Capítulo 3: El rostro de la Venganza


Esto era grave. Eso seguro. Desnuda sobre su cama y mirando el techo, intentaba ordenar todos sus pensamientos y hacer una lista mental de prioridades; decidir qué de todo era peor. Alguien la había atacado y no fue casual, sino algo fríamente planificado. La astilla de nen que se había clavado en su cuerpo parecía ser un arma peligrosa y en el transcurso del tiempo absorbía su propio nen y al parecer, su salud física. Luego le seguía lo segundo peor, que no sabía ni las causas ni la magnitud de su condición. Y por si ya tenía problemas, ahora su carácter inmutable, sus tan bien estructurados pensamientos y su autocontrol se habían ido al demonio. Pasaba del hambre atroz a las arcadas y el mareo. El frío, la debilidad y la fiebre, que pronto pasaban a una ceguera de lujuria incontrolable. Su cuerpo estaba siendo llevado a sus límites una y otra vez y no sabía cuánto aguantaría. Ah claro, había algo peor que todo eso. Se había acostado con Hisoka la noche anterior, y por lo tanto su nota mental de nunca volver a dejarle abrirse paso otra vez había quedado en el olvido y su relación con Kuroro ya parecía oficialmente destruida. Todo eso. Su control, su armonía. Al diablo. Y parecía que estaba sola con esto, o así prefería que fuera. Eran más de las diez y todavía estaba tirada allí, su pelo enmarañado y rozándole los párpados, los brazos sobre su cabeza, las piernas extendidas que pronto quiso flexionar. Maldijo en voz alta. Sintió un dolor insoportable, pero sabía que no podía echarle la culpa a la astilla de nen esta vez. Sus músculos maltratados se quejaban. Giró su cuerpo con suavidad, sobre su hombro derecho, tomando una bocanada de aire. Una contractura nació desde el centro de su estómago y siguió un tortuoso recorrido hasta su entrepierna. Sintió un dolor familiar, que por un momento le hizo apretar los ojos. Estaba algo avergonzada. Avergonzada de haber cedido tan fácilmente, otra vez. Ya le había dicho mil veces, sin reparos, que detestaba sus provocaciones y su poco respeto hacia a las reglas.

"No puedes venir aquí, con toda tu arrogancia a cuestionar la forma en que los miembros del Ryodan trabajamos. Lo ves divertido. Te golpearía solo para borrarte esa sonrisa del rostro"

Rio para sí misma. No solo lo había dejado hacer de las suyas, matar a sangre fría sin preguntar, desobedecer tan livianamente sus órdenes, sino que también había hecho lo que tenía estrictamente prohibido. Dicho de la manera más vulgar no sólo había desafiado al líder, sino que se había follado a su novia también. ¿Novia? Seguramente Kuroro le tenía en muy baja estima después de todo. ¿Había hecho esto por despecho? No quería dejar ni por un momento que se le pasara por la cabeza otra cosa que no fuera venganza. Hisoka no podía ubicarse en otra categoría que no fuese la de "un pequeño desliz" o "un error irrepetible" pero lo hecho, hecho está. Y estaba tan estresada que esta vez no quería llenarse la cabeza. Su voz de la conciencia se tendría que tomar vacaciones porque ya en bastantes líos estaba metida. Juntó las piernas y las llevó al pecho.

"Cómo duele" susurró para sí misma, rodando los ojos.

Recordó, por un momento, sus manos jalándole el pelo a Hisoka y suplicándole que fuera más despacio.

Siempre le dijo que no fuera tan brusco. Pero luego de una probadita, su cuerpo terminó por traicionarla. Lo que él quería era escucharla gritar. Y ella no lo iba a dejar ganar tan fácil. Se mordería la lengua, sí, pero ni loca le daría esa satisfacción así de simple. Lo gracioso es que anoche no peleó ni la mitad de lo que solía pelear. El juego duró poco tiempo. Y él, como siempre, terminó llevándose toda la gloria.

