Capítulo 4: Presentimiento
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Se despertó alterado, con la respiración agitada y casi sentado en su cama.
Odiaba tener ese tipo de sueños. O, mejor dicho, pesadillas.
Al cabo de unos minutos, suspiró con cierto deje de alivio. Tan solo eran los sádicos juegos de su subconsciente que querían torturarlo un poco, no se harían realidad.
Miró la hora, eran las seis menos cuarto de la mañana. Demasiado temprano para despertarse, pero el volver a dormir no resultaba alentador. Asi pues, se deshizo de las sábanas y se estiró para despejarse, saliendo un momento a la terraza de su habitación con el propósito de respirar el aire puro de la mañana mientras el sol hacía su lenta aparición.
Miró el horizonte, que se recortaba por la presencia de edificios a lo lejos.
«¿Nunca has tenido curiosidad?»
Las palabras de su hermano pequeño resonaron en su mente y sonrió. No pretendía demostrar alegría.
Claro que la había tenido, y de hecho sabía que su hermanito algún día también la tendría. Solo esperaba que desistiera, aunque era tan terco…
Sacudiendo la cabeza levemente y decidiendo dejar de pensar en eso, dio media vuelta y se dirigió a darse una ducha mientras reflexionaba si dejar salir o no al castaño de su habitación.
Sabía que el menor tenía un miedo a las alturas terrible, y no era precisamente bueno en lo que los deportes respecta. Así pues, debería haberle estado maldiciendo incansablemente durante la noche hasta caer dormido.
Ya se lo imaginaba con una cara de enfado que, más bien, era como un lindo puchero. Solía burlarse de la dulzura que su hermano portaba, incapaz de verse como alguien temible o tan siquiera enfadado por mucho que lo intentase.
Aunque quizá sí llegara a odiarlo, sabía que Tsuna podía llegar a ser terco hasta ese punto. No quería imaginarse peleado con su pequeño atún, usualmente nunca lo hacían porque él solía concederle cualquier cosa y el castaño sabía hasta donde podía llegar.
Siempre había sido un muchacho obediente, ¿qué mosca le había picado?
Suspiró resignado. Tenía quince años, ya no era un niño, por mucho que a sus ojos fuera así. Empezaba a querer cosas y rebelarse, sin escuchar consejos de nadie. Era normal, lo entendía y sin embargo, debía meterle en esa terca cabeza suya que el mundo no era como creía.
Cuando se vistió, salió de su habitación a estirar las piernas, aún secándose su rebelde cabello con una pequeña toalla que tiempo después se puso encima de los hombros.
Pasó por delante de la habitación de su hermano, y dudó si tocar o no. Habitualmente, era el menor quien solía madrugar y despertarle con un vaso de agua fría, pero dada su discusión seguramente no quisiera verle ni en pintura.
Desistió de la idea con un suspiro de resignación y fue de largo, sin saber que el castaño no se encontraba durmiendo tranquilamente en su cama.
Pasó saludando a algunos empleados que solían ser madrugadores con una sonrisa, sorprendiendo a estos por estar de pie a temprana hora, nunca se había caracterizado por levantarse pronto.
Salió al jardín mientras seguía pensando en cómo explicar a su terco hermanito que lo hacía por su propio bien. Definitivamente, no le gustaba para nada pelear con él, era casi como discutir con una parte de sí mismo y le hacía sentir tan mal el hecho de que el castaño no le sonriera como siempre…
—¿Qué es eso? —detectó un bulto de un color blanquecino que sobresalía de un arbusto, como si hubiera algo escondido ahí.
Curioso, se acercó a la planta para inspeccionar mejor. Sin embargo, cuando ya extendía su brazo para tomar el objeto, sintió un repentino dolor de cabeza y cayó inconsciente.
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—Ha faltado poco… —murmuró para sí mismo, ya en su habitación.
¿Desde cuándo su hermano mayor se despertaba temprano? ¿No podía quedarse dormido como siempre?
Era un fallo imprevisible, y casi le pillaban por ello. Le había dolido el tener que golpearle con tanta fuerza, pero no le quedaba alternativa. Si no lo hacía, descubriría la improvisada cuerda y si la hubiera tomado, eran dos opciones:
Una, ataba cabos y se enteraba de que había salido por el balcón.
