Capítulo IV

"todo se oscurece…" escuchó en un susurro. Unos hermosos orbes dorados se abrieron al instante de escuchar aquella frase, sus sentidos se agudizaron para tener mejor percepción de su entorno. Miro a su alrededor buscando a la dueña de la voz que acababa de escuchar, pero no vio a nadie solo estaba rodeado de bosque. "Inu…Yasha…" escucho de nuevo y supo que algo andaba mal, su instinto se lo decía, aquella azabache estaba en problemas. Pero… ¿dónde estaba?

-¡Kaagoomee!- gritó al viento el peliplata, más no recibió respuesta alguna-¡Kagooomeee!- gritó con todo lo que su voz le permitía, su garganta se irritó y el grito quedó apagado en un quejido desolador.

Giró desesperadamente para todos lados, su respiración se comenzaba a agitar ya era demasiada la tortura de no saber de dónde provenía la voz de Kagome.

-InuYasha…- dijo una voz femenina desde atrás de hanyou, quien rápidamente se dio vuelta para ver a la dueña de esa peculiar voz, esa voz tan fría, sin sentimientos, sin vida.

Sus pupilas se dilataron al ver a aquella joven que había sido tan importante en su vida, y que ahora se encontraba repitiendo el mismo escenario en el que aquella vez que fue sellado.

-Ki-Kikyo…- dijo en un suspiro de sorpresa. Observó como aquella sacerdotisa de barro estaba en guardia, con su arco y flecha sagrada, apuntándolo amenazadoramente- ¿Qué ha-haces Kikyo?- el peliplata retrocedió lentamente hasta que chocó con un tronco. Se dio vuelta para ver el árbol y en aquel viejo tronco observo la antigua marca de la que había sido su "tumba".

-¿Por qué lo hiciste, InuYasha? ¿Por qué me engañaste así?- dijo entre lágrimas de rabia Kikyo- de verdad yo había creído en ti, pero me engañaste… otra vez- una lágrima resbaló por su pálida mejilla y cayó de su rostro al suelo.

-¿de qué hablas?- preguntó confuso- ¡No te he hecho nada Kikyo! Dime ¿Qué es lo que suce…- se vio interrumpido por la contestación de la pálida sacerdotisa.

-¡Mueree InuYashaaa!- dijo Kikyo mientras disparaba una flecha que se envolvió en un poder que se percibía de color rosado. La flecha salió disparada rápidamente, tan veloz que InuYasha ni siquiera pudo intentar esquivarla.

El brillo rosado de la flecha sagrada se acercaba a él, como en aquella vez, como en aquel malentendido. Sintió su pecho atravesado, un dolor agudo se presento en su corazón, el aire le faltaba y el esplendor de la energía purificadora lo consumía…

-¡AHHHHH!- el peliplata grito desesperado mientras se levantaba asustado.

-¿Qué sucede… aauuh*bostezo*… InuYasha?- pregunto el lindo zorrito que se rascaba los ojos intentando despertarse.

-¡¿Qué pasó?! ¡¿Dónde está Kikyo?!- cuestionó casi inconsciente de estar a salvo.

-¿De qué estás hablando InuYasha?- preguntoó el monje, algo preocupado por el estado de crisis emocional de su amigo.

-E….eel Árbol Sagrado… yo estaba ahí y Kikyo… ella estaba a punto de purificarme…- el ojidorado miró alterado a su alrededor y observó que se encontraba en la cabaña donde vivían con los chicos.

Sango al ver a InuYasha en ese estado se acercó- creo que solo fue una pesadilla- le dijo tranquilamente- es mejor que te calmes, recuerda que aun debemos estar al pendiente de lo que le suceda a Kagome, aunque tú nos hayas dicho que eso no es parte del trato que hiciste con ella-dijo algo inquieta por la preocupación que le provocaba haber dejado a su amiga con aquel guerrero.

-ahh…Ka-Kagome… ella…¡¿Dónde está ella?! ¡¿Dónde está Kagome?!- se desespero de nuevo y aparto a Sango de él. Miroku se paró rápidamente para impedir que InuYasha se vaya en ese shock que tenía, primero debería calmarse.

-InuYasha, creo que es mejor que descanses ahora. Mañana saldremos a primera hora a buscar a la señorita Kagome, pero ahora debes estar calmado- sin embargo, el peliplata no se detuvo y salió de todas maneras. Se dirigía a la puerta para ir a buscar a aquella chiquilla que despertó la preocupación en él. Su necesidad de protegerla era más fuerte que su orgullo ante aquel trato que habían hecho, esta vez no dejaría que le sucediera nada a la azabache pero… ¿Dónde estaba? Al igual que en su sueño, InuYasha se encontraba completamente perdido, sin dirección.

