Capítulo III.- Karl Von Thurn Und Taxis

Caspian no dudó en salir de aquella habitación, el profesor le condujo a su estudio, que era su habitación favorita; hasta el tope de libros, con amplios ventanales y un montón de pinturas colgaban del techo adornando y dando color a la habitación pintada de colores obscuros. Ahí Kirke le ofreció amablemente un escocés con agua y un puro para hacer más ávida la charla entre ellos.

—Cómo has podido ver Caspian, no tenemos mucho tiempo; así que tendré que ir al grano. Irás a Alemania, te tendrás que hacer pasar por un príncipe. Se trata de Karl Thurn y Taxis en vida el muchacho fue exactamente parecido a ti; me sorprende ver que las personas de Narnia y las de este mundo a veces puedan tener una similitud tan igual. Pero ese no es el caso, la cuestión es que Thurn y Taxis, era uno de los diez hombres más importantes del reich, sus padres eran banqueros de profesión desde tiempos en que los Hohenzollern gobernaban el imperio Alemán, el padre del muchacho le dio al emperador Guillermo III cuantiosas cantidades de dinero, con tal de hacer posible la primera guerra; ahora el hijo repetía la hazaña, y no solo eso; sino que fabricaba aviones y armas bastante sofisticadas para desgracia de los aliados. Gracias a sus aviones y a sus armas, les fue posible a los nazis, hacerse con Polonia, Austria, Francia, y casi media Europa ha caído ya bajo la insignia del reich, lo que se quiere evitar es eso precisamente.

— ¿Y qué puedo hacer yo, para que tanto sufrimiento se evite?

Caspian cuestionó interesándose en el tema, pues pensaba que si Aslan lo mandó a ese mundo; no solo sería por traer de vuelta a los Pevensie, sino también para ayudar. Con aquella guerra miles de personas estaban sufriendo, necesitó tan solo unos cuantos segundos de explicación para llegar a la conclusión por sí mismo.

— ¿Cree usted que si me hago pasar por ese T… —El rey se atoró al pronunciar el apellido del Príncipe, pues le era un poco difícil.

—Thurn y Taxis. —Le corrigió amablemente el Profesor Kirke.

—Eso es, ¿Eso es lo que usted pretende?

El profesor esbozó una cálida sonrisa, antes de desparramarse en su vieja silla de cuero de tras del escritorio, en tanto Caspian miraba el retrato del Príncipe; en efecto, cualquiera podría pensar, que el fallecido Thurn y Taxis tenía un hermano gemelo.

—Definitivamente no lo pretendo yo; muchacho, sin embargo ahora los nazis se concentran más en el peligroso avance de los americanos por el este de Europa, poco a poco les han ido sitiando las ciudades importantes, se les agotan los recursos y cuando por fin Adolf Hitler ve una pequeñísima esperanza, no ha dudado en tomarla ¿Sabes por qué? —Caspian negó con la cabeza. —Porque se creía que el odiado Príncipe de Thurn y Taxis murió en una prueba de aviones, el ministro inglés le ha hecho enviar, bajo otros nombres claro algunas pruebas de que su benefactor más poderoso puede que esté vivo en alguna isla de Grecia, el ultimo avión al que Karl se subió tenía unas fallas mecánicas, al parecer le avisaron, el muchacho tenía un carácter bastante temperamental; se subió al artefacto ignorando cualquier tipo de advertencia, el resultado fue que cuando el avión empezaba a coger más altitud, una de las alas se desprendió; como era de esperarse el avión cayó en picada al mar; al momento de caer, se produjo la explosión y por ende la muerte del Príncipe. Justo en el momento en que el Fuhrer invadía Rusia con un millón de hombres al frente.

— ¿Qué sucedió después?

—Hitler, se sintió desolado como era de esperarse, era uno de los alemanes más fieles a sus doctrinas enfermas; cayó tratando de mejorarlas.

— ¿De quién fue la idea de encontrar un doble del príncipe?

—Mía, apenas he hablado con el ministro, hará unos cuantos minutos; por persona le he mandado la fotografía que de buena manera la señora Macready te hizo en el estudio anterior. El resultado, fue que una nueva operación de espionaje se ha abierto. Todo gracias a ti Caspian.

— ¿Qué me garantiza que estaré a salvo?

—Todo muchacho, Thurn y Taxis no dejó a nadie como heredero suyo; así que cuentas, empresas aviadoras, toda absolutamente pasa a tu poder. Lo más importante, cuentas con el favor del Fuhrer.

Caspian se deslizó en el sofá de cuero donde estaba sentado, aquello le parecía una de sus aventuras increíbles, estaba seguro que en Narnia nadie le creería que hubiese volado, ¿Cómo era? ¡Ah sí! Aviones. Vaya que ese mundo tenía maravillas; aunque con los tiempos que atravesaba era difícil poder disfrutarlas.

— ¿En qué tanto piensas muchacho?

Caspian miró de soslayo al; sin poder evitarlo, la sombra de una dulce sonrisa apreció en los labios del rey de Narnia.

— ¿Y qué hay de los Pevensie señor?

