Tarde como siempre (mentira). ¿Me creen si les digo que unos dolores menstruales asesinos me atacaron durante la semana, e incluso tuve que trabajar y no tuve tiempo de escribir? Bueno, Nefest puede corroborarlo. Eso y la falta de mi inspiración. Lamento que este capítulo sea tan corto, pero no tuve mucho tiempo de escribirlo. Espero sepan entender y disculpar a este pobre servidor *les sirve refrescos a todos*. He aquí el capítulo 4, un poco corto, pero prometo compensarlo en el siguente :D Y como siempre, gracias por sus reviews, por sus favoritear y followear el fic, miles de millones de gracias :D
Rara vez Greg tenía papeleo pendiente, y cuando lo tenía se dedicaba a resolverlo de inmediato. No es que le gustase esa tediosa tarea, pero le gustaba sentirse libre en su trabajo, y resolver todo con presteza era una de sus características. Aunque en ese momento Greg tenía mucho papeleo por hacer por primera vez en su vida no lo hacía, se sentía sobrepasado viendo a Sherlock sentado tranquilamente en el sofá de su oficina quitándose las pequeñas zapatillas e intentando ponerlas en sus pies nuevamente. Arrugaba su entrecejo porque al parecer, pensó Greg, le era mucho más fácil sacarlas que ponerlas. Durante varios minutos observó su calzado hasta que sus pequeños dedos se cerraron alrededor de la tira de velcro y tiraron de ella. Una tímida y fugaz sonrisa se pintó en su rostro y juntó el velcro para repetir la misma acción varias veces, riendo por lo bajo.
-Lestade, ya resolví el enigma -sus ojos brillaban, pero se notaba que contenía la ingenua emoción de haber aprendido a desprender sus zapatillas.
-¿Qué enigma Sherlock? -movió algunas hojas sobre su escritorio, como si estuviera prestando atención a lo que debía hacer antes de mirarlo interrogante. Se bajó con poca dificultad del sofá y fue hasta Greg.
-El enigma de los zapatos -Greg se sorprendió. De todas las pequeñas frases que había oído salir de la boca de Sherlock en las últimas veinticuatro horas ésta había sido la única pronunciada correctamente-. Cuando salen, salen fácil, cuando entan ¡no entan!
Si Sherlock se hubiera escuchado a sí mismo en ese momento sin saber que era él mismo en pequeño, seguramente se hubiera menospreciado a sí mismo. Greg se preguntó si Sherlock siendo así de pequeño haría que de grande hacía con normalidad, ignorar al resto y seguir en sus asuntos.
-¿Entonces cual es la resolución a tal problema? -Lo miró con toda la seriedad que podía mantener en esos segundos conteniendo las ganas, no sabía si de alzarlo y hacerle cosquillas, o reír del gran Sherlock Holmes descubriendo cómo calzar sus zapatos de niño.
Mientras a su lado Sherlock le explicaba con su voz infantil, raros gestos y movimientos en sus zapatillas, y él asentía con su cabeza sin saber realmente que es lo que le decía.
Sherlock siempre le había parecido un niño pequeño con sus berrinches, sus comentarios hirientes y reacciones infantiles. Veía una infancia algo rota y desordenada en la vida del detective consultor, una adolescencia conflictiva y problemática, y ¡no deseaba ni mencionar la situación en que se habían conocido! Deseaba indagar más sobre esta situación pero sabía que no obtendría nada, entonces hasta esos conocimientos llegaban sus dotes detestivescas.
Constantemente deseaba darle un pequeño, pero saludable puñetazo en el medio de su cara a Sherlock, su actitud lo pedía a gritos. ¡Demonios! él sólo deseaba corregirlo, aunque su diferencia de edad no fuera tan grande, a veces sentía como si fuera su hijo al que debía cuidar del peligro y ante el cual, pocas veces, ceder, pero era Sherlock, para él el término pocas veces no existía.
Pero ahora verlo en realidad como un niño le hacía crecer una ternura inmensa en su pecho. Simplemente deseaba tirarse al piso con él, hacerle cosquillas, enseñarle las pocas cosas que él mismo Sherlock le había enseñado indirectamente, quería verlo disfrutar como un niño. En lo profundo de sus pensamientos creía que de esa forma podía cambiarlo un poco. Tal vez no resultara ninguno de sus esfuerzos, pero deseaba que fuera más... más persona.
