¡Hola! :) Aquí yo de nuevo, con otro capítulo :)...

Yo había pensado sobre esto muchísimo antes de que empezaran a subir fics sobre regalos de Navidad o.O... Al menos, esta idea no es sobre Navidad, tal vez sea la única novedad jaja

Pues no tengo nada más que decir, que ¡gracias por sus comentarios! y ¡a leer! y ¡a comentar! :)

iCarly no me pertenece, es creación de Dan Schneider

4. El regalo para Sam

Spencer estaba en el living con un montón de cajas a su alrededor, llenas de materiales para cinco esculturas que le habían pedido para dentro de tres semanas. Estaba bastante agobiado, pues dos de esas personas, no le había dicho qué tipo de escultura querían por lo que el muchacho debía pensarlas desde cero. Estaba en la construcción de la primera escultura, que se trataría de un gato hecho de latas. Sin embargo, se le complicaba y apenas lo tenía empezado. A veces necesitaba de inspiración y nada se le ocurría.

Unos minutos más tarde, la castaña bajaba la escalera hacia el living con libros y carpetas en la mano. No era que le fascinaba estudiar si no era en la escuela, pero tenía un examen próximo de una de las asignaturas que menos comprendía (la única que no comprendía) y necesitaba una buena calificación. La castaña iba muy tranquila hacia el sofá, para sentarse y ponerse a estudiar. Afortunadamente, aquel día, Sam y Freddie estarían juntos, así que aprovecharía el día...

Cuando la chica terminó de bajar las escaleras a Spencer se le cayó unas cuantas piezas de la escultura que, por el momento, tenía forma de una pelota. Las piezas de metal al caer al suelo hicieron un ruido casi estruendoso.

—¡No puede ser! —se quejó Spencer—. ¡Pegamento traicionero! —le gritó a la botellita de pegamento que llevaba en la mano derecha para luego tirarlo al suelo bruscamente, muy enojado. Carly sonrió por el suceso mientras iba a sentarse en el sofá y dejaba los libros en la mesita.

—¡Carly, Carly, Carly, Carly! —llamó Spencer entonces, poniéndose de pie, y luego, volteando a ver de un salto a su hermana, que ya había agarrado uno de los libros y estaba leyendo. Ella levantó la cabeza para mirarlo.

—¿Estás todavía con esa escultura? —preguntó la chica.

—¡Sí, y el pegamento no funciona! —seguía molesto Spencer.

—Oh, el pegamento es un monstruo —burló Carly con sarcasmo, sonriendo.

Spencer, todavía con rencor, pisó fuerte la botellita de pegamento que había quedado en el piso. Carly sonrió apenas y se inclinó desde el sofá para agarrar la caja de la botellita de pegamento, que estaba sobre la mesita. Sonreía mientras leía lo que explicaba.

—Spencer, este pegamento sólo pega papeles… —dijo Carly.

—Ouh —expresó Spencer, entre disgustado y avergonzado.

Carly largó una risita ante aquello y luego volvió a bajar la vista hacia el libro.

—¡Carly, Carly, Carly, Caaaarly! —volvió a llamar Spencer.

—¿QUÉ? —gritó Carly, alterada. ¡Tenía que estudiar y apenas había podido abrir el libro!

Spencer se impactó por cómo lo trató y quedó mirándola algo triste.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! —expresó la castaña con culpabilidad—. Lo siento, Spencer, no quise… Pero no puedo ahora…

—Necesito que me ayudes con la escultura…

—¡No puedo ahora! —exclamó la castaña.

Spencer siguió mirándola triste y luego empezó a caminar a su habitación dándole pequeñas miradas como diciéndole "regañona", mientras Carly ya había empezado a leer otra vez.

Por otra parte, Sam se estaba acercando al departamento de Freddie puesto que el día anterior él le había pedido que fuera a esa hora.

—¡Hey, bebé! —exclamó Sam entrando como si nada al departamento del chico mientras él estaba sentado en el pequeño sofá trabajando en un proyecto para el club de "Los hermanos Tren".

—Qué bueno que estés aquí —sonrió Freddie—… ¿Me ayudarías en algo? ¡Ven! —pidió Freddie haciéndole un gesto con la mano—... Es sobre mi club de trenes… ¡Es extremo!

