"El frío en el cuerpo es debido a baja temperatura… ¿No?"

– ¡Te lo diré mañana!

– ¿¡Qué!?– El rubio se acercó a ella lo más rápido que pudo pero la chica ya había saltado de la ventana sin importarle que estuviera en el segundo piso. Ésta cayó sin problema alguno en el suelo para luego correr en dirección al bosque soltando una risa chillona que logró irritar a Len. – ¡SEEU!

La rubia logró desaparecer entre los árboles, continuando con su "irritante" risa.

Len no tuvo de otra que ir a dormir, tal vez mañana se la encontraría y finalmente le diría ese descubrimiento. Cerrando la ventana y asegurándose de que nada ni nadie pudiera abrirla, se acercó a su cama dispuesto a dormir lo que quedaba de noche.

Ya recostado en su cama, cerró los ojos pensando en lo último que le había dicho la rubia… pero no iba a matarse intentando averiguar lo que ella le estaba ocultando. Suspiro con los ojos aún cerrados finalmente quedándose dormido.

La mañana llegó finalmente, por la ventana que anteriormente había cerrado dejaba entrar un poco de luz que llegó directamente a su rostro. Haciendo sonidos inentendibles intento ocultarse bajo la sábana negra pero fue inútil ya que su rostro comenzó a arderle.

– ¡Whoa!– Chilló al caerse de la cama.

Intentando taparse del sol había rodado por el colchón hasta quedar en la orilla de ésta, cayéndose al suelo. Se levantó lentamente del duro suelo, acarició su frente un poco ya que estaba seguro de que le saldría un horrible moretón con el tiempo.

–Vaya… Esa gata tenía razón…– Susurró para sí mismo soltando una leve carcajada.


Al otro lado de la cuidad, una chica se despertaba en su cama debido al olor de la comida recién cocinada. Frotándose los ojos mientras se sentaba en la orilla de la cama a penas y pudo enfocar la puerta que se abría lentamente.

Ah, estás despierta.

–Sí… Buenos días…– Soltó un gran bostezo antes de continuar. –…Rinto…– Finalizó bajando la mano con la que se había tapado la boca durante el bostezo. Su vista estaba mejor que hace unos minutos por lo que pudo ver a su hermano parado en la puerta con un delantal blanco lleno de lo que parecía ser masa.

–Mamá salió con sus amigas, estoy a cargo así que baja a desayunar si no quieres que me coma tu desayuno. Que por cierto, tarde en hacer. – Tras decir eso cerró la puerta de la habitación de la rubia que se dejo caer hacia atrás, cayendo en su almohada nuevamente.

Cuando decidió salir de su habitación finalmente, bajo las escaleras aún con su piyama puesta. Bostezo un poco tapando su boca con su mano derecha aunque al llegar a la cocina encontró a su hermano a punto de clavarle el tenedor a su panqueque.

Un silencio se formó en la habitación en lo que la chica miraba al rubio con detenimiento, éste solo bajaba lentamente su tenedor hasta el desayuno que era de su hermana hasta clavarle el tenedor donde recibió un golpe debido a que su hermana le había tirado una pantufla que había dado en su cabeza.

–Auch…– Masculló acariciando su frente. –Al fin bajas, estaba a punto de comérmelo. – Rinto se cruzó de brazos frunciendo el ceño aunque realmente la más enojada aquí era Rin.

A pesar de estar enojada, la rubia soltó un suspiro sonriendo. Su hermano no había sido de hacer bromas pero cuando estaba con ella siempre hacia chistes o solo intentaba hacerla reír; después de que el padre de ambos se hubiera divorciado de su madre, éste se había mudado a otra casa dejándolos a ambos con su madre. Aunque su progenitora intentara darles lo mejor, Sweet Anne no podía sola con un niño de 15 años y una niña de 9 años de edad.

Anne había intentado buscar otra pareja pero la oposición de su hijo mayor la hizo fijarse más en sus hijos que en buscarles un nuevo padre. Y aunque ella había querido la custodia completa de sus hijos, se le fue negada afirmando que el padre de los niños estaba en su completo derecho de ver y cuidar de sus hijo; de esa forma, Rinto y la pequeña Rin tenían que ir a casa de su padre todos los fines de semana.

Luego de unos años, Rinto entró en la universidad a la edad de dieciocho años recibiendo una beca por su increíble esfuerzo. El rubio se mudó a la universidad dejando a su madre y a Rin solas en esa gran casa.

