Capítulo 4: Nostalgias desiguales
"You see her when you close your eyes
Maybe one day you'll understand why
Everything you touch surely dies".
XXX
En el exterior, la luz del crepúsculo lamía las hojas de los árboles y las fachadas de las casas. El sol volcaba sus últimos destellos sangrientos a modo de despedida.
Mas la brillante luz del atardecer no era recibida en aquella habitación oscura, con ventanas de cristal selladas casi herméticamente por pesadas cortinas de color borgoña.
Él sabía que la ingenua muchachita que estaba cómodamente acostada entre sus sábanas esperaba, ansiosa, contemplar la puesta de sol; ser reconfortada con inútiles gestos románticos como si fuera valiosa: cosa que, ciertamente, no era.
Y las cortinas permanecerían cerradas, el cuarto oscuro, y su cuerpo dispuesto frente a él. Ella se entregaría como si su cuerpo fuese un plato de comida caliente, él lo sabía. Ansiaba más su tacto que ver la maravillosa puesta de sol. Ansiaba más un beso suyo que su respeto. Ansiaba más extender las piernas para él en todo su esplendor que abrir su corazón —no que él lo quisiera, claro—.
Rodó sobre ella, estaba dormitando. Era como un ángel rubio, con una expresión serena y preciosa… o como una ramera, de cabellos teñidos, pintura embarrada en su rostro debido al sudor, y belleza plástica que podía encontrar en cualquier cabaret de la zona. No era seductora, era vulgar. Tan vulgar que tuvo que tenerla.
Y ahora yacía allí, enredada entre sus sábanas rojas, luciendo una sonrisa de satisfacción. Completamente conforme con ser utilizada como una muñeca inflable.
Apartó el cabello rubio de su rostro bruscamente. Ella abrió los ojos. Celestes. Aburridos ojos celestes. Superficiales ojos celestes. Carentes de profundidad, de inteligencia. Llenos de lujuria estúpida.
Ella no le causaba nada. Pero debía tomarla, tenía sed. Era como un sediento hombre perdido en el desierto obligado a sobrevivir con agua de lluvia.
Oh, pero el probó el agua bendita una vez.
La mujer se movió, bajó sus ojos mirándola con curiosidad burlona, mientras ella acariciaba su cabello. Realmente odiaba que hiciera eso: tocarlo. Jugar con él, como si ellatuviera el poder. Disfrutarlo. Permitirse creer que él estaba atrapado entre sus garras rojas; permitirse creer que ella no era sólo un mero intento de reemplazo.
El enojo se extendió como un escalofrío, deslizándose con lentitud pegajosa por sus omóplatos, instalándose punzantemente en su entrepierna. No era deseo sexual, era rabia. Y sólo había una manera de deshacer su rabia.
Cerró sus manos en las muñecas de la mujer, sus dedos se transformaron en pesados grilletes que la atraparon con ferocidad merecedora de quién comete un crimen atroz; pero ella lo disfrutó.
Sus gemidos eran similares a los de una perra en celo, implorando; y lo alentaron. Lo alentaron a morder la perfumada piel de su cuello de una forma que ninguna mujer podría disfrutar. Doloroso, ardiente, y dejando la esencia metálica de la sangre en sus labios.
Ah, sangre: El mejor afrodisíaco.
Separó sus piernas, sumergiéndose en ninguna humedad. Le dolió. Un gran sentimiento de frustración lo invadió. La mujer que tenía bajo él nunca podría sentirse como ella. Ni su sangre, ni sus estremecimientos, ni la muda sensación de temor que la invadía, tenían comparación con lo que vivió aquél día... con lo que sintió aquél día.
Fue casi tan fantástico como el sol que se ocultaba fuera. Él había sido una bestia rugiente; era un hombre lobo crepitante de deseo y poder, y la había cazado.
Y, Señor, la extrañaba.
La nostalgia quebró su clepsidra mental, allí, donde la ocultaba a ella. Con el cabello castaño extendido como finas telas de arañas bañadas en lágrimas, el cuerpo frío, mejillas moradas… y esa pequeña cicatriz en la garganta, sangrando; marcándola como suya. Cerró los ojos, y la recordó.
Su lengua afilada de palabras inteligentes, paralizada por el horror.
Sus ojos indiferentes, bañados de miedo.
Su cabeza normalmente alzada en desafío y orgullo, baja. Baja; destruida.
Finos ríos de sangre serpenteante perdiéndose entre las suaves curvas de sus muslos. Y su cuello, un paisaje de colores cerúleos iluminado por la luz de las estrellas; el resplandor de la luna era pobre comparado con el de sus ojos...
El tiempo se paralizó mientras su carne hacía contacto con la de la jadeante mujer, fusionándose frenéticamente pero sin conseguir ninguna satisfacción.
