4. Sable láser
Rey dio una última estocada al aire con su bastón y después se dejó caer al suelo, cansada, sintiendo la luz del sol de media tarde sobre ella. Estar demasiado tiempo sin nada que hacer no era bueno para la mente y Rey lo sabía mejor que nadie. Ni siquiera la meditación ni el entrenamiento la estaban ayudando.
No sabía cuántos días habían pasado ya desde que Leia partiera hacia Coruscant; le parecían una eternidad. La misma eternidad que llevaba en aquel planeta perdido del Borde Exterior, buscando tareas que la ocuparan, allí donde no las había. La misma eternidad que la separaba de todo lo que había ocurrido en Crait… y de la última vez que había visto a Kylo Ren.
Hacía un par de días que aquel último pensamiento la incordiaba con mucha insistencia. Llevaba molestándola desde que habían llegado a Kagurall, pero, de algún modo, se las había ingeniado para dejarlo aparcado en el fondo de su consciencia, de manera que se convertía en un simple zumbido poco molesto que la acompañaba a todas horas.
Pero ahora… Ahora ese zumbido había ido ganando intensidad para convertirse en un martilleo constante que apenas la dejaba pensar. Veía a Kylo en todas partes, y esas dos palabras se repetían constantemente en su cabeza: «Y si…».
«¿Y si no hubiese cerrado esa puerta?».
«¿Y si en vez de atacar a Kylo hubiese intentado dialogar con él, convencerlo de que abandonara ese camino de muerte?».
A menudo, mientras entrenaba o mientras echaba una mano a los agricultores que los habían acogido, se descubría a sí misma pensando en qué estaría haciendo Kylo. Se imaginaba a sí misma volviéndose y encontrándolo justo ahí, frente a ella, como tantas veces había ocurrido antes. Pero al final eso nunca sucedía.
Y lo echaba de menos. Porque ahora que él había dejado de acudir a ella, Rey se daba cuenta de cuán sola se sentía y de que nadie, en toda la Galaxia, la había comprendido tan bien como él.
—Hey, Rey.
La voz a sus espaldas le hizo dar un respingo. Se apresuró a devolver de nuevo todos aquellos sentimientos al fondo de su corazón y se volvió para encontrar a Finn frente a ella. Lo acompañaba Rose, que al fin había recobrado la conciencia y tenía mucho mejor aspecto que hacía unos días.
—Hey, Finn —saludó —. Y hola, Rose.
Después se acercó a la pareja, esgrimiendo la mejor de sus sonrisas, y le ofreció la mano a la mujer rebelde:
—Soy Rey. Encantada de conocerte al fin.
Rose dibujó una expresión de sorpresa en el rostro, al tiempo que levantaba su propia mano, nerviosa, y tomaba la que le ofrecían para estrecharla.
—¿Rey? ¿La Rey que derrotó a Kylo Ren? ¿La Rey que ayudó a destruir la Starkiller? ¿La que fue en busca de Skywalker?
—Esa misma. Creo.
Rose se volvió hacia Finn, emocionada.
—Jopé, no me lo puedo creer. ¡Es Rey!
—Sí, es Rey. Entiendo tu euforia, Rose. Pero será mejor que le devuelvas la mano. Sé por experiencia propia que no soporta que se la roben.
Rey dejó escapar una carcajada ligera cuando Rose al fin le soltó la mano.
—¡Lo siento! —dijo la rebelde— Es que… uau. Esto es muy fuerte: conozco a dos jefazos de la resistencia. Page lo fliparía si se lo contara.
—Eh, eh, eh. Para el carro. Nada de jefazos. Aquí la jefaza eres tú.
—Estoy de acuerdo con Finn. Yo solo soy una chatarrera de Jakku. Y, bueno, me alegro de que ya estés mejor, Rose. Finn estaba muy preocupado. No se ha separado de ti ni un momento.
Rose pareció sobrecogerse un poco al escuchar aquellas palabras, y miró al joven de reojo, algo avergonzada, pero a la vez complacida.
—Gracias —le dijo a Rey—. Todavía estoy un poco magullada, pero al menos puedo moverme. Estoy acostumbrada a la falta de tanques de batka, así que sé lo que es recuperarse de un par de costillas rotas sin su ayuda. Pero duele.
