Capítulo 4.
En un majestuoso salón, parecido a una enorme sala de fiestas de un palacio, de ocho metros de largo por ocho de ancho y cuatro de alto. En lo que se podría considerar las paredes horizontales había una consecución de ventanas, cuatro en cada cara de la pared que iban desde el suelo hasta el techo. Hermosas vidrieras que tenían una larga cortina blanca, con preciosos encajes pero bastante sucia hasta el punto que impedía ver lo que hubiera más allá de ellas, pero a pesar de su podredumbre aun cumplían con su función, solo que al no entrar luz del exterior se podía intuir que era de noche.
En una de las dos paredes restantes, en la que podría tratarse de la entrada a la sala, había una solemne puerta de dos hojas, de dos metros de alto y de madera maciza color oscuro, con un tallado impecable. Se trataba de la representación de una cantidad de seres humanos que dando la espalda avanzaban hacia el fondo. En la otra cara de aquella sala, una chimenea que podría ocupar la cuarta parte de su dimensión, de estilo sobrio y ahora apagada. A ambos lados de esta, dos grandes tapices que iban desde lo más alto hasta casi rozar el suelo, pero tan desgastados que no se intuía lo que en otro tiempo tuvieron dibujado.
En el suelo, grandes baldosas de un metro cuadrado por losa; las había blancas y las había negras, estaban colocadas intercaladas, aparentando ser un enorme tablero de ajedrez. En el techo se repetía lo mismo, las mismas baldosas blancas y negras, solo con la diferencia de que justo en el centro de aquel techo, había una lámpara de salón hecha de lágrimas de cristal y que descendía creando un tubo en espiral.
En el centro de la estancia había una mesa de sesentaicuatro centímetros de largo, por lo mismo de ancho y tan solo setentaicinco centímetros de alto, no se podía apreciar nada más de ella pues tenía una vieja sábana encima.
Todo aquel habitáculo estaba a oscuras y parecía abandonado, el polvo se había apoderado de todo. Pareciera que no se usaba en muchos años, hasta que en un segundo, ambas puertas se abrieron en un segundo por una energía invisible. Con aquella apertura, el aire fresco entró en el interior provocando que las cortinas se agitaran. De manera misteriosa el polvo y la suciedad desaparecían dejándolo todo reluciente, la mugre que cubría las cortinas también lo hacía. La abandonada lámpara recuperaba su esplendor, cada una de sus lágrimas de cristal brillaba intensa, iluminando la estancia con una cálida luz amarilla. Las maderas de la chimenea se prendieron fuego calentando lo que pudieran del salón. Lo único que no recuperó lo que tuviera dibujado en ellas, eran los dos grandes tapices que seguían desgastados.
Un personaje de apariencia de la de una personita de once años, se adentraba en aquella estancia y al hacerlo toda la magnificencia de aquel salón volvió a brillar. Las ventanas se abrían agitando las cortinas por el viento, que inclusive llegaba a sacudir la sábana que cubría la mesa que había justo en el centro. Cuando aquel personaje llegó hasta la mesa, sujetó la sábana que la cubría y tirando de ella la hacía desaparecer, revelando que se trataba de un impresionante tablero de ajedrez hecho en cristal. Toda aquella mesa estaba hecha de cristal y era espléndida. Las casillas del juego algunas eran trasparentes y las otras traslúcidas.
Un elfo doméstico se adentraba también en aquella sala vestido con un atuendo de gala, blanco e impoluto. Tras él llegaba un segundo elfo vestido igual que el primero y se colocaba al lado del que había entrado antes. Por último llegaba una elfo doméstico, a diferencia de los otros dos, llevaba un vestido parecido al de sus compañeros más en su versión femenina, pero igual de radiante que los otros. Lo curioso en aquellos tres sirvientes era, que además de tener una avanzada edad, todos ellos miraban al suelo o al vacío y no directo al personaje.
—Hacía tanto tiempo que esta sala estaba clausurada que no me acordaba de cómo era —la integrante femenino, del trió de sirvientes, hablaba admirando la estancia. Sus ojos se fijaron en los dos tapices desgastados y se enfurecieron al fijarse en el de la izquierda.
—Todo marcha según lo previsto… —el que había aparecido primero soltó aquella aclaración y miraba directo al físico de quien servían.
De manera sorpresiva sus ojos, de amplias pupilas marrones, se cristalizaron al divisarle y se quedó ciego mientras durara el tiempo que tratara de orientar la vista en su dirección. Si volvía a bajar la cabeza, sus ojos volvían a la normalidad. Si cualquiera de ellos lo miraba pasaba aquel suceso, que siendo temporal, desaparecía si dejaban de tratar de observarlo.
