CAPÍTULO 3. MIENTRAS DORMÍAS
Entre las hojas que tapizaban el suelo, se abría paso un estrecho caminillo de grava por el que los tres jóvenes avanzaban con torpeza de vuelta al jardín. Camino que Harry no había visto al entrar, y que zigzagueaba hasta más allá de donde les alcanzaba la vista entre los árboles; bifurcándose varias veces antes de desaparecer. Y es que el bosque no era tan pequeño como parecía desde fuera.
Harry pateó distraídamente una nueva piedra del camino, dirigiendo miradas furtivas a la chica escondida tras el brazo de Neville. Éste comenzó a balbucear de nuevo con la mirada extraviada en la nada, aunque ninguno de sus dos amigos pareció prestarle demasiada atención. La pelirroja a penas reparaba en el suelo por el que caminaban, haciendo que estuvieran a punto de caer por cuarta vez.
"No..."
Los ojos de Harry se perdieron en unas ardillas que correteaban en un árbol cercano.
Seis años no habían bastado para conocerla. Siempre había tenido la extraña impresión de que por mucho que creciera, siempre sería aquella pequeña, tímida y pecosa niña que huía de él y saliendo súbitamente de cualquier lugar que él pisara. Eterna e invariablemente pequeña. Ahora en cambio, apostaría dos sickles a uno a que cualquier basilisco saldría corriendo al verla entrar en la cámara de los secretos que algún otro necio osara a abrir.
Sabía de algún modo, que la inestabilidad en Hogwarts, la tiranía de Umbridge, el ED; todo había contribuido a que notara que Ginny Weasley dejaba de ser parte del paisaje, para tener un papel en la historia.
Aunque todo eso había llegado un poco tarde.
Ahora, e incluso en aquel bosque otoñal donde todo era más fácil de olvidar, las cosas eran distintas. Sirius había muerto, y él debía luchar en una guerra en la que ni siquiera había decidido tomar parte. Simplemente no tenía elección.
Pateó una nueva piedra que se había interpuesto en su camino.
"No por favor…otra vez no...No ahora…"
Alcanzaron una hondonada. Era una zona en penumbra, donde los árboles crecían demasiado juntos como para dejar pasar los finos rayos de sol que intentaban colarse a través de las ramas de los árboles más ancianos. Estaba llena de helechos, y la tierra era húmeda allí debido a la constante oscuridad. Desde allí podía adivinarse la claridad del jardín a través del follaje de los árboles cercanos.
Distraídos como estaban, ninguno vio el endemoniado saliente de raíz al que se encaminaban con abstraída parsimonia. Así que tampoco nadie hizo nada por evitarlo.
Cayeron ladera abajo, rodando como croquetas de musgo y verdín, dibujando tres distintas espirales que se bifurcaron hasta hacer parapeto en tres diferentes objetos. La carrera de Neville la detuvo un tocón.
Harry sintió como sus pulmones se vaciaron de aire, y todo se volvió oscuro. Algo cayó contra él. Ginny.
– ¿Qué…? –escupiendo tierra húmeda y abriéndose paso entre los helechos, un Neville que parecía haberse encontrado al darse contra el tocón, se llevó una mano a la cabeza con gesto de dolor. Ginny y Harry aun seguían en el suelo, cada cual más verde y más confuso que el anterior.
– ¿Cuándo…cuándo habéis llegado? –preguntó temeroso Neville. –Ginny, ¿no habías ido a ver si ya estaba lista la comida? –dijo sacudiéndose varias hojas que se le habían quedado pegadas a los pantalones.
Harry se había llevado un fuerte golpe en la cabeza y se llevó la única mano que tenía libre allí donde le dolía. Ginny, empotrada contra él, solo buscaba la manera de volver a respirar. Su pecho se batía frenéticamente, y sus ojos reflejaban pánico. Toda serenidad perdida.
Harry le devolvió la misma mirada inquieta, no esperaba tener que dar una excusa antes de llegar al jardín. Al menos parecía la misma.
