Capítulo 4: Alea iacta est
¡Hola!
Aquí traigo una actualización. Este capítulo es un poco distinto, lo he concebido más como un capítulo de aventuras que como un capítulo "sentimental", ya que personalmente quería hacer una trama basada en Roma.
Espero que os guste.
Muchas gracias a /yai_iris por ser mi beta.
Disclaimer: Good Omens es propiedad de Neil Gaiman y Terry Pratchett. La serie es propiedad de Amazon.
Capítulo 4: Alea iacta est
Roma, año 64 d.c
El tiempo no dejaba de correr hacia delante. Desde que el Diluvio Universal borró toda huella de civilización, la historia humana había comenzado de nuevo con mucha más fuerza que antes. El nacimiento y la posterior muerte de Jesús trastocaron la historia de los mortales como ningún acontecimiento lo había hecho hasta ese momento. Su mensaje de "amaos unos a otros" que tanto sentido tenía para las criaturas celestiales parecía ser molesto para la gran mayoría de los hombres. Aun así, ese mensaje se había expandido por todo el mundo y había llegado hasta la mismísima Roma, la ciudad más importante de la tierra en esos momentos.
Precisamente en aquellos instantes Crowley-antes llamado Crawley, pero se cambió el nombre sonaba a arrastrado- se encontraba sentado en medio de la taberna de Petronio, uno de los mejores sitios de comida de toda la ciudad de Roma. Había quedado con Aziraphale y lo estaba esperando.
La primera vez que se habían encontrado en esa ciudad el ángel le había propuesto invitarle a comer ostras. Crowley había tenido que hacer grandes esfuerzos para reprimir la risa, y simplemente había mirado de forma divertida al ángel hasta que este se había dado cuenta del verdadero significado de sus palabras.
Al fin y al cabo en la cultura romana las ostras tenían un significado muy peculiar.
El paganismo había asimilado las ostras a la diosa Afrodita, la diosa del amor, la belleza...y también de la sexualidad. Invitar a comer ostras a alguien era lo mismo que decirle disimuladamente que querías mantener relaciones con él. Para cuando Aziraphale se había dado cuenta del doble significado ya era muy tarde. La cara del ángel había sido todo un poema. Sus mejillas se habían puesto completamente rojas y por un momento Crowley temió que fuera a desmayarse allí mismo. Él mismo hubiera soltado una sonora carcajada de no saber que eso solo haría sentir peor al ángel.
De modo que hoy nada de ostras.
Ángel y demonio llevaban ya unas cuantas décadas viviendo en la ciudad romana, al fin y al cabo era una ciudad con mucho ajetreo y había cantidad de hombres a los que poder tentar y bendecir. También era el lugar desde el cual se tomaban las decisiones que afectaban a todo el imperio. El emperador que en esos momentos ocupaba el trono se llamaba Nerón. Nerón había intentado ganarse el apoyo del pueblo repartiendo comida a los más necesitados y organizando varios espectáculos circenses con gladiadores, para dar la sensación de que su reinado iba a ser una época de paz. Pero nada más lejos de la realidad. El emperador era en realidad un tirano que quería gobernar en solitario y sin ayuda del senado.
Además, también estaba el problema de los cristianos, que era lo que verdaderamente mantenía ocupado a Aziraphale. En menos de 30 años los seguidores de Jesús se habían expandido desde la zona de Galilea a Roma, constituyendo su propia comunidad dentro de la ciudad. Eran tratados como unos parias porque no reconocían la autoridad del emperador y no participaban de la religión pagana del pueblo llano, lo que frecuentemente ocasionaba disputas entre estos y las autoridades romanas, pues el emperador era una figura sagrada que debía venerarse como si se tratara de un dios. Los cristianos estaban en el punto de mira de la sociedad y cualquier pequeño error que cometieran podría bastar como pretexto para liquidarlos a todos.
Crowley tuvo que interrumpir esos pensamientos tan poco alentadores cuando sintió un aroma muy peculiar en el ambiente. Era dulce y tranquilizante, como el olor de los prados al amanecer. Indudablemente era de Aziraphale. El ángel llegaba puntual como siempre a la taberna. Saludó al dueño de la misma con unas amables palabras y luego buscó con la mirada al demonio pelirrojo. Crowley le hizo una señal levantando la mano con la que sostenía un vaso de vino. Aziraphale se acercó hasta él con una sonrisa, de verdad se alegraba mucho de verle. Siempre era bueno saber que no eras la única criatura sobrenatural que se paseaba por el mundo como si nada.
-¡Crowley! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué tal has estado todo este tiempo? Me sorprendió mucho recibir tu carta, creí que estabas con las tropas conquistando nuevos territorios en el este del continente.
-Si, lo estaba, pero ya me he cansado de ir recorriendo Europa de un lado a otro. Hacer la guerra es mucho menos divertida que planearla. -Dijo el demonio con una pícara sonrisa.- Prefiero quedarme junto al emperador y susurrarle al oído.
