Disclaimer: ¡Nada me pertenece! Los personajes pertenecen a Yamane Ayano y la historia a FayeC (esta es una traducción).


Capítulo 4

Tao llamó varias veces pero no obtuvo respuesta. En silencio abrió la puerta y entró. Cuando se dio cuenta de que la sala estaba vacía se dirigió al comedor con Yoh detrás de él.

Miró los platos vacíos en el enorme comedor y se dio cuenta de que su maestro ya había comido y al parecer había tenido compañía. Probablemente el tipo rubio con quien se encontró en el vestíbulo. Aunque su instinto le decía que el hombre se había ido, y ya que la puerta del dormitorio estaba ligeramente abierta, probablemente era seguro entrar, tenía que asegurarse.

—Quizá Fei-sama está durmiendo. Quédate aquí. Iré a echar un vistazo. —Siendo el único a quien se le permitía entrar sin restricciones a los aposentos privados de su maestro, era imposible que Tao no conociera sus preferencias sexuales. Había visto más de lo que necesitaba saber para mantener la privacidad de su maestro intacta. Nadie más iba a mirar en esa habitación antes que él, ni siquiera Yoh.

Tao abrió la puerta cuidadosamente. Si su maestro estaba durmiendo de seguro no quería despertarlo, sobre todo cuando todavía tenía más tiempo del necesario para ayudarle a estar listo para la ópera. Y tenía razón, Fei Long estaba durmiendo solo en su cama.

Suspiró mientras salía silenciosamente de la habitación y cerraba la puerta detrás de él.

—Está durmiendo. Debo ir a arreglarme para estar listo y poder ayudar a Fei-sama a vestirse. ¿Puedes quedarte aquí y despertarlo en media hora?

Yoh asintió en respuesta.

—Gracias, Yoh-san —dijo Tao con una sonrisa gentil antes de salir de la suite y dirigirse a su propia habitación.

Yoh se paró delante de la habitación por un rato, pensando. Detrás de esa puerta se encontraba el hermoso dragón de Baishe, su maestro. Desde hacía siete años estaba a su lado como uno de sus subordinados más leales en Baishe. Fei Long nunca había viajado ni se había quedado en ninguna parte sin él. A pesar de que sabía que Fei Long confiaba en él ciegamente, «cercano» estaba muy lejos de ser la palabra que describiera su relación con su maestro. El único al cual permitía estar «cerca» de él era a Tao. Nunca él. Nunca nadie. Ni siquiera esos chicos que había llevado a la cama por tantos años, ni siquiera el ruso.

En silencio abrió la puerta y entró. Allí estaba él, inmerso en un profundo sueño sobre el lino puro y blanco de la cama suntuosa, vistiendo nada más que un albornoz de seda algo suelto que revelaba buena parte de su pecho cubierto de refinados músculos que pedían a gritos ser tocados. A pesar de ser el hombre más temido en Hong Kong, su maestro tenía el rostro de un ángel, especialmente cuando dormía.

Yoh se acercó un poco más a la cama y se inclinó para examinar aquel rostro perfecto rodeado por las hebras de seda de su largo cabello que llegaban hasta su espalda. Tal impresionante belleza le había estado atormentando desde el momento en que puso sus ojos en el líder de Baishe. A menudo, Fei Long estaba a un simple brazo de distancia, pero siempre había tenido prohibido tocarle. Envidiaba a Tao por tener el privilegio de estar tan cerca de su maestro. Estaba increíblemente celoso de Mikhail Arbatov por permitírsele tocar aquella piel perfecta.

Pero ahora su maestro yacía profundamente dormido justo delante de él, tentándolo para que hiciera realidad el deseo de su corazón. Estiró la mano para agarrar un mechón de cabello entre sus dedos. El cabello de su maestro que en la distancia parecía tan suave como la seda resultó ser aún más fino que la misma seda y olía más dulce que cualquier cosa que jamás hubiera experimentado.

Acarició con el dorso de su mano el delicado rostro de Fei que parecía tan tranquilo en sus sueños. Aquellas pestañas increíblemente largas le hacían más hermoso que la mujer más bella que jamás hubiera observado. ¿Cuántas veces había soñado con besar esos deliciosos labios? Era un sueño que no se había atrevido a cumplir durante siete años. Pero hoy sintió la necesidad de probar la fruta prohibida incluso aunque pudiera costarle la vida. Besó aquellos labios tan suavemente como pudo, sabiendo que podría ser la última vez que podría probarlos en caso de que su maestro llegara a despertarse. Su mano acarició la piel desnuda que escapaba a través del suelto albornoz de seda desde el cuello hasta su torso mientras presionaba sus labios en aquel cuerpo hermoso. Por una vez, una pequeña parte de su sueño se hizo realidad.

