Disclaimer: los personajes de Naruto no me pertenecen.


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IV

Lápices de colores

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Hinata se removió, inquieta, cubriéndose hasta las orejas con las cobijas.

De pronto sintió un dolor muy agudo que recorría su cuerpo desde las costillas hasta posarse en su pierna izquierda , y se vio obligada a apretar los dientes cuando la sensación aumentó con el simple movimiento.

—Deberíamos llevarte al hospital.

La joven Hyūga pegó un salto, haciéndose más daño por la brusca acción. Ahogó un gemido de dolor y abrió los ojos, encontrando a un sereno Sai sentado en un sillón junto a la cama en la que ella se encontraba, con un lápiz en la mano y un cuaderno sobre las piernas cruzadas, haciendo unos trazos sin mirarla. Aun así, Hinata se ruborizó como nunca, intentando desesperadamente tapar su cuerpo al notar que sólo vestía su ropa interior.

—Descuida. No tienes nada que no haya visto cuando limpié tus heridas tras que te desmayaras en mi sala— comentó el chico ANBU, en tono indiferente.

Hinata sintió que se mareaba por la vergüenza, comenzando a balbucear cosas ininteligibles mientras amenazaba con perder la conciencia nuevamente; en ese momento, Sai dirigió sus inexpresivas pupilas hacia ella y la miró.

—Tuve que quitarte la ropa. Estaba mojada y podrías haber pescado un resfriado— aclaró, poniéndose en pie para caminar hacia una pequeña y maltratada cómoda, abriendo el primer cajón— Ten. Creo que esto te quedará— le dijo, alcanzándole una modesta camiseta oscura y uno de sus pantalones de ninja— Lo siento, pero no tengo mucha ropa. Y la tuya está mojada todavía; dejó de llover hace sólo unas horas. Podemos ir al hospital, o podrías morir de gangrena— informó, fingiendo su sonrisa más radiante, descolocando ligeramente a la chica Hyūga.

—Y-Yo…— suspiró, intentando tranquilizarse— ¿C-Cómo llegué aquí?

— ¿Hn? Oh, te encontré tirada en la calle. Te traje a mi casa porque no quisiste ir a la tuya. Dijiste que me cocinarías como agradecimiento y te desmayaste en mi sala. Eso fue todo. ¿No lo recuerdas?

Hinata hiperventiló, enrojeciendo nuevamente.

— ¡¿E-Esta es su cama?!

—En efecto.

Ella ahogó un grito, parándose de un salto y arrastrando las cobijas consigo.

— ¡L-Lo siento tanto!— chilló, desesperada— N-No quise…No…No…

—Eras tú, ¿verdad?— la interrumpió en ANBU, ignorando sus palabras anteriores. Hinata palideció.

— ¿Q-Qué?

—La Kunoichi que llegó ayer, malherida. La compañera de Ino, que, por cierto, fue capturada en acción y… ¿Qué pasa?— inquirió, dudoso, al ver como la chica comenzaba a llorar; y Sai escuchó una alarma silenciosa en su cabeza— ¿Dije algo malo? Cuando las mujeres lloran en mi presencia usualmente es por mi culpa— resolvió, pensativo. Hinata hipó, limpiándose las pequeñas lágrimas para alzar la mirada, temblorosa.

—Y-Yo de v-verdad quise ayudarla…— sollozó, escondiendo la cabeza entre las manos— Ellos nos superaban en número. Co-Corrimos pero Ino-chan se quedó atrás. Quise quedarme con ella, pero me habían herido y…— hipó una vez más, agachando la cabeza— Ella iba a retenerlos. Me ordenó regresar y llevar refuerzos, pero la atraparon— lloró con fuerza— Querían llevarme a mí también. Corrí y corrí hasta que vi la aldea y entonces…— lanzó un gemido, derrumbándose sobre el suelo— Abandoné a mi compañera…

Sai frunció levemente el ceño, pensativo, arrodillándose junto a Hinata para -según había leído- socorrerla.

—Hyūga-san, somos ninjas; nos vemos obligados a tomar decisiones como esa todo el tiempo— dijo con calma, evocando el mismo tono de voz que Naruto usaba cada vez que daba uno de sus alentadores discursos— Conozco a Ino. Ella no será muy bonita, pero es fuerte, y muy inteligente. Estoy seguro de que supo analizar la situación a la perfección y si te pidió que regresaras sola es porque sabía que ambas no podían lograrlo, y que tú llevarías la ayuda que necesitaba.

