... que quieres que regrese contigo, pero no merece la pena – completó, anonadada.

-¿No?

-¡No! ¡Y no entiendo por qué haces esto! – gritó ella.

-Quizá deberías esforzarte.

Se negó a mirarlo. La lastimaba demasiado. Ante la presencia de Naruto la invadía el miedo del niño que se quemó una vez con el fuego. El recuerdo del dolor persistía como una barrera infranqueable.

-No me esforzaré – declaró con dignidad -. Eres un episodio que dejé atrás hace mucho tiempo.

-¿Un episodio? – se burló, escéptico -. ¡Viviste conmigo dos años!

-Diecinueve meses y cada mes fue un error – lo corrigió Hinata, abandonando la cautela por grados.

-Madre de Dio – tenía los pómulos rojos de ira -. No lo considero la aventura de una noche.

-Oh, no sé – se encogió ante esa humillación -. Con frecuencia me sentía como una aventurera.

-¿Por qué me dices eso? Te traté con respeto – se sulfuró.

-¿Eso era respeto? – una risa ahogada se le escapó. La invadió el salvajismo. Si hubiera sido una tigresa, se le habría echado encima para despedazarlo. Su debilidad afiló las emociones más crueles -: Cuando te miro, me pregunto por qué me tomó tanto tiempo recobrar el sentido común.

-Desde que llegué, has mirado a todos lados, menos a mí – le informó Naruto, seco, atajándola.

-Te odio, Naruto. Te odié tanto, que si cayeras muerto a mis pies, bailaría sobre tu cadáver – le lanzó, con una rapidez afiebrada.

-El futuro cercano promete muchas sorpresas.

-Pero no para nosotros – Hinata nunca había perdido la cabeza con nadie, pero le sucedía en ese momento. Como si no fuera bastante malo que estuviera allí parado, con el aire de un loco escapado de un manicomio, ignoraba cada palabra que ella decía -. No te obedeceré como uno más de tus esclavos. ¿Regresar a tu lado? ¡Debes haber perdido el seso! Una vez me usaste y preferiría morir a que lo hicieras de nuevo. Yo te amé, Naruto. Te amé mucho más de lo que merecías...

-Lo sé – interpuso suave.

Se ruborizó y la furia despertó cada una de las células de su piel.

-¿A qué te refieres con eso de que... lo sabes? ¿De dónde sacas las agallas para admitirlo?

-Pensé que sería un punto a mi favor – los ojos zafiros la observaron con fijeza.

-¿A tu favor? ¡Vuelve todo lo que hiciste imperdonable! - explotó con indignación renovada -. Tomaste lo que te di y trataste de pagarlo, como si fuera una mujer de la calle que hubieras recogido en una esquina.

-Quizá cometí uno o dos errores de juicio imperdonable – concedió él, después de una larga pausa -.

Pero, si no te satisfacía nuestra relación, debiste expresarlo.

-Discúlpame, ¿expresarlo? – Hinata apenas podía hablar de la rabia que la ahogaba -. ¡Que Dios te perdone, Naruto, porque yo no podré! Sólo te aclararé un punto. Sal y compra lo que se te antoje, tienes el dinero para hacerlo, pero no para comprarme a mí. No estoy a tu disposición. No estoy en venta. No me cuelga una etiqueta con el precio; entonces, ¿qué harás?

Temblando con violencia, se apartó de él, al tiempo que la emoción la debilitaba. Nunca soñó atacar a Naruto de esa manera, pero de alguna forma ocurrió. Fue como si dejara caer una mochila que venía cargando todos estos años. Sin embargo, no experimentaba placer como pensó, sólo dolor.

Un dolor desesperado que abarcaba todo su ser. ¡Hasta encontrarse en el mismo cuarto con ese hombre la lastimaba! Juró que no permitiría que eso sucediera, que el veneno del odio emponzoñara el aire que respiraba. Pero esa barrera dentro de su cerebro se desmoronaba pedazo a pedazo y la fuerza vengativa de los sentimientos que enterró surgía sin control. Con esos sentimientos le llegaban por oleadas los recuerdos que buscaba sofocar...

El día que le regaló la rosa, la llevó hasta su auto. Cenicienta nunca fue tan feliz. Ni siquiera existía el peligro de que se le perdiera una zapatilla a la medianoche. La introdujo en un mundo que sólo conocía a través de las revistas. Y él saboreó la mirada de los ojos perlas asombrados, su inocencia, su incapacidad de ocultar la alegría de estar con él. Durante cinco días se perdió en una interminable excitación: centros nocturnos de lujo donde bailaban la noche entera, cenas íntimas en restaurantes apenas iluminados... y el último día que él pasaba en Londres, desde luego, en la suite de su hotel.

