Aquí os dejo esto para que os entretengais el finde

Los personajes no son míos

Los lunes nunca traen nada bueno

Definitivamente Harry odiaba los lunes. Entró en el cuartel general de aurores con paso cansino y saludó con un movimiento de cabeza a Kenneth Towler, que estaba sentado con los pies en la mesa y leyendo el Profeta con expresión aburrida. Harry se sentó también en su mesa y apoyo la cabeza entre las manos, tratando de despejarse.

Poco después empezaron a llegar el resto de aurores y el cuartel se convirtió en una lechucería, cada uno contando su fin de semana a voces. Harry, oficialmente ya con dolor de cabeza, se conjuró un café negro, espeso y humeante, pensando que quizás le ayudaría.

Desde que los últimos magos tenebrosos habían sido capturados, Harry encontraba su trabajo poco gratificante, por decirlo de una forma suave. El se consideraba un mago de acción, y estar sentado todo el día en su mesa frente a una ingente cantidad de papeles (muchas veces se había preguntado si su mesa tendría algún tipo de hechizo que hiciese que éstos se multiplicasen) le resultaba francamente odioso. Incluso había pedido a su jefa Pandora Avicus que le permitiese participar en misiones menores en colaboración con otros departamentos, como detención de contrabandistas o maleantes comunes. Pandora ocasionalmente se lo había permitido, pero como ella decía "somos aurores y no podemos ir persiguiendo a rateros de baja estofa". Y estaba en lo cierto, para eso ya estaba el Departamento de Seguridad Mágica.

Pero bueno, ese año tendrían novedades. Un mago y una bruja habían conseguido acabar el entrenamiento de auror de tres años y se suponía que empezaban ese día. Harry supuso que vendrían con muchas ganas de trabajar, pero lamentablemente habían entrado en una mala época, así que intentarían alargar lo máximo posible el cursillo que explicaba el funcionamiento del cuartel de aurores, sus divisiones, etc.

Justo en ese momento entró Pandora con un chico y una chica de poco más de veinte años de edad, ambos bastante cortados, aunque ella parecía un poco más resuelta.

- A ver, un poco de silencio. Ay que ver cómo estáis los lunes –cuando los diez o doce magos y brujas allí presentes quedaron en silencio continuó hablando -. Os quiero presentar a los dos nuevos aurores, Charlotte Savoy y Julien Zimmermman. Savoy, ve con Potter, Towler y Perks; de ahora en adelante trabajarás con ellos. Julien, ve con Dawlish, Savage y Jones; lo mismo. El resto puede comenzar a trabajar. Bueno días.

Y caminando con paso firme se encerró en su despacho.

Charlotte caminó hasta ellos y se presentó otra vez.

- Hola, encantada –y le tendió la mano a Kenneth.

- Hola Charlotte, lo mismo digo. Pandora tiene la manía de llamarnos por el apellido, pero entre nosotros utilizamos el nombre de pila. Yo soy Kenneth, ésta de aquí es Sally-Anne y este...

- Es Harry, Harry Potter –dijo Charlotte mientras con la mirada le recorría la línea del cabello.

Aunque la cicatriz de Harry ya no causaba tanta fascinación como cuando entró en el mundo mágico, algunos aun se la quedaban mirando como si fuese lo más fascinante que habían visto en su vida. Y a pesar de estar más que acostumbrado, le seguía pareciendo molesto. Mientras Sally-Anne y Kenneth iban poniendo al día a Charlotte, él se dedico a observarla. Parecía que tenía bastantes agallas y si había logrado pasar el entrenamiento de auror con éxito, debía ser muy buena bruja. Era un chica un poco más baja que él, de pelo castaño y ojos del mismo color, de apariencia un tanto anodina: la típica chica que te puedes cruzar al día cien veces y no recordar su aspecto. Perfecta para trabajos de espionaje. Entonces algo saltó en su mente. Charlotte Savoy, Charlotte Savoy... ese nombre le sonaba de algo. Después de un rato se dio cuenta de que la conocía.

Había visto su ceremonia de selección en Hogwarts, durante el último año que estuvo allí. Si no le fallaba la memoria había ido a Slytherin y no se había sentido muy satisfecha de ella. No sabía si había estado a gusto en su casa o no, porque no la había vuelto a ver (ese año estuvo muy "ocupado"), pero suponía que se había integrado.