-¡Vaya!-Aziraphale lanzó un silbido de admiración.-Así que ¿Ahora eres uno de los consejeros de Nerón?
-Pues si, no fue difícil colarme dentro de su círculo personal. Solo necesitaba aparentar ser alguien con mucho dinero y pocas ganas de llevarle la contraria. Aparte de ser amigo personal de su madre, claro. Una pena que la mandara ejecutar, me caía bien Agripina.
-Ahora entiendo por qué el emperador ha tomado últimamente decisiones tan moralmente dudosas.-Dijo el ángel, con un tono de voz que pretendía ser reproche pero que finalmente se quedó en un simple comentario acompañado de una expresión de puchero.
El demonio soltó una pequeña carcajada. Era adorable ver cómo el ángel intentaba regañarle, aunque sin mucho éxito.
-Conocí a Nerón poco tiempo después de que subiera al trono. Pensé que estando cerca del emperador mi trabajo de tentarle sería mucho más sencillo. -Explicó el demonio.- Pero no he necesitado hacer ningún esfuerzo con él. Es un hombre con unas ideas…digamos…muy originales.
El ángel negó con la cabeza mientras le miraba de forma horrorizada.
-Creo que tenemos distintos puntos de vista sobre eso.
Nerón no tenía fama de ser precisamente un buen emperador. No estaba tan loco como Calígula, eso sí, e intentaba ganarse el favor de las clases populares mediante juegos circenses y reparto de comida, pero había ordenado el asesinato de su madre y del amante de la misma solo porque le molestaba su presencia. Alguien que llevaba a cabo tales acciones no podía estar muy cuerdo.
-Por cierto.-El demonio tomó con suavidad el brazo del ángel. Aziraphale se dejó hacer, con el paso del tiempo había perdido todo temor a que el demonio le tocase. Gabriel y los demás le habían infundido un temor injustificado a mantener contacto con los caídos.- Hoy la cuenta corre de mi cargo, puedes pedir todo lo que quieras. He escuchado que Petronio está haciendo platos nuevos con los productos que han traído de Anatolia. Y así mientras comes voy a contarte algo interesante.
Esa última frase preocupaba un poco a Aziraphale, ya que cuando el demonio tenía que contarle "algo interesante" normalmente se trataba de bromas de mal gusto o de la próxima desgracia que pensaba desatar contra alguna desgraciada alma descarriada. No es que Crowley causara demasiados problemas, de echo parecía que se tomaba con demasiada ligereza los trabajos que le encomendaban, pero no dejaba de ser un demonio y sus noticias en la mayoría de las ocasiones eran poco agradables de escuchar.
A pesar de ello decidió aceptar la invitación, pues Aziraphale era incapaz de negarse a un gesto de amabilidad y menos a uno que venía de manos de un demonio. Atesoraba los pequeños detalles que tenía Crowley con él, eran como una chispa de bien que él quería mantener y aumentar.
-¡Ah! No sabía que tenían platos nuevos, este Petronio siempre anda innovando en la cocina. Pediré lo mejor que tenga, estoy hambriento.
Por supuesto, los ángeles nunca sentían hambre. Era sabido por todos que ni los ángeles ni los demonios necesitaba alimentos para sobrevivir. Los demonios se alimentaban de maldad. La gracia de Dios era lo único capaz de saciar a las almas celestiales y preferían mantener inmaculado el "templo" de sus cuerpos. Sin embargo, Aziraphale había desarrollado un nuevo pasatiempo en la tierra: La comida. O como le gustaba llamarlo a él, el "turismo gastronómico". Cada vez que visitaba un sitio nuevo probaba la comida típica de aquella región. Consideraba aquello como una forma de conocer la vida y cultura del lugar, aparte de la oportunidad de poder entablar conversación con gente nueva. Había probado el jabalí asado de los bosques de centro Europa, los dátiles de Egipto y distintos platos de arroz orientales. Su sitio favorito de Roma era la taberna de Petronio, porque ese había sido el primer lugar al que había ido a comer cuando llegó a la ciudad. Aunque tampoco le hacía ascos a las distintas tabernas que había en el puerto y en el foro.
Crowley se había aprovechado de esa situación y tras haber observado durante mucho tiempo al celestial había concluido que la forma más rápida de llegar al corazón del ángel era a través de la comida. Era un poco raro, pero Aziraphale ya había dado sobradas muestras de ser único entre los suyos. Por eso cada vez que tenía algo importante que contarle lo invitaba a comer.
Mientras esperaban la comida charlaron acerca de las últimas noticias del imperio: que si la región de Britania se había rebelado, que si la zona de Partia volvía a estar en paz, que si los rumores afirmaban que una tribus germanas tenían intención de moverse junto a la frontera de Roma…Asuntos del imperio que realmente no les interesaban demasiado. Al fin y al cabo el mundo era mucho más que Roma. Poco rato después el propio Petronio se acercó a la mesa con un plato que contenía un trozo de carne asada. Aziraphale pudo por fin degustar una ración de cordero al horno, mientras que Crowley simplemente se conformó con volver a llenar su vaso de vino.
