Este capítulo sigue siendo el pasado.

Capítulo 4.

Necesitaba entender la verdad por más dolorosa que fuera.

—Esteban es mi jefe así fue como conocí a GrandChester.

Terrence y Esteban fueron a cerrar un negocio de publicidad a un bar. El mismo contrato que Terrence tenía que concretar pero en otra ciudad. Sin embargo Terrence mando a Esteban, y yo tenía que ir con mi jefe a España. Era extraño por que siempre va personalmente Terrence.

En el viaje Esteban me dijo que estaba seguro que Terrence tenía un amorío con una chica que vio en un Bar. Pero jamás llegue a imaginar que tú eras la chica.

¿Crees que todo lo planeó Terrence?. Candy sentía que el mundo se abría debajo de ella.

—No lo sé Candy. Quizás... Amiga tienes que demostrarle que no te afecta. Es posible que te lo encuentres muy seguido. Estará en la ciudad por un tiempo. Su hijo esta por nacer y su esposa no puede viajar en su avanzado estado.— Candy sentía como se le hacía un hueco en el estómago.

—No creo que sea fácil, no puedo esconder lo que siento.

—Ya verás que sí... a hora lo que necesitas es dormir, y no te preocupes Terrence se arrepentira de lo que te hizo.

Los Días transcurrieron sin ningún cambio. La joven con el corazón destrozado, estúpidamente tenía la esperanza de que Terrence GrandChester, fuera y le pidiera perdón, pero no sucedió. Candy seguía sumergida en la triste realidad. Sophie noto como su amiga perdía peso. Y se propuso hacer algo para ayudarla.

Pasaron algunos meses — Un día la joven rubia se metió dentro de la bañera e intento relajarse. Su aparente calma invitaba al descanso y hacía del entorno un sitio perfecto para evadirse, para desconectar del mundo exterior envuelta en las melodías del compositor Ivan Torrent, quien dominaba el género musical moderno de tipo clásico. Apoyó la cabeza en el respaldo de la bañera y no se movió. Sumergirse en una rebosante bañera de agua caliente, aromatizada con sales y esencias puras, siempre la había ayudado a aliviar los dolores. Necesitava sobre todo dejar de pensar... En él. En Terry… Candy meneó la cabeza en señal negativa y sintió sus ojos llenarse de lágrimas. Ciertamente, había hecho un trabajo magistral, digno de algún galardón cinematográfico, sin lugar a dudas. Pero reconocer aquella verdad solo logró que las lágrimas brotaran más rápido.

Nisiquiera podía estar enojada con él más de lo que estaba consigo misma. Ella era la única responsable de que la engañaran como a una auténtica idiota. Porque solo los idiotas podían ser lo suficientemente estúpidos como para caer en las redes de un jugador nato, de un tramposo sin escrúpulos… Y para enamorarse de él. ¿Cómo pudo ser tan descuidada con él? Su amor era imposible. Terrence GrandChester era un sueño imposible. El peso de esa única e indiscutible verdad cayó sobre sus hombros una vez más. Cerró los ojos un momento e inspiró, en un intento por calmar las inagotables lágrimas que llenaban y llenaban sus ojos. Habían ocurrido demasiadas cosas bonitas entre ellos. —Dos meses y no puedo olvidarte.

Necesitaba que nadie más viera que era un auténtico desastre. Lo sabía. ¿Acaso no era lo que incansablemente su propia familia adoptiva le había recordado día tras día? ¿Acaso no se avergonzaban tanto de ella que en el único lugar donde se sentía plenamente segura era encerrada en su habitación? Torturada por los recuerdos, Candy tomó una enorme bocanada de aire hasta sentir que sus pulmones se hinchaban. Entonces se sumergió completamente bajo el agua. Aún podía escuchar, en un eco lejano, Wars Of Faith del compositor Ivan Torrent. No supo cuantos segundos pasaron antes de que el exterior, de quien quería escabullirse, quedara mudo. Preocupada, Candy emergió abruptamente del agua, aspirando con avidez grandes bocanadas de aire mientras, apresurada, trataba de quitarse de los ojos los cabellos empapados que le caían en desorden sobre hombros. Salio de la bañera y mirando su reflejo en el espejo se dijo. Tengo que seguir mi vida. Sophie la había invitado a comer. Sophie le dió la notica de su embarazo. Candy estaba contenta por su miga, pero su corazón sentía un vacío. Se preguntó cómo sería el hijo de Terrence.

