Capítulo III — "cacao and darkness, and apples and light"
La siguiente imagen del libro mostraba a Emma y Regina en una misma cama. Ambas bajo las mantas, enfrentadas una a la otra. Con sus manos unidas en medio, simplemente mirándose, con ojos bien abiertos y expresiones que no le decían nada.
Henry no lograba recordar una escena semejante a aquella en su mente. No había antecedentes de ello y no adivinaba qué podría haberlas orillado a aquello.
—¿Sigo leyendo o necesitas un momento? —preguntó la Autora, cuando sintió que el adolescente había dejado de darle atención. Él sólo se dedicó a observar la imagen de la derecha, casi como si el texto que se extendía por toda la página izquierda en verdad no importara demasiado.
Henry no respondió de inmediato. Entornó los ojos y, si las miradas se midieran en calor por su intensidad, el libro entero se hubiera prendido fuego.
Luego de unos segundos investigando aquel pobre pedazo de papel como si le escondiera algún secreto, asintió.
Emma miró a su alrededor una vez más.
Regina no estaba. Apenas la rubia había mencionado que estaba siendo invocada, la otra simplemente desapareció en el aire, con una de esas expresiones duras en su rostro que gritan "¡Alerta! Modo Reina Malvada activado," y dejando nada más que humo violeta como único rastro. Pero ya hacía casi hora y media de aquello y no había señales de ella. Aunque tampoco había vuelto a sentir ni un solo calambre, ni nada que indicara remotamente que alguien trataba de evaporar sus entrañas al hacer uso de aquel cuchillo ondulado infernal. Quizá por eso Regina demoraba. Quizá sólo estaba dándole una paliza, bolas de fuego mediante, a alguien.
Emma no contó los minutos. No. Pero habían sido ochenta y siete exactamente y ella ya estaba lista. Su cuerpo era absolutamente libre de aquella suciedad acumulada, todo rastro de su encierro y, de no ser por las marcas de su maldición, parecería ser la misma Emma que llegó a esa ciudad años atrás.
Cuando salió del baño lo hizo casi a tientas, con sumo cuidado de no chocarse nada, ni pisar el lugar equivocado, o mirar demasiado las cosas a su alrededor. Se sentía como un chimpancé borracho en un museo de porcelana. Sentía que si se movía mucho para la izquierda, acabaría por tropezar y caer encima de algún mueble y lo volvería leña sin querer. O si iba mucho a la derecha caería sobre la cama de Regina —y Dios no lo permitiera, a Emma le daría un ataque. Asique caminó casi en punta de pie hasta que llegó a una silla que había junto a la ventana y se sentó, con las piernas muy juntas y ambas manos en sus rodillas, mirando hacia todas direcciones como si Regina fuera a aparecer en cualquier rincón de la habitación.
Ya no eran los minutos lo que Emma contaba, sino los segundos. Estaba nerviosa y sus pies comenzaron a moverse inquietos, golpeteando el suelo al ritmo de sus pensamientos y, cuando no pudo más con los movimientos de su cuerpo, se puso de pie de un salto.
Dio un par de pasos tentativos hasta la mesa de luz de la dueña de casa. Había una foto de ella y Henry enmarcada y, a su lado, una lámpara que Emma imaginaba valdría más que su salario de un mes completo. Ni siquiera se atrevió a abrir el cajón y husmear. Lo pensó, sí. Quiso espiar con todas sus fuerzas y, por al menos dos minutos y medio, fue el único deseo que rondó su consciencia. Pero no lo hizo, muy consciente de que Regina lo sabría, asique sólo tomó la foto enmarcada de su familia como ancla y único trofeo que se atrevía a tomar de ese lugar y miró a su alrededor.
Era un hecho que Regina prefería los colores neutros. Blanco, negro, algún que otro gris y, obviamente, rojo.
