Libertad
Capítulo 4: Ambrosía
[Tokyo Ghoul Intro Song - Unravel (original and full)]
La enorme y maravillosa sala de teatro parecía descolorida ante mis ojos mientras Serena cantaba una vez más, al frente de la gigantesca audiencia que escuchaba en completo silencio. Las lágrimas empañaban mis anteojos y me obligaban a mirar hacia abajo. Mis manos temblaban al saber lo que iba a suceder: tan pronto como su canción acabase, su destino sería inevitable.
Sólo quería ser libre de mi trabajo por una puta vez.
La sonata de Serena estaba llegando a sus notas finales, ardiendo de pasión en cada una de sus notas. "¿Por qué debía ser ella?", es lo que me pregunté una y mil veces esa noche, más nunca obtuve respuesta. El movimiento de Alan había sido impecable: había forzado mi agrupación con "La Mantis", con el fin de obtener todos los movimientos de la vida de Serena a través de mí. Y una vez la tuviera entre sus redes, sólo necesitaría una orden para acabar con ella. Él sabía que yo jamás la mataría, por eso puso a Cilan a mi lado. Ambos lo habían dicho: si fallaba en cumplir tu objetivo, él se encargaría de hacerlo.
La joven terminó de cantar y sonrió al público extasiada, mientras todos aplaudían. Sin notar que detrás de ella, un hombre con una máscara blanca que no ocultaba su pelo verde y vestido formalmente aparecía en escena. La gente calló repentinamente, pensando que la obra continuaba. Solo que esto ya no era una obra. El hombre de la máscara desenvainó una espada silenciosamente y en un movimiento ágil, la tomó por detrás y con su brazo derecho, puso el filo sobre su garganta. Serena se quedó inmóvil del miedo: no podía gritar ni emitir una palabra. Todo terminaría como una magnífica actuación.
Serena, mi amor. Mi prometida. Si alguien debía poner fin a su vida, definitivamente Cilan no era el indicado. ¡Ni él ni nadie era el indicado para arrebatarle la vida a una persona! ¡Ella no tenía por qué jodidamente morir!
Me sujeté la cabeza gritando con locura y haciendo que todo el teatro se voltee, Serena y Cilan incluidos, mientras miles de voces en mi cabeza me decían al mismo tiempo qué hacer.
"¿Qué estás esperando? ¡Sálvala!", decían unas.
"¿Qué rayos estás haciendo? Sólo lograrás que La Mantis te mate a ti también", replicaban del otro lado.
Me puse de pie, tirando mis anteojos empañados por las lágrimas con una mano, mientras desenfundaba mi pistola con la otra. No necesitaba anteojos para mirar de lejos, podía ver la máscara blanca desde aquí. Pero en las escasas milésimas de segundo que pasaron desde que apunté hasta que apreté el gatillo, otro pensamiento me asaltó.
Podía ser yo quien le diera un final a Serena. Lo había hecho mil veces, un disparo limpio entre las cejas, y su vida acabaría sin sufrimiento alguno. La ciudad sólo me vería como un hombre tratando de salvar a su mujer. Y ella estaba muy cerca como para fallar. Si cumplía mi objetivo, Cilan no podría tocarla… y yo tampoco.
Jamás podría besarla otra vez. Abrazarla otra vez. Verla saludarme, sonreírme o incluso posar sus ojos en mí otra vez. Disparé.
La bala produjo un estruendo que resonó en todo el lugar mientras salía dirigida a toda velocidad en dirección al escenario. Creyendo que iría a la cabeza de Cilan, éste se escondió atrás de la chica, pero yo estaba un paso más delante de él esta vez. Era imposible que un asesino de semejante calibre como La Mantis se arriesgara a eso; en su lugar, disparé a su mano derecha, la que sujetaba la espada. Y acerté.
La gente comenzó a gritar escandalizada y correr en todas direcciones alejándose de mi rango de disparo mientras la espada de Cilan caía al suelo y éste se arrancaba la máscara gritando. Sabiendo que sería imposible abrirme paso entre el mar de personas, aproveché el momento para impulsarme en mi butaca y haciendo gala de un equilibrio espectacular, salté pisando en los respaldares de las filas hasta cruzar la platea en su totalidad y llegar al proscenio, en el mismo momento en que el hombre de pelo verde tomaba su espada de nuevo.
Sin dejar que se acerque a Serena, disparé una vez más y Cilan se apartó dando una voltereta lateral. No desperdicié la oportunidad: mientras éste se apartaba subí al escenario y me coloqué de espaldas a la joven. Serena estaba tan consternada que no podía moverse siquiera. La imagen la mantenía en shock, con los ojos abiertos como platos. Una fina línea roja se podía percibir en su cuello: un segundo más y el corte habría sido tan profundo que sería imposible salvarla.
—¡Aléjate de ella!— grité con más valor del que tenía, y Cilan se rió desquiciadamente antes de arremeter nuevamente.
