Le debo muchas gracias a Kay (ykwyh26) por toda su maravillosa ayuda en este capítulo. Nunca hubiera terminado de la manera que lo hizo sin ti, querida. Siempre sacas lo mejor de mi. :-)
Solo para clarificar los tiempos rápidamente. Este capítulo toma lugar en el otoño de 1943, unos pocos meses antes de que comiencen los eventos de 'Auf Wiedersehen, Sweetheart'. Desde ahora, los grandes saltos entre capítulos terminarán.
La guitarra: (YouTube)/watch?v=ORGQ9df3ZbY
El baile: (YouTube)/watch?v=c9V64EPA4NU (¡Gracias Kay!)
Otoño, 1943
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Antonio estaba soñando. Tenía que estar soñando. No había modo en que algo así de maravilloso, algo así de hermoso, algo que había ansiado, anhelado y deseado por tanto tiempo pudiera estar sucediendo, pudiera estar allí en sus brazos.
Se sentía nuevamente como esa tarde tiempo atrás, en su habitación rentada, justo frente a la cantina. El mundo era pequeño, silencioso, tranquilo, y solo una persona existía en él. Lovino - adorable, complicado, asombroso, frustrante y perfecto Lovino. Abrazándose a Antonio con mano livianas y firmes, apretándose a él con una fuerza dudosa, con sus ojos muy oscuros, con su respiración muy agitada. Antonio lo deseaba. Ardía por él. Por el culpable tacto de su piel, por la esencia de su cabello, por el roce de sus caderas y la oscuridad en sus ojos. Pero no, esto no estaba bien, y Lovino no entendía, pero era tan hermoso, tan cálido, suave e intenso, tan malditamente brillante, misterioso y seductor y Antonio no sabía si era lo suficientemente fuerte como para detener esto...
Pero no era cuatro años atrás. Porque cuando Lovino lo miró a través de sus abundantes y oscuras pestañas, en vez del adorable muchacho de quince años de aquella ferviente tarde, su cara sonrojada era la del apuesto, aún complicado, aún frustrante, aún perfecto joven a quien Antonio aún deseaba. así que esta vez, cuando Lovino gimió, Antonio no lo alejó. Porque si esto era un sueño, entonces estaba bien rendirse y dejarse llevar y malditas fueran las consecuencias. Y si no lo era... oh, y si no lo era...
Y así, Antonio se rindió. Acercó a Lovino, agarró su estrechas caderas y las aplastó contra las suyas. Lovino echó su cabeza hacia atrás y su gemido se transformó en una palabra-. Antonio... -esto no podía ser un sueño, era demasiado real, demasiado perfecto. Sentía cada toque de Lovino como una corriente eléctrica, se perdía en su pulsante, reforzada y quemante necesidad… el cabello de Lovino, sus labios, su piel, su aliento, su cuello, sus ojos tan, tan oscuros…
Pero Antonio despertó del modo que siempre sucedía. Con el corazón acelerado y la respiración jadeante, con las sábanas empapadas en sudor. Con un gruñido de decepción debido a que, una vez más, había sido solo un sueño. Yacía tendido en la pequeña cama, con las extremidades lánguidas, las últimas hormigueantes pulsaciones de placer desvaneciéndose lentamente de su afiebrada piel. Pestañeó para enfocar sus ojos y su agitado pecho comenzó a normalizarse mientras la luz del sol de la mañana atravesaba las cortinas e iluminaba la aburrida y sucia habitación.
Antonio pasó una mano por su cabello sucio y empapado en sudor y, a su pesar, sintió como la risa subía por su pecho mientras le lanzaba una mirada a las húmedas sábanas enredadas en sus muslos. Cualquiera pensaría que aún era un adolescente. Rió por lo bajo y se puso de pie, se apresuró en abrir las cortinas y sonrió animadamente al paisaje italiano. Era un día hermoso. Porque hoy, Antonio se dirigía al sur. Y eso solo significaba una cosa.
Lovino.
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Lovino estaba sentado contra la pared del jardín, rasgueando las cuerdas de su guitarra ausentemente, tarareando mientras las doradas hojas de otoño flotaba por el jardín. Feliciano se había marchado hacia el mercado hace un rato y no estaba seguro de hacia donde había ido el abuelo. Roma siempre estaba inusualmente sombrío en esta época del año, a veces desapareciendo por horas – no fue hasta hace unos pocos años atrás que Lovino supo que esta era la estación en que su madre y abuela habían muerto. Así que Lovino se sentó allí, solo en el jardín – algo a lo que estaba acostumbrado por ese entonces. Solo con sus pensamientos, sus miedos y sus recuerdos. Todos los cuales terminaban dirigiéndose de manera inevitable hacia la misma antigua obsesión.
Había pasado más de una año de la mentira de Lovino, un año de su falsa declaración a Antonio. Un año de creciente presencia alemana en la aldea, de un incremento en los contraataques, de bombas, ejecuciones y sospechas. Un año en el que Lovino se lanzó a la Resistenza tanto como le estaba permitido; acompañando al abuelo Roma en todas las misiones que podía, escuchando atentamente cada reunión, vigilando e intentando cuidar de Feliciano. Un año de Antonio yendo y viniendo, pasando unos cuantos días en la aldea, en las habitaciones frente a la cantina, quedándose solo lo suficiente para dar la información que tenía y quizás organizar un bombardeo o una distracción. Solo el tiempo suficiente para desgarrar el corazón de Lovino, para traer toda la aflicción a la superficie una vez más. Y a pesar de todo, Lovino seguía tercamente diciéndose lo mismo. Este pequeño dolor que sentía no era nada en comparación con el que sentiría si cedía, nada al lado de los problemas que le causaría con el abuelo Roma. Y aunque Antonio muriera mañana, Lovino aún se quebraría, pero eso no era nada comparado a la devastación que sentiría si se permitía amarlo, saber todo lo que hubieran podido ser, saber todo lo que tenía para perder. No. Este dolor era preferible.
Pero Antonio aún lo miraba. Aún le sonreía, aún le hacía preguntas corteses de manera cuidadosa: cómo estaba, cómo estaba manejando el peligro cada vez mayor, cómo le iba con su guitarra. El rostro de Antonio se iluminaba cuando Lovino entraba en la habitación, aún pronunciaba su nombre de manera diferente. Aún, después de todos estos años, Antonio confundía a Lovino, y aún no podía entenderlo. ¿Cómo podía Antonio ser tan amable con él si Lovino solo era horrible con él? ¿Qué podía ver Antonio en él? ¿Por cuánto tiempo iba a seguir todo esto? ¿Y por qué no quería que terminara? Lovino apenas recordaba como era la vida entes de la guerra, antes de que todo se tratara de sabotear soldados alemanes y esperar por Antonio.
Lovino continuó tocando su guitarra, mirando como sus dedos se deslizaban por las cuerdas, escuchando su incierto tarareo trasformarse lentamente en palabras. Lovino no cantaba para nadie. Pero a veces se encontraba a sí mismo cantando solo, y antes de saberlo, se percató que estaba tocando y cantando la primera canción que había escuchado de Antonio, años atrás. Pronunciaba las palabras suavemente, tranquilamente, como si creyera que incluso en su propio jardín alguien podría oírlo y burlarse de él.
Quiero tenerte muy cerca
Mirarme en tus ojos
Verte junto a mi...
Pienso que tal vez mañana
Yo ya estaré lejos
Muy lejos de ti...