Hinata Hyūga alzó la mirada, temblorosa.

—P-Pero no sirvió de n-nada… La tormenta…

—Sí, escuché que el equipo de rescate tuvo que detenerse para refugiarse. Pero algo mejor fue por Ino.

— ¿A-Algo m-mejor?

—Sí. Sasuke Uchiha siguió camino. Él no es muy agradable, pero es mucho mejor que un escuadrón, ANBU, ¿no lo crees?

Ella abrió los ojos, esperanzada.

— ¿L-Lo dice en serio?

—Por supuesto. Si alguien puede rescatarla, sin duda, es Uchiha Sasuke. Sobre todo porque creo que ella le agrada. O al menos no la odia tanto— resolvió, frotándose la barbilla, pensativo— En fin. No debes preocuparte. Hiciste lo que cualquier ninja hubiera hecho en tu lugar. Todos lo saben— se levantó impulsándose hacia adelante— Prepararé algo de comer. Nunca he cocinado para nadie, así que no garantizo nada— sonrió, ya no de forma falsa— Vístete. El baño está tras aquella puerta y… bueno, eso es todo. Esperaré en la sala.

Comieron un improvisado plato de avena con leche cada uno. Hinata, aún bajo los estragos de la vergüenza, comió la dura avena sin rechistar, lamentándose no tener las fuerzas suficientes para cocinar algo. Sai sólo la miraba, bajando la vista de tanto en tanto a su lamentable platillo, sintiendo algo muy parecido a la vergüenza también.

—Bueno, ya había dicho que nunca he cocinado para nadie— se defendió el joven— La avena al estilo piedra está bien para mí, pero creo que será mejor comer fuera— anunció tras un largo suspiro.

—N-No…la avena luce bien…

Ante esas palabras, el joven la contempló fijamente, entornando la mirada.

—Estás mintiendo— acusó, aunque no en forma de reproche; Hinata se sobresaltó— ¿Qué te hace mentir?— inquirió, en verdad interesado.

—Yo…Eh, bu-bueno… no era mi intención…

— ¿Estás mintiéndome para ser amable conmigo?— preguntó el chico, interrumpiéndola. Hinata se ruborizó y bajó la mirada; Sai, como pocas veces, se permitió sonreír con sinceridad— Nadie nunca me había mentido para ser amable conmigo— resolvió, sin dejar de reír— Es decir, han intentado engañarme, pero eso no fue tan gracioso como esto— rió con suavidad, parándose— Ven, mejor nos vamos o terminaré matándote con mi comida.

Ella no protestó. Incluso se permitió soltar una débil sonrisa antes de reparar en la herida del antebrazo de Sai.

— ¡Oh! S-Sai-san, estás herido…

— ¿Huh? Ah, eso. Lo había olvidado— Sai flexionó el codo y observó su herida con poco interés— Por eso me molestaba tanto…

— ¿Pu-puedo ver?— pidió Hinata, dando un tímido paso hacia él. Sai le extendió su brazo sin intercambiar palabras y ella pareció analizar la herida— Mmm…N-no es profunda, pero pa-parece infectada.

— ¿Sí? Quizá. Me la hice hace días, pero no le había prestado atención. Ayer fui al hospital pero parecían demasiado ocupados.

— ¿Tiene ve-vendas y antiséptico? Yo puedo curarlo…¡S-sólo si quiere!— se apresuró a aclarar, ruborizándose de inmediato, cosa que Sai ignoró.

—Sí, claro. Hay un botiquín en el segundo cajón del baño.

Hinata asintió, desapareciendo por la puerta para regresar con una caja blanca entre las manos. Se sentó frente a Sai y comenzó a sacar lo necesario, dejando de lado toda inseguridad, cosa que turbó un poco al chico.

— ¿Eres médica?— le preguntó, distrayéndola de su trabajo por un segundo.

—No. Pero yo curaba a mis compañeros de equipo, y aprendí a curar heridas un poco más complejas durante la guerra— . Respondió, concentrada en su trabajo.

Sai sonrió.

—Dijiste una frase completa sin tartamudear— observó; Hinata lo miró, pausando su trabajo.

