Cuarto capítulo: "Instinto de supervivencia"
DISCLAIMER: Hetalia y todos sus personajes son propiedad de Himaruya Hidecaz.
La historia es original de Mely-Val.
ADVERTENCIA: Situaciones muy violentas, sangre, nombre de personajes humanos.
El germano no gimoteó ni se quejó mientras la húngara le trataba las heridas con una delicadeza que solo una mujer podía poseer. No parecía desagradarle en lo más mínimo, es más, no quería que termine. Ahora que no estaba Roderich podía pasar más tiempo con ella sin tener que estar soportando su irritante presencia. Frunció el ceño, pensativo, incluso si ella se la pasaba peleando con él la mitad del tiempo… quizás Iván le había hecho un favor, ahora podía disfrutarla como siempre había querido.
Desconocía cuales eran sus sentimientos hacia él, pero ella siempre había mantenido una llama encendida dentro de su ser… Aunque no lo supiera, ni el tampoco durante mucho tiempo. No recordaba cuando fue el momento en que se dio cuenta que la estaba comenzando a ver con otros ojos. Él, la gran y orgullosa nación, la mejor de todas, la nación trabajadora y prolijamente militar que dio origen a Alemania.
Al principio creyó que era porque le daba celos que Austria estuviera con su amiga/rival, mientras que él tenía una aguerrida pero solitaria vida. Pero cuando le tocó ocuparse de criar a Ludwig, notó que no eran celos, sino más bien algo más que poco tenía que ver con su primo princeso. Cada vez que la escuchaba, tenía una sensación extraña en el pecho, algo que nadie le había hecho sentir jamás.
― He terminado Gilbert ― La húngara interrumpió y cortó su cadena de pensamientos ― Sanarás pronto ― Le aseguró mientras terminaba de ajustar la última venda alrededor de su torso.
Gilbert se decepcionó que terminara tan rápido, sin embargo, se limitó a asentir con la cabeza. Notaba que la muchacha estaba seria, sin siquiera fastidiarlo como era lo usual. Su mirada parecía perdida en las vendas.
Curioso, abrió la boca para preguntarle cual era el problema, pero ella se adelantó…
― No entiendo que es lo que le está pasando a Iván… ― Se preguntó pensativa ― Está actuando demasiado extraño. El no suele tener cambios de humor tan repentinos y extremistas. Por lo general suele ocultarlo todo bajo su sonrisa sin perder el control.
Gilbert se mantuvo callado frente a su observación. Estaba completamente de acuerdo, pero no sabía si debía confiar en abrirse y decir lo que pensaba. Ella podría traicionarlo y frustrarle el plan de volver con su hermano.
Po más de que la quisiera, él estaba solo. No podía confiar en nadie más que en él y en sus brillantes estrategias que le habían salvado la vida tantas veces.
Elizabetha dejó entrever algo de desilusión en su mirada al notar su falta de respuesta. El germano estaba acostado boca abajo con la cabeza en la almohada mirando a la pared, con ojos rojos fríos y calculadores. Confiaba en él cómo confiaba en su mejor amigo polaco, lo conocía desde que era un pequeño teutón mequetrefe y entendía su lenguaje corporal. El germano no se sentía cómodo en exponerle lo que pensaba y eso le dolía de alguna manera.
Soltó un pesado suspiro en el silencio, levantándose para marchar y llevarse el calor corporal que mantenía caliente y a gusto el torso desnudo del prusiano.
― ¿Sabes…? ― Comentó casualmente, agarrando la perilla de la puerta ― Puedes confiar en mí, Gilbert ― Sonrió con pesar, a la vez esperando que Él captara la indirecta.
El germano frunció el ceño al escucharla salir de la habitación. Realmente quería confiar en ella, pero necesitaba pruebas. Él era un hombre de hechos, tuvo que valerse solo y por su propia fuerza para crecer y abrirse paso entre los grandes, no como su primo austríaco que lo solucionaba todo mediante matrimonios. Él necesitaba algo que le dé la certeza de poder confiar en ella y volverla su aliada. Pero solo le podría dar una oportunidad, si le llegaba a fallar, nada volvería a ser como antes… por su hermano. Si ella le fallaba, entonces equivaldría a que él le falle a Ludwig. Le dio su palabra de que volverían a estar juntos y eso es lo que iba a hacer, cueste lo que cueste.