Lovino se perdió en las palabras y los recuerdos, sonriendo en su tranquilo ensimismamiento. Pasados unos segundos, miró hacia arriba y por un momento estuvo seguro que estaba soñando. Porque Antonio estaba de pie frente a él. De pie tranquilo y sereno, las hojas volando en el viento, a su alrededor, sonriendo amablemente, sus resplandecientes ojos tan verdes como el césped – la misma imagen en la memoria de Lovino en el momento en que se había marchado por primera vez, todos esos años atrás. Lovino se silenció, dejó de tocar y solo lo miró de vuelta. Se quedaron en silencio unos momentos, hasta que eventualmente Antonio habló-. ¡Cantas hermoso, Lovino! Me dejas en vergüenza.
Lovino empujó un mechón de su cabello detrás de su oreja, con un gesto nervioso y avergonzado. Antonio se había marchado hace solo unas semanas y estaba desconcertado por su súbita aparición-. No mientas.
Los ojos de Antonio se suavizaron-. Nunca te mentiría, Lovino.
Lovino sintió un atisbo de culpa debido al recuerdo de su propia agonizante mentira-. Regresaste otra vez –no tenía sentido decir eso, ¿Pero que más podía hacer?
-Sí –Antonio miró el suelo junto a Lovino-. ¿Puedo?
Lovino asintió y Antonio se sentó. Lovino giró su cabeza acomodándose contra la pared, mirando a Antonio. Y simplemente se miraron. Y no se sintió incómodo, o extraño o equivocado, el solo mirar en los ojos del otro. El corazón de Lovino se apresuró como siempre lo hacía, pero no sintió la antigua aceleración vertiginosa. Solo un tranquilo peso, casi como un ritmo confortable, tan cálido y suave como las hojas que danzaban en el viento. Se sentía como un alivio – como si hubiera estado esperando algo por tanto tiempo, algo que finalmente había llegado. Y al final era eso exactamente. Lovino se detuvo antes de devolverle la sonrisa a Antonio, desviando la mirada hacia su guitarra-. El abuelo no está en casa.
-Esperaré. Si está bien.
Lovino asintió y pasó sus dedos sobre la guitarra. El silencio se extendió tanto que sintió la necesidad de llenarlo-. Feliciano está en el mercado.
-Oh, ¿en serio?
Lovino asintió otra vez. Que conversación más insignificante, sin sentido, y a pesar de todo esto era lo menos solo que se había sentido en las últimas semanas. Lovino no solía sentarse junto a Antonio tan tranquilamente, pero estaba demasiado lleno de alivio y una tranquila felicidad para ni siquiera intentar golpear, o pelear o fruncir el ceño. Quizás estaba empezando a cansarse de aquello. Y no quería que Antonio se fuera-. Quizás puedas quedarte para la cena esta noche –maldición, no había querido decirlo en verdad. ¿Y acaso la respiración de Antonio se entrecortó? Este intentó cubrirlo de inmediato con una risa.
-¡Lovino! –gritó encantado-. ¡Qué bueno que me lo preguntes! ¡Me encantaría!
-No te emociones tanto, bastardo –refunfuñó Lovino, frustrado, aun mientras su corazón se aceleraba-. Estoy seguro de que el abuelo querrá hablar contigo.
-¡Bueno, por supuesto!
Oh, Lovino odiaba eso – la manera en que Antonio siempre estaba de acuerdo con lo que decía de esa manera tan alegre y ligera. Odiaba la manera en que esas palabras se disparaban a través de sus venas, la manera en que esa risa sacudía su estómago. Odiaba el hecho de que aún no podía controlar el efecto que Antonio tenía en él-. Y –dijo con frialdad, tratando de sonar como si no le importara-. ¿Cuánto te quedarás esta vez?
-Eso depende.
-¿De qué?
-De ti.
Las mejillas de Lovino se encendieron y su cuerpo se estremeció. Y Antonio solo sonaba como si intentara no reírse-. Oh –dijo Lovino, nervioso y tratando de ocultarlo-. ¿Tienes cosas importantes que hacer en otro lugar?
-Tengo cosas importantes que hacer en todas partes. Incluido acá. Pero no quiero hacerte sentir incómodo –Lovino levantó la mirada al escuchar eso, pero Antonio solo sonrió. Esa sonrisa que causaba todo, que lo inundaba de emociones, miedo y confusión, querer y deseo. Esa deslumbrante sonrisa con la que cada vez era más difícil lidiar con cada visita de Antonio-. ¿Has estado bien? –Lovino asintió, silencioso. Antonio siempre llevaba sus conversaciones en silencio-. Lamento haberme perdido tu cumpleaños. ¡Pensar que ya tienes veinte años! –suspiró dramáticamente-. El tiempo pasa cada vez más rápido.
Y así era. Lovino dejó escapar un bufido, un suave sonido de alegría. El mundo moviéndose alrededor de ellos y a pesar de todo este sentimiento igual, este inmóvil y tácito algo entre ellos. Ese algo que Lovino no podía cambiar, y que no sabía si quería cambiar-. ¿Dónde has estado en los últimos meses?
Antonio se inclinó hacia Lovino, movió sus cejas y suspiró teatralmente.- ¡En reinos lejanos y mágicas tierras!
Lovino se burló y miró hacia arriba con exasperación-. De acuerdo, no me digas. No es que me importe, ya sabes.
Antonio frunció el entrecejo y volvió a apoyarse contra la pared bruscamente-. Oh, no eres divertido. En Francia, si quieres saber. Ni tan interesante, ¿cierto?
Lovino se sintió de inmediato indignado, herido, sus mejillas ardiendo con una oleada de embarazosa rabia. No eres divertido... Sintió que algo de la calma se drenaba, reemplazada por la vieja y familiar rabia-. Entonces soy aburrido, ¿eso es lo que quieres decir?
Antonio se volvió para mirarlo rápidamente y parpadeó perplejo-. ¿Perdón?
Por supuesto que era aburrido, era obvio que Antonio no tenía tiempo para él, por supuesto que no era divertido…- No soy divertido, así que simplemente soy aburrido. Debe ser tan terriblemente poco interesante tener que hablar conmigo. Bueno, si soy tan fastidioso entonces puedes… ¿De qué te estás riendo, imbécil?
La conocida risa de Antonio era tan profunda y apasionada como siempre-. Oh, Lovino, eres muchas cosas, pero aburrido, te seguro, no es una de ellas. De hecho, siempre estoy esperando para ver como reaccionarás. Y justo cuando creo que te tengo descifrado –Antonio chasqueó sus dedos-. Vienes y me sorprendes.
Lovino lo miró y abrió su boca, pero no pudo responder a esas apalabras, a la manera traviesa en que Antonio las dijo. Así que respiró pesadamente y miró hacia abajo-. Cállate.
Hubo un breve silencio, como si Antonio realmente estuviera siguiendo la malhumorada orden de Lovino por una vez. Sin embargo, no duró mucho-. Estaba en Francia por razones personales esta vez.
Eso captó la atención de Lovino y se sentó derecho, levemente preocupado-. Oh. ¿Personales?
-Sí –los ojos de Antonio centellearon, su amplia sonrisa se redujo a una más pequeña, de satisfacción-. Me casaré con una encantadora chica francesa, ¿no lo sabías?
