¡Hola!
¿Cómo andan? Espero qué bien. Bueno acá escribí otro capitulo, así que espero que les guste. Gracias por los Favoritos, Seguidores y los comentarios, me animan a seguir. ¡Al fin llegué a la parte de la historia que quería! Ahora sí que aquí en más se empezara a despegar un poco de la historia original, pero siempre manteniendo la misma línea. Si bien Gin es la protagonista del Fic, Thomas lo es de la historia en sí.
¡Estoy muy ansiosa por escribir el otro capítulo! Es que va haber una revelación y quiero saber qué pensarán. En fin, espero que les guste.
Un saludo enorme.
El Fic está basado en la saga "The Maze Runner" , escrita por James Dashner. Los personajes son de su invención. A excepción de aquellos que no han parecido a lo largo de la saga.
Parte I: Buen Comienzo, Novata.
Capítulo
4
Ginevra
Todo fue silencio. El chico se tambaleó hacia la izquierda, hundió sus pies en el césped, esforzándose por mantenerse erguido, pero las piernas se le doblaron e inherentemente terminó aterrizando de bruces en el suelo. Como creyó en un principio, la flecha que Gin vio dispararse no había alcanzado su cabeza. El impacto había dado en el nervio justo de su mejilla para tumbarlo.
Desde el otro lado del bosque, Alby bajó el arma y cuando la reconoció entre las sombras, susurró su nombre. Ella lo miró. Con lágrimas en los ojos y sin decir absolutamente nada, permaneció en silencio, de pie y asustada, allí, en el claro. Alby acababa de matar a un Habitante. O en los mejores de los casos lo había herido. ¿Qué era el Área? ¿Un grupo de adolescentes intolerantes y armados? ¿Por qué estaba ella allí? No pertenecía al Área. Odiaba los insectos, la sensación de estar sucia y sobre todo la violencia
Thomas se había acercado hacia el sujeto desplomado en el piso y lo observaba con una expresión de congoja en el rostro. El perfil de su cara estaba recortado por la luz de la luna, haciendo del sudor que salpicaba su frente una lluvia de diminutos cristales.
Alby le colocó una mano en el hombro.
—Vamos —dijo—. Los Embolsadores se ocuparán de él mañana.
Gin observó de soslayo al chico inerte en el césped. Llevaba pantalones cortos y el torso al descubierto. Su delgadez era famélica y el color de la piel de su cuerpo le recordaba al hormigón. Venas finas y verdosas le surcaban los brazos, el vientre y gran parte del cuello y su rostro desfigurado expresaba una inquietante tranquilidad. La sangre que emanaba de la herida era viscosa y negra, desprendía un olor sumamente desagradable y empezaba a discurrirse en la tierra como la lava. Y aunque ya no se movía, de su boca todavía borbotaba una saliva espesa y asquerosa que le provocaban a Gin unas tremendas ganas de vomitar...
La habitación olía a desinfectante y alcohol etílico. Gin no tenía idea de cómo había terminado adentro de la Finca. Había un gusto amargo en su boca y llevaba vendas alrededor de sus brazos y piernas. No sabía con exactitud qué había ocurrido luego de ver al Habitante muerto hasta el momento sólo recordaba el dolor desgarrador que atenazó su cuerpo cuando le sanaron las heridas. Tenía la sensación que la cabeza le estaba por estallar y daba vueltas como un torbellino de viento anunciando una tormenta.
En su memoria albergaba meras imágenes de Thomas mirándola la cara y siendo arrastrada por Alby fuera del bosque. No sabía con exactitud qué había ocurrido después de ver al Habitante muerto, pero su raciocinio le aseguraba que no se había desmayado sino que había entrado en una especie de vacío emocional que la llevó a no querer retener más información y vivencias. Quizá porque desde que despertó en la Caja lo poco que conocía del mundo era igual de aterrador como escalofriante.
Había visto cómo terminaban con la vida de un joven y la cercanía de la muerte era algo que sobrepasaba a Gin. Le respetaba y al hacerlo, también en cierta parte significaba temerle. Su cobardía le hacía débil y su curiosidad primitiva y natural, similar a la de un cachorro que sale a la vida por primera vez, le traía problemas.
