"Ruleta Rusa".

Kuroshitsuji, Sebastian x Ciel.

By: Sinattea.

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Disclaimer: Kuroshitsuji no me pertenece, es creación y obra de Toboso Yana al 100%. Y sólo por aclaración, aunque adoraría que Sebastian y Ciel me pertenecieran, son propiedad el uno del otro.

Summary: Una serie de eventos que culminó en un beso… Y a raíz de eso Ciel ha decidido poner a prueba la verdadera lealtad de Sebastian con una extraña idea: intentar suicidarse. ¿Cómo reaccionará el mayordomo ante estos atentados?

Nota: Lamento la tardanza para actualizar, pero últimamente la inspiración se ha vuelto más caprichosa de lo habitual.

Si en el anterior capítulo me volé la barda… en este me la volé aún peor. Espero que lo disfruten. Que levante la mano quien quiera ver a Ciel muriéndose de los celos (literalmente hablando).

¡Gracias a todos por leer!


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Capítulo 4: Conducta suicida.

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Ciel cerró los ojos con resignación mientras Sebastian le abotonaba lerdamente los botones de la camisa blanca, para luego fajarla dentro de sus pantalones tintos y abrocharle el cinturón. Después el mayordomo le anudó la corbata, le puso el elegante saco y los zapatos, para al final atar el parche de tela negra entre sus cabellos grises.

El joven conde no se atrevió a mirar a su mayordomo a los ojos mientras éste lo vestía, y enfocó su mirada en las paredes y las ventanas, con sus labios torcidos en un puchero.

- Bocchan – llamó Sebastian, y Ciel lo miró con velocidad y mucha sorpresa -, últimamente lo he notado un poco… distraído.

Aunque el demonio habría querido decirle la verdad, que lo notaba extraño, triste, tenso y en cierta forma desesperado, no quiso decirle las cosas tan de frente por primera vez desde que se conocían. A pesar de tener los agudos sentidos de un demonio y ser demasiado perceptivo y astuto, Sebastian no podía descifrar las verdaderas elucubraciones que Ciel llevaba en la cabeza, por más que lo intentaba. Por ello debía moverse con cuidado, especialmente después de lo ocurrido en su última visita a Londres.

- No sé de qué me hablas – negó el chico. Perfectamente sabía a que se refería su mayordomo, y le molestaba que él se diera cuenta de lo que pasaba.

- Yo creo que lo sabes, Ciel – insistió él con seriedad.

¡Maldición! Otra vez ese extraño comportamiento y el abrupto cambio en su manera de dirigirse a él. Ciel se puso nervioso, de nuevo. Sebastian se plantó frente a él con un aura de preocupación a su alrededor, alzándole el mentón con dos dedos (el índice bajo su barbilla y el pulgar sobre sus labios) para que sus miradas finalmente se encontraran.

Ciel pasó saliva, y notó claramente cómo sus rodillas empezaban a temblar. Su corazón bombeó la sangre con incontrolable fuerza y se sintió expuesto y vulnerable en la presencia de Sebastian. ¿Por qué él lo hacía sentirse así de… frágil?

- Sebastian, yo… – comenzó a tartamudear.

- ¿Sí? – el demonio abrió un poco más los ojos revelando su profundo interés en todas y cada una de las palabras de su Bocchan, y con un movimiento rápido, jaló a Ciel por la cintura, hasta que sus cuerpos se juntaron.

Ciel no tenía la más mínima idea de qué era lo que iba a decirle a Sebastian, solamente sentía que las palabras se acumulaban en tropel contra su boca y que querían salir, ser libres y expresar lo que realmente ¿pensaba o… sentía?

Sin darse cuenta de ello, el chico Phantomhive se había ruborizado violentamente.

- Yo… yo…

- ¡Whaaa!

Al instante amo y sirviente se volvieron hacia la puerta sobresaltados y vieron a la emisora de tan agitado grito: Maylene yacía en el piso, contra la puerta entreabierta, con los pies en el aire luciendo sus largas agujetas desatadas. La visión de la chica todavía daba vueltas y se hallaba inundada de pajarillos; tuvo la extremadamente buena fortuna de que sus lentes no se rompieran. Dejó escapar otras exclamaciones de dolor y maldijo su torpeza.

Sebastian rápidamente apartó su mano derecha de la cara de Ciel, la izquierda de su cintura, y avanzó un paso hacia la accidentada sirvienta.

- ¿Qué significa esto, Maylene? – gruñó - Acabas de interrumpir algo extremadamente importante.

