Capítulo 5

¿Cómo?

¿Mi hermana lo había invitado sin decirme nada?

No sabía si matarla o besarla.

Alice me miraba con expresión angustiada.

–Estamos encantados con la invitación. ¿Seguro que te parece bien?

No, no me parecía bien.

¿Por qué Rosie no me había dicho nada?

"Cobarde".

Volví la cabeza para mirar a mi hermana con expresión acusadora. Me daban ganas de gritarle: "¡gallina!", pero eso podría ser desconcertante porque Rosie tenía la cabeza enterrada en el pavo.

De modo que esbocé una sonrisa, aunque debía parecer más bien una mueca de dolor.

–Por supuesto que sí.

–La comida tardará un rato –dijo Rosie–. ¿Por qué no vais al salón con el resto de los invitados? Tomad una copa, charlad, conoceos mejor. Jugad a algo.

Yo echaba humo por las orejas. No me apetecía tomar una copa y en cuanto a juegos, ya había suficientes jueguecitos en aquella cocina. Y, desgraciadamente, nadie me había dado las instrucciones.

Una mirada al rostro de Rosie me dijo que no solo había ganado una partida sino que se creía la ganadora del juego.

Mi hermana pasó a mi lado murmurando:

–Feliz Navidad. Que disfrutes de tu regalo.

¿ Edward era mi regalo?

¿Era a eso a lo que se refería cuando dijo que llegaría más tarde?

Me pregunté entonces si le había dicho a él que era mi regalo. Sinceramente, esperaba que no, pero conociendo a mi hermana podría pasar cualquier cosa.

La seguí al salón, evitando la mirada de Edward, no porque yo sea particularmente tímida sino porque llevaba varios días pensando en acostarme con él y temía que lo viera en mis ojos.

Menos mal que no era capaz de leer mis pensamientos.

Edward se sentó en el sofá, apartando a un lado mi ordenador portátil. Llevaba unos vaqueros negros que se ajustaban a sus largas y poderosas piernas como si no quisieran estar en ningún otro sitio. Y era comprensible. De hecho, yo envidiaba esos vaqueros. Por el cuello de la camisa asomaba una mata de vello oscuro sobre una piel bronceada…

Estaba preguntándome si debía aceptar un regalo que no sabía que era un regalo cuando él tomó mi ordenador.

–Normalmente no trabajo en Navidad, ¿pero te importa si compruebo una cosa?

Yo abrí la boca para decir que no me importaba, pero entonces recordé que no había cerrado la página y mi última búsqueda había sido: vibrador Edward.

Me lancé sobre él, pero ya era demasiado tarde. Edward estaba mirando la pantalla y me sentí humillada por segunda vez en cuatro días. Parecía mi destino humillarme delante de aquel hombre. Primero me había visto desnuda de cintura para arriba en una capilla y ahora estaba viendo mis pensamientos, igualmente desnudos.

Estaba condenada al fracaso.

–Edward siempre está comprobando cómo van sus casos –Alice se acercó a mí con los cuencos de nueces y patatas fritas que le había dado mi hermana–. Normalmente lo hace por teléfono, pero anoche desenchufé su cargador y ahora está enfadado conmigo.

No tan enfadado como lo estaba yo.

Mierda y mierda.

Esperé que me traspasase con una de sus severas y desaprobadoras miradas, pero no lo hizo. En lugar de eso empezó a teclear con esos dedos largos y fuertes, que sabían muy bien cómo volver loca a una mujer, y comprobó lo que quisiera comprobar.

Era el hombre más inescrutable que había conocido nunca. De hecho, se mostraba tan serio, tan contenido, que me pregunté si me fallaba la memoria. Tal vez había cerrado la página. Debía haberlo hecho o Edward me habría fulminado con la mirada.

El timbre sonó de nuevo y empezaron a llegar más invitados, de modo que no tuve oportunidad de seguir pensando en ello.

Por suerte, Rosie había comprado muchos regalos extra porque pronto éramos doce personas. Yo conocía a ocho de ellas, pero daba igual porque no estaba mirándolas. Era como si no estuvieran allí. Para mí, solo había un hombre en la habitación.

Abrimos los regalos y varias botellas de champán y luego ayudamos a llevar la comida a la mesa. Durante todo ese tiempo, solo podía mirar a Edward por el rabillo del ojo. Alice se había convertido en el alma de la fiesta, pero él apenas había abierto la boca. Lo sabía porque no dejaba de mirarla. Me encantaba la forma de sus labios y no dejaba de recordar cómo eran mientras se movían sobre los míos.

–Debería devolverte la chaqueta –dije de repente, deseando tener un diez por ciento de su autocontrol.

–No hay prisa.

¿Eso era todo lo que iba a decir?

El ambiente era tan tenso que cuando mi hermana colocó la bandeja sobre el mantel yo estaba más caliente que el pavo.

Como en la mesa solo cabían ocho personas y éramos doce, estábamos muy apretados. Me senté a un lado porque así al menos solo tendría que estar apretujada contra una persona…

Y Edward se sentó a mi lado.

Mi corazón se volvió loco. Quise pensar que era un accidente que se hubiera sentado allí, pero enseguida decidí que Edward Cullen no era un hombre que hiciese nada por accidente.

No me miraba y, como siempre, no había nada en su expresión que me diera una pista de lo que estaba pensando. Su brazo rozó el mío. Estábamos apretados como átomos en una molécula. Cualquiera que nos mirase pensaría que era por falta de espacio, pero yo sabía que no era así.

Me gustaría decir que la comida fue deliciosa, pero la verdad es que no podría decirte qué comí porque solo podía pensar en el hombre que tenía a mi lado.

Cuando sirvió el pavo en mi plato, lo único que veía eran unas manos bronceadas, grandes, y unos antebrazos cubiertos de vello oscuro porque se había remangado la camisa sin que me diera cuenta.

–¿Suficiente?

Yo lo miré, sin entender.

–Pavo –dijo Edward.

–Ah, sí, gracias.

¿Qué tenían los antebrazos de un hombre? Aunque, si debo ser sincera, no eran solo los antebrazos. Era todo en él.

Se incorporó un poco para servirse puré de patata y cuando volvió a sentarse quedamos muslo contra muslo. Nuestras piernas parecían pegadas con pegamento. Con idea de hacer un experimento, moví un poco la pierna hacia un lado, pero él hizo lo propio.

Mi corazón se elevó como un paracaídas en medio de una ventisca y mi humor también.

Rosie me miró.

–¿Está rico?

–Sí, sí –yo señalé el plato, aunque sabía que no estaba hablando del pavo–. Estupendo, te ha salido estupendo.

Los invitados contaban historias sobre sus tradiciones navideñas, pero yo no escuchaba una sola palabra porque en mi cabeza no dejaba de sonar una alegre campanita.

Edward estaba allí.

Sentado a mi lado.

Y aunque en el pasado apenas hubiéramos tenido relación, en aquel momento era ardiente y eléctrica.

Decidí que uno de los dos tenía que decir algo o llamaríamos la atención de los demás.

–¿Qué tipo de Derecho practicas?

Él tomó su copa… de agua. Tal vez temía perder el control si bebía alcohol.

–Del bueno.

–Esa no es una respuesta –giré la cabeza para mirarlo y, por supuesto, eso fue un error porque aquella no era una cara que una quisiera dejar de mirar. Podría estar mirándolo hasta que me muriese de hambre, sed o frustración sexual, lo que llegase antes. Y, a este paso, estoy segura de que sería frustración.

Y, por supuesto, él lo sabía.

–¿De verdad quieres hablar de eso? –me preguntó, en voz baja.

Estaba a punto de responder cuando sentí que ponía su mano sobre mi muslo. El calor de la palma atravesaba mis vaqueros y estuve a punto de saltar de la silla.

No podía seguir fingiendo que aquello era un accidente o que estábamos apretados por falta de espacio. Edward dejó la mano allí, como para ver si yo me apartaba, y cuando no lo hice empezó a mover la mano hacia arriba.

Daba igual lo que la gente dijese de algunos hombres, yo te puedo asegurar que Edward Cullen tenía un gran sentido de la orientación.

