¡Circunciso! ¡Circunciso! ¿Cómo se habían atrevido? Me quería morir de vergüenza y de rabia. Me eché a la cama, hundiendo mi cabeza en la almohada para ahogar mis gritos de ira. ¿Cómo habían podido? ¡Eso era lo peor! Le daba puñetazos a la almohada cuando entró Paulo en la habitación y se quedó parado mirando mi estallido antes de acercarse un poco.
- ¿Te duele mucho?
- ¿Y eso a quién le importa? –le contesté con enojo- ¡Me siento humillado! ¡Humillado! ¡Yo soy cristiano, maldita sea, soy cristiano y siempre lo seré!
- Eso es sólo el principio. Tendrás que ir cada día a la mezquita conmigo, a recibir educación coránica. Y te obligarán a rezar cinco veces al día, como ellos. Te castigarán si no lo haces. Y…
- ¡Nunca! Nunca, ¿me oyes? –le interrumpí- Quizás tú te hayas dejado convertir, Dios mío, mírate, si incluso te vistes como ellos, pero yo no, nunca, ¡jamás!
- No te permito juzgarme. No sabes cuantos años he esperado a que tú y tu rey de pacotilla vinierais a socorrerme. Pero no, estaba solo, completamente solo. Y no me puedo permitir morir en mártir, ¿sabes? Miles de personas dependen de mí. Si yo muero, eso significa el fin para mi pueblo. Así que hice lo que pude para sobrevivir. Como tú, me figuro.
Me fui calmando poco a poco. Ahora me fijaba en cuanto me escocía la entrepierna. Pero eso no era lo peor.
- Uugh… -dejé escapar.
- ¿Te sientes muy mal?
- No, no es eso. Me… Me duele la cabeza.
- ¿La cabeza? Pero…
- En las Asturias. Hay cristianos que resisten y continúan la lucha. Ay, si pudiéramos escapar de aquí e ir a echarlos una mano… Eso sería…
- Ni lo pienses. Nos van a vigilar día y noche como sus tesoros más preciados, ¿tú qué crees? ¡Los dos juntos, encarnamos Al-Andalus! Si nos controlan, controlan a toda la península. Nunca nos van a dejar marchar.
Suspiré y me senté en la cama. Paulo estaba mirándome con algo de compasión, pero cuando mi mirada cruzó la suya, se ruborizó y apartó la cara.
- Siempre puedes decirte que Cristo también fue circunciso, si eso te sirve de consuelo –me dijo encogiéndose de hombros.
- T-tú… ¿De veras te has convertido? ¿O sólo estás fingiendo?
- Sigo rezando a Cristo por lo bajo cuando no se fijan –me contestó con una sonrisa torcida. Resulta muy divertido alabar el nombre del Dios cristiano en su propia mezquita. Al fin y al cabo, no pueden controlar lo que pienso realmente… Eso es lo único que todavía me pertenece.
- Me figuro que no me quedará otro remedio que fingir también –bufé en tono sombrío.
- Ya verás, no es tan difícil. Y esa ropa es bastante cómoda a decir verdad.
Paulo se sentó al lado mío y no dijimos nada los dos, hasta que rompí el silencio.
- Paulo… Quería pedirte disculpas, ya sabes, por haberte decepcionado y todo eso. Yo… De verás quería ayudarte, ayudaros a todos, pero me pareció más fácil seguir las órdenes de Agila. Creía que él sabía lo que hacía. Yo… fui un idiota. Te tuviste que llevar una gran desilusión conmigo, y entiendo que estés enfadado, pero por favor… Perdóname si puedes.
Los brazos de mi hermano de repente me rodearon, y enseguida toda tensión me abandonó, diluida en su calor. Le devolví el abrazo, cerrando los ojos por el bienestar.
- Estaba de verdad preocupado por ti, ¿sabes? –le murmuré al oído.
- Sshh. Yo también estaba inquieto. A pesar de todo, eres mi hermanito, ¿verdad?
- Estoy contento de que estés bien. Y de estar aquí contigo.
- Cállate ya, idiota. ¿Es que no sabes parar de hablar ni un segundo?
