Mar de Perdición - Jim Mizuhara
Capítulo 4
Observaciones Generales: Este capi contiene lemon, de modo que si no les gusta, no lean. Espero que disfruten!
– .¡Agh!.… n-no, Boris, p-por favor…
– .¿Qué pasa, Yuriy?. Siempre te ha gustado así… .¿Acaso cambiaste de preferencias?.
– .¡Agh!.
Brazos iban y venían sobre las espaldas del peliplatinado. Algunas veces los lastimaban, arañándolo sin consideración, pero él apenas sentía un placer implícito en lastimar y ser retribuído de esa forma. Los fuertes brazos de Boris rodeaban el cuerpo sometido de Yuriy, arrancándole gemidos, suspiros, jadeos, mientras avanzaba sin cesar en sus adentros, sintiendo el exquisito placer que apenas el pelirrojo había conseguido darle: el de embestirlo y al mismo tiempo sentir sus uñas clavándose en sus costados, gimiendo desesperado, entre pedidos de que se detuviera y súplicas de que continuara. La furia por sentir con más intensidad se exacerbaba al mirar las crispadas expresiones del pelirrojo, tan suaves y bien cuidadas que se le aparecían ahora con la mirada turbia, las azules y resplandecientes orbes humedeciéndose, sus mejillas enrojecidas, la sudorosa y perlada frente, su voz atragantada y pastosa. Y era tan fácil someterlo, tan fácil extraer de él más placer que lo necesario, embriagándose en su cuerpo, escuchando sus estertores y gemidos hasta caer vencido por el sueño y abrazarse a su cuello para dormirse al calor de su respiración y despertar, al día siguiente, para hacerlo una y otra, y otra y otra vez… Kuznetzov nunca pensó en el pelirrojo en términos del amor verdadero, apenas como un esclavo suyo, como alguien que le debía un favor todas las noches y que debía ser cuidado para que no cayera en brazos de otras personas. Era celoso en extremo con Yuriy, pero lo que en verdad el pelirrojo quería y anhelaba, eso nunca le era concedido.
Boris hizo un último movimiento, mordiéndose los labios del más escalofriante placer que pudiera sentir, sintiendo estremecerse cuando su fluido seminal invadía con cierta y deliberada lentitud el interior del pelirrojo, prolongando lo máximo posible aquel extasiante momento. Finalmente soltó un jadeo, satisfecho, y se apartó de Yuriy. El pelirrojo se volteó, con una mezcla de vergüenza y tristeza, aquella fue más una ocasión donde Boris disfrutó enteramente del acto, sin preocuparse siquiera en complacer al propio Yuriy, quien exhausto tuvo que disimular, como siempre, la frustración de no haber sentido casi nada. El peliplatinado se puso la camisa, volteándose para mirar al pelirrojo.
– Y tú, .¿por qué no te vistes?. – increpó Kuznetzov – se hace tarde para ir a la ciudad.
En silencio Yuriy tomó sus ropas, vistiéndose con descuido. Siempre estaba prometiéndose mentalmente que aquella sería la última vez que se sometería a los deseos de Boris, sin embargo, llegaba la noche, y de nueva cuenta estaba en sus brazos… .¿Y por qué hacía eso?. Simplemente, para que no sufrir los castigos, talvez hasta trasladarse a otra embarcación. .¿Y por qué no huía del Parmeniev, desapareciendo de todos?. La única razón era que Kai estaba allí. Tenía esperanzas irracionales de que algún día, si es que ese día llegaba, el bicolor iba corresponderle, se daría cuenta de que él, Yuriy, lo esperaba, lo quería, lo deseaba. Ese deseo era patente cuando estaba junto a Boris, y cuando pensaba que Kai nunca sería así con él… nunca había estado con Kai para tener certeza de esa idea, pero sus fantasías suplantaban cualquier oposición. Kai necesitaba darse cuenta de que Yuriy estaba allí, necesitándolo, deseando ser casi rescatado de las manos tiranas de Boris; eso nunca sucedería, no mientras Max estuviera por cerca para obstaculizar su camino.
Precisamente en aquellos momentos el bicolor salió con el rubio, paseando por los alrededores de la casa donde habitaban. Era el segundo día que estaban libres, por lo que Kai decidió entrar en una taberna cercana, acompañado de Max; dejó al menor sentado en una de las mesas y fue a la barra, de donde volvió con dos vasos conteniendo un líquido transparente.
– .¿Qué es esto?. – indagó Max, mirando el contenido del vaso.
– Para mí, vodka. Y para ti, agua quinada – contestó Kai. Antes de tomar su vaso, el rubio le dio un inmenso trago a su vaso, para luego cerrar con fuerza los ojos y escupir violentamente su contenido.
– .¡Aggghhh!. – escupió Max con desespero - .¡Arde, arde, arde!.