Un repentino rugido corrió a través de los oídos de Lovino. Sus mejillas se enfriaron cuando su sangre abandonó su rostro. Ni siquiera pudo pensar en ocultar su reacción, demasiado sorprendido, demasiado conmocionado, demasiado sobrepasado. Sus extremidades se pusieron rígidas, su garganta se cerró. Se quedó paralizado, a ciegas, horrorizado. El aire se volvió brumoso, caliente y sofocante a medida que el mundo se estrellaba, caía, se rompía a su alrededor…
-…vino… ¡Lovino! Lovino, estoy bromeando, respira –pudo escuchar de nuevo, y las inquietas palabras de Antonio se abrieron paso a través de la confusión. Podía ver otra vez y Antonio apareció frente a él, preocupado, agitando su mano frente a su cara-. Solo estaba bromeando, no hay ninguna chica francesa, no me casaré…
Lovino respiró profunda y dificultosamente. Oh Dios, cuán vergonzoso, cuán estúpido…- ¡No es como que me interese! –prácticamente gritó, para mirar de inmediato su guitarra, retorciendo sus manos, mortificado-. Solo estaba… estaba sorprendido de que alguien quisiera casarse contigo, bastardo –Lovino tomó otra profunda bocanada de aire y cerró sus ojos unos instantes. Por suerte, Antonio no rió. De hecho, continuó como si nada hubiera pasado.
-En realidad estoy tratando de encontrar un viejo amigo francés. Su nombre es Francis. Solía pasar unas cuantas semanas cada estación con él y otro amigo de nosotros, Gilbert. Un alemán –Antonio rió entre dientes-. Pero no le gustaría que le llamara así. Siempre se consideró prusiano –Lovino escuchaba en silencio, tomándose su tiempo para estabilizar su corazón y recomponerse mientras Antonio hablaba despreocupadamente, evitando los ojos de Lovino con un tacto inusual-. Oh, nos divertíamos tanto. La vida era hermosa. Veranos en la campiña francesa, paseando en bicicleta a través de pequeñas aldeas con solo vino y pan en nuestras mochilas, durmiendo donde sea que cayéramos, ya fuera la cima de una montaña con aroma a lavanda o en un callejón parisino. Los inviernos en Alemania, bebiendo schnapps junto al fuego en cervecerías en Munich, andando en trineo sobre la nieve en la frontera con Suiza, pasando la navidad en Berlín, escuchando las historias de guerra del abuelo de Gilbert y molestando a su estricto y serio hermano menor. Y España –los verdes ojos de Antonio brillaron a la luz del sol mientras le sonreía al cielo. Lovino estaba cautivado, su vergüenza rápidamente desapareciendo-. Oh, Lovino, si pudieras ver España en la primavera. No hay lugar más hermoso en el mundo. Ya sea en el sur – cálidos días sobre la arena dorada y noches en ruidosas cantinas atestadas; o en el norte – vastos campos llenos de flores y estrechas calles llenas de recodos que llevan a secretos escondites centenarios. Y siempre, solo nosotros tres. Creando recuerdos que durarán toda una vida.
Lovino se encontró estupefacto, como siempre, por las palabras de Antonio, por la alegría y pasión en su rostro. Casi podía ver lo que describía, casi podía sentir su júbilo-. Un verano –dijo Antonio, su sonrisa tan lejana como sus brillantes ojos-, creo que fue 1935. Decidimos intentar llegar lo más lejos posible. Creo que la meta era Nueva Zelanda. Llegamos hasta Egipto.
Lovino ahogó un grito. Trató de no sonar tan sorprendido como se sentía-. ¿Has estado en Egipto?
Oh, sí –Antonio sonrió ampliamente-. Gilbert estaba convencido de que podría resolver los misterios del universo si se sintonizaba con las místicas energías de las grandes pirámides.
-Oh –dijo Lovino, sin saber muy bien lo que aquello significaba-. Y, uh… ¿lo logró?
-No –Antonio resopló divertido-. Pero consiguió romperse la nariz en El Cairo luego de una discusión con un anticuario. Después de escapar de un banda de matones armados con cimitarras y arrastrar a Francis de un burdel, pasamos la noche bebiendo vino barato en los faldeos de las pirámides. Y Gilbert tuvo su gran epifanía.
-¿Cuál fue? –preguntó Lovino con su mirada fija en el animado rostro de Antonio, fascinado por el deleite de sus recuerdos.
Los ojos de Antonio se desenfocaron mientras respondía-. Que las pirámides no son más que interesantes disposiciones de roca. Y que no hay nada parecido a una energía mística. Y que todo lo que importa en la vida es beber a fondo, divertirse y mantenerse vivo.
Lovino bajó su cabeza para ocultar su pequeña sonrisa-. Deben significar mucho para ti. Yo nunca he tenido amigos como esos… bueno, nunca he tenido amigos, en verdad.
Antonio lo miró, poniendo atención, sus ojos enfocándose otra vez-. ¿Eso te molesta?
-No –dijo Lovino honestamente-, la gente me confunde.
-La gente quiere lo que es fácil –Antonio rió secamente-, pero nada que realmente valga la pena llega fácilmente.
Lovino no entendió a lo que se refería, pero se sintió extrañamente sin aliento, así que volvió a su habitual entrecejo fruncido y regresó al tema anterior-. Bueno, como sea. ¿Encontraste a tu amigo?
Antonio suspiró y su sonrisa se desvaneció-. No. Está en la inteligencia francesa, y por lo tanto es muy difícil de rastrear. Incluso para mí.
-¿Por qué estás intentando encontrarlo?
Antonio se encogió de hombros-. Me gustaría saber si está vivo. Es importante para mí.
-Oh –dijo Lovino, tratando de ignorar la punzante ola de celos que calentaba su sangre-. Entonces tú y él…
-No. Nunca –Antonio lo dijo rápidamente, pero luego ladeó su cabeza pensativamente-. Bueno, a menos que cuentes esa salvada en Pamplona –soltó un silbido-. Aún le debo una a Gilbert por eso.
Lovino cambió de posición, incómodo. No quería saber nada más de aquella historia-. ¿Y qué hay de Gilbert? ¿Sabes si está vivo?
Antonio se tomó un tiempo para responder, su expresión oscureciéndose lentamente-. No, no lo sé. Gilbert… -Antonio se detuvo, sacudió su cabeza escuetamente, suspiró, una pequeña exhalación de decepción y pesar-. Gilbert se unió al ejército alemán. Ahora está en el frente este, creo.
-Él está… ¿qué? ¡Mierda! –Lovino estaba sorprendido, atónito-. ¿Tu amigo es un nazi?
-No –dijo Antonio con firmeza-. No, yo no dije eso. Dije se había unido al ejército alemán. Nunca se uniría a ese aborrecible grupo. Es un necio desorientado, sí. Pero es un buen hombre –Antonio fijó sus ojos en los de Lovino con una mirada seria-. No todos los alemanes son nazis, Lovino.
Lovino sintió un poco de vergüenza. Nunca había considerado las cosas desde ese punto de vista. Cuando Antonio sostenía una opinión, o señalaba un hecho, lo hacía con mucha seguridad y fervor. Lovino realmente no sabía mucho de Antonio, incluso ahora, casi cinco años después de que hubiera caído en su vida para poner todo cabeza abajo y lograr que este difícil y extraño mundo fuera aún más complejo de lo que ya era-. ¿Por qué haces esto? –preguntó Lovino repentinamente. Se dio cuenta que nunca lo había preguntado. No sabía porqué Antonio hacía lo que hacía-. Ni siquiera eres italiano. ¿Por qué arriesgas tanto por Italia?
Antonio lo miró atentamente, con curiosidad-. Es debido a contra lo que estamos luchando.
-¿Alemania?
Los labios de Antonio esbozaron una mínima sonrisa-. No Alemania.
-El fascismo.
