Serie: Kuroko no Basket.

Rating: Shounen-ai hasta próximo aviso.

Disclaimer: Fujimaki Tadatoshi es el amo y señor de cualquier color de este anime.


Murasakibara: Muere…

Quiero pensar que todo iba bien. Que cualquier conflicto que hubiéramos tenido durante todo este año de relación quedase solucionado en los revolcones que le seguían, y que Tetsu no se entretuviese demasiado pensando en ellos. Por mucha memoria que haga, no puedo llegar a ningún momento exacto donde discutiéramos hasta el punto de que me mandase a dormir al sofá… Aunque una vez se atrincheró en la habitación alegando que le dolía demasiado el culo como para soportar toda una noche a mis intentos de volver a metérsela. Obviamente es un caso aislado que no ha vuelto a repetirse desde que la sutil amenaza de quedarme sin sexo tres meses surgiese de manera inocente y espontánea, muy a lo Tetsu.

De todas maneras, ¿de verdad esperaba que me presentase en casa con un ramo de flores y una caja de bombones? Creo que nos conocemos ya lo suficiente como para saber que eso no pasaría ni por error. No me imagino apareciendo en plan pagafantas de película con un ramo lleno de corazones y lazos, como el que aún hay en la floristería que acabo de dejar atrás.

Gracias a Midorima y su charla aturdidora, me he bajado una estación antes. Y sólo para ver, mientras no me quedaban más huevos que caminar hasta casa, como las tiendas retiraban las decoraciones de San Valentín para dejar paso a nuevas vías de publicidad engañosa. En una pastelería aún hay alguien metido en el escaparate, quitando la parafernalia roja y colocando muñequitos de boda.

Ni siquiera sé si a Tetsu le gusta el chocolate, joder. No es que sea un tío muy comunicativo, aunque hasta hacía más bien poco podíamos entendernos perfectamente. ¿Qué diablos ha pasado entonces?

La pantalla de cristal del escaparate donde he perdido el tiempo vibra entonces, y levanto la vista sólo para encontrarme de frente con una cara que es imposible no reconocer. No fastidies, ¿se han puesto todos de acuerdo?

—… —me está mirando, pero no está muy por la labor de hacer nada más. Está jugueteando con un chupete que no deja quieto en un lado concreto de la boca, mientras que obviamente se está convirtiendo en una atracción para más de uno. No siempre ves a un tío de dos metros y pico apretado contra el expositor de una tienda… ¿Puedo fingir que no le he visto? Sí, me voy.

—Minechin, ¿es verdad que obligaste a tu novia a tirar todos los chocolates que te había comprado para San Valentín porque no querías celebrarlo con ella? —escuché antes de doblar la esquina, y me pregunté cómo cojones hacían para que la historia evolucionase de una manera diferente cada vez que se contaba.

Fue una estupidez girarme, porque más de media calle me deseaba la muerte con la mirada.

—Que bien os lo pasáis, ¿no? —tuve que acercarme antes de que siguiera inventándose cosas. ¡Que aquella era una de las zonas de mis patrullas, coño! No necesito más mala fama de la que tengo—. ¿Quién ha sido el gracioso? ¿Kise? ¿Midorima?

Murasakibara tuvo la misma facilidad para ignorarme y plantarme una mano en la cabeza, con la firme intención de clavarme al suelo.

—¿Es verdad? ¿Has tirado chocolates a la basura? Muere…

—No he tirado nada… —lo aparté de un manotazo.

—Te aplastaré… —me plantó la otra mano.

—¡Estate quieto! —tuve que agarrarle las muñecas.

—Atsushi, ¿qué haces? ¿Has terminado de organizar las estanterías? —vi aparecer a alguien a su espalda, e inmediatamente lo asocié con el número doce del Yôsen. Cuando se asomó, con una caja bajo el brazo, lo hizo evidentemente para mirarme y volver a dirigirse a Murasakibara:— ¿Aún estás enfadado por eso? Ya te dije que no sabes si lo que te han dicho sobre él es verdad o no, así que no tiene sentido ponerte a pelear ahora.

"¿Si es verdad o no?" Anda que me ayuda…

—No te metas, Murochin. Estoy seguro de que él es capaz de hacer cosas como esas.

—Oye…

—Aún cuando fuera cierto, no puedes inmiscuirte en las cosas de otros. Así que cálmate.

—Sigo aquí, ¿sabéis?

Murasakibara hizo un puchero y se apartó, aún enrabietado. Es evidente que ha acabado poco convencido, pero si piensa que mirándome mal va a conseguir algo es que sigue siendo un crío caprichoso. Por otro lado, el del lunar me mira como si barajase la posibilidad verdadera de que pudiera ser tan cabronazo con mi supuesta novia, y la sonrisilla que le acabó curvando los labios me dio a entender que sí, que lo creía.

—No es mucho, pero puedes intentar enmendarlo con esto y una sincera disculpa —me tendió una de las caja diminutas y planas que llenaban la que llevaba encima, donde parte de la transparencia de la tapa dejaba ver cuatro pedazos de chocolate con forma de corazón. ¿En serio…?

—¿Esto pretende ser un consejo? —ironicé, mirándolo—. No me hace falta. Ni siquiera sé si le van estos royos.

—No todos son tan amargos como tú, Minechin —intervino Murasakibara, agarrando de los hombros al número doce y arrastrándolo de vuelta a la pastelería, como si pretendiese salvarlo de la peste—. Es evidente que a todo el mundo le gusta el chocolate.