—Ah, ellos; de momento Edmund y Lucy se encuentran en una casa de campo; bastante alejada de la ciudad, en donde les llegan las noticias, aunque tarde; pero les llegan, Peter, se encuentra trabajando codo con codo en el servicio de inteligencia, el muchacho a desarrollado un sistema que pude descubrir los correos en las distintas zonas enemigas esparcidas por el mediterráneo y el pacifico, siempre pensé que ese muchacho sería brillante…absolutamente brillante.

— ¿Y Susan?

La sonrisa que apareció en el rostro del viejo profesor; se esfumó de la misma manera en que aparecía, le tocaba al mismo Profesor Kirke; contarle que Susan estaba casada desde hacía un día. Aquello sería un golpe bajo para Caspian, no cabía duda para ello. Sin embargo, también la señorita Pevensie podría salvarse gracias a la oportuna intervención de Caspian entre los altos mandos del reich.

—Ella está en Alemania.

Una sonrisa apareció en los labios de Caspian, al tiempo que un destello de ilusión; relucía en sus bellos ojos chocolate.

—Estaremos cerca, entonces.

El profesor Kirke, por su parte negó con la cabeza; cuanto antes le dijera como estaba la situación con la señorita Pevensie, mejor sería.

—No muchacho, no has entendido todavía; está casada.

Los ojos de Caspian se posaron, en el rostro desencajado del pobre viejo que tenía en frente, antes de preguntar por Susan Pevensie; Caspianostenía una sonrisa en el rostro, cuando el profesor Kirke le respondió, esta se desvaneció por arte de magia a partir de ese momento. El corazón de Caspian palpitaba fuertemente en medio de su pecho, pero el rey de Narnia aguardaba pacientemente cualquier tipo de noticia, ya fuera buena o mala sería recibida.

—Te haré saber todo lo que quieras hijo, pero tienes que esperar un momento. —Caspian asintió, en tanto el profesor; se fue a un armario, que aguardaba junto a la puerta allí comenzó a rebuscar entre papeles, sacó unas cuantas cosas y al final dio con sobre en color perla con letras doradas.

Pensó una y otra vez si sería correcto hacerle saber aquello al chico, pero pensando que obraba de la mejor manera posible; le tendió lo que era una invitación de bodas. Caspian tomó la invitación, sacó la cartulina del sobre y con sumo interés comenzó a leer; conforme más leía la expresión en el rostro del muchacho cambiaba, su rostro que antes mantuviera una expresión apacible se convirtió rápidamente en un rostro moldeado por la ira; los ojos chocolate echaban chispas de furia, pero de pronto volvieron a la calma, allí claramente se anunciaba el matrimonio entre Frederick Zoller y la señorita Hilda Van Hamersmmark, no Susan Pevensie.

— ¿ya terminaste de leer?

—Sí, pero ¿A qué viene todo esto? ¿Esta Hilda Van Hamersmmark es pariente suya?

El profesor se jaló los cabellos hacia atrás, estaba claro que todo aquello sería más difícil de lo que él pensó.

—Hijo, Hilda Van Hamersmmark no es otra que. —El profesor tomó aire, en tanto ya tenía a Caspian en frente suyo, con la misma expresión de antes.

— ¡Susan! ¡Susan! —Estalló Caspian ya fuera de sí— ¡No puede ser!

— ¡Cálmate hijo, cálmate! —Rogaba el profesor muerto de espanto, en tanto intentaba inútilmente contener a Caspian.

Caspian zarandeó entre sus manos al profesor, que blanco de espanto, a duras penas podía pasar la saliva por su garganta. Durante un momento le apretaba como si fuera a estrangularle, pero le soltó con violencia, mientras ya sin fuerzas para explotar, recurría nuevamente a sentarse, y sin dejar de sollozar se cubrió la cara entre las manos.

—Todo lo que hice, todo lo que iba a hacer, ya no tiene ningún interés. —Dijo Caspian entre sollozos que eran más potentes cada vez. —Llegué aquí lleno de ilusiones respecto a ella, y de pronto; en menos de pocas horas me encuentro con cosas bastante diferentes. ¡Y yo que creí que me amaba! ¡Fui un completo imbécil, debí haberme casado con Liliandil en cuanto pude!

El profesor Kirke debía hacer algo al respecto, el muchacho todavía no entendía, o más bien no quería entender que la señorita Pevensie tuvo que hacer lo que hizo por órdenes de más arriba.

—No te agobies hijo mío, te aseguro que ella no lo hizo de mala fe; todo lo contrario. —El profesor Kirke. Se acercaba a Caspian con una copa hasta la mitad de un líquido color ámbar era Coñac. —Ten, toma esto; te sentirás mejor.

Caspian poco a poco levantó la vista, sus ojos todavía estaban inundados de lágrimas, vio primero la copa, y después al profesor.

— ¿Es licor verdad?

—Anda, hijo mío tómala, te aseguro que te sentará bien.

Caspian con mano temblorosa, tomó la copa y sin chistar la bebió completamente de un solo sorbo, la pasó poco a poco saboreando el dulce sabor del licor.