– .¡Ups!. Creo que confundí los vasos – repuso Kai, sonriendo – mira, este es el tuyo… el mío es ese que acabas de darle una tragada…
Al poco rato el bicolor encontró un viejo amigo sentado al mostrador, se dirigió para conversar con él y antes de hacerlo dejó a Max en la mesa, advirtiéndole que no tardaría y que no saliera de allí. Sin embargo, los minutos corrían y el impaciente rubio se inquietaba en la silla, Kai estaba tardándose demasiado. Pensó que sería una buena idea dar una vuelta por los alrededores y volver sin que el bicolor se enterara y salió a la oscura calle. Habían pocas personas caminando por esas horas, una casa ubicada frente a las puertas de la taberna tenía las ventanas y puertas entreabiertas, se podían divisar personas moviéndose cautelosamente en su interior, alumbradas por la mortecina luz de lámparas. En el segundo piso pudo ver a Lyuda, quien asomó la cabeza brevemente y luego entró. Max decidió entrar en la casa, se acercó a la puerta entreabierta y atisbó dentro, en silencio. Voces dispersas susurraron dentro del aposento, todas eran femeninas.
– .¡Mira, viene alguien!. – dijo una de ellas.
– .¿Cliente?. – preguntó otra.
– Vamos, por favor, entre – terció otra voz, más fuerte. El chico hizo ademán de entrar, andando despacio, intimidado por escuchar voces y no ver los rostros. Pero al recorrer todo el tramo poco iluminado, entró en un salón claro, y allí tuvo la consternadora visión de quince o más señoritas en pocas prendas, todas juntas y sonrientes. La primera impresión que Max tuvo fue que entró en el lavabo de señoras, y se ruborizó en extremo.
– .¡Oh, mira!. Es apenas un niño – comentó una de ellas.
– Pero de todos, creo que fue el mejor fabricado – comentó otra, riendo.
– Hola, pequeño, .¿cómo te llamas?. – dijo otra, acercándose a Max.
– M-Mi nombre es… es… - tartamudeaba el rubio, petrificándose al sentir los dedos de la mujer acariciándole las mejillas, alterándolo más y más – es… yo soy… Maximilian… o sea… Max…
– .¿Max?. Hum, hermoso nombre… tanto como lo eres tú – agregó la mujer - .¿Es muy lindo, no lo creen, chicas?. – agregó en voz alta, a lo cual siguió un coro afirmativo de voces, el rubio estaba con suficientes ganas para salir de allí, pero de pronto todas lo acorralaron.
– .¿De dónde eres, marinero?. – preguntó otra, de la cual pudo sentir el ojiazul con claridad la respiración en su cuello, causándole escalofríos.
– Y-Yo soy…
– .¡No espera!. Mira – interrumpió otra.
– .¿Q-Qué?. – dijo Max, volteando la cabeza.
– .¿No te dije?. Tiene ojos azules – dijo la mujer, codeando a otra - .¿Sabes que tienes ojos muy bonitos, chico?. – añadió, siguiéndose un trío de suspiros acongojados, a modo de afirmación.
– G-Gracias y…
– .¡No, no!. .¿Puedo tocarlos?. – mencionó más otra, volteándolo con brusquedad.
– .¿Tocar… qué?. – preguntó Max, abrumado.
– Chicas, díganme si no es verdad – afirmó, tomando la cabeza de Max y mostrándolo a todas - .¿no es cierto que estas pecas lo hacen tan más tierno?. – preguntó, a lo cual un grupo de chillidos casi histéricos ensordeció al ojiazul.
– P-Perdonen, pero yo debo… - se excusó Max, luego de que sintió más de media docena de manos recorriéndolo de arriba abajo, oído todas sus cualidades físicas y sentido todos los niveles de vergüenza.
– .¿Escucharon eso, chicas?. Dijo "perdonen"… .¡Hermoso como querubín, y educado como uno!. – dijo otra, con la consiguiente aprobación ruidosa de las demás.
Por esos momentos el bicolor miraba de un lado a otro de la calle, buscando con impaciencia a Max. Se había despedido de su amigo y al darse vuelta se percató de que no estaba más allí; el ruído que salía del salón frente a la taberna llamó su atención y decidió entrar, conocía el lugar pues era la "casa de señoritas"que Lyuda administraba. Y se sorprendió muchísimo al encontrar a Max rodeado por todas ellas, sentado en un diván mientras le susurraban cumplidos que lo sonrojaban y propuestas subidas de tono que lo sonrojaban más todavía, además que unas manos ocasionalmente le acariciaban los cabellos, el rostro o cualquier otra parte. Con un rostro inexpresivo el bicolor se acercó, cuando se percataron de su presencia las mujeres se apartaron, asustadas, viendo a Kai tomando de la mano al rubio y llevándolo sin decir palabra. En cierta forma Max estaba feliz de ver a Kai allí, salvándolo de todas esas manos que no le permitían más retirarse del lugar. Iba expresar su agradecimiento, mientras ya estaban en la calle, cuando el bicolor se volteó y lo reprendió con dureza.
– .¿Qué te había dicho respecto a no salir, eh?. – repuso Kai, enfadado - .¿Pero tú acaso me escuchas?. .¡No, qué va!. .¡Vamos esperar a que Kai venga!. .¿No es así?. .¡Cuando yo digo que no debes hacer algo, entonces no lo hagas!. .¡Odio cuando me hacen repetir las cosas!. .¿Y sabes qué clase de personas son las que me fastidian?. .¡Siempre esas personas son…!.
