¿Dos capítulos en dos días? Creo que tengo un problema XD. No, en serio, es muy raro que yo haya escrito tanto, sobre todo teniendo en cuenta que no he escrito casi nada en un mes. Pero bueno, la inspiración llega cuando llega. Y, la verdad, tengo ganas de llegar a las muertes.
Si queréis sugerir alguien a quien matar específicamente, por favor, decídmelo. A la única a la que no planeo matar (creo) es a Hope. Pero igual lo hago al final. No sé.
DISCLAIMER: Los personajes (excepto Jeremy) no me pertenecen, son propiedad de la CW.
#PALABRAS: 1,531.
VARIABLE USADA: ninguna.
EL JINETE SIN CABEZA Y LA NOVIA CADÁVER
CAPÍTULO IV
SECUESTRO Y TORTURA
−Aquí tiene, señora.
Davina Claire sonrió a la dependienta que le acababa de tender un pequeño bote de cristal. Salió de la pequeña botica y comenzó a caminar rápidamente. Tenía que llegar a casa antes de que ellos supieran lo había hecho. Antes de que ninguno de los Originales la viera. Si la veían... todo su plan se vería arruinado, y además, probablemente la matarían.
Y no podían hacerlo. No ahora. Estaba tan cerca.
Entró en el edificio de apartamentos en el que vivía desde hacía más de cinco años. Subió los escalones, suspirando al saber que tenía que llegar hasta el tercer piso. Solo pensar en aquello la agotaba. Sus últimos hechizos la habían debilitado bastante.
Se cruzó con una familia en el rellano del segundo piso. Era la primera vez que los veía, y eso la sorprendió, pues desde que vivía en aquel edificio no se había cruzado con nadie. Ella era, teóricamente, o al menos hasta el momento, la única persona que vivía allí.
−Buenos días −saludó. El hombre, de aproximadamente su edad, le sonrió y le tendió la mano. La mujer, el hijo y el perro la ignoraron por completo.
−Buenos días. Mi nombre es Kai. Estos son Bonnie, mi mujer; y Jeremy, mi hijo. Acabamos de mudarnos aquí. ¿Vive usted en el edificio?
−Sí, hasta ahora era la única. Soy Davina Cl... Mikaelson. Davina Mikaelson.
La chica odiaba utilizar aquel apellido, pero no tenía más remedio. Aquel nombre la protegía. E, incluso si aquella familia de desconocidos parecía muy normal y amistosa, no podía confiar en que no fueran brujos, licántropos o, simplemente, espías. El apellido Mikaelson le aseguraba poder y protección, además de un agradable recuerdo.
La mujer, Bonnie, alzó una ceja al escuchar su nombre. Sus facciones, hasta entonces impasibles, se tornaron furiosas, y antes de ser consciente de lo que estaba sucediendo, Davina se encontró contra la pared, con la mano de la otra mujer rodeando su garganta.
−Tú no eres una Mikaelson. Y tienes suerte, porque si lo fueras, ya estarías muerta.
−¿De qué estás hablando? ¿Quién eres?
−Bonnie, querida −dijo Kai, agarrando a su esposa del hombro y obligándola a mirarlo−, ya hemos hablado de esto en casa. No puedes ir amenazando e hiriendo a la gente sin motivo.
−¿Pero tú sí puedes? −preguntó la chica, apretando su agarre sobre la garganta de la chica. Kai ladeó la cabeza, pensativo.
−Tienes razón. Haz lo que quieras con ella. Te prometo discreción total.
Bonnie sonrió, pero no tuvo tiempo de atacar antes de verse empujada por una fuerza invisible. Cayó por las escaleras hasta llegar al rellano del primer piso, donde un gran golpe contra la barandilla le hizo una gran herida en la cabeza.
Kai descendió las escaleras rápidamente para ayudar a su mujer, pero el niño se quedó ahí, mirando a Davina fijamente. Con un gesto casi imperceptible, el perro se lanzó sobre la bruja, que gritó mientras que el can le mordía el brazo y le arrancaba parte de la piel. La mujer cayó al suelo, gimiendo de dolor. El perro se alejó, y Jeremy le palmeó la cabeza felicitándolo por su labor. El perro masticó la piel que acababa de arrancar, satisfecho consigo mismo.
Kai y Bonnie volvieron a subir las escaleras. Bonnie fulminó a Davina con la mirada, antes de abofetearla. En vez de atacarla mágicamente, decidió hacerlo físicamente. Y entonces, decidió poner en práctica lo que Kai le había enseñado antes de ponerse en marcha.
Se centró en la bruja frente a ella. La mujer comenzó a tener dificultades para respirar. Su ritmo cardíaco se aceleró. Y sus ojos se quedaron repentinamente quietos, fijos en la expresión malévola de Bonnie, que sonreía. Y entonces empezaron las alucinaciones.
Minutos más tarde, Bonnie observaba a Davina, que, atada a la cama de su recién alquilado apartamento, gritaba y se retorcía luchando contra sus alucinaciones. La herida de su brazo sangraba bastante, a pesar de que Kai le había aplicado un ungüento que, supuestamente, evitaría que se desangrara. Pero no estaba funcionando del todo, porque a pesar de que el flujo se hubiera ralentizado, no se había detenido.