Había pocas cosas que indicaran que ese era, en efecto, un lugar habitado y no simplemente una habitación de algún hotel lujoso. Regina era ridículamente organizada, como un maniático de la limpieza, el orden y el control —bueno, sinónimos de Regina al fin de cuentas. Lo que sorprendió a Emma fue el hecho de que Robin —Robin Hood, el roñoso ladrón que vivía como un hippie sin oficio en los bosques— se amoldara a aquello. No había ni una chaqueta, o un par de medias bajo la cama, ni siquiera un sólo producto en los estantes del baño. Era como si el sujeto no existiera en esa casa. Al menos en esa habitación era invisible.
El lugar era simplemente Regina.
Olía por todos lados a ella. Manzana, manzana, manzana. El aire, su ropa —esa que ella misma vestía. Apostaría que una de sus almohadas tendría también la esencia de aquella fruta —aunque claro, la otra al menos no escaparía al hombre y tendría aroma a zorro, bosques y estaría infestada de cabello rubio opaco aquí y allá.
Su shampoo —tomó uno de sus mechones de rubio dorado y lo llevó a su nariz— también era de manzana. La mujer tenía una obsesión por la fruta, pero no era Emma quien se iba a quejar de ello.
Se dejó caer de espaldas en la mullida cama, observando al techo y dejando que la calma que invadía aquel lugar se abriera paso por sus sentidos y la llenara. La última vez que había estado acostada en una cama no había sido tan apacible. En casa de Mary Margaret siempre había sonidos de pisadas, de cafeteras y tostadoras funcionando, un bebé llorando y ese estúpido pájaro azul que llegaba todas las mañanas a cantar en su ventana —porque era la casa de Blancanieves, después de todo. No era nada como la casa de Regina.
Entonces cerró los ojos y se dejó acompañar por el silencio...
Un sonido de pasos apresurados subiendo las escaleras le hizo abrir los ojos de par en par casi al instante.
¿Regina había regresado?
La puerta de la habitación se abrió de golpe y esos cabellos cortos que ella imaginaba en la otra almohada estaban ahora bien agarrados a la cabeza de un hombre que la observaba sin pestañear, desde el marco de la puerta y sus ojos destellaban fuego, furia y —ella se sentó de golpe— oscuridad.
De pronto se sintió una intrusa o un delincuente. Era demasiado similar a la sensación de estar siendo atrapada durmiendo en un coche ajeno, o con una caja de cereales escondida bajo la chaqueta en algún supermercado.
—¡Largo! —la orden sonó como un látigo chocando contra el suelo, contundente y acompañada con un dedo que señalaba derecho hacia la puerta. Emma titubeó un momento y sólo eso le tomó a Robin para avanzar esos metros que lo separaban del volcán y se lanzó a él, sin siquiera detenerse a notar como la lava subía con rapidez por dentro de ella. No vio el cambio venir.
Tomó a Emma de la muñeca con tanta fuerza que parecía querer romperla y tiró de ella con brusquedad por dos metros hasta la puerta de aquella habitación, pero al siguiente tirón sintió como si estuviera tratando de mover un árbol.
Volteó a ella con determinación, con esa misma decisión con la que había entrado, pero lo que lo recibió no fue la Emma sorprendida que había visto segundos antes, ni la que se sentía una intrusa, al héroe que habían perdido en un torbellino de oscuridad, o a esa mujer que siempre lo miraba con un poco de celos y un poco de envidia. No era ninguna de las facetas que él conocía de ella. No era ella.
Un par de ojos oscuros lo observaban con tanta dureza que Robin se sintió de pronto aplastado por un peso invisible y como si unos dientes afilados rodearan su cuello.
Entonces quiso soltarla, por impulso, por ese simple instinto que te dice que debes correr ante el peligro y mismo por el cual toda tu sangre baja a tus pies para facilitártelo. Pero su mano no retrocedió ni un poco. Miró hacia su agarre y esa oscuridad que adornaba todo el cuerpo de la mujer frente a él —esa que él tontamente no había notado— se había extendido por su mano y su antebrazo, y seguía avanzando, manteniéndolo firme en su lugar.