El estallido de furia del bicolor se disipó totalmente al contemplar al rubio quien, en silencio, sollozaba con la cabeza gacha. Suspiró hondamente antes de agacharse y tomar del mentón a Max, secándole las mejillas de las lágrimas, besó ambas mejillas antes de abrazarlo, sintiendo los brazos del rubio enroscándose alrededor de su cuello.
– .¡Lo siento, Kai, lo siento!. – gemía el menor, sumamente apenado.
– N-No es para tanto, Max – declaró Kai, sereno – apenas… no quiero que te pase nada malo. No hagas más eso la próxima vez, .¿de acuerdo?.
Por toda respuesta el menor asintió la cabeza, restregándose los ojos.
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Era el vigésimo quinto día de su permiso, y afuera llovía a cántaros, el agua se despeñaba con toda fuerza sobre los rojizos tejados. Durante todo el periodo que le fue concedido, Kai y Max fueron a todos los lugares posibles e hicieron todas las cosas que pudieron imaginar… o casi todas ellas. El viento azotaba con insistencia las ramas de un árbol cerca de la habitación de Kai, haciendo con que algunos de sus gajos golpearan rítmicamente sobre las canaletas de hierro, mientras el agua se escurría con estrépito por ellas. El bicolor decidió retirarse más temprano a su habitación, teniendo en vista que no habían muchas posibilidades de salir a algún lugar, dejando a Max en la pequeña sala de Lyuda. De un tirón se sacó la camisa y los pantalones, quedando en paños menores; se recostó en el lecho que siempre daba cabida a ambos, pensativo, la noche era propicia para tales meditaciones.
.¿Cuándo podría enseñar al chico rubio ciertas cosas?. Era lo que se preguntaba Kai, con la almohada sobre los ojos. Hacía tiempo que no habían hecho nada de muy interesante, y aquella vez que lo hizo estremecerse en sus brazos, .¡ah, espléndidos momentos!., pero parecían haber pasado un siglo sobre ellos. Kai necesitaba acción, pero se perdía en devaneos sobre lo correcto e incorrecto de eso; .¿comprendería Max eso?. Confiaba tanto en él, que talvez pensara que tales cosas constituían un verdadero atentado a su ciega confianza, en ese momento Kai lo perdería todo. .¿Pero cómo saber si podría, preguntándoselo, quizá?. Esfuerzo inútil, quizá accedería, para luego arrepentirse después. y el bicolor se sentía tan… necesitado, no en el sentido vulgar de la palabra, pero sí… .¡Al diablo con definiciones!. En el momento correcto sabría qué hacer, pero no atinaba a ver si ese momento había llegado o si pasó. Escuchó un rechinido en la puerta, con los ojos entrecerrados vio que era Max, entrando de puntillas.
El rubio pensaba que Kai estaba dormido, de modo que ingresó dentro de la habitación sin hacer ruído, desvistiéndose tan cuidadosamente como siempre lo hacía, mientras el ojo ávido de Kai lo seguía, silencioso, observando su espalda desnuda, sus piernas tan blancas, sus brazos… el rubio hurgó entre sus cosas y sacó unos pijamas largos, de color azul celeste con diseños de nubecitas blancas, poniéndoselos después. Al ruso aquello se le figuró tan bello y enternecedor que no pudo evitar hablar:
– Nunca te había visto con esos pijamas.
– .¿Eh?. P-Pensé que estabas durmiendo – replicó Max, volteándose – y esto… bueno, es que nunca me los puse – repuso.
– Pero te ves bien con ellos – opinó Kai, las orbes del bicolor brillaban con cada relampagueo afuera. Cruzó los brazos debajo de la cabeza.
– .¿Sí?. – propuso tímidamente Max, ruborizándose.
Kai hizo un ademán, Max se acomodó a su lado, acurrucándose entre los brazos de Kai. El bicolor acarició el tórax del menor, el suave y tibio tacto que percibía sobre la tela del pijama ponía escalofríos al ruso, quien se aferró más aún al cuerpo del chico, complacido en abrazarlo. Su cálida respiración rozaba el cuello de Max, donde podía aspirar un voluptuoso aroma de lavanda y humedad de lluvia, provenientes ambos de los húmedos cabellos de Max. El bicolor suspiró, complacido, casi dispuesto a dormirse.
– .¿Kai?. – llamó Max, en voz baja.
– .¿Huh?.
– .¿Me quieres?.
– .¡Pero que pregunta más tonta!. Por supuesto que sí, .¿por qué lo dices?. – dijo Kai.
– Es que… - dijo el rubio, dudando – bueno, no sé.
– .¿Cómo que no sabes?. ¿Acaso no te parece suficiente las formas como te lo demuestro?. – preguntó el bicolor, mirándolo directamente.
– A veces… haces una cara de arrepentido cuando pareces pensar en algo – replicó Max – como cuando pensamos hacer cosas indebidas – rectificó.
– .¿Y-Yo?. .¡Claro que no!. Mis intenciones son las mejores contigo – replicó Kai, con tono ofendido.
– Kai… - llamó de nuevo Max.
– .¿Eh?.