El personaje pareciera que se estaba comunicando con ellos sin que pronunciara palabra, sus orejas se movían pareciendo escucharle, pero no le miraban. Este mismo tenía un pañuelo de tela blanca en la mano y se la ofrecía a sus tres elfos, se podía intuir que les estaba ofreciendo la libertad si lo desearan, pero los tres retrocedieron alejándose de aquel trozo de tela.
—Jamás aceptaríamos la libertad, es un verdadero honor ser su sirviente —El último en llegar del trío pareciese estar indignado por aquel ofrecimiento—. Tenemos tantos o más motivos para desear lo mismo…, seguiremos a su lado hasta el final —Aun mirando al suelo se intuía que, tanto él como sus dos compañeros, estaban agradecidos y retirándose se marchaban hacia la salida de la estancia—. Que así sea, le diremos que acuda a vos y cuando lo ordene entregaremos los presentes.
Los tres elfos se marcharon de aquel salón dejando solo al personaje. Este acariciaba la mesa de cristal con sus dedos, dejando pasar los minutos, y mientras daba una vuelta a su alrededor aparecía un cuarto sirviente. Aquel elfo se adentraba en la sala mirándolo directo quedándose ciego en el proceso, pero no parecía importarle y se acercaba hasta donde, por última vez que vio antes de quedar ciego, intuía que estuviera su posición.
—Aquí estoy excelencia, Krocut siempre a su servicio —El nuevo asistente en aparecer, era bastante más joven que el resto y tenía dos largas orejas que podía ponerlas puntiagudas si quisiera, eran mucho más largas de lo normal. Portaba en cada una de sus manos una caja rectangular, una era de oro blanco y la otra de una aleación del oro con otro metal negro que le daba una tonalidad oscura—. He traído lo que me habéis pedido —Arrodillándose le ofrecía las dos cajas— ¿Cuál preferís? —le preguntaba estirando aun más sus manos—. ¿Blancas? —Le ofrecía la caja rectangular de oro blanco—. O ¿negras? —Ahora le invitaba a sujetar la que estaba hecha en la otra aleación. El personaje al que servía sujetaba la caja que se asemejaba al metal blanco, consiguiendo que su elfo abrazara la de tonalidad oscura, aferrándola en su pecho—. Excelente elección, las blancas siempre mueven primero.
Al mirar dentro de la caja de oro blanco, en ella había una serie de magníficas piezas de ajedrez, ocho peones, dos torres, dos caballos, dos alfiles, una reina y un rey. Con el pañuelo, con el mismo que antes le había ofrecido la libertad a sus sirvientes, sacaba una a una las piezas limpiándolas aun más en el proceso. Todas ellas tenían una superficie pulida sin ninguna imperfección y tenían formas curvas, suaves y sinuosas. Cuando las colocó todas en sus respectivos lugares tiró la caja en la que venían, esta atravesaba el suelo como si de agua se tratara y desaparecía de allí.
El asistente que aun permanecía a su lado, siempre sin mirarle a la cara, al ver como colocaba todas aquellas piezas, al término le ofrecía la otra caja, la de tonalidad oscura. El que estaba organizando la mesa del juego, abría aquella caja, las piezas que estaban dentro estaban todas igual de pulidas pero su estética nada tenía que ver con sus oponentes. Su superficie era oscura, de líneas rectas y afiladas, dándole un aspecto terrible al lado oscuro del tablero. Las piezas que se enfrentaban eran tan diferentes entre sí, pero aun así mantenían un indicio de estética que indicaba cuales eran según su rango, pero poco más.
Con todas las piezas colocadas en su sitio, ya fueran blancas y onduladas o negras y afiladas, estaban las unas frente a las otras. El que las había colocado tiraba la caja donde venían, y esta al igual que la primera atravesaba el suelo y desaparecía. Fue el momento en el que con el pañuelo que las había limpiado se lo ofreció a su asistente, ofreciéndole la libertad, pero este retrocedió sobre la marcha diciéndole "No gracias.".
El elfo daba una vuelta alrededor de la mesa observando aquellas figuras, en su superficie reflectante creía que se reflejaban borrosos acontecimientos futuros pero no lograba ver nada con claridad. Fue entonces cuando tuvo la tentación de tocar una de ellas, una de las dos torres blancas, se había quedado hipnotizado al ver su superficie y pareciese escuchar el sonido de trifulca de una colosal batalla. A medida que se acercaba para acariciar la pieza, de repente, pareciese que le reprendían y retrocedía la mano.