Las dos mujeres estaban en un restaurante cuando el móvil de Sophie vibro. Esteban le pidió ayuda. Candy muy a su pesar fue con Sophie. La sorpresa que se había llevado era enorme.

—Será mejor que te calmes, Terrence. Sophie está embarazada de mi hijo y si le ocurriera algo al bebé o a ella, juro por lo más sagrado que olvidaré que eres mi amigo. —Entonces será mejor que le recuerdes cuál es su lugar. —¿Este despliegue de ira es porque Sophie está cuidando a tu hijo sin tu consentimiento o porque detestas la idea de que Candy conozca el único y verdadero motivo por el que has renunciado a ella? a Candy.

Candy White estaba allí Sintió una emoción que solo había experimentado con ella. Todavía no podía creer que estuviera en el edificio, a solo unos cuantos metros de distancia de él.

—No digas ridiculeces —sentenció apretando la mandíbula con frustración—. No se puede renunciar a algo que nunca te ha interesado. —

Respóndeme a una duda, hermano. ¿Qué es peor: hacer el amor sin amar o amar sin hacer el amor? Tú mejor que nadie conoces la respuesta, ¿o me equivoco? —Hablas como un idiota enamorado. Esteban se relajó un poco y se echó a reír sincero. —Soy un idiota enamorado. ¡Amo a Sophie! —Terrence se fijó que a Esteban no le importaba si el universo lo escuchaba. Por primera vez, su Amigo estaba seguro de lo que sentía—. He encontrado el amor y con él también la razón y el sentido de la vida. Deberías probarlo alguna vez. Te sorprendería.

Las puertas se abrieron. —Te dije que estaba bien cuidado —murmuró Esteban mientras ingresaba en el apartamento al ver la tierna estampa que le dio la bienvenida. Se echó a un costado y dejó que Terrence pasara también. Sophie abrió los ojos de forma abrupta y se enderezó con rapidez. Pero toda la atención de Terrence se disparó directamente hacia la menuda mujer que sostenía en su regazo a su hijo. Candy. Le llevó un autocontrol increíble quedarse parado donde estaba y no ir hacia ella y tomarla en sus brazos. Habían transcurrido varios meses desde su desventurada última cita, y tuvo que reconocer que la echaba terriblemente menos.

—Sophie, Candy —saludó él de manera casual,

—Tu mujer ha elegido este glorioso día para visitar Milán. Dijo Sophie sin preámbulos. Candy guardó silencio, pero su aguda mente sabía que esa semana había un desfile de modas con ropa de la estación. Frunció el ceño, no recordaba dónde lo había visto. Pero prefirió no opinar nada. Así como tampoco pensaba prestarle a Terrence GrandChester más atención de la que se merecía. Con la resolución de mantener la cabeza alta y fría, levantó la mirada hacia él. La estaba observando atentamente. No, ella no era como él. No era una fría cínica sin corazón. No podía aparentar que nada había pasado. Pero su determinación se iba esfumando poco a poco bajo el escrutinio de esa mirada masculina que la hacía revivir en su mente los momentos de intimidad que habían compartido. Su maldito cuerpo traidor también parecía recordarlos.

—¿Regresarás pronto esta tarde? —preguntó Esteban entrelazando la mano de Sophie con la suya, pero mirando a su Amigo casi Hermano—. ¿Te quedas a comer? —No, tengo una reunión para almorzar. Sophie… ¿Podrías… ? —A Terrence le costaba un esfuerzo sobrehumano pedir favores, más si cabe a aquella desesperante mujer que lo miraba como si no pudiese dar crédito a la que, sin duda, sospechaba sucedería a continuación. —¿Te podrías hacer cargo de mi hijo por unas cuantas horas más? —murmuró con voz fuerte, exigente. Los ruegos no se habían hecho para él. Ni siquiera las buenas formas. Él tenía una pasmosa facilidad para lograr que cualquier cosa que saliera de sus labios sonara insultante, incluso, algo tan básico como solicitar ayuda.