El resto del día transcurrió con calma, en comparación con lo que había sucedido al medio día. Con Iván fuera del camino, todos hicieron lo que se les apeteció, ya sea evitar hacer sus tareas o directamente irse a dormir sin siquiera comer juntos.
Sin embargo, de entre todos ellos, el lituano aún no podía conciliar el sueño. Habían acontecido tantas cosas en tan poco tiempo, que aún lo estaba procesando. Nuca se imaginó que llamar a Alfred iba a causar tanta conmoción… y eso que el polaco se lo advirtió, pero no lo escuchó, o más bien no quiso escuchar. Ahora había metido la pata e Iván sospechaba de todos… esto no era bueno. No quería ni pensar lo que haría el ruso si se enteraba que había sido él, su sirviente más leal, o amigo, como Rusia solía pensar.
Se levantó abruptamente en medio de la oscuridad con el deseo de tomar un vaso de agua, necesitaba disipar su mente que lo tenía apresado.
Caminó por el extenso pasillo hasta el baño que estaba cerca del principio de las escaleras a la planta baja, cuando notó una luz proveniente de abajo. Curioso, bajó en puntas de pie evitando que crujiera la madera vieja y siguió la proyección en el suelo hasta dar con nada más ni nada menos que el estudio de Iván.
Notó que la puerta estaba un poco entreabierta filtrando la única luz de la casa, proveniente del fuego del hogar aún encendido. Entonces, lentamente se acercó para espiar por la abertura, sin embargo, no vio nada fuera de lugar, hasta que se percató de un suave murmullo del interior.
Sonaba como un canto o tarareo en voz baja de tonalidad melancólica. De hecho, ahora que prestaba más atención reconocía esa melodía, solía escucharla de niño. Era una antigua canción eslava que trataba sobre un desafortunado niño que había sido víctima de una maldición.
Cuando se enfocó en reconocer la letra, el apacible canto se extinguió de pronto como si se lo hubiera llevado el viento. Extrañado, Toris se vio forzado a observar un poco más dentro de la habitación.
La sala parecía estar desierta si no se tomaba en cuenta la cantidad de botellas vacías de vodka esparcidas por el suelo, pero su atención volvió a captar aquel melódico tono, habiéndose vuelto ahora más bien un susurro. Lo buscó en cada sector y recoveco hasta dar con una figura negra en la esquina más oscura y lejana.
― ¿Rusia? ― Preguntó en voz baja mientras se acercaba. El ruso le miró con ojos vidriosos y parpados caídos sentado contra la pared, sosteniendo una botella medio vacía en la mano.
"Otra vez se alcoholizó hasta el olvido", pensó el lituano mientras se arrodillaba frente a él.
El ruso estaba apenas consiente, sin embargo, parecía estar ignorándolo.
― Iván… ― Le llamó con voz seria, atrayendo una leve atención. ― ¿Puedo sentarme aquí un momento?
Sus ojos chispearon de vuelta a la vida un fragmento de segundo, mas, eso fue toda la emoción que recibió.
― Voy a tomar eso como un Sí ― Se aventuró a sentarse junto al hombre corpulento que ni siquiera se dignaba a mirarlo, aunque Lituania podía percibir como bajaba la guardia de a poco.
Se veía peor que la última vez, sus ojos estaban rojizos, probablemente culpa del alcohol y lágrimas, contrastando con el inusual violeta de su iris por encima de unas pronunciadas ojeras que le daban una apariencia frágil y enfermiza. La mirada era inexpresiva, como el resto de él, aun así, Lituania podía ver a través de esa fachada, percibiendo su humillación, soledad y tristeza.
― Olvídate de lo que sucedió hoy, ya es cosa del pasado ― Trató de razonar con él, sin embargo, el ruso continuaba apagado, como si ni siquiera lo hubiera escuchado, hasta que Toris apoyó una mano sobre su hombro trayéndolo a la vida, como si se tratase de darle rosca a un muñeco de cuerda.