- Lo lamento, Sebastian-san. Lamento muchísimo molestarlo e invadir su cuarto, joven amo – se disculpó con ambos.

Menos mal que Maylene era distraída, porque Ciel habría muerto de la vergüenza si es que ella hubiera llegado a notar el color granate que afloraba en sus pálidas mejillas.

- Lo lamento – repitió ella, y alzó su mano izquierda, que sostenía victoriosa un papel -. Pero ha llegado un telegrama urgente de Lady Arlington. ¡Y lo he traído! – añadió con un gran sonrisa triunfante.

- ¿De la baronesa? – Ciel sobrepasó a Sebastian y le quitó a Maylene el papel de la mano. Leyó mentalmente antes de pedir a la chica que se pusiera en pie.

- ¿Cuáles son las noticias, Bocchan? – quiso saber el mayordomo, volviendo a la formal y educada conducta de siempre.

- Prepara el carruaje, Sebastian. Iremos a visitar de nuevo a la Baronesa Arlington.

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De nuevo en la mansión Arlington, Ciel no pudo hacer más que suspirar fastidiado mientras veía el paisaje pasar ante sus ojos desde la ventanilla del carruaje. Comenzó a considerar la posibilidad de contratar a alguien más para que fungiera de chofer permanente y se encargara de transportarlo a todos lados, "De ese modo, Sebastian viajaría aquí conmigo".

En esa ocasión era de mañana y había mucha gente y muchos carruajes y carros en la mansión de la baronesa. Pues el motivo del urgente llamado al conde Phantomhive, era para celebrar que la compañía mercante S.S. Royal ya había empezado a andar. Y naturalmente que el joven conde no era el único invitado a la fiesta.

Cuando Ciel, de la mano de Sebastian, bajó del carruaje enfundado en su llamativo traje color vino tinto, de inmediato la baronesa lo reconoció y se acercó a él para saludarle, halagarle y agradecerle por la cooperación económica. Empezó a hablarle de estadísticas y el buen inicio que había tenido la empresa, con siete encargos de transportación en su primer día. "A este paso, Conde Phantomhive, recuperará su inversión y obtendrá ganancias en muy poco tiempo" le dijo con una galante sonrisa, que después dirigió a Sebastian, caminando unos cuantos pasos detrás de ellos.

Ciel se puso celoso de ver el descarado coqueteo de la baronesa hacia su mayordomo.

Y Sebastian, familiarizado como estaba a mantener la cortesía sin importar qué, respondía al coqueteo de manera casi positiva, dándole esperanzas a la joven baronesa. Incluso halagó su vestido… y acercó su rostro al de ella de una forma tan… y tomó su mano para ayudarla a subir escaleras… y permitió que ella le acariciara la mejilla…

Ciel enfureció todavía más. "¿Cómo puede actuar así con ella luego de que esta mañana él casi me… casi…?". Su alma (si es que ese era el concepto apropiado) ardía en celos.

Y concluyó que ése era un buen día para suicidarse.

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Otro noble entretuvo a la baronesa, y Ciel aprovechó para alejarse y perderse entre los demás invitados. Sebastian lo siguió, suspicaz, pues se daba cuenta de que una nueva extraña determinación anidaba en su amo. Aunque no podía entender el por qué: ¿qué planeaba hacer ese niño?

Ciel siguió caminando y caminando, hasta alejarse lo suficiente de la mansión como para hallarse entre los vehículos de todos los invitados.

- ¿Planea volver al carruaje, Bocchan? – masculló el mayordomo, pero fue vilmente ignorado por el chico - ¿Bocchan?

El niño siguió fingiendo no haber escuchado palabra alguna salir de la boca de su mayordomo.

Se detuvo unos instantes al pie de un camino y oteó a su alrededor, buscando quién sabe qué. Luego se volvió hacia Sebastian y le ordenó que regresara con la baronesa. Él se sorprendió y se quedó quieto un buen rato, mirando extrañado a su amo; y aunque protestó de forma muy sutil, Ciel fue tajante en su orden.

- Regresa con la Baronesa Arlington, Sebastian – espetó casi enojado, se estaba esforzando por mantener la serenidad.

El aludido se inclinó en una reverencia, sin perder jamás la cara de estupefacción, y obedeció, dando la media vuelta para volver donde la fiesta.

