Capítulo 4: Lucy Firma un Autógrafo

Royal Woods, Michigan, Diciembre de 2046.

Sobre una mesa adornada con un elegante mantel de color negro se exhibían un conjunto de obras literarias con títulos como: La Ciénega, El Domo, El Centello o Mausoleo de Mascotas. Todos cuidadosamente acomodados junto a un marco de plata con la foto de una bella mujer de piel pálida con el cabello oscuro, y un cartel fijado sobre un caballete de madera que anunciaba en letras grandes:

Lucy. L. Loud.

La Autora de Mayor Venta.

La mujer de la foto no pudo evitar sonreír con un dejo de orgullo al pasar por ahí. Pero ni eso sirvió para aliviarle el nudo que se le estaba oprimiendo en el estomago.

–Disculpe… –se acercó a la recepción a llamar a uno de los empleados de la biblioteca–. Suspiro… ¿Clyde McBride?

–Acaba de marcharse –contestó.

–Oh… Suspiro.

–Pero estoy seguro de que volverá.

–Bueno, entonces… Suspiro… Entonces voy a sentarme ahí y... y voy a esperarlo ahí, ¿si?

Lucy fue a sentarse en una banca, tomó un periódico del día que encontró en la mesita de al lado y leyó el encabezado de la primera plana.

CONTINUA LA OLA DE ASESINATOS EN ROYAL WOODS

Esta Semana Se Reportaron Tres Nuevas Victimas. Todos Eran Niños Pequeños.

Suspiro...

Flashback.

Royal Woods, Michigan, Septiembre de 2017.

Estamos aquí reunidos para dar el ultimo adiós a Lincoln Loud. Amado hijo, amado hermano...

A diferencia de Leni quien no tuvo reparos en guardarse nada, Lucy sollozaba en silencio agarrada de la mano de su madre.

Suspiro

Aun a su corta edad, era lo bastante inteligente como para saber que esto iba más allá de los funerales de mascotas y peluches que solía organizar en el patio de su casa, o de ese supuesto don de poder hablar con espectros del que solía alardear.

Suspiro

Lo que estaba viviendo ahí y en ese entonces, era tan real como su rubia cabellera aunque esta estaba pintada de negro.

Por primera vez en su vida, Lucy supo lo que era el verdadero sufrimiento. Nada que ver con la característica actitud emo depresiva de su fachada de niña gótica, sino algo que de verdad la hacia sentirse miserable; el dolor emocional de afrontar una autentica muerte de un ser querido. La muerte de su hermano mayor.

Suspiro

La muerte del hermano que sacrificaba buena parte de su tiempo para ayudarla con sus poemas o asistir a sus recitales.

SuspiroSuspiro

Su hermano. Uno de los pocos, quizá el único chico que la apreciaba tal y como era y toleraba sus hobbies espeluznantes.

Suspiro

El hermano que antes que nada velaba por su bienestar y su felicidad, así como del resto de sus hermanas. Su libro de La Princesa Pony empapado con agua del excusado daba evidencia de ello.

SuspiroGemidoSuspiro

La muerte de su único hermano... La muerte de su mejor amigo.

Suspiro, suspiroSollozoSuspiro, suspiro...

Lucy también tomó conciencia de lo frágil que era ella en realidad. Sabía con certeza que su tono de piel se debía en buena parte a que había nacido un mes prematura; y aunque eso nunca le impidió llevar a cabo una vida normal, ahora se sentía como una muñeca de porcelana que podría romperse en cualquier momento.

SuspiroSuspiro… ¡Suspiro, suspiro, suspiro, SUSPIRO…!

Segundo Acto:

–¡Lucy!

Todos miraron alarmados a la pequeña gótica, cuya voz sonaba irreconocible. Ya no era esa voz rasposa que usaba para darse a si misma un aire aterrador, sino una voz aguda propia de una niña de su edad. Su verdadera voz. Una voz cada vez más acelerada.

–¡Suspiro, suspiro, jadeo, suspiro, gemido, suspiro, suspiro, suspiro, suspiro, suspiro...!

–¡Lucy, hija!, ¡¿estás bien?! –preguntó Lynn Sénior preocupado.

