Primer juego

La sangre bajaba por la punta de su espada, tan roja como se había puesto los ojos del hombre. Sus piernas temblaron hasta el momento en que Robb Stark se le acercó y las cálidas manos rozaron su hombro izquierdo.

—Es un buen corte, ¿no crees? —Robb preguntó.

—Sí. Mucho más bueno que los tuyos. —Una socarrona sonrisa se resbaló por sus labios.

Era viejo, las verrugas le cubrían las mejillas y las largas ojeras le achicaban los ojos. El primer hombre que mató fue un pesquero, el mismo que les permitió subir a su barco unos años atrás. Había alzado su espada con torpeza mientras sus manos sudaban y cerró los ojos a la hora de clavar el acero. Era un hombre que apenas podía sostenerse en sus pies y aun así Theon sintió miedo.

No obstante, ningún miedo que haya podido experimentar antes se comparaba con el que sufría a cada instante en el Sangre.

La jaula se achicaba con el paso de los segundos. Su piel se abría entorno a las heridas de los latigazos, recubiertas por la costra que se hinchaba en pus y sangre. El pus supuraba cuando el tiritar le hacía chocar contra los barrotes.

Arrugaba la nariz al sentir el olor a orín proveniente de sus harapientos pantalones, en combinación con la bilis que adornaba su pecho entero. Cierto momento en que la tenue luz de la luna vislumbró entremedio de los barrotes, Theon llevó los dedos a su mojada entrepierna, presionó hasta que las yemas se humedecieron y con rapidez acarició sus labios. Lamió y luego vomitó.

Gimió al escuchar el tintineo de las llaves y el agudo sonido del contacto de estas con el picaporte. Tanto como pudo, aprisionó las rodillas entre sus brazos y escondió el rostro en el hueco que obtuvo en consecuencia.

—No, no. Por favor, no. —Murmuró con la poca voz que le quedaba. —No.

Por el rabillo del ojo vio el descender de las largas y oscuras botas, las tablillas de la escalera crujían. Ramsay Bolton tenía el pelo recogido y una camisa blanca con los cordones desatados, estirándose en el grueso pecho. No portaba un látigo, esta vez alrededor de una de las muñecas se establecía un viejo collar.

—Buenos días, Lord Theon. —El capitán se lamió los labios al verlo. —Imagino que me ha extrañado tanto como yo a usted, ¿verdad?

En respuesta se estremeció y sus dientes chirriaron. La palma diestra de Ramsay se apoyó sobre los barrotes superiores, con lentitud los dedos se deslizaron, alcanzando sus enmarañados cabellos. Las hebras erizadas fueron sutilmente acariciadas, los escalofríos rodearon su cuerpo al inició del contacto.

—Tengo algo para ti. —Ramsay ladeó la cabeza. Sus dedos bajaron hasta su oreja, sin tener la suficiente prolongación para tocar el lóbulo; Theon agradeció eso. —Un regalo.

Un regalo, si pudiera, Theon hubiese llorado del miedo. Tiró su espalda hacia atrás, acurrucándose en sí mismo, prefería que los fríos barrotes destrocen su espalda a que esta estuviera otra vez al poder del bastardo.

—Ahora, toma las llaves.

Ramsay arrojó las llaves al suelo, al lado de la jaula. Theon las miró con deseo, solo con eso. No era tan tonto como para caer en tal trampa, una vez lo había hecho y fue suficiente para aprender el juego.

—Rápido, Lord Theon. No estaré esperando todo el día. —Ramsay le dio pequeños toques a la jaula con la punta de la bota. —Obedece.

Las comisuras en la boca del capitán sea alargaron al momento en que Theon movió sus dedos por el piso. Sin acercarse mucho, sus dedos se extendieron, las yemas rozaron la punta de una de las heladas llaves.

—No creo que pueda tomarla así, Príncipe.

La bota de Ramsay cubrió el juego de llaves, corriéndolo más lejos de él. Tragó saliva e inclinó su cuerpo, su flaco brazo pasó con esfuerzo por medio de dos barrotes. Ramsay se movió y Theon se paralizó asustadizo; no había peor cosa que estar tan cerca y tan indefenso.

—Vamos, salga.