—Oh… a…a veces se me olvida, supongo.

—Ya veo… de modo que lo haces a propósito.

—Es por costumbre— dijo ellá, terminando de vendar su antebrazo— L-listo.

—Gracias. Fuiste muy amable— sonrió— Sakura siempre me golpea cuando le pido que cure mis heridas— comentó, riendo— Creo que ya podemos irnos.

Afuera el sol brillaba intensamente, haciendo relucir la fina capa de agua que lo cubrían todo. Las aves cantaban con gran algarabía, llenando toda la aldea de sus rítmicos gorjeos.

—La calma que precede a la tormenta— comentó Sai tras cerrar la puerta de su apartamento, mirando a Hinata y sonriendo de nuevo— Lo leí una vez por ahí. Bien, todavía tengo un poco de mi paga de ayer, así que puedo invitarte algo de comer. A menos que prefieras ir directo al hospital. ¿Qué dices?

—O-Oh…Va-vamos al hospital, por favor…Todos deben estar pre-preocupados…

Sai se encogió de hombros.

—Como quieras. Sube.

— ¿Q-qué?— se espantó la chica, contemplando la espalda de Sai con terror.

—Tu pierna sigue lastimada, no podrás avanzar mucho— discurrió, indiferente— Vamos, debemos darnos prisa si queremos que atiendan esas heridas.

—P-Pero…

— ¿No quieres ir en mi espalda? Bueno…puedo cargarte— ofreció, acercando sus brazos. Hinata retrocedió hasta chocar la espalda con la puerta, ligeramente alarmada, y Sai frunció el ceño.

— ¿Qué pasa ahora?

—Y-Yo puedo caminar, Sai-san…

—No, no es cierto. Subes a mi espalda o te llevo cargando. Elige.

Ella quiso negarse, pero al cabo de diez minutos estaba recorriendo la aldea en la espalda de Sai, intentando no sonrojarse cada vez que se cruzaban con algún conocido.

Cuando llegaron al hospital, encontraron a todos sus amigos en la sala de espera, con caras de preocupación.

— ¡Hinata! ¡¿Dónde demonios te habías metido?!— preguntó Kiba, ignorando a Sai.

—Y-Yo…— la joven inhaló y exhaló varias veces.

—Nos preocupamos mucho por ti— anunció Shino Aburame, anteponiéndose a su amigo.

—Lo siento…— murmuró la chica, bajando la cabeza como una niña regañada— Pero no debieron venir has-hasta aquí…

—Acabamos de enterarnos hace minutos de que estabas en el hospital y te habías ido— informó el chico-perro— Éramos parte del escuadrón que debía rescatar a Ino.

— ¡¿E-Encontraron a Ino-chan?!

—Sasuke acaba de traerla— dijo el joven Akimichi, acercándose por detrás de Shino— Hola Hinata; Sai.

Hinata echó una mirada rápida al lugar. Sasuke Uchiha estaba en pie a un lado de una de las puertas de urgencias, aparentemente calmado, aunque la joven podía percibir la alteración en su flujo de chakra. Naruto estaba a su lado, hablando con aquella pelirroja que ella aún no conocía, mientrás ésta lo tomaba de las manos, a modo de consuelo. Entonces, temió lo peor.

— ¿E-Está bien?

—Sakura está atendiéndola— suspiró el robusto muchacho— Dijeron que cuando Sasuke la encontró, estaba peleando casi sin chakra. Por eso llegó muy malherida— se lamentó.

Sai sólo observó la escena, ligeramente indiferente; luego se acercó a Naruto cuando la ex fugitiva Karin entró en la sala de urgencias, intentando transmitirles su apoyo. Hinata Hyūga se había posado junto a Sasuke, ignorando las peticiones de sus amigos, y esperando en silencio mientras mantenía las manos juntas sobre el pecho. De pronto, una mancha roja en el suelo la sobresaltó. Y subiendo poco a poco la mirada descubrió las gotas de sangre que caían del brazo izquierdo del último Uchiha.

— ¡Sasuke-san está herido!— anunció sin poder contenerse. El aludido la miró, escondiendo su brazo con el otro.

—Estoy bien— gruñó por lo bajo, desviando la mirada.

—Sasuke, deberías ir a que te revisen— murmuró Naruto, mirando la sangre que brotaba sin parar entre los dedos de su amigo. No obstante, éste sólo lo ignoró.