Antonio no respondió de inmediato. Su sonrisa disminuyó, sus ojos se oscurecieron, parecía estar debatiendo algo consigo mismo. Apoyo nuevamente su cabeza contra la pared y cruzó sus piernas. Cuando habló, su voz sonó más tranquila y silenciosa-. Siempre he ido a la deriva con el viento, Lovino. Por supuesto que mi hogar siempre fue España, pero he viajado a todos los lugares a los cuales pudiera llegar, por todo Europa. Amaba simplemente seguir el sol. Nunca me quedaba en algún lugar por mucho tiempo, nunca tenía un plan, nunca tenía una razón. Nunca tuve un propósito. Creo que por eso era tan feliz –Antonio lanzó una risa desanimada, luego cerró sus ojos-. Pero eso era antes.
-¿Antes de qué? –preguntó Lovino, sintiéndose inquieto.
La frente de Antonio se arrugó, y su nuez de adán se movió mientras tragaba. Lentamente abrió sus ojos y observó con la mirada vacía las hileras de hierbas y flores-. Abril de 1937. Estaba viajando por España. Sabía que había una guerra civil, por supuesto, pero nunca me importó hablar de republicanos o fascistas, religión y monarquía. Nada de eso tenía importancia para mí. Me preocupaba de otras cosas –el rostro de Antonio se iluminó solo un poco-. De la gente que conocía en el camino, sus casas, sus historias, sus comidas. De encontrar una granja en la que pudiera trabajar por una semana o dos. De chicas y chicos guapos en cantinas y niños sonrientes que me seguían por las calles y bailaban alrededor de mis piernas para que les diera algunos de los tomates que llevaba en mi mochila. Y encontré todo esto e el norte, en un lugar que la guerra no había tocado, un encantador pueblo vasco llamado Guernica.
El corazón de Lovino saltó mientras recordaba-. Has mencionado Guernica antes. Al abuelo –Antonio asintió. El estómago de Lovino se sentía como si estuviera atado con muchos nudos, sus músculos contraídos por la tensión mientras esperaba-. ¿Qué sucedió allá, Antonio?
Antonio tragó pesadamente otra vez, y apretó los puños. Era evidente que aún le dolía recordarlo-. Era una brillante y soleada tarde, día de mercado, así que las calles estaban repletas. Estaba saliendo de una taberna, repleto de vino y risa, cuando escuché el primer estruendo. Todos miramos hacia arriba y vimos aviones acercándose en el cielo claro, un gran grupo, dirigiéndose directamente al pueblo. No sabía qué eran, o qué era lo que sucedía, y luego… luego… -Antonio se veía repentinamente confuso, como si, después de todos esos años, aún no pudiera entender.
-Luego todo simplemente… explotó. Fue tan repentino, apenas podía pensar. Todo lo que sabía era que el mundo se estaba partiendo y no había nada más que rojo y negro y estallidos tan fuertes que eran mucho más que ensordecedores. Solo los gritos se escuchaban más alto. La gente corría hacia todas partes, pero no había donde correr. Me tomó mucho tiempo darme cuenta que los aviones estaba bombardeando. Caí cerca de la entrada de un edificio, mirando como todo explotaba en bolas de fuego, mientras las calles temblaban, mientras la gente que gritaba y corría caía al piso. Balas –Antonio rió amargamente-. ¿Puedes creerlo? Los pilotos incluso estaban disparando –los puños de Antonio temblaron ligeramente-. Al principio no fui capaz de sentir nada. Era demasiado irreal, lejano. Pero luego me golpeó, el peor terror que he conocido jamás. Sabía que iba a morir, pero solo pude yacer en ese lugar y esperar. Seguí aguardando que terminara, pero no sucedía, simplemente siguió y siguió y siguió hasta que ya no pude escuchar los gritos –el rostro de Antonio estaba torcido en una expresión agónica que Lovino nunca había visto antes y que no quería volver a ver. Respiró profundamente y continuó.
-Pero finalmente terminó. Me obligué a mirar hacia arriba y el cielo estaba claro, pero aún así me tomó tiempo moverme. Los gritos comenzaron otra vez. No sabía a dónde iba, así que simplemente seguí caminando. Quería ayudar, intenté ayudar, pero habían demasiadas personas… sangrando, muriendo, quemadas, sin brazos, sin piernas… -Antonio se detuvo por un momento, su voz se apagó hasta desaparecer. Cerró sus ojos, tomó un respiro tembloroso y continuó aún más suavemente que antes-. Los muertos cubrían las aplastadas y humeantes calles. Cuando llegué a la plaza fue peor. Todo el pueblo estaba destruido. Humo negro y fuego, el olor de carne quemada y en todas partes… en todas partes la gente yacía herida, gritando, aturdida, muerta… tantos muertos… cientos…
Lovino estaba pasmado. Se sentía paralizado por un aturdimiento horroroso. No podía comenzar a entender-. Oh Dios mío. Pero… ¿por qué? Habían soldados allí, o…
-No –Antonio sacudió su cabeza y soltó un amargo resoplido-. No. Fue un experimento.
El estómago de Lovino se retorció con una nausea fría-. ¿Un… experimento?
-Una prueba para la fuerza aérea del nuevo gobierno fascista alemán. Para ver de que eran capaces sus bombarderos. Para ver cuanto les tomaba destruir una ciudad. Para ver cuan fácilmente podían diezmar una población civil. Y fue el líder fascista español quien autorizo que todo eso sucediera en su propio país. Quien prácticamente los invitó.
Lovino estaba turbado, desconcertado. Era demasiado horrible. ¿Cómo podía Antonio haber pasado por eso y aún así seguir sonriendo de esa manera tan alegre, seguir riendo como lo hacía? Lovino no sabía qué decir. Palabras como 'lo siento' parecían tan vacías. ¿Qué más había visto Antonio…? ¿Qué más había detrás de esos risueños ojos verdes?
-Nunca me preocupé por el gobierno –continuó Antonio. No parecía haberse inmutado por el silencio de Lovino-, nunca me preocupé por la política, y de cierto modo supongo que aún no lo hago. Todo lo que sé es que si puedo hacer algo para evitar que gente inocente muera sin motivo… por una guerra que no es de ellos… por un jodido experimento… entonces lo haré.
Lovino no podía responder. No podía hablar. ¿Qué había para decir ante las palabras más nobles que había escuchado alguna vez?-. Oh –dijo finalmente, un escalofrío corriendo por su piel mientras la fría brisa fluía alrededor de los dos-. No sabía… nunca…
-Desearía que no lo tuvieras que saber, Lovino. Pero ese es el motivo por el que hago esto. Porque averiguo lo que puedo de ambos bandos en la guerra, porque tomo información de la gente y la uso para evitar todo derramamiento de sangre que me sea posible. No es mucho, en verdad. Pero no solía tener un propósito –Antonio se encogió de hombros y luego miró a Lovino con una pequeña sonrisa, su desordenado cabello castaño cayendo sobre su hermoso rostro. Por primera vez Lovino pensó que lucía más viejo-. Ahora lo tengo.
Lovino sintió que su corazón se inflaba y que su escatimada admiración se profundizaba. Nunca había pensado realmente en los motivos de Antonio para ponerse en tal peligro. Siempre había estado asustado de que lo hiciera. Pero por supuesto Antonio sabía los riesgos. Los sabía y aún hacía lo hacía. Lovino repentinamente sintió una especie de vergüenza quemar en sus mejillas. Porque sabía que nunca podría ser tan valiente. Sin nada que decir, comenzó a rasguear aleatoriamente las cuerdas de su guitarra. Los segundos de silencio se transformaron en minutos y las hojas de otoño danzaban en el viento alrededor de ellos mientras la tranquila y apacible tarde avanzaba lentamente. Descuidadas melodías comenzaron a surgir desde la guitarra, Lovino sentía los ojos de Antonio sobre él, percibiendo su calidez, que reemplazaba la vacía soledad. Perdió la pista de cuanto tiempo pasó antes de que Antonio hablara nuevamente.