Dos, le atraparía al no verle dentro de su dormitorio, pues su único modo de acceso era con la soga de sábanas que seguramente se hubiera llevado.
Suspiró, en teoría se había quedado toda la noche encerrado ahí, asi que debía disimular. Así pues, como se suponía que no podía salir y tampoco le gustaban las alturas, debía esperar a que algún sirviente encontrara al rubio.
—Perdóname, pero es tu culpa —le dijo desde arriba, pese a que no podía oírle—. Si me dejaras salir…
Y después el terco era él. Si su hermano mayor tan solo no fuera tan testarudo y le escuchara, seguramente no estuvieran enfrentados de esa manera.
Era la primera vez que golpeaba al mayor, y lo cierto era que no se sentía para nada bien. Estaba preocupado por si no se había pasado un poco al darle con lo primero que encontró, que era una pala de jardinería.
¿Y si nadie venía en su ayuda? ¿Y si había dado en una zona sensible? ¿Y si su cerebro presentaba una secuela?
¿Y si le había matado?
La última cuestión hizo que se estremeciera. Quizá estaba pensando demasiado, pero definitivamente no quería eso para su hermano.
Por mucho que discutiesen, le quería y apreciaba. Era su hermano, por favor.
Iba a empezar a gritar, sin importarle que se viera descubierto, cuando escuchó la voz preocupada de una jardinera. Al ver que acudía en su ayuda, se adentró en su cuarto.
Estaría bien, estaba seguro de que había soportado golpes peores. Debía calmarse, aunque seguía algo inquieto.
Sin embargo, también se caía del sueño, la cafeína no podía durar para siempre y de hecho estaba algo mareado.
—Ese Reborn… —se sujetó la cabeza, maldiciendo incontables veces el momento en el cual cayó en los piques del sicario.
Mientras hablaban, el de sombrero le pidió a Colonello una bebida, la cual en ese momento no sabía que era alcohólica. El rubio se la sirvió y el asesino, para divertirse un rato, le picó para que bebiera un poco.
Desgraciado, pese a las advertencias del militar de que no lo hiciera, se tomó medio vaso con el mero propósito de demostrar que no era un crío. Sin embargo, ahora en frío y si lo reflexionaba bien, se daba cuenta de que había actuado como tal.
Reborn estuvo riéndose de él un buen rato, diciéndole que era un insensato y, sobretodo, un chiquillo. Colonello suspiró resignado y le dio un medicamento que tenía para aliviar los efectos del licor temporalmente, pero parecía que empezaba a dejar de funcionar.
Se cambió por el pijama con el que se suponía que debía estar, y metió la ropa en una bolsa. Había quedado impregnados aromas de la calle, y no desearía que alguien pudiera oler eso en sus prendas.
Sin embargo, cuando se quitaba la chaqueta, descubrió que había algo en el interior de uno de sus bolsillos.
Cuando lo sacó, se dio cuenta de que era la baraja de cartas con la que había estado jugando contra el asesino. Este le había vencido como cuatro veces, quizá más, pero dado que era "de práctica", no afectaba a su apuesta.
¿Cuándo lo había metido en su ropa sin que se diera cuenta?
Junto a las cartas había una nota escrita por el mismo Reborn, el cual decía:
«Practica un poco, aunque por mucho que lo hagas es imposible que me ganes, chiquillo»
No podía faltar su particular apodo, no sería Reborn si no le recordaba a cada rato que era menor que él, tenía muy poca experiencia y no sabía nada.
Chasqueó la lengua, dejando los objetos encima de la mesilla de noche.
Cuando se puso encima del colchón, su cuerpo se relajó y sus orbes se cerraron solos, agradeciendo el hecho de estar en contacto con su cama al fin.
Se quedó dormido casi inmediatamente, sin embargo, no sabría si calificar lo que vio de sueño o pesadilla.
No veía nada claro, todo era borrones de colores que se asemejaban a figuras humanas y edificios. Escuchaba conversaciones, voces que no entendía que decían debido a un ruido que las hacía difuminarse.
Al cabo de unos minutos sintió dolor, y un borrón rojo predominó, luego observó otros colores que se iban degradando con rapidez, finalizando en el negro absoluto, escuchando más voces distorsionadas.