Una mueca de pánico apareció en su rostro tan rápido como la rabia que lo había inundado cuando la había visto desde lejos, minutos antes, apostada junto a la ventana de la habitación de Regina.
Sintió como las puntas de esa enredadera oscura se volvían púas y trataban de acceder a su piel. Intentó apartar su brazo una vez más, lo intentó con todas sus fuerzas, pero no logró más que hacer que la oscuridad avanzara hasta su codo, con rapidez, con la voracidad de una boa engulliendo a su presa. Y un grito ahogado escapó de su boca, viéndose irremediablemente atrapado.
Había una sonrisa en el rostro de Emma, pero no era ella quien sonreía, era ese ser, ese que estaba dentro de su cuerpo, esperando una oportunidad para salir a la superficie y tomar el control.
—¿Qué haces? ¡Suéltame! —se retorció todo lo que quiso, sin resultados, sólo siendo capaz de retroceder hasta la pared del pasillo, por simple resultado a que Emma estaba avanzando hacia él.
—No eres tan valiente ahora, ¿eh, ladrón? —la mueca de su rostro se curvó incluso más, haciéndose más grande y horrible, volviéndose un gesto retorcido. Su tono de voz era agudo, juguetón y con un tono despiadado que se dejaba ver con claridad aún bajo aquella sonrisa.
Con su otra mano tomó lo tomó de la parte alta de ese brazo que mantenía preso y lo examinó con fingida curiosidad. Levantó la vista a su rostro una vez más y lo miró a los ojos, directamente y como tratando de absorber cada gesto que él le regalara. Entonces lo apretó sin delicadeza alguna, clavó sus uñas en esa piel áspera que de pronto se sentía demasiado frágil debajo de su agarre —demasiado blanda, demasiado fácil de penetrar, demasiado fácil de romper. Él se veía horrorizado y lleno de dolor, y eso la hacía sonreír cada vez con más dicha.
—¿Pretendías acaso romperme la muñeca hace un momento? —preguntó ella, ladeando la cabeza con una sensación de absoluta y macabra diversión llenándola— Soy el Oscuro, ¿recuerdas? Soy bastante inmune a todo lo que puedas intentar. Aunque tú, por otro lado —movió ambas manos en sentidos contrarios—, eres tan frágil. Tan... rompible.
—Espera, espera —suplicó él cuando sintió, no sin que un dolor agudo se lo advirtiera, que alguno de los huesos de su brazo parecía querer ceder.
—Seguro —dijo ella, con una sonrisa simple adornando su rostro. Cualquiera hubiera dicho que había recuperado la razón y había vuelto a ser ella misma—. ¿Para qué romperte el brazo cuando puedo romperte el cuello? —agregó y su mano derecha fue a dar al frágil lugar debajo de su cabeza.
La oscuridad dejó libre el brazo de Robin que mantenía inmóvil para permitirle al menos luchar.
Había algo dulce para Emma en verlo pelear con todo lo que pudiera por su vida, aferrarse, rasguñar, patalear y retorcerse... por algo que no conseguiría. Dulce como la cocoa que desayunaba y divertido como jugar en el parque con Henry.
Su mano derecha lo apretó con fuerza contra la pared y sus uñas se le clavaron en la piel. Las piernas de él se movieron en todas direcciones, como si fuera un muñeco a batería que se está quedando sin carga y patalea sus últimos movimientos antes de apagarse. Sus uñas sucias de tierra del bosque trataron de asirse a los brazos de ella, trataron de excavar en esa piel dura e impenetrable y no logró ni siquiera hacerle cosquillas. Manotazos inútiles, era todo a lo que aquello se reducía y ella se lo hubiera dicho, le hubiera avisado que no serviría de nada, pero disfrutaba demasiado verlo rogar y luchar por una vida que ya no merecía.
—¡Emma! —la voz de Regina sonó detrás de ella.
Ella sonrió, como despertando. Regina regresó, pensó y giró la cabeza para verla. Y ahora sí era su sonrisa. La sonrisa de Emma Swan, la sheriff y madre de Henry, igual que Regina. La sonrisa cálida de la Salvadora. Pero el gesto duró sólo un segundo, pues había algo diferente en ella y eso hacía que su corazón quisiera esconderse en algún lugar ajeno a aquellos ojos preocupados, acusadores. Regina lucía asustada.