Entonces recordó la mala fama que había tenido la casa de Slytherin después de la guerra. Incluso un grupo de magos radicales habían pedido que se cerrase y sus alumnos fuesen reubicados en otras casas. Afortunadamente, y gracias a la oposición de McGonagall, la casa había permanecido abierta y poco a poco (muy poco a poco) se había ido perdiendo poco a poco el recelo que había contra ella. Por supuesto, aun existía recelos contra ella y una parte de la comunidad mágica no veía con buenos ojos a la casa que había provisto a Voldemort de sus más fieles aliados: era como si temiesen que de ella surgiese algún otro loco que tirase por tierra la perfecta sociedad mágica que había surgido tras la guerra. Pero en realidad no tenían mucha fuerza, y sus acciones se limitaban a escribir cartas anónimas al suplemento dominical del Profeta.

De hecho, la mayor parte del mundo mágico trataba a los slytherin con gran respeto y tolerancia. Draco una vez encontró un término en un libro y dijo que eso era ni más ni menos lo que estaba ocurriendo con ellos: discriminación positiva. Ahora estaba peor visto que antes juzgar a alguien por su casa o su estatus de sangre y los magos y brujas, para que nadie pensase que seguían las ideas de Voldemort, trataban a los slytherin y los hijos de muggles con una deferencia rayana en el surrealismo. Por ejemplo, un día colaron a Hermione en San Mungo un día que fue a hacerse un chequeo rutinario solo porque era hija de muggles. Y Dean sospechaba que por ese motivo también la habían dado su puesto en el Profeta.

- ¡¡Potter, reacciona!!

Sobresaltado (y pensaba que también con cara de tonto) miró a Sally-Anne. Daba la impresión de que le llevaban llamando un par de minutos.

- Estaba diciendo que Kenneth y yo vamos a enseñarle a Charlotte el archivo, ¿nos acompañas?

Harry se encogió de hombros y les siguió arrastrando los pies.

Un nuevo día había comenzado en el cuartel general de aurores.

****

Draco estaba esa mañana muy nervioso. Después de varios años trabajando y estudiando en casi todas las divisiones del Departamento de Misterios, por fin le iban a asignar un puesto fijo.

El no tuvo que estudiar tres años como Harry para entrar en su departamento, si no que una vez estudiada y aprobada su solicitud, la cual no dejó de crear controversias, había entrado directamente como aprendiz.

Primero había pasado un año tratando de arreglar los giratiempos que Harry y el resto habían destrozado tratando de huir de los mortífagos. Por suerte se había salvado uno y entre él y Croaker le habían practicado una serie de complicados encantamientos y hechizos para poder reproducirlo. Había sido una tarea dura, porque no valía con un simple geminio. El primero solo les proporcionaba cinco minutos; el segundo, meses después, ya alcanzaba los quince. Así, tras arduos esfuerzos consiguieron lograr giratiempos que proporcionaban una hora completa, el máximo tiempo autorizado. Draco sospechaba que se podían hacer de dos tres y hasta cuatro horas, con lo que una sola vuelta bastaría. Pero al fin y al cabo el resultado era el mismo y los dos se sintieron bastante satisfechos con su trabajo.

Y lo que jodía de verdad a Draco era que no lo podía contar a nadie. Sabía que Harry habría estado muy orgulloso de él y por fin, medio en broma medio en serio, se podía jactar delante de él de superarle en algo. Pero eso era del todo imposible.

Después estuvo trabajando con Despina Tarvos en la Sala de Orión. Aquella sala maravilló a Draco en cuanto entró. Se trataba de una recreación del sistema solar y debía su nombre a que precisamente éste se encontraba en el Brazo de Orión de la Vía Láctea. En la sala estaban representados todos los planetas con sus lunas y satélites, incluso dos que no eran conocidos por los muggles, Laoconte y Bellona. Lo que más le impresionó es que en cuanto ponías un pie en la sala te quedabas flotando en la nada y por la mera volición, podías ir y venir por la recreación planetaria.

En esa sala se estudiaba el movimiento de los planetas y éste se utilizaba sobre todo en Adivinación. Lamentablemente, era un tema que no interesaba nada a Draco y solía pasarse las horas muertas flotando entre las lunas de Júpiter o Neptuno, así que no duró mucho en él.