Gin giró la cabeza hacia la puerta que estaba a su derecha cuando la oyó chirriar. En realidad, se trataba de una tabla de madera corrida que utilizaban como entrada. Del otro lado del marco o de lo que intentaba ser el umbral de la supuesta puerta, un chico bajito, de piel oscura y cabellos rizados asomó la cabeza. Gin lo reconoció al instante. Se traba de Jeff, el chico que le había vendado los brazos.
El chico se apretó hacia un costado y entró.
—Hola, Novata —dijo él—. ¿Cómo te encuentras? ¿Mejor?
—Sí, estoy bien. Gracias.
—Me alegro. No sé adónde te has metido, pero tus heridas fueron bastante leves. Has tenido suerte. Supongo que tienes hambre, ¿verdad?
Gin lo observó con el rabillo del ojo. Primero con desdén, porque no podía comprender que pudiera considerar suerte a su deplorable estado y a su súbita pérdida de memoria. Y segundo, porque sí. Tenía hambre.
—Un poco —confesó. No había probado bocado desde que llegó y ahora , que la adrenalina había bajado, el estómago le rugía igual que el gruñido de un lobo feroz.
Jeff sonrió y después, le entregó el cuenco de madera que tenía en la mano.
—Es lo único que Sartén quiso hacer. No había sobrado nada de la cena.
Gin supuso que Sartén debería ser el tipo que se dedicaba a la cocina. El seudónimo le resultó curioso y poco habitual, pero no dijo nada. En el Área todo era diferente. El aroma a sopa le hizo retorcer el estómago y acunó el cuenco entre sus manos. Como estaba caliente tuvo que soplar un poco sobre la consistencia para no quemarse la lengua. El sabor a calabaza cosquilleó bajo su lengua y aguardó que el estomago le diese un tirón, aturullado por el primer contacto con la comida, pero como nada pasó, se relajó y le dio un pequeño sorbo. Una explosión de sensaciones y sabores viejos se deslizaron por su garganta y comenzó a zamparse la comida a cucharadas. Al cabo de un rato, alguien entró en la habitación.
—Veo que ya estás mejor.
La voz ronca le detuvo el corazón. Era Alby. Los ojos salieron disparados hacia la puerta y lo encontró recostado sobre el umbral, con los brazos cruzados y su habitual expresión hosca. Una furia indómita creció en su interior como una chispa que enciende un fogón. Todavía podía ver al chico retorcerse sobre el césped, la flecha incrustada en su mejilla, sus ojos ensangrentados.
Gin lo observó fijamente. Consciente de que no podía tragar más, le devolvió el cuenco a Jeff, que lo sostuvo y caminó hacia la salida.
—Bien hecho, Jeff —le felicitó Alby, dándole unas palmadas en el hombro.
—Fíjate su brazo —susurró Jeff antes de salir por la puerta—. Hay algo extraño en él.
Al escucharlo, Gin se miró el brazo izquierdo y recordó la extraña cicatriz en forma de A. Empezó a sentir los estragos de haber comido tan rápido e hizo un gran esfuerzo por no devolverlo todo.
Alby asintió con la cabeza. Cuando ambos quedaron solos, Gin echó el cuerpo hacia atrás.
—No te me acerques — gruñó, con el corazón palpitándole en la garganta. La lengua le trastabillaba por los nervios de la situación.
—Tranquila, larcha. No te haré daño —le advirtió Alby—. Vengo hablar, ¿de acuerdo?
—¿Sobre qué?
—Hemos decidido que puedes quedarte. Pero si vas hacerlo, hay algunas cosas que debes saber— Alby enderezó los hombros, se paró delante del ventanal de la habitación y apuntó hacia afuera—. ¿Ves eso de ahí? Allá, del otro lado de esas malditas paredes, está El Laberinto. Toda nuestra vida gira en torno a él. Hemos estado durante más de dos mierteros años intentando salir de aquí, tratando de encontrar una salida a algo que parece no tener ninguna solución. Lo que le sucedió al chico que viste, fue El Laberinto. Ben no pudo tolerar la transformación.