''Di mi nombre otra vez" "¿Quieres que lo haga más fuerte?" Se reía; una mirada sádica y llena de deleite en sus facciones. Ella lo miraba enfurecida, lo más enfurecida que su cuerpo lujurioso le permitía. Claro que quería más fuerte, pero que ni se enterara. El muy maldito, como si se mereciere semejante cosa. Sus mejillas de pronto se sintieron calientes. Sus recuerdos molestos le hacían cosquillas y detestaba sentirse como una adolescente novata. Solo quería descansar y ordenar sus ideas, pero el peculiar dolor ahí abajo no la dejaba en paz. Miró al otro lado de la cama. Las sábanas arrugadas y el vacío de su apartamento. Sus manos acariciaron los pliegues de la sábana, algo confundida por esta nueva sensación de hacía un momento. Nunca le molestó que se fuera. A veces le daba un beso en la mejilla antes de irse, como si de un gesto romántico se tratara, como algo que no era y que no sabía si le gustaba o no. Cada mañana de septiembre en que pasaba algo similar se despertaba enojada. A veces por el beso o por la falta de él. Creía que se burlaba de ella. Pero un día casi cambia de opinión. Una noche, luego de quedarse exhausta, Hisoka se tendió en la cama un rato más de lo usual. Boca arriba y con la pantalla de su teléfono iluminándole la cara, esperaba distraído a que se normalizara su respiración. Ella, fingiéndose dormida, se arrastró un poco más cerca de él y se acostó sobre su pectoral izquierdo. Por un momento creyó que se levantaría, pero no le prestó atención. Ella abrió disimuladamente los ojos pero él seguía mirando su teléfono. Machi, dirigida por un impulso desconocido, le acarició el pecho sutilmente y él movió su otra mano para rozarle la espalda con los dedos, jugueteando con un tacto tan delicado que le hizo cosquillas. Parecía tan relajado, como si fuera lo más normal del mundo. Para ella era todo un acontecimiento. Hisoka tenía tantas facetas diferentes que no dejaba de sorprenderla. No sabía qué era aquello. La sensación que tanto le llamaba la atención. Estaban ahí acostados, como si nada, y ella que parecía una niña enamorada, levantando un poco la cabeza hacia su vista perdida en la pantalla a ver si se movía para darle un beso. Pero se quedó le olió el cuello, frotó su nariz contra el mentón de Hisoka un par de veces, pensativa. Lo acarició otra vez. Estaba siendo muy permisivo para ser él, porque acariciarle el pecho a Hisoka era un juego peligroso, ya sabía. En cuestión de segundos podía desatar el desastre tanto para un extremo como para el otro. Aunque en realidad solo suponía que odiaba las muestras de afecto tanto como ella. Esa vez, que fue la que más memorizó, Hisoka se levantó de la cama, pero antes la besó en la boca. Se vistió en cinco minutos y se fue sin decir nada. Machi, ese día, quedó eternamente confundida. Y ahora rememoraba aquello porque había sentido algo similar. Ahora se encontraba en un verdadero problema, porque al parecer, acostarse con él la ayudaba a aliviar algunos síntomas que la astilla de nen le provocaba. El alivio duraba unas horas, hasta que caía la noche, y entonces Machi empezaba a mirar el teléfono muy nerviosa. Ahora tenía que pensar en otra cosa.

Finalmente se levantó. Caminó hasta el baño, no en línea recta, pero a paso veloz y abrió la canilla de la ducha. Mientras se mojaba el pelo y los hombros, pensó en las pocas soluciones que tenía a su disposición. No podía divulgar nada de esto porque entonces todo se vendría cuesta abajo. Ella era una de las miembros más confiables del líder, la voz de la razón, la que hacía cumplir a rajatabla las reglas y llevar a cabo las misiones. Pero ahora que tenía el rostro de Kuroro en la cabeza, la invadió una sensación muy particular.