– .¿Qué te parece si…?. – dijo el rubio, levantándose repentinamente y sentándose sobre el abdomen del mayor, con una de sus ingenuas sonrisas - .¿Qué te parece si… nosotros…?. – dejó la frase al aire, no necesitaba decir más pues por la expresión sorprendida de Kai comprendió que el bicolor entendió el sentido de la frase.
– .¿Q-Qué, cómo?. – replicó Kai, turbado.
– .¿Y por qué no?. – volvió a preguntar Max – una vez lo vi, por una de las escotillas del barco, a la noche… parecían estar divirtiéndose mucho.
– .¡Niño tonto!. No deberías estar curioseando lo que otros hacen – reprendió Kai, golpeándolo con dos dedos en su frente.
– .¿Y no está bien?. – indagó Max.
– .¿N-No está bien qué?. – dijo Kai, a modo de respuesta, más enredado que nunca en las preguntas del menor.
– No está bien… tú sabes. Hacerlo. .¿Sabes hacerlo, verdad?. – soltó el rubio, con otra de sus sonrisas, aunque ahora más maliciosas.
– .¿Y-Yo?. Sí, claro… o sea, .¿para qué quieres saberlo?.
– .¿Sabes?. .¡Entonces enséñame!. – pidió Max, y la turbación de Kai se convirtió en una paralizante perplejidad.
– .¿Qué te hace creer que voy a hacerlo?. – cuestionó el bicolor, recuperando la compostura algunos segundos después.
– .¿Talvez porque me quieres?. – lanzó el rubio, con una expresión de completa inocencia.
– Hmmm… .¿y?.
– .¿No te parece razón suficiente?. – los ojos de Max parecían temblorosos – Kai… .¡muéstrame cómo es!. – susurró, en una propuesta irrechazable para el bicolor.
Las temblorosas manos de Kai lo sujetaron por debajo de los brazos, haciéndolo reposar sobre las almohadas. Max sintió la fuerte respiración del bicolor, nerviosa y profunda, parpadeó confuso antes de cerrar los ojos al roce de los labios de Kai, quienes, ávidos y ansiosos, se acercaron a su siempre tan inexplorada boca. Los húmedos labios se entremezclaban, ardientes, apasionados, buscando en sí y en el otro lo mejor que pudieran extraer, jugueteando y aprisionándose sin dar espacio a ninguna libertad, ahogándose en sus respiraciones desacompasadas; las manos del ruso, inquietas por descubrir nuevas sensaciones, iba explorando todo el cuerpo del pequeño, sus dedos prontamente fueron desprendiendo cada uno de los botones de su pijama, sin dejar de besarlo, metiendo después las manos debajo, tocando toda la extensión de su abdomen, deliciosamente tibio y terso. Con la mano derecha lo despojó de la camisa, cayendo al suelo en gráciles pliegues.
Los besos de Kai fueron descendiendo poco a poco, arrancando suspiros por parte de Max, explorando todo su cuello y hombros, partes tan tiernas que ponía especial atención en besar y lamer profusamente, sin atreverse a marcarlo con los dientes por temor a herirlo. Los suspiros cambiaron a gemidos mal disimulados cuando el bicolor hizo lo mismo a sus sensibilizados pezones, róseos y muy receptivos a tales tipos de caricias; el bicolor no hizo menos que provocarle verdaderos estremecimientos, abrazándose con fuerza a la cabeza de Kai. Las hábiles manos del ruso se deslizaron por la cintura del menor, llevándose en su camino los flojos pantalones y los bóxers también, despojando así a Max de toda estorbosa vestidura que impidiera verlo de modo tan endemoniadamente apetecible. Las succiones que Kai hacía en el tórax del rubio, y más específicamente en los pezones, provocaba visibles alteraciones entre las piernas del chico, su órgano se agitaba al sentir tales oleadas de sensaciones agradables y que no conseguía disimular, además que las piernas de Kai se movían constantemente sobre esa parte, frotándose con insistencia, haciéndolo gemir de forma controlada aún.
El bicolor se detuvo un poco al contemplar, no sin una dosis de malicia, la demostración expansiva que Max exhibía entre sus piernas, le complacía que sus caricias tuvieran tal efecto en él; no esperó más, y con rapidez fue bajando, besando con insistencia su pecho y abdomen, el rubio tuvo un estremecimiento mayor al sentir a Kai tomando su miembro entre las manos, pero al ver las intenciones del bicolor se apartó bruscamente.
– .¿Qué sucede?. – preguntó Kai, extrañado con la conducta.
– .¡N-No, Kai!. Eso no es…
– .¿No es qué, correcto?. – completó el bicolor – relájate, Max, verás que se siente muy bien.