—Es suficiente, Yoh.

Yoh abrió los ojos ligeramente y vio a su maestro mirándolo con su habitual expresión fría y vacía. Rápidamente se apartó de la cama y se quedó quieto, esperando a que Fei Long decidiera su destino.

Había esperado que su maestro lo derribara de un golpe, pero no había enojo en su expresión, ni siquiera sorpresa. Fei Long estaba en completo control de sí mismo e inesperadamente tranquilo, demasiado tranquilo.

—¿Estaba despierto? —Yoh sintió la necesidad de romper el silencio.

—El tiempo suficiente. —Se levantó de la cama y caminó justo delante de él como si nada hubiera ocurrido.

—¿Y aun así me dejó tocarle?

Las palabras de Yoh le hicieron detenerse en el marco de la puerta y se volteó para mirarlo bien a los ojos. Se pasó la mano por su largo cabello negro retirándolo de su rostro, pero no pareció preocuparse por ajustar el albornoz que seguía mal prensado.

—¿No era eso lo que querías? ¿Tocarme?

Simplemente se quedó ahí, apoyándose en su espalda con la manga colgando de su hombro. Su albornoz de seda se abrió justo un poco más abajo de sus caderas, dejando al descubierto su largo y elegante muslo increíblemente suave. Con Fei Long no era solo su cuerpo perfecto o su hermoso rostro lo que le hacía tan atractivo. La forma en que se comportaba, movía, caminaba o hablaba lo hacía verdaderamente irresistible. Verlo en esa postura, con tanta piel expuesta, hizo a Yoh tragar saliva.

Su maestro sabía exactamente cómo castigarlo. En lugar de matarlo como cualquiera en su posición lo habría hecho, Fei Long había elegido torturarlo con un vistazo de aquello que nunca podría ser suyo. No tenía que decirlo para hacer que lo entendiera.

Mira bien aquello que tal vez nunca podrás tener.

Yoh cerró los ojos y habló casi en un susurro.

—¿Lo sabía?

—Siempre lo supe, Yoh.

—¿Y aun así me mantuvo cerca hasta el día de hoy?

—Me has sido fiel. Mientras sigas siendo leal, te mantendré cerca.

Yoh sonrió para sus adentros. Si había alguien más cruel que su maestro tenía que ser el mismísimo diablo.

—Hubiera preferido que me despidiera. Eso hubiera sido amable.

—Continuarás a mi lado como siempre lo has hecho y olvidaré que esto alguna vez sucedió. Pero tócame otra vez sin mi permiso, y me aseguraré de que sufras de manera inimaginable antes de morir.

Su expresión le dejó claro a Yoh que no estaba bromeando. Sabía de lo que su maestro era capaz. Después de todo, este hombre no era solo alguien que estaba entrenado para matar. Este hombre era el reconocido líder de una de las más grandes y poderosas familias de la mafia organizada de Hong Kong y posiblemente de China. Liu Fei Long no había llegado hasta donde estaba con amenazas vacías y mucho menos siendo amable.

—Ahora puedes retirarte y avísale a Tao que venga a ayudarme a vestir.

Fei Long se detuvo mientras Yoh salía de la habitación en silencio. No quería lastimar a Yoh, pero era necesario. Desde hacía siete años conocía sus verdaderos sentimientos, pero nunca pensó que Yoh llegaría tan lejos. Durante siete años le había confiado a este hombre su vida. Ahora esa confianza había sido estropeada. Tendría que distanciarse de Yoh.

Bajo estas circunstancias debió haberle despedido de inmediato. Pero no había nadie más que pudiera sustituirle, nadie con la misma lealtad y devoción. No tenía más remedio que ser cruel. Era eso o no podría sobrevivir en el mundo en el que vivía.

Fei Long sonrió para sí con lástima. Cada vez que quería confiar en alguien siempre volvían a hacerle daño, por esta razón había aprendido a no confiar y se mostraba como un ser sin corazón para el mundo. Ahora se había visto obligado a lastimar a alguien que estaría dispuesto a morir por él. Sin importar lo mucho que el asunto le desgarrara el corazón, Yoh nunca lo entendería. Nadie podría hacerlo, y nunca nadie lo entendería.