― Realmente estas… aquí ― Dijo sorprendido, con voz baja y rasposa.
― Claro que estoy aquí. No me estas soñando ― Sonrió Toris animándolo.
― Creí que no le importaba a nadie ― Bajó avergonzadamente la cabeza escondiendo su rostro en la gruesa bufanda.
― No digas eso, sí que nos importas ― Le mintió muy a su pesar. Aun así, la falta de respuesta del ruso demostró que tampoco le creyó, por lo que permanecieron callados durante unos incómodos minutos.
― ¿Qué estabas buscando hoy temprano por la mañana? ― Le cambió de tema buscando romper el hielo.
― ¿Hoy…por la mañana? ― Respondió desconcertado ― Nada, estaba durmiendo.
― No. Cuando fui a preparar el desayuno te vi, estabas a oscuras en la cocina ¿No lo recuerdas?
Iván frunció el ceño esforzando su mente nublada de alcohol.
― No fui a la cocina Toris, no me sentía bien como para levantarme tan temprano.
― Sí que lo hiciste. Estabas agachado y me dijiste que estabas buscando algo, luego te marchaste diciendo que no tenías hambre y que no ibas a desayunar ― Explicó extrañado, creyendo que Iván estaba jugando con él.
― Toris, voy a confesarte algo… ― Cambió a tono grave mirándolo directamente con ojos enrojecidos ― No dormí en toda la noche de ayer. No pude, no me sentía bien y tampoco tenía la fuerza suficiente para levantarme. De hecho, fue por la madrugada cuando peor me puse. Sentí un dolor fuerte en todo el cuerpo, apenas me permitía pensar ― Explicó inquieto.
Lituania frunció el ceño, no sabía si creer en sus palabras. Rusia no era de mentir así, por lo general eran los demás los que le mentían. Pero parecía estar convencido de su relato y eso le confundía aún más. ¿Sera que estaba demasiado ebrio como para recordarlo? Sin embargo, también le reveló como se sintió la noche anterior y eso no era poca cosa. El ruso generalmente era estoico y resistente, nunca expresaba sus debilidades en público.
― Y dime… ¿Qué fue lo que te sucedió aquella noche cuando saliste bajo la nieve? ― Le urgió preguntar más profundamente ― ¿Te atacó un hombre lobo o algo por el estilo? ― Preguntó medio en broma medio serio, recordando el almuerzo del medio día cuando Iván atacó fuera de sí.
Rusia lo quedó mirando unos minutos sin reaccionar hasta que no se pudo contener más y soltó fuertes carcajadas, potenciadas por el alcohol en sangre, mientras que el lituano se sobresaltó e intentó callarlo antes de que despertara a todos.
― No seas tontito ― Le pellizcó las mejillas fuertemente sin medir su fuerza ― Los hombres lobo no existen Liet ― Explicó riendo con lágrimas.
― ¿Y que fue entonces? No hay un animal que pueda hacerte ese nivel de daño ― Exclamó agotándosele la paciencia.
― Un oso ― Respondió con simpleza.
― ¡¿Un oso!? ― Repitió atónito.
― Da. Me adentré un poco en el bosque y me atrapó la tormenta de nieve, entonces fui a refugiarme bajo un árbol cuando apareció un oso y me atacó. Verás, he luchado con osos toda mi vida, pero este dio una buena pelea, tomando en cuenta que era gigante. El oso más grande que haya visto ― Relató pensativo.
― ¿Estás seguro que era un oso? ¿No notaste algo extraño? ― Preguntó sin cerrarle del todo la historia.
― Ahora que lo dices… ― Se rascó la barbilla pensativo ― …me pareció que tenía un extraño color de ojos, como si fueran… verdes. Pero tal vez fue mi imaginación, estaba demasiado ocupado en matarlo en ese momento ― Sonrió lúgubremente.