Pasaron varios segundos antes de que la pelirroja aceptara la ayuda de Neville para levantarse, y contestara con temple. –Iba hacia allí cuando me topé con Harry. Volvíamos para avisaros de que ya íbamos a comer, cuando vimos a Luna. –una chispa brotó de sus brillantes ojos marrones. Harry tuvo que mirar hacia otro lado. Lavaría la ropa interior de Filch a mano, con pus de bubotubérculo sustituyendo al jabón, antes de que Neville descubriera que había sido capaz de espiarle en un momento así. Ginny no escondió una pícara sonrisa mientras Neville buscaba un sitio donde enterrarse y desaparecer. El muchacho tragó saliva y asintió con torpeza. Ella continuó. –Sin darnos más explicaciones pasó de largo, y fuimos a buscarte. –
–Ah, claro…vale –balbuceó. Intuyendo que no quería saber cómo había llegado allí, ya que no se acordaba de nada, no les hizo más preguntas. Miró con ojo crítico a la pelirroja, que se mantenía impasible y serena, y tras un tanteo, aceptó la posibilidad de que lo que le había dicho fuera cierto. Harry volvió a coger aire al darse cuenta de que había estado conteniendo la respiración inconscientemente.
–Cuando llegamos estabas…algo raro… ¿verdad, Harry? –el chico, que no se la esperaba la patata caliente, maldijo a Ginny y restó uno a los favores que le había hecho la pelirroja desde que estaba allí.
–Sí –tragó saliva. –Aunque yo también estaría raro si me hubiera quedado solo en el bosque de los horrores de Fred y George –dijo salvando el momento. Neville le devolvió una mirada agradecida.
–Bosque de los… –exclamó la pelirroja para sí, alzando la voz y sobresaltando a sus amigos. Acompañada de un halo siniestro, marcado por el aspecto desaliñado y sucio que ofrecía tras una caída como aquella sobre suelo húmedo, salió corriendo hacia el jardín, atravesando el campo de helechos. Harry y Neville, que no entendían nada, la siguieron como pudieron mientras una enmarañada melena pelirroja llena de hojas se desvanecía como un rayo entre los árboles.
Antes de atravesar las últimas ramas que separaban el bosquecillo del soleado jardín, ya pudieron oírlo.
– ¡QUE ALGUIEN ME PRESTE SU VARITA! –Harry y Neville irrumpieron en el jardín para ver como la pelirroja se plantaba delante de su madre, que ya servía la comida, con las manos en las caderas y una furibunda mirada que junto a su pelo enmarañado y a sus ropas llenas de tierra y verdín, completaban un cuadro terrorífico. Los demás se habían quedado a medio masticar, medio hablar y medio respirar. Todos la miraban como si se hubiese presentado en el jardín Bellatrix Lestrange, y Harry pudo ver como Ojoloco incluso había echado mano a su varita. Solo por si acaso.
La señora Weasley, que no entendía nada, murmuró. – ¿Qué ocurre, cariño? –dejó el cucharón de nuevo en la marmita que Kingsley y Lupin habían llevado hasta allí.
– Nada mamá, tengo que matar a Fred y George, espero que no te importe –hizo un elocuente gesto hacia sí misma y hacia Harry y Neville, que ya atravesaban la arcada de hiedra, y que tenían un aspecto tan lamentable como el de ella. – ¡Mira como nos han dejado! –giró sobre sí misma furiosa, pero no había ni rastro de los gemelos. Tampoco de Luna. Para completar el cuadro teatral, Ginny comenzó a sacarse ramitas del pelo con saña.
Ron y Hermione, que ya aguardaban en una de las mesas, les miraron de hito en hito. Ambos habían visto como los gemelos entraban en el cobertizo. Algo no encajaba.
Ron, sin dejar de mirar a su hermana, se acercó al oído de Hermione para que nadie más lo oyera. – ¿Tu entiendes algo? –susurró. Pero no había calculado la distancia y su labio rozó la oreja de la castaña. Ginny siguió hablando, pero dos personas dejaron de escuchar su increíblemente verosímil representación teatral. Ron, que se había quedado junto a la oreja de la castaña, retrocedió a cámara lenta.
– N-no –contestó Hermione, centrando su atención en la jarra de zumo de calabaza por la cual habían estado discutiendo un rato antes. Ron ni siquiera la escuchó. Tenía las orejas tan rojas, y la espalda tan recta sobre el banco en el que estaban sentados, que las únicas personas que habían encontrado más interesante esa escena que la de su propio ser en apuros, estallaron en silenciosas carcajadas desde el cobertizo.