Sophie lo miró meditabunda. A raíz de lo ocurrido con su mejor amiga, ella siempre lo miraba con esa simpática expresión que le gritaba: "¡Canalla! ¡Bastardo!" Si la Santa Inquisición aún existiera, ella lo acusaría de herejía, pensó y las comisuras de su boca se contrajeron en una casi sonrisa. Todos sentidos se concentraron en Candy. Apenas le había quitado los ojos encima, a ella y a su hijo, o para ser más concretos, al efecto

que ejercían ambos juntos. Candy. estaba dándolo todo de sí para aparentar normalidad y no salir corriendo a un lugar solitario en el que se sintiera segura. En pocos meses había llegado a conocer demasiado bien como para saber que sentía, que la atemorizaba, y sobre todo, quien la afectaba.

—Claro, Candy y yo podemos hacernos cargo de esta preciosura —aceptó la latina que muy pronto convertirían en padre al mejor amigo del canalla como Sophie llamaba a Terrence.

Esteban acaparó la conversación mientras le contaba a Sophie algunas cosas de la Empresa. Terrence apenas entendía la entusiasta verborrea que salía de Esteban, él estaba más ocupado analizando cada gesto, cada movimiento, de la silenciosa Candy, que se dedicaba a hacerle carantoñas a su hijo.

Aunque trataba de fingir, él sabía que debía estar tan conmocionada como él. Terrence aprendido a leer en ella, por ello, podía contemplar con nitidez la tormenta de emociones contradictorias que debía haberse desatando en su interior. Solo un ciego no sería capaz de ver que, cuando esos estaban juntos en la misma habitación, era como estar en medio de una ojiva. Juntos podían hacer combustión espontánea en cualquier momento. —¿En serio, cariño? —escuchó preguntar Sophie de repente a Esteban. —Sí, pronto nos harán falta manos para las nuevas producciones que estamos negociando. —Eso es fantástico, amor —concedió la embazadísima mujer mientras se acariciaba tiernamente el vientre—. ¿Esteban, y Ces? —Cesar está haciendo algunas cosas. ¿Por qué, cariño?

—Ah… Es que pensé que si estaba desocupado podría hacerle compañía a Candy, puesto que lamentablemente no nos acompañará esta noche a la reunión que Lisa ha organizado. Tal vez podría venir y alomejor invitar a Candy a salir.

Candy levantó la mirada y abrió los ojos con sorpresa porque sabía lo que estaba tramando.

—Le diré que luego lo verifique —murmuró Esteban frunciendo el ceño. En los ojos de Terrence brilló una chispa y el musculo de su mejilla se le contrajo peligrosamente. Se encontraba muy próximo al punto de ebullición. La maldita Aretusa de su Amigo debía dejar de jugar con fuego si no quería salir chamuscada.

—Shh, Shh —Candy meció al bebe cuando se removió un poco en sus brazos—. Está por quedarse dormido de nuevo. Esteban sonrió y miró a su Amigo. La bigardía casi echaba chispas por los ojos del hombre.

—¿Dejamos que este pequeñito duerma en la cuna? —Candy asintió.

Sophie y Candy se fueron juntas hacia la acogedora habitación. Cuando ambas mujeres y el bebé fueron engullidos por la habitación, Esteban observó a su hermano apretando la mandíbula casi hasta romperse los dientes.

—Según Rochefoucauld, los celos nacen del amor, pero no mueren con éste —acotó Esteban— Y no se equivoca, ¿verdad, Terrence?

—El amor hace que las personas hagan y digan cosas locamente estúpidas ¿verdad, Esteban?—respondió dando una certera puñalada.

—Es la locura más maravillosa —rió socarronamente Esteban.

La joven rubia se hubo retirado. No quería seguir más en ese lugar. Ella preferiría estar mil veces en su encierro. Lejos de la humanidad.

Candy deslizó el albornoz por sus hombros y lo colocó junto al estante de las toallas. Completamente desnuda, se metió dentro de la bañera e intento relajarse nuevamente. Se concedió un par de minutos y lloró todo lo que había estado reteniendo, todo lo que había estado reprimiendo durante el resto de la Tarde. La realidad era que, ahora más que nunca, era la mujer rota y atormentada que siempre fue. Terrence simplemente había hecho lo que el resto de la gente que se suponía la quería había hecho durante toda su vida: defraudarla, utilizarla y sobre todo destrozarla.

Un dolor sordo y palpitante la recorrió de arriba abajo.

Terrence se entretuvo contemplando el fabuloso espectáculo de su piel cremosa, húmeda y reluciente; y sobre todo, el maravilloso e impúdico vaivén que ofrecían sus apetitosos pechos coronados por puntas rosadas con cada movimiento. La reacción del ingles fue instantánea, y una erección empezó a crecer detrás de sus pantalones.