Lituania pensó en sus palabras, sin embargo, el estar apoyado contra su masa cálida y mullida le provocaba un repentino sueño que fue cayendo sobre él como una reconfortante manta, e Iván ya con el alcohol haciéndole efecto, se acomodó mejor para que el lituano descanse sobre su pecho mientras que él, al ser más grande, apoyaba el mentón sobre su cabeza cuidadosamente y lo envolvió en un abrazo protector. Si no fuera porque estaban muy cansados y cómodos para pensar, no habrían hecho esto jamás, al menos no Lituania sin embargo el ruso era otro tema. Él no tendría problema para la incomodidad de los demás.
Las horas trascurrieron y Toris solo se despertaba de a ratos al sentir al ruso acomodándose adormilado detrás suyo, pero el calor que emitía y el pecho subiendo y bajando lentamente le arrullaba a caer nuevamente en un profundo sueño hasta el amanecer.
Iván despertó abruptamente por culpa de un fuerte golpe en la cabeza. Abrió los ojos, confuso, sin entender que estaba pasando, pero algo volvió a pegarle en la sien arrojándolo violentamente al suelo.
― ¡Despierta! ― Le ordenó una voz desconocida, pateándolo dolorosamente en las costillas.
Sobresaltado, se levantó de un salto con sus sentidos en alerta viendo que había cuatro hombres de las fuerzas especiales en el estudio apuntándole armados, reconociendo sus uniformes de la KGB.
― Al fin te despiertas ― Exclamó el superior a cargo del pequeño grupo. ― Recibí la orden de interrogarte por la llamada a USA y te encuentro durmiendo así ¿Qué tienes para decir al respecto Braginski? ― Inquirió con voz gruesa y autoritaria, fulminándolo con la mirada.
Rusia frunció el ceño reconociendo al general Kurishov, el más infame del servicio secreto. Era famoso por su crueldad y sadismo, su pasatiempo favorito era disfrutar "cuestionando" a sus víctimas. Cada vez que él era castigado, Kurishov era el primero en ofrecerse para atormentarlo. Recordó, flexionando inconscientemente sus dedos pensando la última vez que se los rompió a golpes con una regla de madera.
― Me sentía mal ayer por la noche y Lituania cuido de mí, señor ― Se excusó.
― ¿Ah sí? ¿Sentados en la esquina del estudio? ― Le tomó el pelo acercándose hasta quedar frente a frente, o mejor dicho, frente a mentón, ya que el general por más que era considerado alto, no llegaba a la estatura de su nación.
― Quiero que me respondas fuerte y claro ― Ordenó ― ¿Quién-llamó-a- Estados Unidos?-.
Lituania sintió que se le detuvo el corazón por un momento, sin embargo, Rusia mantuvo su usual calma.
― No sé de qué estás hablando ― Respondió casualmente, para sorpresa de todos.
El hombre apretó furiosamente los dientes y lo acercó a su nivel tirando del cuello de su casaca, haciendo que se incline.
― No juegues conmigo. Se supone que debes ser una nación fiel ¿O tal vez te hace falta otro correctivo? ― Sonrió con malicia.
Rusia no pareció reaccionar a su amenaza, sin embargo, rompió contacto visual dirigiéndose al lituano.
― Toris. Necesito que vayas a preparar algo para nuestros camaradas ― Solicitó, pero con un mensaje oculto que el lituano reconoció muy bien. Literalmente le estaba pidiendo que se fuera por su propio bien.
El castaño asintió nervioso mientras que los tres soldados le clavaron la mirada al salir a paso rápido fuera de la sala, sin embargo, cuando estaba caminando a la cocina vio por el rabillo del ojo a uno de los hombres salir despedido del estudio, estrellándose de espalda duramente contra la pared opuesta seguido por ruidos de disparos que despertaron a todos en la casa.
Toris parpadeó perplejo con la mente en blanco viendo al soldado caído unos segundos hasta que por fin reaccionó. Rusia acababa de mandar a volar a uno de los hombres. Su corazón dio un vuelco y corrió al estudio esperando ver un desastre, y exactamente eso se encontró, o algo peor…
El soldado estaba inconsciente con líneas de sangre recorriendo su frente, seguramente a causa del impacto, mientras que, dentro del estudio, los dos soldados le apuntaban en la sien a Rusia a la vez que él agarraba fuertemente del cuello al general suspendiéndolo en el aire, esbozando una sonrisa aterradora en su rostro.