El rostro de la señora Weasley fue mutando poco a poco. Primero miró a su hija tratando de entender algo. Cuando ató cabos, volvió a coger el cucharón, olvidándose de su varita y miró a su hija con gesto serio. – ¿Más trampas? –Su hija asintió. – ¿Después de ordenarles expresamente quitarlas? –Ginny volvió a asentir escondiendo la sonrisa que amenazaba con escapársele. Harry tragó saliva, prometiéndose nunca llevarle la contraria a la pequeña de los Weasley. Por no confesar, habían rodado dos cabezas. Y de la familia. Neville, que había aguardado por una explicación de cómo había pasado de la orilla del río a un suelo lleno de helechos, respiró aliviado. Así que todo había sido una broma de los gemelos. ¿Beso incluido? Se rascó la nuca, confuso.
A Molly ya le palpitaba la vena de la sien y estaba a punto de comenzar a gritar, cuando su marido la atajó. –Molly, cariño, ¿quizá posponemos la conversación con esos dos para más tarde? –dijo haciendo un gesto elocuente a todos los miembros de la Orden que no habían perdido detalle de la escena.
– Tienes razón, Arthur. –dijo calmándose y sonriendo a todos. – ¡Platos! –El ambiente cambió tan solo con esa demanda, y casi todos retomaron las charlas y las risas, sentándose en las mesas. Neville acudió junto a su abuela, la cual le reclamaba para presentarle a los demás miembros de la Orden. Harry buscó a Ron y Hermione con la mirada. Estaban sentados en la del fondo, rígidos y con la mirada perdida en la nada. Harry supuso que le esperaba otra comida en la que sus amigos no se iban a hablar a causa de otra de sus estúpidas peleas. Tenía otra idea.
–Quisieron ponerte en Slytherin ¿verdad? –murmuró poniéndose a la par de la pelirroja que miraba hacia el cobertizo, del cual los gemelos aun no habían vuelto. Ya nadie les prestaba atención. –Déjame adivinar, amenazaste al sombrero con deshilacharle todos sus remiendos si lo hacía. –
Suspiró, negando con la cabeza. –En la vida hay veces en las que hay que hacer algunos sacrificios… –
– Empiezo a pensar que es otro hermano Weasley el que ve demasiadas películas muggles –murmuró divertido mirando a su vez el cobertizo.
–Papá consiguió una letesivión –añadió ella en un tono de voz muy bajo, encogiéndose de hombros y girando la cabeza. – ¿Vamos? Alguien tendrá que advertirlos antes de que les caigan varias imperdonables –murmuró resignada ladeando la cabeza. Harry le regaló una elocuente mirada. ¿Podía aquel paseo acarrearles algo peor que caerse rodando de un terraplén, culpar a unos hermanos de algo que no habían cometido y espiar a unos amigos? Ginny, no pudo más que sonreír. Siempre se podía intentar.
Atravesaron el huerto en silencio. Cada uno sumido en sus propios pensamientos.
"No, por favor…"
Al llegar, Ginny estuvo a punto de levantar de la cama a los ancestros de Circe y Morgana, pero su hermano George que se había preparado tras la puerta al verles llegar a través del tragaluz que daba al jardín, ahogó cualquier sonido que pudiera soltar, tapándole la boca. Cerró con cautela la puerta tras ellos.
El sol se colaba a través de la alta ventana que tenían encima y que daba al jardín, iluminando el centro de la estancia, que en esos momentos se encontraba atestado de jaulas amontonadas. Era la única fuente de luz del polvoriento lugar sin contar el resquicio de la vieja y apolillada puerta. George soltó a su hermana con rapidez y se alejó para evitar posibles represalias. Harry entendió. Por supuesto, los gemelos habían asegurado el cargamento para la tienda con un buen hechizo silenciador. Hechizo que no funcionaría si la puerta se encontraba abierta.
Años atrás, el señor Weasley, ayudado por sus dos hijos mayores, había hecho un apaño en el cobertizo, añadiéndole un segundo piso, como hiciera con cada uno de los pisos y habitaciones añadidas en La Madriguera tras la llegada de cada hijo a la familia. Tal era el caso, que cualquiera que mirara a lo lejos, tendría la impresión de que la casa estuviera a punto de derrumbarse en cualquier momento, y que si seguía en pie, era gracias a la ayuda mágica.
Aquel segundo piso había sido usado como almacén de paja y hierba seca para el gallinero que había al otro lado del jardín, y proporcionaba una perfecta panorámica del mismo, ya que la ventana quedaba a la misma altura que el montón de paja.