—Vaya si duele—reconoció Rey, pensando en su propia experiencia como chatarrera, y en la de veces que se había caído buscando piezas en los antiguos acorazados o en las que se había pillado algún dedo intentado alcanzar las piezas más alejadas.
—Por cierto, espero que no te hayamos molestado. Parecías… pensativa.
—Oh, no, no. Tranquilos. Solo estaba entrenando un poco. No hay mucho que hacer por aquí, salvo de esperar a los que han partido. Así que intento mantenerme en forma.
Y les mostro su vara para dar fe de ello.
—Qué guay estar conociendo a una auténtica Jedi y ver cómo entrena.
—No soy una Jedi —se rio Rey.
—¡Claro que lo eres! Usas la fuerza, ¡y tienes un sable!
—Oye, Rey, ¿qué ocurrió con el sable de luz? —se interesó Finn—. ¿Se lo devolviste a Skywalker, al final?
Parecía más curioso que otra cosa, quizás por la nostalgia que le producía haber usado también aquella arma para enfrentarse a Kylo. Sin embargo, aquellas palabras pusieron nerviosa a Rey, que todavía no había hablado de lo ocurrido con su amigo. Quizás ese era un buen momento para sacar el tema, pero le dio reparo hacerlo estando Rose delante. Le parecía una mujer agradable, y si Finn estaba tan pendiente de ella seguro que debía serlo, pero lo que había ocurrido era algo demasiado íntimo a muchos niveles para exponerlo delante de una desconocida.
—No, yo… em… —titubeó. Y al final añadió, simplemente—: Se me rompió.
No era mentira. El sable se había roto.
—¿Se te rompió un sable láser? ¡Madre mía, qué hiciste con él!
—Fue… fue un combate muy duro.
Rey se apartó de sus compañeros y se acuclilló junto a su bolsa, que había dejado en el suelo para poder entrenar con libertad. Las manos le temblaron al coger los pedazos de la empuñadura y el recuerdo de la sala del trono volvió a ella: el dolor que le había provocado Snoke; el miedo y la decepción que sintió durante un instante, cuando creyó que Kylo iba a matarla; el alivio, mezclado con una burbujeante alegría y sensación de triunfo cuando Kylo le dedicó esa mirada de infinita complicidad y los dos se unieran, espalda contra espalda, en aquel combate por la supervivencia.
Pero ahora todo eso estaba roto, y los pedazos que quedaban de ello, desmigajados en sus manos.
«¿Y si no hubiese intentado recuperar el sable?».
«¿Y si estaba equivocada y por eso el sable no la había obedecido a ella?».
«¿Y si…?».
Rey apretó los puños, en un gesto que no sabía si buscaba atesorar los restos que tenía en sus manos o apartar los pensamientos de su cabeza. Después se obligó a levantarse para mostrárselos a sus compañeros.
—Me gustaría arreglarlo —dijo—. Pero no sé muy bien cómo hacerlo. ¿Creéis que existe algún técnico especializado en armas Jedi?
Fue Rose la que se acercó primero y tomó el arma para examinarla.
—La tradición dice que cada Jedi debe hacerse su propia arma. El cristal se ha partido, pero quizás se podría pulir. O incluso podrías buscar uno de sintético. Seguro que si buscamos en la holored encontremos algo sobre espadas láser.
Entonces una idea cruzó la mente de Rey.
—¡Ya lo tengo!
—¿El qué?
—He recordado dónde puedo encontrar información sobre sables láser. Tengo que irme. Luego hablamos. ¡Y muchas gracias por la ayuda, Rose!
._._._._._.
El granero estaba desierto, así que entró a hurtadillas y cerró la puerta tras ella para asegurarse de que nadie la veía husmear. Esperaba que Rose y Finn no la hubiesen seguido, aunque no parecía el caso.
En el interior del edificio, camufladas entre las herramientas de trabajo y escondidas bajo mantas viejas, estaban las pocas pertenencias que había llevado en el Halcón y que ahora descansaban allí, para lo que pudieran servir.
Rey despejó una de las cajas y la abrió para descubrir los libros sagrados de los Jedi que Skywalker le había mostrado en Ankch-To.