Unos golpes en su puerta le sacaron de aquel extraño sueño, sin embargo, seguía cansado y quería seguir durmiendo.
—Joven amo, es urgente —las palabras de la ama de llaves resonaron en su mente.
La imagen de su hermano inconsciente le vino a la cabeza, haciendo que la fatiga se desvaneciera. No tenía tanta fuerza, pero admitía que en ese momento se había asustado y no había medido la intensidad del golpe.
¿Le habría sucedido algo grave?
Con ese mal pensamiento, se levantó como resorte, habiendo dormido cuarenta y cinco minutos como mucho. Abrió la cerradura interior y se dio cuenta de que ya podía salir por la puerta de su habitación gracias a la llave que ella tenía.
Dejó que la mujer le contara acerca del ataque que Ieyasu había sufrido, y del cual aún no encontraban al responsable. Claramente, Tsuna era el último de quien sospecharían, si es que llegaban a hacerlo.
Todos sabían de la buena relación que tenían, era extraño que discutieran seriamente, y menos llegar a los golpes.
Cuando entró a la habitación del mayor, le encontró tumbado en su cama, y le hubiera parecido que estaba durmiendo de no ser por las vendas que rodeaban la parte superior de su cabeza.
Se aproximó lentamente hacia él, nervioso, mientras la mujer se retiraba. Parecía encontrarse bien, pero no si había podido identificarlo como su agresor, y de ser así se llevaría más que una regañina. Había actuado inconscientemente, y el rubio hubiera podido acabar con algo más que unos vendajes.
Suerte que tenía "la fuerza de una niña".
Se tensó y alivió al mismo tiempo en el momento en el que su hermano abrió los ojos, mirándole con cierta sorpresa.
—¿Hermanito…? —cuestionó, parpadeando para enfocar mejor.
—¿Te encuentras bien? —le parecía hipócrita la pregunta, y se sentía mal consigo mismo por actuar así.
—Sí, bueno, no es nada… —se incorporó levemente, tocándose la herida con una mano mientras se sentaba en el colchón—. ¿Qué haces aquí? Pensé que estabas enfadado…
—Lo sigo estando —aclaró, algo molesto—, pero me preocupé cuando me dijeron que estabas herido —en parte era cierto, solo que él había sido el agresor.
—Te lo agradezco, pero es extraño que aún sigas en pijama —apuntó con una sonrisa—. ¿Tanto me maldecías ayer? Sentí mi oreja arder como nunca.
Rió levemente ante la broma del rubio, alegrándose de que estuviera de suficiente humor para hacerla. Eso le indicaba que no le había reconocido como quien le había golpeado y no se había enterado tampoco de que había escapado.
—Por no decirte que tienes unas ojeras increíbles —normal, había domido menos de una hora. No sabía cómo se mantenía en pie—. No te he visto así desde que te conté aquella historia de miedo.
—No me lo recuerdes, me traumatizaste —se quejó, cruzando los brazos y fingiendo molestia.
—Siempre has sido un miedoso —se burló el mayor. Sin embargo, su diversión se cortó por un pequeño dolor en la sien, haciendo que se apoyara contra el respaldo de la cama.
—Deberías descansar —recomendó con cierta tristeza, más por ser el causante de la herida.
—Ya sabes que no puedo hacerlo —recuperándose, se sentó y puso los pies sobre el suelo, ante la atenta mirada del castaño—. Justamente hoy tengo un encuentro con una familia importante, y no creo poder aplazarla.
—Te acompañaré —se caía del sueño, pero debía velar por la seguridad de su hermano. Era el causante de su malestar, era lo mínimo que podía hacer a modo de disculpa.
Por muy en desacuerdo que estuviera con él, no había actuado bien y lo sabía.
—¿Estás seguro? Tú sí que deberías descansar, no es necesario que vayas —ofreció, pero el menor se negó con un movimiento de cabeza, sacándole un suspiro—. Como quieras.
Se incorporó finalmente, quedando frente del castaño. Entonces, al verlo más de cerca, notó que tenía un rasguño en un lateral del cuello.
—¿Qué te ha pasado ahí, atún? —señaló la herida, haciendo que el menor se la tapara inmediatamente.