-Perdón si te he hecho sentir incómodo, Lovino.
-No –dijo Lovino rápidamente, su cuello hirviendo mientras mantenía su mirada fija en sus dedos.
-Sé que te debe resultar difícil estar conmigo… sabiendo como me siento.
El corazón de Lovino se aceleró, un tibio, hormigueante y reconfortante resplandor llenando su pecho, junto con el antiguo y familiar, casi doloroso nerviosismo que en realidad nunca se fue-. Oh. ¿Aún?
Antonio rió suavemente, casi como soltando un suspiro-. Siempre, Lovino.
¿Antonio sabía como se sentía Lovino? ¿Lovino quería que lo supiera? Por supuesto que era difícil, pero Lovino se dio cuenta que prefería que las cosas fueran difíciles con Antonio acá antes que fáciles con él lejos-. Estoy seguro que tienes cosas importantes que hacer acá –dijo, tropezando con las palabras-, de… deberías quedarte. Por la causa –silencio. Lovino continuó pulsando las cuerdas de su guitarra y, antes de que se diera cuenta, estaba tocando la melodía de 'Bésame Mucho'. Sintió que sus hombros se ponían rígidos y su aliento se entrecortaba, pero por alguna razón que no podía desentrañar o explicar, continuó. Tocó toda la canción, Antonio inmóvil a su lado, las hojas cayendo a su alrededor, hasta que la última nota se desvaneció con el viento que soplaba suavemente. Permaneció mirando la guitarra en silencio, su cuello ardiendo, preguntándose qué era lo que intentaba de decir, si lo había dicho y si Antonio había entendido. Cuando finalmente levantó la mirada a esos ojos verdes muy abiertos y labios levemente separados, supo que lo había hecho. Rápidamente volvió su mirada hacia la guitarra-. Así que deberías quedarte tanto como lo necesites.
El resto de la tarde pasó lenta y tranquila entre melodías cadenciosas y miradas robadas. Cuando el abuelo Roma llegó a casa, no parecía muy preocupado de ver a Antonio y Lovino solos, pero, pensó Lovino, nadie debía imaginar, por su comportamiento en el último año, que sentía nada más que un indiferencia burlesca hacia Antonio. Roma y Antonio desaparecieron en la sala para hablar, pero Lovino permaneció en el jardín hasta que el cielo se oscureció y asomaron las estrellas. Entró a la casa, pasó a Feliciano que cocinaba la cena y le hablaba tontamente, y empujó la puerta de la sala. Vio como Antonio se despedía de Roma y se encaminaba a la puerta principal, miró como sonreía y se alejaba. Y Lovino sintió tal dolor desgarrador en su pecho, que, por primera vez, se preguntó si no sería menos doloroso ceder.
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Antonio se sentó en su improvisado escritorio en la habitación trasera de la Cantina Verde, tarareando distraídamente mientras la radio inalámbrica tocaba a todo volumen las últimas canciones populares. Había regresado hace apenas un día y ya estaba inundado de trabajo. Los alemanes tenían gran control sobre este pueblo últimamente, pero con el grupo estadounidense por arribar… A pesar de que intentaba concentrarse, encontraba a sus ojos y su mente vagando desde los documentos frente a él, deambulando de vuelta al día anterior en el jardín de Lovino. No estaba seguro si el haberle dicho a Lovino sus recuerdos de Guernica había sido una buena idea. Nunca había descubierto su alma de esa manera, no quería volver a sentir el dolor que el recuerdo de esos acontecimientos traía de manera inevitable. Pero aun así, quería decirle todo a Lovino. Ni siquiera estaba seguro de si eso era justo, pero él había preguntado porque hacía esto, y Antonio no podía ser más que honesto con la persona más importante en el mundo.
Pero esas imágenes seguían en su mente. Los quemados, sangrantes y agonizantes que no podía ayudar. Los cuerpos rotos, semienterrados bajo escombros destrozados. Los sobrevivientes sentados y confusos, otros corrían gritando por sus seres queridos. Antonio intentó alejar los angustiosos recuerdos de su cabeza, intentó recordar porqué se había atormentado a sí mismo trayéndolos una vez más a la superficie. A pesar de lo difícil que fue hablar, aunque solo fuera brevemente, de aquellos recuerdos que había intentado suprimir por tantos años, ¿cómo podía Antonio mentirle a quien significaba el mundo para él? ¿Cómo podría ocultarle cualquier parte de sí mismo a Lovino?
Al mirar nuevamente la pila de papeles sobre el escritorio, Antonio se preguntó a quién intentaba engañar. No necesitaba pasar tanto tiempo en esta aldea como lo hacía. Roma era perfectamente capaz de manejar esta facción de la Resistencia por sí mismo. Y aún así Antonio siempre era arrastrado de vuelta, siempre intentando quedarse tanto como pudiera, nunca queriendo marcharse. Sí, era una aldea hermosa. Sí, le agradaba Roma y adoraba al pequeño Feliciano. Pero solo había una verdadera razón por la que Antonio siempre, siempre regresaba. Se sobresaltó un poco cuando la puerta delantera que se abrió. Miró hacia arriba, los oscuros recuerdos se desvanecieron y la habitación a su alrededor se iluminó-. ¡Lovino!
Lovino tropezó al detenerse, su mano aún en el picaporte. Sus ojos se abrieron, sus labios se separaron y su mirada se desvió de inmediato hacia el suelo-. Oh. Estaba buscando al abuelo.
Antonio sonrió. Nunca podía controlar su sonrisa cuando Lovino entraba a la habitación-. Estará de vuelta en unas horas.
Lovino asintió, se balanceó sobre sus pies, se pasó la mano por su cabello-. De acuerdo.
-Puedes esperar –Antonio lo dijo de manera esperanzado, a pesar de que tenía pocas razones para pensar que Lovino realmente se quedaría. Sin embargo, para su gran deleite, Lovino asintió otra vez.
-Está bien –Lovino se quedó de pie donde estaba, inseguro, por unos momentos y luego se apresuró hacia una mesa cercana. La sonrisa de Antonio se ensanchó, su pecho se hinchó por el familiar gesto. Lovino nunca se sentaba en una silla… siempre escogía una mesa. Siempre balanceaba sus piernas de esa manera, lanzando miradas alrededor del cuarto como si estuviera buscando algo, demasiado obvio en tratar de evitar los ojos de Antonio. Siempre ponía su cabello detrás de su oreja con el mismo gesto, siempre miraba hacia abajo y mordía sus labios distraídamente, siempre hacía tamborilear sus dedos en el borde de la mesa, levantaba la mirada, le fruncía el cejo a Antonio, entrecerraba sus ojos, siempre decía-, ¿Qué estás mirando, bastardo?
Antonio mordió sus labios para evitar que se le escapara un estallido de risa-. Lo siento, Lovino.
Volvió a mirar la lista de oficiales de la Gestapo en el área, de nuevo tarareando las canciones de la radio. Sintió los ojos de Lovino sobre él y se preguntó si acaso sabía cuán transparente era. Antonio había estado tan seguro el verano antepasado, cuando finalmente había terminado su exilio de tres años, cuando finalmente había dejado de mentirse a si mismo, cuando finalmente llegó de vuelta aquí, al lugar que lo había estado llamando desde que había dejado a su hermoso corazón con una sonrisa, una guitarra y un desgarrador y amargo pesar. Había estado tan seguro de que Lovino había empezado a sentir lo mismo. Pero este había hecho añicos sus sueños y esperanzas, le había dicho con toda claridad que nunca se sentiría de esa manera. Y Antonio le había creído. Se había marchado, se había quebrado, había bebido hasta quedar sin sentido, había gritado a las estrellas y había hecho un agujero en la pared de una taberna. Pero con el correr de los meses, mientras era forzado, obligado, impulsado, arrastrado de vuelta a esta aldea, las cosas finalmente se habían asentado. Se había vuelto muy evidente, muy claro, quizás no para los demás, pero Antonio se enorgullecía de poder ver partes de Lovino que nadie más podía. Lovino estaba inseguro, nervioso, aterrorizado. Pero Antonio podía ver lo que había en esos ojos dorados. Y podía ver que Lovino lo quería.
