Está historia es la adaptación de un libro. Ni esta ni Glee me pertenecen.


— ¡Ayyyy!

— ¡Madre santísima!

— ¡Dios bendito!

En la sal de espera, las dos señoras que esperaban la manicura se miraron, y después me miraron a mí.

—Se está depilando las ingles —expliqué.

—Oh —dijo una, y volvió a la revista. La otra se quedó quieta, con las orejas extendidas como un perro de caza, esperando el siguiente grito. No pasó mucho tiempo antes de que la señora Michaels, que soportaba su sesión mensual, la complaciera.

— ¡Ahhh, pero qué carajos!

La señora Michaels era esposa de un predicador y amaba a Dios casi tanto como tener un cuerpo liso y sin un solo pelo. En el año que llevaba trabajando en el Joie Salon había oído salir más palabrotas del cuartito trasero donde Talinga trabajaba con sus tiras de cera que de todos los demás juntos. Y eso incluía las malas manicuras, los cortes de cabello desastrosos e incluso a una mujer que terminó medio trastornada cuando quedó de color amarillo pálido después de un tratamiento de envoltura corporal con algas.

No es que Joie fuera un mal sitio. Pero en cuestión del aspecto físico no se podía complacer a todo el mundo, en especial a las mujeres. Por eso Lola, la dueña, me acababa de subir el sueldo, con la esperanza de que tal vez me arrepintiera de ir a Stanford y me quedara para siempre de recepcionista, controlando a la gente.

Conseguí el trabajo porque quería un coche. Mi madre me había ofrecido regalarme el suyo, un Toyota Camry que estaba muy bien, y comprarse ella uno nuevo. Para mí era importante hacerlo por mí misma. Quería mucho a mi madre, pero hacía tiempo que había aprendido a no hacer más tratos con ella que los absolutamente necesarios. Sus caprichos eran legendarios y ya anticipaba que querría el coche de vuelta cuando decidiera que el nuevo no le gustaba.

Así que vacié mi cuenta de ahorros, que consistía principalmente en el dinero que llevaba ahorrando desde hacía siglos en Navidad y cuidando niños, me agencié a una revista del consumidor y me informé lo mejor que pude sobre los nuevos modelos antes de ir a los concesionarios. Negocié, discutí y me hice la interesante, y tuve que aguantar las tonterías de tantos vendedores que casi muero, pero al final conseguí el coche que quería, un Honda Civic nuevo, con quemacocos y todo automático, a un precio muy inferior al robo que recomendaba el fabricante. El mismo día que fui a recogerlo conduje directamente a Joie, donde había visto una semana antes un cartel de "se necesita recepcionista" en el escaparate principal, y rellené una solicitud de empleo. Y así me encontré con las letras del coche y un trabajo antes de comenzar mi último año de bachillerato.

El teléfono sonó mientras la señora Michaels salía del cuarto de la cera. Al principio me sorprendía el mal aspecto que tenía la gente justo después: como victimas de guerra o de un incendio. Se acercó a mi puesto caminando muy tiesa, pues la depilación de las ingles era especialmente brutal.

—Joie Salon —dije al teléfono—. Habla Rachel.

—Rachel, hola, soy Lauren Baker —se presentó la mujer al otro lado del hilo, apresuradamente. La señora Baker siempre hablaba con voz tenue y sin aliento—. Oh, tienes que darme una cita para una manicura hoy mismo. Carl tiene un cliente importante y vamos a ir a La Corolla y esta semana he lijado y barnizado la mesita de café y tengo las manos...

—Un segundo, por favor —respondí con sequedad, totalmente profesional, y puse la llamada en espera. La señora Michaels hizo una mueca de dolor al sacar la cartera y me deslizó una tarjeta de crédito dorada—. Son setenta y ocho, señora.

Asintió, pasé la tarjeta y se la devolví. Tenía la cara muy roja, el área alrededor de las cejas prácticamente en carne viva.

— ¡Ay! —Firmó el resguardo y se miró en el espejo, a mi espalda, haciendo una mueca—. ¡Oh, Dios mío! —exclamó—. Creo que no puedo ir a la oficina de correos con esta pinta.