—Disculpe excelencia —Con sus dos manos juntas, arrepentido bajaba la cabeza y se retiraba de la estancia. Más al llegar a la puerta se detuvo y sus largas orejas se posicionaron para escuchar lo que le estuviera diciendo el personaje—. Todo está listo, con algún que otro percance, hemos organizado su equipaje para mañana… —Aun sin ver miraba hacia el interior del gran salón—. Todo está dispuesto, sus cinco invitados están bien cuidados, como de costumbre cenarán esta noche en sus respectivos habitáculos y cuando llegue el momento serán liberados —Sus orejas no paraban de emitir síntomas de que estaba escuchando sin dejar de prestar mucha atención—. Cumpliré con lo que me habéis pedido. Que tenga una buena cena mí…. —Pareciendo querer decir algo más, se mantuvo en silencio.
Otra vez en la soledad de aquel amplio salón, el supuesto dueño de aquel juego se dispuso a abandonar la estancia, pero antes de llegar a la puerta se detuvo y retrocedía sobre sus pasos hacia la mesa de cristal. Con su mano sujetaba primero al peón blanco que se situaba en la casilla C2, lo miraba analizándolo y lo volvía a colocar en el mismo lugar. Hiso lo mismo con la figura del mismo rango de la casilla E2, tras colocarlo en su respectivo lugar fue a por su tercera elección, el peón de la casilla D2. Pero esta no la colocó en su posición sino que más bien la puso en la posición D4.
Dejándolo todo así, esta vez sí que se marcho de la estancia dejando sus puertas abiertas, la chimenea encendida, las ventanas abiertas y la lámpara encendida. Lo curioso era que al irse las tres piezas que había tocado ya no estaban en el tablero, habían desaparecido de allí.
En otro lugar, La Madriguera, la granja de los abuelos Weasley, trascurridos aquellos casi veinte años ya Molly y su marido se habían retirado y disfrutaban de la vejez. Toda su residencia fue reformada y ampliada gracias a los ingresos de George y Ron en su tienda. Como gran regalo a sus progenitores por todo lo que se habían sacrificado por ellos, les reformaron la casa y la ampliaron haciendo posible que albergara a la numerosa familia cuando vinieran toda ella de visita, por navidad o por cualquier acontecimiento importante.
Aquella noche había un gran alboroto dentro, habían acudido a cenar: Ron con Hermione y sus dos hijos, George con su mujer Angelina y sus respectivos hijos, también había acudido Bill con su mujer y sus tres retoños bastante creciditos. La familia de Percy Weasley no estaba por allí cuando los últimos en llegar fueron los Potter al completo, que apareciendo a través de la chimenea de la casa se encontraron con todo aquel gentío en su interior. Contando con los dos abuelos eran veinte personas de celebración.
Nada más llegar Hermione y Ginny se abrazaron de manera alegre aunque después las dos comenzaran a llorar amargadas, ambas estaban muy afectadas por separarse de sus pequeños durante los meses que durara el curso. La celebración por un momento se paró al ver como las dos madres lloraban desconsoladas, la abuela Molly se acercaba a ellas abrazándolas con ternura.
— ¿A que no es lo mismo vivirlo que ver como son tus hijos los que lo viven? —Contagiándose del momento emotivo, derramaba algunas lágrimas.
— ¿Esto es una celebración o un baño de lágrimas? —George rebuscaba en su maletín y sacaba una bandeja de pastillas que pareciesen golosinas—. Porque si lo que queréis es derramar unos litros de agua llorando, tengo unas pastillas que te hacen llorar ríos durante horas, ideal para funerales donde te importa un pimiento el muerto, pero quieres que todo el mundo crea que fuiste su mejor amigo —Les ofrecía los dulces a las tres mujeres, estas solo sonrieron al ver la cara que había puesto.
—A ti sí que te voy a hacer llorar —La madre soltándole un coscorrón le alborotaba el pelo—. Ya basta de lágrimas, es hora de comer y pasarlo bien.
—Yo tengo un hambre de muerte —Ron se acariciaba su pronunciada tripita.
—Cuidado con lo que comes Ronald, que como esa barriguita se descontrole te vas a desbaratar y vas a acabar saliéndote por ambos lados de la cama —George se aproximaba a su hermano poniéndole una mano sobre el hombro y con la otra le acariciaba la panza gracioso—. Esto es puro amor acumulado.
—Creo que estoy reteniendo líquidos —decía tratando de dar alguna escusa su sobrepeso.
— ¡Si hombre! Y yo soy pelirrojo de bote —le respondió haciendo que los que estaban allí aguantaran las risas como podían.