Se me encogió el estómago, tan excitada que estaba al borde del infarto. No entendía esa reacción, aunque la química era lo mío. Podía explicar la fusión nuclear, pero no podía explicar aquello. Lo que sentía no tenía sentido y tampoco la frustración de estar en público mientras Edward me tocaba.

Siempre había algo interponiéndose entre la satisfacción sexual y yo. En este caso, el pantalón vaquero y una habitación llena de amigos.

Ojalá me hubiese puesto un vestido en lugar de los vaqueros, pero Edward era un hombre que no se dejaba amilanar por los obstáculos y siguió moviendo los dedos hacia arriba… hasta que me tocó precisamente ahí.

Yo tiré mi copa de vino sin querer. Afortunadamente, ya me la había bebido casi toda, así que dejó una manchita, no un charco.

–Ay, porras.

Mi hermana lanzó sobre mí una mirada y una servilleta. Y luego se volvió hacia la persona que tenía a la derecha y siguió charlando alegremente.

Edward no volvió a mover la mano, pero tampoco relajó la presión. Como he dicho, es un hombre que no se deja amilanar por los obstáculos. Y yo estaba ardiendo, tanto que me sorprendía que no saltase la alarma anti-incendios.

Decidí que debía arriesgarme y rocé su pantorrilla con un pie.

–¿Más pavo, Bella? –un chico al que conocía vagamente del gimnasio de Rosie me sonreía desde el otro lado de la mesa y yo le devolví la sonrisa, negando con la cabeza y murmurando una respuesta más o menos aceptable.

Me sorprendía ser capaz de articular una frase porque la deliciosa fricción de los sabios y persistentes dedos de Edward me estaba volviendo loca. La frustración era insoportable y, pensando que debía compartir un placer tan increíble, deslicé una mano por su muslo hasta llegar a la bragueta. Si necesitaba alguna confirmación de que Edward sentía lo mismo que yo, allí estaba.

Su dura erección presionaba contra la tela de los vaqueros. Por un momento sentí la tentación de bajar la cremallera, pero decidí que ya había habido suficientes exhibiciones públicas en la boda.

–Contéstame a una pregunta… –dijo él, en voz baja, solo para mí.

Y por el sitio en el que estaba mi mano, me preocupaba cuál sería esa pregunta.

–¿Solo una?

Yo tenía millones de preguntas que hacerle, pero enseguida recordé lo del sexo sin complicaciones. Nunca antes lo había hecho, pero el sexo sin complicaciones era solo sexo. Hacer preguntas sobre otras cuestiones, particularmente sobre la familia, era la mejor manera de convertir aquello en algo que yo no quería.

Al otro lado de la mesa, Alice estaba riendo con un chico que iba al gimnasio de Rosie. O Edward no se había dado cuenta o le daba igual. Evidentemente, no era el guardián de su hermana.

–¿Tienes el corazón roto?

Me había hecho esa misma pregunta en la boda y yo no había respondido. ¿Por qué iba a contarle algo tan personal a alguien que siempre me criticaba?

–No –respondí por fin, con un hilo de voz–. No tengo el corazón roto.

Edward me miró durante unos segundos, pero no dijo nada.

–¿A qué hora suele terminar la comida navideña?

–A veces dura hasta Año Nuevo. Una vez tuvimos un invitado que se quedó hasta que lo echamos el día dos de enero. Estábamos a punto de cobrarle alquiler.

La mirada de Edward fue hacia mi boca y se quedó allí.

Qué serio era. Serio de verdad. La mayoría del tiempo yo hablaba de broma porque el instinto me decía que lo hiciera, aunque a veces intentaba controlar esa parte de mí, especialmente con la familia de Mike, que siempre había dejado claro que mi sentido del humor les parecía inapropiado (y eso fue antes de lo del vestido).

Edward me desconcertaba. Había pensado que no le caía bien, pero allí estaba, con la mano… donde la tenía.

Algo latía bajo esas capas de autocontrol. Había algo más bajo la cara de póquer que presentaba ante el mundo.

Me pregunté qué secretos tendría.

Todo el mundo tenía secretos, ¿no?

Y no me habría importado descubrir algunos de los suyos.

Por una vez deseé que nuestro apartamento fuese más espacioso. Me encantaba, pero no era lo bastante grande como para ir al dormitorio sin que las doce personas que estaban con nosotros se dieran cuenta. Era un milagro que no se hubieran fijado en lo que Edward y yo estábamos haciendo bajo la mesa. Menos mal que los almuerzos navideños eran caóticos.

Debería haber ayudado a quitar los platos, pero no podía levantarme y mucho menos caminar. Las caricias bajo la mesa me habían vuelto loca. Estaba tan cerca que la desesperación me mataba, pero Edward siguió acariciándome hasta que tuve que apretar los muslos para que parase.

Podía sentir su miembro creciendo bajo mi mano y al ver que sus ojos parecían más oscuros que antes, casi negros, sentí un escalofrío. Me preguntaba qué tendría que hacer para que bajase la guardia como había hecho en la boda. Nunca lo había visto reír, pero se me ocurrió que tampoco lo había visto expresar ninguna otra emoción.

Salvo deseo.

No podía disimularlo, estaba en sus ojos. Miré su boca y recordé lo que había sentido cuando me besó. Sabía que su mandíbula era dura, con barba incipiente, y quería volver a tocarla.

Estaba tan absorta que no me percaté de que mi hermana volvía con el pudín navideño, una torre perfecta de fruta deshidratada regada con alcohol como regalo para nuestros invitados. Había puesto una ramita de acebo en el centro del pudín y lo prendió, en el tradicional estilo británico. Lo que no resultó tan tradicional fue que cuando lo dejó sobre la mesa las llamas incendiaron una servilleta.

Edward se levantó y, con calma, apagó las llamas con una jarra de agua y luego tomó un montón de servilletas para secar el mantel. Y todo sin estropear el pudín.

–Bien hecho –lo felicitó mi hermana, mirándome con una sonrisa en los labios, como si aprobase mi elección.

También yo estaba empezando a aprobar mi elección. Era poco comunicativo, pero eso resultaba bueno en momentos de crisis. Primero mi vestido y ahora aquello. Edward no era un hombre que vacilase y, además, ayudó a mi hermana a limpiar la mesa antes de volver a sentarse.

Me sorprendía que el pequeño incendio no hubiese hecho saltar la alarma, pero Edward y yo estábamos produciendo más calor que las llamas del pudín, así que seguramente la alarma estaría inconsciente.

Yo había dejado de comer y él también. Ojalá hubiese alguna manera de alargar aquel almuerzo navideño para siempre. No quería que terminase, pero en la vida real las cosas buenas siempre terminan antes de tiempo.

–Tenemos que irnos – Edward hablaba en voz baja para que nadie más lo oyese. Aunque nadie estaba prestándonos atención. Todos estaban demasiado interesados en el pudín y en la conversación.

–Sí, claro –asentí yo. No había esperado que se fuera tan pronto y era casi imposible disimular la decepción. Había decidido que solo tendría relaciones basadas en el sexo para evitar esos disgustos, pero debía estar haciendo algo mal–. Imagino que Alicde y tú tendréis cosas que hacer.

–No me voy con Alice –dijo él–. Me voy contigo.

–¿Conmigo? –mi boca estaba más seca que la depilada pata del pavo, pero no podía decir lo mismo sobre la parte de mí que estaba bajo sus dedos–. No puedo irme, vivo aquí. Y es Navidad.

Edward miró a nuestros amigos, que para entonces reían de manera incontrolable.

–Ellos están contentos y yo tengo que darte mi regalo.

–¿Me has comprado un regalo? No tenías que hacerlo –me sentía un poco avergonzada porque yo no tenía nada para él, pero tal vez Edward lo consideraba una obligación hacia sus anfitrionas–. ¿Por qué no se lo has dado a Rosie?

–No es para Rosie, es para ti. Es algo personal.

–Podrías dármelo ahora.

–No, no puedo.

Edward tomó un trago de agua y me pregunté si no beber alcohol sería parte de su coraza. Me asustaba cuánto desearía robarle ese autocontrol para exponer al auténtico Edward, pero tal vez era porque yo había estado expuesta unos días antes y, en mi opinión, era su turno.