Las cejas de Gin se arquearon hasta dibujar una expresión de terror y asombro. En un comienzo, pensó que se trataba de una broma, pero entonces reparó en el tono inequívoco de su voz y la firmeza de su mirada y concluyó que era cierto. Desde que había llegado no se había puesto a pensar con exactitud que eran aquellos muros, de hecho, les temía porque eran enormes y daban la impresión de caer encima de uno en cualquier momento. Había barajado muchas teorías, pero sin duda jamás se le hubiese ocurrido pensar que se tratara de un Laberinto. Sabía que estaban encerrados, pero no esperaba un panorama tan desbastador.
— ¿La transformación? —repitió ella—. ¿Qué quieres decir con eso?
Alby suspiró.
—En este lugar hay tres reglas —le dijo, ubicándose frente a ella y cambiando radicalmente de tema—. La primera, haz lo tuyo. Newt mañana te lo dirá. No queremos holgazanes. Este lugar se mantuvo en pie gracias a la ayuda de todos. Así que no pienses que por ser mujer no vas a tener alguna tarea dura, Nuevita. La segunda. Y no más importante, es que jamás, por ningún motivo, debes atacar a otro Habitante. Eso va contra el orden que hemos logrado, ¿de acuerdo?
Gin se removió incómoda en el camastro. Una imagen veloz de ella encima de Newt, con un machete en la mano y el filo metálico bajo su garganta cruzó su mente. Rogó en sus adentros que Alby no tuviera idea de aquel suceso, aunque supuso que por el modo en que le habla y lo medianamente agradable que estaba haciendo con ella, no lo hacía. Al menos, esperaba que así sea. No quería imaginar lo que haría si se enteraba que ella había osado atacar a Newt.
Le hizo un vago movimiento de cabeza que daba entender que lo había comprendido.
—Bien —exclamó Alby—. Eso fue lo que hizo Ben. Rompió una de las reglas y...
La perorata se cortó de pronto y miró hacia la ventana. Extrañada por su cambio de actitud, Gin frunció el ceño y siguió la dirección de su mirada. En ese instante, un ligero temblor sacudió las paredes y, segundos después, un bramido atronador resonó por la Finca y levantó una nube de tierra que se izó más allá de los muros, que acarreó un par de hojas de la hiedra. Si había algún rastro de valentía en Gin, se esfumó tan pronto escuchó a esa cosa gritar. Estaba segura que nunca antes había oído algo semejante.
—¿Qué...qué...ha pasado? —tartamudeó.
—Aquí tienes la última regla y la más importante —comenzó a decir Alby:—No puedes por ningún motivo entrar al Laberinto. Si lo haces, estás muerta. Nadie sobrevive a una noche en el laberinto.
—¿Por qué? ¿Qué les sucedes?
—A eso larcha —dijo Alby indiferente—. Los llamamos Penitentes. Lo que le sucedió a Ben, lo que viste, fue un Penitente. Si esa cosa no te mata, te pica. Y eso es casi o igual a la muerte, la mayoría de los larchos que fueron picados si no terminan dementes, cambian luego de la transformación.
—Entonces Ben...
—Sí, perdió la cabeza. Y atacó a Thomas.
Gin se estremeció por la simplicidad de sus palabras. Ahora lo comprendía todo. Los gritos de horror de Thomas, el comportamiento lunático y la apariencia espeluznante de Ben. Todo era morboso y aterrador, pero tenía sentido. «Un escalofriante sentido», pensó Gin. Espantada, miró a Alby, directo a los ojos, entre suplica y resignación.
—¿Por qué nos enviaron aquí? —su voz fue apenas audible.
—No tenemos idea —comentó Alby—. Pero estate tranquila, mientras permanezcas aquí estarás segura. Nada atraviesa los muros.
Gin permaneció en silencio, intentando asimilar lo que Alby le acababa de informar. Estaba abrumada. Quería echarse llorar, gritar y destrozar todo con sus manos. No quería estar en el Área, mucho menos sabiendo que del otro lado de los muros le aguardaba una muerte inminente y adentro, una vida monótona y en cautiverio.