–¡Suspiro, suspiro, suspiro, suspiro…! –continuó jadeando, al tiempo que inhalaba y exhalaba exasperadamente–. ¡No... Suspiro... No puedo respirar!

–¡Ay no! –exclamó Luan–. ¡Creo que está teniendo un ataque de asma!

–¿P-pero cómo? –replicó Lori–. S-si literalmente no ha tenido otro ataque desde los tres años.

–¡¿Asma?!

Lucy cayó al suelo de rodillas y todos se quedaron inmóviles sin saber que hacer. El único que reaccionó fue Clyde quien hizo lo primero que se le vino a la mente, por lo que sacó su respirador, corrió hacia donde estaba Lucy, la sujetó del mentón, le puso el aparato en la boca y apretó a fondo.

–Eso es, inhala…, exhala...

–... Jadeo...

–¿Estás mejor?

Jadeo… ¡Tos, tos…! –habló de nuevo con su voz rasposa–. ¡Puaj!, sabe a acido de batería.

–¿Cómo sabes a que sabe el acido de batería Loud? –inquirió el Señor Quejón levantando una ceja ante dicho comentario.


Al cabo de unas dos a tres semanas, Lucy se hallaba afuera del cuarto de las menores golpeando la puerta impaciente con una mano, mientras que con la otra se sujetaba el pecho.

Suspiro... ¡Lisa!... Suspiro... ¡¿Donde está mi inhalador?!

Su hermana genio salió con el solicitado aparato, y Lucy se lo arrebató bruscamente para tomar una buena bocanada de su contenido.

Jadeo

Lisa la miró con desasosiego.

–Luzy… Quiziera hablar contigo un momento, ¿zi?

La segunda menor tomó a Lucy de la mano y la guió a su lado de la habitación donde la invitó a sentarse en un banquito de madera.

–Tranquila Luze, no te haré daño –dijo mientras empezaba a buscar en su cajón–. ¿Quierez una paletita?

Lucy se encogió en el taburete aferrándose celosamente a su inhalador.

–¿Un dulze de regaliz negro quizá?

–… Bueno.

Lisa sacó un paquete del regaliz, se lo entregó a Lucy y, aprovechando que esta bajó la guardia para quitarle el envoltorio, volvió a quitarle el aparato.

–¡Oye! –reclamó ansiosa.

–Calma –le habló Lisa pacientemente–. Dime Luzy, ¿zabez por qué zoy yo la que te da recargando ezte inhalador en vez de ir a buzcar una rezeta a la farmazia?

Suspiro... Porque mamá y papá dijeron...

–Zi... Mira, mamá y papá... Elloz ya no pienzan con mucha claridad por lo de... Tu zabez... Ya, lo dije… Lo que ocurre, ez que haz eztado muy tenza y nervioza últimamente. ¿Haz oído hablar del efecto plazebo?

Suspiro… Quiero irme.

–Hidro –continuó explicando Lisa.

–¿Qué?

–H2O. Agua Luzy. Agua con un poco de alcanfor para que zepa a medizina.

–No…

–Zignifica que ez algo zugeztivo. Tu no nezechitaz tomar nada, porque todo eztá en tu cabe…

–¡Es mentira! –protestó Lucy con su voz aguda–. ¡Es una gran mentira, si estoy enferma y tu lo sabes!

–Luzy ezcucha…

Lucy se puso en pie súbitamente para volver a arrebatarle su inhalador a Lisa, salió corriendo hasta la mitad del pasillo, bajó la trampilla y trepó a desvanecerse en la penumbra del ático.

La pequeña genio la siguió solo hasta el umbral y negó con la cabeza.


Sentada en un oscuro rincón del desván, Lucy, quien aun se lamentaba por haber tenido que enterrar a Lincoln de verdad verdad (o lo que quedaba de el por lo que había escuchado decir a sus padres a través de los ductos de ventilación), gimoteaba y lloriqueaba y gemía e hipaba abrazando sus rodillas.

Suspiro

Tomó otra bocanada del inhalador, y miró a sus alrededores con los ojos humedecidos de lagrimas.

–Quiero a mi hermanito –intentó suplicarle entre sollozos a algún ente superior, si es que estos en verdad existían–. Suspiro… Si quieres, llévame a mi en su lugar.

