Miren quién está aquíii!

Ahiru-san de verdad se puso las pilas con el fic, eh? Y no se sorprendan si el próximo capítulo lo subo pronto, porque lo tengo casi listo.

Aviso que este es más serio... sí, mucho más serio que los anteriores, pero en el próximo ya me volveré a relajar (?) Dios, con este cap sufrí bastante. Suelo obsesionarme con las escenas profundas y complejas para que transmitan todo lo que considero importante, así que espero que les gusten ambas partes, porque de verdad que me maté escribiendo, releyendo y corrigiendo x_x

Como siempre, agradezco los reviews. He reunido tanta motivación en las últimas semanas que creo que me volveré una escritora compulsiva xD


Para cuando el torbellino cesó, Jou aún no se atrevía a despegar los párpados. Sabía que pisaba tierra firme porque había dejado de dar vueltas en el aire, pero temía encontrarse con algo que no le gustara, como que había ido a parar a la dimensión desconocida.

«¿Estoy vivo?» fue lo primero que se preguntó, lo cual era obvio, dado que seguía en una pieza y era capaz de razonar.

Sintió una brisa fría en el rostro. Poco a poco separó sus párpados y pudo comprobar que se hallaba en el exterior, sobre la acera cubierta de nieve. Recorrió su entorno con la mirada y vio una pasarela, cruces de peatones, semáforos, señalizaciones, faroles con decoraciones festivas, automóviles desplazándose por las calles, unas cuantas personas caminando…

No tenía la menor idea de cómo había llegado hasta allí, pero aquel sitio le resultaba familiar, aunque estaba muy desorientado como para poder reconocerlo.

A su mente vinieron las imágenes de Yamato y Takeru, pero no los vio por ninguna parte.

«¿Dónde estarán?»

Masajeó sus sienes para relajarse. Se miró las palmas de las manos. Parecían distintas, aunque no sabía en qué. Entonces, captó que algo más había cambiado: llevaba una ropa diferente a la que decidió ponerse para acudir a la cena navideña. Sacudió uno de sus pies para quitarse la nieve y lo levantó unos centímetros del suelo para verlo bien. Por algún motivo estaba usando zapatos negros, siendo que recordaba haberse colocado unas gruesas botas para la nieve. Dobló sus brazos y, acto seguido, los estiró para observar mejor el largo abrigo de color plomo que tenía puesto. Palpó su cuerpo, intentando convencerse de que no sufría alucinaciones.

«¿Por qué estoy vestido así? ¿No que me había deshecho de este abrigo?»

Y sus descubrimientos no terminaban allí, ya que al revisar sus piernas con la vista y el tacto comprobó que llevaba puesto el uniforme de la secundaria. Sí, el mismo uniforme que a esa altura del año le quedó corto porque había dado un nuevo estirón.

«¿Pero qué demonios…?»

La confusión en su cabeza era tal que solo cuando vio una coleta castaña agitándose en el aire pudo comprender que había retrocedido en el tiempo.

En Japón existía la creencia popular de que si te declaras al chico o chica que te gusta en nochebuena o navidad, serás feliz con esa persona para siempre… en caso de que seas correspondido, claro está.

Dos años atrás del inicio de esta historia, nuestro querido Jou, impulsado y motivado por el mito urbano que le relataron sus amigos de la escuela y habiendo recibido el apoyo de estos mismos para confesarse, le había pedido a su compañera de clase que se reunieran a la hora de salida en este mismo punto, una calle que quedaba a unos pasos de su secundaria.

Jou sintió como si una extraña fuerza lo controlara, y sin haber enviado ninguna orden a sus extremidades, comenzó a caminar en dirección a aquella muchacha, muerto de los nervios.

—¡Nakamura! —exclamó.

La escolar que llevaba el cabello recogido respondió a su llamado:

—Hola, Kido. ¿Por qué me pediste que viniera?

«¿Por qué estoy repitiéndolo? ¡No, por favor! ¡No quiero volver a pasar por esto!»

Jou hizo una pronunciada reverencia frente a ella y le pidió:

—¡Nakamura, sal conmigo, por favor!

Ella lo miró por unos instantes, y luego, soltó una carcajada.

—Lo siento, Kido, pero llegaste tarde —rio—. Justo ayer alguien me pidió lo mismo que tú. ¡Adiós, que te vaya bien! —dio media vuelta y comenzó a trotar en dirección contraria, despreocupada, alejándose de él.

El tiempo se congeló para Jou, quien comenzó a verlo todo en cámara lenta mientras se enderezaba.

Sabía que no se trataba de un desvarío. Tampoco era coincidencia que hubiera regresado justo al minuto exacto en el que comenzó a odiar la navidad.

«No voy a dejar las cosas como están. ¡Tengo que hacer algo!»

¿Y qué es lo que harás?