Un pobre orgasmo rompió en él. Y gritó el nombre que golpeó cruelmente los oídos de decenas de amantes. Sólo un nombre; siempre.
—¡Farrah!
XXX
Un mes y medio atrás, mientras se retorcía las manos y esperaba con una expresión huraña en el rostro, al tren que lo acompañaría en el inicio de su viaje de autodescubrimiento, había creído que eso funcionaría. Eso: huir.
Necesitaba tiempo, necesitaba la paz, orden, y soledad que sólo los trenes podían proporcionarle. Necesitaba alejarse de la avalancha de cambios que amenazaba con sepultarlo, destruyendo la perfecta homeostasis que reinaba en su vida.
Los cambios atraían al caos, a las alteraciones rutinarias, al desorden. ¡Oh, Penny y Leonard se casarían! Eso significaba que buscarían un nuevo lugar para vivir, probablemente una amplia casa con un jardín aún más grande, en dónde puedan satisfacer la estúpida necesidad humana de tener hijos para perpetuar su apellido. Así, la casa estaría desbordada de salvajes niños rubios que insistirían en llamarlo "tío Shelly".
La sobrecarga de estrógeno de Penny pronto contagiaría a las otras féminas del grupo, causando que Bernadette se embarace finalmente, y que Amy busque aún más ávidamente mudarse con él…
Casarse con él.
Tener una amplia casa —con un jardín aún más grande— desbordada de pequeños niños castaños, con ojos verdes y azules; que insistirían en llamar a Leonard "tío Lenny". Con el paso del tiempo, debería buscar nuevas formas de ingreso, mientras Amy cuidaba de los niños. Quizás tendría que escribir un libro sobre "física" —simplificado, obviamente, para el entendimiento de las masas—, el cual llenaría los bolsillos de la universidad de dinero. CalTech le tiraría algunas migajas de ese dinero, y se vería denigrado a ser un simple prostituto de la física común.
Así terminaría su vida. Sin premio Nobel, sin que la humanidad reconozca su brillantez, sin perdurar en la historia como el magnifico científico que era… ¡No, el era un físico; no un padre! Y lo dejó perfectamente claro aquella tarde en el apartamento de Amy.
Oh, aquella tarde.
Sheldon no era ajeno a las discusiones de pareja que iban desde gritos hasta ropa interior lanzada desde el tejado, pero Amy y él eran diferentes. Discutían de forma civilizada y llegaban a acuerdos mutuos que los dejaba a ambos satisfechos… o eso creía. Ese día, sin embargo, Sheldon notó el reflejo de su padre en su voz, en sus gritos, en la forma en la que estrelló la puerta al salir del apartamento de su novia; dejándola sola y triste.
Había aprendido a descifrar el "rostro triste" de Amy. No resultó tan difícil, dado que él era el principal culpable de que ese rostro aparezca en primer lugar. No podía enfrentar sus ojos tristes nuevamente, no podía volver a verla antes de tener respuestas.
Con el correr de los días, sólo se sentía como un vulgar trotamundos. Coleccionar los sobres de mostaza de cada estación de servicio en la que paraba y desarrollar la teoría de que un parasito se albergaba en su cerebro, fue lo más productivo que realizó en ese tiempo de ocio; ambas tareas muy lejanas a las respuestas que buscaba. Pero no podía regresar a Pasadena una semana después de marcharse.
Las cosas por allí estaban… agitadas.
Aún recordaba con un estremecimiento los amenazantes gritos de Bernadette, diciendo algo sobre su padre, un arma, y su cabeza. Leonard quejándose de su hombro magullado por un peligroso cojín, y Penny maldiciéndolo como un pirata alcoholizado.
Lo mejor era esperar.
O eso creía. Una vez que puso un píe en Texas, fue sobornado con una escandalosa cantidad de pollo frito y obligado a relatar los hechos que lo alejaron de California, sin omitir el menor detalle.
El resultado fue que su madre sacó a relucir su vieja biblia —especial para la cabeza de Sheldon—, le ordenó inmediatamente que regresara, recuperara su vida, y le pidiera disculpas a Amy por ser un "completo y real asno". Se marchó de Texas con la cabeza caída en vergüenza, como un niño travieso… y con una caja de galletas de su abuela. Después de todo, él siempre sería su Moon Pie; y una caja de las galletas de Meemaw prometía suavizar la ira de Amy, esperaba.
El resto de su viaje sólo le sirvió para abrirle los ojos al hecho de que estaba más apegado a Amy y a sus amigos de lo que esperaba. Y eso fue decepcionante. Pasó largas jornadas en las que debería intentar desentrañar los secretos del universo, comparando el color esmeralda de los asientos del tren con el color de los ojos de Amy. Incluso en ese momento, mientras esperaba impacientemente a Leonard, no podía evitar ver los ojos de Amy en su camiseta de Linterna Verde.