-Entonces el lado que pincha se pega con el suave y así se quedan pegadas y no se salen. -Sus ojos gatunos lo miraban expectantes, como si necesitase una aprobación de lo que acababa de exponer.
-¡Excelente deduccion Sherlock! Ahora ponte las zapatillas que vamos a dar un paseo -dijo mirando su reloj.
Sus pequeñas cejas se acercaron y sus labios se apretaron. Dejó sus zapatillas sobre el escritorio y comenzó a correr alrededor de éste gritando ¡No, no, no, no! Ese era otro momento donde deseaba golpearlo cariñosamente, pero sin cariño. Detestaba cuando revoloteaba alrededor suyo sin entender el por qué hacía las cosas que hacía, nadie parecía capaz de seguir la línea de sus pensamientos.
El teléfono de su oficina sonó y Sherlock se quedó duro como una estátua. Como si de un animal salvaje al que no quería asustar, movió su brazo lentamente y atendió la llamada.
-Lestrade -habló.
Durante varios segundos intercambió información con la persona del otro lado de la línea y cortó abruptamente. Sherlock lo observaba en silencio desde donde estaba parado.
-Sherlock, necesito que vengas conmigo -y antes de que pudiera ser interrumpido por un cortante ¡No! que ya venía salir de la boca del pequeño, agregó con entusiasmo y un toque de misterio- ¡Tenemos una misión!
Una sonrisa radiante y llena de brillo fue todo lo que obtuvo por respuesta antes de alzarlo y salir apresurado de su oficina hacia el ascensor.
-¡Lestrade! ¡El papeleo! ¿Dónde demonios se supone que vas? -Donovan se le acercó viéndolo con curiosidad.
-Asuntos personales -espetó siguiendo su camino.
-¿Por qué tienes un niño? Dios, no quisiera saberlo, ¿y el papeleo?
-¡Asuntos personales! -gritó comenzando a correr por el pasillo. Lo último que necesitaba en ese momento era algo que lo retuviera en esa oficina durante más tiempo.
Siguió ignorando totalmente los llamados de Donovan y sus preguntas sobre el papeleo, incluso en su camino chocó con algunas personas sin preocuparse por pedir disculpas. En su costado y sostenido de forma descuidada Sherlock reía con las sacudidas de la carrera hasta el ascensor, acomodándolo decentemente al llegar y accionar el botón de llamada. El pequeño diablillo se había abrazado a su cuello y reía a carcajadas divertido vaya ese pequeño cerebro a saber por qué.
Cuando ambas puertas se deslizaron hacia lo lados, dentro del ascensor la vió. Con su oscuro traje, camisa blanca, zapatos de tacón y su inseparable Blackberry. Ella alzó la vista sorprendida y Greg actuó rápido como nunca antes lo había hecho. Con una breve disculpa presionó todos los botones de los pisos superiores del ascensor y luego el que cerraba las puertas viendo la expresión perpleja en el rostro de Anthea, y nuevamente salió corriendo por las escaleras hacia abajo. Sherlock seguía gritando y riendo aferrado con fuerza a Lestrade.
Ya en el estacionamiento Greg se topó con Anderson, su única salvación en ese momento.
-Anderson, dame las llaves de tu automóvil -Exigió.
El pobre hombre lo veía completamente shockeado, sus ojos fueron del niño en sus brazos hasta su mano extendida frente a él esperando las llaves. Lestrade nunca había sido así de exigente, salvo aquella ocasión donde le pidió que se girase en el departamento del friki, pero eso no era, ni por asomo, tan chocante como en este momento. El gesto disgustado de Lestrade, su mano aferrando con fuerza a esa criatura, la voz demandante, toda su actitud corporal era agresiva.
Sin poder decir ni una palabra levantó su mano apretando las llaves en ella, sin soltarlas. Lestrade suspiró. No tenía tiempo.
-Prometo que por lo menos durante la siguiente semana, no, mejor las siguientes dos semanas no llamaré a Sherlock para ningún caso, sea cual fuere. No lo verás en dos semanas completas. Ahora sueltalas.