A sus espaldas, Ciel esperó tranquilamente hasta que un carruaje apareció a toda velocidad al otro lado del camino. El conductor iba distraído, probablemente ebrio inclusive, y con la velocidad que llevaba sería poco probable que pudiera detenerse a tiempo ante cualquier imprevisto. De hecho, parecía que el hombre estaba enzarzado en alguna especie de competencia con sus animales, intentado probar al mundo lo rápidos que eran.

El conde volvió la vista fugazmente para asegurarse de que Sebastian se marchaba… antes de arrojarse a mitad del camino, hacia las ruedas de ese carruaje y las mortales patas de sus caballos.

De nuevo la adrenalina actuó como una efectiva droga que alteró su percepción, y Ciel veía las cosas en cámara lenta. El carruaje iba hacia él, iba a matarlo con un brusco golpe, justo como a tantos otros. El rechinar de los asustados caballos ante tan imprevisible obstáculo aturdió al joven conde.

Esa espontánea y maniática sonrisa volvió a iluminar sus facciones. "Voy a morir… Es tan… fácil".

Se escuchó un golpe sordo, un quejido y un atolondrado relinchar de caballos. Y el carruaje siguió su camino como si nada hubiese pasado nunca.

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Ciel gruñó por lo bajo y maldijo para sus adentros. Había caído de sentón a un lado del camino, con Sebastian hincado encima de él. El mayordomo mantenía la cabeza de su amo contra su pecho mientras seguía con la mirada el carruaje hasta que desapareció del panorama.

- Espero que no me haya visto – lo oyó sisear Ciel.

- Sebastian.

Él miró al niño con auténtica rabia en sus ojos rojos, y resopló visiblemente molesto. Mas se obligó a recuperar la compostura antes de responderle a su joven amo.

- ¿Se encuentra bien, Bocchan?

- No tenías por qué hacer eso – indicó él con voz trémula.

- Es mi deber, Bocchan… a-sí me lo ordena nuestro contrato, ¿lo recuerda? – el demonio casi titubea a la hora de pronunciar las palabras, pero se controló a tiempo. Tenía que controlarse esta vez. Sin embargo, Ciel no se dio cuenta de ese pequeño gran detalle.

Según los pensamientos de Ciel, hubiera sido mejor que Sebastian se mordiera los labios hasta hacérselos sangrar, o que por voluntad propia se cortara la lengua. De nuevo ese contrato… Lo llamase o no, Sebastian acudiría y lo salvaría en cualquier situación, porque en el contrato estaba muy claro que el joven conde no podía morir hasta haber cumplido su preciada venganza.

Todo era sólo por ese contrato. Ciel lo había confirmado, pero todavía se negaba a creerlo. ¿Qué había querido decir entonces el beso? ¿Por qué demonios Sebastian lo había besado si la única razón para permanecer a su lado era ese contrato?

- ¿Te encuentras bien…? – repitió Sebastian, manteniendo a Ciel aún contra su pecho.

- ¡Suéltame! – exclamó el niño, y se apartó como pudo de aquellas sus suaves manos, de su mirada hipnótica. Sebastian lo observaba aún sin comprender - ¡Suéltame! – volvió a exclamar en voz más débil, quebradiza y débil, a pesar de que Sebastian ya no lo tocaba.

Hubo un minuto de silencio fúnebre y denso, Ciel todavía sentado en la tierra y Sebastian todavía hincado a un metro de él.

"¿Qué es lo que le sucede? – se preguntó Sebastian mentalmente - ¿Acaso él… acaso Ciel está…?". El demonio no pudo ocultar el sobresalto que le causaron sus pensamientos. Era una idea absurda, tenía que serlo, de manera que la desechó al instante. No lograba entender qué era lo que estaba pasando con su joven amo. Simple y sencillamente las cosas habían cambiado entre ellos. "Y todo porque cometí la estupidez de besarlo" dedujo Sebastian, y sólo entonces reafirmó en su consciencia la vital importancia del autocontrol.

Con un movimiento imperceptible, Ciel se quitó el parche del ojo derecho, y clavó su fría mirada en Sebastian. El demonio hizo lo posible por mantenerse sereno, pues estaba consciente de que alguna orden le sería dada.

- No quiero que vuelvas a hablarme en todo el día – declaró Ciel, inundado en incontrolable rabia -. Sigue con tu trabajo, sigue obedeciendo, ¡pero no me dirijas la palabra!

Y tras haber pronunciado tan extraña orden, Ciel se puso en pie por su propia cuenta y se sacudió como pudo el polvo de encima, para luego reincorporarse y tomar la ruta de regreso a la celebración vespertina en la mansión.