–¿Por qué no?

–Porque mi regalo es solo para ti. No se puede compartir.

–¿Cómo sabes que me va a gustar?

Di un respingo cuando alguien abrió una botella de champán, pero el movimiento incrementó la fricción contra su mano y estuve a punto de soltar un gemido.

–Sé que es algo que te gusta, Bella.

–¿Cómo lo sabes?

–Porque lo has escrito en el buscador.

Yo estaba tan distraída por las sensaciones que provocaban sus dedos que tardé un momento en entender.

Cuando lo hice, volví a mirarlo.

Sus ojos eran como terciopelo oscuro, clavados en los míos. Había un brillo de humor en ellos y algo más… algo que hizo que mi estómago diese un vuelco.

–¿El buscador?

Edward se acercó un poco más, sus labios rozando mi oreja.

–¿Has logrado encontrar el vibrador Edward?

Yo tuve que hacer un esfuerzo para tragar saliva. Si estaba esperando que respondiese iba a esperar mucho tiempo porque no era capaz de formar una sola frase y me limité a emitir un gemido inarticulado que llamó la atención de Rosie.

Mi hermana me miró con el ceño fruncido y cuando estuvo convencida de que no requería una maniobra de resucitación volvió a llamar la atención sobre sí misma contando un chiste.

¿He mencionado que adoro a mi hermana?

A Edward no parecía importarle lo que pensaran los demás. Estaba concentrado solo en mí y era la experiencia más sexy y más intensa de mi vida. Mike solía mirar por encima de mi hombro, como si conversar conmigo fuese una tarea insoportable. Y el novio que tuve antes que él solía hablar continuamente de sí mismo.

Nunca había tenido un hombre que estuviera pendiente de mí, como si todo lo demás careciese de importancia.

–No sé de qué estás hablando.

Sus ojos eran dos pozos oscuros cargados de promesas.

–¿No? Porque yo sé dónde puedes encontrar lo que estás buscando.

Dios, qué voz más sexy tenía aquel hombre. Y cómo calentaba mi cuello con su aliento.

–¿Ah, sí?

–Claro que sí –respondió Edward –. Pero tendrás que ir conmigo.

–¿Estás sugiriendo que me vaya de mi propio almuerzo navideño?

–No has hablado con nadie más que conmigo.

Una carcajada hizo que girase la cabeza y Rosie me hizo un guiño mientras levantaba su copa. Otra persona se enfadaría al pensar que iba a tener que lavar todos los platos sola, pero mi hermana no era así.

Había preparado aquello para mí.

Era mi regalo de Navidad.

Y yo debía aprovecharlo todo lo posible.

Decidiendo que era un regalo que debía desenvolver en privado, me volví hacia Edward.

–Vámonos.

Capítulo 6

Había llevado el volvo plateado, un rugiente trofeo de perfecta ingeniería.

Me pregunté si debía hacerme la lista y fingir que viajaba en coches como aquel todos los días, pero entonces recordé que me había visto medio desnuda en medio de una boda y había encontrado lo del vibrador en mi portátil. Hacerme la lista ya no tenía sentido, de modo que me dejé caer sobre el caro asiento de piel, suspirando.

–¿Sabes que tiene un motor V8 de 4 litros y medio? Han reducido la compresión del pistón como en un coche de carreras. Me encanta. Me gustaría tirarme encima y lamerlo –tuve que contenerme para no acariciar el salpicadero–.No estarás compensando por alguna deficiencia masculina, ¿verdad?

Su respuesta fue una sonrisa porque, por supuesto, no estaba compensando por nada. Yo había tomado el almuerzo navideño con una mano en su "masculinidad".

Era la primera vez que lo veía sonreír y había merecido la pena esperar. Me quedé mirando la curva sexy de sus labios, fascinada. Había tantas cosas ocultas en aquel hombre que estaba deseando empezar a quitarle capas… todas ellas.

Aquel prometía ser el mejor día de Navidad en mucho tiempo.

Después de mirar por el espejo retrovisor, Edward arrancó y empezó a conducir por las calles vacías. Seguía nevando y debía ser una pesadilla conducir el Ferrari en esas condiciones, pero él no parecía tener ningún problema.

Así que decidí arriesgarme y puse una mano entre sus muslos.

Dios… –él suspiró, sin apartar los ojos de la carretera. Impresionante. Como he dicho, este hombre tiene un control de acero–. No sabías que Alice y yo íbamos a comer con vosotras, ¿verdad?

–Rosie no me dijo nada.

Edward dio un volantazo y aparcó de una forma tan brusca que casi esperé que me saltase el air bag en la cara.

–Dime la verdad –hablaba con los dientes apretados, en sus ojos un destello de pasión contenida.

No podía creer que alguna vez lo hubiese creído un hombre frío.

–¿Sobre qué?

–Sobre lo que sientes. Y quiero que seas sincera.

Yo no tenía el menor problema para ser sincera. Lo prefería, aunque ser sincera significaba exponerte. Y no me refiero al vestido roto sino a otro tipo de exposición.

–Estoy en tu coche, eso debería decirte lo que siento.

–Quiero que los dos tengamos claro lo que es esto.

Ah, había olvidado que era abogado.

–¿Quieres que firme un contrato o algo así?

Edward lanzó sobre mí una mirada exasperada, pero luego se encogió de hombros.

–No seas tonta.

–Si esperas que lea tus pensamientos, tendrás que darme más pistas. No revelas nada de ti mismo, Edward. La mayoría del tiempo no sé si estás alegre o triste.

–¿Qué tal excitado? –me preguntó en voz baja–. ¿Puedes saber cuándo estoy excitado?

Yo pensé en lo que había sentido bajo la mano.

–Esas pistas son más fáciles de desvelar.

–Es la única que necesitas –respondió él, sosteniendo mi mirada–. Te deseo, Bella.

No debería haberme excitado escuchar eso, pero así fue. De hecho, era precisamente lo que esperaba escuchar. No quería nada más.

Me pregunté si el volvo tendría un sistema de aspersores porque estaba segura de que iba a estallar en llamas en cualquier momento.

–Me parece bien. Mi propósito para el nuevo año es tener sexo sin las complicaciones de una relación.

Él me miró como si no me creyera y su escepticismo no me sorprendió. ¿Por qué iba a hacerlo? Éramos capaces de llevar un hombre a la luna, pero no de convencer a la población masculina de que una mujer podía querer sexo sin tener que escuchar la palabra "amor". Y no tenía ninguna razón para pensar que Edward era diferente al resto de los hombres.

Después de eso hubo un largo y tenso silencio. La nieve caía sobre el parabrisas, silenciosa.

–Dime lo que sentiste en la boda.

–No sé si puedo explicarlo. En fin, besas de maravilla y también se te dan bien otras cosas, así que estaba excitada y luego exasperada cuando nuestras hermanas fueron a buscarnos.

Después de decir eso me quedé callada, pensando que esa explicación resumía lo que había sentido.

Edward respiró profundamente.

–Te preguntaba lo que sentiste al ver que Mike se casaba con otra mujer.

–Ah.

Empecé a rezar seriamente por los aspersores del volvo. La humillación era como un barril de aceite hirviendo entrando en mis poros hasta que pensé que iba a evaporarme.

Yo diciéndole lo que sentía por él y lo único que Edward quería saber era lo que sentía por Mike.

Había revelado demasiado.

Y esa era la historia de mi vida en realidad.

Metafórica y literalmente, toda mi vida era un vestido descosido.

–Ya, bueno, en fin, esto es un poco embarazoso.

–No, no lo es.

–Tal vez no lo sea para ti, porque no eres tú quien se ha puesto en evidencia.

–¿Entonces no tienes el corazón roto?

–Si quieres que sea sincera de verdad, me gustaría saber por qué me besaste si ni siquiera te gusto. Estoy por el sexo sin complicaciones, pero mi autoestima exige que al menos sea con alguien a quien le gusto.

–¿De verdad crees que habría metido la mano bajo tu vestido si no me gustases?

–Eres un hombre. Los hombres hacen esas cosas todo el tiempo.