Sin embargo, ahora Rinto había cumplido los veintidós años de edad, regreso a casa durante las vacaciones de verano, pero se sorprendió al ver a su hermanita de quince años. Según él: "No es normal dejar a una niña pequeña de doce años de edad, irte y luego volver, y encontrarte con... ¡Con esto! ¡Eres toda una mujer, Rin!" con estas palabras había logrado ruborizar a su hermana.

Aprovechando que su hijo había regresado, Sweet Anne había comenzado a salir con sus amigas más seguido.

Luego de desayunar junto a su hermano –aunque éste había terminado hace horas, decidió hacerle compañía. – que hacia bromas debes en cuando. Las preguntas no se hicieron esperar, ya que Rinto solo llevaba ahí unos 4 meses pero de igual manera no habían tenido tiempo para hacerse preguntas debido a que el rubio había estado buscando trabajo.

–Rinto, ¿Por qué elegiste para estudiar medicina?– Preguntó Rin, llevándose un pedazo de panqueque a la boca. El rubio la miró mientras se hacia la pregunta a sí mismo.

–Bueno, lo escogí porque siempre me gusto la medicina realmente. Cuando era pequeño conocí a una niña que tenía una deformación en la cabeza y…

– ¿Deformación?– interrumpió Rin bajando su tenedor.

–Sí, deformación. Y no hables con la boca llena. –Rinto la miro enojado, su hermana lo único que hizo fue sonreír tiernamente mientras continuaba comiendo el resto de su desayuno. A veces Rinto parecía su padre. –Con deformación me refiero a que tenía un tipo de orejas felinas en vez de sus orejas normales. Estudiamos juntos por un tiempo pero antes de empezar la secundaria ella escapó de su casa y no volvimos a saber de ella, – hizo una breve pausa. –Un día le prometí que me convertiría en doctor para ayudarla pero aunque ella desapareció, yo aun quería estudiar medicina.

La rubia asintió con la cabeza, se levanto de la silla con el plato vacio en sus manos. Debía admitirlo, su hermano sabía cocinar. Abrió la llave del fregadero comenzando a lavar su plato, pero la pregunta que hizo su hermano casi la hace tirar su plato.

– ¿Y tienes novio?– Preguntó con una sonrisa. Rin se giro a verlo con una expresión entre molestia e indignación mescladas. Rinto comenzó a reír fuertemente en lo que Rin se sentaba frente a él con un sonrojo en las mejillas. –No tienes novio ¿Cierto?– Preguntó nuevamente, la rubia negó con la cabeza.

–No tengo. – Bajó la mirada aun sonrojada. Su hermano la miro fijamente sin creer ni una sola de sus palabras. – ¡Es en serio!– Rin había entendido su mirada, una risa se escuchó por parte de Rinto.

– ¿Y ese chico rubio que te trajo aquel día no es nada?

–Es solo un amigo de la escuela, solo quiso acompañarme a casa… eso fue todo. – Rinto no tuvo de otra que creer las palabras de su hermana. Ella lo miraba con enojo sin moverse de su lugar.

Una llamada de una chica logro hacer que Rinto se fuera de la casa para ir a verla dejando a Rin sola. Claro, que esta lo amenazó con decírselo a su madre pero a éste pareció no importarle en lo más mínimo.

–Se ríe porque no tengo novio pero quiero uno y se enoja, ¿Quién lo entiende?– Habló para sí misma volviendo a entrar en la cocina manteniendo el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre su pecho.

Continuó hablando sola por un rato hasta que se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Sonrió para sí misma diciéndose lo torpe que era. Una llamada a su teléfono la hizo girar la cabeza hacia este, lo tomó entre sus manos mirando el número que mostraba el celular.

Sonrió al ver de quien se trataba.

– ¿Hola?


–Príncipe Len. – La voz del peli-morado lo hizo dar un salto de susto para luego girar hacia él guardando su teléfono en el bolsillo trasero de su pantalón.

–Ministro Gakupo. – Len alzó la cabeza para poder mirar el rostro del hombre que lo había llamado. –Me dio un gran susto. – Una tierna sonrisa se formó en los labios del rubio. El ministro Gakupo sonrió de igual manera.

–Lo siento, no fue mi intención. – Sin dejar de sonreír el ministro le entregó la lista de ofrendas de paz recibidas esa semana.