—Dije que estoy bien, ya no me fastidien— siseó, parco. Todos lo miraron, pero ya nadie dijo nada respecto al tema.

—Uchiha-san sí que es extraño— comentó Sai a Naruto, pensativo— Jamás se comporta conforme a uno espera, ¿no crees?

El héroe de Konoha se encogió de hombros.

Sai miró todos sus amigos reunidos bajo un tenso silencio, concentrándose en la temblorosa Hinata; y, de pronto, supo que sería un largo día.

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Mordió el dorso de su lápiz, alejando el cuaderno que sostenía entre las manos de sí para girarlo y contemplarlo con atención. Frunció los labios con gesto pensativo y entornó levemente la mirada, acercando el grafito al papel para darle unos retoques finales a su nuevo dibujo.

Una vez hecho el último trazo, observó su obra con interés, girando el cuaderno una vez más para apreciarla desde distintos ángulos, sonriendo con satisfacción.

Normalmente, se sentía orgulloso de todas y cada una de sus obras; pero esa en particular, y todas las que había creado en esos últimos días, tenían algo especial… algo que las hacía diferente a las demás.

Tal vez era la joven protagonista de todas ellas; las hipnóticas curvas de su cuerpo, la inocente expresión en su joven rostro; la curvatura de sus labios o sus ojos tan extraños…

Sai no sabía por qué, pero desde hacía días la imagen de aquella extraña chica había comenzado a aparecer en todos sus dibujos.

Si imaginaba un paisaje, se imaginaba a esa chica en medio del mismo; si quería pintar una casa, la pintaba a ella mirando por una de las ventanas. Y si quería dibujar a una joven, fuera alta, bajita, morena o rubia, era el rostro de esa chica el que siempre resultaba de sus trazos.

Suspirando, buscó un lápiz en sus bolsillos, usándolo para darle el toque final a su dibujo.

Era muy extraño. Nunca alguien había permanecido por tanto tiempo en su memoria.

Todo había comenzado desde el incidente con la amiga de Sakura y Naruto, aquella chica sin gracia y que casi siempre parecía afiebrada. Aunque… ¿Qué tan seguro podía estar de su criterio? Después de todo, la primera impresión que había tenido de Ino Yamanaka había sido que ella era horrorosa, pero, conversando con otros Shinobis, había descubierto que la chica resultaba muy atractiva para todos los hombres, excepto, para él. Tal vez con Hinata era igual… Sai sabía que, al parecer, no era bueno juzgando a la gente, y no quería arriesgarse a más altercados con desconocidos por dichos que sólo él parecía considerar totalmente fieles a la realidad.

Las personas eran excesivamente extrañas en el ámbito sentimental, por eso siempre intentaba ser cordial, y había leído una innumerable cantidad de libros para eso, pero, si algo había aprendido con los años era que las personas eran tan volubles respecto a sus emociones que prácticamente era imposible predecirlas. Había intentado muchas cosas que, a juzgar por las reacciones que había obtenido, parecían no ser del todo las correctas; o al menos no de la forma en que él las hacía. Por alguna razón todas sus acciones siempre parecían prestarse a malos entendidos y situaciones en las que él parecía ser el único perjudicado.

Crack.

El ligero sonido de algo rompiéndose lo sacó de sus cavilaciones, y frunciendo el ceño notó que la punta de su lápiz se había roto.

Suspirando con cansancio, buscó otro dentro de sus bolsillos, dando algunas sombras para finalizar definitivamente el dibujo de la chica de largo cabello que estaba sobre un columpio, con un ligero rubor en sus redondas mejillas. Pero, al hacerlo, volvió a fruncir el entrecejo, disconforme.

Nunca quedaba disconforme con sus obras, pero ésta vez… no lo entendía, pero sentía que algo faltaba.

Analizó el dibujo una vez más, repasando cada trazo, cada curva. Todo lucía tal y como lo había visto en su mente. No había razón para no poder concluir que su obra estaba finalizada. Entonces reparó en algo: su rostro. Había una leve sombra gris sobre sus mejillas, lo que debía asemejarse a un sonrojo. Y en ese momento lo comprendió. Era tan simple que se sintió tontamente abrumado por un instante.

Colores… su dibujo en blanco y negro no podría asemejarse nunca a la imagen de su mente.