—Deja de meterte con tu hermano y vamos a cenar que ya se está haciendo tarde —La matriarca, tras darle otro suave coscorrón, ordenaba a todos que fueran al comedor.
Los que aun lo llevaban puesto, se quitaban los abrigos y los colocaban en los percheros. A continuación fueron yendo uno tras otro al comedor, donde había un verdadero festín sobre la mesa en la que habían sillas para veinticuatro personas.
— ¿Percy no viene? —preguntaba Ginny dándose cuenta que faltaba uno de sus hermanos y su familia.
—No va a venir, ha dicho que tenía mucho trabajo en el ministerio —El abuelo Arthur se sentaba en su sitio y se colocaba dos servilleta una en sus piernas y la otra colgada en la camisa.
—Con los que somos, lo pasaremos bien —Aunque la madre del faltante pareciera dolida al no acudir su otro hijo, trató de disimular su enojo al resto. Con todos sentados en sus respectivos lugares comenzaron a pasarse los platos que había para comer.
Tras comer copiosos, todos acabaron satisfechos, se dispusieron a charlar algunos en el gran comedor. Los primos y hermanos más jóvenes salían a las afueras de la casa a divertirse un rato en la naturaleza. Los más mayores, sobre todo la descendencia de Bill y Fred, el mayor de George, se iban a tener conversaciones privadas más de su edad.
A las afueras, eran un conjunto de seis pequeños, Rose, Hugo y Roxane Weasley; James, Albus y Luna Potter, los más emocionados por aquellas horas previas eran, en concreto, Albus y Rose, que a la mañana siguiente comenzaba su viaje hacia la adultez.
Cuatro adultos los observaban desde la ventana de la casa, Harry, Ginny, Ron y Hermione admiraban a sus pequeños. Cuando el segundo hijo de los Potter, para que sus primos la vieran, hizo que apareciese su varita de la nada, aquel acto infantil causó un estremecimiento en la madre de este mismo.
— ¿Será segura que la tenga? ¿Sabemos algo sobre quien la ha fabricado?
—Hay que admitir que es una pasada —Ron no parecía muy preocupado del hecho de que su sobrino tuviera aquella clase de varita. Dicho aquellas palabras, los otros tres lo miraron intrigados por si tenía algún argumento irrefutable de su afirmación. Ante tanta observación y expectación, lo que era un simple comentario se vio forzado a continuar explicando el por qué de su opinión—. Solo quería decir eso…, que es una pasada: no se pierde, no se rompe…. Quien la fabricase podría hacerse rico si la comercializase.
—Pero ¿Por qué a mi segundo hijo? —La madre preguntaba preocupada y a aquella cuestión nadie le supo responder.
—Falta por saber si a Ollivanders le han llegado casos parecidos del resto del mundo mágico, quedó en avisarnos desde que tuviera noticias.
—No quisiera parecer pesimista —Hermione hablaba ahora mientras abrazaba a su marido—. No creo que al señor Ollivanders le quede mucho tiempo, ¿no lo viste? Casi no puede caminar, está muy mayor. ¿Quién sabe? capaz que la fabricó él y no se acuerda.
—Aunque poco probable, es una posibilidad… —Harry parecía pensativo, el recuerdo de la invitación que le habían dejado aquella tarde le vino a la cabeza y se preocupó hasta el punto en el que su mujer se dio cuenta de que le pasaba algo.
— ¿Qué ocurre?
—Nada...
—Dime que es lo que ocurre Harry, te conozco desde los diez años, se leer en tus ojos cuando estas preocupado.
—Hoy he recibido una carta, era una invitación a un acontecimiento futuro, en concreto no explicaba de qué se trataba, pero no me gustó recibirla.
—Cada vez hay más gente loca por el mundo—George se incorporaba a la conversación y tomaba la palabra—. El día del robo en el banco de los enanos, el que denunció lo ocurrido entró en mi establecimiento antes de eso, a pesar de ser bastante mayorcito parecía muy interesado en los dulces y le fui a atender, me soltó que se aproximaba tormenta y que cuando la viera llegar abandonara el local, que ni luchara ni me atrincherara.
— ¿Cuándo pensabas contarme eso? —Ron lo miraba fijo a los ojos.
— ¿Contarte qué? ¿La premonición de un cliente que entra en el local? Si entra un montonazo de gente cada día queriendo conocer a uno de los tres magos que derrotaron al señor tenebroso, la mitad de ellos hacen predicciones halagüeñas, otros tantos afirman que los mortífagos se alzarán otra vez, algunos se atreven a predecir la fecha de tu muerte…. Si te tengo que contar el desvarío de cada cliente loco que entra, no tendrías tiempo de organizar los pedidos por lechuza —Al decir aquello los otros sonrieron.