~~~~~
Unos años pasaron. Ya hablaba un árabe aceptable (y eso que no se me daban bien las lenguas) y hacía mis cinco oraciones al día como un buen musulmán. Pero por la noche, nunca se me olvidaba de rezar al Dios de los cristianos para que me perdone esta comedia, como sabía que lo hacía también Paulo. Y lo cierto es que temía volverme peor pecador aún, puesto que empezaba peligrosamente a gustarme lo que veía y aprendía cada día sobre la cultura árabe. Tenían una literatura preciosa, poesía y artes de toda belleza, sabían de arquitectura, de ingeniería, también se les daban bien las ciencias… Los cristianos casi me parecían bárbaros al lado suyo. Claro que no decía nada a Paulo de esa seducción que se apoderaba de mí lentamente pero ciertamente. Todavía me guardaba cierto rencor y no quería que me desprecie aún más.
Además, yo había hecho algunas resoluciones. Primero, jamás querría ser separado otra vez de mi hermano. Juntos éramos más fuertes, y así teníamos que quedarnos siempre, cogidos de la mano. Una península ibérica libre y unida en una sola nación, ese era mi sueño para el futuro. También quería ser más fuerte, quería ser valiente y heroico para que Paulo sea orgulloso de mí e incluso que llegue a admirarme. Y lo más importante, había jurado para mis adentros que nunca jamás abandonaría a mi pueblo otra vez, incluso si eso significaba enfrentarme al poder. Yo los defendería.
Bueno, la verdad es que no tenía muchas oportunidades de mezclarme a la población. Los dirigentes árabes nos tenían a Paulo y a mí bien vigilados, y solo podíamos ver a la gente humilde por nuestra ventana, cuando el aire caliente de la noche se perfumaba de jazmín y naranjos, y que cada uno se iba a casa. Éramos completamente recluidos en el palacio, y nos seguían a todas horas para asegurarse de que no tratáramos de salir. Éramos bien tratados, teníamos sirvientes que respondían a cada uno de nuestros deseos, pero éramos prisioneros de una jaula dorada.
Quedábamos extremamente atentes a las noticias del exterior, esperando el momento, la ocasión propicia para escaparnos. Me enteré así de que Francis, mi amigo Francis, había logrado parar el avance moro gracias a un caudillo franco, un tal Carlos Martel. Me había preguntado varias veces que habría sido de él desde que había escuchado que los moros continuaban avanzando hacia el Norte y devastando su territorio, y ya había comunicado mis inquietudes a Paulo, pero viendo como su única reacción era encogerse de hombros, no lo hacía más. Pero esta vez las noticias eran buenas, y no pude abstenerme de buscarle en todo el palacio para transmitírselas.
- ¡Paulo! ¡Paulo! ¿A qué no adivinas?
- ¿Adivinar qué? Ya sabes que no me gustan tus jueguecitos, suspiró Paulo sin dejar de leer.
- ¿Te acuerdas de qué te hablé de Francis, mi amigo cuando vivía en casa de Roma? ¡Pues fíjate, logró vencer a los moros en Poitiers! ¿Te das cuenta?
- Ya… Pues no veo lo que es tan excepcional. Su territorio era atacado, lo defendió y ya. Tampoco te imagines que va a salvarnos o algo del estilo. Los rechazará de sus tierras y después se olvidará de ellos y de nosotros.
- ¡No digas eso! ¡Si Francis es mi mejor amigo! Me lo dijo cuando vivíamos con Roma, me dijo que yo era su amigo para toda la vida. Vendrá a buscarme, seguro.
Paulo sólo gruño, poco convencido.
- Era tan mono, de pequeño. Me pregunto a qué se parecerá ahora. Me imagino que seguirá igual de guapo. Se parecía casi una chica, ¿sabes? De verdad, estoy muy curioso de ver cómo habrá cambiado. Bueno, de todos modos, me alegro de verle de nuevo en poco tiempo. No pude decirle adiós como Dios manda, cuando Roma se murió y tuve que regresar aquí, no sé si se habrá enfadado conmigo pero bueno, la situación era muy confusa por entonces, seguro que lo habrá entendido, ¿no? ¿Tú crees que yo he cambiado mucho? ¿Y si no me reconoce?