El ojiazul accedió, y pudo ver a Kai acercándose cada vez más, pero después se vio obligado a cerrar los ojos con fuerza, soltando una exclamación al percibirlo dentro de la boca de Kai. El bicolor, lejos de guardarse lo mejor para después, succionaba y lengüeteaba con empeño, disfrutando al ver el inquieto órgano del rubio regocijándose ante las húmedas caricias, agitando a Max. Su lengua lo recorría con verdadero afán, una y otra vez, en una secuencia interminable, al tiempo que clavaba la mirada en las expresiones del menor, quien casi desfallecía ante tales sensaciones para los cuales era un novato aún. Mismo así, indicó a Kai entre jadeos incontrolables la forma precisa como deseaba que prosiguiera, y el bicolor no tardó en complacer su pedido. Los labios del ojiazul se estremecían, apretados uno contra otro, en el enceguecedor placer que atormentaba sus sentidos, las caricias de Kai, tan húmedas, tan suaves, tan profundas, revolvían y estremecían algo dentro de su cuerpo; una sensación desquiciante se apoderó de Max, en los calores provocados por el sanguíneo desenfreno de su corazón que inundaba sus faces de rubor, caldeándole los deseos, haciéndolo presa de una apremiante necesidad que parecía someterlo más cuanto más aproximaba la cabeza de Kai contra si. La hábil lengua del ruso seguía con sus caricias, aprisionándolo entre sus labios; la agobiante sensación que Max percibía cambió a otra, rápida, fugaz, eléctrica, violenta, estremecedora, y sin poder reprimir soltó un fuerte gemido.
El sorprendido ruso no esperaba que Max llegara al orgasmo con tanta rapidez, pero lo comprendió al recordar que aún era un neófito en esos placeres, un poco más de práctica y aprendería… Max se derrumbó sobre las almohadas, alterado y exhausto, en medio de jadeos y resuellos al sentir la gentil lengua de Kai limpiándolo, pasando por toda la extensión de su miembro en rápidos movimientos. Esbozó una sonrisa confundida al ver a Kai acercándose, se sentía incapaz de moverse tan pronto de su sitio. Con un extremo de la sábana el ruso limpió su frente de las pequeñas gotas de sudor formadas para después abrazarlo, acomodando su cabeza junto al de Max.
– .¿No te dije que se sentía bien?. – preguntó Kai en tono afable.
– Hmmm… - dijo Max, por toda respuesta, entrecerrando los ojos de sueño.
– Pero obviamente no termina aquí…
– .¿Cómo?. – preguntó el rubio, a media voz, incorporándose.
– No te levantes, Max – ordenó con voz firme Kai, poniéndosele encima y obligándolo a que lo besara de nuevo.
El sometido rubio no tuvo otra opción sino obedecer, mientras el ruso lo besaba llevándolo casi al borde de la asfixia, robándole todo el aire, mientras sentía los dedos del ruso recorriendo su piel, primero su abdomen, dirigiéndose hacia abajo. Sintió un frío líquido derramándose en sus entrepiernas.
– .¿K-Kai, qué es… eso?. – preguntó Max, en los pocos segundos que le permitió hablar.
– No te preocupes, apenas relájate – dijo el bicolor. Sus besos disminuyeron de intensidad, siendo más tiernos y demorados, sin prisas, Max disfrutaba más de esa clase de contacto que se ponía aún más gratificante cuando sintió los dedos del ruso acariciándole las entrepiernas, tomando entre sus manos su órgano ahora resbaloso a causa del extraño líquido que vertió sobre él. Pero la reacción del ruso lo tomó desprevenido: soltó su miembro para dirigir sus dedos más abajo, hasta un punto donde uno de sus dedos se adentró, con cierta facilidad por al lubricante que allí se había escurrido. El chico rubio tuvo una reacción de sobresalto.
– .¡Kai!.… .¡N-No hagas eso, sácalo!. – gimió el chico rubio, moviéndose inquietamente.
– .¡Shhht!. .¡No te muevas!. – ordenó fríamente el ruso, molesto por su reacción.
El obediente chico quedó quieto, estremeciéndose ante la invasión, mordiendo con fuerza los labios y cerrando fuerte los ojos. Su abdomen se contraía cada vez que el bicolor avanzaba un poco más adentro. Prontamente no fueron apenas uno, pero sí dos dedos los que se adentraron.
– .¡Kai!. – gimió en voz baja Max.
– Sí, lo sé. Ya enseguida pasará – contestó Kai, tranquilizándolo.
Las reacciones del chico rubio fueron haciéndose cada vez menos bruscas a medida que iba acostumbrándose a la invasión. La última prenda que cubría a Kai fue al suelo, se recostó encima de Max, quien parecía casi adormecido, excepto cuando movía sus dedos dentro de él y él reaccionaba, gimiendo quedamente.
Kai tuvo alguna dificultad en adentrarse en el cuerpo de Max, pero lo hizo pacientemente, lo último que deseaba era lastimarlo. El chico rubio no pudo evitar lanzar un gemido estremecedor al sentirlo, no era precisamente como minutos atrás; sudaba y se estremecía al sentir el miembro de Kai en sus adentros, cálido y palpitante, abrazaba ansiosamente el cuello del ruso, como si así pudiera mitigar algo de la incomodidad que sentía.