Tao tocó un par de veces antes de asomar la cabeza por la puerta. Fei Long levantó la mirada y sonrió.

—Ven, Tao.

—Fei-sama, ¿ya se ha duchado?

—Sí, Tao. Deberíamos empezar. No quiero llegar tarde. —Se sentó frente al espejo mientras Tao cogía un peine para alisar su cabello.

—¿Qué usarás esta noche, Fei-sama?

—¿Trajiste mi cheongsam dorado?

—¿El nuevo? Por supuesto. He estado esperando por vérselo puesto, Fei-sama. Es muy hermoso. —Una vez más, Tao había leído su mente. Fei Long sonrió con ternura al niño. Por lo menos tenía a Tao quien lo amaba profundamente. Esto debería ser suficiente.

Pero, ¿lo era?


La Ciudad Prohibida, Beijing.

El cielo nocturno estaba completamente negro con solo una enorme luna llena asomándose justo encima del techo del palacio. Mikhail se paró frente al ricamente decorado «Palacio de la Pureza Celestial»*, admirando las luces de cientos de faroles rojos. Había estado en la Ciudad Prohibida un par de veces, pero esta noche el palacio parecía cobrar vida. Era sin duda un escenario realmente impresionante para Turandot. Incluso sin Fei Long como el tema central que le tenía allí se habría lamentado de perderse algo como esto.

Fei Long. Mikhail sonrió para sí al pensar en aquel nombre. Después de cenar juntos en su habitación, le había dejado para prepararse para la ópera y le había prometido reunirse con él allí. Pensó en Fei vistiendo su precioso cheongsam caminando elegantemente a través de los palacios de la Ciudad Prohibida. Tenía que ser un espectáculo para nunca olvidar.

Al escuchar la conmoción detrás de él volteó y miró hacia las escaleras que conducían al patio donde se encontraba. Cinco hombres en traje negro que parecían ser guardaespaldas abrían paso entre la multitud para un hombre y un niño pequeño.

Tras esos majestuosos pasos había una figura alta en un cheongsam dorado brillante con dragones gemelos bordados que se propagaban desde su pecho hasta sus muslos. La sutil dorado complementaba de manera perfecta el tono amarillo de su piel y hacia que ese rostro perfecto brillara con una belleza profunda. La forma en que descendía por las escaleras con orgullo comparable únicamente con algún emperador exigió la atención de todos los que estaban delante de él.

Mikhail se quedó quieto como una roca, sorprendido por la vista del único hombre que poseía su corazón. Había imaginado que Fei estaría impresionante y hermoso sumergido en semejante ambiente. Pero en presencia de Fei Long, el palacio lujosamente decorado parecía aburrido e indigno de su belleza.

Respiró profundamente mientras Fei se acercaba. Después de todos los pecados que había cometido hasta este día, tenía que haber hecho algo muy bueno para merecer esto.

—Deja de mirarme de esa forma, Mikhail. Y cierra la boca. —Fei Long frunció el ceño ante aquellos ojos azules que le miraban abiertamente sin vergüenza mientras se paraba delante de él.

Mikhail sonrió tiernamente y con admiración mientras envolvía su brazo alrededor de la cintura de Fei y se inclinó hasta que sus mejillas se rosaron.

—He perdido la capacidad de apartar mis ojos de ti desde hace mucho tiempo, sobre todo esta noche —susurró, rozando sus labios en la delicada mejilla—. Podrías matar a alguien vistiendo ese cheongsam si no tienes cuidado.

—Tal vez empiece contigo. —La mirada de Fei Long se tornó fría—. Quita tus manos de encima, Mikhail. Puedo ser igual de mortal sin un arma.

Mikhail inmediatamente dio un paso atrás y soltó a Fei Long. Su princesa no estaba de buen humor. Era mejor no contribuir a dicha frustración.

—Estaba seguro de que te había dejado de buen humor. ¿Qué te preocupa?

—Estoy en un estado de ánimo perfecto, gracias.

—Has estado conteniendo la respiración.

Fei Long miró a Mikhail con curiosidad al oír el comentario.

—¿Qué?

—Haces eso cuando algo te preocupa.

—Eso no es cierto. —Miró a Tao para que confirmara sus palabras. Si alguien realmente conocía este hábito, tenía que ser Tao.

El niño le devolvió la sonrisa con renuencia.

