¡Hello criaturas bellas que me leen! Ya llegué para torturarlas un poco con más misterios y pequeños recuentos del pasado XD Sí, sé que todas ansiamos ver un poco más de sustancia/romanticismo/drama, pero hay que darle tiempo al tiempo, especialmente porque tratamos con un yandere como Kamui y que soy lenta para estas cosas :'D. Pero dejando eso a un lado, muchas gracias por leer y continuar apoyando este fanfiction. ¿Quién diría que le iría tan bien? Digo, yo pensaba que por incursionar en este fandom menos caso me iban a hacer –la impopular me dicen-.

¡Disfruten, comenten o exterioricen sus dudas, y nos leemos después! Y pónganse a flipar como yo viendo los Raw del capítulo 576 de Gintama *-*9

Capítulo 4

To be free

Otro día más que había sido de lo más infructuoso. Otro día en lo que lo único que habían logrado encontrar había sido a un grupo de alborotadores que no hacían más que dedicarse a pequeños crimines dentro de toda Yoshiwara.

Así que, bajo un sol inclemente, donde ya no sabían por dónde más buscar pistas, decidieron permanecer tranquilamente dentro del establecimiento de la boticaria; encargándose de colgar el letrero de "cerrado" para que nadie entrara a molestar.

—Supongo que no nos quedara más que ir a otros distritos —dijo con resignación la pelinegra—. Ya han pasado dos semanas desde que llegaron aquí y seguimos sin pistas de nada.

—¿Realmente crees que vamos a encontrar algo?

—Sinceramente no lo sé —suspiró, tomando asiento tras el mostrador—. Ya a casi todos se les han reducido esas manchas… Extrañamente empiezan a mejorar y no sé por qué. Y eso también es preocupante.

—Lo único que me alegro es que no hayan intentado matarse de nuevo —agregó con cierta alegría.

—Dime quién no ha sentido deseos de mandarlo al otro mundo —señaló con cierta comicidad.

—Y pensar que todo surgió a partir de que visitamos ese lugar…—suspiró larga y hondamente.

El planeta que les saludaba podría resultar la envidia de muchos otros. Existía flora y vegetación abundante como para pensar que de repente habían llegado a una selva tropical de algún país exótico. Asimismo, existía una ciudad metropolitana en medio de toda esa naturaleza, donde se podían divisar tanto oasis perdidos como lejanas dunas desérticas. Era sin duda, un mundo de contrastes donde la manera de gobierno recaía en una monarquía absoluta.

Pero a aquellos viajeros del espacio, lo único que les importaba era terminar el trato que les llevó hasta ese recóndito sitio. Tenían una mercancía que entregar y una buena pasta que cobrar. Fue así, que el encuentro tuvo lugar cerca del majestuoso palacio, con los capitanes de ambos bandos llevando a cabo la transacción.

—Se me hace muy extraño que ustedes se encarguen de manejar un asunto tan trivial como es el tráfico de esclavos, Kamui-dono —comentaba el uniformado con esa mirada tan propia de los lagartos. Inclusive su piel escamosa resultaba llamativa junto con una lengua que no dejaba de entrar y salir de su hocico.

—Ha sido un favor directo del Almirante, Hideo-dono —habló Abuto para quien indudablemente resultaba ser un alto cargo del lugar.

—Lamento que hayan tenido que venir hasta aquí, sabiendo lo delicados que son con el calor —el hogar de seres de sangre fría como ellos era un ecosistema donde el sol brillaba tan intensamente que llegaba a sofocar.

—No somos tan frágiles como usted cree —agregó Kamui. Ambos Yato podían resistir sin demasiado problema el clima gracias a sus parasoles.

—Y ya que han viajado de tan lejos, ¿no les apetecería quedarse un poco más y disfrutar del banquete que tendremos esta noche? Nuestra comida es conocida por todo el universo.

—Mmm…Creo que no suena tan mala idea después de todo, ¿no Abuto?

—¡Ah! ¿No me digas que realmente te lo estás pensando?

—Tú mismo dijiste que necesitábamos provisiones o algo así —únicamente cuando le convenía recordaba los consejos de su Vice-capitán.

—Si serás…—sin importar lo que dijera, ese hombre no lo escucharía. Por lo que no tuvo más remedio que resignarse.