Alby la observó un momento hasta que de improviso tiró de la manga de su camisa. Gin dio un respingo y lo vio extender su brazo izquierdo hacia él. Sus ojos se clavaron en la cicatriz que había allí y se percató de que seguía teniendo ropa andrajosa y sucia, ahora con manchas de tierra y sangre.
Alby alzó la cabeza y la observó directo a los ojos.
—¿Qué es ésto?
Gin apretó los dientes. No podía mencionarle lo del sueño. Y mucho menos cuando todo era tan confuso y espeluznante.
—No lo sé —mintió—. Cuando me desperté, ya lo tenía.
Alby juntó el entrecejo y entornó la vista. Gin sabía que estaba intentando ver detrás de ella, encontrar un indicio, un sólo signo que le dijera que estaba mintiendo, pero al parecer y, para suerte, no halló nada más que una mundana fragilidad.
Le soltó el brazo de mala gana y luego, corrió las cortinas; un pedazo de tela grisácea y opaca que flaqueaba la ventana, y se llevó consigo la única antorcha que le brindaba luz a la habitación.
Gin lo contempló haciendo todo aquello en silencio y frotándose el brazo, que había quedado con un ligero picor a causa de la tierra que se escabullía bajo los vendajes.
—Descansa, larcha —le dijo Alby, sin siquiera mirarla y de espalda en el marco de la puerta—. Mañana empieza tu nueva vida.
A la mañana siguiente, Gin despertó con un toque en el hombro. Apenas abrió los ojos, notó que Newt la miraba desde arriba, con una sonrisa que denotaba entusiasmo y buen ánimo. Bajo la modorra, Gin gruñó por lo bajo y se hizo un ovillo.
Dormir no fue fácil. La noche anterior no había dejado de pensar en el Laberinto ni en los Penitentes. Su imaginación le dio una vaga imagen de lo que podía llegar a ser un Penitente o la forma que tendría el Laberinto y todos los caminos, por más optimismo que deseaba tener, por más que se esforzaba, le suscitaban el mismo horror.
—¡Oye, Novata! ¡Levántate! —dijo Newt y la sacudió por la espalda—. Vamos, tengo que mostrarte algunas cosas. La Visita Guiada comienza ahora.
Ella volvió a rebullirse y Newt insistió otra vez.
—¡Vamos, larcha! ¡Arriba! Si no te apresuras, no lo verás.
Gin apartó las sábanas por encima de su cabeza con brusquedad.
—¿Qué cosa? ¿Qué hora es? —le preguntó somnolienta—. ¿Por qué me despiertas?
—Tú sígueme.
Newt hizo un gesto con la mano y desapareció por la puerta. Gin rotó los ojos con irritación y dio un brinco hacia afuera de la cama. Cuando tocó el piso, una mueca se contrajo en su rostro agobiado. Tenía los pies hinchados y cortados. Y aún no entendía cómo no se molestaban en darle unos míseros zapatos.
Soportando el dolor, salió a tumbos de la habitación y caminó por una especie de pasillo, iluminado por el día que se colaba en los espacios de la madera. Varias habitaciones se enfilaban a ambos lados y a lo largo. La mayoría de las puertas estaban cerradas, a excepción de una que se encontraba ligeramente entreabierta, como si alguien hubiese olvidado cerrarla.
Impulsada por la curiosidad, se acercó y husmeó por el hueco de la puerta. Lo que vio en su interior le paralizó el corazón. Podía jurar que la conocía. Estaba segura. Era una chica. Supuso de la que tanto había oído hablar desde que llegó.
Acostada en la cama, con su melena oscura y sedosa esparcida alrededor de sus brazos y la cabeza inclinada sobre uno de sus hombros, parecía un ángel. Su piel blanca y tersa, la nariz respingada y los labios morados le otorgaban una inusitada armonía y belleza. Era menuda y delgada, y la forma estrecha y esbelta de sus piernas proporcionaba una considerable altura.