—Y si de verdad una tormenta se aproxima y no nos damos cuenta hasta tenerla encima, ¿Qué haremos?
—Enfrentarla como siempre hemos hecho, juntos, como una familia.
Harry miraba a su mujer y le daba un fuerte beso, provocando el mismo efecto en la otra pareja, George sintiendo envidia sana se fue en busca de su mujer y tras abrazarla con ternura la besó también dejándola sorprendida. Dejando que sus hijos jugaran a las afueras solos, se fueron a hablar con el resto de la familia.
A las afueras la noche era muy agradable, había algunas nubes en el cielo pero aisladas y la luna brillaba en todo su esplendor. El campo que se abría ante ellos era inmenso, la granja contaba con cuatro hectáreas de terreno propio, protegido siempre por un hechizo defensivo, por experiencias del pasado les hicieron salvaguardarse de improbable actos de magos oscuros.
No había problemas de que se movieran en todo el perímetro, tenían una frondosa arboleda, una sección del río que trascurría la zona de seguridad y amplios campos de cultivo, era un paraíso para un niño.
—Llevo tres meses estudiando los mejores libros de historia de la magia —Rose estaba hablando para el grupo de sus avances didácticos, era tan aplicada como su madre y desde antes de acudir a cursar el primer año, ya estaba estudiando todo con dedicación—. Tengo todo el temario del primer año de clases casi memorizado.
—Yo prefiero que me lo expliquen en clase —Albus le respondía, no tenía intención de ir adelantándose a las lecciones.
—En Slytherin veras como te obligan a estar al día con todas tus obligaciones —James seguía pinchando a su hermano sobre donde sería seleccionado cuando llegaran al colegio—. Es la naturaleza de esa casa, quieren ir por delante de los demás —Con aquellas palabras dejó al mediano sin poder contestar, solo se quedó pensativo al respecto.
—Déjale en paz —Salía en su defensa su hermana Luna que intuía que a Albus no le gustaba que bromearan con ese tema, ya estaba cansada de que no parara de picarlo—. ¿Jugamos a algo? —preguntaba en voz alta, al estar tan nerviosos por el inicio del curso, no sabían qué hacer para pasarlo bien aquella noche y también quería rebajar la tensión entre sus hermanos.
—Yo me apunto —Su primo Hugo la apoyaba, al fin y al cabo eran ellos los que más se aburrían.
— ¿Jugar? Con trece años no estoy para juegos infantiles —James que era el mayor del grupo, no le pareció una buena idea.
—Podríamos jugar al escóndete y corre —La menor de los Potter recogía una simple piedra del suelo y la aferraba en la mano—. Uno será el pringado, tendrá que buscarnos y una vez descubierto tiene que correr a pillarlo para descalificarlo, siempre y cuando el perseguido no llegue a la posición de salida, pues se salva y no participa en la siguiente elección del buscador —Poniendo las manos en la espalda, ponía la piedra en alguna de sus dos manos y se las ponía delante de su primo Hugo, este debía seleccionar una de las dos—. A quien le toque la piedra, mala suerte.
—Elijo esta —Decantándose por la mano derecha, su elección fue la mano vacía y se libró de ser el buscador.
La pequeña Luna propuso la posibilidad de elegir a Rose, que sonriendo elegía la mano izquierda que estaba vacía y también se libró de buscar. Al hacerlo con Albus, esté también seleccionó la de la izquierda y la piedra estaba en ella, había sido el primer preseleccionado para ser el buscador. Roxanne, que también se había apuntado al juego, eligió la mano que estaba vacía y ya solo quedaba James por elegir.
— ¿En serio vamos a ponernos a jugar a esto? —preguntaba mirando a los otros—. Hermanita, tu sí que eres lista, como estas repartiendo suerte supongo que el precio por tan noble tarea es la de librarte de ser la que busque —Ante aquella afirmación la aludida solo sonrió. El mayor de los hermanos, uniéndose al grupo, seleccionaba la palma derecha encontrándose con la piedra.
—Tenemos dos seleccionados —Volviendo a repartir suerte, se colocaba las manos a la espalda y le volvía a ofrecer las posibilidades al mayor de los tres—. Ahora solo con los dos.
James escogía la mano derecha otra vez y está estaba vacía, a pesar de ser el más reacio a jugar se le dibujó una sonrisa en la cara al no ser el que iba a buscar al resto. Ahora la pequeña le ofrecía las dos posibilidades al hermano mediano, de su elección saldría al elegido o bien una nueva ronda.