¿Asustada de mi?, se preguntó y giró la vista hacia donde Regina se concentraba: Robin Hood, aún bajo su fuerte y mortal agarre.
El ladrón casi no luchaba ya, sus manotazos eran débiles y su rostro se veía de un leve y antinatural tono azulado.
Emma tiró de su mano con fuerza, como si no fuera suya y tratara de apartarla de él por la fuerza, ya que a voluntad no podía. ¿Qué demonios estaba por hacer?, se cuestionó, se reprendió y miles de gritos se acumularon en su mente, cerrándole la garganta.
Retrocedió todo lo que pudo, hacia el cuarto de Regina, donde todo era seguro, donde todo volvía a oler a manzanas y una pared en el otro lado de la habitación de servía de soporte.
Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras observaba a la morena ayudar a Robin Hood a ponerse de pie. Él tosía y respiraba grandes bocanadas de aire a la vez, recuperando poco a poco su color natural de piel y exhibiendo en un rojo intenso las marcas que los dedos de ella habían dejado en su cuello.
Emma bajó la vista a sus manos, cubiertas de esa oscuridad peligrosa dentro de ella, temblando. Recordaba perfecto como lo había hecho, lo que había sentido, como había disfrutado de sus sollozos y sus súplicas, de como había querido apretar tan solo un poco más y matarlo. Se sintió sucia una vez más, pero era otra clase de suciedad, era esa que se veía en su piel con forma de enredaderas oscuras, y se rasco los brazos con insistencia, con desesperación, tratando de arrancárselos por todos los medios posibles. Quiso deshacerse de su piel y prender fuego los restos de todo lo que le recordara que ella era peligrosa y capaz de eso.
Y recordó a su padre en las calles de la ciudad, en peligro por causa de ella; a su madre que la observaba como si ella fuera una bomba de tiempo y la forma en que alejaba al pequeño Neal de sus brazos, mientras un biberón hervía en sus manos. A Henry en el bosque tratando de ayudarla y terminando herido. Imaginó a Regina siendo alguno de ellos, siendo lastimada y temiéndole, creyendo que es peligrosa y alejándola. Y todo su cuerpo tembló, sintió que se sofocaba, que se hundía en un mar espeso como la sangre, y ésta le llenaba los pulmones. La oscuridad inundó sus ojos, las paredes en negro y blanco de esa habitación se fueron alejando, dando paso a las tinieblas y luego no vio nada más. Todo era frío, vacío y se sentía como estar solo.
—Emma —una pequeña luz apareció en su antebrazo y ella trató de quitársela como si fuera una mosca, pero ésta se hizo más grande—. Emma —repitió, y sonaba como la voz de Regina.
La luz se hizo más y más grande, tanto que llegó a tomar la forma de una mano. Entonces tomó esa mano entre las suyas y se aferró con fuerza a ella. Y la luz se expandió, tomó forma humana y su rostro era el rostro de Regina.
—Lo siento —dijo la rubia, pero sabía que no era una disculpa. Aún si jamás lo hubiera hecho, si sabía que ella misma jamás hubiera matado a Robin Hood, ese otro ser que estaba dentro de ella no lo lamentaba ni un poco y lo sentía con la claridad que sentía a su corazón latir: esa entidad oscura estaba poco a poco pasando a ser parte de su ser.
—Está todo bien, Emma —Regina le dijo entre las tinieblas, y la sheriff sintió su mano apretarla con gentileza—. Robin está bien, y tú necesitas respirar —y la rubia le obedeció, tomando un corto y simple respiro por vez, hasta que sus pulmones se sintieron capaces de inhalar profundo y los colores regresaron a su vista. Blanco, negro y rojo. Y ese aroma a manzana.