Tamborileó los dedos en la correa de su bolsa, fuera, el sol terminaba de ocultarse, las luces anaranjadas de las farolas se encendieron simultáneamente a los dos lados de la calle.
Algo se sentía diferente dentro suyo, y era momento de enfrentarlo. No podía ver a Amy sin poseer alguna respuesta. Genial, porque ya tenía una:
Era una ambivalente emoción, tan dulce como un abrazo de Meemaw, como observar el resultado final de una ecuación particularmente difícil. Lo hacía sentir el hombre más fuerte de la tierra, y le producía la misma seguridad que sentía al sentarse en su lugar; pero también lo volvía vulnerable, débil, y temeroso.
Y tenía el rostro de Amy. Los ojos de Amy. La expresión triste de Amy. Y Sheldon supo, que el amor no es una noción estúpida que no le agrega valor a las relaciones humanas; porque jamás podría valorar algo con la misma intensidad con la que valoraba a Amy.
Desde las sombras, equivocándose, lastimándola en el proceso; pero la amaba.
Y en la mente de Sheldon, eso bastaba.
Después de un inusualmente efusivo saludo a Leonard, y un corto viaje hacia Los Robles, se paró frente a la puerta del 4B. Una extraña sensación de miedo le recorrió el cuerpo, petrificando su mano antes de que haga contacto con la puerta.
《Esto es tonto —pensó—, sólo es Penny. Penny con sus grandes manos de leñador de Nebraska que juraron estrangularme…》
Toc, toc, toc —¡Penny!
Toc, toc, toc —¡Penny!
Toc, toc, toc —¡Penny!
XXX
Amy observó, impasible, como Penny se ahogaba con el vino, desenredaba sus manos de los trozos de tela; saltaba del sofá y corría hacia la puerta.
Contradiciendo sus promesas, lo primero que hicieron sus manos no fue estrangularlo, sino envolverlo en un gran y aplastante abrazo. Amy juró ver el brillo de un incendio forestal encendiéndose en los ojos de Bernadette ante semejante "traición".
—¡Sheldon!, me pone tan feliz verte ¡maldito idiota! —Penny lo soltó, dándole un puñetazo en el hombro.
—Penny, veo que sigues teniendo modales dignos de un campesino ebrio. Debo decir que no me sorprende.
El saludo condescendiente de Sheldon bastó para que el enojo de Bernadette estallara.
—Y tú sigues siendo el mismo cretino egoísta que eras cuando te marchaste, ¿verdad, Sheldon? — Bernadette saltó, furiosa, golpeando con un dedo el pecho de Sheldon— ¡Te largas de un día para el otro, alejando a Amy de nosotros! ¡¿Y siquiera te muestras arrepentido?! ¡no! Amy tendría que haber quemado todos esos malditos papeles del Acuerdo de Relación pasado el primer día de tu ausencia.
Sheldon tragó el nudo que se le formó en la garganta.
—Afortunadamente, Amy no piensa como tú, Bernadette —la usual condescendencia de su voz sonó más débil que nunca—. Hola, Amy Farrah Fowler.
Amy levantó los ojos de la copa que giraba entre sus dedos. Inclinó la cabeza mecánicamente, reconociendo el saludo, y bebió el vino de un sorbo.
Bernadette y Penny intercambiaron miradas preocupadas.
—Debería irme —murmuró Amy, alisándose la falda—. Tengo que ir a hacer las compras, luego lavar ropa —las escusas salían atropelladamente mientras intentaba abrirse paso hacia el pasillo, evitando la mirada de Sheldon—, regar las plantas y…
—¡Vamos, Amy! Sheldon apenas ha regresado. Únete a nosotros esta noche ¡por favor! —la súplica de Penny fue alentada silenciosamente por Leonard, que luchaba por abrir la puerta del 4A, haciendo malabares con unas cajas de pizzas y sus llaves.
Amy cedió por primera vez en semanas a la presión grupal. Asintió distraídamente y ayudó al pobre Leonard a abrir la puerta, recibiendo una sonrisa de agradecimiento.
Con un poco de suerte, sería como en los viejos tiempos.
XXX
—Lo juro amigo, el tipo es como el Robert Downey Jr. De la física —repitió Raj, antes de beber un nuevo sorbo de cerveza—. CalTech tiene suerte de contar con un inversionista que tenga tan buen estilo.
—¿El hombre es un genio millonario y tú sólo hablas de su ropa?, ¿en serio? —cuestionó Leonard, incrédulo.
Durante los últimos 45 minutos los chicos estuvieron llenando a Sheldon de información sobre la última caza de inversionistas del presidente Siebert.
—De acuerdo ¡tiene tres doctorados, sorprendente! Eso no quita el hecho de que usa esas hermosas botas de piel de caimán… oh, como deseo unas —Raj miró tristemente sus sandalias, imaginándose como lucirían unas botas de cocodrilo en sus píes.