—Adiós, bebé —se apresuró a interrumpir Sam, saliendo otra vez del departamento. Freddie, resignado, siguió con lo que estaba haciendo, sin la ayuda de nadie.

Sam, sin dudarlo, se aceró al departamento de su mejor amiga. Vio libros en la mesita ratona del living y varias cajas llenas de objetos desconocidos esparcidas, pero no vio a nadie por allí. Minutos después, Carly volvía del baño para seguir estudiando.

Cuando llegó al sofá, vio a Sam acostada allí, de lo más campante, comiendo de lo que seguramente sería tocino robado de su heladera. Carly había pegado un grito antes de asimilar que estaba la rubia allí.

—¡SAM! ¿Qué haces aquí? —se alteró la castaña entonces.

—Como tocino... —respondió la rubia sencillamente.

—Creí que estarías con Freddie —comunicó Carly a su mejor amiga mientras apartaba sus pies del sofá y se sentaba.

—¿Por qué? —preguntó la rubia confundida, con tocino todavía en la boca.

—¿Porque es tu novio? —preguntó la castaña como si aquello debería haberle resultado obvio a su amiga. —¡Y porque yo presencié cuando Freddie te pidió que fueras a su departamento a esta hora!

—¡Pero también es ñoño! —Exclamó la rubia—. Intenta terminar con su proyecto del club de los trenes —explicó la rubia mientras seguía comiendo. — ¡Quiso que lo ayudara! —espetó luego la rubia, recalcando con el tono de voz que aquello había sido ridículo.

—¿Hoy? —preguntó la castaña sorprendida. ¿Para aquello le había pedido Freddie a Sam que fuera a su departamento?

—¡Sí, es frustrante! —espetó la rubia, molesta.

—Deberías estar con él, Sam —aconsejó la castaña.

—Si estoy un minuto más en este momento con él, lo golpeo —explicó Sam, y dio un mordisco al tocino.

Carly suspiró y abrió uno de los libros de ciencias que llevaba... Sam se la quedó mirando impertérrita hasta que segundos más tarde dijo, de lo más tranquila:

—A ti también te golpearía.

Carly no la miró con linda cara. Pero luego empezó a buscar la página que necesitaba y preguntó mientras seguía con eso:

—¿Qué es lo que van a hacer Freddie y tú este domingo?

—¿Por qué lo dices? —preguntó Sam confundida, acomodándose en el sofá, sentándose con las piernas cruzadas, apoyándose contra el brazo del sofá mirando hacia su mejor amiga.

—¡Cumplen 4 meses, Sam! —exclamó Carly, sin poder creer que Sam se hubiera olvidado.

—¿Debería comprarle algo? —preguntó luego.

—¡Claro que sí!

—¿Qué tal una caja llena de grasitos? —preguntó Sam, sonriendo como si hubiera acertado.

—Algo que no puedas comerte, Sam —aclaró la castaña enseguida. —. ¡Debes comprarle algo que le guste a él! —continuó explicando.

—Oh, ¿enserio?

—¡Sí, enserio!

Entonces, la rubia suspiró y se puso de pie, con intención de salir del departamento.

—Suerte, Sam —le dijo Carly sonriendo y su mejor amiga volteó a mirarla sonriendo y para hacerle una seña de saludo con la mano.

Carly suspiró y se preparó para comenzar a estudiar cuando la puerta se cerró tras la rubia... Pero en cuanto abrió en el primer capítulo en el que comenzaría su lectura, Sam abrió nuevamente y se asomó:

—¿Me prestarías dinero? —dijo de una y luego sonrió anchamente.

Carly no le prestó dinero y le dijo que no era necesario que gastara, pero que hiciera algo por Freddie. Sam rodó los ojos, no insistió y otra vez dejó a Carly sola. Lista para estudiar nuevamente, Carly bajó la mirada al libro, pero la puerta del departamento volvió a abrirse y Freddie se asomó. Carly, al notar movimiento, dirigió la mirada hacia allí.

—Hola, Carly.