Estaba sentada en el suelo, con la espalda contra la pared, en el rincón en el que se había refugiado, ese que había detenido su retroceso mientras Robin Hood se recuperaba de su cuasi-estrangulamiento. Regina estaba arrodillada a su lado.
Miró hacia todas direcciones y el bandido ya no estaba. Respiró profundo una vez más y se pasó una mano temblorosa por el cabello. No podía decir en palabras lo aliviada que estaba de que él ya no estuviera y que, considerando que Regina estuviera ahí con ella y no en el hospital, pudiera moverse por su cuenta.
—Será mejor que me vaya —dijo, pero de pronto se sentía sin hogar. Volvía a estar sola como cuando era huérfana, como cuando sentía que a nadie en el mundo le importaba.
—¿Y a dónde irás? —preguntó Regina con un tono de voz severo— Quédate aquí, lo resolveremos.
—Es peligroso que me quede aquí, Regina —dijo, pero no quería irse asique no se movió, no aún. Aunque sabía que lo haría llegado el momento, pues temía lastimarla a ella también, y a Henry. Probablemente Roland estuviera en algún momento jugando y correteando por la casa, y quién sabe si no sería capaz de lastimarlo incluso a él.
—No, el Oscuro es peligroso —puntualizó la morena, como si ignorara la realidad de que el Oscuro y la Salvadora ya no eran dos cosas diferentes y opuestas—. Tú eres la Salvadora —afirmó y Emma apretó la mandíbula.
Salvadora, Salvadora, Salvadora, se dijo con molestia, y recordó que Henry siempre le decía que ese era su destino y que debía romper una maldición. Recordó a sus padres dibujados en un libro y metiéndola en un armario: "ella será la Salvadora", había dicho su padre con absoluta fe en su destino, su madre había asentido, y ella había crecido sola.
Esta vez, para variar, era la primera que alguien hacía alusión a su sobrenombre como algo bueno para ella. Siempre los oía llorarle, reclamarle. Todos querían un final feliz, o que ella mágicamente resolviera sus problemas, porque era la Salvadora y era su deber, así como los enanos nacían para trabajar en las minas, ella había nacido simplemente para salvar gente.
Pero Regina no lo decía como si fuera un deber.
—Odio tener que ser la Salvadora —admitió, sintiendo sus hombros livianos ante la afirmación y la certeza de que, al menos en ese minuto del día, no debiera dedicar su tiempo a salvar a nadie. Pero de inmediato bajó la vista, como si admitir aquello debiera causarle vergüenza y no fuera capaz de mirar a nadie a la cara por renegar de esa manera de su destino. En su lugar, se concentró en la mano que sostenía la de Regina con fuerza.
—No tienes que serlo —la voz de Regina sonó como sonaría el bálsamo si tuviera voz. Era un alivio en todos los sentidos que puede serlo una simple voz: era segura y, en esos momentos, calmaba—. Así como no eres simplemente el Oscuro por tener tu nombre en una daga. No realmente, no si no quieres. Sobre todo no si no te rindes ante ello.
—Eso no tiene sentido, Regina —la rubia blanqueó los ojos y la morena la imitó.
—Si hay algo que sé sobre la oscuridad, es que está dentro de todos nosotros —explicó como si Emma fuera un idiota al que hay que adoctrinar sobre asuntos del bien, el mal y sus matices. Pero quizá sí lo era, después de todo. Los Charming jamás habían entendido del todo la complejidad de la vida y el hecho de que hubieran querido erradicar la oscuridad de Emma desde incluso antes de que ésta naciera era la prueba irrefutable de aquello—. Gold no siempre era tan retorcido como pretendía aparentar, ni siquiera cuando era Rumplestiltskin. Tenía sus recuerdos por su hijo, el amor que sentía por Belle y el que sé que llegó a sentir por Henry. Tomó malas decisiones, sí. Pero guiado por ambición, por lo mismo que mi madre se dejó llevar y ella no era ningún Señor de la Oscuridad. Sólo un ser humano. Y, no te subas a tu nube de ego cuando diga esto, pero tú no tienes eso. Eres... asquerosamente limpia.