Sebastian hizo lo propio, poniéndose rápida y elegantemente en pie, sin apartar los ojos de encima de su amo. Lo siguió como era su deber, y no volvió a hablar en toda la tarde, cosa que le resultó conveniente puesto que puso en orden sus ideas y finalmente empezó a entender cuál era el objetivo que Ciel perseguía en las últimas fechas. ¿Acaso su Bocchan quería morir? Así era, en efecto. La única pregunta seguía siendo el por qué. ¿Sería porque él lo besó? Y Sebastian agitó la cabeza levemente y, por segunda ocasión en el día, desechó semejante idea.

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- Conde Phantomhive – llamó la baronesa Arlington poco antes del atardecer -, me gustaría que me brindara su compañía en un cierto evento.

- ¿Qué clase de evento? – contestó él automáticamente, todo el día había actuado de esa forma, con sus pensamientos divagando por senderos totalmente distintos al presente social.

La baronesa sonrió altivamente y escondió el rostro tras su abanico de plumas para disimular la carcajada de orgullo que amenazaba con llegar hasta su boca.

- Me gustaría mostrarle el fruto de nuestro negocio, Conde. Uno de los trenes de S.S. Royal pasará por aquí muy pronto, proveniente de Londres y con destino a Glasgow. Y honestamente, quiero presumir.

- Me temo que no podré acompañarla, Baronesa. Debo regresar a mi mansión a atender asuntos urgentes.

- Es una lástima oírlo, Conde Phantomhive. Espero que al menos haya disfrutado la velada.

- Sí, claro.

Ciel asintió en ese estado autómata, haciéndole creer a la baronesa que se la había pasado de maravilla, aunque la verdad era que hubiera contestado que sí a la mayoría de las cosas.

De modo que se retiró de la mansión Arlington y volvió a su carruaje. Sebastian se sentó al frente y tomó las riendas en el más absoluto silencio, con una expresión seria y deprimente. Pero Ciel ignoró por completo al mayordomo y se quedó en el interior del vehículo.

No obstante, cuando se iban alejando ya de regreso a la mansión Phantomhive, Ciel tuvo una idea. Una magnífica idea inspirada por la baronesa Arlington: el tren de S.S. Royal.

Se asomó por la ventanilla del carruaje y le gritó a Sebastian que girara hacia la derecha en la siguiente bifurcación y se detuviera al final del camino; e inmediatamente volvió a dejarse caer en el asiento, sin darle tiempo al mayordomo de replicar nada al respecto. Además se suponía que Sebastian no podía hablarle ese día.

Contra su voluntad, el demonio obedeció fielmente, y dio un tirón a las riendas para indicar a los caballos que viraran a la derecha. Detuvo el carruaje hasta que se terminó el camino en las vías del tren. Y un escalofrío recorrió el cuerpo de Sebastian, ¿por qué Ciel quería ir allí precisamente?

- Debe tratarse de otro de sus intentos suicidas – bufó por lo bajo sumamente molesto, recordando la caída de Ciel del techo de la mansión, su caída desde el puente, su intromisión en el conflicto armado de Londres, su deliberado intento de ser arrollado por ese otro carruaje -. ¿Y ahora quiere que lo arrolle un tren?

Sebastian bajó del vehículo dispuesto a recriminarle a Ciel por su estúpida conducta suicida, pero se detuvo en seco cuando fue el mismo niño quien abrió la puerta y descendió.

Se miraron fijamente unos segundos, con una explosión de sentimientos asomando en sus ojos por ambas partes. Ciel se mordió los labios y desvió la mirada hacia las vías de tren, que habían comenzado a vibrar.

- No debe faltar mucho para que pase el tren, ¿no lo crees, Sebastian? – lo dijo con burla, porque no esperaba respuesta alguna por parte del mayordomo.

Y Sebastian en verdad tuvo que morderse la lengua para evitar decir algo.

- Ahora te daré una orden – anunció el joven conde arrancándose el parche de la cara -, y será mejor que la obedezcas, porque eso es lo que el contrato establece. Sebastian: ¡no quiero que te muevas de aquí!, ni siquiera medio milímetro. ¿Entendido?

Con los ojos muy abiertos expresando una verdadera consternación, Sebastian abrió la boca para hablar, pero terminó guardando silencio y esbozando una sumisa reverencia.

"Bocchan, no lo haga".