Anderson seguía dudando, su mano apretaba fuertemente es manojo hasta que por fin habló.
-Tres semanas sin el friki -dijo a modo de cerrar el trato-. Esto es el cielo, ¡y por el módico precio de prestarte mi auto! -Con un gesto de satisfacción soltó las llaves y siguió su camino cantando una extraña canción.
Al salir de Scotland Yard la seguridad de Mycroft estaba en la acera, frente al estacionamiento, esperando con seguridad ver salir el auto de Lestrade. Anthea estaba parada al lado de un elegante auto negro, uno de los tantos de su pareja, esperando verlos aparecer. Salió con tranquilidad y se alejó sin levantar ninguna sospecha. Con toda seguridad él no tenía el intelecto e ingenio de los hermanos Holmes, ni siquiera de la extremadamente inteligente secretaria de Mycroft, pero el conocerlos tenía más ventajas de las que ellos mismos podían imaginar.
Greg sabía lo posesivo e histérico que Mycroft se ponía cada vez que su hermano hacía una de las suyas solamente para disgustarlo. Por lo tanto, también sabía que Anthea aparecería a buscar a Sherlock, él no era estúpido. Por esa misma razón había arreglado con la recepcionista de turno le avisaran en cuanto ella llegase al edificio. No había calculado bien el tiempo del ascensor, pero los días de su adolescencia haciendo bromas pesadas a la gente que usaba el ascensor le sirvieron para pensar rápido. De camino hacia abajo y al cruzarse con Anderson hizo una conexión instantánea de que al salir con su auto comenzarían a seguirlo o lo más factible, no lo dejarían salir del estacionamiento. No con Sherlock.
Sonrió como hacía mucho no lo hacía. Había vencido a Mycroft. No literalmente. Por lo menos a Anthea. Eso le daba cierta satisfacción. Esperaba que ahora su novio tuviera más confianza en él, que también deje decisiones en sus manos. En un semáforo acomodó el cinturón de seguridad de Sherlock, viéndolo dormir arrullado por el movimiento del automóvil.
Imaginó a Mycroft rodando los ojos y haciendo una mueca con la boca por el mensaje que Anthea le habría enviado avisándole del fracaso de su misión de recuperar a Sherlock. Y rió.
La reunión no había terminado cuando recibió el mensaje de su predilecta y más eficaz empleada.
Huyeron. Ambos.
Rodó los ojos antes de ponerse en pie con una rápida y protocolar excusa sobre asuntos sumamente privados e importantes, y se retiró con su ya muy estudiado saludo de disculpas. Pasó por su oficina a retirar sus pertenencias, y al entrar al coche negro que lo esperaba solamente murmuró: Al club Diógenes, y su vista se perdió durante el resto del trayecto en un punto inexistente fuera del vehículo.
Gregory era una persona increible; atento, gentil, amable, alegre, sincero, honesto, fiel, aunque entre otras características también era impulsivo, torpe e idiota. Por esa razón él tenía que escucharlo siempre, cada una de las palabras que salían de su boca tenían que ser oídas y acatadas. No por nada, y por más de que lo negase, él era el gobierno en persona.
Sus decisiones eran pesadas, medidas y evaluadas minuciosamente, analizando cada variante que podría surgir individualmente de cada una de ellas. Estudiaba qué situaciones eran plausibles y cuáles no, y en base a un pequeño pero meticuloso análisis, él decidía. Y luego de todo eso Gregory tenía un impulso irracional y deshacía toda esa línea de decisiones que él ya había tomado, arruinando todo.
En primer lugar no tomó en consideración que se había llevado a un niño. No tomó en consideración el tipo de trabajo que él ejercía y los riesgos que conllevaba tener a una pequeña criatura con él en su área laboral, aunque fuese por unas horas. Y por sobre todas las razones ¡No había pensado que ese niño era su hermanito!
Tampoco tomó en consideración el hecho de que él ya había planeado una forma de solucionar el tema con mayor rapidez y eficacia. Anthea. Ella era siempre la mejor opción, e incluso sabiendo que ella era una extensión de él, había huido con el pequeño Sherlock hacia solo Dios sabía dónde y Anthea todavía no daba con el paradero de ambos.