—Ey, no ofrezcas resistencia y vengan con nosotros —por lo visto había unos soldados que parecían haber encontrado un par de mercancías fuera de sus celdas.

—Que nosotras no formamos parte de la venta —replicaba la muchacha, intentando zafarse del agarre.

—Siento decirlo, pero esas piezas no están en venta —intervino Abuto para ese par que ya habían sido llevadas hasta la presencia de Hideo—. Son parte de nuestros subordinados. Para ser exactos, son simples cocineras.

—La mayoría de los esclavos que conseguimos siempre tenemos que instruirles en alguna actividad —comentaba, viendo con cierto interés a las dos mujeres—. Podría darte un bono especial por estas dos…Aunque…creo que optaría por la castaña de aquí. La otra tiene una mirada que no me gusta.

—Ella siempre tiene esa mala mirada y seguramente le dé más problemas que otra cosa —Oshin no hizo caso a sus comentarios, solamente se limitó a observar con cierto repudio al enorme lagarto.

—Nadie puede negar que el Harusame no es una organización bondadosa —el lagarto hizo una sutil seña para que se llevaran a la desafortunada elegida y liberaran a quien en definitiva no le convencía para tenerla bajo su servicio.

—¿Por qué razón has hecho eso? —preguntaba la pelinegra al castaño. Ambos echaban un vistaso hacia el frente, apreciando que su capitán ya les había dejado atrás.

—Idiota, ¿quieres que tengamos problemas con los del Harusame?

—No sé de qué hablas.

—Tengo el ligero presentimiento que, si te dejábamos aquí, crearías problemas. Y eso hará que la relación del Clan Tokague, uno de los más fieles socios del Harusame, empezara a irse a pique.

—Creo que me estás sobrevalorando, Abuto —mencionó con tranquilidad.

—La mirada que tienes no es la de una persona que les tiene miedo a unos simples comerciantes de esclavos, sino la de alguien que siente la necesidad de mandarlos al infierno con sus propias manos.

Pronto las personas que le rodeaban desaparecieron y la supervisión que tenía estaba diezmada totalmente. No es como si a esos Yato les importada que uno de sus tantos sirvientes desapareciera repentinamente; todo era tan fácil como sustituirlo y punto.

Con este sol, este sitio parece ser el peor en el que estos hombres pudieron llegar a caer…—no era curiosidad lo que la estaba orillando a movilizarse por los alrededores del castillo, sino más bien inquietud misma—. Si me descubren entonces sí estaré en verdaderos problemas. Así que bien podría…

El plan era simple y consistía básicamente en coger una capa, echársela encima y hacerse pasar por un miembro más del Séptimo Escuadrón del Harusame. Solamente de ese modo no causaría sospecha alguna que anduviera por las cercanías.

Me pregunto a dónde les habrán llevado. Este lugar es innecesariamente enorme.

—Oh, así que usted debe ser uno de los miembros del temible escuadrón del Harusame —genial, lo que le faltaba, que alguien se cruzara en su camino—. Mi señor me ha pedido que les muestre la hospitalidad de nuestro reino.

—No es necesario. Simplemente estoy desentumiendo mis piernas —entre su gorra de aviador y la gran capa que cubría todo su cuerpo, era fácil deducir que era miembro de esos Yato.

—Vamos, de seguro quiere algo de sombra y un poco de buena comida —le invitaba a seguirle con mucha insistencia.

—Está bien —lo mejor era ser acomedida o sospecharía.

Y como bien dijo el lagarto, el área a donde había sido llevada era sumamente fresca, con una vista espléndida a un oasis paradisiaco y un montón de manjares siendo colocados sobre la única mesa que allí había.

—Disfrute de la comida y la compañía —mencionó antes de marcharse.

—¿A qué se refiere con compañía? —cogió una especie de fruto y le dio una buena mordida—. ¿Ah? —la segunda parte del espectáculo había llegado. Repentinamente habían aparecido tres bellas jovencitas luciendo ropas provocativas y ocultando la mitad de su rostro con un velo.

—Estamos a sus servicios, mi señor —lo que la dejó totalmente callada no fue el recibimiento que le dieron o que le confundieran con un chico, sino que sin que les dijera algo ya se encontraban sirviéndole de comer, dándole un poco más de viento y hasta estaban intentando coquetearle.