Abajo, en cada rincón había montones de cajas verdes y moradas con una W estampada en cada tapa. De algunas salían vapores de colores. Otras soltaban fantasmagóricos susurros estertores; y unas terceras, zumbaban sin cesar. Dentro de las jaulas, unas coloridas pequeñas bolas de pelo saltaban inquietas buscando el dedo de Luna, que jugueteaba con ellos sentada sobre la jaula que coronaba todas las demás y que estaba vacía.
– ¿Y decís que vuelan? –murmuró ausente, como si nada hubiera variado en el polvoriento lugar.
Alguien asomó su pelirroja cabeza desde el piso superior, provocando que algo de paja y polvo cayera sobre la rubia. Aunque ésta no pareció inmutarse. –Sí, no es que vayan a salirle alas, pero digamos que sí. –contestó, y la cabeza volvió a desaparecer. –No sabéis lo que os estáis perdiendo –los demás pudieron adivinar una sonrisa en su voz. George, curioso, fue a ver lo que su hermano encontraba tan interesante desde la ventana, pero la voz de su hermana le dejó con un pie puesto en la escalera de metal que ascendía hasta el segundo piso.
–Cuando mamá se entere de… –
–Pero no tiene porqué enterarse, ¿verdad? –la atajó Fred desde arriba con dulzura, sin perder de vista lo que fuera que estuviera ocurriendo en el jardín.
George se sentó en la escalera. –Además creo que alguien nos debe una disculpa, ¿no Fred? –ronroneó cruzándose de brazos.
Éste se apartó de la ventana y se sentó en el punto más alto de la escalera, levantando heno por todas partes. –Verdad, George –
Ginny suspiró resignada. Al fin y al cabo, les había jugado una buena y les debía una explicación.
– ¿Cómo os habéis arreglado para hacer que entraran aquí varias mesas? –Ginny se giró sorprendida. Los gemelos también habían desviado su atención hacia Harry, que había ido a curiosear entre las cajas, y que ahora les devolvía una mirada tranquila.
Ambos hermanos comenzaron una extensa y animada explicación sobre cómo le habían sonsacado el hechizo extensor a su padre. Hechizo que le había ocultado a su escéptica esposa, y que había usado el año anterior para hacer que entraran en aquellos coches que el ministerio había puesto a su disposición para la seguridad de Harry.
El chico, que no había prestado la más mínima atención a los gemelos, aprovechó que éstos estaban despistados relatándole los problemas que habían resuelto con su genial idea, para devolverle un gesto cómplice a la pelirroja, rascándose la nuca con un solo dedo.
Ginny sonrió, y se acercó a Luna, que seguía absorta en aquellos seres. – ¿Qué son? –murmuró acercando un dedo a la jaula. En seguida, decenas de ellos se amontonaron cerca de él, saltando frenéticamente. – Qué monos –dijo ensimismada.
Fue Luna la que contestó. –Son micropuffs voladores –
Sin apartar la enternecida mirada de ellos, arrugó un poco el entrecejo. – ¿Que son qué? –
Algo ceñudo por no haber logrado una reacción algo más dramática y exagerada por parte de su hermanita, George explicó. – ¿Os acordáis de la desdoxyzación de aquellas cortinas en Grimmauld Place? –Harry sintió como si alguien le hubiera arreado una patada. Y pese a que su hermana le lanzaba envenenadas miradas a distancia, George continuó. –Pues digamos que este es el resultado de mezclar ciertas propiedades del veneno de doxy con otras de un puffskein en miniatura. –
–O lo que es decir, un micropuff –añadió Fred con suficiencia.
Ginny miró alternativamente a un hermano y a otro. –Estáis locos –simplificó.
–El ministerio caerá en poco tiempo –murmuró Luna, que una vez más demostró ser consciente de todo lo que ocurría allí, pese a no demostrarlo. –Supongo que tendrán mejores cosas que hacer que detener a dos jóvenes por crear especies híbridas –añadió con sencillez.
Todo el mundo estaba demasiado sorprendido como para reaccionar; todos menos Harry, que sonreía. Era bueno tener a alguien como Luna cerca. Cuando reaccionó, Ginny sonrió negando con la cabeza. Se hizo un hueco a su lado en la cima de jaulas. –Tal vez tengas razón –olvidándose de que habían ido allí expresamente para que fueran todos a comer, Luna y ella comenzaron una selección de sus micropuffs preferidos. Harry ya había abierto la boca para recordarles que debían ir a comer, cuando George habló. Y lo hizo de una manera tan ceñuda y asqueada, que el chico desvió su atención al instante.
