"Amaneceres tardíos y ocasos tempranos"
28 de octubre.
Ambos estamos sentados en el colchón y miramos a la ventana. Esto ya es costumbre desde hace casi un mes. Intento dibujar un ojo suyo mientras ella mueve su rostro al mirar la ventana y seguir haciendo notas. No sé si es solo eso o un diario o un cuento. A veces quisiera ser un hombre ruin y esculcar su libreta cuando duerme, pero no puedo, no sería justo. O quizá tener agallas para preguntarle qué tanto escribe.
Ella sigue moviéndose, así que desisto de dibujarla por centésima vez y miro las hojas otoñales caer del árbol frente al porche de mi casa. Delicada una sola cae, tan pálida por la falta de clorofila, tan débil que sus bailen entre el aire me estremece y mis dedos copian un boceto. La luz del sol matinal a través de las densas nubes apenas entra al lugar y ya no necesitamos encender velas. Una mañana fresca nos acompaña el día de hoy.
Quién sabe cuántas horas hemos pasado aquí así, en silencio, dedicándonos a lo que nos gusta hacer. Nuestro silencio permite que los graznidos de los cuervos y las hojas crujiendo debajo de los pies de los transeúntes penetren en este pestilente lugar.
De pronto algo se escucha, viene de la puerta del desván. ¿Alguien nos habrá encontrado? Miro y abajo, donde queda un espacio pequeño entre el final de la madera de la puerta y el suelo alguien desliza con cuidado una nota, un papel sucio, mal doblado. Sigo mirando y los pasos se alejan rápidamente.
"¿Qué es eso?", pregunta ella solo moviendo los labios. Es precavida.
-No sé—susurro y cierro mi cuaderno para levantarme y recoger la nota, pero la nota no es un simple papel; son dos, uno maltratado y otro parece un pergamino. Regreso entonces a sentarme sobre el colchón al lado de la señorita Lee y leo.
"De Frank, para mis queridos amigos escondidos." Ella sonríe al escuchar el nombre mencionado, al parecer le ha tomado cariño a mi amigo. Sigo leyendo. "26 de octubre. Sólo mando esto para saludarlos y desear que estén bien. No he recibido más cartas de parte de tí, Way, así que asumo que sí lo están. También quería contarles las buenas nuevas. Primero, hace un año que conozco a Jamia Nestor, ¿te acuerdas, Gerard?..." sonrío al recordar a la novia de mi amigo. –Claro que me acuerdo—digo y sigo leyendo. "Bien, pues hace una semana estamos comprometidos. ¡Nos vamos a casar! Espero que logren salir de esto lo antes posible, sería muy bueno que vinieran juntos. Atrás está la invitación oficial con toda la información…"
La señorita Lee puso cara de tristeza, así que no leí la invitación y me dediqué a mirarla a ella.
-¿Qué pasa?—pregunto observando la lágrima que se forma en su ojo derecho, gota que se hace gorda y más gorda a cada segundo, gota que luego cae sobre la parte baja de su párpado y comienza a andar a paso veloz sobre la piel de su mejilla.
-No, nada. No me pasa nada—contesta con voz ronca—Es que me hace muy feliz que sus amigos se vayan a casar.
Ella tomó el pergamino y leyó el contenido. Era la invitación a la boda. "Para el señor Way y la señorita Lee", decía con taquimecanografía.
-Pero si también son sus amigos, hasta la invitaron a usted también.
-Lo sé, gracias. Pero—se seca su lágrima—no sé qué vaya a pasar de aquí en cuatro meses, que es la fecha indicada de la boda.
-No se preocupe por la asistencia, señorita Lee.—le digo para consolarla.—Eso se arregla pronto. Si quiere podemos escribirles una carta de agradecimiento ¿sí?
-Está bien—dice ella y me sonríe. Tomo mi cuaderno donde suelo dibujarla y arranco un papel. Ella me toma del brazo—Debo confesar, señor Way, que usted es un joven muy amable, tanto que tiene personas que lo aman y desde lejos intentan cuidarlo. Es usted muy afortunado.
-Gracias, pero basta de halagos y escribamos ¿de acuerdo?
-Sí.
Mientras agradecíamos la invitación y pedíamos una disculpa por nuestra posible ausencia, ella me revisaba la ortografía. Esta ocasión ella fue quien salió a la esquina de la avenida principal para meter la carta en el buzón. La vigilé un rato desde la ventana, la vi correr por las frías calles de Nueva Jersey y alejarse hasta perderse entre los árboles de las banquetas.
Después de eso, la calle se mostró más tranquila y pudimos hablar con voces en volumen normal. Nos sentíamos a salvo por primera vez en muchos días. Ella me prestó uno de sus libros para que yo pudiera leer. Sí sé leer, de manera perfecta, pero quizá lo que necesite es poner atención a cómo están escritas las palabras, sólo eso.