—Realmente no necesitan hacer nada de esto. Yo puedo hacerme cargo de todo —las chicas se miraron entre sí, confundidas. ¿Es que era la primera vez que un hombre no buscaba sus servicios? —. No se ofendan, pero no es agradable ver a esclavas haciendo este tipo de cosas —aunque podían moverse desenvueltamente, estaban allí esos grilletes alrededor de sus pies, impidiéndoles ser libres.

—Pero si no hacemos nuestro trabajo, Hideo-sama nos cortará la cabeza —mencionaba una llena de terror.

—Así que por favor.

—Déjanos hacer nuestro trabajo.

Están tan acostumbradas a esta vida que sin importar qué les diga, no me harán caso alguno… ¿Es en esto en lo que se convierten las personas después de que les ha sido robada la independencia y se les destroza hasta la más pequeña esperanza de ser libres? ¿En algo como esto pudieron convertirse…mis padres?

No podía hacer nada más que limitarse a mirar y guardar rotundo silencio. Sabía que no debía meterse en los asuntos de aquel escuadrón porque eso reduciría su estancia dentro de la tripulación. Así que no tenía más remedio que fingir que lo que estaba ocurriendo ahí era algo de lo más cotidiano y que a nadie le interesaba lo que le pasara a esos desahuciados. Pero siempre había sido de ese modo, ¿no?

—¿Ya se ha cansado de nosotras, señor? —preguntaron al unísono las tres en cuanto le vieron con intenciones de abandonar la habitación.

—No, ustedes han hecho en realidad un excelente trabajo —aseguró sin girarse a verlas—. Es solo que quiero regresar a la nave.

—Vuelva a visitarnos pronto, señor.

—Por cierto, ¿puedo preguntarles algo?

Odiaba esa parte temperamental e irracional que poseía, pero no podía contenerse cuando un tema tan delicado como el que tenía entre manos, la atormentaba. Ya pensaría en las consecuencias de sus actos después, por ahora se dirigía con enorme cautela hasta el sitio que esas chicas le indicaron. Sí, se las había apañado para llegar hasta lo que en apariencia era un simple almacén, pero que escondía algo un tanto más macabro.

Allí estaban no solamente los esclavos que habían viajado en la nave del Séptimo Escuadrón, sino otros más que habían caído personalmente en las manos de esos lagartos.

Son mucho más de los que había imaginado —caminó con cautela entre las rejas, sintiendo las miradas de odio y temor de todos los prisioneros. No podía culparles por creer que era su enemigo.

—Ni siquiera se dan cuenta de que están en semejantes condiciones —se había detenido frente a una celda en específico. Una que contenía a un par de personas que ardían en fiebre.

—¡¿Qué es lo que quieren ahora?! ¡¿No ha sido suficiente con encerrarnos aquí y tratarnos peor que escoria?! —gritó enardecida la que debía de ser la madre de esos dos muchachos enfermos.

—Deles esto y se sentirán mejor en poco tiempo —sobre la palma de su mano se encontraba un pequeño envoltorio de papel, doblado en un mini sobre—. Sé que dudará de mi palabra, pero esto es lo único que puedo hacer por ustedes. Al menos de momento.

—Seguramente quieres matarnos.

—Soy una simple boticaria, señora. Mi trabajo consiste en elaborar medicinas para aliviar los males de las personas. Y esos dos morirán si no les baja la fiebre.

—¿Por qué debería confiar en ti?

—Porque lamentablemente es la única opción que tiene en estos momentos —se agachó y dejó el envoltorio en el interior de la celda.

—No recuerdo tener un miembro como tú dentro de mi escuadrón —ella se levantó, viendo por el rabillo del ojo a quien no estaba deseando ni esperando encontrarse allí. ¿Es que le había visto y seguido para ver qué pretendía?

—Nunca dije que lo fuera. La gente de este palacio lo sobreentendió así —la lógica no funcionaría con él. Pero al menos quería alargar en la medida posible el tiempo que su cabeza se mantuviera sobre su cuello—. Y olvidas que mi oficio es realizar medicinas —encaminó sus pasos hacia él.

—No me gusta matar mujeres, porque pueden traer a este mundo niños fuertes —aseveró con esa sonrisa encantadora que no la engañaba ni por asomo—. Pero si provocas todo un escándalo aquí, no tendré más remedio que terminar contigo aquí mismo.