«No sé, ¡lo que sea!»

Y así, la fuerza que lo había estado controlando para obligarlo a repetir los eventos del pasado… desapareció.

—¡Nakamura! —la llamó otra vez, usando una voz potente, y la chica se detuvo. Dio pasos largos hacia ella hasta que quedaron a una cierta distancia.

Su compañera dio media vuelta y lo observó, sorprendida. Jou dudó antes de hablar.

—¿Por qué me rechazas de esta forma? —fue lo que acertó a decirle.

—¿Eh? ¿Cómo? —pronunció, perpleja— ¿… A qué te refieres?

Jou frunció el ceño.

—… A que me estás rechazando de una forma bastante grosera —le espetó—. Solo te invité a salir, no hice nada por lo que merezca que te rías de mí, y menos cuando me estoy confesando.

Al oír aquellas palabras, el rostro de la chica se tornó rojo carmesí y sus ojos de esmeralda se abrieron como platos.

—¡¿Q-Qué?! —chilló, atónita.

—… ¿No me habías entendido? —preguntó, extrañado.

—No —admitió Nakamura, evitando su mirada—. Creí que me estabas invitando a tomar algo, a dar una vuelta… a salir juntos por ahí, ¿entiendes? No que era la otra clase de "salir"…

En ese momento, Jou se sintió muy estúpido.

—Pero… ¡lo siento mucho! —continuó diciendo, todavía abochornada— Hay alguien que me gusta y… por eso no puedo salir contigo. De hecho, ahora iba camino al karaoke para juntarme con unos amigos de otra escuela y él estará allí —explicó—, así que no puedo, de verdad que lo siento —hizo una reverencia—. Perdón, no quería reírme de ti —se incorporó—. Gracias, Kido, pero no puedo aceptar.

Nakamura se marchó y Jou bajó la vista al piso, estupefacto.

«¿Guardé resentimiento durante tanto tiempo… ¡por un malentendido!? ¡¿No fue nada más que un ridículo malentendido?!»

Así es, Jou: te sentiste humillado y menospreciado, evitaste a tu compañera de clase hasta la graduación de secundaria, tuviste problemas con tu novia y odiaste la navidad por un incidente que no se resolvió como debía ser.

—Nakamura siempre fue popular, seguramente estaba acostumbrada a que otras personas la invitaran a salidas y cosas por el estilo —caviló en voz alta, terminando de comprender—. Ella no fue una chica superficial que me rechazara con crueldad porque alguien le hubiera pedido ser su novio antes que yo. Solo fue un error de comunicación.

Rio por lo bajo y alzó la vista al oscuro cielo del cual descendían diminutos copos de nieve.

Se sentía distinto.


—¿Yamato? ¿Takeru?

Al sentir aquella voz, Yamato abrió los ojos de manera involuntaria.

Se hallaba frente a su madre, quien parecía más joven de lo que recordaba… e incluso algo más grande.

«Qué extraño, siento como si me hubiera encogido» pensó.

Y aquello era algo más que una mera impresión.

Cuando captó que la mesa del comedor le quedaba más alta de lo normal, miró sus propias manos puestas sobre esta misma y vio lo pequeñas que eran. Así descubrió que no solo era Natsuko quien lucía diferente, sino que él también había rejuvenecido varios años, y lo mismo le había ocurrido a su hermano menor, quien se encontraba en el asiento contiguo sobre un par de cojines para quedar a la altura adecuada, y estaba tan impactado como él.

«¿Estoy soñando?» se preguntó Yamato, incrédulo.

«¿Volvimos en el tiempo?» infirió Takeru.

Entonces, cayeron en la cuenta de que, por alguna razón, habían regresado a la nochebuena del 94'.

—Niños, ¿están bien? —insistió Natsuko al notar que sus hijos se veían nerviosos.

Los hermanos intercambiaron miradas, pero no pudieron decirse nada debido a que, de un momento a otro, sintieron como si sus cuerpos no fuesen suyos, como si estuviesen poseídos por algo inexplicable que los obligaría a comportarse igual que en aquella última cena navideña.

—Sí, mamá —respondió Yamato, sonriente—, no pasa nada. Solo tenemos hambre.

—¡Comida! —exclamó Takeru, animado.

«¿Por qué dije eso?» se preguntaron ambos. Podían pensar con total libertad, pero sus actos se veían limitados por esa extraña fuerza.

—Tranquilos, ya comeremos. Solo debemos esperar a que llegue papá.

Sobre la mesa había varios pocillos, cada uno con algo distinto: verduras cocidas, frutos secos, palillos de pan y salsas para untar. Yamato y Takeru picotearon algo para calmar su hambre.

Escucharon el sonido de la puerta al abrirse y a su padre anunciando su llegada. Segundos más tarde, Hiroaki apareció en la habitación con una bolsa de plástico colgando de su mano derecha.