"Ojalá se me escapara el comentario, o que corra el rumor de que he estado con Hisoka, solo para verte la cara de asco, de decepción"

¿Qué era eso? Todo ese odio, que siempre había depositado en los enemigos del Ryodan, en los fantasmas de su pasado, en Hisoka algunas veces, pero a Kuroro…nunca. Una voz extraña en su cabeza murmuró, cual susurro del diablo, una frase parecida a "cada vez que te acostaste con él, jamás te dio un beso de despedida"

De repente frunció el ceño, su rostro transformado por una ira y un dolor punzante que podría equiparar a las veces en que recibió una puñalada. No podía creer que los estaba comparando. Esto también le recordó...

"¿Quién preferirías que gane? ¿Kuroro o yo?"

Y esa vez tuvo ganas de patearlo, apretarle las manos vendadas para que chille de dolor y cerrara la boca. Primero pensó que fue porque casi divulga un secreto que pondría en peligro absolutamente todo. Nobunaga estaba allí, y se mostró sorprendido por el comentario, que lo confundió, pero también le hizo sospechar. Ahora entendía lo que quiso decir Hisoka con la pregunta. Y eso molestaba más. Le estaba haciendo elegir entre los dos. Como si de una absurda competencia se tratase. Se imaginó a dos perros callejeros peleando por una hembra y casi que le causaba gracia. Hisoka, no solo peleando por el placer de hacerlo, sino para ganársela a ella. No era tan descabellado, considerando que no aceptaba un "no" por respuesta, y que podía encapricharse fácilmente con cualquier cosa. Pero esto ya era ridículo. Ella no sería su trofeo.

De repente, la astilla incrustada en su cuerpo comenzó a latir. Un dolor punzante, como una aguja al rojo vivo hundiéndosele en la carne, devastándola, hizo a sus piernas temblar en el suelo mojado de la ducha. Tambaleó conteniendo un grito. Se llevó una mano a la zona inflamada y comprobó que no fue solo una sensación, sino que efectivamente el objeto se estaba enterrando en su espalda; su piel comenzó a hincharse alrededor, un hilo de sangre empezó a surcar por su espalda y por su pierna hasta teñir de rojo el agua. Luego de unos tortuosos minutos de aturdimiento, el dolor cesó, y de repente sintió que estaba más apurada de lo que pensaba. Apenas secándose tomó su móvil y buscó entre sus contactos.

Shizuku parpadeó tres veces. Sentada pacientemente en su silla y con las manos en la falda analizaba en su mente la información que acababa de escuchar.

-Por favor no digas nada-

-¿Por qué? Si has sido atacada, es probable que se trate de un ataque contra la Araña. Debemos alertar a los demás.-

-No, aun no. Esto se ha vuelto…personal.-

-¿Eh?-

Su amiga la miraba, entre confundida y exasperada. Todavía no podía creer que viera a Machi desalineada. Aún peor, parecía realmente preocupada. Y ver una expresión a sí en su rostro no podía ponerla más nerviosa.

-¿Se lo has dicho a Nobunaga? Ha estado preocupado porque no contestabas sus mensajes.

-Ah…- Se quedó pensativa. Miró la pared y luego a su teléfono, comprobando que efectivamente había ignorado olímpicamente a todo el mundo. Bueno, no todo el mundo.

-Esto es extraño. No había visto un tipo de nen así. ¿Será un materializador?. Para insertar la astilla en tu cuerpo ha de tratarse de un gran manipulador del nen. Tus capacidades de batalla no pudieron detectarlo a tiempo.-

Machi la miraba, dubitativa.

-Dices que afecta a tu cuerpo. Que te lleva a todos los extremos. Que satura tus sentidos.-

-Así es-

-Mmm…- Shizuku se tomó el armazón de los anteojos, por primera vez había cambiado de expresión. -Creo que te equivocas-

-¿Cómo?- Sintió un nudo en el estómago.