Y entonces, como una especie de premio de consolación a sus plegarias, Lucy vio un cubo rubik encima de un viejo baúl.

Mío, pensó sin dudárselo dos veces en tomarlo para ella. Aunque parecía algo insignificante, aquello fue como haber hallado un tesoro escondido en esa casa. Y es que esa pequeña baratija de plástico, en realidad era una de las más viejas posesiones del peliblanco que había terminado ahí debido a que se sintió frustrado al nunca poder resolverlo.

Si, para cualquier otro podría no ser más que un simple juguete, pero para Lucy era mucho más. Era la oportunidad de tener en sus manos un recuerdo de su hermano favorito sin que su madre estuviese allí para reprochárselo.

Lucy había querido a Lincoln; en vida el y ella se llevaban bastante bien. Claro que tenían sus malos momentos; Lucy podía dar un buen susto a Lincoln apareciendo de la nada sin avisar, o Lincoln y ella podían disputarse el control remoto al no ponerse de acuerdo en si ver ARGGH! o Vampiros de la Melancolía, pero en general se entendían.

Ya era suficiente terrible que Lincoln hubiera muerto. Pero que mamá no las dejara tener algo de el para recordarlo, a riesgo de que se pusiera como loca como Elsa Lanchester en La Novia de Frankenstein como había hecho con papá la semana pasada, era todavía peor.

Lucy levantó el cubo. Debajo había una teleguía del 2014, que curiosamente la hizo revivir un viejo trauma de la niñez que creyó haber olvidado.

Cuando apenas tenía poco menos de seis añitos, se las había arreglado para escabullirse a la sala durante la madrugada para ver una maratón de Hellraiser (Puerta al Infierno en español), una saga de películas un tanto infravalorada del subgénero de los slashers.

Aunque la mayoría de las entregas no eran la gran cosa, la primera y la segunda en particular si se quedaron grabadas en su mente. Mentiría si dijera que no se asustó con algo de naturaleza tan descarnada, aun con todo y su fascinación por lo macabro. Tanto así, que hasta podría atribuirle a esos filmes el porque de vez en cuando se tomaba sus descansos de la oscuridad.

Lucy solo mosqueó al folleto con un ademán y empezó a dar vueltas al mecanismo del rompecabezas.

En verdad era difícil. No por nada fue que Lincoln terminó guardando ese chisme… Pero que importaba, el solo sostenerlo la hacia sentir un poco mejor de algún modo.

Exclamación.

Miró el cubo rubik, y para su sorpresa había conseguido completar un lado. Siguió dando vueltas, y en su segundo intento ya había conseguido descifrar tres lados a la vez.

Ja.

Vuelta, vuelta, vuelta y una vuelta más. Lo estaba logrando. Se sentía orgullosa por completar lo que su hermano empezó una vez.

De pronto, un hermoso pensamiento, fantasioso, pero hermoso igual, alumbró en su cabeza.

≪Ya se. Primero resolveré esta cosa por el y la llevaré conmigo a donde vaya, hasta que dios permita que vuelva Lincoln. Puede hacerlo si quiere. Cuidaré sus cosas para cuando vuelva, eso es lo que creo. Me sentaré en su silla, me serviré su ración de cereal cada mañana, grabaré y veré sus tontos programas de cazafantasmas, y seguiré comprando sus comics con mis ahorros para agregarlos a su colección. Incluso entraré a su habitación por los ductos para que mamá no me vea y los leeré yo misma en ropa interior hasta que reviva. Si antes creí que los hechizos del libro de la bisabuela Harriet funcionaban, supongo que puedo tener fe en eso≫.

Se enjugó un par de lagrimas al bajar la mirada para revisar su progreso…, y soltó el cubo cual papa caliente al ver que su diseño había cambiado por el de un objeto rustico lleno de criptogramas. El mismo que Pinhead sostenía en la portada del teleguía que había encontrado sobre el baúl.

–¡Exclamación!

Lucy se descubrió los ojos para ver mejor, a la vez que dudaba si el tener la mismísima caja de lemanchard a sus pies no era síntoma de que su gusto por el ámbito del horror la había empujado a desconectarse de la realidad.

El mecanismo del cubo se movió por si solo terminando de completar otro criptograma, y una fuerte ráfaga de viento sopló adentro del lugar.