—No sé… quizá me he cortado sin darme cuenta —respondió algo nervioso, maldiciendo el hecho de que aquella muchacha hubiera apretado el arma contra él lo suficientemente fuerte como para dejarle marca.
—Tienes que tener más cuidado —le dio un golpe ligero en la cabeza a modo de regañina—. Ahora ve a cambiarte y a lavarte esa cara, que parece que no has dormido en toda la noche.
En realidad no lo había hecho, pero no era cuestión de decírselo.
—Está bien —cedió, dando media vuelta y saliendo de la estancia.
No se relajó hasta que estuvo en su habitación, exhalando todo el aire que había contenido sin darse cuenta. No estaba acostumbrado a mentir a su hermano mayor, no había tenido la necesidad de hacerlo.
Solían contarse todo sinceramente, se habían encubierto mutuamente en muchas travesuras en las que se salvaban de ser castigados milagrosamente y no había nada que el castaño le ocultara. Después de todo, no había persona en la que más confiara.
Por ello, se le hacía complicado mantener su carácter habitual frente al mayor cuando sabía que no estaba siendo sincero. Era muy malo a la hora de mentir, aunque fuera de un asunto banal. Alguna vez trató de engañarle, pero el rubio lo notó con rapidez debido a sus tartamudeos y nerviosismo, y desde ese entonces no se atrevió a tratar de ocultarle algo.
Dejando de lado sus pensamientos, se adentró en el cuarto de baño para darse una ducha, en el intento de despejar su sueño, el cual amenazaba con hacerle dormir incluso en el suelo.
No daría buena imagen de su hermano mayor si estuviera cabeceando —o, en el peor de los casos, durmiendo— en una reunión con otra familia. Y menos cuando Ieyasu había dicho y dado a entender que era importante, pues no era posible programar el encuentro para otro día.
Sabía que, de ser por el rubio, no iría a ninguna de aquellas tediosas reuniones que tan sólo servían para expresar sentimientos que en realidad no sentías.
En ese aspecto solía lamentarse por su hermano, quien se veía obligado a asistir por el hecho de que debía saber cómo hablar y manejarse en ese tipo de situaciones, al contrario que él, a quien no le comprometían a ir, aunque era recomendable en caso de que tuviera que excusar y/o sustituir a algún día a Ieyasu, además de que la familia con la que se reunieran se sentiría más importante si se presentaran dos representantes de alta relevancia como lo eran el futuro jefe y el segundo a cargo.
Él lo veía como una total tontería, pero acudía por el hecho de salir un rato de aquel lugar y de paso, apoyar a su hermano, quien agradecía el tenerle cerca para relajarse un poco.
Aunque su compañía también podía resultar peligrosa en caso de una emboscada, asi que era un doble filo con el que debían tener cautela. Sus enemigos podían aprovechar para eliminar dos pájaros de un tiro si se percatasen que iban siempre juntos.
Todo en aquel mundo era un juego en el que se debía pensar y barajar todas las probabilidades posibles, poniéndose incluso en el peor de los casos o en las mínimas probabilidades de un posible ataque.
Suspiró cuando terminó de calzar unos elegantes zapatos negros que no hacían más que molestarle los pies. Prefería sus deportivas, pero obviamente la vestimenta era algo crucial en un encuentro y no se podía ir de manera casual a menos que la familia en cuestión fuera muy allegada.
Miró la hora, sorprendiéndose de ver que ya eran las nueve de la mañana. Decidió saltarse todas sus actividades y dormir, ya se las ingeniaría para pensar en alguna excusa.
Con ese dolor de cabeza debido al dichoso alcohol y aquel terrible sueño, sucumbió inmediatamente ante su apreciado colchón.
Cuando Ieyasu pasó por su habitación, se planteó el despertarle, pero al verle tan plácidamente dormido, decidió dejarle descansar. No sabía la razón por la cual estaba tan agotado, pero su confiable intuición le decía que no estaba expuesto a ningún peligro, y con eso se conformaba.
—Eres de lo más terco, atún. ¿Qué se supone que hacías anoche? —le dijo removiéndole los cabellos castaños, arrodillado a un lado de su cama, como solía hacer cuando era un poco más pequeño.