Pero aun entonces Naruto se comportó de forma imprevisible. Cuando la redujo a ese estado de dependencia total, después de la cena, la apartó con una pronunciada actitud de mártir.

-Pasaré la Navidad en Suiza. Ven conmigo – la urgió, como si la invitara a atravesar la calle.

Ella se sintió devastada, insegura; sin embargo, siempre la conmovió la estación festiva. Al principio dijo que no, avergonzada de que Naruto pagara su estancia en el extranjero.

-No sé cuándo regresaré a Londres – agregó una mentira, pero entonces ella lo ignoraba. Naruto era un as en el arte de entristecer a una mujer antes de la despedida.

Convencida de que lo perdería para siempre si permitía que sus principios los separaran, Hinata cedió. Ino Yamanaka se asombró al ver una foto de ella con Naruto en el periódico. Trató de disuadirla usando argumentos bien intencionados. Hasta su casera le prohibió que se fuera a Suiza. Pero no escuchó consejos.

Seis horas en una cabaña alpina bastaron para que olvidara sus valores morales. Ninguna seducción se llevó a cabo con mayor tersura. Ninguna novia se metió en el tálamo nupcial guiada con mayor consideración que la que desplegó el experto Naruto. Y, una vez que le robó su virginidad, la poseyó en cuerpo y alma. Jamás consideró el hecho de que ella desconocía los problemas de una relación amorosa, de igual modo que Naruto desconocía las molestias de poseer una conciencia. La pasión monumental estaba allí, el hombre de sus sueños estaba allí, pero la boda no se perfilaba en el horizonte. Dio todo por amor... oh, tonta, incauta mujer, ¿en dónde dejó su inteligencia?

-Hinata – al volver al presente, se estremeció. Ese acento todavía le doblaba las rodillas.

-¿En qué piensas?

-Es mejor que no lo sepas – replicó, parpadeando con rapidez para que las lágrimas no se derramaran.

-Si regresas conmigo, permitiré que Ōtsutsuki obtenga el contrato – murmuró Naruto, sin expresión en el rostro.

-¡Dios del cielo! ¡No puedes regatear con el medio de vida de una persona! – exclamó horrorizada.

-Puedo y lo hago.

-¡Te detesto! Vomitaré si me pones un dedo encima – juró.

-Lo creeré cuando eso suceda – y de repente, de modo inesperado, sonrió.

-Naruto, por favor – no se enorgullecía de rogarle. Pero no podía retroceder y dejar que Toneri sufriera por conocerla. Su responsabilidad en ese asunto le impediría vivir en paz, pues Naruto no lanzaba amenazas en vano -. Por favor, piensa en lo que haces. Actúas así por egolatría...

-Rara vez mi ego ha sufrido más – alzó una ceja.

-No regresaré contigo, Naruto... no puedo. Por favor, vete y olvida que me viste – la debilidad de sus piernas se le contagió a su voz.

-Si fuera capaz de olvidarte, no estaría aquí, cara.

-¿No recuerdas todas esas cosas que solía hacer y que te molestaban? – replicó, desesperada, retrocediendo un paso.

-Cuando me faltaron, empecé a amarlas.

-¡No te acerques! – la histeria la invadía, aumentando por momentos -. Me moriré si me tocas.

-Y yo me moriré si no lo hago. Debo recordarte que soy un sobreviviente – se burló Naruto, juguetón, tratando de atraparla, mientras sus pupilas se clavaban en la pequeña figura con hambre -. Ni siquiera sabrás su nombre mañana.

Evitaba su mano cuando uno de sus tacones se atascó en la alfombra, haciéndola perder el equilibrio.

El pie se le dobló y cayó, golpeándose la cabeza contra un objeto duro. Gritó, la oscuridad la cubrió con un manto y no supo más.

-Aquí puede ver el área a la que me refiero – el médico le indicó la sombra en los rayos X -. Una herida previa requirió cirugía mayor. En este momento, no tengo razón para sospechar que la paciente sufra de algo más grave que una contusión, pero debe quedarse en el hospital esta noche para que la vigilemos.

-Tarda demasiado en recuperarse.

-Se golpeó con mucha fuerza.

Las voces carecían de sentido para Hinata, pero reconoció la de Naruto y al instante se tranquilizó. Un dolor agudo latía en la base de su cráneo y movió la cabeza para apaciguarlo, gimió y abrió los ojos a la luz brillante.