—Pues… elijo —Mirando aquellas dos manos trataba de predecir en cuál de ellas no estaba la piedra y tocando la izquierda hizo su elección.
—Hermanito te toca ser el buscador —Abría su mano indicándole que había hecho una mala elección, pero se quedó extrañada de la actitud de su hermano al ver que había elegido la que contenía la piedra—. ¿Qué pasa?
Albus no decía nada, solo observaba aquella palma de la mano como esta no tenía la piedra que antes había visto, ahora había otra clase de objeto, una ficha del ajedrez, un peón de oro blanco. Lo miraba y miraba al resto por si alguno más veía lo mismo, pero todos se habían quedado mirándolo preguntándose qué le estaba pasando.
— ¿Albus? —Su hermano le daba un golpe en el hombro para que reaccionara—. ¿Te ocurre algo?
—Nada —Al darse cuenta de que era el único que veía aquella pieza brillante, no quiso decir nada para que no trascendiera lo que estaba divisando y así preocupar a sus padres. Quería ir a Hogwarts con toda el alma. Si después de lo ocurrido con la elección de su varita, les contaba ahora que veía aquello, pensó en que tal vez no lo enviaran por precaución y la idea no le agradaba. Así que prefirió guardárselo para sí—. ¿Cuándo empezamos?
Sonriendo su hermana tiraba la piedra al suelo, que incluso ahora al que le había tocado ser el buscador, la había vuelto a ver tal cual como era. La que lideraba el juego le ordenaba cerrar los ojos y contar hasta cincuenta, este así lo hizo y comenzó la cuenta hasta aquel número mientras el resto corría a esconderse en diferentes lugares.
Cuando llegó hasta el final de la cuenta se quitaba las manos de la cara, dando una vuelta sobre si mismo pensó hacia donde ir a buscar primero. Dirigiéndose hacia los alrededores de la casa, no le costó mucho dar con su hermano que atrapó sin que le viera venir, James, con sus trece años y un mal perder no le sentó muy bien.
—Este es un juego muy tonto —Enfadado por ser el primero en ser descubierto, se metía en la casa de sus abuelos—. Paso de seguir perdiendo el tiempo con niños, me voy a buscar conversaciones de adulto.
Sin perder la ilusión continuó su búsqueda y dio con el paradero de Hugo después, que se había escondido bastante bien en el porche de la casa, aunque corrió para llegar a la casilla de salvación fue interceptado. A continuación, detrás de un gran árbol que había no muy lejos de la casa descubrió a Luna, esta trató de huir corriendo pero la pilló descalificándola del juego. Ya solo quedaban dos por descubrir y desde aquel gran árbol miraba hacia el interior de la zona arbolada y el campo abierto que tenía tras de sí.
Creyendo que no era justo por parte de sus primas esconderse en el bosque, quiso escuchar a la lógica y buscar en el campo abierto de los cultivos y la zona del río. Más algo pasó que le hizo mirar hacia la profundidad de la zona arbolada, tenía la impresión de que alguien había cruzado de un árbol a otro corriendo. Con actitud chulesca, se sentía capaz de perseguirla a través de los árboles y corrió detrás de quien creía que era una de las dos que le faltaban por atrapar.
Cuando desapareció entre el bosque, Luna, que sabía donde se escondían las dos que faltaban, miró hacia aquella dirección que no era la indicada. Rose y Roxanne no estaban tan ocultas en la maleza, se habían escondido en la otra parte de la casa, sonriendo al ver como su hermano se había equivocado por completo, dejo de hacerlo cuando desapareció entre los árboles.
Volviendo al punto de partida, tanto ella como Hugo y las dos que faltaban se reunieron en aquel punto, esperando a que volviera el buscador cuando se cansara de buscar en un lugar donde no había nadie.
— ¿No deberíamos ir a decirle que por ahí no es?
—Que busque todo lo que quiera, mientras no salga del campo defensivo que protege todo el perímetro no tiene nada que temer —Roxanne conocía bastante bien lo que se podía hacer dentro de la granja de sus abuelos.
— ¿Y qué pasa si se sale?
— Que nuestros padres lo detectarían enseguida y correrían en su busca.
En el interior de la maleza y corriendo detrás de alguien que se mantenía esquivo, el buscador seguía tratando de pillarlo a toda velocidad. "No te voy a dejar escapar.". Decía mientras corría detrás de aquella sombra que esquiva no parecía hacerle caso.
Entre más rápido corría, más deprisa lo hacía quien persiguiera, en un momento se detuvo al notar más claro y visible la silueta de quien llevaba rato detrás. Fuera quien fuera no era ninguna de sus primas, aquella silueta por un momento parecía la de un niño y en aquel juego ya no quedaban otros participantes varones.