Sin embargo Kai tuvo la consideración de detenerse durante largos minutos para que Max no se resintiera tanto después, lo acariciaba y besaba de forma tierna, intentando tranquilizarlo y relajarlo; el rubio exhibía una sonrisa desvanecida ante las atenciones que el bicolor le prodigaba. Con un largo suspiro Kai abrazó a Max, cabía perfectamente entre sus brazos, y comenzó lentos movimientos que provocaba gemidos en el ojiazul, quien a principio quiso reprimirlos, avergonzado, pero luego el bicolor le indicó que no lo hiciera así, deseaba escucharlo… y cuanto más escuchaba a Max, más exacerbados y frenéticos iban sus movimientos, todo su cuerpo parecía recobrar energías cuanto más escuchaba el chico rubio gimiendo perdidamente a su oído, con la cabeza hundida entre sus hombros y su respiración rápida y tibia sobre su nuca, abrazándolo con fuerza también. En las pocas veces que no gemía, Max aprovechaba para recorrer los hombros y la nuca del bicolor con su lengua, lamiéndolo en un resbaloso trayecto, con avidez, húmedo y tibio, incluso mordisqueándolo cuando sus movimientos eram muy fuertes, ocasionando que Kai gimiera también a veces, la gratificante sensación de la boca de Max sobre su piel lo estremecía, susurraba una y mil veces al oído del ojiazul cuánto y cómo lo amaba, lo idolatraba, lo quería… y que esa era su mejor manera de demostrárselo.
El impredecible cosquilleo fue aumentando en el interior de Kai, en una necesidad avasalladora de darle libertad en el menor tiempo posible. Los adentros de Max se llenaron del fluido seminal del bicolor, viniendo en rápidas emisiones, bruscas, estremecedoras, disfrutando intensamente de los breves segundos que esa magnífica sensación duraba y en los que su mente quedaba en blanco, su cuerpo y conciencia eran ahora uno, apenas para gozar de la relajación placentera de los sentidos. Se apartó de Max después de algunos minutos, del interior de Max escurrió algo del fluido, manchando las blancas sábanas; ambos estaban casi desfallecidos de las intensísimas sensaciones que se concedieron, languidecían uno al lado del otro, felices, sonriendo porque habían disfrutado de su unión y porque lograron complacer a plenitud al otro.
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Al día siguiente, la lluvia había cesado completamente, dando lugar a que el astro solar exhibiera toda su gama de matices en la mañana. Uno de esos rayos solares se coló por las rendijas de la ventana donde Kai y Max dormían, dando en lleno en el rostro del bicolor. Kai entreabrió los ojos, soñoliento, entre las cortinas podía percibir la claridad matinal y el silencio afuera, sin lugar a dudas no llovía más. Su vista se dirigió hacia abajo, sonrió al ver el cuerpo de Max repegado contra el suyo, dormía plácidamente apoyando su cabeza cerca de su tórax y una de sus manos cruzaba sobre el pecho del ruso, respiraba quedamente. Su cuerpo apenas estaba cubierto por una delgada y blanca sábana, dejando a la vista ciertas siluetas que Kai observó detenidamente, ahora más despierto, no daba crédito a todo lo que había sucedido la noche anterior, pero podía recordarlo todo, en una exhibición de imágenes mentales que hacía sonreír al bicolor… no necesitó otra prueba más de que todo aquello había sido verdadero que levantar lentamente la sábana que cubría a Max, sus ojos prontamente fueron inundados con la voluptuosa desnudez que el chico rubio presentaba, su cuerpo tan tibio y rosáceo se movía imperceptiblemente, sus piernas enroscadas en las de Kai, como buscando su calor, provocaba en él pensamientos que prefería guardárselos para otra ocasión más propicia, ya vendrían más momentos como aquellos… abrazó y besó ambas mejillas del ojiazul, y Max, sonriente, se desperezó lentamente, exhalando un suspiro complacido, siguió con una sonrisa estampada en su rostro por unos diez segundos y después despertó por completo, abriendo desmesuradamente los ojos, como si algo lo sorprendiera.
– .¡O-Oh!. – exclamó Max, sintiendo que ninguna prenda de ropa lo cubría, frenéticamente atrajo contra sí las sábanas, sumamente avergonzado. El bicolor apenas lo miró, divertido.
– .¿Qué sucede, Max?. No me dirás ahora que te da vergüenza estar desnudo… al menos no ahora, después de todo lo que pasó anoche – repuso Kai, acariciándole los cabellos.
– .¡No creas que es fácil acostumbrarse!. – replicó Max, haciendo puchero.
– Eso depende. Por ejemplo, antes que tú despertaras yo estaba contemplando tu cuerpo entero sin ningún estorbo, incluso toqué algunas partes y no parecías molesto, más bien se me antojaba que deseabas que continuara – bromeó Kai, aguardando la reacción del chico.
– .¿Q-Qué?. – tartamudeó Max, más rojo que nunca.
– .¡Je!. Vamos, Max, no te avergüences… .¿Acaso no fuiste tú quien pidió para que te lo mostrara cómo era?. – repuso Kai – pues entonces, es así como sucedió, .¿no te pareció divertido?.
– A-Ah, sí… - recordó el chico rubio, sonriendo desvanecidamente – fue divertido… .¡pero aquello que hiciste debías avisármelo antes!. – replicó con vehemencia.
– .¡Oh!. – exclamó el ruso, afectando sopresa – yo creí que tú ya sabías todo, si me dijiste que lo habías visto… pero parece que me has mentido – respondió Kai, haciéndole cosquillas a Max y haciendo que riera.
