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No soy gay
Maye Malfter
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Cuatro
El ruido sordo de la lata de tomates al dar contra el suelo fue lo que le hizo salir del trance en el que se había sumergido, regresándole a la realidad y ubicándolo en tiempo y espacio. Estaba en el supermercado de siempre, con una lata marca Napolina en una mano mientras la de East End yacía peligrosamente cerca de donde solía estar su pie.
Alguien de manos grandes le tomaba de los hombros en ese momento, el mismo responsable de haberle halado hacia atrás justo a tiempo para esquivar la pesada lata de tomates pelados que él mismo dejó caer sin intención.
—¿Estás bien? —le preguntó el hombre detrás de él, soltándolo por fin, pero quedándose fuera de su rango visual.
—Estoy bien, Sherlock, sólo me distraje —respondió John, agachándose para recoger la lata de East End y colocándola de nuevo en el estante, junto con la de Napolina. Acababa de decidir que mejor compraba tomates frescos en el mercadillo de la esquina—. ¿Que no estabas en el Scotland? —preguntó, comenzando a caminar hacia la sección de pastas con intención de escoger un buen vermicelli. Acomodó mejor la cesta en su brazo.
—Estaba —fue la respuesta del otro, que le seguía de cerca, mas no demasiado—, pero regresé a casa hace rato y como leí tu nota decidí acompañarte.
—Pensé que hacer la compra te parecía aburrido —comentó John algún rato después, tratando de decidir entre pasta de cocción rápida, saborizada o tradicional. Mejor irse por la tradicional.
—Me aburre si tengo que hacerlo solo —dijo Sherlock, caminando ahora a su lado mientras se dirigían a la zona de cajas registradoras—. ¿En verdad harás salsa boloñesa?
—Eso espero —dijo John hacia él—, porque hacer tostadas y té usando carne molida y pasta sería bastante fuera de lo común.
Ambos rieron ante el comentario de John, colocándose en la fila de gente formada para pagar sus víveres.
Hacía más de un mes que John se había mudado de nuevo al 221b, ya que luego de todo lo ocurrido con Mary y el bebé, estar en su antigua casa se le hacía demasiado doloroso. En todo ese tiempo, John apenas y había dejado el departamento, demasiado ocupado auto compadeciéndose como para darse cuenta de nada más.
Casi no comía, casi no dormía, casi no vivía más que para sentarse en su antiguo sillón, con una taza de té como único sustento y con la chimenea encendida como único foco de atención. Raras veces le provocaba interactuar con quien tan amablemente le había recibido de vuelta en su casa, sobre todo sabiendo el papel que tuvo su anfitrión en toda la componenda de la cual él, para variar, no sabía nada.
Pero si había que buscar culpables, Sherlock por supuesto que no era uno de ellos, y considerando que el mismo detective elegía pasarse los días cerca de él en Baker Street en lugar de corretear por Londres a cuanto criminal existía, devolverle el favor haciéndole una cena casera fue la mejor manera que John encontró de resarcir su tonto comportamiento de la última temporada.
Continuaron en la fila aún entre risas, conversando como si el tiempo no hubiera pasado, como si todavía fueran John y Sherlock, los que resolvían misterios para ganarse la vida y luego bloggeaban acerca de ello.
—¡Oh, maldición! —juró John de repente, negando con la cabeza y resoplando en frustración. Sherlock le miró, interrogante.
—¿Qué sucede? —quiso saber—. ¿Olvidaste el efectivo en casa? Ya sabes que yo puedo-
—No, no es eso —atajó John de inmediato, notando la ligera expresión de curiosidad de la señora delante de ellos—. Olvidé buscar el queso parmesano —explicó—, y ya casi nos toca. —Sherlock sonrió ante eso y John no pudo evitar darse cuenta de que era la primera vez que lo veía sonreír de esa manera en quién sabría cuánto tiempo.
—Yo lo busco —se ofreció, bajo la atónita mirada de John, y antes de este que pudiera decir nada el hombre ya se había marchado.
La señora de en frente, una anciana de aspecto afable que ahora hacía pasar sus productos por el escáner, le sonrió abiertamente.
—Es una suerte contar con esposos así, ¿verdad? —comentó hacia él—. Así era mi William, que en paz descanse, siempre acompañándome por si se me olvidaba algo.
—Oh, nosotros no... —comenzó a decir John, pero a mitad de frase se dio cuenta de que en realidad la aclaratoria no era tan importante—. Sí —aceptó al final—, es una suerte.