Otra cosa que le asombró fue la entrada al Departamento de Misterios. Harry le había contado muchas veces su incursión en él, y lo que habían tardado en averiguar que puerta conducía a la Sala de las Profecías desde la Sala Giratoria. Antes de entrar Draco se preguntó muchas veces como iba a ser capaz de ir de un sitio a otro, pero luego resultó que para un inefable era muy fácil. Simplemente entrabas en la Sala Giratoria y casa puerta estaba marcada con un símbolo. Por ejemplo, la Sala de Orión estaba marcada con una estrella; la del Tiempo, con un reloj de bolsillo; la Sala de Átropos (a la cual aun no había tenido acceso), con una calavera. Y así sucesivamente.

Esa mañana se sentó en su pequeño despacho y esperó a que llegase el director del Departamento de Misterios, Reuben Smith. Su jefe no le caía especialmente bien, sobre todo después del cometario que le hizo su primer día de trabajo: entre slytherin tenemos que ayudarnos. Otra vez discriminación positiva. Pues bien, Draco pensó demostrar que de verdad merecía ese trabajo. Y a tenor de los comentarios de sus compañeros, lo había demostrado con creces. Pero no podía negar que gracias a Smith había logrado entrar en el Departamento de Misterios, así que le trataba con educación, ya que después de todo, no dejaba de ser su jefe.

Sin molestarse en llamar, Reuben Smith entró y se sentó en la silla que había frente a su mesa.

- ¿Qué, muchacho, preparado?

- ¿Yo? Siempre –respondió con una sonrisa orgullosa.

- Bien, así me gusta –se frotó las manos para entrar en calor y prosiguió -. Supongo que sabrás porqué estoy aquí.

- Tengo una ligera sospecha.

- Astuto, muy astuto, como una verdadera serpiente.

Draco torció un poco el gesto, pero no dijo nada. Le interesaba más saber cual iba a ser su trabajo.

- Bien, vamos al grano. Después de mucho pensar, he decidido que de ahora en adelante y de forma indefinida vas a trabajar en la Sala de las Profecías –y se le quedó mirando fijamente, esperando su reacción.

Aquello fue como un jarro de agua fría para Draco. De todas las salas y divisiones que en las que había trabajado o había visitado, era la que menos le gustaba. Además, en aquella sala solo estuvo una semana, lo justo para que Malachy Malone le explicase cuatro cosas sobre el almacenamiento de las profecías. Aparte de eso, no sabía nada más ni había vuelto a poner los pies en dicha sala.

- Parece que no te ha hecho mucha ilusión –dijo su jefe levantando una ceja.

- No, no es eso –se apresuró a decir Draco -. Simplemente no me lo esperaba. Además...

- ¿Sí?

- Ya sabe, señor Smith. Según la solicitud que le presenté hace unos meses, mi deseo es trabajar en la Sala de Átropos.

- Ya conoce mi respuesta sobre eso, señor Malfoy –de repente se había puesto anormalmente serio -. En esa sala se estudian la vida, la muerte y más cosas que aun no está preparado para comprender, y mucho menos para trabajar con ellas. No insista.

Draco permaneció en silencio mirándole insistentemente.

- Draco, en esa sala no puede entrar cualquiera y lo sabes –continuó de forma un poco más amable -. Los que trabajan allí llevan años estudiando y trabajando en el tema que les ocupa. Sí, ya sé que tienes curiosidad –dijo atajando lo que sin duda era una protesta -, pero créeme: muy pocos están preparados. Ahora, no hagamos esperar a Malachy.

Draco sabía muy bien porqué había sido asignado a la Sala de las Profecías. Exceptuando a dos o tres aprendices, él había sido el último entrar y nadie quería un trabajo tan tedioso como ese. Que él supiese, Malachy no hacía otra cosa que quitar el polvo de vez en cuando a las esferas y registrar las nuevas profecías, lo que no debía llevarle más de cinco horas a la semana. Pero Malachy rondaba los ciento cuarenta años y estaba ya pensando en la jubilación, por lo que necesitaban que alguien se encargase, y Draco, como novato, había sido el elegido.

Los próximos cien años se le antojaban como una condena.

Al llegar a la sala, Malachy Malone les estaba esperando cerca de la puerta. Miró a Draco desaprobadoramente y esté le devolvió la mirada con indiferencia. Smith, ajena a la tensión ambiental que allí había se despidió y se marchó en busca del nuevo aprendiz que empezaba ese día.