– Ah, Kai… fíjate que ya pasaron los días, dentro de poco tendremos que volver a aquello de nuevo… - dijo Max, pensativamente, mientras Kai lo hacía sentar en su regazo y lo abrazaba, hundiendo la nariz en la espesa cabellera dorada.
– Más un par de días y tendremos que marcharnos – agregó el bicolor, tomando las manos del ojiazul entre las suyas.
– .¡Pero yo no quiero ir!. – protestó Max – estoy harto de aquello, es un infierno… no podemos hacer nada, no podemos ir a ningún lugar, nada… .¿por qué no nos quedamos aquí, Kai?.
– .¿Para ganar unos azotes después?. – replicó Kai – piensa que tomaremos un crucero de vacaciones, y que después viajaremos mucho, conoceremos lugares nuevos y…
– .¡Kai!. Sabes que eso no es verdad – interrumpió Max – es como una cárcel sobre las aguas, solo vemos hielo, y mar, y el cielo… si pudiera quedarme aquí, y contigo, sería la mejor cosa…
– .¿En serio?. – indagó el bicolor, enternecido por las frases del chico – te prometo que un día voy a complacerte, estaremos bien lejos de aquí, apenas nosotros dos, juntos, para siempre, .¿te parece bien?.
– .¿De veras lo dices, Kai?. – inquirió el chico, sus orbes brillaban hermosamente, deleitando al bicolor - .¿Lo harás?.
– .¡Por supuesto!. Kai Hiwatari es un hombre de palabra – afirmó orgullosamente – y cuando estemos a solas, entonces podremos amarnos todo lo que deseemos – completó, sonriéndole.
El chico rubio se aferró al cuerpo de Kai, estrechándolo en un fuerte abrazo, mientras el bicolor pensaba cómo haría para cumplir su promesa.
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Nuevamente el Parmeniev surcaba por las gélidas aguas del mar, perezosamente, debido a que había sido abastecido hasta los límites de municiones y provisiones para pasar más unos meses de vigilancia en alto mar. El astro solar brillaba en todo su esplendor, el viento siempre helado daba de lleno en el rostro de Kai, quien contemplaba todo aquello, a veces odiaba estar allí pero ciertos días, como ese, le parecía que las cosas mejorarían. Ese día estaba especialmente alegre, trabajaba afanosamente sin sacar los atentos ojos de Max, quien desempeñaba sus tareas del otro lado de la embarcación, sin embargo se destacaba contra el suelo gris metálico de la embarcación como una mancha blanca y amarilla contra los rayos solares. En su buen humor terminó su trabajo, subió por unas escalerillas metálicas y llegó junto a Makarov, quien estaría fumando el centésimo cigarrillo a esas horas de la mañana. Miró fijamente a Kai, para después exclamar:
– .¡Pero miren esto!. Hiwatari está de buen humor hoy, parece que los días que pasaste en tierra te hicieron bien, Kai. .¿Qué has hecho de interesante, eh?. – inquirió el armero, interesado.
– Pues… nada – respondió el bicolor, con reticencia, pero sonriendo al dirigir la vista hacia Max.
– .¡Ah, sí, claro!. Comprendo perfectamente – replicó Makarov rápidamente – no podría decir que tuve las mismas suertes, pero de todas formas, .¡llenamos todo lo que pudimos de vodka!. – mencionó, riendo. Tanto Kai como Makarov vieron a Yuriy deslizándose en la cubierta, silenciosamente, sin percibir que ambos lo observaban de arriba.
– Ese bastardo… - comentó Kai despreciativamente - .¿Dónde estuvo todos estos días?.
– No salió de aquí – respondió el armero, apagando su cigarrillo contra el suelo – vine aquí todos los días por la noche, y siempre lo veía aquí, .¿no creerás que Boris lo dejaría salir, verdad?. .¡Nuestro capitán nunca dormiría sin abrazarse a su osito colorado!. – replicó Makarov, y ambos rieron de esa vez por la burla.
– Me gustaría verlo bien lejos de aquí – expresó Kai, pensativo – es cansativo soportar a ese idiota todos los días.
– .¿Idiota?. Ya lo creo – agregó Makarov – tanto como lo es Boris… es el único a quien se le ocurre cargar la embarcación con munición ultrapasada y carcomida por la sal. Fíjate en estas balas – dijo, poniendo un puñado de ellas en las manos de Kai.
– .¡Je!. Casi podridas, de suerte que hay que escogerlas para usarlas y… - Kai hizo una pausa, desconcertado, pensando rápidamente en muchas cosas al mismo tiempo, para después preguntar – Makarov, .¿quién más tiene de estas balas?.
– No te sorprendas, pero apenas nuestra embarcación las tiene. .¡Más un poco, y luego tendremos que usar mosquetones, nada más!.
– .¡Espera!. .¿Recuerdas cuando aquella embarcación nos atacó?. .¿Qué clase de balas tenían?. – preguntó Kai, apremiante.
– Tenían de las nuevas, con punta redonda, no puntiagudas como las nuestras – respondió Makarov.