Naruto nadó ante sus pupilas y sonrió.

-Está todo borroso – musitó la chica.

Un hombre de cabellos grises apareció al otro lado de la cama y examinó su coordinación. Le preguntó qué día era. Ella cerró los ojos de nuevo y pensó con intensidad. Le pareció que su cerebro flotaba entre algodones. Lunes, martes, miércoles... escoge. No tenía la menor idea de qué día era. Ahora que lo pensaba, ni siquiera sabía por qué estaba en el hospital.

El médico repitió la pregunta.

-¿No ve que sufre? – preguntó Naruto, exasperado -. ¡Déjela descansar!

-Hinata – la voz del doctor, irritándola con su persistencia, la obligó a abrir los párpados de nuevo -.

¿Recuerda cómo se hirió?

-Ya se lo dije, se cayó – lo atajó Naruto por segunda ocasión -. ¿Realmente es necesario este interrogatorio?

-Me caí – susurró Hinata agradecida, deseando que el doctor se fuera y dejara de molestarla.

Enojaba a Naruto.

-¿Cómo se cayó? – al expresar esa tercera pregunta, Naruto exhaló el aliento con un silbido y, al mismo tiempo, el sonido de una chicharra cesó -. Terminaré mi examen mañana. Transferiremos a la señorita Hyuga a su cuarto. Quizá le gustaría irse a su casa, señor Uzumaki.

-Me quedaré – lo declaraba con el peso de una ley irrevocable.

Hinata le dedicó una sonrisa somnolienta, feliz por la preocupación que mostraba por su bienestar.

Al despertar se encontró en una habitación en penumbras, amueblada con buen gusto, que no daba la idea de que se hallara en un hospital. Naruto se encontraba al lado de la ventana, en la oscuridad.

-¿Naruto? – musitó.

Él giró, con un movimiento abrupto.

-Quizá te parezca una pregunta estúpida – musitó Hinata, titubeante -. Pero, ¿en dónde estoy?

-En una clínica privada – se aproximó a la cama -. ¿Cómo te sientes?

-Como si alguien me hubiera golpeado con un saco de arena, pero ni la mitad de mal que antes – reconoció, atontada – movió su cabeza e hizo un gesto de dolor.

-Quédate quieta – la instruyó Naruto, de modo innecesario.

-No recuerdo haberme caído – reconoció, atontada -. Ni el menor detalle.

Naruto se acercó. Se veía menos espléndido de lo que acostumbraba. Tenía el cabello despeinado, la corbata floja y la camisa abierta.

-Fue mi culpa – afirmó, tenso.

-Estoy segura de que no – lo tranquilizó Hinata, sorprendida.

-Lo fue – los ojos oscuros la observaron de una forma sospechosa -. Si no hubiera tratado de abrazarte cuando intentaste alejarte de mí, esto no habría sucedido.

-¿Yo intentaba alejarme de ti? – nada en su banco de memoria confirmaba ese concepto desconcertante.

-Tropezaste con la alfombra y caíste. Te golpeaste la cabeza contra la mesa. Madre de Dio, cara... ¡Creí que te había roto el cuello! – Naruto recordó con poca acostumbrada emoción, mientras un músculo le tensaba la boca -. Pensé que estabas muerta... realmente pensé que estabas muerta – repitió con voz titubeante.

-Lo siento – una sensación vaga de pánico empezó a invadirla. Si Naruto no estuviera allí, se la habría tragado por completo. Sin embargo, su mirada fija, su comportamiento extraño, tampoco la tranquilizaban.

Otras rarezas, además de su incapacidad de recordar la caída, surgían en su mente enfermeras... el doctor... hablaban inglés. ¿Estamos en Inglaterra? – indagó, temblando.

-¿Estamos en...? – subrayó el plural, con las facciones rígidas, cerradas a la comunicación -. Estamos en Londres. ¿No lo sabes? – inquirió, en voz bajísima.

-¡No recuerdo haber venido a Londres contigo! – admitió Hinata con rapidez -. ¿Por qué no lo recuerdo?

Naruto la evaluó durante diez segundos antes de acortar la distancia que los separaba y sentarse en la cama.

-Te golpeaste, por eso estás confundida. Eso es todo – murmuró con calma -. No hay de qué preocuparse.

-No puedo evitar preocuparme... me da miedo – le confió.

-No hay nada a qué temer – Naruto tenía el aspecto de alguien que trata de controlar una explosión de histeria.