Antes de arrancar, Edward activó el limpiaparabrisas para quitar la nieve.

–Algunos hombres toman decisiones basándose en algo más que la testosterona.

El motor rugió, como encantado con el suave toque de su amo. Y yo lo entendía.

Eran más de las seis y en cualquier otro sitio del país todo estaría oscuro, pero Londres era otra cosa.

–¿Estás enfadado?

Él tardó un momento en responder:

–Imaginarte con Mike me enfada. ¿Por qué salías con él? Mike intentaba convertirte en alguien que no eres.

–Eso no es verdad.

–Cuando conseguiste ese ascenso, ¿lo celebró contigo? No, lo que hizo fue emborracharse como un idiota.

Y él me había llevado a casa. Como me había recordado mi hermana, había sido Edward quien me dejó a salvo en la puerta.

Y empecé a preguntarme lo que debería haberme preguntado desde ese día.

–Sé que no te caigo bien.

Como siempre, su expresión no revelaba nada.

–Tú no sabes nada, Bella –respondió Edward, deteniéndose en un semáforo.

Me sentía como una adolescente mirando al chico más guapo de la clase. En ese momento, nada más existía para mí. Podríamos ser las dos únicas personas en un planeta extraño, donde las luces brillaban y las calles estaban vacías.

–No quiero hablar de Mike –su voz era tan ronca que me puse a temblar.

–Muy bien –no era una respuesta muy elocuente, pero era la única que se me ocurrió en ese momento.

–Y, para tu información, tampoco yo puedo explicar lo que pasó en la boda. No suelo hacer esas cosas.

Una mirada a la expresión de Alice me había dejado eso bien claro.

Yo no podía hablar. Un extraño calor se extendía por todo mi cuerpo. En aquel momento era la mujer con la que estaba Edward y me daba igual lo que hubiera ocurrido antes o lo que pudiese ocurrir después.

El semáforo se puso en verde, pero él no se movió y yo tampoco. Estábamos inmóviles, mirándonos como si no hubiese nada más en el mundo.

De verdad, cuando veo esas escenas en las películas pongo los ojos en blanco. Aunque en las películas la protagonista mire a alguien como Ryan Gosling, lo cual hace que el pasmo sea más creíble.

Pero no había imaginado que podría pasarle en la vida real a una persona tan normal como yo.

La conexión era tan intensa y poderosa que me gustaría embotellarla. Querría sentir esa emoción durante el resto de mi vida. O quizá no porque entonces no sería capaz de comer o dormir.

Pensé en la película Atrapado en el tiempo y decidí que si pudiera elegir un momento que revivir para siempre sería aquel, suspendida en la insoportable emoción de lo que estaba por llegar.

Tal vez tras mi propósito para el nuevo año, todas mis relaciones serían así. Disfrutaría del momento y luego me daría la vuelta, sin tener que soportar el consiguiente desastre.

Un claxon sonó en ese momento y me di cuenta de que no éramos los únicos en la calle.

Edward murmuró una palabrota mientras volvía a arrancar.

Se dirigía hacia el río y me di cuenta de que ni siquiera le había preguntado dónde vivía. No sabía dónde me llevaba.

Pasamos al lado del Albert Bridge, mi puente favorito en Londres, tan resplandeciente que iluminaba las aguas negras del Támesis. Cuando era pequeña me recordaba a una mujer poniéndose un collar de diamantes para salir de fiesta. Yo no creía en cuentos de hadas, pero si creyese aquel puente aparecería en el mío.

.

Era espacioso y bien iluminado, pero lejos de las brillantes luces de la ciudad me di cuenta de la verdad: estaba con un hombre al que apenas conocía.

–Hace frío. Deberíamos subir –murmuró, alargando una mano para quitarme el cinturón de seguridad.

¿Frío? Yo no tenía frío, estaba ardiendo.

Estaba empezando a preguntarme qué hacía allí, pero que apenas nos conociésemos no debería ser un problema. Eso era lo bueno del sexo sin complicaciones.

Además, Edward no era un extraño. Nos habíamos encontrado muchas veces, aunque nunca hubiésemos hablado. Además, ¿la gente se conocía de verdad? Mi madre estuvo casada con mi padre durante años antes de descubrir que tenía aventuras con un montón de mujeres. Había confiado en él y mira dónde la había llevado eso.

Yo había estado diez meses con Mike y, al final, tampoco lo conocía. Lo único que sabemos sobre una persona es lo que esa persona decide mostrarnos.

El apartamento de Edward estaba en el último piso y me quedé de piedra porque era un ático con terraza desde el que podía ver mi puente favorito.

–¡Madre mía! –exclamé. Tampoco era un elogio muy elocuente, pero no se me ocurría otra cosa. De verdad, estaba apabullada–. ¿Qué tipo de Derecho has dicho que practicas?

Había dicho que "del bueno" y debía serlo para poder pagar aquel apartamento.

–¿De verdad quieres hablar de trabajo?

Estaba detrás de mí y cuando me di la vuelta vi que tenía una botella de champán en la mano.

–No bebiste alcohol durante el almuerzo.

–Porque sabía que tenía que traerte aquí.

Yo me pasé la lengua por los labios.

–¿Y si te hubiera dicho que no?

–Las pruebas que tenía sugerían que no ibas a hacerlo –su respuesta era segura, confiada. Sonriendo, abrió la botella de champán, pero yo estaba tan nerviosa que cuando saltó el tapón di un respingo.

–No creo que un par de palabras escritas en un buscador puedan ser usadas como prueba. Mucha gente ha tenido acceso a ese ordenador, tú mismo por ejemplo.

Él enarcó una ceja mientras servía el champán en dos copas de finísimo cristal.

Rosie y yo solo bebíamos champán si otra persona lo compraba y nunca en copas como aquella. Me hacía sentir especial. Él me hacía sentir especial. Me preguntaba qué habría pensado de nuestro apartamento, con la vajilla de platos comprados aquí y allá y la mesa demasiado pequeña.

En su casa había muebles de madera brillante, sofás de piel, mesas de acero y cristal.

–¿Qué estamos celebrando? –le pregunté–. ¿La Navidad?

–A ti. Desnuda en mi apartamento.

Se me encogió el estómago.

–Sigo vestida.

Nuestros ojos se encontraron por encima de las copas.

–No lo estarás durante mucho tiempo.

Con el pulso acelerado, levanté mi copa.

–Feliz Navidad.

Buon Natale! Salute!

Ay, Dios, el italiano es un idioma tan caliente.

Las burbujas del champán recorrían mis venas. O tal vez era la química que había entre nosotros. Fuera lo que fuera, podía sentirlo por todo mi cuerpo.

–En italiano solo sé decir pizza marguerita. Y tú eres el primer hombre italiano al que conozco.

Edward sonrió.

–Soy siciliano.

–Como Al Pacino.

–Al Pacino nació en Nueva York.

"Cállate, Bella".

–Bueno, será mejor que me calle.

–No –dijo él, dejando la copa de champán sobre la mesa de café–. No dejes de hablar. Me gusta.

–¿Te gusta que diga tonterías?

–No dices tonterías, es que estás nerviosa –cuando me quitó la copa de la mano yo debería haber protestado, no solo porque me gusta el champán sino porque después de Mike no quería que ningún hombre me dijese cuándo o qué podía beber.

–En realidad…

–Me gusta que no censures lo que haces o lo que dices.

Vaya, cuando estaba a punto de enfadarme, tenía que decir algo así.

–Pues no pareció gustarte cuando mi vestido se descosió.

–No quería que a los invitados les diese un infarto. Estaba seguro de que el hospital no podría soportar un incidente masivo tan cerca de Navidad.

Yo estaba riendo y poniéndome colorada al mismo tiempo porque era imposible recordar el incidente sin recordar también los momentos que habíamos compartido.

–Sigo sin saber qué pasó.

–Lo inevitable –dijo él.

–No, eso no es verdad. No digo que no se me hubiera ocurrido, pero ni en un millón de años pensé que podría pasar de verdad.

–No estaba hablando del vestido.

–Yo tampoco –murmuré yo, mirando sus labios. Había visto el Gran Cañón y las cataratas del Niágara, pero te juro que no había mejor paisaje que su cara–. Pensé que no te gustaba.