No podía apartarme de su camino, pues ella estaba detrás de mí. No tuve otra opción que desviar la hoja con una de mis extremidades, produciéndome un corte profundo a la altura del antebrazo.
—¡Déjame acabarla! —gritó La Mantis desaforado, mientras lo alejaba de una patada en el esternón—. ¡Tú no lo harás, eres muy débil para hacerlo!— berreó cargando otra vez.
El truco no funcionaría dos veces. Gatillé rápidamente y Cilan no tuvo más remedio que apartarse otra vez; esperé unos segundos a que aterrizara antes de enviarle dos proyectiles nuevamente, los cuales desvió con la espada, produciendo chispas doradas.
—Es inútil, Clemont—siseó cual víbora, lamiendo la sangre de Serena de su espada, antes de que sus ojos se abrieran de excitación— ¡Es deliciosa! ¡Tú has tenido este manjar de los dioses en tu cama durante meses, y yo no puedo probar ni un pedazo de ella! ¿Quién ésta siendo injusto aquí?
Las palabras de La Mantis me golpearon más fuerte que un puñetazo en el estómago. Cilan no sólo era un asesino… Las imágenes de él pasando la lengua por su espada en el crucero llegaron acompañadas de su atuendo de camarero la noche anterior, para saltar al jugoso corte Kobe A5 que habíamos comido allí. ¡Por eso no se encontró rastro de los hombres que mató la primera noche! ¿Nos habría servido a Serena y a mí…?
La revelación me costó cara, pues con un corte limpio de su muy afilada espada, la mano con la que me había cubierto del nuevo ataque de Cilan salió volando, siendo reemplazada sólo por un insoportable dolor. La sangre derramó el escenario mientras caía de rodillas en el suelo, sujetándome el brazo horrorizado. Alcancé a oír un grito ahogado de la chica detrás de mí que fue interrumpido por las estruendosas carcajadas de Cilan, acompañadas de los sonoros pasos en la hueca madera del escenario.
—Has perdido. Sabías que era imposible vencerme y aun así lo has intentado. ¿Y sabes que es lo mejor? Que tu muerte será en vano. Sólo ella tenía que morir. ¡Tal parece que la galleta de la fortuna decía la verdad, Serena! —gritó riéndose una vez más— ¡Definitivamente es una noche que no olvidarán!
Cilan se acercó lentamente, hasta ponerse de pie al frente mío. Las gotas de sangre seguían cayendo de su espada que apoyó en el suelo, como un rey frente al más miserable de los esclavos.
—Adiós, Clemont— dijo alzando su espada. Todo estaba terminado… o no.
Había visto a La Mantis en acción. Innumerables veces, a pesar de no querer hacerlo. Él siempre degollaba a sus enemigos como reses, siempre. Sin duda lo haría conmigo también, y probablemente lo haría con su mano izquierda, la única que tenía sana. Era la única esperanza que tenía. Esperé hasta escuchar el zumbido de la espada al cortar el aire antes de tumbarme de costado. Mi cuerpo cayó sobre mi brazo izquierdo, produciéndome un dolor insoportable, sin embargo tuve las fuerzas suficientes para estirar la mano y tomar el arma que aún se encontraba sujeta por mi extremidad amputada. Y sin pensar siquiera en que aquel pedazo de carne era parte de mi propio cuerpo, puse mi índice sobre el índice de la mano cortada y disparé al pecho de Cilan.
Una, dos, tres, cuatro veces. La Mantis se echó hacia atrás en cada disparo, incrédulo, antes de trastabillar y caer sentado en la madera, espada en mano. Lo oí insultarme entre sus berridos, mientras me levantaba con dificultad hasta acercarme a donde se encontraba y lo apuntaba en la cabeza para abatirlo.
—Maldito, ¡Maldito!— exclamó escupiendo sangre— ¡No te saldrás con la suya!— vociferó, y lanzó la espada directo hacia mi cabeza.
Era un movimiento tan predecible que me sorprendió. La esquivé sin problemas, apartándome hacia un lado. ¿Qué clase de maniobra estúpida había sido esa? Cilan al parecer pensó lo mismo, pues éste rió con la boca cubierta de sangre antes de que la bala en su cabeza lo callara para siempre.
Había terminado. Caí boca arriba, sonriendo para mis adentros a pesar del dolor. No me importaba desmayarme por la pérdida de sangre y ser atrapado por la policía. Había salvado a Serena, y ella era todo lo que importaba. Sólo quería verla una vez más antes de que perdiera la conciencia.
Giré mi cabeza, y allí estaba parada ella hermosa como siempre, pero aún afectada por el shock. Sus cabellos dorados combinaban con el vestido dorado que llevaba puesto. Un vestido que lentamente comenzó a mancharse de color rojo a la altura del corazón, donde había una espada clavada que la había atravesado completamente.
¡SERENA!
Próximo capítulo – Capítulo 5 "Entropía"
