El vestido que le había dado Kaede la hacía sentir diferente, y se notaba en su forma de bailar, ahora era sensual pero natural. Mientras seguía con su danza, hubo un momento en el que paró y se topó con una mirada dorada, le sonrió, aquel joven era sin duda apuesto.
De pronto, sus ojos se enfrentaron a otros de color rojizo, su cuerpo se tensó, esa mirada le provocaba pavor, regresó a su rutina de baile y trató de ignorar aquel joven de cabellera negra, y al momento de terminar su baile volvió a mirar al joven de cabello platinado y mirada ámbar, para dedicarle la última sonrisa de la noche.
Los aplausos no se hicieron esperar, y de inmediato comenzaron a arrojar monedas, agradeció la presencia de los espectadores, y se retiró.
Dentro de su camerino, se sentó y comenzó a cepillar su largo cabello, aún tenía la sensación de la mirada ámbar.
Kaede entró, se le veía bastante contenta y como no iba a estarlo, después del gran éxito que tuvo Kikyô.
-Estuviste magnífica-
-Gracias, Kaede-
-Y mira que público te tocó, hasta el rey, su hermano y su esposa vinieron a verte-
-¿En serio?-
-Sí, no me digas que no te has dado cuenta-
-La verdad no-
-Yo pensé que sí- dijo mirándola sorprendida –como estuviste sonriéndole al príncipe durante tu baile- sonrió
-¡Ese era el príncipe!- se sonrojó al pensarlo
-Claro, y el que estaba a su lado era el rey- comenzó a sacar el vestido cotidiano de la joven gitana.
"El joven de cabellera negra y de mirada intimidante, es el rey…" Kikyô al razonar aquello sintió como un miedo comenzaba a tomar posesión de su cuerpo. Era gitana y había aprendido a leer la mano, la esfera, las cartas, pero también sabía como saber leer la mirada de las personas, y lo que vio en la mirada del rey no fue nada agradable.
-Bueno, mejor nos vamos con nuestra gente- dijo sacando de sus pensamientos a la azabache –mañana de nuevo hay que trabajar-
-Sí-
Dos carruajes se dirigían al castillo, dentro de uno iba una pareja, la joven mujer miraba a su esposo, no sentían nada mutuamente quería poder alejarse de él. Mientras que el hombre se le notaba irritado, molesto. Aquella gitana, tan hermosa y sensual, se había limitado a verle solo una vez, mientras que a su medio hermano, le dedico varias sonrisas durante su baile.
En el momento que la vio danzar, sintió una terrible atracción hacia ella, quería que le mirase, pero a penas lo miró, se giró para evitarlo. Pero eso no se quedaría así, la volvería a ver, de eso no había duda.
En el otro carruaje iba un joven platinado, su rostro sereno como siempre, pero sus pensamientos no podían dedicarse a otra cosa o persona que fuera aquella joven gitana. Le parecía una muñeca de porcelana, danzando solo para él. Aquellas sonrisas que le dedicó lo hicieron estremecerse, quería verla, necesitaba verla.
Siempre era él quien cautivaba, pero esta vez fue al revés, fue cautivado por una joven tan diferente a cualquier otra chica que su padre hubiera elegido para el.
Continuará….