-¡Está delicioso!-Exclamó el ángel llevándose una mano a la mejilla.-¡Crowley, deberías probarlo!
-La comida no es algo que llame mucho mi atención. Prefiero una buena bebida.-Dijo, agitando el vaso con el líquido rojo. El demonio no era muy amigo de la comida, pero había desarrollado una gran afición por las bebidas alcohólicas.
Cuando ya casi había terminado con el trozo de carne, Crowley, que estaba sentando enfrente suyo, se levantó y se colocó a su lado mientras miraba hacia ambos lados.
-¿Qué intentas encontrar?- preguntó el ángel.
-Compruebo que no hay espías del emperador ni de la facción de los nobles en esta taberna. Sería un fastidio si escuchasen lo que te voy a contar.
En el fondo de su ser Aziraphale deseaba que cuando se reuniera con el demonio para comer no fuera para hablar sobre sus respectivos trabajos o para comunicarle una mala noticia, sino simplemente para charlar como dos buenos conocidos. Como dos buenos amigos.
Si es era posible considerar que existía una amistad entre ellos, claro.
El ángel tragó lentamente el último trozo de carne de su plato y se limpió la boca con parsimonia.
-Claro, para eso me has citado aquí ¿No? ¿De qué se trata?
Crowley volvió a mirar a ambos lados para asegurarse de nuevo de que no había ningún espía -humano, infernal o celestial- que pudiera estar escuchándole. Después se inclinó junto al oído del ángel, que se acercó más a él para captar con todo detalle sus palabras.
-Los nobles están pensando en prenderle fuego al templo de Júpiter.
-¿¡Qué!?-Aziraphale pegó tal grito que varias personas que estaban en la taberna se volvieron para mirarle.
-¡Shhh, baja la voz!-Le regañó Crowley, muy molesto por la reacción del ángel.
El templo de Júpiter era uno de los edificios más importantes de la ciudad. Era el símbolo de su poderío militar y un símbolo del emperador, que se asociaba con este dios.
-¿Por qué iban a hacer algo así?-Volvió a preguntar Aziraphale, esta vez bajando la voz.-Pegar fuego a un templo no está nada bien, ni aunque se trate de otro dios…¿Has sido tu quien les ha metido esas ideas en la cabeza?
-¡Por favor! ¡Por supuesto que no!-Crowley parecía indignado.-Una cosa que es que haya crispado los ánimos entre los nobles y otra muy distinta que les haya alentado a prenderle fuego a la ciudad. Me gusta Roma, es lo mejor que han hecho los humanos desde que aprendieron a extraer el mosto de las uvas para hacer el vino. Pero ahora los nobles quieren apartar a Nerón de su cargo y para ello planean acusarle de provocar el incendio. Es la excusa perfecta para que el pueblo se rebele contra él. Aunque no se si lo han pensado bien, la verdad, el emperador es demasiado inteligente y tratará de echarle la culpa a alguien más ¿Lo captas?
Aziraphale pensó detenidamente en aquello. El corazón humano poseía luces y sombras a partes iguales. Los humanos actuaban de forma maligna o benévola sin que ellos estuvieran de por medio. Pero esta vez se trataba de algo muy grave. Roma era la ciudad más poblada del mundo y podían morir muchísimas personas si ese incendio se llevaba a cabo. Además, eso complicaría mucho sus planes de que la comunidad de cristianos se hiciera más grande.
-Si el incendio se lleva a cabo y los nobles acusan al emperador, este buscará un chivo expiatorio al que culpar.-Razonó el ángel.-Y mucho me temo que tal y como están las cosas ese chivo expiatorio serán los cristianos de esta ciudad.
-¡Exacto! Empiezas a entender de qué va el asunto.-El demonio tomó su vaso de vino y dio un gran sorbo hasta casi apurarlo del todo. Cuando se lo hubo terminado volvió a dejar el vaso sobre la mesa y miró al demonio por encima de los anteojos, para que pudiera ver la seriedad con la que brillaban sus ojos de serpiente.-Mi deber consistía en mantener al "loco" de Nerón en el poder y la tuya en proteger a los cristianos. Estamos ante una situación que no beneficia a ninguno de los dos. Por eso creo que esta vez debemos trabajar juntos para evitar que se produzca ese incendio.
El ángel resopló, indignado. Ahora comprendía por qué el demonio parecía tan impaciente por hablar con él. Si lo hubiera sabido antes esa conversación no se estaría produciendo.
-¡No puedo creerme lo que estás diciendo! Una cosa es que podamos ser amigos, pero en última instancia somos un ángel y un demonio, está prohibido que nos involucremos con la competencia.
-Bajo mi punto de vista ahora mismo no somos la competencia de nadie -Replicó el demonio.-, sino que nuestra competencia son todos esos nobles que van a frustrarnos el trabajo que nos han encargado. Además, ni que fuera la primera vez que intentamos resolver un problema colaborando juntos ¿O ya se te ha olvidado lo que ocurrió con el unicornio?