- ¡CALLATE DE UNA MALDITA VEZ!
Paulo me echó su libro a la cara, y me quedé muy sorprendido de tal estallido.
- Siempre hablando de Francis, de Roma, de lo bien que te lo pasabas con ellos, ¿es qué nunca te hartas? –continuó en un tono un poco más bajo, los puños apretados.
- Pero… Roma casi me crió, es normal de que te hable de él. Después de todo, ¡pasé la mayor parte de mi vida con él! Y Francis, bueno, era más que un amigo, más bien lo consideraba como un hermano, y aunque nos hayamos distanciado es todavía una persona importante para mí. Nosotros…
- Ya tienes un hermano. Aunque se te olvide a menudo.
- Venga Paulo, no seas así. ¿Cómo podría olvidarme yo de mi hermano?
- Que yo sepa, cuando regresaste aquí tras la muerte de tu querido Roma, ni sabías quién era.
- ¡Si eso pasó hace muchísimo! ¿Porqué me vienes ahora con…?
- Pero no te preocupes, puedo entender. Cuando Cartago te conquistó, eras todavía un niño pequeño, casi un bebé. Y después, te fuiste con Roma y no nos vimos durante siglos… Puedo entender que no te quedara ningún recuerdo de mí. No, a quienes no puedo perdonar, es justamente a ellos. Cartago te arrancó de mi lado sin siquiera echarme una mirada y se quedó tan contenta contigo. En cuanto a Roma… ¡Yo también fui romanizado, maldita sea! ¿Porqué no se me permitió vivir con vosotros en Roma, eh? No, me tuve que quedar solo aquí. Como siempre. Siempre se me olvida, siempre me quedo en tu sombra. A veces me pregunto si Roma sabía siquiera que yo existía. Tuvo que pensar que tú encarnabas a toda la península, ¿me equivoco? Los malditos Árabes también. ¡Se pusieron tan contentos cuando me capturaron, creían que yo era Hispania! ¡No sabes cuan decepcionados estaban de enterarse que yo "sólo" era Lusitania!
Paulo ya se paseaba de un lado a otro, nervioso, en el patio donde nos encontrábamos. Cuando se paró se hablar, como exhausto de tanta rabia, un pesado silencio se apoderó del lugar, sólo salpicado por el cantar malicioso de la fuente donde mi hermano había estado sentado, y la respuesta que le daban los pájaros. Me quedé sin habla un largo momento, mirando a Paulo con ojos como platos, hasta que él se parase y se frotara los ojos con lasitud.
- Paulo… ¿Tú estuviste celoso de mí? ¿Durante todo este tiempo?
Me miró sobresaltado, como si le hubiera cogido en falta.
- ¡Tú qué dices! ¿Qué celoso ni qué porra? –se defendió con tono gruñón.
- No lo niegues. ¿Estás celoso? ¿De mí?
Paulo no contestó y miró hacia otra parte. Suspiré y fui a cogerle de la mano. Me miró con el ceño fruncido, pero no le dejé liberarse.
- Paulo… Yo creo que eres un hermano estupendo, mucho mejor de lo que yo jamás lograré ser. A mí me gustaría tanto parecerme más a ti, tener tu fuerza y tu carácter. Yo siempre quiero complacer a la gente y acabo haciendo cosas que no quiero. Tú, en cambio… Bueno, no sé, pero me parece que yo también estaba un poco celoso de ti. ¿Qué te parece si borramos todos los malentendidos y las riñas del pasado y empezamos con nuevas bases, mmh? Yo quiero mirar hacia el futuro contigo, que seamos juntos y unidos, sin ningún rencor para dividirnos. ¿Qué tal te parece?
Paulo se ruborizó y acabó liberando su mano para fingir interesarse por la fuente. Hundió sus dedos en el agua cristalina y, sin mirarme, opinó con la cabeza.
- Vale. Hagamos eso que dices. Empecemos de nuevo.
Me puse tan contento que me eché encima de él, cortándole la respiración. Él se quedó acongojado y sin saber qué hacer, pero antes de que pueda reaccionar, hundí mi mano en el agua también y se la tiré. Nos pasamos la tarde jugando y volvimos calados hasta los huesos, pero felices.