-No creo que la astilla afecte a tu cuerpo, más bien a tu aura. Desestabiliza tu mente, como si destruyera todas tus barreras y duplicara los efectos de tu mente. Ya sabes, tu esencia. -

-¿De qué estás hablando?-

-Tú nunca faltas a una reunión, nunca ignoras a los miembros cuando se te llama, jamás comes en exceso, ni duermes hasta tarde. Pero sobre todo, jamás dudas de ti misma. Algo en ti es diferente.-

Por un momento agradeció que fuera Shizuku, su gran amiga, a quien tenía en frente en ese momento. Sabía que era muy perceptiva y que su capacidad analítica superaría sus expectativas, pero ésta era una revelación que no quería escuchar. Porque probablemente tenía razón. Tenía sentido.

-Cuando el aura es afectada desde su raíz, el espíritu, la mente y el cuerpo sufren alteraciones. Es probable que todas esas sensaciones y malos síntomas sean impulsos que siempre has tenido pero que ahora crecen sin restricciones. Tus propias barreras son bloqueadas por el aura tóxica de la astilla. Mientras tanto, te consumirá. Tu aura se volverá débil, por lo tanto tu cuerpo también.-

-Tengo que quitármela, pronto. Pero también debo descubrir quién es el responsable de todo esto. Lo haré pagar. Lo juro.-

Shizuku se quedó callada un momento, sin quitarle la vista al aura extraña que provenía de la espalda baja de Machi. Era sutil, pero poderosa. Si sus suposiciones eran ciertas, su amiga estaba en una carrera contra el reloj. Y estaba sola, o eso creía.

-Discúlpame-

-¿Qué?-

-Nobunaga está del otro lado de la puerta-

-¡Shizuku!-

-Creí que era conveniente que hablaras con él.-

-Oh vamos-

La puerta se abrió. El espadachín se asomó refunfuñando, mientras Machi lanzaba maldiciones. Se tomó el rostro con ambas manos, no pudiendo contener la desesperación.

-Sabes que si algo le ocurre a algún miembro, es responsabilidad de todos ayudar.- Dijo Nobunaga, descansando una mano bajo el kimono. La miraba con ojo crítico, como un padre regañándola.

-No tienen idea. Esto es un terrible problema. El líder no puede enterarse- Susurró Machi todavía con la cabeza entre las manos.

Nobunaga levantó las cejas, miró a Shizuku buscando explicaciones pero la encontró igual de confundida que él. De repente todo le sabía muy extraño. Las preguntas del líder durante los últimos días y las desapariciones de Machi no podían ser casualidad. A pesar de haber entendido los efectos de la astilla, su compañera parecía devastada, agotada por un dolor del que desconocía la causa.

-No sé qué es lo que está pasando entre ustedes dos pero si prefieres guardar el secreto, entonces te prometo mi silencio.-

Shizuku asintió después que él. Machi exhaló aliviada, recuperando un poco su compostura. Mientras se recogía el pelo, empezó a pensar algún plan.

-¿Ya has intentado quitártela?- Preguntó Shizuku, materializando su aspiradora demoníaca y fijando la vista en el aura invasora. Machi se sobresaltó, casi cayendo de su silla.

-Sí, no funciona- Alzó las manos, muy alterada.

-¿Qué has intentado?- Dijo Nobunaga.

Machi se mordió la lengua. Por un momento pensó en inventar algo. Recordó las manos de Hisoka sobre su espalda. Bungee Gum rodeando el objeto punzante y jalando levemente, luego con fuerza, mientras ella intentaba contener los gritos de dolor. Después de tres intentos fallidos y de lastimarse, respiró agitada sobre el regazo de Hisoka, con el sudor perlándole la piel. Pero no podía decirles que Hisoka había estado en su apartamento. Esa era la parte del secreto que agradecía haber omitido.

-Intenté rodearla con mi aura pero repele cualquier intento por quitarla, a veces despide un aura agresiva.-

-Qué raro- Shizuko analizó de cerca el objeto, aspiradora en mano. En su cabeza hacía una lista de ideas y de sus posibles consecuencias. La mayoría podrían terminar por empeorar la situación o incluso, matar a su compañera. El aura infecciosa se había adherido a ella, como un simbiote, pero algo más, despedía fluctuaciones de nen, ondas de energía que no solo protegían a la astilla de quien intentara quitarla, sino que…-Voy a tomar una muestra-

-¿Ah?-

Los otros dos observaron. Machi sintió un escalofrío recorrer su cuerpo en el momento en que la horrorosa aspiradora abrió la boca. Entre los dientes picudos se asomó una lengua larga y viscosa, que se frotó contra el borde del aura de la astilla. Shizuku esperaba pacientemente. Machi agradeció no haberse muerto en el intento, cuando la máquina terminó su misterioso trabajo.

