El día transcurrió sin sorpresas; una jornada bastante tranquila, a decir verdad. Y a pesar de todo, sentía que eso era extraño. Tal vez porque estaba acostumbrado a llevar un día atareado en su país natal. Definitivamente, la alianza con aquella compañía extranjera sería beneficiosa para ambas empresas. Había pasado la mañana entera en compañía de Hiroshi, en una especie de tour por la compañía, mientras el japonés le explicaba la historia y modo operativo del lugar. Sin duda, aquella clase de atenciones por parte de su traductor, lo mantenían emocionado, justo como niño en guardería. –Podría proponer cambiar el horario de trabajo, a algo más parecido aquí –pensaba con cierta reflexión, luego de salir de una de las zonas de trabajo. Y como si su acompañante le hubiera leído la mente, le enumeró las ventajas que tendrían en el desempeño laboral, si decidían implementar algunas de las normas que allí tenían.
El almuerzo volvió a suceder como el día anterior, pero esta vez, en un restaurante diferente. Aunque no lo pareciera, Arthur observaba meticulosamente los movimientos y expresiones de sus "acompañantes", tratando de descubrir por sí mismo, cómo funcionaba la cultura japonesa. Estaba perdido. Había pensado en pedirle a Kiku que le explicara ciertas cosas, pero viendo su situación, optó por el plan B, y cuando no entendía algo, se inclinaba un poco hacia Hiroshi, pidiendo explicaciones, seguido de una disculpa, principalmente, por su ignorancia. Tenía suerte de que el traductor fuera un hombre sencillo y humilde, que estaba más que dispuesto y encantado de prestarle cualquier tipo de ayuda al extranjero, además de sus dotes de traductor.
El grupo de hombres regresó al edificio, en orden de terminar sus deberes del día. Durante el poco trayecto, el japonés se encargó de explicarle ciertas cosas al inglés, para ayudarle a ubicarse en aquella ciudad. El resto de la tarde, el rubio permaneció en su pequeña oficina, comenzando a arreglar el diferente papeleo para llevar a cabo aquel convenio. Con forme el tiempo pasaba, su mente comenzó a divagar, hasta que se dio cuenta de a donde comenzaban a dirigirse sus pensamientos. ¿Acaso Kiku le esperará hoy también? ¿Lo hará por mero compromiso, o porque realmente quiere caminar a casa con él? ¿Se apresurará a preparar la cena una vez lleguen a la residencia? ¿Le incomodará su presencia? ¿Y si lo invita a cenar el fin de semana?
Sacudió su cabeza ante ese último pensamiento. Bien podría justificarlo como una forma de agradecimiento por todo lo que ha hecho por él. Pero también podría malinterpretarlo, y hacer que se sienta incómodo. Una lucha interna comenzó a debatirse, mientras su expresión permanecía inmutable, con aquellos esmeraldas fijos en los papeles delante de él. Fue la voz de Hiroshi, y una pequeña sacudida, lo que le sacó de su ensimismamiento. Más papeleo. Justo los documentos que había estado esperando de Inglaterra. Una pequeña reverencia, y volvió a quedarse solo. Golpeó sus mejillas; no era momento de soñar despierto, o quebrarse la cabeza con aquellos extraños pensamientos. Estaba trabajando, y era lo único que podía ocupar su atención en esos momentos.
Estiró su cuerpo, desemperezando sus músculos. Alzó la mirada al reloj colgado en la pared. Hora de salida. Una sonrisa apareció en su rostro, al tiempo que un enorme suspiro salía de su boca. Ordenó los papeles, guardó sus cosas, tomó su saco y maletín, y salió de su oficina. Se despidió de los empleados, los jefes de la compañía le desearon una buena noche, y Hiroshi le agradeció por el arduo trabajo del día. Comenzó su camino hacia aquella esquina, en la que su camino se cruzaba con el de Kiku, sintiéndose extrañamente feliz. –Señor Arthur –saludó el moreno, con una pequeña reverencia. Sin darse cuenta, el rubio comenzó a correr, hasta estar a la altura de su benefactor, sonriendo de oreja a oreja. – ¿Tuvo un buen día? –soltó el japonés, notando la alegría en su huésped, sonriendo dulcemente ante ello.
Arthur comenzó a reír nerviosamente. –Sí, podría decirse que sí –respondió, sintiéndose un completo idiota. Se dejó llevar por sus impulsos, mostrándose más efusivo de lo normal; y aun así, el moreno no se mostró extrañado por aquella actitud. Caminaron calmadamente, comentando ciertos eventos que vivieron a lo largo de su día. O más bien, el joven Kirkland se limitó a contemplar el perfil de Kiku, mientras este hablaba y reía ante los sucesos que relataba. Aquel sedoso cabello negro, esos calmos ojos castaños, la delicada línea que conformaba su nariz, la dulce melodía que componía su voz, aquella blancura aperlada que cubría su piel. Todos y cada uno de esos detalles comenzaban a guardarse en la mente de Arthur, quien no apartaba su mirada de Kiku.
No, hasta que chocó de lleno con un poste.
–Estoy bien, en serio –repetía una y otra vez, aún luego de haber llegado a casa. Kiku no dejaba de mostrarse preocupado por el golpe que se había dado el rubio, a pesar de que al momento del accidente, se había reído por unos largos 5 minutos, y aún lo hacía cuando volvieron a emprender su camino. Pero al llegar a casa, el rostro del extranjero estaba completamente rojo; no sabía bien si por el golpe, o la vergüenza. Y aunado a eso, era la renuencia del rubio de tocar, o siquiera rozar, su cara. –Vamos, déjeme revisarlo –insistía el moreno, sosteniendo un pequeño bote con pomada. Como niño chiquito, Arthur se empeñaba en girar la cabeza, cada vez que notaba que Honda intentaba acercar su mano.
Y así pasaron los minutos, hasta que el inglés cedió ante el enfado del más bajo. Una mezcla de alivio y ardor invadieron su ser, mientras aquellas suaves y algo delicadas manos, atendían el golpe en su rostro. –Listo, eso calmará el dolor, y evitará que se inflame –murmuró Kiku, cerrando el botecito. –Gracias –susurró algo avergonzado el inglés. –No hay de que… ahora, iré a preparar la cena –Kiku se puso de pie, dejando reposar el bote en una mesita, para dirigirse a la cocina. – ¡Espera! –ambos hombres brincaron ante el repentino grito del huésped, notando como se encontraba estirado, como queriendo tomar al japonés para detenerlo.
Aquellos ojos castaños se posaron en esa cara roja, confundidos. –Yo… ¿qui-quieres que te ayude? –tragó saliva. Estaba completamente seguro de que su rostro era una enorme linterna roja. –Claro, ¿por qué no? –la calmada voz de Kiku llegó a sus oídos, haciendo que su corazón comenzara a saltar desbocado en su pecho.