Gakupo era un hombre alto, al menos del mismo tamaño que Kaito, tal vez incluso un poco más alto. Tenía el cabello largo de un color morado que mantenía recogido en una coleta alta, sus vestimentas eran elegantes, siempre lo habían sido; una camisa blanca con una chaqueta negra con pequeños detalles blancos producidos por las gemas preciosas que portaba el traje con hombreras y una corbata morada, además de unos pantalones negros hasta los tobillos usando unos zapatos de vestir del mismo color que el pantalón solo que siendo un tono más oscuro.

A pesar de ser el ministro, este hombre era mucho más relajado, prestando atención solo a los tratados de paz de otras especies*. Veía a Len casi como un sobrino ya que estuvo presente en toda la infancia de éste, además de ser el mejor amigo de Kaito y Luka, también conoce a Meiko ya que ambos son compañeros de copas.

Len tomó los papeles en las manos, mirando los objetos que ahí mostraban o describían. Una mueca se creó en su rostro al leer los regalos, entregó la lista a las manos del peli-morado nuevamente, éste estaba realmente confundido; siempre que traían ofrendas o regalos el príncipe colocaba esa mueca de desagrado.

– ¿Sucede algo, joven príncipe?– Preguntó acomodando los papeles que el rubio había revuelto.

–Gakupo. – Giro hacia él mirándolo directamente a los ojos. – ¿Sería posible que regresarás todos esos regalos?– Preguntó arqueando una ceja aunque al de cabellos morados casi le daba un infarto.

– ¿Qué?

–Regrésalos y diles que no es necesario que nos den regalos, una simple carta de agradecimiento servirá.

– ¡Pero, príncipe! ¡Debe de estar bromeando! ¡Estás ofrendas son para el tratado de paz! ¡No podemos revolverlas! ¡Sería como una ofensa para ellos!

–Te recuerdo que yo soy el príncipe, y tú solo eres el ministro. Solo te estoy pidiendo el favor de devolverlos, si no puedes hacerlo, siempre puedo pedirle el favor a Mikuo o a su hermana menor, Miku.

Gakupo lo miró sin decir una palabra, Len parecía estar muy seguro de sus palabras colocando una mirada desafiante. El de cabellos morados suspiro para luego sonreír nuevamente. –De acuerdo. – Dijo acariciando el cabello rubio de Len, el cual sonrío de igual manera. –Los regresaré a todos las especies.

Len agradeció con una sonrisa haciendo una pequeña reverencia para luego recobrar su postura sonriendo. Gakupo abandonó la habitación con los papeles en las manos dejando al rubio nuevamente solo, éste camino hacia una de las tantas puertas que había en el pasillo.

Al abrirla, frente a él se extendió en pasillo que llevaba al gran jardín del castillo. Recorrió el pasillo caminando lentamente, mirando a sus alrededores para ver si encontraba algo con que entretenerse. Tomó el picaporte de la puerta en sus manos empujando de estos, logrando abrir la puerta que lo conduciría al jardín.

El rubio se dirigió al invernadero que se situaba en el medio del jardín. Abrió la puerta rápidamente, cerrándola de la misma forma en la que la abrió para evitar que las mariposas que habitaban ahí se escaparan.

Len miraba con atención las flores que crecían sin percatarse del grupo de mariposas azules descansando en su cabeza.

El rubio miró su teléfono.

–Ya son las doce de la tarde…– Murmuró devolviendo el teléfono a su bolsillo. Camino hasta la puerta nuevamente dispuesto a irse, sacudiendo su cabello para que las mariposas se fueran.

Ya dentro del castillo nuevamente, se despidió de Gakupo el cual se encontraba escribiendo algunas cosas.

Len caminó de vuelta su hogar, tenía algunas cosas que hacer las cuales incluían a cierta rubia que lo esperaba en el parque frente a la escuela.


Se detuvo al llegar al árbol que tenía un cartel con una advertencia "Aléjense." Era un cartel que habían colocado hace mucho tiempo atrás, cuando los vampiros atacaron esa ciudad, el cartel estaba viejo y desgastado.

Len aún recordaba cuando de pequeño unas personas lo vieron entrar al bosque sin prestarle atención al cartel, las personas se habían horrorizado con pensar que ese pobre niño podría morir por lo que lo siguieron para detenerlo. Lo habían jalado del brazo para intentar llevárselo fuera del espeso bosque pero, solo digamos, que el rubio comió bien esa noche.