La verdad es que el encargado de la Sala de las Profecías no era una grata visión. Viejo, encorvado, con una raída túnica y los ojos cubiertos por una pátina lechosa, como si tanto tiempo contemplando esferas luminosas hubiese hecho que sus pupilas adquiriesen el mismo color. Cuando se estaba preguntando si estarían permitidas las gafas de sol, su nuevo jefe se dio la vuelta y comenzó a caminar renqueante. Draco no se movió de su sitió hasta que el viejo gritó girando un poco la cabeza:

- ¿Vas a quedarte ahí todo el día? Sígueme de una vez.

Draco apretó los puños y le obedeció, aunque se dijo a si mismo que seguro que no era tan difícil esconder allí un cadáver. Mientras caminaba con Draco un par de pasos por detrás (no quería ver sus ojos más de lo necesario), Malone iba hablando con la voz temblorosa por la edad. "Por Merlín –pensó -. Si llego así a su edad, me lanzó un avada a la cabeza".

- Supongo que ya sabrás el funcionamiento de esta sala, chico, así que no me voy a detener en explicártelo –se paró y le dirigió una sonrisa maliciosa -. Ven a este cuarto, aquí es donde desempeñarás tu nuevo cometido.

A Draco no le gustó esa sonrisa. Y con razón. En cuanto entró al cuarto que le había señalado y sus ojos se acostumbraron a la semipenumbra reinante, quedó claro que eso era una especie de archivo. Las paredes, de unos diez metro de alto, estaban recubiertas de archivadores tan llenos que más de la mitad de ellos no podían cerrarse. Por el suelo había desparramados cientos de pergaminos que se habían caído de los cajones superiores, merlín sabe desde hacía cuanto tiempo. Y apiladas contra la pared había una diez cajas, también rebosantes de pergaminos.

- Este va a ser tu lugar de trabajo hasta que me jubile, luego podrás hacer lo que quieras. ¿Ves esas cajas del fondo?

Draco se limitó a asentir con la cabeza.

- Tienes que ordenar los pergaminos de dentro, chico. Y antes de que preguntes por qué, te diré que es un trabajo muy importante, que teóricamente debe estar al día. Lo que tienes delante son profecías sin registrar. Sabes lo que son, ¿no, chico?

Claro que lo sabía. Cuando por una u otra razón, la profecía no era registrada por nadie (por que se hacían en sueños o por gente que no era consciente de ello) iban a parar a la Pitia del Oráculo de Delfos: la jefa de las adivinas, profetisas y demás, por así decirlo. Ella se encargaba de registrarla y archivarla por si algún día alguien la necesitaba. Lo cual le parecía una suprema tontería, ya que si nadie sabía de su existencia era imposible que la reclamasen. Pero así había sido siempre.

- La pitia actual a muerto, chico –continuó después de aclararse asquerosamente la garganta -, y la costumbre reza que todas las profecías no registradas sean devueltas a su país de origen y que allí hagan lo que les venga en gana con ellas. En Delfos se queda una copia, naturalmente, y nosotros con el original. Ayer mismo nos las envió la nueva Pitia, Damara Valtockomous

- ¿Cómo saben a que país pertenecen cada una? – preguntó sin poder contenerse -. Es decir, si vienen sin destinatario, o son confusas, o yo que sé, cualquier cosa, ¿cómo sabe en que país fueron proferidas?

Malachy le miró con altivez, levantado la cabeza todo lo que le permitía su cansado cuello.

- Te queda mucho que aprender chico –aquel apelativo le estaba empezando a sacar de quicio -. La pitia lo sabe por el idioma. De forma natural, transcribe la profecía en el idioma en el que fueron proferidas, así que no hay mucha confusión. Aunque tu creo que te llevas la peor parte, ya que tendrás muchas profecías yanquis y viceversa. ¿Has entendido, chico?

Y Draco, sin poder contenerse, contestó:

- Sí, el chico lo ha entendido.

Malone le miró malhumorado y dando un portazo le dejó allí en la más completa oscuridad.

Suspirando sonoramente y con ganas de liarse a patadas con las malditas cajas, conjuró unas cuantas llamas flotantes (truco que había aprendido de Hermione) y contempló la habitación. Por Merlín, estaba más sucio que el cuarto de un elfo doméstico. Lo limpió lo mejor que pudo y apiló los pergaminos caídos en dos temblorosos montones que amenazaban con caerse a la primera de cambio y después se dirigió a paso lento hacia las cajas de su desgracia y abrió una al azar para inspeccionarla.