Al decir aquello Regina hizo un gesto con la mano, un leve movimiento de su muñeca en el aire, como hacía cuando pretendía hacer desaparecer algo con magia, como si aquello fuera a desaparecer lo que acababa de decir, o restarle importancia. Emma le regaló media sonrisa, medio dolorosa, medio agradecida, mientras guardaba secretamente para sí cada palabra dicha.
Guardaron silencio unos minutos, sin moverse ninguna de las dos; Emma sin intentar irse y Regina sin mover su mano de la mano de Emma.
—¿No tienes miedo? —preguntó la rubia al fin.
—¿De usted, señorita Swan? —Regina alzó una ceja divertida, respondiendo con ello a la pregunta. Aunque el tupé de aquella pregunta la hubiera ofendido en algún momento de su vida, era tan Emma —tan asustada, tan sincera, tan pequeña a pesar de verse tan entera todo el tiempo— que enojarse con ella no pareció una opción.
—Hablo en serio, Regina —la reprendió, obligándola a ponerse seria un momento. La morena pasó saliva pesadamente y se movió en su lugar incómodamente, retirando la mano del agarre de la rubia—. Hace un momento lucías tan asustada —la rubia bajó la vista a su solitaria mano y abrió y cerró las palmas, acostumbrándose a la fría sensación de abandono.
—Temía que esa cosa dentro de tí te hiciera cometer algo de lo que no pudieras regresar —explicó, recordando lo que había visto: la sonrisa en el rostro de Emma, ese gesto sádico y retorcido no era de Emma Swan y, eso, la aterrorizó. El simplemente pensar que la otra madre de su hijo simplemente no estuviera allí, nunca más, y en su lugar hubiera quedado un simple cascarón al que no se hubiera atrevido a dañar, le había causado un miedo paralizante.
—Yo temo lo mismo —admitió la rubia mirando hacia manos morenas tan solitarias como las propias—. Temo lastimarte a tí por quedarme aquí demasiado tiempo.
—Sé que si no me has hecho nada hasta ahora, lo cual no termino de comprender, no lo harás de ninguna manera en ningún momento futuro —Regina sonaba segura, pero aún así estiró su brazo hasta su cama para tomar su bolso y lo atrajo hacia sí—. No encontré la daga —dijo, sin calentamiento previo para dar esa clase de noticias—. Alguien se la llevó junto con el libro de hechizos de mi madre y no imagino quién pudo haber sido. Asique mientras tanto —metió la mano en el bolso y sacó una especie de brazalete—, anularemos tu magia. Pues, si bien estoy segura de que podrás mantener esa cosa bien amarrada, no confío tanto en la persona que haya tenido que meterse en mi bóveda a escondidas mientras yo no estaba para llevarse la daga.
Emma asintió y estiró la mano hacia ella, sintiendo como un peso inmediato se levantaba de sus hombros junto con su habilidad de hacer magia.
—¿Has hablado con alguien sobre mí? —preguntó.
—No —contestó Regina, poniéndose tensa. ¿Había acaso alguna forma de explicarle a Emma que no pretendía compartirla con nadie aún? Si lo decía así quizá sonaría raro. Pero ella era su hallazgo. Su esfuerzo de meses y sería su decisión si quería o no que el resto de incompetentes lo supiera. Conociéndolos harían una fiesta en Granny's, se auto-adjudicarían logros, brindarían por el bien triunfando sobre el mal y sobre estar siempre unidos. Y pronto olvidarían que ella había sido quien la había encontrado. No. La escondería un tiempo más. Al menos el suficiente como para arreglar todo para que ningún idiota estropeara algo e hiciera que Emma desapareciera de vuelta. Además, ahora había una daga de por medio que había desaparecido.
—¿A dónde iré entonces? —volvió a preguntar.
—A ningún lado —contestó, alzando ambas cejas como si la respuesta fuera la más obvia del mundo—. Te quedarás aquí —informó, como si fuera un decreto real.
—¿Y si Robin regresa?