–¡Jadeo!

La ventana del ático estalló en pedazos y un denso vapor comenzó a emanar de las hendijas del entablado de las paredes.

Varios objetos salieron volando de sus estantes a lanzarse contra Lucy, que no quería quedarse a verificar si aquello era tan real como se sentía por lo que agarró su inhalador y se arrastró a gatas hasta la trampilla.

–¡SuspiroJadeoSuspiro…!

Intentó moverla, pero no pudo. Era como querer abrir una puerta de acero reforzado cerrada con llave. Lucy estaba atrapada.

Una televisión vieja que se encontraba del otro lado del altillo se encendió sola emitiendo pura estática con un sonido ensordecedor.

Suspiro... ¡SOCORRO! –gritó desesperada.

Hubo un relampagueo y un espeluznante ser (que por mucho rebasaba sus limites de lo que consideraba espeluznante) apareció enfrente de ella. Tenía la cara cubierta por una masa de piel chamuscada sin rasgos faciales visibles, además de una boca abierta por ocho ganchos que se introducían por los lados y se extendían hasta la carne desgarrada en la parte posterior de su cabeza. También tenía cortes en zigzag en su estomago, seis en secciones en su pecho, y seis más en su espalda.

–¡SuspiroSuspiro…!

El cenobita Chatterer se acercó a acorralar a Lucy haciendo chasquear sus dientes; le metió dos dedos en la boca y la haló del cabello haciendo que se le levantara el flequillo y pudiera ver mejor lo que estaba pasando.

Un segundo y tercer relampagueo tuvieron lugar ahí mismo y otros dos cenobitas se materializaron en el acto.

Una era una mujer calva de piel azulada con cables saliendo de sus mejillas que se entrelazaban en un marco de metal triangular que luego tenía seis cables más que conducían a su garganta donde la carne también se había cortado y retirado para ser sostenida por estos mismos. También tenía un clavo que se le traspasaba por la nariz, así como numerosos cortes a lo largo de los costados.

El otro, era un cenobita obeso con los ojos suturados, la piel estirada gráficamente, los dientes afilados como los de una piraña, y un corte muy profundo en el estomago que se mantenía abierto por medio de ganchos envueltos en sus costados.

El bombillo del ático explotó echando chispas por doquier y un ultimo cenobita con una intrincada red de cicatrices recorriendo por la superficie de su cabeza, con clavos atravesados en cada una de las intersecciones hasta el cráneo, apareció en medio de los otros dos.

–La caja –se dirigió Pinhead a Lucy con una voz resonante–. La has abierto y hemos venido.

– ¡¿Cuál caja?!... –chilló la gótica con su voz aguda–. Suspiro... ¡Ese es un cubo de juguete!

–Oh no –la contradijo el cenobita líder–, es un medio para traernos.

Suspiro... ¡¿Qué hacen aquí?! –objetó aun sin poder creer la horrida experiencia que estaba viviendo–. Suspiro... ¡Ustedes no son reales!

–Oh si, lo somos –afirmó Pinhead calmadamente–. Somos los exploradores de las regiones del más allá de los sentidos, demonios para unos, ángeles para otros.

Suspiro…¡Ha sido un error! ¡Yo no quise abrirla!... –se limitó a rogar la niña habiéndole dejado ya de buscarle lógica al asunto. El cenobita Butterball se relamió los labios lascivamente–. Suspiro... ¡Ha sido un error!, ¡váyanse! ¡FUERA!

–No podemos –respondió la mujer cenobita con una voz igual de resonante a la de Pinhead–. Solos no.

–Tu abriste la caja, nosotros vinimos –siguió explicando el líder de los cenobitas–, y ahora debes acompañarnos y saborear nuestros placeres.

Suspiro... ¡Por favor, váyanse y déjenme en paz! –gimió Lucy, cuyo llanto excitó a la mujer cenobita quien inspiró aire de una forma muy obscena–. Suspiro... ¡Por favor!

–Nada de suspiros por favor –clamó Pinhead–, no desperdicies el sufrimiento.

Un montón de cadenas con ganchos filosos en la punta cayeron colgadas del techo y la mujer cenobita sacó un par de objetos corto punzantes a los que empezó a sacar filo.