— ¡Tonterías! —dijo Talinga, la depiladora, cuando salió despreocupadamente, fingiendo tener una razón pero en realidad para ver si la señora Michaels dejaba una buena propina en su sobre—. Nadie se dará cuenta. La veo el mes que viene, ¿de acuerdo?

La señora Michaels se despidió agitando los dedos y salió, todavía moviéndose con dificultad. En cuanto llegó a la acera, Talinga agarró el sobre, contó los billetes y dejó escapar un jmmpf antes de desplomarse en una silla y cruzar las piernas en espera de la próxima cita.

—La siguiente —dije mientras apretaba el botón de la línea uno. Incluso antes de que empezara a hablar, percibí el jadeo de la señora Bake—. Veamos. Podría hacerle un hueco a las tres y media, pero tiene que llegar puntual porque Amanda tiene una cita a las cuatro.

— ¿A las tres y media? —Se quejó la señora Baker—. Bueno, es que me vendría mejor si fuese un poco antes, la verdad, porque tengo este...

—Tres y media —repetí—. Lo toma o lo deja.

Hubo una pausa, se oyó una respiración nerviosa y luego respondió:

—Allí estaré.

—De acuerdo. Hasta entonces.

Cuando colgué el teléfono y apunté su nombre. Talinga me miró y dijo:

—Rach, eres más dura que una piedra.

Me encogí de hombros. La verdad era que se me daba bien tratar con estas mujeres porque casi todas tenían la mentalidad de los que están acostumbrados a tenerlo todo y sólo piensan en sí mismos. Y, gracias a mi madre, yo era una experta en ese tipo de personas. Querían saltarse las normas, recibirlo todo gratis, quitarles la cita a las demás clientas y que todas las siguieran queriendo muchísimo. Y yo sabía manejarlas tan bien porque llevaba toda mi vida lidiando con esas cosas.

En la siguiente hora recibía dos mujeres que esperaban la manicura, pedí el almuerzo para Lola, terminé con las facturas del día anterior y, entre dos depilaciones de cejas y una de axilas, me enteré de todos los detalles escabrosos de la última y la desastrosa cita a ciegas de Talinga. Pero hacia las dos se había calmado un poco el panorama y estaba sentada tranquilamente en mi mostrador bebiendo una Coca-Cola light y observando el estacionamiento.

Joie estaba en un centro comercial, llamado El Pueblo del Alcalde. Era todo de cemento y estaba junto a la autopista, pero tenía algunos árboles bonitos y una fuente para que aparentara más categoría. A nuestra derecha estaba el Mercado del Alcalde, que vendía comida orgánica cara. También estaba la cafetería Jump Java, además de un videoclub, un banco y una tienda de revelado instantáneo de fotos.

Mientras miraba por la ventana, una furgoneta blanca destartalada entró en el estacionamiento y se detuvo frente a Con Alas y a lo Loco, una tienda especializada en alimento para pájaros. Las puertas delanteras y laterales se abrieron y salieron tres chicas, todas más o menos de mi edad, con camisa y vaqueros. Se agruparon un momento, hablando de algo, y luego se dirigieron cada una a una tienda distinta. Una chica alta y rubia, con cabello ondulado, se encaminó hacia nosotras, acomodándose una ¿corbata? mientras se acercaba a nosotras.

— ¡Oh, no! —exclamé.

Aunque teníamos un cartel muy bonito en el escaparate que decía NO SE ADMITEN VENDEDORES, me pasaba el día expulsando a toda clase de personas, unas vendían golosinas o Biblias. Di un sorbo a mi refresco, preparándome. La campanilla de la puerta repicó al entrar la chica.

—Hola —dijo, acercándose a mi mesa. Tenía ojos azules muy hermosos y su sonrisa no estaba mal. La camisa, al inspeccionarla de cerca, tenía una mancha y parecía proceder claramente de una tienda de ropa de segunda mano. Además, la corbata era de las de clip. Estaba claro.

—Hola —dije—. ¿En qué puedo ayudarte?

—Pues quería saber si habría algún puesto vacante.

La miré.

—No —le dije—. No hay nada.

— ¿Estás segura?

—Segurísima.

No parecía convencida, pero seguía sonriendo.

—Me pregunto —insistió, encantadora— si podría rellenar una solicitud, por si acaso surgiera algo.