—No regresará hasta el lunes al menos —contestó Regina y quiso agregar un "si regresa", pero se lo guardó. Era común que Robin se fuera de cacería los fines de semana y, dada la precaria condición de su relación, a veces incluso se quedaba en los bosques por más días, tratando de evitar cualquier contacto posible con ella. Regina por momentos lo agradecía, aunque aquello sólo duraba lo que la soledad tardara en golpearla. Lo más duro eran las noches en las que Henry se quedaba en casa de sus abuelos, y el silencio le recordaba a castillos enormes con frías paredes y ni una sola persona que le hiciera compañía, ni rompiera el silencio por días.
—Bien —dijo Emma.
—Bien —replicó Regina. El silencio las envolvió por un momento—. Fui a buscar a Henry antes de volver —dijo varios minutos después—, decidió que quería quedarse con tus padres por hoy. No le he dicho nada, pero estaba tan extraño...
—¿Extraño cómo? —Emma ladeó la cabeza. Regina pareció meditarlo. Henry le había parecido como aquellas veces que se escabullía con Emma para sus operaciones y ella aún era malvada. Pero no le hallaba razón de ser a su comportamiento dadas las circunstancias.
—Es la primera vez que no me pregunta por tí —contestó, siendo eso lo único que parecía tener sentido como explicación válida—. Él sabe que yo paso todos los días en mi bóveda buscando maneras de encontrarte, y siempre que el día acaba, me pregunta si avancé en algo. Pero hoy... —los labios de Regina se torcieron en una mueca de confusión.
—Tal vez sólo estaba cansado —sugirió la rubia y la otra sólo asintió, no muy convencida. ¿Pero qué otra explicación habría?
—Pasé por casa de tus padres también —las cejas de la morena se arrugaron, casi como si a pesar de la increíble buena relación que había logrado construir con ellos, aún hubiera un pequeño desagrado; o quizá sólo era Regina siendo Regina y su común desagrado por casi toda la gente—. Tu madre cada tanto me mira como si fuera a arrancarle el corazón, y tu padre tiene una espada convenientemente a mano todo el tiempo. Pero, aún así, hoy hubo un progreso —dijo metiendo la mano en su bolso una vez más y sacó su celular—. Tu madre estaba enloquecida porque Neil dijo su primer palabra hoy, y me mostró un video en el que lo grabó y asegura que dice "Ma" en repetidas ocasiones.
La mirada de Emma era dulce mientras la escuchaba, como la de Henry cuando la oía hablar de alguna buena acción, o como la de David cuando hablaban de Snow. Pero ésta era para ella y su relato. Emma la miraba así a ella y Regina se aclaró la garganta antes de seguir.
—En un pequeño armario por el pasillo hay mantas y unas colchonetas, dormirás en eso, aquí, junto a mi cama —informó cortando el relato, una vez más utilizando ese tono en el que dejaba ver que no habían segundas opciones a considerar—. Iré a darme un baño antes de dormir —dijo mientras se concentraba en su celular y abría la carpeta de archivos recibidos—. Te dejaré ver a tu hermano balbuceando si prometes que seguirás aquí cuando salga del baño.
—Lo prometo —dijo Emma suave y obediente, estirando sus manos hacia el aparato, luciendo como un niño pequeño que pide un dulce y la morena se lo dio, no sin antes una advertencia con la mirada que decía "pero te quedas."
Cuando se fue, la sheriff aún miraba la puerta del baño por la cual la mujer había desaparecido, y aún había una sonrisa en sus labios. Por supuesto que sí: Regina, se dijo. Respondiéndose una pregunta que no sabía que se había hecho. Pero ahí estaba, y esa era su respuesta. Recordó la mano de Robin sobre su muñeca y como la oscuridad se había potenciado. Recordó también la mano de Regina en el mismo lugar, y esa pequeña luz en forma de mosca, que creció y se expandió apartando las tinieblas, reduciéndolas a simples sombras sin importancia.
Sacudió la cabeza. Se concentró en el celular y la imagen de un bebé que lucía demasiado como los recuerdos falsos de Henry que Regina le había dado.