-Lo que sospechaba- Dijo Shizuku acomodándose los anteojos, mientras observaba detenidamente su aspiradora.

-¿Qué descubriste?-

-No se trata de un aura. Sino de dos.-

Ambos guerreros la miraban con total confusión. Sus mentes divagaban de un lado a otro en conclusiones sin sentido y de lo más ridículas.

-El aura que invade tu cuerpo no es la misma que protege la astilla. También sirve como localizador seguramente. Han estado monitoreándote todo este tiempo, y probablemente planeen atacarte de nuevo.-

Machi palideció. Ahora que lo pensaba, tenía sentido. La astilla cumplía la función de debilitarla, mientras que un aura adherida se ocupada de evitar que se la quitara, también de marcar su localización. ¿Cómo pudo ser tan estúpida? Aún así, no podía encontrar explicación lógica a porqué Hisoka tenía esos efectos sobre ella. Pero no era como si pudiera contar todo abiertamente y preguntar. Todos odiaban a Hisoka. Incluso ella. Lo último que faltaba era dar rienda suelta al chisme. Mientras escuchaba a Nobunaga y Shizuku discutir soluciones, ella se masajeaba las sienes, tratando de calmar su ansiedad. No podía creer el lío en que se había metido, y ni siquiera se lo había buscado. Bueno, quizás sí era un poco culpable y estaba pagando las consecuencias de sus impulsos vengativos durante septiembre, en que se la pasó más en posición horizontal que vertical, no porque lo tuviera por costumbre (es más, era algo muy impropio de ella) sino porque no soportaba ser rechazada. Pero de todos tenía que ser el payaso. Maldición. Nobunaga empezó a gritar. Algunas frases sobreprotectoras que le decía que no podía arriesgarse a que la atacaran de nuevo solo para descubrir al agresor. Que lo mejor era trabajar en equipo para quitarle la astilla. Shizuku le decía que debían preservar el secreto tal y como lo habían prometido, que Machi era muy capaz y poderosa y que podría soportar las consecuencias. Podría tratarse de un caso de extrema delicadeza para el Genei Ryodan y lo mejor era actuar con cautela. Machi no estaba prestando demasiada atención a nada de eso. Estaba con la cabeza en las nubes, divagando cosas que en ese momento no tenían prioridad. Como si ya el ataque no fuera lo suficientemente grave. Le preocupaba muchísimo más su dignidad. Nobunaga seguía gritando.

Los chillidos y el escándalo se callaron al unísono y Machi despertó de sus ridículas ensoñaciones. Se miraron los tres, en posición de alerta, como lobos al grito de una presa.

-¿Sintieron eso?-

Nobunaga se llevó un dedo a la boca, mientras desenfundaba su katana lentamente. Pegándose al marco de la ventana, Shizuku y Nobunaga de un lado y Machi del otro, observaron las calles de York nocturna, ruidosa de bocinazos y voces de ciudadanos alterados. De repente, sintieron un aura que los acechaba. Machi, por puro instinto, tomó su guante de costura y produjo uno de sus hilos, para salir de un salto veloz por la ventana, sus movimientos suaves y audaces. Sus compañeros la siguieron detrás.

Cuando aterrizó sobre el asfalto, se llevó algunas miradas extrañadas de los peatones que pasaban. Buscó con la agudeza de sus sentidos alguna sombra. Y pronto la encontró. O más bien, la encontró a ella, porque vio como un pequeño proyectil, veloz como una bala, casi le da en la cabeza, pero lo esquivó lo suficientemente rápido como para que solo la rozara. Tres hilos brillantes de nen se tensaron entre sus nudillos. Sus manos más firmes que nunca, la ira brillando en sus ojos como dos lenguas de fuego. Allí estaba su agresor, parado a diez metros de ella, escondido debajo de una túnica pesada de color gris.