El menor se quejó levemente y le dio la espalda.
—Te ganaré… —murmuró entre sueños, confundiendo al rubio. ¿Estaría recordando alguna de sus competencias?
Se encogió de hombros, los sueños de su hermanito eran un misterio. Aún se acordaba de aquellas veces en las que Tsuna solía tener unas extrañas pesadillas y acudía a su cuarto para dormir con él.
Sonrió levemente, y se fijó en el retrato que tenía su hermano en la mesilla de noche.
Era el tercer cumpleaños del castaño, que estaba sonriente, con el rostro lleno de chocolate. Él, con siete años, le cogía en brazos mientras que a su lado, sus padres señalaban al pequeño la cámara, indicándole que mirara hacia ella.
Una antigua imagen que sería uno de los pocos recuerdos familiares junto a sus progenitores.
Se percató de que había en frente del marco había un juego de cartas que nunca había visto.
Extrañado, alargó el brazo y tomó la baraja, pensando en qué momento se había interesado su pequeño hermano en ese tipo de juegos sin que él se enterase. Normalmente, Tsuna le contaba todo lo referente a sus gustos y le pedía ayuda siempre que podía.
¿Desde cuándo había cambiado eso?
Se fijó en que también había un trozo de papel, el cual quedó descubierto al tomar las cartas. Curioso, volvió a alargar su brazo para tomarlo y leerlo.
—¿Hermano…? —un murmullo por parte del menor hizo que desviara su atención a este, que le miraba con sus orbes avellana adormilados.
—Sí que tienes sueño, ¿eh, atún? —una mueca de molestia se formó en el rostro del más pequeño, haciendo que el rubio sonriera más—. No te molestes, nunca podrás hacer un gesto de desagrado sin que parezca adorable.
—Calla —el mayor esquivó a duras penas una almohada que iba directa a su cara. Entonces Tsuna se fijó mejor en lo que su hermano sostenía y se lo arrebató con rapidez.
—¡Tranquilo! No te lo voy a robar —se sorprendió Ieyasu ante la repentina reacción del menor, quien parecía incluso asustado—. ¿Qué te pasa? ¿Hay algo que deba saber? —sospechó, con su intuición diciéndole que algo estaba ocultándole.
De hecho, se lo llevaba diciendo desde que lo vio en su habitación, pero su dolor de cabeza hacía que se confundiera un poco. Al ser ahora más tenue, podía tener sus sentidos más alerta.
—N-no —aquel tartamudeo no le gustaba para nada, y miró fijamente a su hermano.
—¿Seguro? —pretendía pasar por una cuestión de preocupación, pero de trasfondo tenía un claro mensaje:
«Sé que estás mintiendo, asi que di la verdad»
—Estoy seguro… —eludió su mirada, desviándose a la baraja que tenía entre manos y con la cual jugueteaba, como si esta le fuera a dar la solución a sus problemas.
—Lo volveré a repetir —amenazó, pero el menor no parecía dispuesto a ceder—. ¿Seguro?
—Sí… —terco como él solo, no iba a dar su brazo a torcer.
El mayor suspiró y se incorporó. Cuando su hermano se ponía en plan "no diré nada por mucho que lo preguntes", no había persona que lo hiciera cambiar de opinión.
—Está bien, digamos que te creo —cedió parcialmente. Tsuna no levantó la mirada—. ¿De dónde has sacado eso? —señaló la baraja—. Más bien, ¿desde cuándo juegas a las cartas?
—Ayer me encontré las cartas en un cajón de mi habitación —se encogió de hombros. Sin embargo, notó cierta tensión en el castaño—. Y como no tenía sueño, pues me puse a jugar un rato. Aunque me basé en algo que leí, y no sé demasiado…
Parecía haberse preparado el argumento, pero era creíble y, además, explicaba la causa de su insomnio.
Lo peor era que, al ser factible, no tenía manera de rebatirle pese a saber que no era verdad.
No, lo peor no era eso. Lo realmente malo era que su hermano no era sincero. Estaba muy poco acostumbrado a que él le mintiera. De entre todas las personas, era del que menos desconfiaría.
Eso dio lugar a un debate interno, entre el que se peleaba su intuición, diciéndole que Tsuna le estaba mintiendo y su otra parte, la que confiaba ciegamente en el menor, que le decía que no tenía razón para no contarle la verdad.