–No les cojas mucho cariño. Tu ya tienes uno –su hermana le miró sin entender. George señalaba una jaula apartada del resto, donde un micropuff morado saltaba sin cesar.
– ¿Pero qué…? –Ginny se levantó de un salto y fue hacia la jaula. El pequeño animalito comenzó a saltar como loco al reconocer a su nueva dueña. Harry creyó estar viendo doble, al ver como ambos gemelos se cruzaban de brazos con una sincronización aterradora, sentados en la escalera.
–Dean Thomas –escupió Fred con ceño. –Al parecer debimos llevar esto con más secreto. –cogió aire, como si estuviera a punto de confesar sus más oscuros secretos, y lo soltó de golpe. –El curso pasado, antes de irnos dejando a esa vieja arpía en la estacada, hicimos un poco de publicidad en la sala común, y el proscrito se enteró –
– ¡No le llames así! –exclamó furiosa la pelirroja.
George chasqueó la lengua y continuó, ignorando a su hermana. –Se enteró de lo que nos traíamos entre manos, y nos pidió que te reserváramos uno…. –
–… y que por nada del mundo te dijéramos que te lo iba a regalar por cumplir dos meses juntos –completó el gemelo. No pudo evitar que una sonrisilla se le escapase malignamente. George hizo una simulación perfecta de cómo vomitar.
–Teníamos que romper una parte del pacto. –declaró éste llanamente. Era como si explicara que un caldero necesitaba fuego para prender. –Y como no somos tan retorcidos como cierta hermanita… –Ginny luchaba con todas sus fuerzas contra las ganas de estrangular a sus hermanos. –…optamos por ahorrarte la sorpresa –sentenció.
–Así estamos en paz. –añadió Fred, ladeando la cabeza. –Lo eligió él mismo –señaló hacia la jaula a la que Ginny daba ahora la espalda.
– ¡¿Dean ha estado aquí y ni siquiera me habéis avisado? –explotó fuera de sí.
– ¡Eh! ¡La pregunta es cómo escapó! –bufó su hermano. –Además, deberías preguntarte por qué no quiso que te enteraras –
–De todos modos te pasabas todo el día… –La mirada de su hermana hubiera derretido el acero. Era una de aquellas miradas que hablaban por sí solas. Su hermano, que la conocía bien, guardó silencio.
–Querría que fuera una sorpresa –musitó Harry en voz baja con la mirada perdida en el pequeño animal, ajeno a la conversación no verbal de los tres pelirrojos. Los tres le miraron sorprendidos. Habían olvidado que no estaban solos. Por supuesto, con Luna no se podía contar para aquel tipo de tensión cinematográfica. La muchacha en aquel punto, tarareaba algo. Merlín sabe qué.
Harry se encogió de hombros, consciente de ser el objeto de las miradas. –Yo al menos lo haría así –se encaminó hacia la puerta. –Deberíamos volver –la abrió y salió de allí.
A la polvareda que levantó la puerta al abrirse y cerrarse con aquella rapidez, le siguió un cruce de miradas de dos personas. Ginny, inmóvil, se quedó mirando la puerta por la que acababa de esfumarse el muchacho. Luna, que acababa de abrir la boca para hablar, fue advertida con un gesto de Fred. Gesto que parecía decir ` Ni se te ocurra soltar eso ahora ´
–Sí,…lo mejor será…ir a comer –murmuró la pelirroja, parpadeando un par de veces. Necesitó varios segundos para reaccionar, pero finalmente se dirigió hacia la jaula de su nueva mascota con toda la intención de llevársela de allí.
Sus hermanos la atajaron, algo sobresaltados. – ¡Eh! ¿Qué crees que diría mamá si te viese salir de aquí con eso? –palideció. Ginny saboreó aquellos deliciosos segundos. Segundos de venganza personal. Sabía muy bien lo que temían sus hermanos. Desde luego, no les convenía que la señora Weasley fuera allí, siquiera para recoger paja para el gallinero.