-No se puede llamar "colaborar" a lo que hicimos en Mesopotamia. Solo fuimos juntos a buscar al unicornio porque los dos teníamos el mismo objetivo. -Puntualizó Aziraphale para evitar admitir que sí habían formado equipo y que su conciencia siguiera tranquila. Nunca olvidaría la conversación que mantuvieron en la cueva mientras esperaban a que amaneciera. Crowley le había contado la historia acerca de cómo se convirtió en un ángel caído y él había terminado derramando lágrimas por primera vez en toda su existencia. Desde ese momento había comenzado a desarrollar cierto afecto por el demonio y ya no lo veía como un ser desalmado.
Pero ese afecto se iba a desmoronar bien pronto si Crowley seguía insistiendo en su descabellada idea.
-¿Y ahora no está ocurriendo lo mismo?-Trató de convencerlo Crowley.- Ángel, a mí me gusta tan poco como a ti la idea de que Roma se prenda fuego, ya te lo he dicho. Tenemos unas órdenes que cumplir y no podemos hacerlo solos ¿Qué hay de malo en lo que te estoy proponiendo?
-Parece mentira que me estés haciendo esa pregunta ¿Te parece suficientemente malo recibir una reprimenda de parte de nuestros superiores?
-¿Eso es lo único que te preocupa? Nadie tiene por qué enterarse. Sería mucho peor que les enviásemos un informe donde tuviéramos qué explicar por qué no está hecho el trabajo.
Los razonamientos que el demonio le daba estaban siendo bien argumentados, pero Aziraphale seguía negándose a romper las reglas. Ya había dudado de su cometido en el jardín del Edén y lo único que había ganado había sido la pérdida de una de sus plumas -hacía unas cuantas décadas que se había dado cuenta de que a su ala derecha le faltaba una pluma- y que le enviaran de forma indefinida a la tierra. De esto último no podía quejarse, pero no tenía la más mínima intención de recibir otro castigo divino, ni menos aún de que lo expulsaran del cielo. Le gustaba ser un ángel.
De modo que decidió zanjar aquella cuestión lo más rápidamente posible y con toda la delicadeza de la que disponía.
-Por favor, te ruego que no vuelvas a insistirme en este asunto. No puedo, Crowley, no podemos hacerlo. Trataré de buscar una solución hablando con el senado, les insistiré en el tema de los cristianos. Tú puedes tratar de hablar con los nobles para que entren en razón. Así es como nos enseñaron que debemos hacer las cosas.
Aziraphale se limpió la boca con un pedazo de tela -era demasiado educado como para hacerlo con la túnica como la mayoría de gente- y se levantó para salir de allí. Dio unos cuantos pasos hacia la puerta, pero de repente se paró y volvió a girarse hacia el demonio.
-Crowley…
-¿Si?-Preguntó el demonio, aún esperanzado.
-Gracias por la comida.- Y dicho esto se fue.
Crowley se quedó sentado junto a la mesa durante un rato más, observando cómo el ángel se alejaba de allí. Una vez que lo hubo perdido de vista, chasqueó la lengua y dio un pequeño golpe sobre el tablón de madera. Nada le fastidiaba más que tener que discutir con el ángel, al que había llegado a apreciar con el paso del tiempo. No entendía por qué se negaba de forma tan tajante a colaborar con él ¿Acaso no le había demostrado a lo largo de los siglos que no tenía la más mínima intención de hacerle daño? Parecía que aquello no era suficiente.
Y aún así, cuanto más se negaba el ángel, con más fuerza le insistía Crowley. Sabía que aquello se debía a su naturaleza demoniaca y a que odiaba recibir un "no" por respuesta, mas comenzaba a sosprechar que había algo más dentro de todo aquello. Que Aziraphale se negara a colaborar con él y por ende rechazara su compañía era algo que lo molestaba. Tal vez porque era el único ser en la tierra que era mínimamente parecido a él.
Pero en fin, si no quería saber nada de un acuerdo él se lo perdía. No iba a rogarle, los demonios no rogaban ni pedían las cosas por favor, solo exigían y tomaban las cosas aunque fuera incluso por la fuerza. Que se las apañara como pudiera para proteger a sus cristianos, él tenía que reunirse con Nerón para intentar convencerle de que no saliera de Roma aquella tarde. Y sabiendo lo testarudo que era el emperador no iba a ser una tarea fácil ni rápida.
Aquella tarde también había sesión de control en el senado. Aziraphale se había camuflado como uno de los senadores para poder tener acceso a información privilegiada. Prefería hacerlo de esa manera, como si fuera una espía, para no tener que controlar mentalmente a nadie y obligarle a revelar información por la fuerza. Eso era cosa de demonios. Lo que se debatía aquella tarde era si los cristianos debían ser tratados como enemigos de Roma o no. Algunos senadores estaban a favor porque pensaban que con su negativa a adorar al emperador estaban cuestionando uno de los pilares del imperio romano. Otros estaban en contra porque los consideraban inofensivos, un pequeño grupo de chalados que pronto se acabarían disolviendo. Aziraphale sabía que eso no sería así, estaban llamados a ser la mayor comunidad del mundo durante siglos. Tras un arduo debate no fueron capaces de ponerse de acuerdo sobre sus posturas y dejaron esa cuestión sin resolver. Eso eran malas noticias para el ángel. Si se desataba el incendio los suyos iban a quedar muy comprometidos.