El video era ridículamente largo para unos cuantos balbuceos. Al principio se podía escuchar claro a Snow llamando por David, diciéndole que lo estaba haciendo de nuevo, mas la imagen sólo se enfocaba en su pequeño hermano, en sus ojos abiertos de par en par y bien despiertos. Era como una coreografía: Mary Margaret lo incitaba constantemente a que hablase de nuevo y el pequeño sonreía primero, luego dejaba escapar una pequeña risa, de esas que salen de la panza y, seguido, obedecía. Luego su padre festejaba la hazaña y todo se repetía una vez más, y otra, y otra, hasta que el video terminaba. Emma sonrió y su pecho se llenó del mismo orgullo que expresaba su padre en ese video al oír las palabras de su pequeño hermano, aunque por motivos diferentes.
La "cama" de la rubia ya estaba lista, junto a la de la dueña de casa. Emma buscaba algo de ropa que utilizar como pijama en el enorme armario de Regina, cuando sintió el sonido de la puerta de baño abrirse, y el fuerte y cálido aroma a manzanas —siempre manzanas— llenar sus fosas nasales.
Regina caminó hasta su cama ya con el pijama puesto y se sentó en ella. La observó con curiosidad desde su lugar antes de hablar:
—¿Se puede saber que haces dentro del clóset? —inquirió y, en su mente, la pregunta no estaba tan mal formulada como había sonado. Emma sólo movió la cabeza en negación y Regina no exigió una respuesta. Sólo se apresuró a meterse bajo las cobijas y a observarla. La seguiría hacia todos lados con la vista hasta que estuviera quieta y se durmiera. De preferencia quería escucharla roncar, para tener un indicador constante de que seguía ahí y que no se había marchado a ningún lugar.
Emma asomó la cabeza detrás de la puerta del armario y sonrió victoriosa mientras sacaba una camiseta de tirantes que pretendía utilizar como ropa de dormir. Regina rodó los ojos al notar que Emma Swan, portadora de oscuridad y todo, en ocasiones era sólo una niña.
La observó sin intención de desviar la vista cuando Emma se cambió de ropa para dormir, exhibiendo sin pudor las marcas que surcaban su espalda y sus interminables piernas, y de la misma manera la siguió con la vista mientras caminaba hasta la colchoneta y las mantas que habían al lado de su cama listos para que ella se acostara. La rubia se detuvo un momento antes de acostarse y volvió la vista a Regina, que mantenía sus ojos fijos en ella.
—No me iré a ningún lado —le dijo y vio como la morena asentía, pero aún así, seguía con sus ojos en su lugar. Emma rodó los ojos y pasó por alto la cama improvisada que Regina le había proporcionado y, sin decir nada, avanzó hasta la de la alcaldesa, levantó las mantas y se metió bajo éstas, devolviéndole la fija atención a su compañera.
—No te irás —repitió la otra y le tomó la mano como garantía. Emma había extrañado esa mano, pero no lo admitiría en voz alta.
—Neal no dijo "Ma" —susurró la rubia poco después, sonriendo—. Dijo "Emma" —agregó y Regina sonrió, confirmándoselo. Era exactamente lo mismo que ella había escuchado.
—Hubieras visto la cara de tu madre cuando se lo dije —la expresión de la reina se iluminó—. Rompí su corazón. ¿Quién diría que gracias a un bebé lograría lo que he intentado hacer por años? —y había tanta dicha en aquella admisión que pretendía ser cruel, pero sonaba tan inocente, que Emma no pudo evitar reír también.
Y ambas sonrieron por un momento más. Regina siguió mirándola fijamente, evitando parpadear más de lo necesario, hasta que la tranquilidad que esa mano apretando la suya le proporcionaba y el sueño la vencieron.
Emma se tomó un momento más. Aún cuando Regina ya dormía tranquilamente y su mano sostenía la propia con fuerza, ella la miró con detenimiento. Por supuesto, se repitió en un suspiro y cerró los ojos.