Amy frunció el ceño.
—Suena algo como una diva, ¿no crees? ¿quién usa lentes ahumados en el trabajo?
—Te diré quién, Amy: alguien con una atrevida personalidad… y una adecuada forma ósea —murmuró Raj.
—Amy, de todas formas, quizás te interese —Leonard hizo una pausa dramática, asegurándose de captar la atención de todo el grupo—. El Dr. Eastcott asumió el puesto de jefe en el Departamento de Biología. Invirtió grandes cifras de dinero en una nueva investigación sobre el Alzheimer… básicamente, podría comprar CalTech y a todos nosotros —terminó, con algo de resentimiento.
—¿Porqué se interesaría Amy en esa investigación? Ella tiene un puesto sólido en UCLA —Sheldon, quien para sorpresa de todos había guardado silencio, le dirigió una mirada interrogativa a Amy.
Sheldon sentía como si una gran e invisible pared de hielo estuviera separándolo de Amy. Contra todos sus pronósticos, no recibió una acalorada bienvenida de su parte, ni siquiera fue atacado con un cojín. Penny y Bernadette fueron mucho más expresivas que ella, su novia.
Una débil parte de su mente —llamada autocrítica—sabía que se lo merecía. 《¡Vamos Cooper! ¿realmente esperabas que ella saltara a tus brazos? ¡Amy es mejor que eso!》, pero esos pensamientos eran enterrados con el correr de los minutos. Amy comía, pero no lo veía. Amy hablaba, pero no con él. ¿Y ahora ésta mujer estaba planeando trabajar en la misma universidad que él sin siquiera consultárselo?
Oh, mi pequeño y rencoroso trozo de lana; te estás excediendo.
—De hecho, Leonard, sí me interesa. Tendré una entrevista para participar de esa investigación el lunes. Es un gran proyecto— ignorando monumentalmente a Sheldon, Amy continuó comiendo.
Después del breve silencio incomodo que dejó la no-respuesta de Amy, la conversación fluyó casi naturalmente en el grupo. Penny, Bernadette, y Amy se sumergieron nuevamente en revistas de vestidos, zapatos, y un atrevido catálogo de lencería matrimonial que distrajo a Leonard de un apasionante debate sobre la última película de Star Wars.
Amy estaba evaluando las diferentes opciones de vestidos para las damas de honor, cuando su celular sonó.
Y fue como si un hechizo se rompiera. Cenicienta debería salir de su magnifico vestido para volver a trapear los pisos; y Amy debería volver a ser la mujer práctica y ocupada que fue durante los últimos dos meses, la mujer que no tenía tiempo para disfrutar de una cena con amigos. La mujer que debería correr al recibir un texto de Naomy, esté donde esté.
—Fue genial verlos a todos, adiós —Arrojando las revistas a cualquier lugar, Amy salió. Siendo lo suficientemente rápida como para esquivar las preguntas de Sheldon, y el pequeño beso de buenas noches que él planeaba obsequiarle.
Sheldon observó inquisitivamente a sus alcoholizados amigos.
—Bueno, señores, obviamente algo le ocurrió a Amy durante mi ausencia. Y quiero que me digan qué es —Sheldon cruzó sus larguiruchas piernas, al tiempo que inclinaba la cabeza hacia Bernadette— Dr. Wolowitz, comience.
Bernadette le dirigió una mirada digna de Hulk. Sheldon retrocedió.
—Sheldon, esto es algo complicado… —intervino Howard, fingiendo seriedad— quizás Amy encontró finalmente un hombre que le dé lo que ella no puede tener de ti —Howard arqueó las cejas, en un gesto pervertido que sus amigos no habían visto en él hace mucho tiempo.
Sheldon sintió un peligroso calor albergándose detrás de sus orejas.
—Explícate, Wolowitz.
—Hay algunos hombres que están dispuestos a darle los golpes correctos a Amy, si sabes a lo que me refiero —Howard meneó las caderas insinuantemente, disfrutando la sombra roja que iluminó el rostro de Sheldon.
…
—Howie, ¿porqué siempre tienes que ser un cerdo? —se quejó Bernadette, luego de que un furioso Sheldon Cooper los echara del apartamento. ¡Diablos! tendrían que volver a tomar sus clases si querían pisar nuevamente el 4A.
Por su parte, Sheldon se ponía su pijama de los sábados, mientras pensaba que debería estudiar aún más a fondo la hipótesis de tener un parásito cerebral.
Realmente prefería albergar un organismo dañino en su cerebro que amar a Amy; pero quizás Amy sí necesite a un hombre que le dé los golpes correctos, no a su cuerpo, sino a su corazón. Y él no era, hasta el momento, ése hombre.
—