—Es cierto, Fei-sama.

Mikhail situó su mano sobre la cabeza de Tao y sonrió.

—¿Ves? Es lindo. Por cierto, todavía no me has presentado a tu pequeño amigo.

Fei puso los ojos en blanco y suspiró profundamente.

—Este es Tao, es mi ayudante. Tao, saluda al señor Arbatov.

—Buenas noches, señor Arbatov. —Dio a Mikhail una ligera reverencia, mostrando respeto sincero por el hombre alto y rubio delante de él que parecía ser el nuevo «amigo» de su maestro.

—Así que tú eres el chico afortunado que tiene pleno acceso a las habitaciones privadas de Fei-sama? Estoy un poco celoso. —Se inclinó hacia delante y habló con Tao casi en un susurro.

—Tao, si quieres caminar un poco para ver los palacios, puedes hacerlo. Nos veremos en nuestros asientos cuando inicie la función. —Era mejor mantener a Tao lejos de Mikhail. Quién sabe qué demonios se atrevería a decir delante de un niño de tan solo doce años.

Como siempre, Tao sabía lo que su maestro quería y se perdió de vista.

—¿Y nosotros qué, amor? ¿Damos un paseo? —Mikhail le ofreció su brazo.

Fei le frunció el ceño con disgusto.

—No soy tu novia, Mikhail. Si continúas tratando de hacerme pasar como tal tendré que privarte de mi compañía.

Mikhail sonrió tiernamente pero con una ligera tristeza en sus ojos que hizo sentir a Fei un poco culpable.

—Olvidé lo mucho que te importa lo que otros puedan pensar.

—Un hombre en mi posición debe ser temido y respetado. —Se sintió obligado a explicarse. No era justo que se desquitara con Mikhail.

—Puedes interesarte en alguien y aun así ser temido y respetado, Fei Long —dijo Mikhail con una débil sonrisa en su rostro. No había burla en su voz. Mikhail estaba de un ánimo extraño esta noche. Habló con tal absoluta sinceridad y ternura que hizo que el corazón de Fei se entristeciera por un momento.

Tal vez fue la preocupación en su corazón respecto a Yoh lo que le hizo aceptar aquel brazo. O quizá fue la forma en que Mikhail se veía esta noche con sus cabellos dorados brillando bajo la luz de la luna y sus ojos azules que parecían de un azul más profundo lo que había ablandado su corazón al menos un poquito.

—Vamos a dar un paseo. —Fei tocó el dorso del brazo de Mikhail y caminó a su lado.

No se abrazó a él como lo haría un amante. Mantuvo su cuerpo a una distancia prudente, solo tocándolo con la punta de sus dedos mientras caminaban por los palacios. Fue más que suficiente para complacer a Mikhail. Por lo menos Fei estaba empezando a ceder un poco.

El camino fue estrechándose a medida que caminaban hacia un pequeño patio. Mikhail de repente se dio cuenta de que la multitud a su alrededor había desaparecido.

—Es el palacio de las concubinas* —señaló Fei—. Insignificante en comparación con los otros palacios, aunque me resulta extrañamente relajante.

Se soltó del brazo de Mikhail y caminó por el hermoso jardín. Sabiendo que necesitaba un tiempo a solas, Mikhail caminó detrás de él a cierta distancia. Sabía que tenía razón sobre lo que había dicho antes, algo preocupaba a Fei muy profundamente. A pesar de que se moría por saber qué era eso que le inquietaba, no era asunto suyo presionarlo en ese aspecto. Era Fei quien debía decidir cuándo dar ese paso y abrir su corazón.

Fei Long se detuvo delante de una flor de durazno y tocó uno de sus pétalos. Volvió el rostro ligeramente hacia Mikhail con un gesto de indecisión. Mikhail le sostuvo la mirada a aquellos ojos color amatista, esperando a que Fei se decidiera

—¿Confías en tu gente, Mikhail? —le preguntó finalmente Fei Long en un susurro.

—Confío en mi juicio. —Como siempre, Mikhail respondió con total confianza.

—¿Alguna vez te has equivocado?

—Demasiadas veces, Fei.

—Y sin embargo sigues confiando en los demás.

—El éxito carece de sentido, Fei. Es cuando te equivocas que aprendes a ser grande. —Mikhail se acercó y admiró el hermoso rostro frente a él—. Ahora no estaría donde estoy de no ser por mis fracasos.

—¿Eso no te desanima?