Antonio le echó una mirada a Lovino, a sus largos dedos tamborileando contra la mesa y acomodando su oscuro cabello sobre sus oscuros ojos. Antonio se preguntaba que lo había hecho retraerse tanto. Por supuesto que Roma era muy protector con sus nietos, demasiado protector. Y a pesar de lo mucho que Lovino creía saber, a pesar de su obvia inteligencia y curiosidad, esta aldea era todo lo que conocía. Era extraño, ese enorme contraste entre el desesperado deseo de Lovino por más responsabilidad en la resistencia y su constante miedo. Su exasperante y obstinada testarudez con su intoxicante inocencia. Antonio quería sacarlo de todo esto, desprender todas las capas protectoras que se había colocado a sí mismo. Quería conocerlo por completo, quería saber quien era y quien podría ser y formar parte de ello. Antonio quería estar con él, nunca separarse de él. Antonio simplemente lo quería.
Se dio cuenta que Lovino lo estaba mirándolo de vuelta justo en el momento en que reconoció la nueva canción en la radio. Unas pocas notas desde unas cuerdas y las palabras comenzaron. Bésame, bésame mucho… El corazón de Antonio saltó y rió al darse cuenta que los ojos de Lovino se abrían de sorpresa y se clavaban en él y la radio de manera intermitente. Obviamente también había reconocido la canción. Rápida e impulsivamente, Antonio se levantó de su silla y aprovechó la oportunidad. Saltó hacia Lovino y estiró una mano, sonriendo alegremente-. ¿Un baile, mi corazón?
Era la primera vez que Antonio usaba esas palabras desde que Lovino le pidió que no lo hiciera y realmente esperaba que Lovino se negara. Esperaba que se burlara, maldijera y lo rechazara enojado. No esperaba que lo mirara enmudecido, una multitud de emociones danzando tras sus pupilas y una gama de expresiones cruzando su rostro, antes de asentir, ponerse de pie y tomar la mano extendida de Antonio. Éste rió fuertemente, la alegría que inundaba sus pulmones y sus venas era simplemente demasiada para mantenerse silencioso. Hubo un leve enredo con sus manos libres ya que Lovino se negó a colocar la suya en el hombro de Antonio, pero finalmente llegaron al acuerdo de que ambos descansarían su mano libre en el costado del otro. Antonio sentía que sus mejillas se partirían, Lovino no dejaba de arrugar su frente.
La canción era bastante nueva, una que Antonio había escuchado unas pocas veces, una bella versión en inglés. La música comenzó muy lentamente y, sorprendentemente, Lovino siguió a Antonio de inmediato. La cantante inglesa tenía una hermosa voz, y la traducción calzaba a la perfección. Lovino mantuvo un pequeño espacio entre ellos y Antonio ansiaba sentirlo más cerca, tirar de él hacia sus brazos y contra su pecho. Pero se obligó a mantener la distancia mientras la música se intensificaba y se deslizaba con Lovino a través de la habitación. Lovino imitaba sus movimientos de manera perfecta, sus caderas moviéndose al ritmo subyacente, encontrándolo fácilmente. Antonio apretó su mano alegremente.
-¡Eres un excelente bailarín, Lovino!
Lovino levantó su mentón, sus ojos brillaban. Pero aún se negaba a sonreír-. Lo sé.
-¿Dónde aprendiste a moverte así? –Antonio guiaba a Lovino fácilmente entre las mesas, deteniéndose brevemente para patear un silla fuera del camino.
Los labios de Lovino se movieron hacia arriba de forma muy tenue-. No tuve que aprender. Soy italiano.
Antonio movió su cabello hacia atrás, levantó sus cejas, y le lanzó a Lovino su sonrisa más seductora-. ¡Ah! ¡Pero nadie baila como los españoles! –y como si intentara probar lo dicho, Antonio movió sus pies en un corto y rápido paso, haciendo girar a Lovino en unos círculos muy rápidos y estrechos.
Lovino ahogó un grito y apretó su agarre en Antonio-. ¡Fíjate, imbécil! ¡Vas a chocarme contra una mesa!
Antonio tomó la oportunidad para acercar a Lovino un poco más-. Oh, Lovino, ¡qué poca fe tienes en mí!
Lovino lo miró a través de sus ojos entrecerrados pero brillantes-. De cualquier modo no sé porque estás guiando.
-Porque soy el mejor bailarín.
-No lo eres.
-¡Porque soy más fuerte!
Lovino enrojeció levemente-. ¡No lo eres!
-Porque yo te pregunté si querías bailar, ahí tienes.
Lovino mordió sus labios y el ardiente pulso de Antonio se aceleró. Oh, Lovino estaba luchando demasiado, estaba intentando tan fuertemente no sonreír. Antonio sonrió maliciosamente y Lovino solo tuvo tiempo de levantar una ceja con aprehensión. En el dramático interludio de cuerdas, Antonio guiñó, alejó Lovino y lo hizo girar bajo su brazo. Y Lovino rió. El estómago de Antonio dio un salto y una calidez se expandió a través de sus venas. Oh, ese era el sonido más maravilloso que había escuchado, debía lograr que Lovino lo hiciera otra vez. Antonio lo acercó nuevamente, lo giró y lo bajó casi hasta el suelo. Lovino se atragantó con un alarido, y no pudo evita que otra risa escapara de sus labios. Antonio rió alegremente y lo levantó, sujetándolo nuevamente entre sus brazos. Lovino intentó mirarlo con mala cara, pero sus hermosos ojos dorados danzaban, sus labios formaban una sonrisa que no podía controlar. Antonio lo guió una vez más a través de la habitación, Lovino se aferraba con fuerza a su brazo, esta vez sin una cuidadosa distancia entre ellos.
-¡Te dije que era el mejor bailarín! –rió Antonio.
-Bueno, ¡si me avisaras la próxima vez!
-¿Dónde estaría al diversión en eso? –Antonio apartó a Lovino una última vez, lo hizo girar nuevamente y luego… Ámame por siempre…
Antonio estaba soñando. Debía estar soñando. La música comenzó a desacelerarse, pareció detenerse, detenerse por completo. El cuerpo de Lovino presionado contra el de Antonio, sus torsos subiendo juntos, sus manos entrelazadas, la mano de Lovino sobre el brazo de Antonio y oh, Dios, el brazo de Antonio alrededor de su cintura… Había sido hace tanto. La espera había sido tan angustiosamente larga desde que había abrazado a Lovino así, y era exactamente como recordaba, y no se parecía a nada que hubiera experimentado antes. Sus ojos se encontraron, Lovino estaba tan cerca, su fragante cabello y sus oscurecidos ojos, fijos en Antonio, sus labios levemente separados y su respiración un tanto acelerada. Antonio le devolvió la mirada, perdido, inmóvil, todo estaba quieto y silencioso salvo por esas últimas, lentas, calmadas palabras… y haz que todos mis sueños se hagan realidad.