― ¡Co-como te atreves! ― Gritó medio ahogado Kurishov, sacando rápidamente del cinto una pequeña pistola que presionó contra su tórax ― Pagarás por esto.
Toris no llegó a reaccionar cuando le vio jalar del gatillo e Iván lo soltó instantáneamente, retrocediendo bruscamente con una mano en el pecho hasta chocarse contra la pared y mancharla con marcas de su espalda ensangrentada en el proceso.
Los dos soldados aprovecharon la oportunidad para ayudar a incorporar a su general que estaba tosiendo de rodillas en el suelo, mientras que Lituania pasó tras ellos para asistir a la nación herida. Sin embargo, paró en seco cuando se acercó.
Iván estaba temblando con la cabeza gacha forzando sus ojos cerrados, respiraba agitadamente con sus hombros subiendo y bajando con esfuerzo, pero no era eso lo que le advertía a Toris correr en dirección contraria, sino más bien sus amenazantes gruñidos bestiales.
Se levantó alarmado y retrocedió, abriendo las manos tratando de verse inofensivo, pero se detuvo de pronto al ser agarrado alrededor del cuello por detrás por el mismo Kurishov, que le puso el arma en la cabeza.
― No eres tan fuerte ahora ― Rio ásperamente entre dientes ― levanta las manos Braginski, vendrás conmigo si no quieres que mate a tu amiguito y provoque otra guerra civil en Vilna ― Amenazó reteniendo al lituano que apretaba sus puños lleno de rabia.
Rusia respondió enderezándose tambaleante mientras se sostenía contra la pared, sin embargo, en el momento que abrió sus ojos, ambos se impresionaron al ver un intenso color ámbar apoderándose de su usual violeta, como si fuera una mancha de tinta amarilla esparciéndose sobre papel mojado.
― ¡Basta de trucos muchacho, no me asustas! ― Hizo ademán con la cabeza a sus dos soldados ― dispárenle, me lo llevaré arrastrando si es necesario ― Ordenó.
Los hombres asintieron alzando las armas preparándose para disparar, pero fueron interrumpidos inesperadamente por Letonia entrando a la habitación con la boca tan abierta que por poco se le caía.
― ¡Por dios! ― Gritó llamando la atención de todos a medida que llegaba el resto de las naciones.
El tiempo se congeló en ese instante. Raivis apuntando desde el marco de la puerta con la boca abierta a Toris siendo sujetado por un general con un arma apuntándole la sien, mientras que dos soldados rodeaban a un Iván ensangrentado sosteniéndose a duras penas con una mano contra la pared.
― ¡Ósea, como ¿Qué está sucediendo?! ― Exclamó el polaco rompiendo el frágil equilibrio del momento, y de pronto cayó un soldado pesadamente al suelo con el ruso encima ― Esto es la nada de fabuloso…
El hombre luchó con todas sus fuerzas para sacarse a la corpulenta nación de encima mientras daba manotazos ciegos para agarrar el arma que había soltado accidentalmente, sin embargo, Iván se percató y sonrió sádicamente tomando su brazo con una sola mano y así se lo dislocó de un solo tirón, como si se tratara de un frágil muñeco.
El grito desgarrador heló la sangre de las naciones que miraban estupefactos sin saber si interferir, por miedo a que el general tomara represalias con la intromisión del jefe de Rusia. Entonces, el segundo soldado reaccionó saliendo del estupor y dio dos tiros a su espalda desprotegida, mas, Iván no se movió de encima de su presa, demasiado concentrado en el éxtasis del momento cuando de pronto clavó la mirada en trance sobre su cuello, sintiendo un repentino y extraño impulso. Profirió un profundo y vibrante gruñido a escasos centímetros de su cara y hundió violentamente la filosa dentadura en su yugular como un animal salvaje, desangrándolo con los prominentes colmillos.