En la otra punta de la ciudad, Crowley se hallaba en el palacio personal de Nerón. El emperador le caía realmente bien, debía reconocer que tenía su chispa -aunque no tanto como Calígula-, pero en esos momentos deseaba que fuera un poco menos cabezón y sí un poco más cooperativo.
-Señor, tal vez deberíais posponer vuestro viaje a la ciudad de Antium hasta que pase un tiempo. Los nobles están muy alterados.-Trataba de sugerirle Crowley.
Nerón ni le miró. El emperador, vestido de púrpura y con una corona de hojas de laurel doradas sobre la cabeza, tocaba la lira mientras contemplaba la ciudad desde la ventana.
-No hay de qué preocuparse, mi querido amigo-Respondió Nerón mientras tañía los acordes de algún poema épico.- La vida es corta y debemos aprovecharla al máximo. Los carruajes y las provisiones ya están preparados. Dejemos que esos nobles hablen lo que quieran, mi viaje no se va a retrasar.
Crowley estuvo muy tentado de chasquear los dedos y ejercer sobre él una suerte de control mental, pero sabía que hacer eso estaba prohibido. Los demonios podían susurrar al oído de los hombres para que cometieran pecados, podían sugerirles barbaridades, pero en última instancia no podían obligarlos a nada. Y aunque la situación era de urgencia, Nerón no iba a ser una excepción.
De modo que siguió intentando hacerle cambiar de idea.
-Emperador...-Susurró el demonio con la más dulce de las voces.- ¿Qué tiene Antium que pueda envidiarle a esta ciudad? Nada en absoluto. Además ¿No es más prudente "despejar" primero vuestro camino de rivales para así estar seguro de que no vais a encontraros una rebelión a vuestra vuelta?
-Te preocupas demasiado.-Nerón volvió el rostro para hablar con Crowley. El emperador tenía los cabellos rizados y una abultada papada. No era lo que el demonio consideraría como "atractivo", pero quien era él para juzgar la belleza ajena.- Todo va a estar bien. Es voluntad de los dioses que yo gobierne Roma, ellos me protegerán.
El pelirrojo casi soltó una carcajada ante aquellas palabras.
-Aun así no se debe confiar tanto en las fuerzas de arriba. Nunca ayudan lo suficiente.
-¡Tonterías! No hay que ser tan pesimista. Anda, ve y ayuda con los preparativos del viaje. Y déjame solo, creo que estoy a punto de componer una nueva canción.
Que no se dijera que no lo había intentado. Los humanos como Nerón estaban condenados al fracaso, de eso no había duda. Y no podía decir que fuera a sentir pena por lo que le iba a pasar.
Crowley salió de la estancia maldiciendo por lo bajo. Se quitó las gafas y llevó una mano a su frente. Sus planes no estaban saliendo para nada bien. Una mujer que pasaba por allí cerca pegó un grito al ver los ojos reptilianos del demonio. Crowley se aseguró de dejarle sin voz para que no pudiera contarle a los demás lo que había visto, tal era su grado de enfado.
El emperador le había ordenado que viajase con él ¿Pero desde cuando cumplía Crowley con diligencia las órdenes de sus superiores? Hacía siglos que se había relajado en sus obligaciones.
Tras el desastre en el senado Aziraphale había decidido cambiar de táctica para evitar que los cristianos fueran señalados como causantes del incendio: los alertaría de que debían de salir de la ciudad y así se salvarían de la acusación.
Solo tenía que ir a las catacumbas y hablar con el Papa Lino, el actual líder de los cristianos. Debía persuadirle de abandonar Roma. Solo persuadir, ya que en ningún caso podía violar el libre albedrío de los humanos.
Aziraphale caminó por toda la ciudad hasta llegar al cementerio. Allí buscó entre las tumbas una que tuviera algún símbolo extraño. Al fin encontró la que estaba buscando: una tumba con al dibujo de unos panes y unos peces. Esos eran algunos de los símbolos de Jesús. El ángel levantó la losa de la tumba sin mucha dificultad y no halló un nicho, sino unas escaleras que descendían hacia el interior de la tierra. Una entrada a las catacumbas. Poco a poco bajó los escalones y se encontró en un túnel con distintas salidas. A lo lejos escuchó unas voces y decidió seguirlas, pues lo que se oía eran rezos al señor. Tras caminar durante un rato en el oscuro túnel por fin se hizo la luz. El ángel entró en una pequeña estancia donde hombres y mujeres se encontraban arrodillados frente a lo que parecía ser un altar. De pie frente a ellos estaba Lino, el papa de Roma, oficiando una misa. Aziraphale se estremeció ante el aura de piedad y devoción que impregnaba aquella estancia, pero no podía perder el tiempo recreándose en ella. Esperó lo justo y necesario a que Lino terminara de oficiar la ceremonia y enseguida se acercó para hablar con él.
