CAPÍTULO 4

No paraba de llover, y no sabía si aquello me alegraba o me entristecía. Por una parte, las palabras de Clarke no abandonaban mi cabeza, ¿cómo una simple adolescente podía ser tan tierna con una completa desconocida?; y por otro, me sentía extraña. El día que tan mal había empezado parecía que tendría un final medianamente feliz. Quiero decir, Clarke era un ángel caído del cielo, de eso no me cabía duda. La había estado observando en la cafetería, sin que ella se diera cuenta hasta que ya fue demasiado tarde y me tenía frente a ella. E incluso en aquel instante, presa de nuevo de la vergüenza y las ansias de querer desaparecer, era sumamente tierna.

El resto del día no fue muy diferente. Tal como había pasado aquella misma mañana, tuve que presentarme frente a los alumnos, aunque esta vez sin la ayuda de Dante Wallace. Pronto se había corrido la voz y parecía que me conocía todo el mundo. Y como aquella mañana, todos los alumnos estaban felices por librarse de la señora Shelley.

Al acabar las clases, me retiré a la sala de profesores. Allí me encontré con Charles Pike, el profesor más odiado con diferencia. Seguía siendo tan serio como siempre, nunca mostraba una mueca diferente a la indiferencia o la impaciencia, quizá únicamente el enfado cuando tras repetir sus lecciones un par de veces, aún había alumnos que no habían llegado a comprenderla. Guardaba un mal recuerdo de él (como todos), pero ahora, al verlo rodeado de iguales, sin su manía de entrecruzar los dedos, caminar cabizbajo y siempre serio, me sentía fuera de lugar. ¡Sonreía! E incluso se mostraba cómplice con un par de profesores que no pude reconocer. Mis recuerdos se trastocaron, ¿cómo actuar frente a él, cuando todo lo que conservo de él son gritos y desprecio a partes iguales? Decidí quedarme en el rincón más alejado de la sala, preparando las lecciones del día siguiente; no podía perder más tiempo si quería que el temario se diera en el tiempo previsto.

Cerca de las tres salí al pequeño porche donde quedé con Clarke para que me acompañara a casa. Allí fue donde coincidí por primera vez con Gustus y Anya, debido a su cargado horario. Me resultó curioso que no me riñeran por llegar tarde en mi primer día, supongo que me querían demasiado como para hacerlo. Podía ver que querían saber qué me había pasado, por qué no me digné a llegar a tiempo; cómo me había ido en mi primer día. Casi parecían mis padres, casi. Ellos al menos se preocupaban por mí, sobre todo Gustus.

Cuando vi una cabellera rubia, sólo quería irme de allí. Claro que resultaría demasiado extraño que nos vieran juntas, así que no nos quedó más remedio que fingir que no nos conocíamos y esperar a que casi todo el mundo se fuera. Anya casi me arrastró hasta su coche para llevarme a casa, pero logré convencerla para que me dejase en paz. Podía ver en sus ojos que aquella tarde estaría llena de preguntas, buscando la razón a mi cabezonería.

Y tenía nombre: Clarke Griffin.

Sólo cuando únicamente quedábamos nosotras en el pequeño porche, fui capaz de encontrar la fuerza suficiente para acercarme a ella. Me miraba fijamente, casi como si estuviera enfadada. Poco a poco, fue relajando el ceño e incluso una tímida sonrisa apareció en sus labios.

-Creía que ibas a quedarte aquí -. Dijo en tono de broma, sacando un pequeño paraguas amarillo de su mochila y abriéndolo rápidamente. Llevaba horas lloviendo, el cielo seguía gris y sin visos de parar-. Iba a irme sin ti.

-¿Y dejar a esta pobre muchacha aislada en el instituto? Creía que los ángeles eran buenos -. Mierda. Se me ha vuelto a escapar. Pero lo es. Es un ángel con aspecto humano. No hay otra razón para la dulzura que desprende. Agité la cabeza alejando esos pensamientos y la seguí.

Para mi suerte, Clarke no hizo comentario alguno de mi metedura de pata. Vi que ladeaba su cabeza hasta la única bicicleta que había en el aparcamiento, y resopló. Posiblemente era suya, pero con tal diluvio no era muy factible volver a casa pedaleando.

El trayecto no fue demasiado largo, a pesar de lo lejos que parecía que estaba el instituto. No podía dejar de pensar que fue gracias a la compañía de Clarke que, aunque se mantuvo la mayor parte del tiempo callada, me hizo ameno el camino.

-Vivo a dos manzanas de aquí -. Me informó, inquieta, jugando con el paraguas. Casi parecía reacia a mirarme-. La casa color salmón. Es fácilmente reconocible.

-Supongo que debo darte las gracias, Clarke -. La chica sonrió, bajando lentamente la cabeza. Asintió un par de veces a modo de respuesta, y se giró, dispuesta a marcharse. Por alguna razón, yo no quería que se fuera tan pronto-. Clarke, espera-. Dejé la carpeta con mis cosas en el minúsculo porche, me quité la chaqueta y me la dejé sobre la cabeza, como único escudo contra la fría lluvia-. Me gustaría agradecértelo de alguna manera, no sólo con palabras. Tengo un amigo mecánico, y seguro que mañana tendré el coche arreglado. ¿Quieres que te lleve a clase mañana? Así no te mojarás.