— ¿Cómo te sientes?

¿Qué si como se sentía? En ese maldito momento no quería saber ni cómo demonios se sentía, todo lo que deseaba era una cama y dormir hasta hartarse.

—Necesito descansar, acomodar algunas ideas.

El profesor Kirke asintió; hizo sonar una campanilla y al acto apareció la señora Macready.

— ¿Me llamaba usted profesor?

—Así es señora, lleve usted a mi sobrino a descansar, muéstrele sus habitaciones y llévele una bandeja con comida y bebida. Cuando se haya despertado; mande que se le prepare un baño con agua templada.

La señora Macready obedeció febrilmente las órdenes del profesor Kirke, Caspian durmió el resto de la tarde, cuando se despertó; ya entrada la noche solo cenó unos cuantos cereales y un vaso de leche, después del baño volvió a meterse en la cama pero no tenía ya sueño, durmió en el día todo lo que no estaba dispuesto a dormir por la noche; en su pensamiento seguía estando Susan Pevensie, y al parecer; seguiría estando siempre.

~~OoC~~

Los primeros dos días de casada, fueron normales; es decir, Frederick fue todo lo que Susan esperaba, era un marido amoroso, tierno, amable; se desvivía por cumplirle al máximo sus más mínimos caprichos, tanto que ya no sabía qué hacer con ella. También era un hombre que cuando terminaba el día; le encantaba reclamar los favores hechos durante este, con una buena dosis de sexo, que Susan se veía forzada a darle, con una máscara de placer plasmada en la cama, aunque en realidad solo sintiera nada.

A petición del mismo Frederick, el Fuhrer decidió darle unos días libres para que los pasara a lado de su joven esposa, esto era en una casa de campo que Frederick tenía cerca de Múnich, donde las construcciones de campiñas y la agricultura se hacían presentes durante esa época del verano. Ocupado con las cosechas, Frederick tenía que salir todo el día y para ello, Susan tenía tiempo de sobra. Bastante tiempo en el cual, la señora Zoller no tenía nada importante que hacer.

— ¿Cómo? ¿Vas a dejarme Frederick?

—Mi vida. Los trabajadores no pueden hacer todo sin supervisiones ya sabes tú como son estos judíos imbéciles, y los capataces que contraté han resultado ser unos completos inútiles, soy yo quien lamenta dejarte sola tanto tiempo; sin embargo prometo venir a cenar más temprano de lo normal. Te prometo que solo serán unas cuantas horas.

— ¿Qué? ¿Vas a ir hasta el otro valle? ¿Y a eso le llamas estar unas cuantas horas fuera? Prácticamente deduzco que te aburres muy pronto de la vida marital. Como si te gustara tenerme abandonada a toda hora del día.

A Frederick le parecía imposible a veces, pero recordaba que aquel carácter, fue lo que lo atrajo de ella como mosca a la luz, así que no dudó en tomarla en sus brazos y depositar un beso ardiente en aquellos labios color carmín.

— ¡Que terribles palabras! ¡Abandonada! Cuando todas nuestras amistades de Berlín se mudaron a Múnich, para estar cerca. Y en esta casa, que he dispuesto para ti. Como un palacio lleno de sirvientes para que dispongan tus menores caprichos.

Susan fingió hacer pucheros; odiaba tener que actuar ante Frederick como una muchacha frívola y con la cabeza vacía.

—No me interesan... no me interesa, nadie más que tú.

—Entonces, vida mía, aguárdame. Te prometo tardar lo menos posible. Mira, en la biblioteca hay libros excelentes, además de las últimas revistas de Francia. También puedes practicar un poco tu piano o dormir un rato. Es una dulce hora para la siesta. O también puedes escuchar uno de tus discos, trataré de hacerte una audioteca con todos los artistas de Jazz más importantes del momento, pero eso será en otra ocasión.

—No quiero hacer nada. Te aguardaré furiosa y aburrida, ya lo Sabes. Vete... vete ya que no tiene remedio, pero no tardes demasiado.

Susan echó los brazos al cuello de Frederick, besándolo mientras él correspondía a su beso con la misma pasión que ella aunque claro; estaba por demás que la pasión de Frederick. Era autentica, no fingida.

Jugar a la recién casada enamorada, que se pone celosa porque el esposo pase horas sumergido en su trabajo en vez de poner toda su atención en ella; se le estaba siendo mucho más fácil que de costumbre e inclusive le resultaba un juego divertido. Lo que no le gustaba para nada, es que Frederick insista en convertirla en una de esas esposas; vanidosas y frívolas que solo viven para vestir al último grito de la moda.

Frederick le besó con amor las manos antes de cruzar con paso rápido la ancha galería. Cuando su figura desapareció, Susan se dejó caer, con gesto de fastidio, en el diván de raso, se hundió en los almohadones y entrecerró los párpados, dejándose llevar por un dulce sueño. Una hora más tarde ya se encontraba vistiendo de manera más fresca, para que el cuerpo no le sudara tanto, y caminando por los amplios senderos de aquella pintoresca comarca alemana.