Sufrir por alguien a quien amas es un sacrificio noble.
Amar es un sacrificio.
Te arriesgas a no ser correspondida, te arriesgas a perderlo todo por amor.
Hay quienes dicen que no hay nada mas fuerte que el amor de una madre.
Es cierto, totalmente cierto.
El amor maternal es ciego, incondicional, ilimitado, absoluto.
Es como desarrollar una adicción, no puedes separarte de tus hijos, ni siquiera en tus propios pensamientos.
Harías todo por ellos, incluso algo que no este a tu alcance, incluso morir.
Pero cuando amas a su posible asesino...puede pasar casi cualquier cosa.
Observas a tu única hija, es como ver un relfejo adolescente tuyo, a pesar de que ni siquiera es tu hija.
Te mira como si se sintiera culpable de lo que pasa, una enorme mancha purpurea recorre su ojo derecho y la mejilla.
Cada vez que la ves sientes esa ira borboteando dentro de tí, haciendo hervir tu sangre.
Recuerdas a la perfección la noche anterior.
¡NO!-sus gritos rompieron el silencio tan tenso que se había formado en menos de un segundo.
Ella mira ira horrorizada la sangre que trazaba un delgado hilo desde tu nariz hasta tu boca y chorreaba por tu barbilla y cuello.
La sangre forma una mancha intensa en tu ropa, tus pies y el suelo.
Cuando ella emite un quejido ahogado, solo recibe un empujón tan fuerte que la arroja al suelo.
Intentas levantarte para defenderla, pero las piernas te fallan, tu propio cuerpo te traiciona.
Te sientes débil, perdiste totalmente la noción del tiempo.
¿Cuanto tiempo llevabas en ese estado tan deplorable?
Sientes que todo da vueltas a tu alrededor, tus ojos se cierran y te desmayas.
No sabes cuanto tiempo ha pasado, pero cuando despiertas estás en tu cama.
Una flor blanca está en la mesita de madera, la arrojas a la pared y ves caer tres suaves pétalos blanquecinos sobre el tapete.
¿Acaso pensará que con flores se me va a olvidar todo lo que me ha hecho?
¡NOOO!-el grito te sorprende.
Te levantas lo más rápido que puedes, corres.
Ves la sangre corriendo como un estanque escarlata, en un rincón hay una sombra que emite un quejido muy lastimero.
Ella rodea sus las rodillas con los brazos, tenía la cabeza hundida en las piernas, estaba asustada, horrorizada.
Cuando levanta su cara miras lo que alguna vez fue un rostro bonito, ahora era un amasijo de sangre fresca, lágrimas y manchas violaceas.
Has soportado todo: humillaciones, golpes, desdeños.
Pero nunca soportarías que lastimaran al ser que mas amas, por quien has luchado toda tu vida.
Esa motivación de vivir que tienes ahora está escondida sollozando sin control en un rincón oscuro.
Apagas las luces de la estancia, de la cocina y del corredor más largo.
La única fuente de luz es la vela que está en la repisa del corredor, la tenue luz que emite te guía mientras corres.
¡¿Porque huyes de mi?!-esa voz la escucharías hasta en sueños, porque es la protagonista de tus peores pesadillas-¡No te atrevas a seguir corriendo!
Sigues corriendo, para alejarlo lo más posible, si no te salvas tú, harás lo que puedas por salvarla a ella.
Ahora la escena a cambiado, no corres con miedo, no huyes de tu posible asesino.
Te detienes de pronto y con tanta fuerza a media carrera que tu cuerpo tiembla.
Ahora sabes que debes hacer: debes huir de ese infierno, del calvario al que te has sometido.
Y tambien sabes que debes salvar al ser que más amas, no puedes vivir con el miedo de que sufra tu mismo martirio.
Tus pasos repicaban en la hueca piedra blanca de las escaleras, segura de que irá a buscarte ahí.
Vamos Lisa-dice con una voz que pretendía ser cariñosa, pero tenía un filo cortante-Ven conmigo, no voy a hacerte daño.
Sonríes, en menos de un segundo tienes ante ti a quien fuera tu victimario por años.
Esperas cualquier movimiento, pero esto no pasa, ni se acerca ni se aleja.
Cuando recuerdas el sufrimiento de años y años pasados te armas de valor y haces lo que jamás pensarías hacer ni en sueños.
Te acercas dando tres pasos, tres pasos dados con seguridad, sin miedo, diferentes a esos pequeños movimientos temerosos de antaño.
Pones tus manos en su cuello, como si lo acariciaras, como si fueras a besarle.
Durante un segundo, mantienes tus manos vacilantes en su cuello, trazando una línea muy corta con el dedo.
Yo nunca, nunca, te lastimaría, te lo juro, confía en mi-musitas en su oído-Yo te amo, ni siquiera pensaría en perjudicarte.
Esa caricia falsa de pronto se vuelve un rápido y cólerico movimiento.
Ese sencillo pero airado movimiento las vertebras crujen mientras el cuello se rompe.
Con ese simple movimiento lograste salvarte a ti y a tu hija, aún cargando a cuestas una vida humana que has arrebatado.
Una vida humana que en realidad, no valía nada.
Ahora se extendía ante tí todo un abanico de posibilidades.
La expectativa de la vida que habías visto, creído y padecido desde hacía tanto tiempo desaparecía de tus ojos.