El capitán se sentó en un cajón, cruzando las piernas. Theon agarró las llaves, deteniendo su respiración al percibirlas en su palma. Intentó varias veces abrir la puerta, el gran número de llaves y sus temblantes dedos no le ayudaron de mucho.

—Acércate.

Se arrastró hasta el capitán. Sus pesadas rodillas no se levantaban y la piel se raspaba con la tierra. La humedad se trasladaba a destiempo, causando molestia en la desesperada separación de sus piernas.

Ramsay le tomó una mejilla. Theon lanzó un sonoro gritito al correr el rostro, sin lograr escaparse de la palma contraria.

—Mírame, dulzura. —Ramsay le dijo con un tono suave, una acaramelado tono de amante.

Como siempre, los clarísimos ojos del capitán resplandecían mucho más que las estrellas, el frio en estos se calaba por su espina dorsal. La mano con sus cálidos toques se halló entre su cuello.

Los dedos presionaron sobre la nuez, a medida que el viejo collar olisqueó su piel. La hebilla se abrochó desde su nuca, tuvo picazón al apenas tenerlo rozándolo. El cuero endurecido y agrietado perforaba su cuello, con el movimiento de la nuez se originaban ligeras marcas.

—No. —El movimiento en su cabeza y cuello era limitado. —Por favor, quítamelo.

Dio un mínimo salto hacia atrás, tirando sus dedos a la hebilla, buscando la forma de quitarse el collar. Con la patética fuerza que portaba si quiera podía levantar un centímetro el herrumbrado metal.

— ¿Por qué quería hacer tal cosa? Se acopla muy bien a ti.

El collar era áspero ante sus dedos. Estos se introdujeron entre la diminuta separación de su cuello y el collar, tironeando. Lo único que consiguió fue deteriorar su respiración, enrojecer sus mejillas y escupir escasa saliva.

—Además, los perros deben tener collar.

—No soy un perro.

—Oh, mi dulce criatura, eres tan tonta. —Ramsay le tomó la mandíbula, inmovilizándole y levantándole el rostro. —Eres mío, y serás todo lo que yo quiera. ¿Entiendes eso?

—No soy tuyo. No soy tu perro. —Dijo frustrado. —Por favor, quítalo.

— ¿Seguirá con eso, Lord Theon?

—Por favor, por favor… quítamelo. —Lloriqueó.

—Está bien. —Ramsay suspiró. —Juguemos a un juego, si ganas te lo quitare.

— ¿Un juego? —Sus ojos se abrieron con grandeza.

—Sí, voy a cortarte la piel de un dedo y tú ganas si no gritas mientras lo hago. Pero si pierdes, tomare tu dedo.

— ¿U-un dedo? —Preguntó atónito, espantado y exasperado.

Sin que lo notara, Ramsay ya se había apoderado de su codo. Desde la muñeca lo tironeó hacia él, al tiempo en que rebuscaba en el bolsillo. La hoja del cuchillo se iluminó en los dedos del capitán.

—No, por favor, no. —Si tuviera algo de fuerza tal vez pelearía.

—El juego no puede ser abandonado, Príncipe. —La afilada punta examinó su mano, deteniéndose en cada uno de los dedos. —Me gusta el meñique. ¿Qué crees? —Theon bajó la cabeza, mordiéndose el labio. —Entonces será ese.

Suplicó una vez más, luego guardó silencio, cuando el cuchillo besó su dedo. Tenía que hacerlo, tenía que soportar, tenía que ganar. Él no era un maldito perro, él era Theon Greyjoy, Príncipe de Pyke, conocido a lo largo de los siete mares por sus saqueos con Robb Stark.

La primera gota de sangre lamió la punta del acero, esta prosiguió por la derecha. A medida que descendía, la salida de sangre aumentó. Sus dientes partieron su labio inferior, no quería simplemente gritar, él también quería llorar.

De a poco la piel se despegaba, entre los cortes, se caía por sí sola, colgando entre la carne. Dolía, dolía mucho más que la cohesión del cuero sobre su espalda, mucho más doloroso que ver a Robb besando a una mujer, mucho más doloroso que saber que nadie vendría por él.

La sangre emanante de su labio ensució sus dientes y el agudo chillido su paladar. Lo retuvo hasta que no pudo más, el grito profundizó el corte en su dedo y el amargo regusto en su boca.

—Gané. —Ramsay dijo con su triunfante sonrisa.