Los visitantes se reúnen
*Momentos antes, Italia corría desesperado y sumamente asustado tratando de escapar del japonés llamado Kiku*
Italia iba con todo lo que sus pies le permitían ir; lloraba clamando por ayuda que no llegaba, no sabía en donde ocultarse pues cada vez que perdía de vista al japonés entrando a un lugar, este aparecía de sorpresa atacándolo con su filosa espada, su suerte se encontraba en que era ágil para escapar y así evitaba más de un ataque logrando que el azabache se molestara considerablemente después de un rato, volviéndose más violento y rápido.
— ¡Por favor no me mates! —volvía a suplicar por enésima vez el de mirada almendrada corriendo en ese instante por un gran parque.
— ¿Por qué sigues escapando? —preguntó algo fastidiado el samurái dando un salto para quedar frente a él y hacer un hábil movimiento de espada para herir profundo el brazo, cerca del hombro derecho del italiano haciéndole sangrar.
El fuerte grito que dio Italia del Norte nadie lo escuchó, todo era oscuro y la lluvia era fuerte— ¿Qu-qué quieres de nosotros? —tomándose su extremidad dañada con la otra mano logró preguntar con dolor.
— ¿Por qué? Hm… ¿Diversión tal vez? —sonrió de manera orgullosa— Este mundo es fácil de manejar a nuestro gusto, así que creo que también sería poder —emitió una leve risa llena de ego.
— ¿Q-qué? —sí entendió lo que le dijo, sólo no quería creer lo que le decía el azabache.
Este no le respondió, sólo volvió a atacar, esta vez de forma frontal buscando atravesar al chico, falló por una milésima logrando tan sólo cortar un mechón de Italia quien logró agacharse a tiempo y justo en el momento movió su pierna para botar en el barro al samurái que al instante vio alejarse a Veneciano rápidamente, no dudó en levantarse rápidamente para seguirlo nuevamente.
El muchacho, empezando a cansarse de tanto correr bajo la fría lluvia, de repente recordó que España tenía una casa justo ahí, en Londres, y decidió buscarle ya que a pesar de siendo como era, alguna vez fue un temido pirata y aún era un fuerte guerrero que podría protegerlo del japonés que le seguía, además de necesitar a alguien que no le quisiera matar y que lo recibiera con los brazos abiertos.
Veneciano ya se encontraba a unas pocas cuadras del español y se topó con una gran autopista, sin embargo el miedo de volver a ver la espada dirigirse frente a él le dio el impulso para esquivar los carros y que por poco fue arrasado por uno al llegar al otro lado, en donde tropezó cayendo boca abajo golpeándose fuertemente en el sucio, mojado y frío suelo. Cuando se levantó precipitadamente notó que algo se le había caído, lo cual recogió, maldiciéndose mentalmente, por olvidar algo tan importante, mientras quitaba el seguro a su pistola y disparaba sin pensarlo al azabache que cruzaba la carretera pasando encima de los autos con agilidad; el tiro pasó cerca de su rostro cortando por la velocidad un mechón de su negro cabello, haciendo que frunciera un poco el seño con una sonrisa algo complacida por la acción del italiano.
—Así que traías un arma después de todo —llegó Kiku y poniéndose a la altura de él le siguió hablando: —Eres un pequeño inútil y por eso quiero matarte a pesar de que sólo necesite inmovilizarse— sombrío le infundió temor al muchacho que temblaba, no solo por el frío sino por ver esos ojos rojos llenos de malicia.
Alzó su espada nuevamente pero se detuvo apenas escuchó un grito cercano del lugar, le restó importancia pero ese segundo de distracción le costó una herida en su hombro derecho de parte de Italia que en este momento se encontraba corriendo dejando atrás el arma sin municiones.
— Chikushō nezumi —le maldijo en su idioma y fue por él, se le hizo más fácil porque se fue a meter en una casa que para sorpresa de ambos la puerta estaba tirada en el suelo.
— ¡Hermano! —gritó Veneciano al ver a su hermano— Fratello, salvami! —se abalanzó sobre el otro en busca de protección llorando sin parar y sumamente asustado.
— ¡¿Qué haces?!
Romano se alarmó ya que no podía distraerse en ningún momento. Y al ver a un nuevo usuario entrando con una espada en su mano y a su contraparte levantando su mirada, gastó la bala que le quedaba en el cartucho para desviar el tiro que se dirigía a su hermano y luego lo abrazó volteándose lo más veloz que pudo recibiendo así una larga y profunda herida en su espalda de parte de la katana del samurái, el cual sonreía con satisfacción y orgullo mientras deslizaba el arma sobre su lengua, saboreando la sangre deliciosa ajena.