No se lo había dicho a nadie, pero los había cogido prestados del templo Jedi antes de marcharse. Sabía que aquello podía considerarse un robo y que probablemente cualquier Jedi la castigaría por ello. Pero ya no quedaban Jedi y el último de ellos había renegado de la religión y sus enseñanzas. Y Rey necesitaba que alguien le explicara cómo funcionaba todo aquello de la Fuerza, aunque solo fuera para sobrevivir. Por eso, en un arrebato que sabía infantil, los había tomado prestados para estudiar sus enseñanzas. Tenía intención de devolverlos a su sitio cuando hubiese aprendido todo lo que necesitaba saber. Aunque ahora que Skywalker había muerto, no sabía si aquello serviría de algo.
Sacó uno de los libros, uno con las tapas de cuero de color granate, y empezó a hojearlo, en busca de algún apartado que hablase de las espadas de luz. Si lo que Rose decía era cierto y los mismos Jedi se fabricaban sus propias armas, los textos sagrados debían contener explicaciones de cómo hacerlo. Rey tenía los conocimientos en mecánica para poder llevar a cabo el proceso, pero lo que no sabía muy bien cómo resolver era el problema del cristal.
Pero cuando apenas había llegado a la mitad del volumen, la sintió: la perturbación en la Fuerza que enmudecía todo a su alrededor y le gritaba que ahora había alguien más con ella en aquella estancia vacía.
Cuando se volvió, dejando el libro sobre la caja, Kylo estaba allí.
Rey sintió un vacío en el estómago, una mezcla de alivio y repulsión al verlo.
No podía decir que en los días que habían transcurrido hubiese olvidado ningún detalle de su rostro, pero tenerlo de nuevo frente a ella lo volvía real, como si ahora despertase de un sueño.
Abrió la boca para decir algo.
Pero entonces él la cortó:
—Vete.
Rey frunció el entrecejo, sorprendida.
—¿Qué?
—¡Que te vayas! ¡No quiero verte! —repuso él, con un tono más brusco del que jamás había usado con ella.
Rey dio un paso atrás, casi por instinto.
Había rabia en la voz de Kylo, pero también desesperación y dolor. Y aquello la desconcertó. No era para nada lo que esperaba de su reencuentro. Aunque, pensándolo bien, ¿qué había esperado de su reencuentro?
Apretó los puños, confusa.
—¿Y qué te crees, que yo sí? ¡No he organizado esto! ¡Ni siquiera entiendo por qué sigue ocurriendo ahora que…!
Se mordió la lengua.
—Ahora que Snoke está muerto —completó él.
Y entonces, sin mediar palabra, Kylo dio media vuelta y echó a andar, alejándose de ella.
Una parte de Rey temió que aquella fuera la última vez que lo viera, que si él también cerraba la puerta, como había hecho ella, sus destinos se separarían para siempre. Y tuvo miedo.
—¿Adónde vas? —preguntó, por instinto, buscando de forma desesperada alargar un encuentro que en verdad no debía ser.
—Si me alejo lo suficiente, quizás deje de verte —repuso él, sin volverse.
Pero aquello no funcionaba así y aunque que Kylo seguía caminando en dirección opuesta, sus figuras no se alejaban. Por más que intentase apartarse, la Fuerza seguiría proyectándolo a metros escasos de donde estaba Rey.
Cuando lo comprendió, el caballero se quedó parado, dándole la espalda. Y Rey lo contempló en silencio durante mucho, muchísimo tiempo.
Al final ella dijo:
—Era lo único que podía hacer.
—¿Lo único que podías hacer era dejarme tirado en el suelo, rodeado de los cadáveres de mis aliados, para que los míos me acusaran de traición? —gritó él, furioso, volviéndose hacia ella.
—¡Querías matar a mis amigos!
—¡Tus amigos son mis enemigos! ¡Esa mentora tuya a la que tanto amas me abandonó cuando era un niño y me dejó a cargo de un hombre que quería matarme!
Rey se quedó muda ante la réplica de Kylo. Sin quererlo, se sintió reflejada en las palabras del caballero: se vio de niña, abandonada en el desierto por unos padres que no la querían, a merced de un hombre que la había esclavizado y la había obligado a trabajar de chatarrera, exponiéndola a peligros sin importarle lo más mínimo su supervivencia.
Y para cuando encontró las palabras para responder, ya era demasiado tarde porque la figura del caballero se había desvanecido ante ella, dejándola sola de nuevo.