La música llegaba a su fin. Lovino no se movió. Pero, como siempre, sus pensamientos y emociones bailaban en sus ojos. Antonio esperó, apenas atreviéndose a tener esperanza, apenas atreviéndose a respirar. Podía ver a Lovino pensar, podía verlo luchar, podía verlo caer…
La puerta se abrió de golpe. Lovino se apartó de los brazos de Antonio, tropezando frenéticamente, y Antonio tuvo que contenerse para no gruñir de decepción. Retrocedió de inmediato, pero los tres miembros de la resistencia que irrumpieron a través de la puerta no parecieron notar nada. No era sorprendente, ya que llevaban botellas de vino y copas desde la barra de la cantina, y obviamente ya habían bebido algunas.
-¡Antonio! –gritó uno de los hombres fuertemente, abriéndose paso bulliciosamente hacia la mesa más cercana y cayendo sobre una silla. Los otros lo siguieron, arrojando las copas y botellas sobre la mesa. Antonio inclinó la cabeza cautelosamente, pero quería patearlos por su absolutamente maldita y desgraciada llegada.
-Buenas tardes –le lanzó una mirada de reojo a Lovino, quien lucía claramente nervioso. Antonio sabía que Lovino no se llevaba bien con la mayoría de los miembros de la Resistenza. No tenía problemas con las mujeres, era incluso encantador, pero con los hombres actuaba de forma torpe e incómoda. Antonio tuvo que controlarse para evitar ponerse entre ellos.
-¡Y el pequeño Vargas! –dijo el hombre que había saludado a Antonio. Lo saludó condecendientemente.
-Lovino –Lovino prácticamente escupió la palabra. Solía dar la impresión de ser grosero, pero era obvio para Antonio que no sabía de que otra manera actuar. Se preguntaba cómo nadie podía ver eso.
-Oh, me disculpo. Lovino –el hombre espetó de vuelta en una burda imitación y los otros rieron estridentemente. Lovino retrocedió y enrojeció, sus ojos desviándose brevemente hacia Antonio antes de mirar hacia otro lado. Estaba avergonzado. Antonio fulminó al hombre con la mirada. Ni siquiera sabía su despreciable nombre. Algún estúpido granjero, actuando como un niño, que pensaba que era más importante de lo que realmente era.
-Llegan temprano –dijo Antonio secamente-, Roma aún no ha llegado.
-No importa, podemos esperar –los partisanos comenzaron a servir el vino y Antonio entrecerró sus ojos. ¿Qué creían que era esto? ¿Alguna clase de juego?
-¿Roma aún no está aquí? –dijo uno de los hombres ruidosamente, y luego miró a Lovino-. ¿Así que ahora puedes salir sin que tu abuelo te lleve de la mano? –los otros una vez más rieron escandalosamente. Antonio comenzó a decir algo pero Lovino intervino.
-Oh, sí. Estoy seguro de que creen que son tan jodidamente divertidos.
-Tú eres el divertido, pequeño Vargas. ¿Y qué demonios es lo que estás haciendo acá?
-¡Estoy acá por las mismas razones que tú!
El hombre tomó un trago de vino y se giró hacia los otros, riendo-. Nada más que un niño tonto jugando a ser revolucionario.
-No deberían traer alcohol a las reuniones –dijo Antonio, tratando de cambiar el tema. Tomaba bastante hacerlo enojar, pero para entonces, ya estaba hirviendo de rabia.
-Oh, por supuesto, el pequeño Vargas es muy joven para el vino, no…
-¡Tengo veinte! –gritó Lovino antes de que Antonio pudiera hablar. Antonio lo miró, preocupado. Las manos de Lovino estaban apretadas en puños, sus hombros tensos. Nunca podía manejar sus emociones…
El hombre puso sus ojos en blanco, farfullando. Parecía como si estuviera aburriendose de aquel cruel y estúpido juego-. No lo sabía. El abuelo ni siquiera te deja encargarte de una misión.
Lovino estaba rojo y temblaba. Abrió su boca, como si intentara pensar en algo que responder, pero solo pudo gritar-, ¡Cállense!
El partisano agitó su mano desdeñosamente, enfocado en la botella frente a él-. Vete, pequeño Vargas, debes estar en casa antes de la hora de ir a la cama.
-¡Deténganse! –gritó Antonio. Su pulso golpeteaba en su cuello, su piel ardía con furia. Quería abalanzarse sobre ellos, agarrar a los malditos por la garganta, aporrearlos contra el suelo-. ¿No entienden cuan serio es esto? Estamos aquí luchando por la libertad de su país y ustedes tres irrumpen aquí, ebrios, actuando como niños. Si no pueden comportarse apropiadamente, entonces… -Antonio ni siquiera se molestó en terminar la oración cuando se dio cuenta de que Lovino corría hacia afuera por al puerta trasera. Solo maldijo y lo siguió.
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Lovino abrió la puerta trasera con manos temblorosas, desesperado por esconderse en alguna esquina oscura del callejón tras la cantina. Unos cuantos cajas en el piso lo hicieron tropezar y se se sujetó con una mano sobre la fría pared de ladrillos. Pero no dejó de avanzar, incluso cuando escuchó las pesadas pisadas que lo seguían inmediatamente tras él.
-¡Vete! –gritó, deseando que su voz levemente quebrada no lo traicionara.
-No.
Lovino apretó sus puños y rechinó sus dientes, enojado, azorado y un poco nervioso. Estaba mortificado. Avergonzado. Tan asustado de los sentimientos en su interior. Lovino alcanzó el final de callejón y no pudo ir más allá, así que simplemente golpeó sus puños contra los fríos ladrillos ante él y descansó su frente sobre ellos-. Lo digo en serio –dijo, casi atragantándose con las palabras-. Solo vete, Antonio, no… no puedo… -Lovino quedó sin aliento, su garganta se cerraba por culpa de las amenazadoras lágrimas-. Oh, Dios, por favor, vete.
-Lovino, no escuches a esos idiotas.
Lovino cubrió sus orejas con sus manos, queriendo bloquear el sonido de la compasión de Antonio, bloquear sus falsos halagos y estúpida amabilidad y equivocada simpatía. Estaba demasiado agitado, demasiado intranquilo, temblando, confundido, asustado. Había sido tan maravilloso estar en los brazos de Antonio. Tan maravilloso sentirlo y abrazarlo y respirar su aroma y ver esa brillante sonrisa y esos deslumbrantes ojos tan cerca. Se sentía como si perteneciera allí, como si cada doloroso y solitario vacío en su interior hubiera sido finalmente llenado. Tan perfecto, tan radiante, cálido y emocionante. Tan maravilloso, maldición, que casi había perdido el control. Quién sabe lo que podría haber hecho si esos hombres no hubieran llegado a romper sus crecientes sueños, recordándole a Antonio lo tonto y odiado que Lovino era en verdad. Si no hubieran llegado a humillarlo completa y absolutamente. Cerró sus ojos y susurró-. Sabes que todos me odian, ¿o no?
-Eso no es verdad…
Esta vez Lovino gritó-. ¡No intentes negarlo, no soy estúpido! ¡Nunca le he agradado a nadie. Ni siquiera he… -Lovino sabía que estaba actuando de manera infantil, poniéndose aún más en ridículo, pero no podía detenerse-… Nunca he tenido amigos, porque así es como la gente cree que soy, justo como dijeron esos hombres! ¡Y no puedes entenderlo, porque le agradas a todos, no lo pueden evitar! Y, y Feliciano siempre ha sido el favorito de todos y…
-No es el mío –Antonio lo dijo con tanta firmeza que Lovino interrumpió su creciente diatriba de inmediato-. No me importa lo que piensen. Eres mi favorito, Lovino –Antonio pronunció las siguientes palabras con alegría-. ¡Eres mi persona favorita en todo el ancho mundo!