Haciéndose una vaga idea de lo que le iban a hacer, Lucy forcejeó por soltarse del agarre de Chatterer. Su respiración se fue acelerando aun más al oírlo chasquear sus dientes cerca de su oído, pero no tanto como cuando sintió que el respirador se le resbalaba de entre sus manos sudorosas.

–¡Suspiro, jadeo, suspiro, jadeo, suspiro, suspiro, suspiro, jadeo, suspiro...!

Sintió que su garganta se cerraba y la cabeza le daba vueltas por la falta de aire. Miró por un momento al líder cenobita con una visión borrosa, y vislumbró un par de enormes zapatos de payaso sobresaliendo por debajo de su sotana, unos brillantes pompones anaranjados adheridos encima de las laceraciones de su piel, y un manojo de globos de distintos colores que sostenía en su mano.

–Ya no nos queda tiempo –oró este.

–¡Suspiro, suspiro, suspiro, suspiro, suspiro, suspiro...!

Lucy logró resbalarse milagrosamente de las garras de Chatterer y se tumbó al piso donde pudo dar con su inhalador, se lo llevó a la boca, apretó a fondo y aspiró profundamente.

Jadeo… ¡Tos, tos, tos!… ¡ESPUTO!

–¡¿Lucy?! –la llamó Lori asomándose por la trampilla abierta del ático–. ¡¿Est-estás bien?!

Jadeo… ¡Lori…! –habló su hermana gótica queriendo alertarla del peligro, cuando en eso notó que el bombillo y la ventana estaban intactos. Se descubrió los ojos otra vez, y echó una rápida mirada para darse cuenta de que todo había vuelto a estar en orden y los cuatro cenobitas por fortuna habían desaparecido. Incluso el cubo rubik volvió a su lugar encima del baúl haciendo de pisapapeles a la misma teleguía–. JadeoSuspiro.

–L-Lucy –insistió la más mayor bastante preocupada–. ¿Q-qué fue lo que p-pasó?... Te oí gritar y... Oh Lucy.

Lucy se estremeció de abajo para arriba al sentir que algo húmedo y caliente le bajaba por en medio de las piernas, y se ruborizó avergonzada.

–Está b-bien Lucy –dijo Lori mostrándose compasiva–. N-no se lo d-diré a nadie, u… Un accidente nos p-pasa a todos, va… Vamos a limpiar esto y ahora t-te t-traigo ropa limpia…, p-pero dime, ¿q-qué fue lo que te… L-lo que te …?

–Yo... Suspiro... –tomó otra bocanada de su medicamento y contestó de nuevo con su voz rasposa–. Creo que tuve una pesadilla.

–¿Aq-aquí en el ático?

–... Si.

Al salir, Lucy no pasó por desapercibido un pompón naranja que vio tirado junto al baúl, y supo que desgraciadamente tendría que regresar.

Fin del Flashback.

–¿Será ella?... Si, es usted. ¡Es Lucy Loud, la maestra del terror y el suspenso!

–¿Ah?... ¡Exclamación!

Lucy levantó la vista del periódico y su corazón se aceleró a mil por hora al encontrase frente al joven más apuesto que había visto en toda su vida. Pelirrojo con la piel clara cubierta de pecas como a ella le gustaban.

En esa decima de segundo, se imaginó protagonizando una nueva historia de su autoría. Una de romance en la que ella se olvidaba por completo de la promesa que había hecho con sus hermanas y se lanzaba a los brazos de aquel muchacho bien parecido gritando algo como: ¡Rocky, eres tu! Entonces el la levantaría y le haría dar vueltas en el aire.

Los dos se irían de Royal Woods para siempre, se casarían y se mudarían a su propio castillo en Transilvania donde abrirían un hotel que daría posada a los monstruos (a los monstruos buenos, no los que asesinaban niños) y vivirían allí felices por el resto de la eternidad.

Suspiro... Si, soy yo –dijo volviendo al mundo real. Sabía que aquel no podía ser su amigo de la infancia. Primero que nada porque ella le doblaba la edad. El tendría unos diecisiete años, diecinueve cuanto mucho. Lo segundo era que, aunque no había pensado en ello en casi treinta años hasta que regresó allí, tampoco olvidó que a Rocky lo encontraron en las jaulas de bateo con el cráneo deshecho a martillazos.