Tomó el paraguas que traía consigo, presionó el pequeño botón que traía haciendo que se abriera por completo. Colocándose debajo de este, caminó hasta el parque que no quedaba muy lejos del lugar.

Al llegar al parque pudo ver a la cierta chica rubia sentada en una de las bancas del lugar con la mirada fija en su teléfono. Len se acercó a ella silenciosamente mientras una sonrisa se formaba en su rostro.

– ¿No te han dicho que es peligroso usar el teléfono en las calles?

Con esas simples palabras, Len logró hacer que la rubia diera un brinco de susto. Rin lo miró como si quisiera ahorcarlo aunque luego sonrió sintiendo estúpida ella misma.

–No te atrevas a asustarme así de nuevo. – Intentó decir Rin seriamente pero su risa hacia que pareciera todo lo contrario.

Len sólo se limitó a sonreír tomando asiento junto a la rubia que luego de unos momentos comenzó a calmarse.

Comenzaron a hablar de cosas triviales, tareas de la escuela, sus amigos, cosas que realmente no tenían importancia. Len no tenía mucho que decir, ya que no tenía muchos amigos y la tarea de la escuela… ni siquiera la había comenzado. Tampoco podía dar muchos detalles de su vida personal. Suspiro, ¿Cuándo podría ser realmente honesto?

– ¿Len?– Rin lo llamó al notar como el rubio colocaba una expresión triste. – ¿Dije algo malo?

– ¿Qué?– El rubio alzó la cabeza finalmente encontrándose con la mirada preocupada de la rubia, bajo la cabeza instantáneamente. –No, para nada. Sólo recordé algo, eso es todo. Ahora, – Len se levanto de la silla colocando su usual sonrisa. – ¿A dónde quieres ir?– Señalo las diferentes tiendas que recorrían todo el parque.

Rin sonrió ante las palabras de Len para luego señalar una pequeña cafetería, a pesar del tamaño, estaba bien decorada.

Ambos jóvenes fueron al establecimiento.

Los minutos pasaron y mientras Rin se tomaba alegremente una malteada de chocolate, Len prefería solo tomarse una taza de café. La simple razón, no le gustaba el chocolate, la fresa le caía pesado y el mantecado era algo que no sabía muy bien para todos los vampiros, en pocas palabras, cualquier vampiro que comiera mantecado tendría la sensación de estar comiendo jabón.

– ¿Quieres de mi malteada?– Preguntó Rin alegremente, acercando el vaso al rubio.

–No, gracias. No me gusta el chocolate. – Esas palabras fueron indignantes para Rin que lo miraba sorprendida.

– ¿Qué?– Exclamó mirándolo como a un bicho raro. – ¿Qué hay del mantecado?– Len negó con la cabeza mientras continuaba tomándose su taza de café. – ¿Fresa?– Len negó nuevamente mirándola a los ojos. – ¿Entonces, que tomas?– Preguntó cruzándose de brazos con una ceja levantada.

–Café. Y agua, algunos refrescos. – Dijo comenzando a jugar con la cuchara que había traído la taza de café.

– ¿Y cuando quieres un helado?

–Los de menta siempre son geniales. –Sonrió gentilmente mientras dejaba la cuchara en su lugar. –También están los de galleta. Esos no se discuten. – Finalizó soltando una leve carcajada al igual que Rin.

–Tienes los gustos de un anciano. – Bromeó la rubio jugando con la pajilla.

– ¿Un viejo comería helado de galleta?

–Posiblemente.

Estuvieron hablando unos cuantos minutos más hasta que finalmente ambos terminaron sus bebidas.

Agradeció que Rin no hubiera pedido nada más y que finalmente salieran de este lugar. Se levantaron de las sillas luego de agradecer a la chica que les había atendido. Len sacó un poco de dinero, pagando lo que debían por ambas bebidas además de dejar una pequeña propina.

Rin llevó a Len a una de las tiendas que estaban cerca comenzando a mostrarle todos y cada uno de los artículos como si ella fuera la vendedora. Le señalaba camisas y adornos para el cabello con un gran entusiasmo aunque las orejas de gato falsas que tomó entre sus manos lo hicieron dar unos pasos atrás con algo de miedo.

– ¿Rin…?– Dio un paso hacia atrás.

–Te quedarían perfectas. – Las palabras que no quería escuchar salieron a la luz, ahí estaba Rin con el cintillo entre sus manos mirando al rubio de reojo mientras este intentaba huir lentamente.