A las dos de la tarde ella nos hizo unos emparedados deliciosos. Eso fue lo que le dije, que estaban deleitables, y lo estaban. Entre bocados ella me preguntó qué me pareció la lectura y comencé a comentar. Ella de repente puntuaba algunas cosas y se aficionaba con mis ideas. La señorita Lee era una buena mujer.
Al rato volvimos a la rutina de ver el cielo desde la ventanita del desván. Ya eran las seis de la tarde cuando el sol comenzaba a ocultarse. Ella sonreía viendo hacia abajo, donde las hojas caían.
-Es bonito el otoño ¿no?—me preguntó de repente. En su voz se notaba que ya me tenía confianza.
-Sí, bastante bonito, señorita Lee—afirmé difuminando la sombra de su vestido en el primer dibujo que había hecho de ella al llegar hace un mes. Entonces decidí palpar los pantalones que usaba y encontré un cigarrillo. De esos que yo siempre guardaba por si la ocasión lo ameritaba, hacía mucho que no fumaba uno de esos. Busqué un cerillo y lo encendí en mi boca. Ella me miró desconcertada. –Perdón, ¿le molesta el humo? Porque podemos abrir la ventana y…
-No está bien que usted fume, señor Way.—fue lo único que dijo.
-Tiene razón—dije –Hace mucho que no lo hago y quizá ya ni me guste. –Así que tiré el cigarrillo al suelo y lo pise para que no quemara el lugar.
-¿Usted es de esos hombres que fuman para verse elegantes, verdad?
-Claro que no—le contesté indignado—Yo ya no fumaba. Antes sí, pero esa no era la razón, señorita.
-Ah, qué bueno, porque esa gente no es honesta nunca.
-Concuerdo con usted.—comenté y le sonreí—¿Su prometido, Robert McCracken, él fumaba?
Ella me miró molesta.
-Sí. Yo odiaba eso. Digo, en vez de que lo hiciera por necesidad como usted…
-¿Cómo yo?
-Sí, es obvio que por los nervios que tiene usted fumaba por necesidad ¿o me equivoco?
-No. No se equivoca.
-Bueno, pero Bert sí lo hacía para sentirse elegante. El cigarro siempre fue una pelea entre nosotros.
Así seguimos hablando hasta que el tema de la fiesta de donde me la llevé llegó por fin. Mi reloj de mano indicaba que ya eran las ocho y media y el cielo oscurecía, así que encendí una vela.
-¿Entonces usted no quería casarse?—pregunté confuso.
-No. Era un estúpido matrimonio arreglado. Supongo que sabes a lo que me refiero—soltó un suspiro—Mamá y papá, a mis veinticuatro años, me iban a obligar a casarme con McCracken por dinero, porque no querían que el prestigio y la alcurnia la perdiera la familia. Ni que fuera yo una princesa—comenzó a alzar las manos exasperada. –¿No cree usted, señor Way…?
-Me llamo Gerard Arthur Way Lee—le dije por primera vez—No me diga señor Way, por favor.
-Bien—dijo ella y siguió—¿No crees tú, Arthur, que eso es una equivocación? Digo, yo quería ser pintora, o por lo menos toca música durante toda mi vida, pero ellos me trataban como si fuera una delicada muñeca de porcelana. Yo nunca fui eso, ¿sabes?
Entonces ella no estaba enamorada de McCracken, creo que ya no tiene nada que ocultar.
-Si usted no quería casarse, ¿entonces por qué asistió a esa fiesta?
-No sé. Pensaba huir antes de que él pudiera pedirme matrimonio en frente de todos. Pero llegaste tú, Arthur, y pues… De alguna manera me salvaste de un matrimonio quizá esclavizado.
-¿habla en serio, señorita Lee?
-Sí. Y no sabes cómo me trataba cuando éramos "novios". Era un patán de lo peor. No me dejaba leer, decía que eso me haría peor persona, tampoco le gustaba que aprendiera música. ¿Sabes? Viví en medio de familias con mentes que no me entendían.
-Alguna vez sentí eso, señorita Lee—confesé—Pero dejé de darle importancia a los seres humanos con esos pensamientos y me dediqué a dibujar lo que veía, como yo lo veía. Así se logra sobrevivir a sociedades como esta, en Nueva Jersey.
-Supongo, Arthur—dijo pensativa. Luego bostezó—Bueno, ya es hora de dormir. Fue bueno hablar contigo, gracias por dejarme llamarte Arthur y hacerme sentir en confianza.
-No hay de qué, señorita Lee—Ella se recostó sobre el colchón y volvió a acurrucarse cerca de la pared. Yo la tapé con su frazada y apagué la vela. Era tan bueno escuchar entre sus labios mi nombre.