—Terrence... —Sus ojos se encontraron y los de Candy fueron los primeros en retirarse. Se había cubierto los pechos con los brazos y estaba roja como la grana—. ¿Qué... qué estás haciendo aquí? —Tenemos una conversación pendiente.

—Te equivocas, tú y yo no tenemos nada de lo que hablar. —Entiendo que estés molesta conmigo, pero las cosas no siempre son como parecen. —¿Ah, no? Entonces debo entender que lo de que eres hombre un casado fue solo una invención de Sophie. Dígame, señor GrandChester, ¿a cuántas tontas como yo ha engañado? La pecosa había regresado toda su atención a Terrence. Lo miraba atónita, aún sin comprender cómo rayos había conseguido entrar a su habitación sin ser invitado a pasar. No comprendía tampoco que estaba haciendo allí de pie, parado frente a ella, abrasándola con el calor que desprendía su intensa mirada verde azul, y luciendo un elegante traje de etiqueta, con la camisa desabrochada a la altura del cuello y la corbata metida de manera descuidada en el bolsillo del esmoquin. Él debería estar en la cena que había organizado su esposa esa noche. La cabeza comenzó a darle vueltas y el corazón le martilleó con tanta fuerza que creía que iba a escapársele por la garganta en cualquier momento.

—Y hablando de amigas alcahuetas, ¿dónde has dejado al perro guardián que tu querida Sophie trata de meterte por los ojos? —¿Te refieres a Cesar? —He visto la expresión de su rostro cuando mencionan tu nombre. Le gustas. La voz de Terrence era engañosamente suave, pero Candy vio que un músculo en la comisura de la boca se contraía peligrosamente.

Terrence. No sabía por qué la deseaba tanto, pero sí sabía que al imaginarla esa tarde con otro hombre le había invadido una furia y unos celos a los que no estaba acostumbrado, y no se sentía nada cómodo con esos pensamientos confusos y esas emociones descontroladas. ¡Su maldito Amigo había dado justo en la diana!

—No seas absurdo, él solo es un buen amigo. Eso es todo. No todo el mundo es como tú. —¿Y puedo saber cómo soy yo?

—Un mentiroso, un hipócrita y egoísta, un tramposo incapaz de cumplir sus promesas... ¿Pero sabes qué? No contaste con que, con el tiempo, todo se descubre; las mentiras más oscuras, las razones más ciertas y las personas más falsas. Ahora, puedes marcharte.

Le resultaba embarazoso dejar la bañera y exponer su desnudez a la sardónica mirada de Terrence, pero también sabía que no podría permanecer por mucho más tiempo en su presencia. Ni siquiera se atrevía a mirarlo por demasiado tiempo a los ojos, porque si lo hacía, se rompería. ¿A quién demonios trataba de engañar? ¡Ya estaba rota!.

—¿Necesitas ayuda?.

—Podrías alcanzarme una toalla. ¡O mejor aún, salir fuera! ¿Es posible?.

—¿Por qué tanto pudor? He tenido tus pezones en mi boca y mis dedos en tu sexo. Ella le dirigió una mirada de odio ardiente. Terrence le sonrió, amenazador, ante la expresión salvaje que presentaba. —Sabes, pecosa, el hecho de mirar algo supuestamente prohibido, morboso, me excita y estimula, y me hace querer más. Levántate y déjame verte —demandó él con calma mientras se quitaba la chaqueta. Los ojos de ella parecieron más grandes que nunca. —¡Estás loco si piensas que puedes darme órdenes! —chilló. Tambaleante, Candy intentó brincar fuera de la bañera, atrapar una toalla y cubrirse, todo ello en un tiempo récord, pero Terrence la atrapó en mitad del salto, rodeando con las manos la piel resbaladiza de la cintura. Por más que se retorció y se revolvió, Candy no logró liberarse de su captor; quien, rápidamente, la sacó de la bañera y del cuarto de baño casi en volandas. Antes de que Candy tuviese plena conciencia de lo que pasaba, se encontró en su dormitorio y aterrizando ridículamente de espaldas en el mullido colchón. Terrence la había arrojado a la cama como si de un saco de ropa sucia se tratase. Ella se retorció y luchó, pero él era demasiado fuerte y pesado como para poder escapar. Su cuerpo pronto estuvo completamente expuesto a su mirada. Él la contemplaba como un lobo acecharía a su comida del día, esperando el momento exacto para arrojarse sobre ella y devorarla. Tembló, aunque no tenía claro si de frío. Se hallaba atrapada. Terriblemente vulnerable. Terrence se inclinó hacia adelante y se sostuvo en él, colocando los brazos alrededor de ella como si quiera protegerla, pero en realidad, solo trataba de impedir que se escurriera debajo de su cuerpo. Llevó los labios y la nariz a su cuello. Su fragancia lo enloquecía, y la suavidad de su piel lo desarmaba por completo.

