Predator

Por Krmenxita Stark


Disclaimer: El mundo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R.R Martin.

Aviso: Esta historia participa en el reto "No escuches el canto de las sirenas" del foro "Alas Negras Palabras Negras".

Criatura empleada: Vampiro.


Se ocultaba en las sombras que le proporcionaban los callejones de la ciudad. La aborrecía y también detestaba a su gente, siempre bulliciosa, siempre sucia y vulgar. El hedor de las heces y el sudor se mezclaban para crear una atmósfera casi insoportable que lo hacía arrugar la nariz constantemente.

Heces, sudor y sangre. Mucha sangre. En aquella caótica ciudad el olor a sangre era casi tan fuerte como el de la suciedad, y aquella noche, en medio del pánico y el miedo, ese aroma dulzón que tan bien conocía parecía llenar todo el lugar.

La oscuridad había caído sobre Desembarco del Rey junto a la tensión que el asedio del hermano del rey muerto había traído con él. Su ejército barría con los hombres en la costa, los gritos llenaban el aire y el fuego bailaba en el Aguasnegras.

Era su momento.

Salió de su escondite y caminó con la parsimonia de quien tiene todo el tiempo del mundo. Como si el caos reinante no lo perturbara. Unas figuras corrían a lo lejos, buscando el escaso refugio que sus casas podían brindarle. Sonrió. Si los soldados Baratheon no acaban con ellos, él lo haría.

Su garganta empezó a arder con anticipación cuando el olor de la muerte se extendió como una plaga. Levantó un poco la cabeza y olfateó con cuidado. Tres mujeres y un niño. El aperitivo perfecto para aquella noche de festejo.

Sus pies lo encaminaron hacia un conjunto de casuchas demasiado juntas entre sí. No se escuchaba nada más que los gritos de los hombres que morían defendiendo su ciudad, o atacándola. A él poco le importaba el ganador. Para cuando todo hubiese terminado, él ya se habría ido.

Encontró a las mujeres intentando calmar al crío, que lloraba llamando a su padre. Se acercó con sigilo, su capa ondeando tras él.

Cuando lo vieron acercarse ya era demasiado tarde. Una de las mujeres gritó, aunque no por mucho. Le rompió el cuello con una mano, mientras que a otra la tomaba del cabello para clavarle los colmillos en la yugular. La sangre empezó a manar de la herida, caliente y espesa, llenando su boca con el sabor metálico que tanto había ansiado en esos días. Estaba hambriento. Sediento. Y nadie iba a detenerlo.

La otra mujer todavía sostenía al niño, que ya había dejado de llorar y lo miraba con ojos enrojecidos y asustados. Volvió a sonreír, relamiéndose los labios manchados de carmesí. Se acercó con pasos lentos, con los ojos pálidos fijos en ellos, como un gato y su presa. Ellos ni siquiera se movieron. No opusieron resistencia. No tenían escapatoria.

No se dio cuenta de lo rápido que pasaron las horas mientras bebía hasta la última gota de sangre. Sólo cuando un rayo de sol le dio en el brazo provocándole ardor y una marca negra, supo que su noche había terminado.

El silencio lo siguió mientras se escabullía por las sombras de las calles vacías. ¿Cómo habría terminado todo? ¿Habría un nuevo rey ahora? Eso no importaba. El único ganador ese día había sido él. Mientras los hombres se mataban entre sí, sin importar los años que pasaran, él prevalecería.

Para siempre.


Historia rara y sin sentido, lo sé. Al principio estaba inspirada, pero las ideas van y vienen y al final me salió este bodrio.

Sorry.

Carmen.