—Más allá de haberles dado algo para la fiebre y conversar con la servidumbre del palacio, no hallo crimen alguno por el que debas matarme —indicó, mirándole fijamente—. De hecho, me sorprendió mucho encontrarle aquí, capitán.

—Y creo que no somos los únicos a los que les ha dado la gana dar un paseo —él no estaba vacilándole. Porque bajo el umbral se podían ver algunos soldados con cero intenciones de darles la bienvenida.

—Su piel es de un color totalmente diferente.

—Recuerdo que ese viejo aburrido mencionó algo de que existía una facción dentro del país que no estaba contenta con el nuevo rey y a causa de ello se veían constantemente en guerrillas —mencionó sin darle demasiada importancia—. Parece que se han colado y quieren hacer ruido.

—Y tú luces muy emocionado con la idea —esa acongojante mirada se lo decía todo—. Me haré a un lado antes de que me confundas con uno de ellos y me mandes al otro mundo antes de tiempo.

—Contemplo que tienes un sentido del humor bastante único —si eso era un elogio, ella no lo quería—. Mientras no te metas en mi camino no tendrás que preocuparte por tu vida.

—Eso mismo estoy haciendo —ya se había alejado lo suficiente—. Estoy más segura de que esto terminara más rápido de lo que imagino.

Sí, tal como era de esperarse de alguien de su fuerza y habilidades de combate, lo que había comenzado siendo un evento divertido se tornó en uno de total aburrimiento. Ya que pese a que esos Amanto eran rápidos, y poseían afiladas garras y una piel escamosa casi impenetrable, poco o nada podían hacer contra la fuerza de un Yato.

No obstante, había uno que logró escabullirse de la caza del pelirrojo y había optado por arremeter contra una presa mucho más endeble.

—Ungh…—el golpe de su cuerpo contra la celda que tenía detrás suyo fue el preámbulo para lo que se venía. Ahora su cuello no era más que un barrote del que ese animal aferraba su mano—. M-Maldito…lagarto…subdesarrollado…A-Algún día…ese mal hábito de sacar la lengua en todo momento, va a matarlos…—gesticuló con dificultad porque el aire mismo se le estaba acabando. Aunque sus palabras no fueron realmente lo importante.

—¡¿Qué…es…esto?! —no había logrado verlo por sí mismo porque había estado abstraído en el rostro de su víctima. Y aunque no le dolió en lo más mínimo la punzada con aquella aguja, entendió rápidamente que algo no estaba saliendo bien.

—Su piel es muy gruesa para que una simple aguja o una espada le atraviese, pero gracias al mal hábito que poseen de estar examinando su entorno con su lengua, quedan momentáneamente vulnerables a mis insignificantes artimañas —fue liberada no porque él así lo quisiera, sino más bien porque su cuerpo entero no le respondía ya que se encontraba completamente paralizado.

—¡¿Quién demonios eres…?! —exclamó desde el piso. Estaba empezando a costarle respirar.

—…Una simple y ordinaria boticaria que ama el pan de melón y la hora del té…—comentó despreocupadamente, cruzada de brazos y dedicándole una pequeña sonrisa.

—¿No era más simple matarle? —¿qué caso tenía preguntarlo cuando él se había encargado de terminar con el sufrimiento de ese Amanto?

—El veneno que contenía la aguja era letal, al menos para su especie… Iba a morir irremediablemente sin su ayuda, capitán.

—Empiezo a creer que no eres una simple boticaria y que el hecho de que hayas llegado hasta mi tripulación no ha sido mera coincidencia —había tomado aquel artilugio metálico con su mano derecha, observándole con cierto interés—. ¿Qué clase de veneno has usado? ¿No se supone que debes curar pacientes en vez de matarlos? —esa inocente mirada que siempre le acompañaba, se agudizó, como un cuchillo de doble filo—. ¿Acaso tienes planeado asesinarme o algo por el estilo?

—Jamás ha cruzado por mi cabeza algo como eso —aseguró, sin atisbo de mentira alguna—. Como ya mencioné anteriormente, soy una humilde y común boticaria que en estos momentos se encuentra bajo las órdenes del Séptimo Escuadrón del Harusame.