No sabiendo bien qué hacer con ella, invocó a su varita. Le vino a la mente las palabras de su prima que había avanzado en el temario, él aun no conocía hechizos defensivos. No obstante prefería tenerla en la mano y mucho más después de darse cuenta que no era una única sombra la que andaba por allí, sino dos, una nueva silueta aparecía moviéndose en la oscuridad.
Ahora escondiéndose detrás de un árbol sopesó sus posibilidades, era conocedor que nada dañino podría atravesar la barrera de protección, así que podría tratarse de sus otros primos que le estarían gastando una broma. "Podría salir corriendo sobre mis pasos y volver a la casa.". Pensaba con su varita aferrada y la luz del símbolo del cuarto de luna en su mano brillando en ella, con su tonalidad azul. Girando la cabeza, trataba de dar con las sombras que estaban por allí.
No dio crédito a lo que veía, pero en la distancia y al pasar la sombra de un lado al otro, en su mano por un momento creyó divisar como brillaba una luz naranja. Al mirar hacia el campo de visión del otro lado del árbol, donde se ocultaba aquella silueta que andaba por el otro lado, esta aparentaba ser la figura de una niña, esta tenía una luz amarilla en su mano.
No sabía bien que estaba pasando y armándose de valor salió en busca de aquellos dos esquivos personajes. "Hola." Decía en voz alta, quería acabar con aquella incertidumbre y quienes fueran se dieran a conocer. "¿Quiénes sois?". Corriendo los perseguía, lo más deprisa que podía, aun más en lo profundo de la arboleda.
"¡Parad!". Gritaba empezando a cansarse de tanta persecución y él fue el que tuvo que hacerlo, pues llegaba a un claro entre la maleza. Las dos figuras que lo habían llevado hasta allí desaparecieron de forma tan misteriosa a como habían aparecido, ahora el joven Albus estaba solo en un claro de unos tres metros de radio, muy cerca de la traslúcida barrera protectora que delimitaba el perímetro, que estaba tan solo a unos metros de distancia.
Buscando cualquier señal de donde se hubieran metido, dejó de hacerlo al mirar justo al centro del claro. La figurita que antes había visto en la mano de su hermana estaba de pie justo en el centro, el peón de oro blanco pulido y brillante.
Acercándose hacia la figurita la miraba analizándola. Su padre ya le había hablado de los trasportadores mágicos y pensó en que aquel objeto podría ser uno de ellos. Tenía muchas dudas en tocarlo o no. Pareciera que estaba ahí para él, poniéndose muy cerca lo tocaba con su varita por si generara alguna reacción, pero esta no se produjo.
Aquel objeto era tan brillante que inclusive en la oscuridad de la noche, solo hacía falta la luz del astro nocturno para que pudiera verse reflejado en él. Creyendo que no tenía nada que temer lo sujetó y aferrándolo en su mano miraba hacia todos lados, tratando de localizar al que hubiera dejado aquella pieza de ajedrez.
Fijándose en el otro lado de la barrera de energía que protegía toda el área de la Madriguera, se fijó que las dos sombras que lo habían llevado hasta allí estaban al otro lado, a tan solo unos cincuenta metros bosque a través. Sabía que si cruzaba el campo de energía este vibraría haciendo cundir las alarmas en la casa familiar. Aun así la curiosidad fue tal que, aun arriesgo de llevarse una severa reprimenda, optó por cruzar al otro lado a divisarlos mejor. Para su sorpresa, nada pasó, en otras ocasiones las ondulaciones se habrían producido pero no fue el caso.
Al ver que las sombras ya no estaban y nadie sabía que estaba fuera de la zona segura el temor el envolvió y corriendo retornó al interior cuando escuchó la voz familiar de alguien que estaba siguiendo sus pasos.
— ¡Albus! ¿Dónde estás? —Su hermana y sus primos habían ido en su busca y se acercaban a su posición.
—Estoy aquí —Guardándose el peón de oro blanco en el bolsillo se dirigió hacia ellos.
— ¿A dónde te habías ido?
—Creí que uno de vosotros se había escondido entre los árboles y luego resulta que había estado siguiendo a un conejo blanco.
—Creo que hay mucha diferencia entre una persona y un conejo —Retrocediendo hacia la casa todos caminaban en grupo.
—Hay Luna, cuándo aprenderás que los chicos, y más en el caso de Albus, son escasos en inteligencia —Rose soltaba aquella burlona frase haciendo que las otras dos niñas sonrieran, pero no le hiso ninguna gracia a los varones.