—¡Hola!... ¡Estoy estudiando! —informó Carly alzando el libro que sostenía. Pero Freddie no entendió la indirecta y entró al departamento sin hacer demasiado ruido. Llevaba una remera rayada y vaqueros. Carly suspiró frustrada. Cuando dirigió la mirada al chico lo notó ceñudo.

—¿Sam no está aquí contigo? —preguntó en un susurro.

Carly miró alrededor y dijo:

—Oh, sí, se metió dentro de la heladera para robarme mejor la comida —burló Carly, sonriendo, lo que hizo que Freddie también riera pensando en que había sido una pregunta tonta.

—Quisiera preguntarte algo —le explicó Freddie, algo nervioso.

—Sí, claro —dijo Carly un poco fastidiada—. ¿Qué sucede? —le preguntó luego al chico dándole su atención.

—Se viene el cuarto mes con Sam —Carly sólo asintió—. Y… quisiera regalarle algo. ¿Tú qué piensas?

—Tengo entendido que le gusta el jamón —respondió Carly sonriendo y Freddie largó una risita.

—Quisiera darle algo que pueda conservar —opinó el muchacho—… Y que sea legal —aclaró luego. —Oh, ¡tengo una lista! —expresó después el chico, sacando una hoja de libreta de uno de los bolsillos traseros de sus vaqueros.

—Oh, qué bien —dijo Carly un poco desanimada. ¡Sólo quería estudiar!

—A ver, ¿qué piensas? Un horno portátil...

—Em... bueno...

—Creo que no porque ella ya tiene dos, uno está en la escuela y otro en su casa...

—Cierto.

—Un kilo de grasitos.

Carly abrió la boca para hablar, pero Freddie volvió a interrumpirla.

—No, bueno, dije que quería darle algo que pudiera conservar —se rectificó el chico. —Aunque... pensándolo mejor, al menos podría durarle unos días.

—Claro —dijo Carly, sin ganas.

—Un collar de corazón —siguió leyendo Freddie.

Carly sonrió y estaba apunto de decir que eso sería muy romántico...

—No, creo que me golpearía si le regalara algo así —dijo Freddie, sin dejar que Carly hablara.

—Puede ser —dijo Carly un poco molesta.

—Mmmm... no sé, sólo caminaré y veré algunas tiendas —dijo de pronto Freddie, poniéndose de pie. Se acercó a la puerta del departamento guardándose la lista en el bolsillo y pensando que volvería a considerar lo que había escrito en la lista y también consideraría lo que viera en las tiendas. —¡Gracias por tu ayuda, Carly! —sonrió el chico y abandonó el departamento.

—¡No fue nada! —exclamó Carly... En realidad, no fue nada... ¡ni la había dejado hablar!


Freddie tenía en claro qué tipo de regalo debía darle a Sam, sin embargo, no tenía en claro qué regalo. Se paseó por todas las tiendas, vio hornos portátiles, paquetes de kilos de grasitos, que aunque no era algo que Sam podría conservar, podría durarle unos tres días al menos. Vio también el libro "La historia del Grasito", que aunque no lo convencía mucho, lo compró sólo porque le daban de regalo dos cupones para una noche gratis en el Restaurante de Grasitos más famoso de Seattle. También vio cadenitas con dijes en forma de corazón, que, aunque se tentó de regalarle uno, compró un collar con un dije en forma de grasito de un tamaño de quince centímetros casi. Entonces, aun con el libro y el collar en las manos, siguió buscando el mejor regalo para Sam. También pasó por un negocio de camisetas en el que pensó encargar una camiseta que dijera "Yo amo mi chico web" y "Yo amo los grasitos" con un grasito estampado, para Sam.

Cuando llegó a un negocio y miró al interior desde la calle, creyó encontrar el mejor regalo para la rubia y sonrió. Y luego se dijo idiota por no recordarlo. Sam estaba viendo en una página web sobre tenedores un tenedor de un tamaño de casi un metro y se regocijaba, imaginando toda la comida que podía comer con él. Él había estado con ella ese día, ¿cómo pudo haberlo olvidado? Entonces, sin pensarlo más, entró al negocio y empezó a acercarse al estante donde estaba la única caja. Era una caja que contenía un conjunto de tenedores de distintos tamaños, iban del tamaño de una cuchara de té hasta una del tamaño de casi un metro y medio. Sin embargo, antes de llegar un grupo de cinco personas se congregaron allí y consideraron la posibilidad de llevárselo. Se quedó quieto, con los ojos de par en par, pensando desesperado.