Dios, ella sabía cómo a un sueño perfecto. La aplastó más con su peso y movió el bulto de su pantalón contra su ingles, de ida y vuelta, una y otra vez. Candy trató de nuevo de zafarse, pero él se lanzó abajo como un águila a su presa, y presionó sus labios contra los de ella. No la besó con la misma consideración ni ternura con la que lo había hecho la noche en la que le había entregado su corazón y había estado a punto de perder su virginidad con él. En esa ocasión lo hizo de un modo brutal. Casi la lastimó. En un último e inútil intento, la joven sacudió la cabeza y trató de apartar su cara de la de él, pero Terrence la sujetó e introdujo su lengua a la fuerza en su boca. Ella cerró los ojos. Se sentía como si fuera a desmayarse. Su corazón latía tan rápido que lo notaba golpear en su pecho como un tambor. En otras circunstancias, nunca habría cuestionado lo que estaba haciendo. Simplemente lo habría recibido encantada, le hubiese dejado tomar de ella todo lo que quisiera. En otras circunstancias, le habría rogado que se deslizara dentro de ella y le enseñase lo que era la pasión. Pero eso habría sido en otras circunstancias. Ahora, sin embargo… Ella negó con la cabeza. No lo quería. No quería nada de eso. No quería ser la aventura casual con la que un padre de familia engañara a su esposa. Quería que se quitase de encima y la dejara en paz. Pero una rodilla de él la instó a abrir las piernas. Ella luchó con las pocas fuerzas que aún conservaba pero no sirvió de nada. Y cuando él consiguió hacer su camino, una de sus manos firmes, fuertes y suaves, dibujó un sendero a lo largo de la parte interna de su muslo. Podía sentir la dureza de su pene a través de la elegante tela del pantalón. Estaba tan duro como el acero, deseoso, y ella podía sentir la palpitación de su miembro.

—Si alguna vez me quisiste aunque fuera solo un poquito, no lo hagas —Ella lo miró con lágrimas en los ojos. Lo odiaba. Lo amaba—. No me humilles, ni me rebajes convirtiéndome en tu amante. Terrence la acalló con otro beso. Éste sorprendentemente suave. Cuando él separó su boca de la de ella, Candy estaba temblando, y con el pulso acelerado.

-Por fin se apartó y se arregló la ropa mojada con una indiferencia que la dejó helada. Candy jaló las sábanas y cubrió su desnudez con ellas. No lo miró. Quería estar enfadada e insultarle, soltarle algo que lo hiriera, que lo hiciera pagar por haberla tratado así. Pero no le salían las palabras, y en cambio sintió un profundo deseo de tenderle una mano y recibirlo, esa vez sí, gustosamente en sus brazos. Pero no pudo.

—Yo no quería que las cosas fueran así, ¿lo entiendes? Si te hubiera conocido antes… —Se detuvo en la puerta antes de marcharse, de salir de su vida. Estaba enfadado. Su voz vibraba con furia. Ella no podía hablar. Tenía un nudo en la garganta—. Ahora ya no importa. Sintiéndose descorazonada, Candy notó el escozor de las lágrimas en la garganta cuando escuchó el portazo de la puerta. Se había ido. Ella lo había dejado ir. Se acurrucó en la cama como un feto lo haría dentro del vientre materno. Se sentía exhausta a causa de la inesperada tensión que había acumulado al resistirse tanto. Terrence había estado a punto de usarla para su propio placer como si fuese un caro juguete sexual. Se preguntó si alguna vez le perdonaría semejante humillación, Enterró la cara en la almohada, intentando contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse. Si hacía solo escasos instantes le había llevado toda su fuerza de voluntad ignorar la avidez de sus sentidos y seguir oponiendo resistencia, ¿cuánto tiempo podría resistirse a él si volvía a intentarlo?.

Continuará