Si bien era oscuro de día, de noche era como si la insondable negrura se devorara el mundo por completo. Y hacía mucho frío. La niebla emanaba de la tierra como una exhalación blanca y fantasmal por sobre todos los caminos y entre los árboles.
Disney quemaba la carta que le escribía a su Lillian, y las cenizas desaparecieron al igual que su pasado.
En su lugar, toma su cuaderno de notas y se pone a escribir a la luz de las velas -"Experimento Oswald" rezaba el título de aquel cuaderno-
"la criatura resultó ser defectuosa. Amorfa y desagradable, con un apetito voraz demasiado anormal..." anotaba la pluma entintada "Una aberración demasiado peligrosa como para que exista..."
Pero se detuvo enseguida y reflexionó, con la pluma temblando sobre el papel.
-Eso no es cierto- dijo en voz alta y tachó todo aquello que había escrito. Porque no era verdad.
La verdad era que Disney encontraba fascinante que la criatura, apenas del tamaño de un roedor, hubiera podido devorar a Ub a pesar de que el hombre le triplicaba en tamaño y tenía mucha habilidad para matar monstruos. La fuerza y ferocidad de aquella criatura eran extraordinarias, y hubiera deseado conocer más sobre lo que podía hacer, sino fuera porque su compañero lo había matado.
Tenía que averiguar más.
Aquello era un logro increíble, pensaba Disney, que de un cadáver muerto hubiera podido crear una vida. No importaba cómo fuera, él solo veía que era más fuerte.
Tomó la lámpara de aceite y se dirigió hacia el laboratorio, pasando junto al cuarto donde estaba su compañero durmiendo, bajó las escaleras hacia las mazmorras y llegó hasta una cavidad donde tenía las jaulas para los animales que usaba en sus experimentos.
Solamente había uno vivo, y era una rata que Disney estaba inyectando con sustancias de su propia creación para aumentar su tamaño y fuerza.
La rata había crecido hasta tener el tamaño de un perro pequeño, pero le faltaba algo ¿Qué era?.
Necesitaba ver a Oswald.
Entonces, decidido, dio la vuelta y otra vez regresó a las escaleras, su sombra proyectada sobre los muros de piedra, y en vez de regresar al estudio donde escribía en su cuaderno, Disney salía del castillo a la peligrosa noche que acechaba fuera de sus paredes.
-No te tengo miedo- le dijo en voz alta a la noche, y cruzó las rejas, internándose en la oscuridad.
Ub le había dicho que la criatura quedó por donde estaba el cementerio, el mausoleo junto al sendero, y hacia allí se dirigió.
Y era como si el bosque mismo se opusiera a aquello.
Los vientos aullaron, y las ramas se agitaban hasta llegar al punto de tropezar al hombre que cruzaba profanando su territorio.
Los espíritus no lo querían allí, así que intervinieron.
-Dios mío!- exclamaba a su paso Walt, sin nada de voz, porque veía cosas en el bosque -¿Quiénes son? ¿Qué quieren?- blanco y frío de miedo, y las piernas empezaban a fallarle.
Pero nadie respondía, el hombre hablaba solo.
-¡Largo, déjenme en paz!- gritaba.
Y no les hizo caso, y siguió buscando, y tropezaba y caía en la oscuridad, pero se volvía a levantar, con la lámpara todavía encendida.
¿Qué haces, tonto? ¿Para dónde vas? le repetía su conciencia, pero Walt no le hacía caso. Era incansable, y seguía caminando, jadeando como un animal.
Él solo quería encontrar a su criatura.