— ¡Hermanito! —gritó Italia del Norte al sentir el cuerpo de su congénito sobre él cayendo al suelo por no poder aguantarlo gracias las condiciones en que ambos se encontraban— ¡Por favor levántate! —lo abrazó a pesar de estarse manchando se sangre y estar en plena desventaja.
—¡De-déjame! Yo… —trató de levantarse pero una punzada que le recorrió desde la espalda hasta el resto del cuerpo le hizo devolverse a los brazos de su pequeño hermano— Maldición —musitó mirando de reojo como se acercaba el samurái a punto de darles un golpe mortífero.
— ¡Sobre mi cadáver! —España chocó su alabarda con la katana del de ojos rojos justo a tiempo.
— ¡España! —se alegró Veneciano al ver al extutor de su hermano.
—Italia mantente atrás con tu hermano —ordenó de manera seria y con un tono de voz sumamente molesto, el ojialmendra no tuvo más que obedecer.
— ¿Planeas pelear en ese estado tan deplorable? Que valiente, veamos cuanto aguantas.
El samurái rápidamente se vio atacando al español que contraatacaba a diestra y siniestra, no dejaría que esos invasores lastimaran a las Italias y lo lograría a toda costa.
—Kiku, no lo mates, cuando acabe con Romano él será mío.
Habló Lovino poniéndose al fin en pie de manera sorprendente puesto que se encontraba repleto de sangre y su rostro daba un aspecto grotesco.
—No prometo nada —el aludido respondió y continuó con un ataque en falso para hacer vacilar a España y poder herirle en la pierna.
España lo maldijo en la mente. No se detenía a pesar de todo, atacó con el extremo de madera de su alabarda al vientre del japonés haciéndole perder el aire, aprovechando para poder usar el metal en el tobillo y el hombro de este llenándose así de sangre salpicada, el azabache quedó de cuclillas en el suelo sosteniendo su extremidad colgante por el gran daño que le causó.
— ¡España! —advirtió Italia Veneciano agarrando a su hermano más fuerte.
— ¡No te distraigas!
Ordenó Romano con dificultad usando su pistola recargada para dispararle a su contraparte cerca del ojo, esta vez cayendo completamente aturdido por la herida en esa zona tan sensible de la cabeza; España lo vio con el rabillo del ojo y decidió seguir prestándole atención a Kiku.
Veneciano lloraba sosteniendo a su hermano en sus brazos. Este se acomodó un poco aún sin soltar el arma, consoló a su hermano diciéndole: —No te preocupes, idiota, sólo…necesito reposar.
Kiku se dirigió a España girando un poco su cabeza para mirarlo a los ojos, aún se sosteniéndose con su espada: — ¿Y bien? ¿Qué esperas para matarme?
España no le respondió, de hecho no se movía, solo podía mover sus verdes ojos buscando de donde provenía esa fuerza extraña que le impedía moverse.
—Creo que ya se divirtieron lo suficiente ¡hahahaha! —se escuchó de un recién llegado, Arthur para ser exactos.
— ¿Y tú qué haces aquí? —gestó molesto el azabache aún de cuclillas.
—No deberías hablar estando en esa posición, estúpido —entonces fue Feliciano quien apareció con Ludwig y Alfred detrás.
Los ojos de Italia Veneciano no pudieron abrirse más, ¿Qué hacían esos dos ahí si Japón y Alemania se habían quedado en el hotel luchando contra ellos? Es cierto que tenían la ropa y mucha piel descubierta de manera grotesca con cortes y agujeros de balas en su cuerpo, pero caminaban como si solo hubieran tenido una agotadora sesión de ejercicio.
Arthur y Alfred sí estaban más cansados, en especial Alfred: Quien poseía un hombro con serias quemaduras y su abdomen al descubierto totalmente ensangrentado, sin omitir que el cuerpo estaba maltratado de golpes y quemaduras. Arthur tenía más repartidos los golpes que poseía, su nariz sangraba pero no se sabía cuanta provenía de esta y cual de la gran abertura de la frente que todavía escurría el líquido carmesí, su brazo izquierdo tenía un gran morete en la parte donde tenía rasgada la camisa, varios golpes internos y externos aparte de su ropa manchada de sangre que no sólo era suya.
—Valla que mi hermano es un maldito inútil —frunció el seño Feliciano mientras lo tomaba del cabello, levantándole la cabeza al rubio inconsciente.
