Me tarde un poco, pero estaba bloqueada.
No tengo mucho que decir hoy, así que... lean.
Historia hecha sin fines de lucro.
Los personajes no son míos, sino de Rumiko Takahashi.
Hate or Love
Capitulo 4
Cerré la puerta y me apoyé en ella. Mi corazón latía desenfrenado, en cualquier momento se saldría de mi pecho. Me iba a dar algo, eso era seguro. Primero me emborracho y pierdo la conciencia, tal y como dije que era un riesgo fue lo primero que hice. Cinco margaritas de un solo, estoy loca. Luego aquel tipo intenta tocarme e Inuyasha me defiende.
Inuyasha…
Me desmayé antes de saber quien ganó la pelea. Me sentía fatal por tanto alcohol en mi organismo. Desperté en su auto, pero luego me dormí. Cuando desperté (de nuevo) me encontraba en su habitación, y me sentía como una niña pequeña secuestrada. No preguntes por qué, porque no lo sé. Me ofreció café y yo se lo negué, luego… Todo está un poco borroso.
Pero lo que tengo MUY CLARO es que él trató de aprovecharse de mi ebriedad. Gracias a Dios recuperé la conciencia a tiempo. ¿Qué habría pasado, sino? Me sonrojé sólo al pensarlo. Escuché unos pasos en las escaleras, por lo que me paré recta y me arreglé el vestido. Era Koga. Y estaba muy enfadado.
–¿Me puedes decir qué te pasó? –inquirió, sentí como si fuera mi padre.
–Tomé ¿Feliz? –dije tratando de pasar, él me lo impidió.
–Eso lo noté, ¿Por qué desobedeces siempre?
–¿Desobedecer?
No entendía nada.
–Sí, te dije nada de chicos… Y tienes el labial corrido.
Sentí que iba a morir ahí mismo. Me arreglo todo el maldito maquillaje… menos el labial, el más importante.
–¿Qué sucedió con Inuyasha? –lo miré con tristeza.
–No sucedió nada… –me miró sin creer una palabra –nada malo
–Necesito saberlo
–¡Cuando esté preparada para decírtelo lo haré! –lo empujé y subí a mi habitación.
Las lágrimas rondaron mis mejillas de nuevo. Por poco y soy una más de su lista. De su extensa lista de conquistas. No puedo dejarme convencer, pero parecía tan sincero, tan gentil, amable, caballeroso, apuesto, honesto, respetuoso…
Por favor, Kagome, despierta y ve la realidad.
Sí, mi conciencia tenía razón. Yo casi soy un juego más. Casi pierdo en el 'inocente' juego de la seducción. Pero dos podemos jugarlo, eso ténganlo por seguro. Sonreí mientras me limpiaba las lágrimas y entraba a mi habitación. Tuve la desgracia de que mi cuarto estuviera a la par del de Sango, y pude escuchar cuando Koga entró a reclamarle.
–Sango, mira lo que hiciste–replicó enfadado
–Kagome es hermosa, no sólo por el vestido fue eso –se defendió
Y preferí taparme los oídos para no tener que escucharlos. Me sentía culpable, después de todo aquello fue mi culpa. No, no fue solamente mi culpa. Tomé mi celular mientras reía y le mande un mensaje a Inuyasha. Ese chico estaba en mi lista negra.
Me revolví inquieta entre las sábanas blancas, recordando las seductoras caricias de Inuyasha en mi piel. Nuestros labios en aquel salvaje roce. Todo me daba vueltas, no sé en que estaba pensando cuando me dejé llevar. Pero ahora sus caricias estarían marcadas con fuego en mi piel.
Otra lágrima rodó por mi mejilla hasta tocar la almohada.
Ese fue el fin de semana más aburrido de mi corta existencia. Pasamos encerrados en casa todo el día por llegar tarde de la estúpida fiesta. Cuando entramos, todas las chicas comenzaron a cuchichear mientras me veían. Miré a Sango y le pregunté si me había maquillado mal o si tenía algo en la cara, pero dijo que no.
–Es increíble, tan santita que parecía –susurró una chica rubia a otra.
–Bah, es una mosquita muerta… Ni te imaginas todo lo que el bombón de Inuyasha me dijo sobre ella.