-Ah, hermano Aziraphale.-Lino lo recibió con una sonrisa. A pesar de que se trataba de un hombre entrado en años gozaba de una gran salud y vitalidad.-¿En qué puedo ayudarte? ¿Has venido para hacerme alguna consulta!
-¡No esta vez hermano Lino! ¡Escuchad, estáis todos en un gran peligro!-Dijo Aziraphale a voz en grito y agitando los brazos.- ¡Tenéis que venir conmigo!
Tras esas palabras se hizo el silencio. El ángel empezaba a pensar que tenía que haber dicho las cosas de manera más calmada y con menos urgencia, ya que ahora lo único que veía a su alrededor eran rostros de incredulidad.
-¿Cómo dices?-Volvió a preguntar Lino.-¿De qué estás hablando?
-Hablo de que los nobles piensan prenderle fuego a los edificios más importantes de la ciudad.-Explicó el ángel. Ya daba igual ser tan directo, no había tiempo que perder.- Os van a acusar a vosotros de haberlo provocado, pero yo puedo sacaros de la ciudad antes de que eso suceda.
-¿Cómo sabes tú eso?-Preguntó una de las mujeres del grupo de fieles, muy extrañada.
-Soy miembro del senado, he oído rumores. -Respondió Aziraphale.
Aquella respuesta no pareció contentar a todo el mundo. En aquellos tiempos era difícil saber en quien se podía confiar y en quién no. Las traiciones abundaban en la ciudad del Lazio.
-Por favor.-Suplicó Aziraphale.-Sois los portadores del mensaje de Jesús, debéis manteneros a salvo.
Por suerte la relación de Aziraphale con Lino era muy cercana, y tras unos segundos de consulta el papa decidió hacer caso de las palabras del ángel. Intuía que había en él algo que era de esencia divina.
-Estoy de acuerdo en seguir sus consejos . Vamos, coged todo lo que podáis, debemos marcharnos enseguida.
Respirando mucho más aliviado, Aziraphale les ayudó a recoger todo aquello que era de valor -los óleos y algunas reliquias- y abandonaron aquella sala. El ángel los guio a través de los túneles. Los allí presentes podían jurar que sobre sus cabezas brillaba una tenue luz que les ayudaba a ver el camino, pero por supuesto nadie sabía que aquello era obra de Aziraphale. Habrían recorrido ya unos dos kilómetros cuando el ángel les pidió que se quedaran en silencio. Había encontrado la salida que estaban buscando. En una de las paredes del túnel había una tela amarillenta con el dibujo de un cordero. Aquello tenía que indicar que estaban cerca de la salida de la ciudad. Aziraphale corrió la cortina y una ráfaga de aire frío le azotó la cara. Era el sitio adecuado. Indicó a los demás que le siguieran. Poco a poco todo el grupo de cristianos fue saliendo y se quedaron a oscuras en un sitio que no podían identificar. Solo sabían que se trataba de un espacio muy grande.
-¿Estás seguro de que es por aquí?-Preguntó Lino.
-Claro que si, esta es la salida que nos llevará a las afueras de la ciudad. Además, Dios guía mis pasos y no dejará que le ocurra nada malo a sus fieles.-Respondió el ángel con la más tierna de las sonrisas.
Aquel comentario enterneció a todos los allí presentes. Sin embargo, de repente se escuchó un monstruoso estruendo y se produjo un estallido de luz. Un olor a quemado inundó todo el ambiente. La luz les dejó ver que no estaban en ningún lugar a la intemperie, sino en un templo de gigantescas proporciones con una colosal estatua de Júpiter en uno de los laterales.
Aziraphale quería que su alma abandonara su cuerpo en ese preciso instante. Su sentido de la orientación nunca había sido muy bueno, y mucho menos si tenía que caminar a oscuras, pero esperaba que en aquella ocasión la divina providencia actuase y le echara una mano.
Parecía que no había sido así, porque habían acabado en el templo de Júpiter justo cuando el incendio acababa de comenzar.
Aquello ya era tener muy mala suerte.
Finalmente Crowley había logrado burlar la orden del emperador de acompañarle en su viaje. Había alegado que le dolía mucho una pierna, y en cuanto el emperador había puesto un pie fuera de la ciudad él había salido del palacio para tratar de parar el incendio que se iba a producir. Si Aziraphale no quería colaborar pues allá él. De todas formas trabajaba mejor solo.