Era lo único que se me ocurría; lo único que tenía sentido, en realidad. ¿Qué otra forma de pagarle el favor? Se había quedado sin bicicleta, y la tormenta no dejaría la ciudad hasta dentro de un par de días, por lo que había visto. Y caminar bajo la lluvia no era agradable.

Excepto si estás con la persona que quieres.

-Si querías pedirme salir, podrías haberlo hecho un día que no estuviera cayendo el diluvio universal -. Bromeó la muchacha, regalándome una de esas tímidas sonrisas de nuevo; tan pronto como le respondí, la quitó de mi campo de visión, girando la cabeza hacia la carretera-. Acabas de llegar, apenas me conoces. ¿No crees que resultará sospechoso?

Era cierto. Me había dejado llevar por la Lexa enamoradiza de unos años atrás, cuando podía permitírselo, y no había contado con sus consecuencias.

-Siempre puede aplazarse unos días.

-¿Y si no llueve más hasta dentro de unos meses? Dime, ¿qué harás entonces? -. Me retó. Dios, esta chica era lista. Al parecer, sólo había que hacerla enrojecerse de vez en cuando para sacar su lado más desenfadado.

-Lo bueno siempre se hace esperar.

Clarke chasqueó la lengua, dándome la razón. Sus mejillas seguían con un precioso tono sonrosado, y no podía sentirme más orgullosa de ser la que provocaba tal reacción. Tras unos minutos de silencio, la dejé marchar.

Acabé empapada, como era de esperar. Pero no me importaba. Había hecho demasiadas locuras en un solo día para preocuparme por el continuo coqueteo con una de mis alumnas. Mañana me arrepentiría, estaba segura; mas de momento, todo estaba bien.

Me di una ducha rápida, con el agua hirviendo. Necesitaba entrar en calor con urgencia, mi piel estaba casi tan fría como un témpano de hielo y no quería ponerme enferma nada más conseguir un puesto de trabajo. Cogí un pantalón viejo y una camiseta desgastada, y me marché a mi habitación. Estaba hecha un desastre: la cama sin hacer, las cajas a medio abrir y un montón de libros desperdigados por el suelo. Muchos de ellos me habían acompañado toda la vida, tal como era el caso de un compendio de mitos y leyendas griegas y romanas, que había hecho las delicias de mis noches cuando no podía dormir. Aún puedo recordar las voces falsas de Gustus cada vez que me leía algo de aquel libro; aunque me supiera los mitos de memoria, nunca tenía suficiente. Libros históricos, de fantasía, policíacos, juveniles, postapocalípticos, distópicos, de poesía, románticos… todo género que existiese, estaba allí. Los libros habían sido mi refugio en mi niñez, en la adolescencia y en la madurez. Los únicos que no me dejaron sola. Mis padres lo hicieron, Costia lo hizo.

Por razones muy diferentes, pero lo hizo. Me dejó sola en medio de un montón de gente.

Ladeé la cabeza y me fijé en el libro que siempre llevaba conmigo. La flaqueza del bolchevique. Costia me lo regaló unos años atrás, cuando compartíamos pupitre en aquel mismo instituto.

-Feliz cumpleaños -. Sin previo aviso, un paquete rectangular envuelto en papel de regalo apareció en medio de mi campo de visión. Alcé la cabeza y allí estaba, con una orgullosa sonrisa en su precioso rostro. Sus ojos brillaban de alegría e impaciencia, e inseguridad, aunque sabía esconderlo demasiado bien.

-Podrías haberte esperado un poco más, hasta las siete no es oficialmente mi cumpleaños, boba -. Le regañé, cogiendo el regalo y empezando a desenvolverlo. Era una cajita (y estaba segura de que la había hecho ella misma) con un libro dentro, además de una pulsera de hilo en la que se podía leer mi nombre-. "La flaqueza del bolchevique". ¿Ahora te gusta la revolución rusa? -. Sin poder evitarlo, y aunque nos convirtiéramos en el centro de atención de toda la clase, la besé. Había esperado demasiado para probar esos labios que tanto me gustaban.

-En mi defensa diré que vas a encontrar de todo, menos la revolución rusa -. Echó un vistazo a su alrededor, y aprovechando que apenas había gente entre aquellas cuatro paredes y/o parecían demasiado ocupados con sus propios problemas, me abrazó sin reprimir muestra alguna de cariño-. Dale una oportunidad, por mí. ¿De acuerdo?

Nunca podía negarle nada.

Nunca pude negarle nada. Y aquella costumbre fue la que la llevó bajo tierra.


Hasta aquí. Bueno, a partir de este capítulo subiré más esporádicamente, me encanta escribir aunque los estudios van primero. Lo que sí os prometo es que subiré mínimo una o dos veces por semana; adoro demasiado escribir como para dejarlo tanto tiempo.

Por cierto, me preguntaban la edad. Lexa ronda los 25 (recién salida de la universidad, jé), mientras que Clarke (y el resto de la pandilla) va camino de 18.

Por cierto, el libro existe. Tal vez debáis echarle una ojeada.