El risueño inglés volvió a reír y señalaba a España con una mano, mientras que con la otra mano le hacía más cortes en su dorso desnudo. Y entre las mismas risas llamaba la atención de Alfred: —Look look! Alfie, mira esos ojos verdes, son tan divertidos.
Porque los ojos del español expresaban molestia, dolor y furia al mismo tiempo. Alfred con cierta molestia le ordenó dejar se hacer esa estupidez y que ayudara a Kiku.
— ¡Claro, amor! —le dio un rápido beso en la mejilla y corrió a levantar al japonés.
—Lograste escapar, pequeña molestia —Ludwig se acercó a las Italias cauteloso y poniéndose a su altura para hablarles: —No les mataremos si hacen lo que te digo-
— ¿Q-qué van a-a hacernos? —Veneciano tartamudeaba del pánico que tenía.
—Nada, a menos que quieras pasarte de listo para que te mate, haz lo que el Bufón te diga.
Hizo referencia a Arthur quien estaba jugando con Kiku a que era su marioneta, este sólo le gritó: "¡Que me dejes en paz, baka!, Arthur obedeció y lo soltó volviendo a reír descontroladamente. Ludwig continuó amenazando a Veneciano: —Así que te recomiendo que pares de llorar y muevas tu patético trasero a donde te mandemos, ¿Entendiste? —le dijo tomándole del rostro, haciendo que le mirare a los ojos e infundirle un profundo miedo.
— ¡Déjalo, maldito bastardo! —Romano reaccionó apartándose de los brazos de su hermano para empujar y gritarle al alemán haciendo que este le soltara por la herida en su costado— ¡No lo vuelvas a tocar!
— ¿Y quién me lo va a impedir?
Le respondió seguro y con sonrisa orgullosa ignorando su propia herida y tomando a Romano violentamente de la camisa para tenerlo lejos de Veneciano y haciendo que Romano ahogara un gemido de dolor soltando el arma.
—Cuando salga de esto me las pagas, maldito.
Advirtió el mayor de los hermanos entre dientes, antes de gritar por última vez y desmayarse gracias a un golpe en la herida de la espalda propinado por Ludwig.
—Fratello! —Veneciano se volvió a acercar viendo al alemán levantarse— ¡España ayúdame! —imploró al joven que aún estaba inmovilizado.
—Lo lamento, en verdad lo lamento Italia…Romano.
España sólo podía pensar en disculparse mientras podía ver con el rabillo del ojo al chico llorando y a quien más quería tumbado en el suelo con una grave herida.
—Ya vámonos —ordenó Feliciano con el seño fruncido y gran superioridad— Ludwig llévate a mi hermano y Alfred deja de pensar que la cabeza de España es una bola de beisbol y levanta a Romano, Arthur haz lo tuyo.
Feliciano cruzado de brazos vio cómo lo que dijo se cumplía, incluyendo al familiar perdido del gato de Cheshire que alzó un brazo en dirección a España y exclamó entre risas:
—Obedit!
De inmediato España perdió todo brillo en sus verdes ojos y recuperando la movilidad sin poder hablar, esperó órdenes como si de un sirviente sin voluntad se tratase.
Arthur ordenó a España traer a Italia Veneciano, este ni tan siquiera se resistió.
Veneciano retrocedió en el suelo asustado al ver la mirada perdida del español que se acercaba para tomarlo fuertemente del brazo. El chico comenzó a pedir que se detuviese: — ¡No! ¡Detente! ¡España, duele, por favor suéltame! Fratello, salvami!
Los esfuerzos del menor por soltarse resultaban en vano, el mayor era sumamente más fuerte que él y Romano se encontraba inconsciente en el hombro de Alfred.
— Italia…Romano…lamento haberles fallado, no me odien por esto.
Una lágrima surcó la mejilla del español.
Todos salieron como si nada de la casa hecha trizas.
Feliciano, tranquilamente, habló con su desvergonzada boca: —Alfred, Arthur, espero que hayan dejado inmovilizados a Estados Estúpidos e Inglamierda. No quiero fastidios cuando lleguemos.
Fastidiado, Alfred le respondió: —No somos inútiles y en primer lugar, yo fui quien te llamó cuando pude percibirte en esta dimensión.
—Y yo quien hizo más decente tu plan.
—Bueno, Feliciano, deja de preocuparte, ¿No estás feliz con solo ver el hermoso día que tenemos? —Arthur celebró haciendo que todos prestaran atención a lo último que dijo— La noche aún existe y esas son muy buenas noticias… Para nosotros.
Entonó esas dos palabras con su típica sonrisa y con una voz sombría, porque parecía que estuvieran a media noche cuando en realidad el reloj marcaba la hora de la salida del sol.
.
.
.