Corrió en dirección al foro, al centro de la ciudad. Con un poco de suerte tal vez la oposición estuviera debatiendo dentro de uno de los edificios principales. En esta ocasión no le importó demasiado que sus preciadas gafas salieran volando por el camino. Pero justo entonces un olor a quemado comenzó a inundarle las fosas nasales. No podía creerse que los nobles hubieran sido tan rápidos, ya que hacía apenas horas que Nerón no estaba en la ciudad. Unos tipos muy competentes que tenían claras sus ideas, pensó con una sonrisa, aunque la situación no era la propicia como para regocijarse. Por las calles se oían gritos y se veía a la gente corriendo alborotada de un lado a otro.
Por fin llegó al centro de la ciudad. Nubes de humo comenzaban a salir no solo del templo de Júpiter, sino también de los edificios colindantes. Crowley vio el interior del templo en llamas, el incendio más horroroso que había contemplado en toda su existencia tras lo sucedido en Sodoma y Gomorra. Las estatuas de los dioses paganos ardían, las llamas lamían con sus lenguas de fuego las columnas de oro y mármol. Era como una especie de pequeño infierno en la tierra.
Y dentro de ese infierno sintió algo. Un olor, una presencia que le resultaba familiar. Una oleada de amor y esperanza llegó hasta él y lo golpeó directamente en toda su esencia. Comprendió que se trataba de Aziraphale, y también comprendió, con horror, que el ángel se encontraba atrapado dentro de aquel templo. Probablemente estaría ayudando a la gente que se había quedado rezagada, sin medir las consecuencias que ello podía tener. Solo el fuego infernal podía destruir su alma, pero el fuego de los hombres podía destruir su cuerpo mortal y eso sería algo que le causaría grandes problemas. Además, los ángeles no destacaban precisamente por su resistencia a las llamas. Aquello podía acabar muy mal para Aziraphale.
-Oh, ángel testarudo.-Gimió- ¿Por qué no me has hecho caso y te has ido lejos de aquí?
El instinto de demonio de Crowley le decía que aquello era bueno, que sus problemas con la competencia iban acabar muy pronto. No tenía la necesidad de ayudar al ángel ¿Para qué? Ya había rechazado colaborar con él en múltiples ocasiones. Lo que le ocurriera por no haber seguido su consejo no era cosa suya. Sin embargo, extraña sensación comenzó a apoderarse de él y se agarró con fuerza a sus entrañas. Hacía mucho que no la sentía, y se trataba de angustia. Una angustia afixiante que le gritaba que debía meterse en las llamas y comprobar que el ángel seguía de una pieza. Desde que le conocía, Aziraphale le había ayudado y se había preocupado de forma genuina por él. Y no lo había hecho porque fuera un ángel, sino porque realmente quería hacerlo, ya que los ángeles y los demonios no podían ser amigos. Él le había protegido de la lluvia en el jardín del Edén, le había ayudado a buscar el último unicornio que se escapó del Arca de Noé, había estado a su lado cuando el mundo se había inundado por el diluvio universal y también cuando la vida había comenzado de nuevo. Crowley siempre le buscaba, tal vez porque era la única persona en ese mundo que se parecía un poco a él, o al menos la única persona que provenía de su mismo plano. Los dos estaban allí para cumplir el mismo cometido, y aunque Crowley a veces no tenía ningún interés en cumplir sus tareas, le admiraba lo mucho que se empeñaba el ángel en cumplir su misión, aunque esta careciera de sentido. Por eso tenía que ayudarle, porque si no se quedaría solo en la tierra.
Sin pensárselo dos veces se internó en el templo en llamas. Apenas podía ver nada por el humo, pero las oleadas de amor y compasión que emitía el ángel le guiaron hasta el lugar donde se encontraba. Tal y como se había imaginado, Aziraphale intentaba conducir a un grupo de personas hacia un lugar seguro, pero las llamas les habían cortado el paso y ahora todos ellos se encontraban arrinconados contra uno de los muros. Era muy difícil que un milagro les salvase en aquella situación, y por la cara de agotamiento que portaba el ángel podía imaginarse que ya había realizado unos cuantos. Crowley chasqueó los dedos y al instante un pasillo se abrió entre las llamas. El demonio se apresuró a acercarse al ángel y al aterrado grupo de personas que allí estaban.
-¡Aziraphale!-Gritó en medio del humo y las llamas.-¡Por aquí!
El ángel, que llevaba la cabeza cubierta con parte de la toga blanca, tardó apenas unos segundos en descubrir quien le estaba llamando, y cuando lo hizo sus ojos se abrieron por la sorpresa.
-¡Crowley!
-¡Deprisa! ¡Lleva a toda esta gente afuera por el camino que he abierto! ¡Vamos, no podré seguir manteniéndolo abierto mucho más tiempo!
Aziraphale obedeció y se apresuró a guiar a los cristianos fuera del templo. Crowley miró entonces a su alrededor, observando cómo las llamas seguían devorando implacables el templo. Era una lástima que todo ese arte fuera a perderse, porque aunque fuera arte de "paganos", tal y como le llamaba el ángel, era un desperdicio material enorme. No pudo seguir pensando en ello mucho más, ya que sintió una mano en su hombro y al girarse se encontró con Aziraphale, quien le suplicó que saliera con ellos. Ángel y demonio salieron de aquel incendio y, una vez que hubieron comprobado que todos estaban a salvo, se alejaron de allí para comprobar las consecuencias del incendio. Se transportaron a una de las colinas que había alrededor de la ciudad, y cual fue su sorpresa al comprobar que más de cuatro distritos de Roma ardían sin control.