El chico avanzó hasta las vías y se quedó de pie en medio de ellas, con la vista orientada hacia el tren que ya se acercaba.

"Veamos qué haces ahora, Sebastian. Tienes que acatar dos órdenes completamente contradictorias. Una dicha hace apenas unos segundos, la otra pactada hace ya mucho tiempo… ¿Cuál vas a obedecer?".

Ciel echó un vistazo hacia adelante, sin un ápice de cordura o arrepentimiento en su mirada. Con esa oleada de enferma adrenalina recorriéndolo de pies a cabeza, con esa ilusión de que poseía el poder de un dios capaz de decidir cómo y cuándo muere la gente embotándole el cerebro. Esta vez sí que iba a morir, y Sebastian no podría hacer nada al respecto, estaba más que seguro de ello.

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La mente del mayordomo trabajaba a toda velocidad, reflexionando en cómo haría para salir de ese atolladero. Ciel le había tendido una trampa, una que probablemente funcionaría. "No puedo desobedecerlo – pensaba febrilmente -, ninguna de las dos órdenes". Pero la prioridad era mantenerlo con vida hasta que cumpliese su venganza, de modo que podría romper las reglas y saltarse la orden más reciente… ¿Qué importaba el contrato?

- Debo mantenerle con vida, Bocchan – exteriorizó para sí, aclarando con ello sus desordenados pensamientos -. ¡Quiero mantenerte con vida!

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Ciel no se dio cuenta en qué momento perdió la consciencia. Lo último que recordaba era la imagen del tren y el característico sonido de sus ruedas, después todo se volvía negro… Negro como el cabello de Sebastian que le había rozado los párpados cuando éste lo había dejado inconsciente.

El mayordomo se las había ingeniado para desmayar a su amo y ponerlo a salvo sin que éste se diera cuenta. Y para ello se había visto en la urgencia de emplear su verdadera forma de demonio…

Cuando Ciel había despertado, ya era de noche y se hallaba recostado sobre la hierba reseca, bajo los árboles exentos de hojas y cubiertos de escarcha. Le dolía la cabeza, y no recordaba nada con claridad. ¿Sebastian lo había desobedecido? Rápidamente se incorporó con torpeza y peinó con la vista el terreno a su alrededor, hasta que descubrió al mayordomo a un lado del carruaje, justo dónde él le había ordenado que se quedara.

Sebastian tenía un gesto extraño, situado entre el agotamiento, la preocupación y la ira.

- ¡Me desobedeciste! – rugió el chico aproximándose a trompicones a su sirviente.

- No, Bocchan. Le obedecí en todos sus mandatos – su mirada fue tan tenebrosa que Ciel se replanteó la posibilidad de que el demonio infringiera sus órdenes.

- ¡Me salvaste! – le increpó - ¿Cómo? ¡No podías moverte y me salvaste!

- No me moví, Bocchan – reiteró él, mortalmente serio -. Me mantuve fiel a todos sus mandatos en todo momento.

Ciel jadeaba incapaz de entender con claridad qué era lo que había pasado. ¡Maldición! Él quería morir, era su capricho el dejar de existir, ¿por qué no podía hacerlo realidad?

Reconsideró las palabras del mayordomo y se preguntó cómo podría él haber hecho para acatar las dos órdenes tan opuestas al mismo tiempo. Temió que Sebastian le estuviese mintiendo, y como si le hubiese leído los pensamientos, el mayordomo dijo:

- Yo no miento, Bocchan. Nunca.

Y Ciel recordó cuán fidedignas eran sus palabras.

Todo estaba de nuevo muy claro, todo excepto las misteriosas razones. Porque aquello no podía ser solamente producto de un contrato.

"¡Maldita sea! ¿Te importo o no, Sebastian?" era la duda que asaltaba el corazón de Ciel.

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Sebastian no lo dejaría morir nunca.

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Nota (de nuevo): Estoy bastante contenta con este capítulo, a pesar de que rompí mi propio récord de extensión. Creo que finalmente, entre pensamientos y acciones, se ha podido comprobar si Ciel quiere o no a Sebastian, y viceversa. Así que para quienes dejaron reviews preguntando si Sebastian actuaba así por el contrato, ¡ya tienen su respuesta! (aunque Ciel no, so sad...) Espero que los deje satisfechos.

¡Y mil millones de gracias a quienes han dejado review! No hay nada mejor que leer los comentarios sobre los fics. Así que, por favor, dejen muchos MUCHOS reviews, ¡gracias a ellos la inspiración seguirá adelante!

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