Sai arqueó las cejas una vez más, metiendo una mano dentro del bolsillo de su pantalón. Tenía lápices de distintos tamaños y graduaciones, pero ningún lápiz de color. Resignado, se puso en pie. Tomó su cuaderno, guardó sus lápices, y sacudió sus ropas, saliendo del parque en el que se encontraba. Si había algo que odiaba más que nada en el mundo era, sin duda, dejar una obra incompleta, pero decidió que no tenía caso seguir quedándose allí. De cualquier forma había prometido ir a visitar a Ino, que seguía recuperándose en el hospital.

Se adentró en las calles de la aldea, caminando por la avenida principal hundido en sus propios pensamientos. Rara vez usaba otra cosa que no fuera tinta negra, mucho menos, lápices de colores en sus dibujos, por eso no los tenía. ¿Por qué habría de necesitarlos ahora? Resoplando, dobló en una esquina del distrito comercial, encaminándose hacia el hospital, pero deteniéndose de pronto, creyendo prudente llevar algún obsequio a su amiga.

Sai contempló el nuevo escaparate de aquella tienda que conocía muy bien, observando los nuevos productos con bastante interés.

Había nuevos tipos de cuadernos, con dibujos de paisajes y otras cosas; también había alguna que otra chuchería; pero lo que más llamó la atención del joven ANBU fueron los pintorescos lápices de colores que -según anunciaba un colorido cartel- eran importados del País de la Seda. El joven ANBU se frotó la barbilla y entró al lugar, provocando el habitual tintineo de la campañilla de entrada al abrir la puerta. Tras el mostrador de pino, un sonriente anciano lo recibió.

— ¡Sai! ¿Cómo has estado? Hacía mucho no venias por aquí.

El aludido se encogió de hombros.

—Supongo— curvó los labios en una de sus tantas sonrisas fingidas y se acercó al dueño de la tienda— Buenas tardes, señor Tachikawa.

—Buenas tardes para ti también, Sai. ¿Qué se te ofrece éste día?

El muchacho parpadeó, y con una mano señaló los colores del escaparate.

—Bueno, estaba buscando un obsequio para una amiga que se recupera en el hospital, pero…Quisiera que me enseñara aquellos colores, si no es molestia.

El anciano sonrió aún más, acercándose a la vidriera para sacar los colores cuyo estuche era una ornamentada caja de caoba. Se acercó al mostrador una vez más y enseñó a Sai los lapices con orgullo.

—Tienes un excelente gusto, mi amigo— declaró— Estos colores fueron importados directamente desde el País de la Seda; fueron labrados a mano y hechos con pigmentos cien por ciento naturales, ¿sabes?

— ¿En serio?— Sai se mostró genuinamente sorprendido, cosa que sólo incrementó la sonrisa del anciano.

—Claro que sí— aseveró éste—, sólo se fabricaron unos pocos, es por eso que su presentación es tan fina.

—Ya veo…

—Y puedo asegurarte de que la caja que ves aquí es la única en todo el País del Fuego.

—Sorprendente— el joven abrió mucho los ojos, completamente abstraído— Pero, ¿cuál es su precio?

El anciano carraspeó.

—Pues, como imaginarás, no son muy baratos…— mientras decía eso, le enseñó a Sai la pequeña etiqueta de precio que estaba al reverso de la caja. El Shinobi la observó con interés, dirigiendo una mano hacia el bolsillo de su pantalón como acto reflejo y suspirando con decepción casi de inmediato.

—No me alcanza para tanto— murmuró con desilusión, pues esos lápices costaban incluso más que lo que ganaba en dos misiones de rango C—. ¿No tiene algo menos costoso?— preguntó. Entre comprar esos lápices y comer durante varios días decidió que no había mucho que pensar.

El anciano le sonrió de manera afable, guardando los bonitos colores bajo el mostrador para sacar otros que no lucían tan especiales.

—Éstos también son buenos, y no cuestan ni la mitad de los otros.

Sai contempló la oferta con interés, pero acabó por negar con la cabeza.

—No, está bien. Ahorraré un poco más de dinero y regresaré otro día.

Se despidió del tendero para salir del lugar, disponiéndose a seguir buscando un obsequio para Ino, llevándole un pequeño ramo de flores azules, pero, llegando a su habitación se sintió un tanto decepcionado al ver que parecían haber instalado un jardín completo allí.