-Pero… pero… ¿pero por qué? –Lovino finalmente se giró, sus cejas fruncidas, sus mejillas ardiendo. Estaba completamente desconcertado. Cómo podía decir eso, pensar eso. ¿Acaso no veía la manera en que la gente trataba a Lovino? Antonio levantó una ceja, pero Lovino continuó con determinación, a pesar del nudo en su garganta y las lágrimas que llenaban sus ojos-. En serio, ¿por qué? Nadie nunca me prefiere. Sé lo que todos piensan. Que soy irritable, que soy difícil. Que soy un estorbo, un cobarde, estúpido, inútil…
Antonio sacudió su cabeza, su expresión tornándose extrañamente molesta-. Detente, Lovino, detente.
-¡Pero todo es verdad! Es verdad, entonces, ¿por qué yo? ¿Por qué no otro? ¿Por qué no Feliciano? –Lovino limpió las traidoras lágrimas de sus ojos con rabia. No necesitaba más humillación. No iba a llorar. ¡No lloraría por esto!
Antonio parecía a punto de reír, pero no se detuvo-. Oh, Lovino. Siempre tienes ese ceño fruncido, ese gesto pequeño y lindo. Por eso que ellos piensan así, porque eso es todo lo que ven. Son demasiado ignorantes, demasiado holgazanes, demasiado malditamente estúpidos para siquiera intentar ver más allá de eso –Lovino desvió la mirada. No podía mirar a Antonio mientras decía eso. ¿Por qué tenía que ser tan estúpidamente encantador? ¿Por qué tenía que hacer esto tan difícil?-. ¿Recuerdas que te lo dije? La gente quiere lo que es fácil. Pero si no pueden hacer un esfuerzo para verte realmente, Lovino, para conocerte, entonces no te merecen.
El nudo en la garganta de Lovino se apretó aún más. Tragó y respiró, tratando de aflojarlo con el frío aire. Si Antonio realmente pensaba eso… incluso si era estúpido y estaba equivocado, si realmente pensaba eso, entonces quizás…- Pero tú… tú… -¿Por qué no podía evitar preguntar esto?- ¿Pero lo harías tú? ¿Harías el esfuerzo?
Antonio dio un paso hacia adelante hasta que sus torsos casi se tocaron. Lovino aún no podía mirarlo, pero podía sentir su calor, podía oler su aroma, podía recordar como se sentía entre sus brazos…- Eso hago precisamente, mi corazón, cada vez que estoy contigo. Cada hermoso y perfecto momento en que estoy contigo. Porque lo que ellos no entienden… y de lo que tú ni siquiera te das cuenta… es que todo lo que eres, todo lo que sientes, Lovino, está escrito en tus ojos.
Los ojos de Lovino se abrieron. Sintió de inmediato una abrumadora urgencia por esconderse. En cambio se resolvió por bajar su cabeza, dejando que su cabello cayera sobre sus ojos. ¿Por qué esas cosas estúpidas y dramáticas que Antonio decía lo afectaban tanto?- Qué ridículo –murmuró.
-En el momento en que nos conocimos, lo vi. Te vi. Eres una persona tan maravillosamente amable, pero no quieres que nadie lo sepa. Tienes secretos recovecos de pasión que ocultas dentro de ti por temor. Amas demasiado intensamente, pero intentas negarlo, porque sabes que mientras más intensamente ames, más lastimas –Lovino parpadeó rápidamente, aún negándose a mirar a Antonio, pero permitiéndole estirar su mano y colocar un mechón de pelo detrás de su oreja. El simple roce envió escalofríos por su piel-. Tú corazón es tan frágil –susurró Antonio suavemente, sus dedos persistentes sobre la mejilla de Lovino, aparentemente reacios a separarse-, por lo que lo mantienes encerrado en una jaula de hierro.
Lovino finalmente levantó la mirada y se encontró con la fuerte y constante mirada de Antonio. Antonio era bueno, era honesto, auténtico y sincero. No podía estar mintiendo. No había nada falso en su hermoso y resplandeciente rostro, y Lovino se preguntó qué derecho tenía para dudar de lo que Antonio creía-. ¿Una jaula? –preguntó, sin estar seguro de que quería decir Antonio.
Antonio asintió, su sonrisa era pequeña y reflexiva-. Pero estoy seguro de que esta jaula tiene una cerradura. Y si me toma cinco años, o diez, o quince… estoy determinado a encontrar la llave. Porque, Lovino, nunca quebraría algo tan valioso solo para averiguar que hay dentro.
Lovino tomó un respiro entrecortado para estabilizarse y sacudió su cabeza. Cómo es que Antonio no veía lo obvio: no lo merecía-. ¡Pero no entiendo! Eres valiente, apuesto y divertido y, sí, irritante y estúpido, pero fuerte y apasionado y… -Lovino se detuvo, avergonzado por lo que decía, pero comenzando a preguntarse qué razón quedaba para seguir ocultándolo-. … ¿y por qué me querrías a mi? –terminó en voz baja.
En este oscuro y vacío callejón las amables e inconmensurables palabras de Antonio hicieron eco en la cabeza de Lovino-. Lovino, podría decirte mil palabras y describirte de mil maneras. Pero al final es muy simple. Te quiero a ti porque te amo. A nadie más. A ti, Lovino. Eres el único –Lovino parpadeó enérgicamente para contener las lágrimas, pero estaba comenzando a perder la batalla-. Eres el único para mí.
-Oh… -esta maldita falta de aliento. Este miedo, júbilo, incredulidad, orgullo, felicidad… El cuerpo de Lovino era demasiado pequeño para contener esos sentimientos. Se amontonaron dentro de su hinchado pecho, inundando sus venas, abrumando su mente. Necesitaba gritar, pero solo pudo susurrar-. Oh.
-Y si decides que nunca te sentirás de esa manera por mí, lo aceptaré. Nunca amaré a nadie más, pero lo aceptaré. Pero si existe el más ligero destello, la más pequeña llama de esperanza de que quizás, posiblemente, un día te permitas sentir aunque solo sea una fracción de lo que yo siento por ti, entonces esperaré, Lovino –Antonio sonrió, aquella sonrisa que empujaba todo lo demás de la mente de Lovino, que le quitaba el aliento y rompía sus defensas y lo obligaba a reconsiderar todo lo que pensaba que creía-. Esperaré todo lo que sea necesario hasta que estés listo.
Lovino no podía seguir con esto. No podía seguir fingiendo. No podía empujar a Antonio, no podía mentir como la última vez. No cuando alguien tan puro, bueno y honesto se abría a él de esa manera, cuando lo miraba con esa hermosa esperanza en sus profundos ojos verdes. Lovino sintió que su resistencia se debilitaba, sintió que una lágrima se le escapaba y susurró-. ¿Esperarás tanto?
Antonio suspiró suavemente, sonriendo y siguió la lágrima con la punta de uno de sus dedos, cálida y suave-. Por siempre, mi corazón.
Continuará…
NdT.
Eternas disculpas por mi demora. Enfermedades, infinitos (oh, infinitos, desagradables y asquerosos) problemas familiares, finales de semestre, trabajo, desánimo general y caos, mucho, mucho caos. Hasta siento que me leo más triste y que la traducción está más triste. Espero que la vida se ordene pronto, porque últimamente se ha comportado como una perra. Nos leemos.
Me permito un espacio para expresar lo mucho que lamento la muerte de Themo Lobos. Maestro de maestros, no sabes cuanto te extrañaré. Gracias por regalarme una infancia llena de aventuras con cinto espacio-temporales, bromas ñoñas y colores brillantes y bonitos.