—¡Oh, miren, una rana de dos cabezas! —gritó.

Y todos voltearon a verlo. El chico señalaba con una sonrisa amplia hacia el exterior. Las personas se miraron extrañadas, entre sí, y con curiosidad fueron al exterior a ver la rana de dos cabezas.

Apresuradamente, y con sigilo, mirando de aquí para allá, Freddie fue hacia la góndola, tomó la caja de los tenedores y corrió hacia la caja. Casi cinco minutos después, salía del negocio con la caja de tenedores, el libro de la historia de los grasitos y el collar en bolsas. Para terminar, decidió comprar un paquete de grasitos, pero, desgraciadamente, al pagarlo y dejarlo sobre el mostrador del vendedor, un niño le quitó el paquete y salió corriendo.

—No, no, no, no, no —se lamentó Freddie—. ¡Ven aquí! ¡Es para mi novia Sam!

Corrió tras él con todas las bolsas pero el niño corría rápido. Pronto Freddie se detuvo ceñudo de la molestia.

—¡Tonto! —se quejó.


—Hola, Spencer —saludó Freddie entrando al departamento. Spencer seguía rompiéndose la cabeza con una de las esculturas. Todavía le faltaba otras cuatro y apenas estaba por la mitad de la primera. Había muchas piezas de metal sin forma precisa esparcidas por el piso y Spencer las estaba pegando sobre una bola enorme.

—Hola, Freddie. Mañana es el gran día, eh —dijo sonriendo Spencer, refiriéndose al día especial de Sam y Freddie.

—Sí, y ya tengo su regalo —sonrió Freddie con su habitual sonrisa al costado.

—Suerte —dijo Spencer con un tono extraño.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Freddie, empezando a asustarse. Si antes estaba seguro de que a Sam le gustaría el regalo, aquello estaba disminuyendo ahora.

—Oh, no quiero recordarlo —dijo el muchacho limpiándose las manos con un trapo mojado, poniéndose de pie y acercándose a la cocina.

—¿Spencer…? —insistió Freddie, siguiéndolo.

Spencer suspiró y miró a Freddie como si el recuerdo que tuviera en mente estuviera matándolo.

—¿Qué? —preguntó Freddie confundido.

—Una vez salí con una chica —empezó a contar Spencer.

—¿Sólo una vez? —preguntó Freddie.

—No, muchas veces salí con chicas —corrigió Spencer—. Pero una vez… —contaba Spencer con algo de dramatismo. El chico dejó de mirar a Freddie para mirar a un punto a su costado y cerrar los ojos con fuerza, como queriendo que aquel recuerdo se borrara para siempre. Freddie lo miró algo ceñudo, y esperaba que continuara con las manos en los bolsillos delanteros de sus vaqueros y un poco ansioso. Un segundo después, bruscamente, Spencer volvió a mirar dramáticamente a Freddie, que tiró la cabeza un poco hacia atrás por el susto del brusco movimiento. —Una vez… Jennifer y yo cumplíamos un mes de salir juntos…

Años atrás, Spencer llegaba a la mesa preparada del living de su departamento, (muchas esculturas que años después adornarían el departamento, brillaban por su ausencia). Jennifer iba con un vestido azul sin mangas y el pelo recogido en una cola de caballo, y se agarraba del brazo de Spencer, quien sonreía de costado. Jennifer se sentó a la mesa y Spencer le dijo que había que esperar unos minutos a que estuviera lista la cena. Entonces, fue a buscar un regalo envuelto en papel, se lo entregó y se sentó. Jennifer y él se miraban y se sonreían mientras la mujer abría el regalo.

¿Un portarretrato? ¿Cumplimos un mes juntos y sólo me das un portarretratos? ¡Desgraciado! —la mujer le tiró un plato, pero el chico se agachó con gran rapidez. Luego se apresuró a ponerse de pie y le preguntó a la mujer:

Entonces, ¿no te gustó?

La mujer tan sólo lo miraba fijamente, con los labios apretados y los ojos entrecerrados. Respirada agitadamente y parecía un toro enfurecido que iría a lanzarse contra él.