—Claro —dije, mientras abría el último cajón de mi escritorio, donde guardábamos los formularios. Arranqué uno y se lo pasé con un bolígrafo.

—Muchas gracias —me dijo. Se sentó en una silla junto a la ventana. Desde mi sitio la vi escribir su nombre en la parte superior con mayúsculas claras, y luego frunció el entrecejo al estudiar las preguntas.

—Rachel —me preguntó Lola mientras entraba en la sala de espera—, ¿llego aquel pedido de Redken?

—Todavía no.

Lola era una mujer grandulona que vestía ropa ajustada de colores chillones. Su risa desbordante hacia juego con su figura, e inspiraba tal respeto y temor en sus clientas que nadie se atrevió nunca a llevar una foto ni nada cuando venían a cortarse el pelo: la dejaban decidir a ella. Ahora miró a la chica sentada en la esquina.

— ¿Y tú qué haces aquí? —quiso saber.

Ella levantó la vista, sin apenas impresionarse. Eso merecía admiración.

—Solicitar un empleo —le respondió.

Ella la miro de arriba abajo.

— ¿Es una corbata de clip?

—Sí, señora —contesto asintiendo con la cabeza—. Lo es.

Lola me miró, y después a ella de nuevo, y se echo a reír.

—Dios santo, mira a esta chica. ¿Y quieres trabajar para mí?

—Sí, señora, desde luego que sí.

Era tan educada que vi cómo ganaba puntos con rapidez. Lola le daba mucha importancia al respeto.

— ¿Sabes hacer una manicura?

Ella lo pensó.

—No. Pero aprendo rápido.

— ¿Sabes depilar las ingles?

—No.

— ¿Cortar el pelo?

—No, eso seguro que no.

Lola ladeó la cabeza y le sonrió.

—Querida —dijo por fin—, eres una inútil.

Ella asintió.

—Es lo que siempre me dice mi madre —reconoció—, pero toco en un grupo y hoy tenemos que conseguir trabajo, así que estoy dispuesta a probar lo que sea.

Lola se echo a reír de nuevo. Su risa parecía salirle del estómago, burbujeando.

— ¿Estás en un grupo?

—Sí, señora. Acabamos de llegar de Virginia para pasar el verano. Y todas tenemos que conseguir algo para trabajar durante el día, así que hemos venido aquí y nos hemos separado.

Así que no era vendedora, pensé. Son músicos. Aún peor,

— ¿Y tú qué tocas? —le preguntó Lola.

—La batería.

— ¿Cómo Ringo?

—Exacto —sonrió y luego añadió en voz más baja—: Ya sabe que siempre ponen a las rubias al fondo. Si no, todas las chicas se me echarían encima.

Lola estalló en carcajadas, tan fuertes que Talinga y una de las chicas de manicura, Amanda, asomaron la cabeza.

— ¿Qué pasa aquí? —preguntó Amanda.

—Santo cielo, ¿es una corbata de clip? —quiso saber Talinga.

—Mira —dijo Lola, recuperando el aliento—, aquí no tengo nada para ti. Pero ven conmigo a la cafetería y te conseguiré trabajo. Esa chica me debe un favor.

— ¿De verdad?

Ella asintió.

—Pero date prisa, que no tengo todo el día.

La chica se levantó de un salto y el bolígrafo se la cayó al suelo. Se agachó para recogerlo y me devolvió la solicitud.

—Gracias de todas formas —me dijo.

—De nada.

— ¡Vamos, Ringo! —gritó Lola desde la puerta.

Ella dio un salto, sonriendo, se me acercó un poco más y me dijo:

— ¿Sabes? Todavía sigue hablando de ti.

— ¿Quién?

—Quinn.

Por supuesto. Qué suerte la mía. No sólo está en un grupo, sino precisamente en ése.

— ¿Por qué lo haría? —me sorprendí—. Ni siquiera me conoce.

—Eso da igual —respondió encogiéndose de hombros—. Ahora eres oficialmente un reto. No se rendirá jamás.

Me quedé callada meneando la cabeza. Ridículo.

Ella pareció no darse cuenta, y dio unos golpecitos sobre el mostrador con la mano, como si hubiéramos hecho un trato o algo, antes de caminar hacia Lola.