Los dedos de la joven tocaron la mano que descansaba sobre el colchón y le acariciaron la palma, en una silenciosa disculpa.

-¿Cuánto tiempo hemos pasado en Londres?

-¿Acaso importa? – indagó Naruto, tenso. Y, al llevarse la frágil mano a la boca, de repente careció de importancia.

Observándola entre sus pestañas largas, le lamió la yema de cada dedo, antes de posar sus labios ardientes en el centro de la palma de la mano. Un estremecimiento de placer la recorrió y un dolor exquisito se despertó en su pelvis. Le pareció increíblemente erótico.

-¿Importa? – repitió él.

-¿Import... qué? – murmuró, alejada de todo pensamiento racional por el poder de esas sensaciones.

-¿Qué es lo último que recuerdas? – bajó la mano, pero la retuvo con ansiedad.

Con un inmenso esfuerzo, volvió a localizar los procesos mentales y fue recompensada. Recordar la respuesta le costó poco trabajo.

-Te enfermaste de gripe – anunció con satisfacción.

-La gripe – frunció el ceño y de repente la frente se le despejó, como por arte de magia -. Sí, la gripe, eso fue en el dos mil ...

-Sé en qué año vivimos, Naruto – arrugó la nariz.

-Senz'altro. Desde luego. Los años mejoran, como los buenos vinos – lo miró sin comprender y él se inclinó para quitarle un mechón de cabellos azulados de la frente.

-Parece que sucedió hace mucho tiempo y no lo recuerdo con precisión... – se quejó.

-No pienses más en eso – le aconsejó Naruto.

-¿Es muy tarde? – susurró.

-Casi las doce de la noche.

-Deberías regresar al hotel... ¿nos hospedamos en un hotel? – indagó, ansiosa de nuevo.

-Deja de preocuparte. Pronto recordarás todo – predijo Naruto, con voz tierna -. Tarde o temprano. Y entonces nos reiremos de esto, te lo prometo.

Le acariciaba la muñeca con el pulgar. Ella alzó su mano libre para tocarle la mandíbula. Su piel morena tenía sombras azules y una textura rasposa. Con vaguedad se preguntó por qué no la besaba.

En ese departamento, Naruto nunca requirió que lo alentara. Cuando regresaba de un viaje de negocios, irrumpía por la puerta, la rodeaba con sus brazos y rara vez el deseo le permitía llegar al dormitorio. Y, si permanecía con ella, le parecía que no podía cocinar, limpiar o hacer cualquier cosa sin que él la interceptara.

Le daba seguridad. La hacía sentir que en esa pasión, residía su esperanza. Sólo que a últimas fechas escuchaba una vocecilla menos optimista. Le advertía que esperar el menor compromiso de Naruto respecto a futuro, se comparaba con creer en los cuentos de hadas.

-Sólo olvidé unas semanas, ¿verdad? – comprobó, descartando esos pensamientos que la volvían desconfiada.

-Nada importante – los ojos brillantes la miraron con fijeza y, sin embargo, por increíble que le pareciera, guardó su distancia.

-Naruto... – titubeó -... ¿qué sucede?

-Me excitas. Dio, ¿cómo puede hacerme esto sólo con mirarme? – exhaló con súbita ferocidad -. Se supone que estás enferma.

No supo cuál de los dos cerró el espacio que los separaba, pero de repente él la apresó en sus brazos y ella metió los dedos, extática, entre las profundidades del cabello claro. Pero en lugar del asalto violento que su humor le hacía anticipar, le entreabrió los labios con la lengua, saboreándola, cubriéndola de sensualidad una y otra vez, hasta que la mareó y le derritió los huesos con un hambre más intensa de la que nunca había corrido por sus venas.

Con un gruñido de satisfacción carnal, Naruto la levantó y, aunque el movimiento la lastimó, estaba más que deseosa de complacerlo. Apartó las mantas con impaciencia y la colocó sobre sus duros músculos, sin dejar de besarla.

La excitación vibró como un relámpago en una noche de verano. Salvaje, cálido, primitivo. Su mano abrió el alto cuello del camisón del hospital, para descubrirle los senos. El aire fresco le bañó la piel y él se apartó para que sus ojos zafiros se clavaran en la redondez de sus pechos pálidos, con pezones rosados, rígidos, que traicionaban el deseo que la estrujaba.

Ruborizándose ante esa evaluación desvergonzada, murmuró:

-Llévame al hotel.

Naruto la sacudió con una maldición irrepetible. Un segundo después le arreglaba el camisón, cerrándole el escote y se ponía de pie para recostarla sobre la cama. La cubrió con las colchas de nuevo y suspiró.

