Palacio-fortaleza papal de Aviñón, abril de 1327.

Gabriel había conseguido llegar al palacio regresándose por el mismo camino que había seguido desde el estanque en el claro del bosque hasta las cercanías de la ciudad. Cualquiera que hubiere visto a Gabriel con la sotana algo humedecida, su cabello algo alborotado y su cara de agotamiento y pasmo pensaría que le había sucedido algo. Simplemente quería olvidarse de aquel encuentro.

Esa noche soñó con él. No era él el que estaba en el estanque, sino que era el mismo Francis, incitándolo a entrar. Parecía una visión real, demasiado real, el susurro de los árboles, la luz del sol iluminando el estanque, y Francis totalmente desnudo, incitándolo a la lujuria, al deseo prohibido, lo hizo estremecer. ¿Era providencia de dios desear aquel francés indecente?, no lo sabía. En ese sueño se veía a sí mismo, solo cubierto por una capa de viaje y un jubón, sin su sotana roja, sin su báculo ni su capelo.

Desesperado se levantó de su cama, y en bata de dormir se dirigió hacia la enorme capilla ceremonial del palacio. El enorme edificio lucia lúgubremente, solo bañado por la luz de la luna que se filtraba por los ventanales. Gabriel se sentía agobiado, quería respuestas.

-Señor, tu que dictas la voluntad de los hombres, por favor ayúdame a sacarme a este francés depravado de la cabeza… -rogo el sacerdote italiano con humildad, de rodillas en el frio mármol de la capilla.

Repentinamente, una figura de un apacible anciano de barbas blancas, túnica blanca, y un aura dorada se aparece.

-que sucede, Gabriel, fillius mius.

Gabriel no podía dar crédito a sus ojos: era su primer superior, san pedro.

-tu eres…

-sí, el mismo, Petrus, Kefá, el portero del paraíso o como quieras llamarme tu primer superior.

-porque estás aquí.

-He visto el sufrimiento de mi cátedra y le he pedido a dios algo de tiempo para consolarte y reconfortarte un poco.

Gabriel necesitaba a alguien que escuchara sin que lo juzgase.

-a veces siento que no debería estar en este cargo, representando a la sagrada cátedra… pero Nono roma insistió en que yo debía representarles

-y lo has hecho bien Gabriel, pero ni los santos ni los hombres, ni las naciones, podemos evitar sucumbir ante las pasiones terrenales, solo dios nuestro señor es capaz de hacerlo, y acudiendo a él, tendrás fuerzas para soportarlo.

-Pero padre de padres, tu sabes bien que este tu siervo no ha querido ceder, pero cada vez que ese francés…

-¿te refieres a Francis?

-como sabe quién es.

-Soy san pedro, no lo recuerdas.

Gabriel no sabía si confiarle al primero de sus superiores los sueños que había tenido. El bondadoso anciano, quien ya sabía de antemano aquellos pensamientos le dijo.

-Amar no es pecado, pero cuando ese amor se convierte en deseo carnal, pasa de ser algo hermoso e inocente a ser algo completamente degradante y repugnante para ambos.

-lo se santísimo padre, pero yo no siento nada por él.

-no me mientas Gabriel, conozco bien a mi sede, y tu nono Roma no estaría orgulloso de que mintieras.

Gabriel sintió que algo le escocia en la espalda… ¿acaso sentía algo, algún sentimiento por Francis?, ¿fue solo conveniencia el salvarlo de aquel estanque o era por algo más? ¿Por qué se había dedicado a mirarlo de esa forma, después de haberlo sacado del estanque? Aun recordaba aquel momento: Francis echado en la hierba, desnudo, quejándose de dolor por su pie entumecido, pero sin embargo feliz de tener a Gabriel en las mismas circunstancias, el recostado a su lado, todo preocupado por lo sucedido, pero mirándolo fijamente como si deseara también algo… para luego fijarse en su propia desnudez y correr asustado a vestirse precipitadamente, mientras Francis seguía aun echado en la hierba.