– .¡Eso es increíble!. – exclamó el bicolor, enrojeciendo de furia – y las posiciones, .¿recuerdas las posiciones de artillería?.
– .¡Por supuesto!. Lo practicamos incontables veces… tú allí, abajo, Sveta, punta izquierda, Grigor, extrema derecha, yo, aquí arriba, Yuriy, extrema derecha arriba, Ro…
– .¡Yuriy, extrema derecha arriba!. – repitió Kai, furibundo - .¡Ese bastardo malnacido pagará caro!. – gritó, levantándose abruptamente y corriendo escaleras abajo.
– .¿Kai?. – susurró Makarov, confuso.
Después de la conversación con Makarov, Kai estableció los hechos: al ver el puñado de balas que le presentó el armero, inmediatamente recordó que eran idénticas a la que Max había recibido de impacto en el hombro. Si apenas el Parmeniev poseía de ese tipo de balas, eso significaba que alguien de la misma embarcación había disparado contra Max. Considerando la posición de su camarote, Kai pudo deducir exactamente desde dónde lo habían acertado, y esa posición de tiro correspondía a Yuriy. .¡Durante semanas pensó que habían sido de la embarcación extraña quien había disparado contra el chico rubio, y no pensó de inmediato en esa posibilidad!.
El pelirrojo cerraba una puerta cuidadosamente cuando escuchó una fuerte respiración detrás de él. Se sobresaltó un poco al ver a Kai, parpadeando confuso, no comprendía su silencio combinado con una expresión de ira terrible. El bicolor lo tomó del cuello de la camisa, casi levantándolo del suelo; el pelirrojo comenzó a debatirse.
– .¿Entonces eras tú, Yuriy?. – susurró Kai con voz sibilante de amenaza – no creías que iba descubrirlo tan pronto, .¿verdad?. .¡Pero a mí nadie me hace del tonto!.
– .¿K-Kai, de qué hablas?. – preguntó Ivanov, perplejo - .¡Suéltame, quién te crees para tocarme así!.
– .¡Pero miren, se está haciendo hombrecito, el bastardo!. – gritó Kai, dándole un empujón - .¡Ahora le da por alzar la voz!. ¡Pero algo te faltaba entre las piernas cuando apuntaste a Max!. .¿verdad, inútil?. – imprecaba Kai, golpeándolo desafiadoramente en el pecho a Yuriy.
– .¿Era eso?. – preguntó el pelirrojo, fríamente – no sé por qué te causa tanta preocupación ese insecto morboso que tanto cuidas. .¡Kai, te volviste patético cuando te acercaste a aquel microbio!. Pero ahora ya habrás saciado todo lo que necesitabas con él, .¿verdad?. Vamos, Kai, por qué no reconoces de una buena vez que necesitas a alguien de verdad… como yo, por ejemplo – lanzó Yuriy, haciendo que el bicolor abriera desmesuradamente los ojos.
– .¿Qué dices?. .¿Estás insinuando que me ensucie contigo?. – mencionó Kai, por aquellos momentos ya habían salido afuera y estaban frente a una puerta, nadie aún se había percatado de la disputa en la que estaban ensalzados.
– Tú sabes que sí lo quieres, Kai… y que te aprovechaste de aquella cosa rara porque te dio una calentura repentina – arrojó Yuriy, el bicolor lo tomó del cuello, iracundo, sus músculos tensos y su rostro crispado indicaban que la provocación le había acertado directamente.
– .¡Repítelo si eres hombre!. – gritó Kai, apretando a Yuriy contra la pared de metal.
– .¡Que te aprovechaste de él porque te dio una calentura!. – gritó también Yuriy - .¡Si quieres saberlo, Kai, tuve la mala suerte de no acertarlo y matarlo, porque era eso lo que debía suceder… para que después te arrastres sobre su cadá…!.
– .¡No vas a completar esa frase, pedazo de porquería!. – interrumpió Kai, sumamente exaltado, al tiempo que daba un feroz puñetazo en la boca del pelirrojo.
La furia enceguecía completamente al bicolor, quien había echado al suelo a Yuriy en un rápido movimiento de pies, golpeándolo por todas partes, propinándole puñetazos en el rostro y el pecho, golpeando salvajemente su cabeza contra el suelo, produciendo un estrépito metálico, manchándose y ensuciándose con la sangre que parecía ahora brotar a borbotones de la boca y nariz del pelirrojo. Estaba ya inconsciente el pelirrojo cuando cinco pares de brazos sujetaron a Kai, apartándolo del cuerpo exánime de Ivanov, quien estaba extendido y se estremecía ligeramente, sin demostrar mayores señales de conciencia. Hiwatari jadeaba profundamente, como un animal sometido a un esfuerzo extremo, sintiendo aún sus puños estremeciéndose, como si tuvieran una electricidad acumulada, listas para descargarse de nuevo sobre el pelirrojo. El bicolor levantó la mirada casi inyectada de sangre, hacia el puente de mando, allí vio a Boris mirándolo despiadadamente, con un brillo casi asesino en sus orbes. Sus miradas se cruzaron, y Kai supo que debía prepararse para lo peor.
Continua...