Ambos se quedaron callados, sintiendo que todo aquello era en parte culpa suya. Sabían lo que iba a pasar y aún así no habían sido capaces de colaborar para evitar el desastre.
-¿Deberíamos intentar pararlo?-Preguntó Crowley.- ¿Tu o yo? Con un par de milagros de cada uno puede que baste.
-Haría falta una intervención divina para arreglar lo que está sucediendo, Crowley.-Respondió el ángel con profunda tristeza.
Los ojos amarillos del demonio contemplaron las llamas. Sin embargo, sus pensamientos no estaban puestos en el fuego. Aún se planteaba si haber ayudado al ángel era algo correcto o incorrecto, pues de ser bueno podría tener problemas. A simple vista ayudar a alguien era considerado un gesto de amabilidad, pero en esas circunstancias socorrer al ángel no había tenido ningún resultado, pues él tampoco había cumplido su objetivo. Se dio cuenta de que no había pensado en las consecuencias de sus actos, sino que simplemente se había lanzado a por su amigo. Cuando se trataba de él lo demás carecía de sentido. No era propio de un demonio pensar y actuar así, pero en el fondo no podía decir que se arrepentía de ello.
Escuchó al ángel carraspear antes de dirigirse a él.
-Gracias por…-Comenzó a decir Aziraphale.
El demonio hizo un gesto con la mano para que no siguiera hablando.
-Oh ángel, cállate, no quiero escucharlo. Al fin y al cabo ninguno de los dos hemos salido beneficiados de todo este asunto.
Aziraphale debía reconocer que eso era verdad. No solamente Roma estaba ardiendo hasta los cimientos, con la consiguiente pérdida de vidas humanas y edificios valiosos, sino que para colmo los planes de cada uno habían quedado totalmente frustrados.
Tenían motivos de sobra para empezar a ponerse muy nerviosos.
-Ah…-Suspiró el ángel.-Voy a tener que enviar un montón de papeleo explicando por qué ahora a los cristianos se les persigue en Roma.
-Y yo voy a tener que hacer un informe muy elaborado mintiendo acerca de por qué se han quemado los templos paganos.
-Ni lo menciones.-Murmuró Aziraphale.
La expresión del ángel era de tal desolación que el demonio, lejos de sentir satisfacción, sintió un ligero atisbo de pena. Aziraphale se veía miserable con sus habitualmente blancas vestiduras tiznadas de negro por el humo. Sus manos entrelazadas temblaban mientras que sus labios se movían en una oración silenciosa. Sus ojos brillaban, y Crowley adivinó que el ángel estaba dudando de si había hecho lo correcto.
El demonio vio en ese gesto de debilidad una oportunidad para volver a insistir en su idea de llegar a un Acuerdo, pero decidió posponer la charla. Tenía mucho tiempo para volver al tema, y el ángel ahora mismo necesitaba algo de ánimo.
-Que quede claro que nunca, y repito, nunca, voy a volver a salvarte de un incendio.
No era la mejor forma de animar a alguien, pero Aziraphale captó el gesto y le devolvió una tímida sonrisa.
-Claro, no es necesario que lo hagas. Se cuidar de mí mismo.
Crowley quiso reírse ante esas palabras, pero logró contenerse. Si algo sabía de Aziraphale es que era tan bondadoso que muchas veces se metía en líos por confiar demasiado en que los demás harían lo correcto. Esperaba que aquello no le pasara factura.
Pero por si acaso él le echaría un ojo durante los siguientes siglos. Solo por asegurarse.
Continuará…
Siento que este capítulo haya quedado un poco raro, pero todo lo que ocurre es necesario para el desarrollo de la trama del fanfic. Aziraphale es un personaje que desde el principio quiere seguir las reglas y las tareas que el cielo le impone, aunque eso vaya cambiando a lo largo del tiempo. Tal y como sucede en la serie/libros, cuando Aziraphale y Crowley no colaboraban juntos ambos tenían mucho más trabajo y menos tiempo libre para hacer lo que a cada uno le gustaba. Con el Acuerdo de colaboración entre ellos dos comenzará de verdad su acercamiento ¡Así que paciencia!
El gran incendio de Roma fue un suceso que tuvo lugar en el año 64 D.C. A día de hoy se siguen sin saber del todo cuáles fueron sus causas.
Por cierto, decir que Michael Sheen, el actor que interpreta a Aziraphale, también interpretó a Nerón en una serie llamada "Ancient Rome: The Rise and Fall of an Empire." Si queréis ponerle cara al Nerón de este fic, os recomiendo buscar las fotos de la serie.
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