–No me gustaba quién eras cuando salías con Mike porque no eras tú de verdad. Estabas siempre intentando controlarte – Edward pasó un dedo por mi cara, estudiándome, y yo tragué saliva, preguntándome cómo sabía tanto.

–Tal vez no te gustaría la verdadera Bella.

–Yo vi quién eras el día que te conocí. Estabas charlando con un grupo de gente, tan llena de energía, tan emocionada que me acerqué para ver de qué hablabas.

–Seguramente de algo aburrido –dije yo. Y la verdad era que también me había fijado en él–. Fue una fiesta en casa de Mike, hace dos años.

–Veinte meses, dos semanas y dos días.

Me atraganté con el champán. ¿Era una cosa de abogados recordar esos detalles?

–Algunas cosas se me quedan grabadas en la cabeza.

–Esa noche no me dijiste nada.

Edward sonrió.

–Porque cuando empezaste a hablar con Mike esa emoción y esa alegría desaparecieron. Te contenías.

–A Mike no le interesan los satélites, solo el canal de deportes.

–Te convirtió en una persona diferente a la que eres en realidad y tú le dejaste.

Avergonzada, tuve que admitir que era verdad. Supongo que necesitaba comprobar que podía retener a un hombre si quería. Resultó que no era así.

Poco a poco, había ido dejando a un lado a la verdadera Bella. Dejé de hablar de mi trabajo cuando estábamos juntos y sonreía cuando Mike hablaba del suyo. Había ocurrido poco a poco, así que apenas me di cuenta, pero era como el zorro del Ártico, que cambia el pelaje de marrón a blanco para asimilarse al paisaje. Nunca había tenido una relación que funcionase a ningún otro nivel. Nunca había estado con nadie, aparte de mi hermana, que me aceptase por mí misma, que no quisiera que fuese otra persona.

Pero no tenía ni idea de quién era Edward Cullen

–Pensé que desaprobabas que estuviera con él.

Edward inclinó la cabeza para apoyar su frente en la mía.

–Porque era como darle un volvo a alguien que solo conduce cuando va al supermercado. Un trágico desperdicio.

Ningún hombre me había comparado antes con un volvo y para mí era un cumplido. Y también cómo me miraba, como si fuera el mejor regalo de Navidad que pudiese recibir un hombre.

–Mike no era hombre para ti, en ningún sentido.

Yo no pensaba discutir con él. Especialmente en aquel momento, cuando estaba a punto de besarme. Pero llevaba todo el día esperando ese momento y pensé que estaba mostrando un control admirable.

Descubrí que me gustaba ese ritmo lento, cargado de anticipación. Y tal vez a él también porque en lugar de besarme esbozó una sonrisa y deslizó los dedos por mi pelo.

Daba igual lo que hiciera con los dedos o qué parte de mí estuviera acariciando, siempre provocaba el mismo efecto.

No había pensado en nada más durante los últimos cuatro días y la espera estaba matándome. Y no ayudaba que llevásemos todo el día volviéndonos locos el uno al otro.

Fui yo quien dio el primer un paso.

Un momento antes mi mano estaba sobre la pechera de su camisa y, de repente, estaba desabrochando los botones. Por fin. La gran revelación.

–Tú me viste desnuda de cintura para arriba. Estás en deuda conmigo.

Edward acercó su boca a la mía, pero no me besó. O era un hábil torturador o lo sabía todo sobre las recompensas a largo plazo.

–Yo siempre pago mis deudas –susurró, clavando en mí una de esas miradas que hacían que me temblasen las piernas.

Porque veía sexo en sus ojos.

Impaciente, abrí la camisa de un tirón y los botones saltaron por todas partes, pero yo estaba demasiado ocupada mirando los poderosos contornos de su pecho bajo una suave capa de vello oscuro…

"Ay, Santa Claus, Santa Claus, qué buen regalo me has traído este año".

–Acabas de rasgar mi camisa.

–Lo siento.

Nunca en la historia de las disculpas una había sonado menos sincera. No lo sentía en absoluto y, para demostrarlo, deslicé las manos por su torso, sintiendo los duros músculos y los suaves latidos de su corazón.

–Tú me viste con un vestido desgarrado, así que ahora estamos en paz.

–Parece que te gusta eso de rasgar ropa –el brillo de sus ojos hacía que me resultase difícil respirar.

–En Navidad está permitido rasgar los regalos. Además, si puedes permitirte vivir aquí, seguro que puedes comprarte otra camisa –aparté la prenda de los musculosos hombros y contuve el aliento porque allí, sobre su bíceps derecho, había un tatuaje.

Creo que mi corazón se detuvo. Desde luego, hizo algo muy raro dentro de mi pecho.

–Pero bueno… esto sí que es sorprendente –murmuré, levantando una mano para trazar el dibujo con un dedo. Ni en un millón de años hubiera esperado que aquel hombre llevase un tatuaje–. Pensé que eras un tipo serio y conservador, tipo alumno de Oxford.

–¿Ah, sí? –la pregunta, hecha con voz ronca, hizo que se me doblasen las rodillas. Para variar.

Pensé en la boda, cuando tuve que reconocer la elemental y cruda realidad que había bajo aquel elegante traje de chaqueta italiano. O en la noche que me llevó a casa, cuando tuve que contener la respiración. Creo que en realidad siempre había sabido lo que había bajo la superficie.

–Imagino que saqué conclusiones precipitadas.

–La gente suele hacer eso.

–Pero Mike…

–No quiero hablar de Mike.

Tampoco yo.

Me pregunté cómo un hombre que nunca mostraba emociones podía ser tan perceptivo. Cómo podía entender mis sentimientos. Eso me inquietaba. Estaba acostumbrada a que la gente creyera en la persona que yo presentaba ante el mundo. Yo elegía cuánto de mí revelaba. Salvo el día de la boda, cuando había revelado mucho más de lo que pretendía, no solía mostrar demasiado.

Pensé en la parte de mí misma que nunca compartía con nadie, en los pensamientos que eran solo míos.

–Háblame del tatuaje.

–Un tatuaje es algo que está en la superficie. Lo nuestro es algo más profundo.

Yo tragué saliva. ¿Ah, sí?

–Un tatuaje no es lo que yo soy, como tú no eres un vestido descosido –su boca estaba muy cerca de la mía y podía sentir su aliento en los labios.

Me había acostumbrado a pensar que las relaciones eran falsas y superficiales, pero aquello no parecía nada de eso. No había nada falso en cómo su lengua trazaba mis labios. Nada falso en cómo sus manos apretaban mis caderas y desde luego nada falso en el bulto que notaba bajo el pantalón.

Me incliné hacia delante y puso la boca sobre su hombro. El tatuaje me sorprendía porque era inesperado, pero siempre había sabido que Edward era mucho más de lo que dejaba entrever. Pasé los dedos por su bíceps, trazando la oscura tinta del tatuaje, y al notar un ligero cambio en su respiración supe que estaba haciendo un esfuerzo por mantener el control.

–Te contienes –murmuré, preguntándome por qué–. ¿Quién eres en realidad?

–¿Eso importa? –su voz ronca sonaba increíblemente excitante.

Recordé entonces mi resolución de acostarme con hombres guapos. Y no se podía ser más guapo que Edward.

–No –respondí, diciéndome a mí misma que no era relevante–. Te deseo, Edward.

Él esbozó la sonrisa más sexy que había visto nunca. Tal vez no sonreía a menudo, pero cuando lo hacía, era realmente espectacular. Su boca estaba perversamente cerca de la mía hasta que, en mis prisas por terminar lo que habíamos empezado en la boda, temí lanzarme sobre él como una tigresa.

Y entonces, por fin, después de días de espera sin pensar en nada más, Edward inclinó la cabeza para buscar mis labios.

Capítulo 7

Como no había pensado en otra cosa durante días, decidí que en mis recuerdos había exagerado la habilidad de Edward para besar. Debería haberme llevado una desilusión, pero no fue así. Era tan estupendo como recordaba. Mejor, porque en esta ocasión era él quien estaba medio desnudo y por fin tenía acceso a ese cuerpo tan cuadrado. Había puesto una mano en mi espalda y podía sentir su calor traspasando la blusa mientras me aplastaba contra él. Qué fuerte era. Tenía el cuerpo de un luchador. Lo sabía porque había visto muchos en el gimnasio de mi hermana y este hombre podría ganarle a cualquiera de ellos.