Bankotsu vio sorprendido lo que le sucedía a la miko, su corazón comenzó a latir más fuerte cuando escuchó escapar de aquellos labios un grito de dolor. Sintió su sangre arder ante la impotencia de no haber podido repeler el ataque a tiempo, pero no perdería más tiempo. Una vez que el brillo se volvió al abanico y que el delicado cuerpo de la joven caída sin remedio alguno al frio suelo, se levantó y puso su alabarda en lo alto, lista para un ataque.

De repente, sintió un fuerte dolor en su garganta, un dolor que le cortaba la respiración, como si se cerrara completamente. Llevó su mano rápidamente al lugar del dolor y se sostuvo el cuello intentando detener el terrible asfixiamiento que estaba sufriendo. Su cuerpo no aguanto más y cayó de rodillas al suelo, soltó su alabarda y enterró sus dedos en la fría y húmeda tierra en señal de desesperación. Levantó levemente su vista, lo más que podía hacerlo, para observar a Kagura.

-No intentes dañarme, que yo no tengo la culpa de nada. Además recuerda que ese fragmento está infectado, así que será mejor que no te apresures en morir de nuevo. Lo que te sugiero es que acabes con Naraku, él es el único culpable de todo lo que está sucediendo, y creo que de esa manera podrás salvar a esta chiquilla- dijo mirando a Kagome.

El oxígeno le faltaba, sus pulmones comenzaron a fallar, la desesperación se volvió enloquecedora.

-pero queda en tu decisión que te mantengas al margen de lo que pase con esa muchacha y sus amigos, Si es que quieres seguir conservando esta vida que te dieron.- dijo fríamente la princesa de los vientos mientras soltaba una pequeña y cruel risa. Con un movimiento de su abanico, envió una ráfaga de viento al guerrero.

El aire volvió a ingresar a sus fosas nasales, su garganta ya no sentía esa presión de asfixiamiento. Con un ahogamiento y una tos intensa pudo volver a sentir a sus pulmones funcionar, y levantó la mirada nuevamente para ver como aquella mujer de ojos carmines de alejaba en la pluma inmensa que poseía. "maldita sea… cómo es posible que sobreviva si estos estúpidos fragmentos estan infectados…" pensaba mientras recobraba el aire por completo. Miró hacia un costado y observó el arrojado cuerpo de la adolescente "demonios, ojalá que te encuentres bien…" y se levantó para ir hacia donde se encontraba la muchacha.

La azabache se encontraba boca abajo, su uniforme estaba todo sucio y rasgado, su rostro lastimado y sus parpados enrojecidos. Bankotsu miro el desecho rostro de aquella desafortunada joven, por un momento sintió pena, culpa y una gran necesidad de curarla. La cargo delicadamente en sus brazos y la recostó en uno de los improvisados futones que construyó; la recostó y buscó algo de agua para limpiar su rostro. La verdad nunca antes se había dedicado a cuidar a nadie, pero ahora esa necesidad debía ser calmada y la única manera era ayudando a aquella miko que salvó su vida, y que por lo último que habían hablado, quería cambiar su futuro.

Corto un trozo de tela de su traje blanco y lo humedeció para poder aliviar el ardor que presentaban sus parpados, "espero que estés bien por la mañana" pensó sin querer y fue ahí donde se vio así mismo prestando importancia a algo que nunca antes había considerado. A pesar de que él también se encontraba algo herido, su cuerpo resistió y se concentró en cuidar de aquella inconsciente miko. La noche iba a ser larga, así que decidió prender una fogata y permaneció durante toda la madrugada junto a la joven, observándola en silencio.

-Demonios, Kagome ¿Dónde estás?- hablaba consigo mismo. Cuando de repente, sintió la esencia de Kikyo-¿Qué? Kikyo está por aquí…- se detuvo y observó a su alrededor, a su dirección izquierda se encontraba la fuente de aquella esencia. Su corazón deseaba que el vaya al encuentro con aquel antiguo amor, pero también sentía la necesidad de encontrar a Kagome y asegurarse de que estaba bien. Sus deseos pudieron más que su conciencia, por lo que se decidió por seguir el camino hacia su pálida sacerdotisa.