—No malgasto mi vida preocupándome por algo que pueda pasar, Fei. Porque entonces nada pasará.

Mikhail se inclinó hacia adelante y pasó su mano suavemente por el rostro de Fei.

—Tal vez puedo reír demasiado, confiar demasiado pronto y amar como si no hubiese un mañana. Pero a eso es a lo que yo llamo vivir, vivir a plenitud.

Si había una cosa verdaderamente extraordinaria de Mikhail, ese tenía que ser su espíritu inquebrantable. No era considerado guapo solo por su mera apariencia, sino por su presencia que irradiaba carisma en todo el sentido de la palabra.

Fei Long se acercó y mantuvo entre sus manos el rostro de Mikhail. Necesitaba a alguien lo suficientemente fuerte para ayudarle a salir de esta oscuridad, alguien que no renunciará a él fácilmente. Si existía una persona que poseía ese tipo de resistencia, esa era Mikhail Arbatov.

—Bésame —le exigió Fei Long, rosando sus labios ligeramente contra los de Mikhail.

Una tierna sonrisa se dibujó en el rostro de Mikhail antes de presionar sus labios en los de Fei. Fue gentil, delicado como el sedoso cabello de Fei Long, dulce como fina miel y suave como la piel perfecta de Fei. Bajo la resplandeciente luna llena, se besaron como si fuera la primera vez. Algo pasó esa noche, algo que las palabras no podían describir y no necesitaron hablarlo. Lo que habían estado buscando toda la vida estaba justo en frente de ellos. Por una vez estaban exactamente donde tenían que estar, en los brazos del otro.

—Creo que un día moriré por tu culpa —dijo Mikhail en voz baja.

—No sin mi permiso, tú no, gran oso —bromeó Fei Long.

–No. Me. Digas. Así. — Mikhail frunció el ceño.

–¿Cómo? ¿Mishka?* Pero si es lindo. Además te queda. —Fei rio suavemente.

—Fei Long, no te atrevas.

—Oh, no te enfades. Me encantaban los osos de peluche cuando era pequeño.

Mikhail lo agarró por la cintura y lo acercó hasta él.

—¿Hmm? ¿Y ahora?

—Tal vez. —Sonrió antes de tomar el brazo de Mikhail—. Vamos, necesito un trago.

El banquete se celebró en el patio principal. La gala de inauguración era un evento exclusivo. Solo los mejores vinos y champagne fueron servidos a los distinguidos invitados los cuales eran patrocinadores, políticos, recaudadores, celebridades y todos aquellos que pudieran llegar a considerarse alguien en el mundo.

Al ser el jefe de Baishe, Fei Long estaba acostumbrado a ser saludado por un sinfín de personas que necesitaban mostrarle su lealtad. Para ser un hombre de tan solo veintiocho años, Fei Long tenía una disciplina increíble. Se las arregló para mostrarse elegante en todo momento mientras era absorbido por suficientes personas haciendo que Mikhail sintiera unas náuseas intensas.

—Recuérdame no acompañarte a un evento social nunca más —se quejó Mikhail. Su expresión mostraba que estaba verdaderamente frustrado. No era solo por aquellos que lo hacían por negocios, era por todos aquellos que trataban de comerse a Fei Long con la mirada que se sentía inmensamente incómodo. Fei se enfadaría si lo sabía, pero se estaba volviendo posesivo.

Fei Long simplemente se rio.

—Ya te acostumbrarás. Hago esto todos los días.

—¿Es realmente necesario?

Fei asintió.

—Es una costumbre china. Tienes que aprender esto para que puedas dirigir sin problemas tu negocio en Macao.

Los ojos de Fei Long repentinamente se abrieron al mirar sobre el hombro de Mikhail. Su rostro mostraba una expresión de puro horror, una similar a la de la noche en su penthouse cuando le besó por primera vez pero diez veces más intensa. Esta vez su rostro se tornó mortalmente pálido, su respiración inestable. Fei Long permaneció completamente inmóvil como si su alma hubiese acabado de abandonar su cuerpo. Solo había una persona en la tierra que podía alterar a Liu Fei Long de manera tan intensa.

—Asami-san. —Mikhail se paralizó al escuchar a alguien llamar el nombre que siempre había temido y confirmó su temor.


N/T:

*Palacio de la Pureza Celestial y Palacio de las Concubinas: dos de los 9.999 edificios que conforman la Ciudad Prohibida.

*Mishka: significa pequeño oso en ruso.