Cuando se fueron, Talinga me miró y dijo:

— ¿La conoces?

—No —dije, y descolgué el teléfono, que sonaba otra vez. Qué pequeño es el mundo, y qué pequeña es esta ciudad. Pura coincidencia—. No la conozco.

En la semana transcurrida desde que Marley y yo habíamos roto, no había vuelto a pensar en ella ni en Quinn, ni en nada más que la boda de mi madre. La verdad es que me venía muy bien la distracción, aunque nunca lo hubiera admitido.

Marley me llamó mucho al principio, pero al cabo de un tiempo desistió, sabiendo que nunca volvería con ella. Hanna me señaló que había conseguido lo que quería: mi libertad. Aunque no exactamente de la forma planeada. Pero me seguía molestando que me hubiera puesto los cuernos. Era el tipo de cosa que hacía que me despertara enfurecida en mitad de la noche, incapaz de recordar que había soñado.

Por suerte, también tenía que ocuparme de Lissa. Había pasado toda la semana sin admitir la realidad, segura de que Sam cambiaría de opinión. Lo único que podíamos hacer era evitar que cediera a sus impulsos de llamarlo/pasar por su casa/ir a su trabajo, que todas sabíamos que no ayudarían en una situación así. Si él quisiera verla, la buscaría. Si quisiera volver con ella. Lissa tendrá que ponérselo difícil. Y etcétera, etcétera.

Y ahora venía la boda. Salí pronto de trabajar, a las cinco, y fui a casa para prepararme para la cena de ensayo. Al acercarme a la puerta principal me di cuenta de que la casa estaba justo como la había dejado: hecha un caos.

— ¡Pero no voy a llegar a tiempo! —Gritaba mi madre cuando entré y dejé mis llaves sobre la mesa—. ¡Tendrían que estar aquí dentro de una hora, o no llegaremos a la cena!

—Mamá —le dije, reconociendo al instante su voz a punto del ataque de nervios—. Cálmate.

—Lo entiendo —respondió, con voz todavía chillona—. ¡Pero se trata de mi boda!

Eché un vistazo al salón, allí sólo estaba Jennifer Anne. Ya vestida para la cena, leía en el sofá un libro titulado Haciendo planes, realizando sueños, que tenía en la cubierta una foto de una mujer pensativa. Levantó la vista hacia mí mientras pasaba una página.

— ¿Qué pasa? —quise saber.

—El servicio de limusinas tiene problemas —se atusó el pelo—. Parece que un coche ha tenido un accidente y el otro está en un embotellamiento.

— ¡Es inaceptable! —vociferó mi madre.

— ¿Dónde esta Noah?

Levantó la vista al techo.

—En su cuarto —contestó—. Al parecer, han salido del cascarón o algo así.

Hizo una mueca y volvió a su libro. Mi hermano criaba lagartos. Arriba, junto a su cuarto, en lo que había sido un vestidor, tenía varios acuarios en los que criaba lagartos monitor. Eran difíciles de describir; más pequeños que iguanas, más grandes que las lagartijas. Tenían lenguas parecidas a las de las serpientes y comían grillos pequeños que se escapaban por la casa todo el tiempo, haciendo cri-cri desde sus escondites, en los zapatos dentro de los armarios. Incluso tenía una incubadora, en el suelo. Cuando estaba incubando, se ponía en marcha cíclicamente durante todo el día, manteniendo la temperatura necesaria para que maduraran los lagartitos.

Jennifer Anne odiaba los lagartos. De hecho, eran el único punto que le faltaba en su transformación de Noah, la única cosa a la que él no renunciaría por ella. Como resultado, se negaba a acercarse a su habitación y el tiempo que estaba en nuestra casa lo pasaba en el sofá o en la mesa de la cocina, normalmente leyendo algún inspirador libro de autoayuda y suspirando en voz alta para que la oyeran todos, excepto Noah, que solía encontrarse arriba cuidando a sus animales.

Pero ahora tenía problemas más graves.

—Lo entiendo —dijo mi madre, con la voz temblorosa cercana a las lágrimas—, pero usted no se da cuenta de que tengo a cien personas esperándome en el Hilton ¡y no voy a llegar!