— ¡Sai!— sonrió la chica, postrada en medio de aquel millar de flores, con una sonrisa.

—Hola, Ino. Te traje flores… aunque creo que debí haber comprado chocolates. Pero necesito ahorrar para comprar unos lapices de colores que vi.

Ella rió, haciendo un gesto con la mano.

—Son muy bonitas, ¿qué son?

—No sé. Las corté de camino hacia aquí.

Ino abrió los ojos con sorpresa, pero acabó por reír.

—Te lo agradezco de cualquier forma. Hina-chan, ¿puedes ponerlas en agua?

Hinata salió de entre un montón de lirios. Sólo entonces Sai notó que estaba allí; se veía más recuperada y rozagante.

—C-Claro, Ino. Buenas tardes, Sai-san.

—Hola. No esperaba verte aquí— comentó, con su tan acostumbrada y arrolladora sinceridad.

—Oh, está haciéndome compañía mientras Shikamaru va a su casa a descansar— anunció la joven rubia— Pero siéntate. Me hará bien tener más amigos cerca. La frentona está muy ocupada, al igual que Naruto y Chōji…

Sai asintió, con una sonrisa que intentó no ser falsa, y tuvo que mover unos narcisos para poder encontrar un sitio donde acomodarse. Hinata se excusó y salió por la puerta, con Sai observándola hasta que se salió de su vista.

—Y… ¿Cómo te has sentido?— le preguntó a Ino, al cabo de un rato.

—Como si hubiese estado a punto de morir por agotamiento de chakra— dijo la chica, y luego rió.

—Pero… eso fue exactamente lo que pasó, Ino— analizó el chico, pensativo.

— ¡Era una broma, Sai!— rió— Tú sí que no cambias, eh.

— ¿Broma? Oh…Supongo que debí haber reído.

—No, está bien— ella hizo una pausa, mirando por la ventana— Oye… ¿de casualidad sabes algo de Sasuke?

— ¿Por qué?— se extrañó el joven ANBU. Ino se encogió de hombros.

—Él me salvó, pero aún no lo he visto ni una sola vez, y nadie me ha dicho nada— suspiró, un tanto frustrada— Quisiera darle las gracias.

—Imagino que es lo correcto. Después de todo, Uchiha Sasuke no se separó de ti hasta que Sakura anunció que estabas fuera de peligro. Parecía que le interesaba tu salud— comentó como si nada, mirándose las uñas con desinterés— Te salvó la vida. Creo que sería grosero no agradecérselo. ¿Y por qué no lo haces ahora? Él está parado fuera de esa ventana— anunció, indiferente, señalando hacia la única ventana de la habitación, desde dónde se escuchó un gruñido.

— ¿Sasuke?— inquirió Ino, dudosa, abriendo los ojos con sobresalto mientras miraba hacia la ventana— ¡Es cierto! ¡Puedo sentir tu presencia!

— ¿No lo habías hecho antes?— se extraño el ex Raíz, contemplando por el rabillo del ojo como Sasuke Uchiha se descubría el rostro, quitándose la máscara ANBU de tigre— Pero que extraño… Creí que eras de los mejores sensores de la aldea, aunque el agotamiento debió haber afectado tus habilidades momentáneamente…— pensó en voz alta— Supongo que tampoco te diste cuenta de que no se ha movido de tu ventana desde que te trajeron, ¿no?— comentó como si nada— Aunque desde hace días intenta ocultar su presencia, puedes percibirla si…

—Cierra la boca— gruñó un abochornado Sasuke, entrando por la ventana mientras desviaba el rostro. Sai los miró a él y a Ino; ambos estaban sonrojados hasta las orejas.

—Sasuke…

El aludido alzó la mirada hacia ella, estoico, pero visiblemente tenso.

—Hmp. Yamanaka.

— ¡Buenas tardes, Sasuke-kun!— exclamó Sai, rompiendo toda tensión con su clásica y despreocupada sonrisa— Que bueno que decidiste entrar. Ayer por la noche te vi en la ventana al pasar y…

— ¡Ya! Cállate o te asesinaré— bramó el joven Uchiha, visiblemente molesto y sonrojado. Luego desvió el rostro, cruzándose de brazos mientras se recargaba en la pared y evitaba mirar a Ino— Yo… la Quinta me pidió que vigilara y eso es todo lo que he hecho.