—…Parece ser que la decisión de Abuto no fue tan mala después de todo…—soltó, llevando sus brazos detrás de su nuca—. Ha encontrado a alguien un tanto interesante… Una suicida que parece no tenerle miedo a la muerte…

Ese recuerdo no había sido borrado, simplemente no había tenido motivos para salir a la luz. No hasta que recapacitó y se dio cuenta de que alguna vez esos seres de sangre fría fueron tanto sus aliados como sus más grandes compradores.

—Había olvidado que anteriormente habíamos hecho negociaciones con esa gente —recapituló Abuto ante el repentino giro de los acontecimientos.

—Pues razones no tenían para ir por todos ustedes —no tenía mucho tiempo que había ocupado sus manos en sumergir la punta de un puñado de pequeñas agujas dentro de una mezcla viscosa y amarillenta.

—A veces pienso que usas la fachada de boticario para esconder tu verdadero oficio.

—…Mi padre era boticario y mi madre era médico. Ambos estaban allí para ayudar a la gente —relató sin despegar su atención de su trabajo—. Yo no intento seguir sus pasos, porque sé que nunca podré llegar a ser la mitad de buenos que ellos. Es por esa razón que uso estos conocimientos para mi propio beneficio… Soy un ser egoísta que salva a las personas de manera selectiva.

—Esa mentalidad también te causó problemas con él.

—Mejor dime qué aspecto de nuestra persona no ha provocado conflictos entre ambos —mencionó con burla—. Hasta yo me sorprendo de lo tolerantes que hemos sido el uno del otro.

—¿Quieres que te diga la razón por la que no has intentado asesinarlo? —preguntó, un tanto melodioso.

—…Porque tiene una linda hermana que aún espera a que regrese su viejo hermano a casa…—dictaminó con un tinte extraño de seriedad.

—¿Quién te enseñó a ser tan deshonesta? —se bufó.

—El viejo bueno para nada que se encargó de criarme después de que mis padres fallecieran.

Lo único que tenía frente a sí mismo eran los desechos de lo que alguna vez pudo considerarse como un fastuoso barco espacial. Así que la conclusión saltó rápidamente, sin siquiera pensar demasiado en las circunstancias. Lo cual significaba que haber aceptado aquel último trabajo fue una completa pérdida de tiempo.

—¿Acaso no viste algo como esto en tus predicciones? —preguntó para el callado Amanto que optó por el largo silencio ante lo que estaba contemplando; incluso los que piloteaban la nave se encontraban de ese modo.

—Ellos continúan con vida —atestiguó—. Las estrellas y el flujo de las cosas han cambiado repentinamente… Su futuro ha comenzado a escribirse nuevamente, hacia una dirección diferente a la nuestra —sobre su mano se encontraban esas cuatro pequeñas canicas, tan hermosas, como únicas; podría jurar que en ellas podía observarse al universo mismo.

—¿Qué quieres decir con eso? —habló otra vez Umibouzu.

—…Parece que nosotros no vamos a tener las mismas posibilidades a nuestro alcance…

—¿No podrías decir simplemente que moriremos durante este absurdo vieja? —lanzó—. No te ofendas, pero no pienso hacer realidad semejante premisa. Todavía tengo muchas cosas que hacer antes de partir al Nirvana.

—Umibouzu-sama, quisiera decirle unas cuantas cosas antes de que nuestros caminos tengan que ser bruscamente separados.

—Escucho —había sacado su parasol de su resguardo mientras miraba la puerta automática que llevaba hasta la sala de control.

—Esta nave comenzará a descender abruptamente en diez minutos… Ese será el tiempo que tendrá que resistir el embiste de nuestros adversarios.

—Eso es más que tiempo suficiente para alguien como yo.

—Usted es fuerte y habilidoso, pero el enemigo que se acerca hasta aquí, posee los atributos de una bestia que ha sobrevivido a innumerables batallas. Un guerrero al que le han envenenado el corazón y le han hecho olvidarse de lo que alguna vez fue.

—Eso únicamente significa que no me aburriré —estaba impaciente de que esas puertas se abrieran y comenzara la verdadera acción.

—No se deje engañar por su endeble apariencia. Tampoco le subestime por no pertenecer a la misma especie —versó seria y meticulosamente—. Porque si usted perece aquí, ¿quién se encargará de cubrir las espaldas de esos dos?

—¡Oye, ¿qué demonios quieres decir con eso?! —se giró hacia él con completo anonadamiento.