Al llegar a la zona de la casa, a las afueras esperaban los padres de los pequeños. Al dejar de verles, aun así sentían que estaban en el perímetro de seguridad y por eso no se habían preocupado en exceso, ninguno de ellos se percató de que el pequeño había salido fuera por unos instantes. Estaban en el porche de la casa esperando a que terminaran sus juegos.
— ¿Ya habéis acabado de jugar? —Hermione preguntaba poniendo sus manos sobre los hombros de sus dos hijos, mientras les acompañaba a entrar en la casa.
—Albus se perdería buscando una montaña —Roxanne se adentraba acompañada de su madre.
— ¿Cómo fue ese juego campeón? —Harry le ponía la mano sobre el hombro mientras su mujer escoltaba a su hija al interior—. ¿Estás listo para volver a casa y dormir bien para mañana emprender un viaje lleno de aventuras?
—Pues… —Su hijo tenía sus manos metidas en los bolsillos de su pantalón y con una de ellas acariciaba la figurita que había encontrado en el claro. Miraba a su padre vacilante, no sabía bien que decir.
— ¿Estás bien? —formulando aquella pregunta su hijo afirmó con la cabeza en un instante—. Seguro que son los nervios del inicio del curso.
Todos en el interior se ponían los abrigos y se despedían los unos de los otros. Las familias se iban marchando a través de la chimenea de trasporte, por enésima vez las lágrimas de la abuela hicieron acto de aparición al ver como muchos de sus nietos se marchaban y no los volvería a ver hasta las navidades.
Al llegar a la casa de los Potter, dentro todo estaba en calma, poniéndose los pijamas todos se iban metiendo en sus respectivas camas, Harry y Ginny primero arroparon a Rose, después hicieron lo mismo con James, pero éste al tener trece años ya se consideraba demasiado mayor para esas tonterías y se arropó así mismo, pero no evitó que recibiera un tierno beso por parte de sus padres que le desearon buenas noches.
En la habitación de Albus, este estaba sentado en la cama muy pensativo, cuando llegaron Harry y Ginny se dejó arropar. Fue entonces cuando sus padres, que conocía muy bien a su hijo, quisieron preguntar una segunda vez.
—Albus: ¿Seguro que estas bien?
—Sí, son los nervios del inicio del curso. Seguro que vosotros también los sufristeis.
—Pues claro, los otros niños disfrutaban del verano, yo no veía el momento de que acabase para volver a Hogwarts —Mientras Harry se confesaba, lo que significaba el verano para él, su mujer y su hijo le sonrieron dándole la mano en señal de apoyo.
—Yo me divertía mucho en verano —la madre ahora lanzaba su confesión—. Mi madre me mimaba mientras estaba en casa, además del hecho de que estaba rodeada de hermanos con los que jugar. Pero siempre el día previo al inicio del curso tenía esas mariposas en la tripa que me llenaban de dudas y me veía invadida por los nervios. Así que entiendo por lo que estas pasando, pero te contaré un secreto: las cosas en la imaginación tienen la asombrosa capacidad de parecer más grande y amenazante de lo que son en verdad si te muestras inseguro. Como también pueden parecer más fácil, de lo que realmente son, si vas con la firme convicción de que solo es un mero trámite para convertirte en un gran mago. La clave está en la actitud con que te lo tomes, pues de ella dependerá que todo se te ponga fácil o difícil en la vida.
Con ambos progenitores orgullosos de su hijo y quedando el asunto en un mero estado anímico, Albus les deseó buenas noches quedándose a oscuras en su habitación, aunque no por mucho tiempo. Fue entonces cuando, levantándose de la cama, se dirigía a una de sus estanterías y sacó su libro de Ajedrez favorito. Uno que le había regalado su tío Ron hacía años y leía la descripción básica de aquella pieza en concreto.
"Todas las piezas en el ajedrez están destinadas a proteger al rey. Los peones, en concreto, son los primeros en moverse. Son elementos clave tanto para liberar otras piezas y forzar a las otras fichas rivales a moverse. En el caso de que llegue a la octava fila se producirá lo que se conoce como la coronación del peón, en el que podrá adoptar cualquier ficha del tablero a excepción del Rey o de otro peón."
En la oscuridad de su cuarto, el pequeño buscaba debajo de su almohada, allí había escondido el objeto encontrado en el bosque y sujetándolo en sus manos lo miraba sin parar. Poniéndose en pie se dirigía hacia su arcón de equipaje y abriéndolo colocaba aquella pieza dentro para después cerrarlo y meterse en la cama.
Descansaron toda la noche hasta que sonaron los despertadores indicando que el gran día había llegado, el día en el que partirían hacia su destino.