Jenny, ¡tranquila!

La mujer le empezó a tirar vasos, el plato que todavía quedaba en la mesa, y hasta la misma mesa. Y Spencer sólo salió corriendo hasta la cocina, pero Jennifer lo persiguió gritándole cosas como "¡Desgraciado!" "¡Maldito!". Le tiraba todo lo que encontraba a su paso, pero, o por falta de puntería, o porque Spencer se corría justo, o sólo porque el muchacho tenía suerte, ni el jarrón, ni la lámpara, ni el salero de vidrio, llegó a pegarle.

¡Sólo debías decir que "no"! —gritaba Spencer mientras corría en dirección a su habitación.

En la actualidad, Freddie lo miraba ceñudo y un tanto asustado.

—¿Y cómo fue que saliste de esa situación? —preguntó el chico.

—Me encerré en mi habitación hasta que se cansó de gritarme y de arrojarle cosas a la puerta —respondió Spencer y luego dio media vuelta para buscar una bebida de la heladera.

Freddie tragó saliva. Ahora la seguridad de que a Sam le podría gustar el regalo disminuyó del todo. A Spencer se le había ido ya el dramatismo y se servía en uno de los vasos rojos un poco de Pepy-Cola que ofreció a Freddie con una seña. Pero el chico, estático, con las manos en los bolsillos todavía, sólo negó con la cabeza. Spencer se encogió de hombros y empezó a beber al mismo tiempo que Freddie daba media vuelta y caminaba algo estático, traumado por la historia que Spencer le acababa de contar. Llamó al ascensor y subió al desván en él mientras intentaba relajarse.

Carly estaba acomodando un tarro transparente con una sustancia espesa de color marrón al lado del carrito tecnológico cuando Freddie salió del ascensor.

—Hola, Carly —saludó el chico.

—Hola, Freddie —dijo la castaña.

—¿Ese el tarro donde Gibby meterá sus pies? —preguntó Freddie.

—Ajá —respondió Carly.

—¿Y Sam no ha llegado aún? —cuestionó el chico algo molesto porque iCarly ya estaría por empezar.

Mientras Carly miraba hacia el auto de utilería, una voz venía desde allí:

—¡Aquí estoy!

Freddie dirigió la mirada hacia allí y vio a Sam acostado boca arriba a lo largo de los dos asientos del auto con una de las piernas sobre el respaldo.

—Qué sorpresa... Por primera vez has llegado temprano y antes que yo —le dijo Freddie a Sam, sorprendido y con una pizca de sarcasmo, acercándose para saludarla con un beso. Pero, al parecer, a ella no le había gustado que se lo recalcara y menos con aquel tono, por lo que le dirigió una penetrante mirada que lo hizo detener a medio camino. —¿Empezamos con el show? —preguntó Freddie un tanto asustado, intentando que Sam se olvidara del asunto y dirigiéndose al carrito a agarrar su cámara.

—¿Gibby no ha venido aún? —preguntó Carly.

—No —respondió Freddie alzando la cámara con una mano mientras con la otra preparaba la computadora portátil para el show.

—De acuerdo, empecemos sin él —dijo Carly.

Sam, sin ganas, salió de la comodidad del auto y fue a ponerse al lado de Carly.

—¡En 5, 4...! —empezaba a contar Freddie al tiempo que se abría el ascensor. El chico se interrumpió e, impulsivamente, dirigió la mirada hacia allí, como también hicieron las chicas.

Los tres se extrañaron al ver salir del ascensor a Gibby con una sonrisa y disfrazado. Llevaba puesto un gorro cubierto de una gran cantidad de algodón e igual así estaba el vestido que se había puesto.

—¿Qué onda? —saludó Gibby sin dejar de sonreír.

—Hoy no tenías que disfrazarte —dijo Carly, cruzada de brazos. Mientras, Freddie miraba al chico con una ceja levantada y Sam, con la boca ligeramente abierta, preguntándose en su interior qué hacía Gibby vestido así.

—Le pregunté a Sam de qué debía disfrazarme y ella dijo "Sólo quiero un algodón de azúcar" —explicó Gibby.