Pese a estar dormida, sus labios morados se movían en un gemido intangible como si estuviese soñando. Gin la contempló durante unos segundos y se percató de qué el movimiento de su boca era siempre el mismo. ¿Qué le había pasado? ¿Por qué no despertaba? ¿Es que a ella le iba a suceder lo mismo?
—¿¡Qué garlopa estás haciendo, shank!? —gruñó Newt. Colocó la mano sobre la puerta, la cual se cerró de un portazo—. Vamos.
Aturdida, Gin miró a Newt, que la amedrentó y obligó a seguirlo escalara abajo. Sin decir nada, salieron a los exteriores de la Finca.
Fuera, la mañana era húmeda y soleada y el calor comenzaba a calentar la tierra. El aire que se respiraba era límpido, fresco y matutino y traía los olores del establo. El silencio permitía oír el sonido de los animales desperezándose.
Newt fue el primero en hablar.
—¿La conoces? —dijo —. ¿Conoces a la chica? ¿Te resulta familiar?
—No —se apresuró a mentir Gin—. ¿Por qué me lo preguntas?
—No sé, por la forma en que la mirabas me dio la impresión de que la conocías.
—¿Qué le pasó?
—Nadie la sabe —respondió Newt—. Llegó de la Caja inconsciente y con una nota en la mano que decía que era la última. Cuando la sacamos de allí, sólo recobró la consciencia para decir que toda iba a cambiar y desde ese momento no despertó más. Está en coma.
Gin se llevó un mechón de la oreja en un gesto nervioso. Al fin, comprendía el por qué los Habitantes del Área la miraban con cierta desconfianza. Su antecesora no era precisamente normal.
—Ya veo —susurró y optó por cambiar de tema—. ¿Qué se supone que estamos haciendo? ¿Adónde vamos? —inquirió después.
Newt sonrió.
—Ya verás. Sólo no hagas preguntas y sígueme —Newt señaló la Caja—. Creo que ya sabes qué es esto, ¿verdad? La Caja sube una vez al mes o al menos eso hacía antes. Cada mes sube con un Novato y alrededor de una semana suministros: ropa, algo de comida. Aún así nos abastecemos por nuestros propios medios. Nada raro.
Gin asintió con la cabeza. Si bien no estaba tan perdida como al comienzo, había ciertas cosas que aún no llegaba a comprender. Los Creadores los enviaban a un lugar con bestias asesinas, pero se encargaban de que tengan una vida medianamente aceptable. Era tan ridículo, estúpido y morboso a la vez que empezaba a dudar de la salud mental de aquellos sujetos.
—¿Crees que me darán algo de ropa? No tienes idea lo molesto que es caminar sobre el pasto descalza.
—Si se le envía una nota, supongo. Aunque tal vez no haya necesidad de hacerlo —dijo Newt y se llevó las manos a la boca. Después silbó—. ¡Hey, Minho!
Frente a los muros de piedra, Minho estaba solo y de pie, acomodándose los guantes de su mano. Llevaba la misma ropa del día anterior limpia y arreglada. La camisa azul ceñida se le pegaba al cuerpo y sus pantalones marrones se ajustaban al cinturón de hebilla redonda. Cargaba con una pequeña mochila sobre la espalda, que en su contextura parecía diminuta y queda ridícula.
Newt se acercó a él y le propinó unas palmadas en el hombro.
—¿Qué hay? —le preguntó Newt a Minho y paseó la mirada por el Área—. ¿A dónde están los demás?
Minho no le respondió enseguida. Con un sonrisa traviesa, tiró la espalda hacia atrás y miró a Gin, rehacía detrás de Newt.
—¡Qué bien luces! —comentó con sarcasmo—. Te ves muy atractiva esta mañana. Ante todo porque no tienes nada punzante en mano ¿Qué estuviste haciendo? ¿Limpiando con los Fregones?
Gin le dedicó una mueca desdeñosa y resopló entre dientes. No tenía idea a quiénes se refería con los Fregones, pero era evidente que Minho estaba buscando irritarla. Y lo había conseguido.
—Qué te importa.