Por suerte, la difunta Pitia era una persona muy ordenada. Al principio de cada pergamino estaban escritos los datos que poseía, ya fuesen el destinatario, el que la había proferido o la persona o tema al que hacían referencia, así que iba a ser fácil. Las iba a archivar por orden alfabético y punto, aunque pensaba que su trabajo no servía de nada: eran profecías que nadie iba a reclamar nunca. Si por él fuera, las dejaría allí tiradas por los restos y se dedicaría a leer. Pero era una persona a la que le gustaba hacer bien su trabajo, por muy desagradable e ingrato que fuese éste, así que cogió un montón de pergaminos y se puso a ordenarlos, tratando de que su frustración no le pudiese y acabase incendiando la maldita sala.

Aquella tarde al salir del trabajo decidió ir a casa al estilo muggle. Pensaba que realmente había tenido mala suerte. De todos las divisiones y salas del Departamento de Misterios le había tocado la más aburrida. Al tomar el metro en Bank se dijo que quizás no estuviese todo perdido. Al fin y al cabo, Smith le había dicho una vez que entre slytherin había que ayudarse. No creía que le destinase a la Sala de Átropos, pero podía hacer que uno de los aprendices acabase allí y el ser destinado a otra sala o división. Rogaba a los cielos que así fuese.

Cuando llegó a Nothing Hill Gate estaba un poco más animado. Eso era lo único que odiaba de su trabajo. Aunque llegase a casa frustrado o enfadado, no podía contar nada a Harry. Cuando tenía un día realmente malo se iba solo a dar una vuelta (generalmente de compras) hasta que se le pasase el cabreo. O si sabía que Harry tenía doble turno iba a casa directamente y se ponía a cocinar, lo que, sorprendentemente, había descubierto que le relajaba.

Justo cuando subía los escalones de su casa se encontró con su vecina, Claudia Paulson. Claudia era una chica de más o menos su edad que vivía sola, aunque se veían a numerosos chicos entrar y salir de su casa. Alguna vez habían salido a tomar algo o a cenar, se lo habían pasado estupendamente y no habían metido la pata. Para ella, Harry era escolta de un miembro de la cámara de los lores y Draco trabajaba en una revista de moda. Realmente se lo habían pasado muy bien, y ambos sentían no poder invitarla a su propia casa, como había hecho ella una vez, pero era imposible si querían respetar el Estatuto para el Secreto de la Magia. Además, pensaban que una cosa era mezclarse con los muggles por las calles o en las tiendas, incluso adoptar un poco su forma de vida y salir a cenar con Claudia de vez en cuando. Pero otra muy distinta era invitarles a casa, porque ¿cómo se explica a un muggle que las fotos del recibidor le están saludando? Muy complicado.

- Hola Draco. Tienes mala cara, ¿un mal día?

- Puede decirse así, sí –Draco se miró de reojo en el cristal de la puerta y vio que realmente no tenía buen aspecto -. En cambio a ti te veo muy bien, ¿nuevo novio?

- Algo así –contestó riéndose.

- Pues a ver si este te dura un poco más.

Bah, para lo que servís...-dijo riéndose a su vez -. Por cierto, no es que me importe, pero antes he visto a un chico merodeando por vuestra casa.

Draco se extrañó, ya que si alguno de sus amigos hubiese ido a verles, habrían llamado a la puerta y al ver que no estaban se habrían marchado. O si era muy urgente estarían esperándoles en las escaleras. O que demonios, le hubiesen mandado un mensaje a través de la varita. Estaba empezando a pensar como los muggles.

- ¿Y no sabes quien era? –aunque lo creía poco probable.

- No, no sé. No era ese chico con la cara redonda que he visto alguna vez. Ni ese tan pelirrojo que vimos un día con la mujer en Harrods.

Evidentemente, eran Neville y Ron. Frunció el entrecejo tratando de pensar quien podía ser. Pero no sabía de nadie que pudiese "merodear" por su casa. Claudia le vio preocupado y trató de calmarle.

- Tranquilo rubio, no creo que sea el ex - novio de ninguno de los dos.

"Era bastante corpulento, tirando a gordo. Y con una cara de idiota de espanto"

Draco trató de disimular su sorpresa, porque ya sabía quien era.

¿Qué quería de él Goyle, después de tanto tiempo?


Albem, no te he podido contestar porque tienes desactivada esa opcion, pero como ves sigo vivo (ya te contaré)

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