Se apiadó de ellos al ver como sendas gotas de sudor frío comenzaban a rodar por sus mejillas. Suspiró indulgente. –Diré que mientras Harry os avisaba de que fuerais a comer, una lechuza vino a decirme que el cartero me esperaba cerca de Abby Road, con un paquete para mí. –soltó con sencillez. –Fui a ver qué era, y descubrí que en el paquete envuelto que el muggle no podía ver, estaba mi regalo peludo. Mamá entenderá, porque Dean ha tenido al cartero merodeando por aquí más de lo normal este verano –finalizó. Sus hermanos la miraron entre admirados y embelesados. Ni siquiera había tenido que pensarlo para crear una excusa aceptable.
–Qué portento para el crimen –
– ¡Maravilloso, simplemente maravilloso! –soltó Fred a su vez con pomposidad, en una imitación casi perfecta de Percy.
Ginny puso los ojos en blanco. Cogió la jaula de su nueva mascota, que se puso a brincar contento en su interior, y se dirigió hacia la puerta. Abrió, pero antes de cerrar, amagó. –Si Dean vuelve a pasarse por aquí, decidle que gracias. –
Los gemelos se miraron. –O también podrías….no sé, ¿tú qué crees, Fred? –
– ¿Contestar alguna de sus cartas? –planteó el segundo dubitativo, como si añadiera una opción a los posibles usos de la sangre de dragón.
–Lo tenía en la punta de la lengua, Frederick –la pelirroja les lanzó la varita, a falta de un buen hechizo que pudiera lanzarles.
La varita pasó rozando el ojo de Fred. – ¡Eh! –se quejó el muchacho.
–Idiotas. –con el peso de la jaula y la polvareda que se había levantado ahí dentro, no tenía ni pizca de ganas de entrar a recuperarla. Mierda. `Supongo que si te pido que vuelvas…´ pensó estúpidamente. Algo pasó rasgando el aire, zumbando cual avispa hasta su mano derecha. Y ahí estaba. Su varita. En su mano. Alzó la mirada conmocionada. Sus hermanos levantaban la escalera que habían tirado en el alboroto por esquivar la varita. Pero Luna había alzado la vista por primera vez desde que pisara aquel polvoriento cobertizo. Y la devolvía una mirada serena. Ambas amigas se miraron durante largos segundos sin apenas parpadear una sola vez. Luna asintió, pero Ginny arrugó el entrecejo.
Fue ella la que cortó el contacto visual. – Solo dádselas ¿vale? –dijo con voz trémula, dirigiéndose a sus hermanos. Y cerró la puerta. Desde el interior, se escucharon como los pasos de la muchacha se alejaban.
En cuanto hubieron puesto la escalera de nuevo en su sitio, ambos hermanos se precipitaron escaleras arriba para poder ver a través de la ventana. Luna se quedó ausente mirando hacia la puerta, pero como era obvio, a ninguno de los dos gemelos le pareció un gesto extraño por su parte. Había cosas interesantes por ver. Como por ejemplo, como Harry volvía al jardín unos cuantos metros por delante de Ginny, que parecía estar murmurando cosas para sí.
Ambos hermanos volvieron a compartir una mirada reveladora, pero no dijeron nada.
En silencio, siguieron observando cómo éstos ya se unían a los demás en el jardín. Sin dar más de lo que parecían escuetas explicaciones, ambos jóvenes fueron a sentarse a la mesa donde un Neville más dicharachero de lo normal, trataba de arrancarles unas palabras a dos estatuas.
Luna se unió a la fiesta, pero lo hizo con tal sutileza y suavidad, que el colchón de paja que habían improvisado para poder observar lo que sucedía en el jardín con detalle, apenas descendió unos centímetros a causa del peso.
Ahí fuera, y animado por la llegada de Harry y Ginny, que fueron a sentarse a puntos opuestos de la mesa, Neville no se percató de que ninguno de ellos parecía prestarle demasiada atención. Algo que era palpable incluso desde allí.
Los tres consideraron que habían visto suficiente, y se apartaron de la ventana. George fue el primero en hablar. –Muy perceptivo no es que sea –tanteó, refiriéndose a Neville.
–Nos hemos besado –suspiró Luna.
– ¿Te gusta? –escupió Fred sin pensar, apostando demasiadas onzas de incredulidad en el tono.
–No –y el mundo volvía a ser el que era. Los gemelos respiraron de nuevo.
–Ah –Algo se escuchó de fondo, pero los tres jóvenes enfrascados en su adolescente conversación, a penas repararon en ello.
Luna se colocó una espiga tras la oreja a modo de flor. –Le quiero –murmuró soñadora. Parecía que llevara mucho tiempo esperando a decir aquello, tal vez un momento oportuno, una escena de suspense. Un granero dejaba mucho que desear, pero estaban en Ottery St. Catchpole, tampoco podía pedirle peras al olmo.