—No, no es cierto. Ella nunca…

—Dije que la Quinta me envió a vigilar— declaró en tono frío, pero sus mejillas seguían adornadas por aquel leve rubor.

Ino suspiró, un poco cansada y triste.

—Bueno, siendo así… Muchas gracias, Sasuke. Por… todo.

—Hmp.

Sai contempló al último Uchiha con el ceño fruncido, sin entender su actitud, pero acabó por sonreírle, desestimando la situación.

—Oh, ya es hora de irme. La Hokage dijo que tenía una misión para mí y necesito el dinero— se levantó de su asiento, limpiando los pétalos aplastados de su pantalón— Te veré en unos días, Ino. Espero que te recuperes.

—Gracias, Sai. Que tengas suerte en tu misión.

—Sí. Gracias— miró al joven Uchiha, quien seguía inmóvil junto a la ventana— Hasta pronto, Sasuke-kun.

Él lo miró, mascullando una maldición por lo bajo, sin corresponder el saludo. El otro sólo le sonrió, cosa que pareció molestarlo más.

Tal vez Sai no era muy 'perceptivo', pero aún para él era evidente que algo extraño pasaba con el mejor amigo de Naruto Uzumaki. Sin embargo eso no le importaba, por lo que desestimó el asunto. Lo último que quería era ganarse más golpes por meterse en asuntos que no eran de su incumbencia.

Una suave brisa le removió el cabello al salir del hospital; Sai no sabía qué, pero había algo diferente en el aire. Un aroma dulce y embriagador llegaba a sus fosas nasales, y de pronto sintió aquella familiar presencia acercándose.

— ¡Sai-san!

Apenas se inmutó al oír su nombre en boca de aquella chica, aunque volteó de igual forma hacia ella, pero sin sonreír. Por alguna razón no quería mostrarle otra de sus sonrisas falsas.

—Que bueno que a-aún no se ha ido…— suspiró Hinata, con la respiración ligeramente entrecortada. Luego, tomó una profunda bocanada de aire y cerró los ojos, exhalando por la nariz.

— ¿Se te ofrece algo, Hinata-san? Tengo que ir a ver a l Hokage, y voy con el tiempo justo— advirtió, ligeramente impaciente.

La Kunoichi abrió sus ojos color perla y miró a Sai a la cara, extendiendo una adornada caja hacia él.

—Es…Es para ti, Sai-san— dijo, desviando la mirada hacia el suelo.

— ¿Para mí?— se extrañó el muchacho, arqueando una ceja— Pero las personas no suelen obsequiarme cosas…

—Acéptelo, por favor— dijo la chica, con firmeza— Sai-san fue en verdad muy amable conmigo el otro día. Y, y sin querer escuché su platica con Ino-chan… Sé que no somos amigos, y que no le agrado mucho, pero quise hacerle un presente por todo lo que hizo por mí últimamente. Así que acéptelo, por favor.

Volvió a extender la caja hacia él. Sai parpadeó, confundido, intentando recordar todo lo que sabía sobre presentes y agradecimientos.

—Oh, bueno…Gracias, supongo— dijo, frotándose la barbilla— Pero no tengo nada para ti. Lo siento.

— ¡No! No es necesario q-que me obsequie algo. A-Además, todavía tengo aquel bonito dibujo de los niños en el parque…

— ¡Ah, claro! Ese dibujo… ¿Sabes? Tengo otras obras que tal vez te interesen, porque, de hecho, las pinté después de que estuviste en mi casa— comentó sin darle importancia. Hinata lo miró y se ruborizó hasta las orejas, juntando las manos sobre su pecho, sin saber qué decir.

—Bu-Bueno— balbuceó— Tengo… Tengo que regresar con Ino-chan.

—Oh, sí. Hazlo. La dejé a solas con Sasuke Uchiha, lo cual tal vez no fue una buena idea…— razonó, haciendo que Hinata soltara una risita sincera.

—Quizá tenga razón, Sai-san. M-Mejor iré a ver.

Él se encogió de hombros— . A-Adiós.

—Adiós— se despidió con una mano, dándole la espalda para desaparecer de un salto, llegando a la Torre Hokage casi de inmediato.