—…Que es apremiante el que sobreviva aquí para que pueda proteger a su familia… —estuvo a punto de hablarle, de cuestionarle qué era esa toda esa sarta de palabrería. Sin embargo, lo que hasta ese momento había estado deseando se volvió realidad.

Ante sus ojos no eran más que simples guerreros empuñando débilmente una espada, intentando inútilmente rozarle. A su parecer adversarios tan débiles no lograrían hacerle retroceder ni un milímetro. Y si eso era lo único que podía hacer el enemigo, entonces continuaría avanzando y terminaría con quien fuera que se encontrara dirigiendo a esos hombres.

Los pasillos se tiñeron de un tibio y escalofriante carmesí. Todo lo que encontraba en contacto directo con él, se extinguía y se convertía en un simple recuerdo difuso.

—¡¿Dónde demonios se esconde el cabecilla?! —clamó tras haber ido a dar al área de máquinas como último lugar para buscar a su enemigo.

—…Nunca me he apartado de ti ni un solo momento… Me convertí en tu sombra desde el instante en que comenzaste tu cacería, Umibouzu.

Retrocedió de inmediato, ante el inminente escalofrío que sintió en cuanto esa pasiva y dulce voz llegó hasta sus oídos. Y fue entonces cuando se encontró con la persona que había estado buscando durante todo ese tiempo.

—¿Quién…eres…?

Sus ojos eran tan claros y celestes, pero simultáneamente tan fríos y calmos como el hielo glaciar. Su piel era tan alba que solamente dejaba resaltar sus pequeños y rosáceos labios. Y la corta y lacia cabellera que le adornaba era tan blanca que podría ser arrancada de raíz ante el más simple soplido.

Un kimono corto y blanco de mangas largas, un obi azul marino que formaba las alas de una mariposa y aquel calzado de madera, constituían su atuendo. Aunque probablemente lo más llamativo que ella llevaba consigo, era su espada de doble filo.

—¿Qué es lo que hace un s…?

No tuvo la oportunidad de siquiera terminar su pregunta. Su rival había desenfundado su arma en un simple parpadeo; uno en el que había aprovechado para arremeter contra él. De no haber sido por sus buenos reflejos le hubiera vuelto a decir adiós a uno de sus brazos.

—Tsk…Maldita…Ni siquiera me has dejado terminar de hablar —para él no era problema resistir su ímpetu usando su paraguas de bloqueo. Pero empezaba a tener cierto conflicto con lo rápida que parecía ser—. Creo que me encargaré de mostrarte modales.

—Tengo excelentes modales. No requiero de medidas correctivas —el Yato empezó a percatarse de que no podía tomarse las cosas a juego. Ella no podría igualarle en fuerza, pero era tan habilidosa para mantenerlo con la guardia alta en todo momento—. Hay un dicho que dice que… "Cuando escuches a otros hablar, escúchalos atentamente…Permíteles hablar libremente y sin interrupciones…"

—Admitiré que peleas bien, aunque dices cosas muy extrañas. ¿Eres una obsesionada con las frases samurái o algo así?

Golpe que ella ofrecía, impacto que era totalmente bloqueado por él. Pero ni siquiera eso estaba asegurándole que pudiera contraatacar; porque cuando llegaba esa oportunidad ella se limitaba a evadir cada uno de sus movimientos y a devolverle el atrevimiento.

Si pensaba que tenía a una aficionada frente a él, estaba muy equivocado. La persona con la que estaba enfrentándose merecía ser llamada un verdadero samurái.

—No estaba esperándome encontrarme con uno de ustedes nuevamente —gesticulaba Umibouzu tras limpiar la línea de sangre que corrompía su mejilla—. Aun cuando ya no son necesarios en este tiempo, continúan rugiendo, haciendo bulla y logrando de ese modo que el mundo comience a girar a su propio ritmo…Abriéndose paso a través de su espada —¿estaba sonriendo? Sí, estaba plenamente consciente de que el humano que tenía frente a él apestaba a muerte tanto como él. Que esas manos habían derramado tanta sangre que no podría ser considerado como un héroe sino como un maldito mercenario patriótico.

—…Yatos y Samuráis…Ambos pertenecemos al campo de batalla… Es solamente allí donde nuestra verdadera naturaleza es revelada… Así que dancemos, juguemos este oscuro vals hasta que alguno de nosotros decida parar la música…