Después de la intolerable espera empezaba a estar un poco desesperada, pero mantuve el ritmo lento, torturándonos a los dos, gimiendo cuando empezó a besar mi cuello.

–No quiero meterte prisa, pero creo que necesito… –las palabras murieron en mis labios cuando mi blusa cayó al suelo.

Ni siquiera me había dado cuenta de que desabrochaba los botones y debía haberlo hecho con una sola mano. Entonces recordé qué más podía hacer con esos dedos tan hábiles y empecé a temblar. Se mostraba sereno mientras yo solo quería tirarme sobre él como un cachorro desesperado para lamer su cara. Bueno, no solo su cara.

Deslicé las manos por su torso (ay, Dios mío) para tocar los duros abdominales y luego empecé a desbrochar sus vaqueros.

–Llevas sujetador –dijo él.

–Pues claro. Nunca saldría a la calle sin sujetador, Señoría.

Edward trazó mis pechos con un dedo.

–No soy juez.

–Todo el mundo es juez, especialmente cuando se trata de mí.

–En ese caso, tengo que declararte culpable – Edward hablaba con voz ronca y me encontré mirando su boca, esa perversa boca que era una tortura. Me daba igual que rara vez sonriese, quería que usara esa boca para otras cosas y quería que lo hiciera de inmediato porque estaba a punto de explotar.

–Si soy culpable, aceptaré el castigo que se me imponga, pero date prisa. Estoy dispuesta a pagar un precio por mis pecados.

Curiosamente, Edward sonrió en esta ocasión.

–Me gusta tu sujetador navideño, pero voy a tener que quitártelo.

No sé cómo lo hizo, pero el sujetador cayó al suelo. Por segunda vez en una semana, Edward tenía una fabulosa panorámica de mis pechos desnudos y, por un momento, me sentí tímida.

Tal vez porque hasta entonces no me importaba lo que pensara de mí.

Estaba claro que se me daba fatal eso del sexo sin complicaciones y decidí concentrarme en la parte física.

–Tienes unos pechos preciosos –el brillo de sus ojos destruyó toda timidez.

–Algunos no estarían de acuerdo contigo. Por ejemplo, los invitados a la boda.

–Todos estarían de acuerdo conmigo, dolcezza. Ese era el problema – Edward me besó mientras me llevaba hacia el sofá y me ayudó a tumbarme delicadamente, como esas parejas que ves bailando el tango. Qué fuerte era, creo que ya lo he dicho antes. Luego se colocó sobre mí como un conquistador, con las manos en mis muslos–. Me encantan tus botas, pero también voy a tener que quitártelas. Te quiero desnuda. De hecho, te quiero desnuda ahora mismo.

Sus palabras me excitaban tanto como el brillo de sus ojos. Solo podía pensar en él.

En nosotros.

Juntos.

Estaba a punto de darle instrucciones porque las botas eran difíciles de quitar cuando desaparecieron como por arte de magia. Cuando me las quitaba yo tenía que inclinarme y tirar hasta ponerme colorada o gritar a Rosie que me ayudase, pero él había conseguido desembarazarse de las botas con un simple movimiento. E hizo lo propio con los vaqueros. Edward era un hombre que no dejaba que nada se interpusiera en su camino.

Tragué saliva.

–Está claro que sabes desnudar a una mujer.

–Digamos que en este caso estoy motivado.

Estaba desnuda salvo por el tanga rojo rematado con piel blanca y decidí que le debía una explicación.

–Rosie me ha regalado este conjunto por Navidad.

–Pareces la ayudante sexy de Santa Claus – Edward deslizó un dedo por la piel blanca–. Pero debe darte mucho calor.

De repente, se me ocurrió que yo estaba medio desnuda mientras él seguía vestido.

–Es tu turno. Desnúdate.

Edward enarcó una ceja.

–¿Es una orden?

–Tú le das órdenes a la gente todo el tiempo.

Sonriendo, se levantó y se quedó un momento mirándome, con las piernas abiertas, el poderoso torso desnudo y la mano en la bragueta.

–¿Qué quieres que haga, Bella? Dímelo.

Que me llamase por mi nombre hacía que todo fuese más íntimo. Daba igual lo que hubiera pensado; no éramos extraños, todo lo contrario. Llevábamos mucho tiempo haciendo círculos alrededor del otro.

Mientras bajaba la cremallera de los vaqueros, mis ojos seguían el movimiento de su mano… y se me quedó la boca seca. Claro que no podía decirse lo mismo de otras partes de mi cuerpo.

–Date prisa, esto es una emergencia.

Se desnudó a toda prisa, pero con elegancia, aunque eso no me sorprendió. Lo hacía todo con elegancia, de manera controlada.

Bueno, no todo.

Había una parte de él que no podía controlar y esa parte estaba empujando contra sus calzoncillos negros. Sentí compasión por los calzoncillos porque contener una erección de ese tamaño no debía ser nada fácil. Y si necesitaba alguna prueba de que él sentía lo mismo que yo, allí estaba.

Mi mirada estaba clavada en la línea de vello oscuro que desaparecía bajo el elástico del calzoncillo. Necesitaba ver dónde terminaba…

–Imagino que debes tener calor con los calzoncillos puestos.

Edward se los quitó y yo dejé de bromear. En serio, no había nada sobre lo que bromear. El ambiente se había vuelto tenso y sabía que también él lo había notado porque apretó la mandíbula. Casi podía ver la batalla que libraba en su interior, la tensión de esos poderosos músculos.

Murmurando algo se colocó sobre mí, apartando la última barrera entre los dos. Estaba tan desnuda como él.

Dios, me prometí a mí mismo que haría que esto durase…

–Hemos hecho que dure muchos días –lo interrumpí yo, deslizando las manos por su espalda para acariciar los duros músculos. Pesaba un poco, pero me encantaba sentir su peso–. Este es el juego previo más largo de la historia.

Edward abrió mis piernas con un áspero muslo y nuestros ojos se encontraron. Podría estar mirándolo durante días. Era el hombre más espectacular que había conocido nunca y, si debo ser sincera, una parte de mí no podía creer que aquello estuviera pasando. Con él.

Los hombres como Edward no aparecen a menudo y me gustaría hacerle una foto con mi iPhone para demostrar que no había sido una fantasía. Me gustaría colgar la foto en Twitter (tendría al menos medio millón de seguidoras, seguro) pero entonces sentí que bajaba las manos para acariciar esa temblorosa y húmeda parte de mí y dejé de pensar en nada que no fuese aquel momento y en el hombre que sabía perfectamente cómo hacerlo inolvidable.

Creo que dejé escapar un gemido, pero era imposible guardármelo mientras me tocaba como lo hacía. Deslizó los dedos dentro de mí y supe por su mirada, y por su forma de besarme, que aquello solo era el principio. Estaba a punto de decirle que no podía soportarlo más cuando empezó a besar mi cuello, mi escote. Cuando noté el roce de su lengua en mis pezones suspiré, pero estuve a punto de dar un salto cuando siguió hacia abajo. Edward me tenía atrapada con las manos, inmovilizada, y pronto descubrí que no solo tenía talento en los dedos. Cada roce de su lengua parecía planeado para que perdiese la cabeza y así fue. Intenté moverme para aliviar la intolerable tensión, pero él no me lo permitía. No me hacía daño, pero era evidente que no pensaba soltarme. Estaba a su merced y nunca había sentido nada tan intenso. Necesitaba correrme, pero no me dejaba. Privada de otra salida, clavé los dedos en los suaves cojines del sofá.

–Por favor, por favor… –no podía creer que estuviera suplicando. Yo jamás le había suplicado a un hombre y sabía que después me sentiría horriblemente avergonzada, pero con Edward estar avergonzada parecía mi destino, así que daba igual–. De verdad, necesito… –no pude terminar la frase porque su lengua estaba dentro de mí, lamiendo sin piedad mientras usaba los dedos para convertirme en una masa de deliciosos escalofríos. Si no estuviera sujetándome firmemente habría levantado las caderas para terminar en ese instante, pero Edward se apartó ligeramente, dejándome entre el éxtasis y la locura.