—Traje lo que me pidieron —informó.

—Gracias, querido —sonrió Natsuko.

Algo dentro del corazón de los hermanos se quebró al percatarse de que los ojos de su madre no sonreían con sus labios.

—Tuve que hacer una fila tremenda —contó el padre, un poco agobiado—. El local estaba tan lleno que esperé por media hora.

—Me imagino —comentó su esposa—. Es lo que suele pasar en estas fechas. Al menos hicimos la reserva con tiempo.

Hiroaki se encargó de repartir el pollo equitativamente. Al terminar, tomó asiento, y todos juntos bendijeron los alimentos y comenzaron a comer.

«Papá y mamá se ven muy serios.» Notó Takeru, observándolos mientras conversaban acerca de lo que hicieron ese día en el trabajo. «¿Siempre fue así?»

«Creía recordarlo como un día más especial» reflexionó Yamato, decepcionado.

Y fue en ese momento que ambos se dieron cuenta de que la reunión familiar navideña que tanto añoraron no había sido nada fuera de lo común.

Takeru desconocía la razón por la que el matrimonio de sus padres había fracasado, además de que era muy joven como para entender a los adultos, pero con el paso de los años empezó a asumir que esos tiempos no regresarían, que ellos estaban divorciados y que no volverían a estar juntos.

Y lo más probable es que fuera mejor así.

Por ese motivo se conformaba con haber tenido una nueva oportunidad de ver a su familia reunida. No iba a pedir nada más.

En ese momento, sintió cómo aquella fuerza extraña y desconocida lo liberaba.

—Mamá… papá… —habló, con un nudo en la garganta. Sus padres dejaron su conversación de lado para escucharlo.

Le habría gustado decir algo más profundo y elaborado, pero su lenguaje se había limitado en extremo debido a que ahora solo tenía tres años.

—Los quiero mucho —fue lo que consiguió decir—. Quiero que estemos así para siempre.

Los dos observaron a su hijo menor, asombrados.

Y, de repente, Takeru rompió a llorar.

La fuerza que controlaba a Yamato también desapareció, y, conmovido hasta lo más profundo de su alma, tuvo que pedir permiso para ir al baño, ya que ahí podría llorar a solas.

Natsuko cogió al menor en brazos. Hiroaki no sabía qué hacer.

—Ya, ya —intentó calmar al infante con suaves palmaditas en la espalda—, no pasa nada.

El padre se acercó a ellos.

—¿Qué pasó, Takeru?

—No sé —respondió su esposa—, debe andar algo sensible por las fiestas.

—¿Eso crees? No le veo mucho sentido —opinó.

El llanto de su hijo menor iba disminuyendo en intensidad.

—Takeru —le susurró Natsuko—, nosotros te queremos y eso nunca va a cambiar.

—Siempre serás nuestro querido hijo —declaró Hiroaki—, abrazándolos a ambos.

Takeru pudo recordar lo bien que se sentía abrazar a sus padres, y lamentó no tener tantas oportunidades para hacerlo como querría.

Para cuando Yamato regresó del baño, su familia había vuelto a la mesa y comían con calma, por lo que prefirió unirse a ellos sin hacer ningún comentario para que la cena transcurriera como debía ser.

Cuando acabaron, sus padres comenzaron a retirar los platos sucios para llevarlos a la cocina. Los menores se quedaron solos en el comedor.

Yamato recordó la ocasión en la que su padre le dijo que alguna vez fue un niño muy alegre, pero después de la separación nunca volvió a ser el mismo.

«No debo seguir lamentándome, porque todo fue para mejor.» Meditó, sintiéndose en paz consigo mismo. «Ahora lo tengo claro.»

—Esto es lo que querías, ¿verdad? Tener otra navidad como esta —le habló Yamato a su hermano—. Yo también lo deseaba —confesó.

La habitación lucía decoraciones de tonalidades rojas, verdes y doradas por doquier; había guirnaldas en los ventanales y adornos varios colgando de las paredes.

Al ver el pequeño árbol navideño sobre una mesita, ambos recordaron que las tiras de papel y las figuras de origami que lo adornaban habían sido hechas por ellos, y aquel detalle les hizo darse cuenta de que también conservaban bellos recuerdos de la navidad que no tenían relación con sus padres.

—Hermano —dijo Takeru. Yamato le devolvió la mirada—. Tú eres mi hermano. Te quiero mucho.

Creyó que había llorado lo suficiente, pero los ojos de Yamato quisieron soltar todavía más lágrimas. Bajó de su asiento para acercarse a Takeru y rodearlo con sus cortos brazos.

—Y yo a ti —respondió, tratando de hacerse entender en medio de sus sollozos—. Siempre seré tu hermano… y siempre te voy a querer.