-Chiedo scusa. Lo siento. No estás bien.

-Estoy bien – protestó -. No quiero quedarme aquí.

-Te quedarás – abrió de golpe la ventana y el aire frío invadió la habitación -. Aquí estás a salvo.

-¿A salvo?

-¿Crees en el destino, cara?

Parpadeó, confusa. Naruto, que primero se asombró y luego se divirtió en grande ante el cuidado que mostraba ella evitando caminar debajo de las escaleras, pisar líneas negras... ¿Naruto le preguntaba si creía en el destino?

-Claro que creo.

-No se debe de luchar contra nuestro propio destino – sentenció, sonriéndole -. Estás de acuerdo, ¿no?

Jamás había sostenido una charla tan extraña con Naruto antes y se sentía tan cansada que le costaba un terrible esfuerzo enfocar sus pensamientos.

-Me parece imposible luchar contra el destino.

-Y no lo intento. Me benefició, después de todo. Duerme, cara – murmuró con suavidad -. Mañana volamos a Italia.

-¿I-Italia? – repitió, recobrando la conciencia de pronto.

-¿No opinas que ya es tiempo de que regularicemos nuestra situación?

Hinata lo contempló sin comprender, cien por ciento segura de que no se refería a lo que ella suponía.

Naruto fue hasta la cama y la miró a los ojos con sus pupilas brillantes.

-Te estoy pidiendo que te cases conmigo.

-¿En serio? – la desconcertaba a tal grado esa afirmación, que fue lo único que se le ocurrió balbucir.

-Di algo más – la invitó, recorriéndole el labio inferior con un dedo.

-¿Lo planeas desde hace mucho? – logró emitir, rezando porque el impacto de la sorpresa disminuyera para que pudiera comportarse de manera normal.

-Digamos que se me ocurrió – sugirió, con ligereza.

No sonaba muy romántico. Ocurrían accidentes. Una sensación de irrealidad la aplastó. Naruto le pedía que se casara con él. Eso significaba que había vivido con un desconocido durante meses. Eso significaba que cada pensamiento desleal y poco generoso que albergó respecto a Naruto no estaba justificado. Las lágrimas le llenaron los ojos y dejaron caminos húmedos a lo largo de sus pálidas mejillas.

-¿Qué hice? ¿Qué dejé de hacer? – preguntó Naruto -. De acuerdo, no es la forma en que imaginaste que te propondría matrimonio.

-¡Nunca me imaginé que me propondrías nada! . sollozó.

Con una sucinta maldición, la abrazó, protegiéndola en su regazo, cubriéndola con la sobrecama. Ella aspiró, absorbió oxígeno y se amoldó a él, para que la calentara con su cuerpo.

-¡S-soy tan, tan feliz! – le confesó.

-Tienes una manera muy particular de ser feliz; pero... – le acarició el cabello sedoso y despeinado -, también tienes una manera muy particular de comportarte. Nos casaremos en Italia. Ahora que ya lo decidimos, no perderemos tiempo, ¿verdad?

Apoyó la cabeza contra su fuerte pecho y él se sentó en una posición más cómoda para acoplarse a ella. La trataba con suma delicadeza y eso que Hinata pensó alguna vez que él no conocía la ternura. ¿Su caída lo transformó a tal grado? Ciertamente, algo provocó ese cambio asombroso en la actitud de Naruto... ¿o acaso nunca lo había comprendido en su ausencia? ¿Importaba tanto que lo comprendiera? Decidió que no.

Naruto planearía la boda. Aunque hablaba en plural, no la engañaba. Hubiera podido escucharlo la noche entera, pero su cansancio le pesaba sobre los sentidos y la arrastraba con lentitud hacia el sueño.

.

.

.

Lynne Graham es una escritora irlandesa de novela romántica, actualmente tiene 62 años de edad, es conocida por sus romances de tipo contemporáneo, con especial atención a las relaciones con millonarios exóticos, como magnates griegos o árabes.

Graham trató de iniciar su carrera literaria cuando apenas contaba con 15 años, pero sus primeros textos fueron rechazados sin miramientos. Años más tarde, mientras disfrutaba de la maternidad de su primer hijo, volvió a las letras, consiguiendo, no sin esfuerzo, publicar entonces su primera novela. Desde entonces se ha convertido en una auténtica autora superventas dentro del género romántico, con más de cien novelas publicadas hasta el momento. Publicó sus novelas en Mills & Boon desde 1987.