–Es un honor conocerla señorita Loud –la saludó el chico que no cabía en si de la emoción–. Soy Ricky, su más grande admirador. Me encantan todas sus novelas. ¿Podría… darme su autógrafo?

Suspiro… Claro que si –le sonrió Lucy–, encantada.

Ricky sacó un libro de pasta dura de su mochila y se lo entregó a Lucy. En la portada había un dibujo de un fiero mastín ingles con los ojos enrojecidos y el hocico rebosante de espuma por debajo del sello literario: LUCY. L. LOUD, y por encima del titulo –igual escrito en letras mayúsculas– que rezaba: LALO.

Y Lucy sacó una pluma de su bolso y escribió su firma con una dedicatoria en la primera pagina.

–Muchas gracias –dijo Ricky cuando se lo regresó.

Suspiro… Fue un placer.

≪Apuesto a que Roky hubiera sido igual de atractivo de haber vivido… –pensó la novelista–. Quizá si debería invitarle un café y olvidarme de todo esto≫.

Es muy joven para ti –oyó susurrar a una burbujeante voz–. ¿No te parece, Lucy?

–¡Exclamación!... No te escuché… –dijo poniéndose más pálida de lo usual–. Jadeo… No te oí.

–¿Cómo dijo señorita Loud? –preguntó Ricky.

Suspiro… No..., nada.

Lucy miró por encima del hombro del chico y vio que en la mesa donde se exhibían sus obras había un globo de color negro atado a una de las patas del caballete, y unas letras pintadas con sangre tapando el anuncio de Lucy. L. Loud. La Autora de Mayor Venta.

¡BASTA YA O LAS MATO!

UN CONSEJO DE SU AMIGO

PENNYWISE EL PAYASO BAILARÍN

–¡Jadeo!...

De repente, el pelirrojo le puso una mano en el hombro y apretó con rudeza.

Lucy volvió a verle la cara y enmudeció. Su piel se había agrietado en la frente y el hueso blanco revestido de mucosa espiaba por allí. Su nariz se había vuelto un puente desnudo de cartílago sobre dos canales rojos muy abiertos. Un ojo seguía jubilosamente azul, y el otro era una masa de esponjoso tejido negro pardusco. Su labio inferior caía hacia abajo y no tenía superior. Por entre los mechones zanahoria de su cabeza reptaban cosas vivas.

–¡Lárgate de Royal Woods mientras puedas! –advirtió hostilmente, con la misma horrenda voz de hacía unos momentos saliendo de su boca.

–¡Jadeo... Jadeo…!

–¿Aceptarías chupármela por veinticinco centavos preciosa? –guiñó el ojo bueno–. ¡Que va! Estás tan desesperada que seguro aceptarías hacérmelo gratis.

Sujetaba el hombro de Lucy con su puño grueso y agusanado. Sus manos estaban llenas de llagas y las babosas reptaban por ellas.

–¡JadeoJadeo...!

–Cuidado querida Lucy… Cuidado rarita.

–¡SuspiroJadeo, jadeo, jadeoSuspiroJadeo…!

–¿Se siente usted bien? –volvió a preguntar Ricky con su voz normal.

–Si... –contestó Lucy apartándose para atrás–. Suspiro... Tengo que irme, fue un placer conocerte.

Recuerda que solo es agua –avisó la pútrida voz en cuanto se dio la vuelta y se alejó corricaminando a la recepción. No quiso cerciorarse si su aspecto había vuelto a la normalidad.

SuspiroJadeoSuspiro

–Si, dígame – preguntó el mismo empleado que la atendió antes.

Suspiro... Por favor... Suspiro... Dígale... Suspiro... Dígale a Clyde McBride... Suspiro... Dígale que Lucy Loud vino a verlo... Suspiro... Pero que estaba muy cansada... Suspiro... Dígale que fui a asearme... Suspiro... Dígale... Suspiro... Dígale que no faltaré esta noche.

Lucy salió de la biblioteca, buscó en su bolso –atestado de centenares de caramelos sin azúcar de distintos colores encapsulados en pequeños frascos y cajitas de antihistamínicos, analgésicos, expectorantes, antiácidos y demás–, sacó su inhalador, se lo llevó a la boca y apretó a fondo.