Se negaba a pensar que su hermanito hubiera cambiado tanto en una noche, solo por un altercado. Era imposible, además, ¿por qué mentiría? ¿Qué podría haber hecho para que no le perdonara?
Miró detalladamente al castaño, quien no levantaba la cabeza, haciendo que le diera más cosas por las que pensar.
Pensó en que tal vez hubiera podido hacer alguna travesura y no se lo quisiera decir, pero muy factible no era. Le había encubierto en más de una, y mucho no podía hacer estando encerrado.
También se planteó el hecho de que al final si hubiera logrado escapar, y hubiera salido a la ciudad. Eso le explicaría el insomnio y el que no se lo quisiera decir, pero también era improbable.
La única salida era por el balcón y Tsuna tenía miedo a las alturas, era malo para la escalada, no tenía cuerdas y había vigilantes fuera. Además, en el remoto caso de haber salido por la noche totalmente solo, no hubiera ni regresado, no al menos de una pieza.
Resopló. Estaba empezando a arrepentirse de haber sido tan rebelde a más o menos esa edad. Decían que el karma te devolvía todo, y ahí estaba la viva prueba de ello.
—Está bien —cerró los ojos momentáneamente—. Nos vemos en una hora abajo, ¿vale?
El chico asintió, con la vista fija en las cartas. Empezaba a desesperarle el hecho de no ver sus orbes, por los cuales podría descifrar alguna emoción, algo que le dijera lo que pasaba por la cabeza del castaño. Incluso se planteó la posibilidad de obligarle a mirarle.
Sin embargo, se retiró sin añadir nada más.
Bajó las escaleras de la segunda planta, pensativo acerca de la conversación con su hermano. Estaba algo confuso al respecto, ¿estaba o no enfadado?
Solía enfadarse un buen tiempo cuando le negaba algo que Tsuna consideraba que era factible. Por eso le extrañaba su actitud, hubiera esperado que no saliera de su habitación, o que tratara de cumplir su objetivo mientras estuviera fuera.
Habría esperado todo menos que le volviese a hablar al siguiente día. ¿Qué le había pasado? ¿Y por qué le estaba ocultando cosas? ¿Qué era lo que no quería decirle?
A sabiendas de que no iba a llegar a ninguna conclusión, suspiró y se centró en su próximo encuentro con aquella familia.
Debía andarse con pies de plomo con ellos, tenían fama de ser engañosos, era una familia de ilusionistas después de todo. Algunos decían que habían pactado con el diablo y te podían hacer ver el mismo infierno si llegabas a enfrentarlos.
No creía los rumores, había demasiados, pero si los había por algo era. Por ello, era mejor ser precavido, más si su hermano iba con él.
Volvió a suspirar, ya agotado mentalmente, además de aquella herida que le volvía a doler.
Sí que debía andarse con cuidado, no tenía un buen presentimiento, y lastimosamente solía acertar en ese tipo de situaciones.
Sólo esperaba que no fuese nada grave y que su hermano no tuviera nada que ver.
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Salut~. Antes de lo esperado eh XD.
Bieeen, respondo~
Shiho-chan, jajajajajajajaja, la inocencia no es para siempre lastimosamente XDDDD.
Yi-chan, no eres la primera que me lo pregunta XD. No sabría decirte, asi que dejemoslo en quizá xD, y tranquila, no me enfadas para nada n.n
CCC2610, yo no hablo XD. Yo dejo pensar y ya si eso XD.
Mel-chan, guiante por el camino de la vida XDDDDDD. Por dios, me he reido con esto. ¡Y tartiiiitaaaaaaaaaa! Gracheeeeeee.
Fiz-chan, vaya, me alegro que te guste n.n. Y si creo recordar que me llegó la notificacion XD.
Bren-chan, no sería él por favor XDDD.
18-Natalia-27, grache por leer mis historiaaas n.n ¡y una pasteleria! ¡Mil gracheeees! Nos vamos a llevar bieeeen n.n
¿Puedo llamarte Na-chan?
Bien~ ¿Merezco review? ¿Disparo? ¿Tartita?
Au revoir, nos leeremos pronto~.