Ahí todo hizo click. Ese maldito de Inuyasha Taisho me las iba a pagar, a como me llamo Kagome Higurashi. Le di a Sango mi mochila y mi guitarra, le pedí que pusiera todo en mi sitio, que tenía un asunto que arreglar. Corrí como alma que lleva el diablo hacia el salón de él. Era, oficialmente, hombre muerto.
Me juró que no diría nada de lo que pasó. Que sería un estúpido tormento para ambos. Sin embargo su instinto de vieja chismosa le pudo más y le contó a medio mundo que me emborraché y él casi hace de las suyas conmigo.
–Inuyasha Taisho –dije sombría al verlo hablando con sus amigos.
–Mira, tu novia pide atención –y todos se carcajearon.
–Ven acá, ahora –ordené.
Estaba enfadada, muy enfadada. Salió y me miró con una sonrisa, no aguanté más y le planté una bofetada. Se acarició la parte afectada y estuve a punto de patear su entrepierna, pero me contuve.
–¿Me podrías explicar el por qué todo el colegio sabe… eso? –exigí.
–¿Cómo? No te entiendo –se hizo el desentendido.
–Unas chicas dijeron que TÚ les dijiste lo que yo hice, lo que hicimos –me sonrojé ante mis palabras –Lo extraño es que no hicimos nada, y eso jamás pasará.
–Te juro que no fui yo –lo miré incrédula.
–Taisho, no te hagas el inocente–dije amenazante.
Su rostro reflejaba a la perfección el temor que sentía. Maldito idiota. Malditas hormonas y maldito alcohol. Quizá si no hubiera tomado, no habría sucedido nada entre nosotros. Bueno, en realidad no sucedió nada. Lo fulminé con la mirada, estaba echando por la borda toda mi reputación.
Una idea surcó mi mente.
Le sonreí seductoramente, y lo sentí temblar cuando pasé mis brazos alrededor de su cuello. Comencé a acercarme a su rostro, cerró los ojos y yo fingí hacer lo mismo. Justo cuando iba a rozar mis labios con los suyos… Ups, mi pie reaccionó solo y lo pateé ahí.
Chilló adolorido y yo sonreí coqueta.
–Ups.
Y me fui a clase.
Sonreía con una felicidad que yo no podía descifrar.
Al llegar, Sango me reprochó con la mirada y yo bufé. Por poco y llego tarde a clase, pero era más importante hacer pagar a cierto idiota que estaba comenzando a manchar mi nombre con sus sucias manos. Ja, él jamás sería capaz de ganarme.
O al menos, eso creía.
Concentré mi vista en la pizarra, y también traté de centrarme en lo que decía el profesor. Pero me era inútil. Mi mente divagaba en otros lugares. En recuerdos que no tenía caso traer al presente. En dolores de cabeza de mi infancia. En las caricias marcadas con fuego en mi piel. En los ardientes besos que aquel chico de miel mirada me había proporcionado.
Eso estaba mal.
Saqué el iPod de mi mochila y lo escondí en mi cartuchera (ya saben, done se guardan los lápices, plumas, etc.). Me acomodé la chaqueta, y luego pasé a acomodarla capucha y mi cabello suelto, tapando en su totalidad los audífonos en mis oídos. Me cerré la chaqueta y comencé a escuchar canciones al azar.
Cuando el sol nos da en la cara
Cuando apenas está lloviendo
Cuando tiemblan como hojas
Nuestra piel y nuestro aliento
El amor… comienza
Maldije. ¿Por qué precisamente esa canción?
La cambié con violencia, buscando algo que no tuviera que ver con amor.
Y fue aún peor, porque escuché la melodía de Dangerously in love – Beyoncé. ¿Acaso todos confabulaban en mi contra? Me quité los audífonos muy molesta, y guardé todo nuevamente en mi mochila.
Tocó la campana. Anunciando el tan anhelado receso. Sango me haló del brazo y me arrastró hasta el baño de chicas. Su mirada me escrudiñaba, como buscando algo en mi cuerpo de lo cuál yo no me había ni fijado. Hasta que la vi palidecer.
– ¿Qué es eso en tu cuello?
Miré el espejo y lo vi.
Un chupetón rojo a un costado de mi cuello.
Maldije mi piel tan nívea, ya que no tenía que hacer un esfuerzo para notarlo.
Sólo rogué a Dios porque Kôga no lo viera la noche anterior.