—¡Sí, me apetecía uno! —aclaró la rubia.

—Ah, ¿qué? ¿Yo no soy apetecible? —soltó Gibby con indignación y, luego, mientras los chicos lo miraban como si estuviera loco, el muchacho regresó al ascensor dirigiéndole pequeñas miradas de reprobación e indignación a la rubia.

—¡Empecemos el show! —pidió Sam sin hacerle caso a Gibby.


Al día siguiente, luego de la hora del almuerzo, Sam estaba de lo más tranquila comiendo carne ante la mesa de la cocina de Carly, cuando la castaña bajó con sus libros y la vio.

—Sam, ¿qué haces aquí? —la vio comiendo—. Claro, ¿para qué pregunté? —se dijo a sí misma.

—¡Hola, Carls! —saludó la rubia cuando aun tenía comida en la boca y mientras Carly se sentaba en la mesa frente a ella.

—¿Y no estás con Freddie? —preguntó Carly. —Hoy es su día especial —sonreía la castaña. —¿Cómo te sientes? ¿Y ya sabes qué regalarle? ¿Ya se lo compraste? ¿Lo traes aquí? ¡Responde! —exigió la chica al ver que Sam no abría la boca.

—¡Una pregunta a la vez! —soltó la rubia.

—¿Sabes qué regalarle?

—Ajam —respondió Sam sin dejar de tener carne en la boca.

—¿Oh, enserio? ¿Y lo tienes aquí?

—No se lo compraré —respondió Sam de inmediato. Parecía irritada.

Carly miró a la rubia sorprendida.

—¡Sólo tengo cinco centavos y un botón! —aclaró—. ¡Nada cuesta cinco centavos y un botón! —se justificó, y parecía enojada por eso—. Sólo… No sé… Pensé en algo más.

—Está bien —sonrió Carly. Y se la quedó viendo a Sam, pero Sam se la quedó viendo extrañada porque no entendía porque la miraba. —¿Y en qué pensaste? —soltó Carly porque Sam no decía nada.

—No sé... Creo que es... Tonto —dijo avergonzada.

—¿Qué? —insistió Carly.

En aquel momento, Freddie abría la puerta, se asomaba un poco y golpeaba. Sam y Carly miraron hacia allí.

—¡Hola, Freddie! —saludaron las dos, mientras el chico se acercaba sonriendo a su novia.

—Hola, mi carnívora —sonrió el chico y, luego, se saludaron con un pequeño beso en los labios.

—Aw —dijo Carly—. ¿Y harán algo hoy?

—Sí, tenemos reservaciones para Pini´s esta noche —respondió Freddie.

—Oh, sí —Corroboró Sam. —Quisiera rodar en toda esa lasaña… —dijo Sam feliz.

Carly y Freddie rieron un poco ante aquello al tiempo que se abría la puerta del departamento y entraba por ella un cargamento de bolsas y tubos de metal con piernas...

—¡Escuché voces! —exclamó una voz viniendo del cargamento andante. Los chicos miraban confundidos y se asustaron un poco cuando las piernas quisieron pasar por detrás del sofá pero tropezaron con una de las patas de la mesita que había al lado y se cayó al piso. Los objetos se desparramaron y Spencer quedó tirado en el suelo boca abajo. Sam se había puesto de pie y miraba boquiabierta; Freddie, tenía las cejas arqueadas; y Carly, corrió a ayudar a su hermano.

—¡Spencer! ¿Estás bien?

Spencer se puso de pie con la ayuda de Carly y empezó a frotarse el codo y las rodillas quejándose con un alarido.

—¿Qué pasa, Spencer? —preguntó Carly un poco asustada, pero se le podía ver que una sonrisa quería escaparse.

—¡Tengo que terminar cinco esculturas en dos semanas! —espetó Spencer, que parecía estresado.

—Lo siento, Spencer... —dijo Freddie, que se volvió a mirar a Sam—. ¿Vamos? Tengo algo para ti.

—Mamá quiere saber —sonrió la rubia, y siguió a Freddie fuera del departamento, dejando algo decaído a Spencer porque no encontraba asistente. Sin embargo, miró a su hermana.

—Lo siento, Spencer, tengo que estudiar para un examen.