—¿Sabes? —profirió Minho encastrando de un tirón el guante en su mano derecha—. Me gustabas más cuando estabas atada de manos y sin hablar.
—¿Adónde está el resto de los Corredores, Minho? —intervino Newt—. ¿Por qué no están aquí?
—No vienen —respondió él —. Teniendo en cuanto lo que pasó ayer con Ben, no están precisamente sacando boleto para entrar al Laberinto. ¿Qué tenias pensado hacer exactamente, Novata? ¿Ayudarnos?
—Sólo tenía curiosidad—dijo Gin intentando no perder la paciencia.
—Pues la curiosidad no es buena.
—La ignorancia tampoco.
Minho la observó fijamente y Gin le sostuvo la mirada consciente de que la estaba evaluando.
—Como sea, Novata —dijo Newt y señaló a su amigo—. Él es Minho, el Encargado de los Corredores. Es algo así como el jefe. Los Corredores son los únicos que pueden entrar al Laberinto.
—Eso quiere decir que no debes asomar tus narices mierteras por acá, garlopa —apostilló Minho—. No pienso salvar tu pellejo otra vez. Nos debes una. Y una muy, muy grande.
Gin no sabía deducir si el chico le caía mal o simplemente era un idiota. Había abierto la boca para preguntarle a qué se refería cuando un ruido ensordecedor, seguido por un sonido metálico, hizo temblar la tierra y levantó un viento huracanado y viciado de tierra. Gin tenía la impresión de que todos los huesos del cuerpo se le rompían. Retumbando, los muros comenzaron a separarse hasta forma una gran abertura, y del otro lado, casi como por obra de magia, estaba él. El Laberinto. Ahogó una exclamación de horror al verlo.
No se asemejaba en nada de lo que había imaginado. Era aún peor. Las paredes se extendían a lo alto, entrelazando caminos unos con otros, creando en el suelo bifurcaciones e intersecciones de hiedra y piedra.
—Estas son las Puertas —le dijo Newt—. Cada mañana se abren y Los Corredores entran al laberinto a buscar una salida. Pero al caer la noche, deben volver antes de que las Puertas se cierren. Creo que te puedes imaginar lo que sucede después.
«Penitentes»
Gin no podía entender cómo Minho se animaba a aventurarse a tal escalofriante lugar, con esas criaturas adentros. ¿Cómo serían? ¿Cuál aterradoras podían llegar a ser para generar tanto horror, para matar y llevar a la locura a una persona? Por un insignificante segundo, muy pequeño, sintió una leve preocupación por Minho .
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —le preguntó Gin y su cuestionamiento sonó casi como una admiración.
—Minho es uno de los Corredores más experimentados que tenemos. Él fue el primero en aventurarse al Laberinto. —explicó Newt y el ego de Minho extendió una sonrisa arrogante en su cara —Vamos. Tengo que mostrarte algo más. ¡Buena suerte, Minho!
—Buena suerte tú, viejo —replicó él—. Espero que tengas todas las partes de tu cuerpo cuando regrese. O al menos, conserves la cabeza en su lugar.
Newt rió.
—Eso espero —comentó y miró a Gin—. Andando Novata.
—Sí, llévala —Minho se tapó la nariz—. Sobre todo muéstrale los baños, huele a zarigüeya. Shank. ¡Apesta!
Gin se ruborizó hasta las orejas. Recordó el cubículo y los charcos de aceite lúbricos y rancios desperdigados a lo largo del piso. Supuso que quien fuese que la colocó en la Caja, no tuvo el menor cuidado de mantenerla higienizada. Y sí llegado al caso, lo hizo, de poco sirvió. Olía fatal.
Divertido, Minho la miró por encima del hombro y luego, tomó impulso y se adentro en el Laberinto. Su figura se fue haciendo cada vez más pequeña a medida que se alejaba y Gin se quedó de pie observándolo mientras doblaba en un corredor y desaparecía de su vista, como si nunca hubiese estado allí, como si el Laberinto lo hubiese arrastrado a las penumbras para siempre
Gracias por leer.
Perdón por los dedazos y faltas de ortografía.
Un beso grande.
Gaba.