"uhmm, ¿InuYasha?" Kikyo sintió la presencia del peliplata y le permitió ingresar a su campo de fuerza.

Una vez que InuYasha llegó, la vio allí sentada sobre una rama baja con sus serpientes cazadoras de almas a su alrededor. Su rostro se veía igual de perfecto como el día en que se conocieron, sin embargo todo había cambiado. Kikyo lo observó de igual manera y se limitó a dirigirle una fría mirada.

Poco a poco el peliplata se acercaba a la pálida sacerdotisa, y ella solo se mantenía allí, quieta, observando cada movimiento del hanyou.

-InuYasha ¿Qué haces aquí?... sabes lo peligroso que es estar así, a solas- dijo fríamente- podría llevarte conmigo al infierno si así lo deseara y terminaríamos con esto de una vez por todas.

Pero InuYasha no dejo de caminar hacia ella, ahora algo invadía su ser. Un sentimiento de recobrar aquellos sentimientos que la sabía nunca habían desaparecido por completo. Kikyo, por su parte no era indiferente, ella aun seguía enamorada de aquel peliplata pero primero debía destruir a Naraku y luego se llevaría a InuYasha consigo.

Ya estando cara a cara, InuYasha dijo…-Kikyo… te necesito- su voz sonaba ronca, tal vez la cercanía había provocado en el algo más que solo ver a aquella sacerdotisa.

La fría sacerdotisa levantó su mirada hacia el rostro de su amado hanyou, y encontró en él una tierna y cálida mirada dorada, que le provocó un agradable estremecimiento en su interior. Se sorprendió un poco, pensó que era indiferente a esos deseos, pero así como nació en el peliplata nacieron en el ser de ella. Poco a poco fueron acortando la distancia, InuYasha se acercaba cada vez más al rostro de la pálida muchacha y depositó en sus labios un dulce beso. Ambos cerraron los ojos ante el contacto y disfrutaron de esa dulce demostración de amor.

El peliplata se acercó al frágil cuerpo de la pelinegra y la tomó suavemente de la cintura. Kikyo se sorprendía por las actitudes del joven hanyou. Sin embargo, se dejó llevar por él. Al parecer , ella también deseaba esa cercanía y su cuerpo se sentía impotente de poder detenerse.

InuYasha la recostó en el césped y el besó nuevamente, se sentía aliviado de poder besar esos dulces labios y de que todo lo que había imaginado era solo una pesadilla. Sabía que, a pesar de todo, Kikyo lo amaba y él también a ella.

La pelinegra sintió la necesidad de tomar el rostro de InuYasha y de mirarlo a los ojos, para poder asegurarse de que no estaba en un delirio, y que lo que sucedía era real. Se apartó un poco y al ver el amor en esos ojos dorados, se sintió estremecer nuevamente, por poco se escapan unas lágrimas de felicidad de sus fríos ojos, pero se contuvo, no quiso arruinar el momento.

El hanyou volvió a besarla, y abrazando su cintura, comenzó a dejarse llevar por el momento. Sus manos empezaron a recorrer el fino cuerpo de la joven, acarició su espalda, y llevó su mano hasta la nuca de Kikyo, causándole una sensación agradable que a la vez incrementaba el deseo entre los dos. Lo que iba a suceder era inevitable, ya que ninguno de los dos se sentía capaz de detener. Las manos de Kikyo recorrían la espalda del peliplata y se aferraban a ella.

-Necesito…necesito tenerte…- dijo con la voz extasiada, necesitaba sentir la piel de su amada Kikyo.

-Inu…Yasha- respondió débilmente la pelinegra.

De pronto, sucumbieron ante sus necesidades de estar cercanos. Sus besos se volvían cada vez más apasionados, sus manos recorrían sus cuerpos explorándolos y provocando sensaciones en ellos. Las ropas fueron quedando de lado hasta que se encontraron en el contacto de piel con piel, y allí comenzaron amarse con pasión. InuYasha trataba con delicadeza al frágil cuerpo de Kikyo y provocó en ella un mar de sensaciones placenteras, jamás había amado a nadie así y algo le decía que nunca más lo haría. Tal vez Kikyo era la mujer de su vida, tal vez su corazón solo pertenecería a ella… por siempre. Aquella noche fue una noche especial para ambos, pero en esa noche, InuYasha también decidió con quien quedarse. Pero eso no significaría que no protegería a la azabache, ya que eso era algo que le había prometido a Kagome y no la decepcionaría pero ahora sabia a quien pertenecía su corazón.