Kurishov gritó colérico repuntando a su cabeza, pero Iván lo percibió en el momento exacto y se movió en acto reflejo dándole en su hombro derecho.
― ¡Deja de resistirte, te llevaré lo quieras o no! ― Vociferó enajenado de ira pero justo en ese instante alguien aprovecho y le pegó fuertemente con una pala detrás de la cabeza haciendo que se desmaye y caiga al suelo.
― Dios ¡Qué está pasando aquí! ¿Quiénes son ellos? ― Gritó Edward frenético, sacudiendo de los hombros al pobre lituano que estaba tan aturdido como él.
― Chicos… ― Les alertó Raivis en tono nervioso, mientras aferraba la pala a la que acababa de dar un buen uso.
Iván los miraba agazapado como una bestia, emanando exhaustos gemidos guturales. Su apariencia se veía distinta, no recordaban que fuera tan robusto, de hombros anchos como un ropero, ni su complexión igual de trabajada que la de Ludwig, de hecho, su constitución era aún más grande y maciza, acorde a su título: "El país más grande del mundo".
Rusia siempre solía disimular su tamaño, llevando una larga bufanda sobre sus anchos hombros, usando un largo abrigo que lo hacía parecer gordo y quizá menos alto de lo que era en realidad, pero ahora, con su vestimenta deshilachada en jirones, exponía su verdadera capacidad.
El último soldado de pie retrocedió en alerta recargando el arma, pero el sonido empeoró la situación aún más, inquietando al ruso que lo interpretó como una amenaza directa y se irguió en su dirección enseñando los ensangrentados colmillos que rozaban su labio inferior.
Aterrado, el hombre actuó dejándose llevar por mero instinto y le perpetró un disparo en una de las piernas. Pero lejos de derribar al ruso, lo único que logró fue darle rienda suelta a su ira, provocando que se abalance sobre él en un instante y lo estampe brutalmente contra la pared.
― ¡Iván, suéltalo! ― Demandó Toris entrando en pánico, pero él no lo escuchó.
Tomó firmemente al hombre de su cabeza con una mano arrastrándolo por la pared hasta quedar a su altura.
― ¡Espera, no! ― Le gritó Edward sin dar crédito a lo que estaba viendo. Rusia estaba a punto de matar a uno de los suyos, a su propia sangre, a uno de sus hijos. Tenía que estar demente como para hacer eso. Cada daño que el hiciera a su gente, lo sentiría en carne propia tarde o temprano, era prácticamente una regla de las naciones.
El hombre trató de soltarse desesperadamente sin embargo el ruso lo tenía agarrado con fuerza de hierro, entonces en un movimiento rápido y preciso hundió su mano en forma de garra en el pecho y luego la extrajo con la misma salvajez, sin penas ni remordimientos, acabando con su vida.
Todos se quedaron estupefactos, intentando digerir lo que acababan de ver con los ojos bien abiertos. Nadie decía nada, pero sus expresiones lo decían todo.
Mientras tanto, Rusia dejo caer el cuerpo sin cuidado y se quedó observando detenidamente su mano ensangrentada con un extraño interés. Flexionó sus largos dedos notando las grandes uñas curvas y filosas vueltas en garras para luego acercarlas lenta y temblorosamente para lamer la sangre que parecía estar pulsando en sintonía a las fuertes palpitaciones que retumbaban en sus oídos como un tambor.
― ¡…sia-Rus-Rusia! ― El grito lo sacó del trance haciendo que se gire completamente y mire al desconcertado grupo, provocando que retrocedan alarmados.
Su postura y apariencia poseían fuertes características bestiales. La ropa estaba totalmente desgarrada en sus mangas y piernas, exponiendo un extraño pelaje platinado en parte de sus brazos, codos y piernas. Sus pies se habían vuelto alargadas patas lobunas que habían deshecho sus botas y sus orejas sobresalían un poco de su desordenado cabello, puntiagudas parecidas a las de un elfo solo que aterciopeladas del corto y fino pelaje platinado.
― ¿I-Iván? ― Se animó a llamarlo la húngara, de entre todas las naciones aterrorizadas de su aspecto.