Gregory estaba siendo inusualmente inteligente. Una pequeña dicotomía comenzó a debatir dentro suyo; el orgullo, hinchando su pecho, al saber que Gregory era listo, pero no como cualquier persona, sino lo suficientemente listo como para evadir a un Holmes tan limpiamente. Probablemente no fuera tan idiota como creía. Contrariamente sentía un profundo pesar, casi un sentimiento de decepción, por el mal accionar de su pareja, ¿acaso no tenía la suficiente confianza en él como para dejar esas decisiones en sus manos? Él era lo suficientemente inteligente como para saber que, a su modo, todo saldría a la perfección.
¿Y que había sido esa explosión de celos en la mañana? Por amor a la reina, si Anthea solamente era su empleada, la única que, a rajatabla, cumplía con cada una de sus peticiones, y lo hacía con una efectividad envidiable. Y si él tomaba esas decisiones era porque velaba por el bien de ambos, o en este caso de los cuatro.
En su bolsillo vibró el celular de Gregory y sus pensamientos se desvanecieron. Tomó el aparato con cierto reproche en sus ojos. Un mensaje de Sally Donovan exigiendo a Greg reaparecer en la oficina a completar su trabajo.
Greg. ¿Por qué le decía Greg cuando su nombre era Gregory? Al parecer sus subordinados sentían un nivel de confianza hacia su pareja lo suficientemente alto como para acortar su nombre.
Definitivamente esa misma noche tendrían una larga conversación.
¿Cuánto tiempo llevaba el automóvil detenido? Se apeó y se adentró con calma en el edificio, saludando con una silenciosa sonrisa y un asentimiento breve a quienes lo miraban en su paso hasta su oficina. Al entrar se sentó, dejando junto a su sillón el maletín y paraguas, frente a Anthea, que lo observaba nerviosa.
-¿Qué quieres decir con que se escaparon? -la observó detenidamente antes de percibir un pequeño detalle-. Espera un segundo ¿dónde está el doctor Watson?
Se removió nerviosa antes de contestar.
-Sherlock por favor, ¡quédate quieto!
Greg caminaba de un lado hacia otro, revisando cada rincón del departamento de Sherlock. Dentro del desastre que había pudo recuperar algunas cosas que a él sí le parecían útiles para hacer una investigación en paralelo y por su propia cuenta sobre lo que Sherlock habría hecho. Antes de volver al piso de Mycroft debía comprar un par nuevo de zapatos para Sherlock porque los suyos habían quedado sobre su escritorio en su oficina.
-¡Lestade, me abudo! -refunfuñó.
-Bien, mira -le sacó los calcetines y le comenzó a frotar los pies contra la alfombra -. Sigue haciendo eso por un rato, luego te mostraré un experimento genial. Créeme.
Mientras Sherlock, esperanzado por un acontecimiento impresionante seguía fregando sus pies en el pedazo de tela, Greg siguió revolviendo la cocina, las habitaciones y la sala, antes de guardar en un bolso de John varias cosas que creía podían serle de utilidad.
Tomó la calavera de Sherlock y el estetoscopio de John también. Seguramente los extrañarían inconscientemente.
Corrió frente a Sherlock y con una sonrisa le dijo que le tocase la nariz. Segundos después, ambos estallaron en carcajadas.
Mycroft entró corriendo a su departamento gritando el nombre del John, sin preocuparse por acomodar apropiadamente sus pertenencias. El bolso y el paraguas quedaron amontonados junto a su largo abrigo y el control sobre su persona. Revisó cada una de las habitaciones hasta que decidió entrar en la suya propia.
En su cama estaba Sherlock hablando con su calavera y a su lado, recostado sobre el pecho de Gregory, John. Cuando Mycroft lo llamó con voz calma John giró en silencio y lo miró con sus ojos llenos de lágrimas, dolidos, y su nariz chorreando mocos. Tras pocos segundos rompió en un angustioso llanto y estiró su mano hacia él.
Gregory no lo veía de ninguna forma en particular. Sus finos labios estaban apretados antes de separarse y decir de forma neutra:
-Tenemos que conversar Mycroft.