Mientras que un desanimado Spencer preparaba el terreno en el living para seguir trabajando en las esculturas y Carly se sentaba a la mesa de la cocina para ponerse a estudiar, Freddie llevaba a Sam a su casa, haciéndole quitar los zapatos antes, como él hizo. Sam sonreía anchamente y se ponía sus manos en la panza esperando que Freddie le diera algún paquete de grasitos o algo por el estilo. Sin embargo, el chico fue hacia el pasillo de su habitación y regresó segundos más tarde con una caja envuelta en papel de regalo. El chico se puso de pie ante ella, que lo miraba confundida, y le entregó el obsequio con una sonrisa al costado. Cuando la rubia empezó a agitar el paquete para dar con una cuenta acertada de cuántos grasitos contenía la caja, Freddie arrugó un poco el entrecejo, extrañado.

—No suenan como grasitos —dijo de pronto Sam y Freddie puso los ojos al cielo.

—¡No es comida! —aclaró el chico.

—Oh —sólo expresó Sam, que empezó a abrir el paquete y Freddie volvió a sonreír de costado y a cruzarse de brazos.

Pero en cuanto vio la mirada que Sam había puesto al ver el regalo y al recordar la historia de Spencer, Freddie eliminó la sonrisa. A Sam parecía no haberle gustado nada el regalo.

—¿No vas a romperme el brazo, cierto? —preguntó el chico, tragando saliva.

Sin embargo, Sam alzó la mirada, sonriendo apenas, dijo un casi inaudible "no", y le dio un pequeño beso en los labios. A Freddie le pareció rara aquella actitud y se preocupó.

—¿Estás bien?

—No... Quiero comer grasitos —sólo dijo la rubia.

Amaba a ese chico. Cada día estaba más segura de eso. Pero ¿y ella qué pensaba darle?... Un pedazo de papel y acuarela. Sin embargo, aquél pensamiento se le fue de la mente por unos segundos al bajar la mirada hacia los tenedores, que iban del tamaño de una cuchara de té a uno de casi un metro más o menos. Ante aquella visión de los tenedores, en su mente se fue formando otro pensamiento y entonces miró a Freddie con seriedad.

—¿Qué ocurre? —preguntó un confundido Freddie.

—¿Dónde está el jamón que voy a comer con estos tenedores?—preguntó la rubia, haciendo que Freddie la mirara sintiéndose molesto. Pero en el interior, la rubia seguía preguntándose: ¿enserio sólo tenía para él un pedazo de papel y acuarela?

Freddie miró a la rubia molesto sólo unos segundos, pero luego sonrió.

—Nunca cambiarás, ¿cierto? —dijo.

—¿Qué quieres decir? —espetó la rubia con intención de darle un golpe en cualquier momento... ¿Además de que no le dio ningún grasito le decía eso?

—Que eres genial —respondió entonces Freddie.

Sam sonrió y Freddie también, entonces, Sam lo abrazó fuerte y otra vez su mirada había cambiado... ¿Enserio sólo tenía para Freddie un retrato de él?

—De acuerdo, debo golpearte más seguido —sólo dijo Sam, divertidamente, aun en el abrazo con Freddie. Freddie arrugó el entrecejo y enseguida se apartó un poco asustado de Sam. Sin embargo, tratando de cambiar de tema, Freddie siguió con los otros regalos.

De acuerdo, no es gran cosa el capítulo, y tal vez no fue tan divertido, ni tuvo tanto seddie, pero al menos es un capítulo :)... Y el próximo capítulo será: "El regalo para Freddie", y aunque ya está avanzado, tal vez me tarde.

En fin, ¿me dejarían reviews? ¡Por favor! ¡Tengo que saber qué es lo que pensaron al leer el capítulo! :)...

Pido una vez más... ¿Reviews, por favor? :)

Bueno, chicos, que empiecen muy lindo el año nuevo, tengan mucho cuidado en el festejo. En Navidad los cohetes dejaron un muerto y 200 heridos en Argentina, o al menos eso fue lo que se supo, así que no se arriesguen, ¿sí?

Bueno, ¡FELIZ AÑO NUEVO! (aunque todavía falta, aunque no tanto)

¡Saluditos! ¡Y dejen reviews! :)