—Ey, tranquila —la calmé, acercándome por detrás y cubriendo el auricular con la mano—. Mamá, déjame hablar con ellos.

— ¡Es ridículo! —susurró, pero me dejo tomarlo—. Es...

—Mamá —le dije en voz baja—. Ve a terminar de vestirte. Yo me encargo de esto. ¿De acuerdo?

Se quedó quieta un segundo, parpadeando. Ya se había puesto el vestido y tenía las medias en la mano. Sin maquillaje ni joyas. Lo que quería decir otros veinticinco minutos, con suerte.

—Sí, de acuerdo —dijo, como si me estuviera haciendo un favor—. Estará arriba.

—Bien — vi cómo salía de la habitación, pasándose los dedos por el pelo. Cuando se marchó, me llevé el teléfono a la oreja—. ¿Eres Albert?

—No —dijo la voz cansada—. Soy Thomas.

— ¿Está Albert por ahí?

—Un momento.

Se oyó un ruido amortiguado, pues la mano cubría el auricular. Y después:

—Hola, Albert al habla.

—Albert, soy Rachel Berry-Corcoran.

— ¡Hola, Rachel! Mira, esto de los coches es un caos, ¿de acuerdo?

—Mi madre está al borde de un ataque, Albert.

—Sí, ya lo sé. Pero mira, esto es lo que Thomas intentaba explicarle. Lo que vamos a hacer es...

Cinco minutos después subí las escaleras y llamé a la puerta de mi madre. Cuando entré, estaba sentada delante de su tocador. No parecía haber hecho otra cosa que cambiarse de vestido y ahora se retocaba la cara con una brocha de maquillaje. Ah, progresamos.

—Todo arreglado —le dije—. Vendrá un coche a las seis. No es limusina, pero para mañana está todo dispuesto y eso es lo que importa. ¿De acuerdo?

Suspiró y se llevó una mano al pecho como si esto, por fin, hubiera calmado su acelerado corazón.

—Maravilloso, gracias.

Me senté en su cama, me quité los zapatos y miré la hora. Eran las cinco y cuarto. Yo necesitaba dieciocho minutos exactamente para arreglarme, contando con secarme el pelo, así que me tumbé y cerré los ojos. Oí a mi madre hacer los ruidos típicos mientras se arreglaba: el tintineo de los frasquitos de perfume, la brocha, las cajitas de crema y gel de ojos que cambiaban de lugar sobre la mesa con superficie de espejo que tenía delante.

Mi madre era glamorosa mucho antes de tener razones para ello. Siempre ha sido pequeña y fibrosa, llena de energía y propensa a excesos dramáticos: le gustaba llevar muchas pulseras de aro que tintineaban cuando movía los brazos, agitando al aire al hablar. Incluso cuando daba clases en la escuela de educación superior y casi todos sus alumnos estaban medio dormidos después de su jornada laboral, se arreglaba para las clases maquillándose mucho, perfumándose y vistiendo sus típicos atuendos vaporosos de colores intensos. Con su cabello negro azabache, y al estilo Cleopatra, con flequillo recto. Con faldas largas y sueltas y el corte de pelo podría haber sido de una geisha, excepto porque era demasiado ruidosa.

—Rach, cariño —soltó de repente, y me incorporé de golpe al darme cuenta de que casi me había dormido—. ¿Puedes venir a abrocharme?

Me levanté y fui hacia ella. Cogí el collar que me tendía.

—Estás guapísima —le aseguré.

Era verdad. Llevaba un vestido largo rojo con un escote pronunciado, pendientes de amatista y el gran anillo de diamantes que le había regalado Don. Olía a L'Air du Temps, que cuando era pequeña me parecía el perfume más maravilloso del mundo. Toda la casa olía a él: se adhería a las cortinas y las alfombras, igual que se pega el humo del tabaco, obstinadamente y para siempre.

—Gracias, cariño —dijo mientras la abrochaba.

Al vernos en el espejo, volví a asombrarme por el gran parecido que teníamos: morenas, delgadas y grandes ojos cafés. Totalmente diferente a mi padre. No tenía muchas fotos suyas, pero en las que había visto tenía el pelo entrecano, como los roqueros de los años sesenta, con barba y pelo largo. También parecía estar permanentemente drogado, lo que mi madre nunca negó cuando lo mencioné. "Oh, pero tenía una voz preciosa", decía ahora que ya no estaba. "Con sólo una canción, me conquistó".