–Dime lo que quieres, dolcezza.

Como si no estuviera ya bastante desesperada, tenía que hablarme en italiano, el canalla. El acento italiano y cómo pronunciaba esa palabra, dolcezza, estuvo a punto de hacer que me corriese.

–Tú sabes lo que quiero.

–Voy a hacerte esperar.

No podía creer que fuese tan cruel, pero entonces volvió a poner su boca en mí y se lo perdoné todo. Cada provocativo roce de su lengua parecía destinado a atormentarme, pero esta vez me dio lo que quería.

Y fue la experiencia más intensa de mi vida. Cuando llegó el orgasmo me dejó sin oxígeno. Edward seguía sujetando mis caderas, controlándolo todo hasta que caí sobre el sofá, agotada.

Me pareció oírle murmurar: "Feliz Navidad, Bella", pero podría haberlo imaginado.

Luego bajó la mano para sacar algo del bolsillo de los vaqueros. Pensé que nunca querría volver a ver un preservativo después de la boda, pero resultó que estaba equivocada.

Lo miré en silencio mientras se envolvía en él antes de colocarse sobre mí. Me preocupaba no estar demasiado dispuesta después del orgasmo, pero solo con mirarlo el deseo nació de nuevo y envolví las piernas en su cintura mientras él deslizaba las manos bajo mis nalgas para levantarme un poco. Me ardía la cara, pero el calor no tenía nada que ver con las llamas de la chimenea.

Me alegraba de que nuestra primera vez fuera en esa postura porque quería mirarlo. Y, evidentemente, él quería lo mismo porque sostuvo mi mirada mientras me seducía con su boca, sus manos en mis nalgas, hasta que por fin estuvo dentro de mí, deslizándose con una lenta y profunda embestida.

Ay, de verdad, era increíble. Pensé que jamás volvería a sentir algo así en toda mi vida. Era duro, largo, grueso… y podía sentirlo latiendo dentro de mí mientras luchaba para contenerse.

Se detuvo un momento, su respiración agitada. También yo quería que durase, pero estaba desesperada. Clavé los dedos en la suave piel de su espalda y me apreté contra él, sintiendo cómo sus músculos se ponían tensos.

–Dios, Bella … –sus ojos eran más oscuros que nunca y cuando dejó escapar un gemido ronco supe que también él había perdido el control. Estaba dentro de mí, moviéndose a un ritmo perfecto, y grité porque nunca había sentido algo así. Nunca. Hasta unos días antes no nos habíamos tocado siquiera y, sin embargo, parecía conocer mi cuerpo, mis deseos, mejor que yo misma. Sabía cómo moverse, cómo tocarme, cómo encontrar el ángulo y el ritmo perfectos para que lo sintiera todo. Con cada experta embestida me hacía sentir su fuerza, su poder, su masculinidad. Y yo me movía con él, mis manos enterradas en su pelo.

Solo había una lamparita encendida, pero las llamas de la chimenea y las luces de la ciudad que entraban por las ventanas iluminaban la escena. Era como hacerlo en la calle, pero sin el frío.

Más tarde pensé que cualquiera que tuviese unos prismáticos podría habernos visto desde el otro lado del río, pero en ese momento me daba igual. Estaba demasiado ocupada con Edward y él conmigo.

De hecho, estaba temblando, extasiada. Edward dijo algo en italiano mientras deslizaba los labios por mi barbilla. Seguramente no esperaba que respondiese y me alegré porque no podía hablar. No sabía si eran los jueguecitos bajo la mesa durante el almuerzo, si aquello había empezado en la boda o si era sexo estilo italiano (de ser así, había decidido emigrar) pero no podía contenerme más. Las sensaciones físicas provocaban algo en mi corazón que no podía identificar… hasta que me dejé ir con un grito de placer. Él intentaba controlarse, pero gritó también cuando mi orgasmo provocó el suyo, llevándolo al abismo.

Oí que murmuraba una palabrota, pero en cierto modo era un alivio que hubiese perdido el control. Si hubiera podido controlar un placer tan intenso, yo habría empezado a sospechar que era un robot.

No dejábamos de besarnos, ni un segundo. Ni cuando él empujaba, ni cuando nos corrimos, ni después. Seguimos besándonos, compartiéndolo todo, cada caricia, cada gemido, cada suspiro.

Una de mis manos estaba en su pelo, la otra sobre sus hombros, ahora cubiertos de sudor, y me quedé así un momento, atónita y conmocionada, intentando entender qué había pasado.

No sabía qué iba a pasar a partir de aquel momento. Después de todo, aquel nivel de intimidad era nuevo para los dos. Supongo que una parte de mí, la parte realista, esperaba que se apartase. Y si lo hubiera hecho habría dicho algo como: bueno, creo que el Edward vibrador es el producto del futuro o algo así de frívolo para no revelar lo profundamente que me había afectado la experiencia.

Pensaba que eso era lo que diría alguien después de una sesión de sexo sin complicaciones.

Pero Edward no se apartó. En lugar de eso, inclinó la cabeza para volver a besarme, pero con una intimidad diferente. Y con una ternura que me encogió el corazón. No había esperado ternura y, aunque estaba derritiéndome, de repente sentí pánico. Mi corazón era el único órgano que no estaba invitado a aquella fiesta.

Edward debería hacer o decir algo equivocado para que yo pudiese volver a mi departamentoy pasar el resto del día tumbada en el sofá con Rosie, diciendo que los hombres no eran de Marte sino de una galaxia muy, muy lejana. Pero no lo hizo.

Siguió besándome, apartando el pelo de mi cara, estudiándome, apretándome contra él. Si hubiera hecho eso en mi apartamento habríamos terminado en el suelo, pero afortunadamente su sofá era más grande que el mío.

Me abrazaba de manera posesiva y eso me sorprendió. Lo había creído frío y distante. Había pensado que lo suyo no era la intimidad. Claro que tampoco había imaginado que tuviera un tatuaje y eso demostraba que no conocía para nada a aquel hombre.

Como no podía hacer otra cosa me quedé donde estaba, en sus brazos, con la cabeza sobre su torso. Las diferencias entre nosotros me fascinaban.

Mi pelo se mezclaba con el vello oscuro de su torso, mi piel parecía de porcelana comparada con la suya, el interior de mis muslos suave como la seda en contraste con los fuertes muslos masculinos.

Edward levantó una mano para jugar con mi pelo y me pregunté si también él estaría fascinado por las diferencias.

Nunca me había apoyado en un hombre, probablemente porque había aprendido desde muy temprano que apoyarse en un hombre era un deporte de riesgo que podría terminar en tragedia. Mi madre se había apoyado en mi padre y eso fue un grave error. Yo había decidido desde siempre que iba a mantenerme solita y me sorprendió lo agradable que era que me abrazase así. Debo confesar que me sentía segura, lo cual no tenía sentido. ¿Por qué iba a sentirme segura si nunca me había sentido insegura?

Edward levantó mi barbilla para que lo mirase a los ojos y lo que vi allí hizo que mi corazón diese un vuelco. Me había acostumbrado a pensar en él como alguien remoto y frío, pero el calor de sus ojos me dejó sorprendida.

Bellissima –murmuró.

Yo no hablaba italiano, pero no tenía que hacerlo para saber que me estaba diciendo un piropo.

La intimidad sexual se había convertido en otra cosa y los nervios se me agarraron al estómago cuando inclinó la cabeza para besarme.

Pero luego, de repente, me quitó el prendedor del pelo y me tomó en brazos. Y, aunque ya había demostrado lo fuerte que era, yo le eché los míos al cuello. Aquella noche no estaba siendo nada de lo que yo esperaba.

–¿Por qué me quitas el prendedor? ¿Dónde vamos?

–Es una sorpresa.

–Después de la desastrosa boda no me gustan las sorpresas. Prefiero saber lo que va a pasar para estar preparada.

Edward esbozó una sonrisa.