Y entonces el tiempo se paralizó. Las motas de polvo se congelaron en el aire, los susurros y zumbidos se detuvieron, e incluso los vapores de algunas cajas parecieron evaporarse.
Un momento.
Luna no podía estar diciendo aquello. La luz no podía ser de repente tan cegadora. Y Molly Weasley no podía estar en la puerta entreabierta del cobertizo con un cucharón en la mano, mirando el lugar con una expresión indescifrable.
Escrutó el lugar con ira contenida y posó sus ojos en los de sus hijos. Fred estaba sufriendo un ataque de ansiedad y George, bueno. –Mamá, esto se puede explicar... –
Pero Molly Weasley era ante todo diplomática. –Luna, cariño, ve a comer. Te esperan. –la dedicó una tierna sonrisa, sombreada por un brillo maníaco en la mirada.
La chica, bajó de un salto la escalera y salió de allí tarareando, como si estuviera encantada de aceptar la invitación en lugar de obligada.
Unos gritos rasgaron el aire antes de que la muchacha alcanzara el huerto.
– ¡FREDERICK FABIAN Y GEORGE GIDEON WEASLEY SE PUEDE SABER QUE...! –Una pausa. Cogió aire y
Y alguien despertó en un banco del jardín, desde donde se escuchaba perfectamente todo. Rodó sus ojos azules. –La han dejado... –alargó una mano para servirse zumo de calabaza.
–...coger aire –Hermione retiró la mano de la jarra, y ambos compartieron una mirada. La mesa no pareció notarlo. Las otras mesas también habían cesado su actividad, para escuchar la escena. El señor Weasley no cabía en sí del bochorno. Fleur murmuró algo al oído a Bill. Y Remus sonrió.
– ¿Llevaba el cucharón? –murmuró Tonks, que estaba sentada a su lado.
–Sí –Luna ya había alcanzado el jardín.
– ¿Y la varita? –comentó Kingsley.
–No me atreví a dejársela –sentenció Moody.
Todos estallaron en sonoras carcajadas, aunque nada aplacó los bramidos que venían del cobertizo que pasados unos minutos se convirtieron en música de fondo para la celebración. El ambiente distendido revestido de bailes, risas y cánticos bañados de aguamiel duró hasta bien entrada la tarde. Incluso cuando la señora Weasley volvió con sus ya emancipados hijos, uno de cada oreja, a comer el pastel de Neville.
El festejo solo tomó tintes solemnes cuando el director de Hogwarts se personó en pleno jardín, cuando el sol comenzaba a caer. Le acompañaba la profesora McGonnagall.
Todos levantaron sus copas por la iniciada, bebieron de un trago y se dirigieron hacia la arcada de hiedra, donde formaron un pasillo de varitas en honor a la señora Longbottom.
Fue entonces cuando todo se desmoronó.
Harry miró a Ron. Y éste sonrió maliciosamente. Acto seguido, su cara se desdibujó en una mueca macabra que fue mutando a una cara llena de arrugas. Dos segundos después, Rodolphus Lestrange ocupaba su lugar.
A su izquierda, Hermione soltaba una sobrecogedora sonrisa antes de transformarse en Bellatrix Lestrange.
Ambos se acercaron y se fundieron en un apasionado y repugnante beso. –Ha sido tan fácil... –se carcajeó Bella con voz estridente.
–Tienes unos amigos muy predecibles, Potter. –secundó su marido.
Luego apareció Dumbledore, que le apuntó al pecho. El cuerpo ya había mutado, convirtiendo al anciano profesor en un ser escuálido que a penas rellenaba una túnica negra. Pero su cabeza mantuvo la barba blanca y las gafas de media luna. Lo que completó el cuadro macabro en cuanto abrió la boca. Su voz era irisada, fría, siniestra. –Te dije que no volvería a cometer los mismos errores, Potter. –y sin añadir más, un destello verde salió disparado de su varita, impactándole de lleno en el pecho.
Sintió como sus pulmones se vaciaron de aire, y todo se volvió oscuro. Algo cayó contra él. Ginny.
Y después, poco a poco, abrió los ojos.
¡Espero que os guste! -se tapa la cara para evitar tomatazos-
¡Y aquí vamos de nuevo! Os veo en los reviews ;)