Se dio la vuelta y me tomó de las manos.

—Oh, Rachel —dijo sonriendo—, ¿no es increíble? Vamos a ser tan felices.

Asentí.

—Quiero decir —continuó, dándose la vuelta—, no es como si fuera la primera vez que voy al altar.

—No —reconocí, alisándole el pelo por detrás, en un punto donde sobresalía.

—Pero esta vez lo siento tan real. Permanente. ¿No te parece?

Sabía lo que quería que dijera, pero aun así dudé. Parecía una mala película, este ritual que ya habíamos realizado dos veces, que yo recordara. A estas alturas las damas de honor y yo lo considerábamos más como una reunión de antiguos compañeros de clase, donde quedábamos a un lado y hablábamos de quién había engordado o se había quedado calvo desde la última boda de mi madre. No me hacia ilusiones sobre el amor. Venía, se iba, dejaba víctimas o no. Las personas no estábamos hechas para permanecer siempre juntas, pese a lo que dijeran las canciones. Le habría hecho un favor a mi madre sacando los álbumes de las otras bodas que guardaba debajo de la cama y señalándole las fotos, obligándola a ver las mismas cosas, a las mismas personas, las mismas poses de el pastel/champagne, brindis/primer baile que volveríamos a vivir dentro de cuarenta y ocho horas. Tal vez ella había olvidado todo, había apartado a esos maridos y esos recuerdos de su vista y de su mente. Pero yo no.

Seguía sonriéndome en el espejo. A veces pensaba que si pudiera leerme el pensamiento se moriría. O nos moriríamos las dos.

—Es diferente —insistió, convenciéndose a sí misma—. Esta vez es diferente.

—Claro, mamá —dije, poniéndole las manos sobre los hombros. Desde donde estaba, me parecían muy pequeños—. Claro que sí

De camino a mi cuarto, Noah me asaltó.

— ¡Rachel! Ven a ver esto.

Miré el reloj, cinco y media, y lo seguí al cuarto de los lagartos. Estaba atestado de cosas, y tenía que mantenerlo siempre caliente. Estar allí adentro era como un largo viaje en ascensor hacia ninguna parte.

—Mira —dijo, agarrándome de la mano y dando un tirón para que me agachara a su lado, junto a la incubadora. Había quitado la tapa y dentro había un pequeño recipiente de plástico lleno de algo que parecía musgo. Sobre él se encontraban tres huevecitos. Uno estaba roto y abierto, el otro un poco aplastado, y en la parte superior del tercero se veía un agujerito.

—Mira este —insistió Noah, y señaló al que tenía el agujero.

—Noah —protesté, mirando de nuevo el reloj—. Todavía no me he bañado.

—Un momento —me pidió, y le dio un golpecito al huevo—. Valdrá la pena.

Nos quedamos juntos allí agachados. Estaba empezando a dolerme la cabeza por el calor. Y entonces, justo cuando me iba a levantar, el huevo se movió. Se tambaleó un poco y luego algo salió del agujero. Una cabecita diminuta a la que, al romperse el huevo, siguió el resto del cuerpo. Era pegajoso y resbaladizo y tan pequeño que me habría cabido en la yema de un dedo.

Varanus tristis orientalis —dijo Noah, como si estuviera lanzando un conjuro—. Lagarto monitos pecoso. Es el único que ha sobrevivido.

El pequeño lagarto parecía todavía algo confundido, parpadeaba y se movía a sacudidas. Noah rebosaba de felicidad, como si hubiera creado el universo él solito.

—Increíble, ¿eh? —dijo mientras el lagarto volvía a avanzar sobre sus patas temblorosas—. Somos la primera cosa que ha visto en su vida.

El lagarto nos miró y nosotros a él, examinándonos mutuamente. Era pequeño e indefenso. Me daba pena. Había nacido en un lugar cruel. Pero no tenía por qué saberlo aún. Al menos por el momento. Allí, en aquella habitación calurosa y abarrotada, probablemente el mundo todavía parecía pequeño y manejable.