–Vamos al dormitorio. No quiero que te enfríes.

¿Enfriarme? Sería una broma. Estaba tan caliente que si alguien ponía un pedazo de pan sobre mí acabaría tostado.

Pero estaba claro que Edward no quería que terminase la noche y yo no iba a discutir con él. Además, si era sincera, estaba disfrutando como loca del abrazo.

–Tu apartamento es precioso. Las vistas son increíbles.

Cuando Edward me dejó en el suelo vi que su dormitorio estaba dominado por una cama ligeramente levantada y colocada para aprovechar la increíble vista de Londres desde la ventana. Aunque yo solo tenía intención de mirarlo a él.

Había esperado que me tumbase en la cama, pero tomó mi mano para llevarme hacia la ventana.

–Eres un exhibicionista –empecé a decir.

–Levántate el pelo.

Estaba helando fuera. La nieve flotaba en el aire como confeti, pero Edward levantó la tapa del jacuzzi y cuando nos metimos en el agua calentita pensé que era lo más maravilloso del mundo.

Aquel hombre sabía vivir, debía reconocerlo. El calor entraba en mis músculos, relajándome.

–Es un apartamento fantástico. ¿Dónde vive Alice?

–Vivía conmigo hasta el año pasado, cuando se fue a la universidad. Ahora vive en un piso alquilado con unos amigos. Le gusta ser independiente.

Me sorprendió que hubiera vivido con su hermana. Aquel apartamento era claramente un piso de soltero… tal vez se había mudado allí unos meses antes.

–¿Cuánto tiempo vivió contigo?

–Desde los doce años –su voz no había cambiado, pero yo seguía notando algo. Algo complicado. Yo había crecido soportando cosas complicadas, de modo que seguramente tenía una especie de radar. Además, lo mío era el cálculo y sabía que Edward había tenido que hacerse responsable de su hermana desde que era muy joven.

–¿No tenéis familia?

–No, ya no. ¿Cuánto tiempo lleváis viviendo juntas Rosie y tú? –estaba cambiando de tema, pero no me importó. Normalmente, tampoco yo hablaba de la familia, pero por alguna razón hablar con él me resultaba cómodo.

–Casi toda nuestra vida –respondí, echando la cabeza hacia atrás para mirar el cielo. Los copos de nieve caían, ligeros como plumas blancas que cubrían mi pelo y el suyo–. Solo nos llevamos diez meses y compartíamos habitación cuando éramos pequeñas. Estuvieron a punto de separarnos, pero nos negamos.

–¿Quién quería separaros?

–Mis padres se divorciaron cuando yo tenía ocho años y se pelearon para ver quién se quedaba con quién… un asco, de verdad. Pensaban que lo más sensato era que cada uno se quedase con una hija, pero a nosotras nos parecía una barbaridad.

Rosie era más pequeña que yo y había sufrido mucho, pero no se lo conté. Como tampoco le conté aquella vez que se pegó a mí como un mejillón al casco de un barco mientras mi padre intentaba llevarla a su coche. Al final, había tenido que resignarse y nunca volvió a intentar separarnos, pero Rosie había decidido cambiar las clases de ballet por clases de kárate, por si acaso.

–¿De ahí el almuerzo navideño con amigos?

–A mi hermana le gusta recrear su versión del cuento de hadas.

–Es muy generosa. Invita a la mitad de Londres a comer.

–Los amigos son su familia –dije yo, hundiéndome un poco más en el agua– ¿Qué habrías hecho de no haber comido en mi casa?

–Me habría puesto a trabajar.

–Ah, entonces te hemos hecho perder el tiempo. Lo siento.

Edward sonrió.

–Si ese es tu cara de disculpa, vas a tener que ensayar más.

Yo bajé la mirada.

–¿Mejor así?

–No.

–¿Debo suplicarte que me perdones?

Entonces recordé que ya había suplicado y sentí que me ardía la cara. Y al ver los ojos de Edward clavados en mi boca pensé que él estaba recordando lo mismo.

–Eres tan sexy… no tocarte ha sido lo más difícil que he hecho en toda mi vida.

No era lo que yo esperaba que dijese y estuve a punto de hundirme en el agua del todo.

–¿Ah, sí?

En sus ojos había un brillo de incredulidad.

–Tienes que saber que es así, Bella.

–Pues… no. ¿Cómo voy a saberlo? Nunca hemos hablado.

–Exactamente –había cierta exasperación en su voz, como si estuviera diciendo algo que debería ser obvio.

Según Rosie, Edward siempre estaba pendiente de mí…

–Si sentías eso, ¿por qué nunca me lo has dicho?

–Porque estabas saliendo con Mike.

–Y no sé por qué, la verdad. Nunca se me han dado bien las relaciones, pero Mike parecía un chico tradicional, estable. Supongo que pensé que si iba a tener una relación seria, tendría que ser con alguien como él.

–¿Alguien que ignora cómo eres en realidad? ¿Alguien que se acuesta con tus amigas?

–Gracias por recordármelo –dije yo. Claro que Jessica ya no me parecía una amiga. Las amigas no hacían eso.

–¿Te dolió?

–Me dolió un poco, pero más bien por orgullo. Debería haberme roto el corazón, pero no fue así y eso debería decirme algo –murmuré, pasando las manos por la superficie del agua–. La verdad es que se me dan fatal las relaciones. Mi propósito para el nuevo año es tener sexo sin complicaciones, por eso estoy aquí.

–Ah, ya –el brillo de sus ojos hizo que me ruborizase.

–No me has contado qué pasó cuando me fui de la capilla.

–Tuve que llamar a una flota de ambulancias para transportar a todos los hombres que habían sufrido un infarto.

–Venga ya… En fin, no creo que pueda volver a salir a la calle de día. Me muero de vergüenza. No sé cómo voy a dar la cara.

–Nadie estaba mirando tu cara, no te preocupes.

Reí, sorprendida de lo fácil que era hablar con él. La conversación fluía de manera natural.

–No te he dado las gracias por salvarme. Todos los demás me miraban con la boca abierta… ni siquiera Rosie fue capaz de hacer nada. Si no hubiera sido por ti, seguiría allí como una conejita de Playboy. ¿Qué pasó en el banquete?

–Después de ver tus impresionantes pechos, Jessica estuvo de mal humor durante todo el banquete, pero se lo merece por robarte el novio.

–Me alegro de que me lo robase. Si no lo hubiera hecho no estaría aquí ahora.

–Sí estarías aquí. Esto tenía que pasar.

–¿Ah, sí? ¿Cómo lo sabes?

–Porque yo iba a hacer que pasara –respondió Edward –. Estaba esperando que recuperases el sentido común y te dieras cuenta de que Mike no podría hacerte feliz.

–¿En serio?

–Esperaba que fueras tú quien tomase esa decisión, no él. Me preocupaba que no hubieras tenido tiempo de llegar a esa conclusión tú misma y que te hubiera hecho daño.

Pensé en la fiesta de mi ascenso, cuando Mike se emborrachó y ni siquiera se molestó en felicitarme…

–Fue un fracaso, pero no volverá a ocurrir. No voy a tener más relaciones serias, solo sexo… como hoy. Aunque no sabía que esto fuera a pasar, no sabía que Rosie te hubiera invitado a comer.

–Resultó evidente cuando entré en la cocina y vi tu expresión.

–Me alegro de que Rosie te invitase.

–Yo también – Edward deslizó una mano entre mis muslos. No hacía mucho tiempo que había estado dentro de mí, pero necesitaba desesperadamente volver a tenerlo allí.

Levanté un poco las caderas, muy poco porque el golpe de aire helado sobre los hombros me convenció de que bajo el agua estaba mejor, y me coloqué sobre él a horcajadas. Edward me miraba con esa expresión tan sexy que hacía que quisiera hacerle cosas malas.

–Eres el mejor regalo de Navidad que he recibido nunca –murmuré sobre sus labios. Y sentí que sonreía.

–Vamos dentro.

–¿Ahora?

–Sí, ahora mismo. Quiero verte entera y no puedo hacerlo sin que te congeles –tomándome por la cintura, Edward me sacó del jacuzzi y me envolvió en una toalla.