Cuando Len pensó que podría alejarse lo suficiente para correr y escapar, la rubia lo jaló de la chaqueta atrayéndolo hacia ella mientras ésta mantenía una gran sonrisa aunque era rodeada por un aura de pura maldad.

–Vamos, Len. Será solo un momento. – Sonrió llena de malicia.

Unos minutos después, ahí estaba Len con las orejas de gato puestas y un cascabel junto a una gargantilla en el cuello, aunque él mismo podía admitir que se veía bien con eso puesto.

– ¡Te ves tan lindo!– Rin sacó su teléfono rápidamente comenzando a sacar varias fotos.

Len dio un salto cuando algo hizo Click en su cabeza. Recordó que los vampiros no salían en las fotos, y tan solo ese recuerdo lo hizo sentir que su mundo se desmoronaba. – ¡Este! ¡Rin!– La llamó riendo nerviosamente. – ¿Por qué no vamos a otro lugar y guardas tu teléfono?

–Para nada, te ves muy lindo con eso puesto. Esto irá directamente a mi Instagram.

Len se acercó lentamente por detrás de la rubia luego de que ésta dejara de sacarles fotos. Notó como ella pasaba las imágenes mientras sonreía. Otro pequeño click resonó en su cabeza. Sentía ganas de querer estrellar su cara contra la pared, pero seguramente eso sería demasiado extraño.

En las fotos que había sacado Rin, podía vérsele sin ningún problema. Tal vez debió pensar sobre su mitad brujo y que no era totalmente un vampiro antes de alarmarse.

Aunque al final solo compraron el collar de cascabel a pesar de que la rubia hizo un leve puchero.

La tarde fue entretenida, eso Len debía admitirlo. Se la había pasado bien con Rin. Soltó un suspiro cambiando su mirada a una más deprimida mientras apartaba el rostro de la chica junto a él.

Rin lo miró preocupada, acercó su cabeza a la del chico haciendo que éste levantara el rostro. – ¿Sucede algo?– Preguntó inocentemente con un pequeño brillo en sus ojos. Len la miró por un segundo, esa inocencia en sus ojos, sus labios curveados en una mueca algo adorable su cabello rubio cayendo hacia los lados de su cara hasta los hombros.

Sí, esa era la Rin que él había conocido tantos años atrás.

–No, nada. – Respondió colocando una sonrisa. Se levantó de la banca donde estaban sentados al mismo tiempo que extendía su mano a la rubia. –Vamos, parece que comenzará a llover.

Tras esas palabras, la rubia sintió tomando la mano del chico pero algo hizo que quitara su mano rápidamente sorprendiéndose a sí misma.

Un silencio se formó, ninguno de los dos sabía cómo romperlo. Len está confundido mientras que Rin no sabía cómo explicar la situación. Finalmente un "¿Qué ocurre?" Por parte de Len rompió el silencio.

–Es que…– Hizo una breve pausa tocando sus dedos suavemente. –Estás demasiado frio.

Len se quedó sin habla. Su piel siempre fue fría, sus manos más que cualquier otra parte del cuerpo. Él mismo acarició sus manos bajando la cabeza sintiendo extrañamente calidez, pero era por la misma sensación.

Lo frío toca lo caliente y se sentirá bien y placentero pero si lo caliente toca lo frio, lo sentirá extraño y angustiante. Así era.

–No importa. – Dijo Rin rápidamente tomando el paraguas negro de Len para abrirlo con una gran sonrisa. –Solo fue mi imaginación. Vamos. – Extendió su mano al chico esta vez. Len asintió con la cabeza.

Pero ahí estaba de nuevo esa sensación…

La mano de Len era fría, demasiado… ¿Acaso lo era todo su cuerpo? ¿O solo sus manos? ¿Por qué se sentía de esa manera? Tan frías como la nieve.

La lluvia comenzó a caer empapando el paraguas pero gracias a la tela de lo que estaba hecho, el agua se resbalaba hasta las puntas metálicas protegiendo a los dos rubios que caminaban debajo de ella.

Rin extendió su mano más allá del paraguas permitiendo que la lluvia cayera en sus manos.

La lluvia… también es fría…


Continuará…

*Especies: Vampiros, hombres-lobo, fantasma, etc…

Saludos a:

Maria Violet.

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Y a Ana M.C.G.

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