—Buenas tardes, Tsunade-sama. Shizune-san— saludó al entrar en la oficina de la mujer, ignorando a los demás administradores que estaban con ellas.

—Buenas tardes, Sai— le sonrió la más joven.

—Ah, Sai. Que bueno que llegaste— dijo la líder, revisando una pila de documentos antes de alzar la mirada hacia él— Hay una misión de espionaje que necesito que realices cuanto antes, y… ¿Qué es eso?— indagó, curiosa, señalando la caja de madera con un moño que Sai llevaba bajo el brazo.

—Es un obsequio que acaban de darme— respondió el chico, neutro.

— ¿Alguien te hizo un regalo?— la Hokage alzó una ceja, curiosa— ¿Y qué es?

Sai abrió levemente los ojos, un tanto sorprendido.

—No lo sé. Aún no lo he visto.

—Oh… ¿Puedo ver?

—Tsunade-sama…— la regañó su asistente, provocando que la mayor frunciera el ceño.

— ¿Qué? Sólo tengo curiosidad. ¿Qué podrían regalarle a éste chico tan raro?

Sai la miró, inexpresivo. Creía saber a qué se refería exactamente su líder, pero prefirió no opinar; después de todo aún le costaba comprender el sarcasmo en las palabras de las demás personas.

—En fin…— siguió la Quinta— ¿Puedo ver?

Sai no respondió, pero casi robóticamente extendió su obsequio hacia las manos de la Hokage, quien abrió la tapa, frunciendo el ceño levemente.

— ¿Lápices?

Sai flexionó el cuello para ver también, denotando auténtica sorpresa en su mirada.

—Son lápices de colores— resolvió, sin borrar su expresión. La Hokage cerró la tapa y empujó la caja hacia él nuevamente.

—Bueno, en lo personal hubiera preferido una caja de sake o alguna joya, pero creo que es un obsequio perfecto para ti— Sai la miró, adusto,y cogió su obsequio bajo el brazo una vez más— Bien, como te decía, quiero que te infiltres y recopiles toda la información que puedas sobre cinco fugitivos que escaparon hace días… — comenzó a relatar, y, aunque él la oía y guardaba la información en su cerebro, sus pensamientos estaban en otra parte; en un lugar dónde nunca habían estado.

—Tiene razón…— susurró más para sí mismo que para Tsunade, contemplando el logo del País de la Seda en el dorso de su caja de colores.

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Cerró todas las ventanas con seguro y apagó todas las luces. Alistó un muda de ropa; reunió sus armas y contó los kunais antes de guardarlos en su bolsa trasera. Tomó el pergamino con las instrucciones de su nueva misión y lo metió en el bolsillo, guardando también algunas provisiones para el viaje y un botiquín de primeros auxilios en su mochila, deteniéndose al derrumbar una pila de cuadernos y observar el que se había abierto en una página en donde una chica sobre un columpio lo observaba fijamente.

Sai ladeó levemente la cabeza y sujetó el dibujo entre sus manos. Preysa de un impulso artístico, buscó la caja de colores que Hinata Hyūga le había obsequiado y se sentó en el suelo, frunciendo el ceño con concentración mientras pintaba, convirtiendo la piel de la chica del dibujo en satén reluciente; su cabello en una larga cascada azulada; sus labios en dos pétalos rosados, y sus ojos, esos expresivos ojos que lo observaban fijamente, transmitiéndole tantas emociones que no era capaz de interpretar, los transformó en dos brillantes perlas.

Sai contempló su obra a colores y frunció el ceño, decidiendo que había algo que faltaba. Al cabo de unos segundos sonrió de lado, tomando el lápiz de color rojo para crear dos suaves manchas en las mejillas de la chica del retrato, dándole un aspecto tan real que hasta el artista mismo se sorprendió de que ella no saliera de la pintura.

Cuando hubo terminado, la contempló fijamente durante un rato, sintiendo tanto orgullo como nunca antes.

Posó la imagen sobre la mesa de la sala, de cara a la puerta de entrada, y tomó sus cosas sin dejar de sonreír, contemplando aquellas mejillas coloreadas hasta que finalmente cerró la puerta tras de sí.

.


.

Continuará...

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N del A:

Gracias por leer, y por haber dejado sus reviews. Escribir no es tan fácil como parece, por eso lindo ver que reconocen el esfuerzo de uno.

Saludos.

H.S.

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