Jeremy estaba sentado al lado de su madre, en el brazo del sillón. Observaba a la mujer casi con ojo clínico, como si fuera un científico observando a un ratón dentro de su jaula. Tyler estaba dormido a sus pies. Después de una buena comida, había decidido echarse una siesta reparadora.
−¿Crees que debería curarla? −preguntó Bonnie. Jeremy pensó bastante antes de contestarle.
−Puede ser. No queremos que se muera, ¿no? Al menos no por ahora.
−Tampoco queríamos que Matthew Stone muriera. Y acabamos enterrándolo en el jardín de su propia casa.
−Se lo merecía. Los dos, en realidad. Ella es insoportable también. Yo creo que deberías curarla. Si se recupera bien, podrás preguntarle todo lo que quieres saber.
−¿Y entonces tú podrás volver a torturarla? −preguntó Bonnie. Jeremy frunció el ceño; no podía comprender que su madre tuviera tal mal concepto de él.
−Claro que no. Repetir víctima es de mal gusto.
−¿Otra de las grandes enseñanzas de tu padre?
−No. Esa es propia −contestó Kai interrumpiendo la conversación. Acababa de entrar en la habitación con una bandeja en la mano, con dos tazas de café y un vaso de zumo de naranja−. Te repito, Bonnie, que tu hijo está muy bien educado. Bueno, ¿qué vas a hacer con la señorita sin apellido?
−Vamos a tener una buena conversación, ella y yo. Pero primero tengo que curarla.
Bonnie se levantó, se acercó a la mujer y le puso una mano en la frente, mientras que con la otra mano agarraba la muñeca que no había sido desgarrada. Cerró los ojos y cantó. Poco a poco, la mujer recuperó el color en la cara y comenzó a tranquilizarse. Finalmente se desmayó, y su herida dejó de sangrar.
−¿La belladona provoca que la sangre fluya más fuertemente? −preguntó Jeremy. Seguía pareciendo más interesado en el aspecto científico de la situación que en nada más. Era al mismo tiempo tan parecido y tan diferente a su padre…
−Ni idea –comentó Kai, agarrando la otra muñeca de la chica e inspeccionándola atentamente. Con un dedo volvió a abrir la herida, que volvió a empezar a sangrar. Tras una carcajada y una mirada asesina por parte de su esposa, curó la herida con magia−. ¿Cuánto crees que tardará en despertar?
En ese mismo instante, Davina abrió los ojos. Los miró a los tres durante unos segundos, y luego quiso echar a correr. Luchó contra las ataduras de su muñeca no herida, pero no logró moverse lo suficiente como para poder atacar a ninguno de los que la observaban fijamente.
−¿Qué queréis?
−La verdad. Quién eres, y por qué usas el apellido Mikaelson.
Davina suspiró.
−Sois unos psicópatas −fue lo único que dijo. Después de todo lo que habían dicho ellos, había concluido que fingir su apellido no le ayudaría en nada.
−Sociópatas, en realidad –Kai le guiñó un ojo. Luego volvió a agarrarle del brazo herido. La chica empezó a sangrar de nuevo, y gimió−. Dinos lo que queremos saber, Davina.
−Vale, vale –logró decir la chica. Kai la soltó−. Me llamo Davina Claire. Soy… Era novia de Kol Mikaelson. Pero su hermano Finn lo mató. Y luego los otros me impidieron resucitarlo. Así que ahora voy a lograrlo.
−¿Nos interesa? –preguntó Jeremy−. Si no podemos matarla.
−Sí. Nos interesa mucho… −comentó Bonnie, con una sonrisa−. Davina Claire, ¿quieres ayudarme a matar a los Mikaelson? Te aseguro que luego Kai y yo te ayudaremos a resucitar a Kol. Y somos poderosos. Muy poderosos.
Davina se quedó en silencio, pensando en la situación. Aquel día había sido de lo más extraño. Había empezado con un corto viaje a la botica y había acabado atada a la cama de unos desconocidos que mataban vampiros originales en familia. Un perro le había arrancado parte del brazo, y luego un brujo con cinta aislante en un lado del cuello le había, literalmente, metido el dedo en la llaga.
Pero el trato no sonaba del todo mal. Lo cierto era que, al menos hacía años, matar a los Mikaelson había sido su gran objetivo. Y, en el fondo, todo lo que les había sucedido a Kol y a ella era culpa de Klaus, Elijah y Rebekah. Y de Finn, obviamente. Pero Finn ya estaba muerto. Así que…
−Juradme que Kol volverá. Y que no lo mataréis luego.
−Claro. Siempre que se porte bien –dijo Bonnie. Se sentó en la cama al lado de Davina y le apartó el pelo de la cara−. Vamos, Davina. Sabes que quieres aceptar el trato. Imagínatelo. Nueva Orleans libre de los Mikaelson. Y de nosotros. Hemos venido aquí a matar a los Mikaelson, después nos iremos. Y vosotros seréis felices. Y libres.
Davina suspiró. Cerró los ojos por un momento, y pudo ver claramente su futuro junto a Kol en una ciudad en la que él sería el único original. El único vampiro. Él aprendería a ser un buen vampiro, no mataría a nadie, y ella sería una bruja poderosa independiente. Parecía una vida perfecta.
−Vale. De acuerdo. Os ayudaré. Si no me desangro antes.