Había sucedido lo mismo con lo del episodio de la uva, en la cual Francis lo había auxiliado. Sus miradas se cruzaron, y Gabriel no sabía lo que estaba ocurriendo. Fue más por instinto el que lo golpeara con su puño que con intención. Conocía de antemano la fama de degenerado que tenía Francia, por lo que se culpó así mismo por propiciar el incidente. Y luego sucedió lo del estanque. ¿Destino de dios o del diablo cruzarse con tan molesta nación?, naturalmente, estaba viviendo en Francia, y desde hacía más de 18 años sus superiores eran todos franceses, pero él le había dejado en claro a Francis que Aviñón y el condado Venesino le correspondían, y por tanto eran una casa aparte de la de Francia.

Decidió preguntarle a san pedro si volvería de nuevo a su añorada Roma.

-¿sabe cuándo regresare a Roma?…

-Pronto, mi querido hijo. La providencia divina enviara a alguien que te ayudara a convencer a mi sucesor de que regreses a la casa que te corresponde.

Gabriel sintió un pequeño soplo de esperanza, quizás aquella cautividad terminaría pronto, pero no sabría por cuanto tiempo seguiría viviendo en Francia, a pesar de no vivir en los mismos terrenos de Francis y el superior de este haberle cedido amablemente el condado Venesino. Sin embargo, esas eran las tierras de el, por lo que podría caminar con entera libertad, merodeando por las cercanías de la ciudad sin que Bonnefoy le pudiera decir algo, dado que ese terreno ya no hacia parte de Francia. Pero sin embargo, un impulso en su interior deseaba estar cerca de Francis; aquel deseo irrefrenable de la carne por aquel depravado y lascivo francés surgía lentamente, pero solo dios le daría fuerzas para no sucumbir ante el pecado.

-¿dios me perdonara por aquellos pensamientos?…

-Hijo mío, dios es un juez justo y te perdonara, lo importante es no sucumbir ante el pecado… recuérdalo, no como la cátedra de san pedro, ni como la santa sede, ni como el Vaticano, sino como el hombre que eres, mi querido Gabriel.

Luego, la figura del hombre desapareció con la luz de la luna.

Gabriel se levantó del piso de mármol de la capilla, sentía que se había librado de un enorme peso que le atormentaba, pero inevitablemente volvió a pensar en él. Francis parecía rondar por su cabeza martillándole desesperadamente sus deseos dormidos. El italiano se dirigió de nuevo hacia su habitación, aun agobiado por esos pensamientos perturbadores. Lo sucedido en ese estanque esa tarde no lo olvidaría con tanta facilidad.

"¿será, señor, que estaré destinado a unirme a Francia?, solo tú lo sabes, y solo tú puedes definir el destino de las naciones…" –reflexiono Gabriel mientras pasaba por el claustro del palacio-fortaleza pontificio, el cual estaba iluminado por la luz de la luna. En uno de los cuatro olivos del patio creyó ve a alguien.

Se acercó lo suficiente para ver una visión de Francis, atado a un árbol, semidesnudo y solo cubierto con un paño atado a su cintura. Parecía una suerte de san Sebastian, listo para ser asaeteado por las flechas. Sin embargo, el rostro del francés parecía no tener asomo alguno de piedad, ni de temor. Su rostro parecía extasiado en el placer, como si deseara entregarse a alguien.

"dios, debo estar alucinando" pensó el italiano al ver la irreal visión que tenía en frente.

El rostro de Francis se fijó en la mirada del italiano, y en un tenue susurro le dijo:

-Eu totus tuus, Gabriel, posesio meus corpus…

Si no había oído mal, le había hablado en latín. Hacía ya mucho tiempo que una persona que no fuera un eclesiástico le hablara en latín. Sintió un deseo irrefrenable de tocar ese esbelto cuerpo, pero al acercarse al olivo, aquel reflejo desapareció repentinamente.

Algo extraño le estaba pasando. Quizá estaba empezando a sucumbir ante el pecado, pero no le daría a Francis Bonnefoy la satisfacción.