El ruso la observó curioso y torció la cabeza igual que un perro cuando no comprende, sin embargo, no hizo nada más que eso.
― ¿Acaso esto es una broma? ¿Una broma de muy mal gusto? ― Se preguntó el polaco, sin creer lo que estaba viendo ― ¿Resulta ser que ahora Rusia se volvió un perro?
Raivis soltó una fuerte carcajada por su comentario, pero Gilbert le tapó rápidamente la boca haciéndole un gesto de silencio.
Sin embargo, el ruso cambió repentinamente a un semblante agresivo y avanzó gruñendo desde lo más profundo de su pecho con los demás casi sintiendo las vibraciones en sus propios cuerpos.
― No me gusta la forma en que nos está mirando ― Resaltó nerviosamente Feliks.
― Debe estar viéndonos como sus enemigos o… tal vez sus presas ― Opinó Elizabetha.
― Tengo una idea ― dijo seriamente Edward, ajustándose los lentes ― Hay que distraerlo y noquearlo de un golpe entonces luego lo atamos.
― Suena como un plan, aunque a juzgar por como despedazó a esos hombres, no tengo mucha fe en que funcione ― Opinó la mujer.
― Yo me ofrezco, cuanto antes acabemos con esto, mejor ― Dijo Gilbert mirando casi de forma analítica a Rusia, luego se separó del grupo para tomar un arma del suelo.
― Chicos, debemos separarnos todos así va a ser más difícil para él hacernos daño ― Acotó Toris y rodearon al ruso en un círculo, pero manteniendo la distancia.
― ¡Hey bebé grande! ¡Ven aquí! ― Le gritó Gilbert apuntándole con el arma, pero sin intenciones de dispararle y herirlo más de lo que ya estaba.
El ruso rugió y se lanzó sobre él de un salto tan rápido que no le dio tiempo de esquivarlo entonces el prusiano le propinó una fuerte patada en el estómago sacándoselo de encima y rodando hacia un lado. Rusia se incorporó de inmediato y dio un zarpazo ascendente con sus elongadas garras logrando rasgar su uniforme y rozando escasos centímetros de su cara.
― ¡Rusia, mira lo que tengo! ― Le llamó repentinamente Edward desde la entrada del estudio.
Iván alzó la cabeza olfateando el aire para luego tornarse a su dirección y relamerse los colmillos con expresión hambrienta.
― Debe estar muy hambriento ― Opinó la húngara, juzgando su expresión.
― Si… de hecho, él no ha comido desde hace ya casi tres días ― Delató el lituano, observando a Estonia extender el trozo de carne cruda en su mano.
― ¿Qué? ¿Lo estás diciendo enserio? ¿Por qué no nos lo habías dicho antes? ― Preguntó en exclamación la húngara.
El bajó la cabeza sintiendo culpabilidad.
― … Porque yo tampoco me había dado cuenta.
Rusia relajó un poco su postura y fue hacia Él con cautela, mientras que el estonio retrocedió hasta el pasillo con la intención de llevarlo a algún otro sitio conveniente a la vez que todos lo siguieron a su espalda, aunque manteniendo cierta distancia.
― Necesito de su ayuda para guiarlo hasta el sótano ― Les pidió nerviosamente Edward, manteniendo un tono de voz moderado para no alterar a Iván.
― Es fácil, como que, tira ese trozo… ¡Y él lo seguirá hasta el sótano! ― argumentó el polaco a espaldas del ruso, como si fuera obvio.
Edward arqueó una ceja escéptico, sin embargo siguió su consejo. Abrió la puerta y lanzó el trozo frente a sus ojos a la oscuridad escaleras abajo, pero contrariamente a lo que se imaginaron, el ruso se quedó parado allí mirando con desconfianza tanto al estonio como al cuarto oscuro.
― ¡Adiós Rusia! ― Exclamó Raivis de repente, propinándole una patada voladora que lo tiró escaleras abajo, dejándolos a todos sin palabras.
― ¡LETONIAAAAAA! ― Gritó impactado Estonia, mientras que los demás cerraban rápidamente la puerta antes de que el ruso terminara de subir los escalones.