-¡¿Quién eres tú?! ¡¿Qué quieres?!- Gritó con una cólera que le sorprendió hasta a ella misma.

La extraña figura se quitó la capucha, revelando un rostro delicado, dos ojos azules penetrantes y un cabello corto negro y desprolijo. Una mujer, un poco mayor que ella, se paraba en su lugar sin emitir palabra. Su ceño fruncido y sus ojos estaban centrados en ella. Parecía que ni siquiera parpadeaba. Pronto notó que en la mano que descansaba a un lado, sostenía tres cristales rojizos, de formas irregulares y que despedían ondas de aura. Inmediatamente reconoció el material.

-Tú…-Susurró Machi, más que hastiada, sus hilos se tensaron aún más en sus manos.

Con un tiro certero y con fuerza descomunal, uno de sus hilos danzó en el aire directo al cuello de la extraña. El brillo destelló con una luz azul y quiso enredarse en la garganta expuesta, pero una mano se movió veloz y los cristales que tenía en la mano cortaron con limpieza el hilo de nen, que cayó lánguido e inútil en el suelo. Machi se tomó un minuto que se le hizo eterno para entender lo que acababa de pasar. La agresora respondió lanzando los cristales hacia ella. Machi desvió dos de ellos con sus hilos, no sin esfuerzo, mientras que el tercero casi le corta el torso, de no ser porque la hoja filosa de Nobunaga se interpuso en el camino.

-No debemos dejar que nos toque con esas cosas- Dijo muy tranquilo Nobunaga. Estaba pensando en atacar por su cuenta pero sus instintos le dijeron que esperara en su lugar. Shizuku llegó poco después, con su aspiradora demoníaca entre sus manos.

-Qué bien, trajiste a tus amigos.- Dijo la extraña con tono mordaz.

-No tengo idea de quién eres, pero puedo asegurarte que has cometido un terrible error al meterte con la Araña.- Dijo Nobunaga, apretando los dedos contra el mango de su katana.

-No. Eso no. El Genei Ryodan no es nuestro objetivo. Sino ella.- Señaló a Machi, torciendo la boca, como si le diera asco.

Shizuku y Nobunaga la miraron incrédulos. Primero, porque dijo "nuestro objetivo" y eso significaba que había más de una persona detrás de esto. Lo segundo, era que Machi tenía toda la razón cuando dijo que se trataba de algo personal. Shizuku observó a su amiga un momento. Machi no volteó, conocía esa expresión. Ahora Shizuku dudaba de ella, más bien, dudaba que le hubiera dicho toda la verdad. La reina de los hilos dio un salto hacia adelante, esta vez, con tres filas de hilos de nen apretados entre sus dedos, y otros dos danzando en el aire a su alrededor. Su ataque logró enredar y cortar parte del brazo de su enemiga, que se movió con una fuerza descomunal, arrastrándola con los hilos apretados en su mano, como si no sintiera dolor. Pero el odio que llevaba dibujado en el rostro le decía que en realidad el dolor no le importaba, sino su deseo de matarla. Machi logró dar un golpe certero a la mandíbula, pero luego fue tomada por el cuello, de forma tan repentina y sorprendente, que solo lo notó cuando el aire comenzó a faltarle en los pulmones. Nobunaga atacó enseguida, blandiendo su espada contra la figura de la mujer, que esquivó con audacia, soltándola en el proceso y ella cayendo al suelo. Comenzó a toser, con un gusto extraño en la boca, haciendo un gran esfuerzo por incorporarse, mientras veía a su compañero luchar y a Shizuku asistiéndolo para esquivar los cristales filosos de nen que salían volando en todas direcciones. Tal y como sospechaba, su cuerpo estaba débil, su estamina se había reducido por lo menos a la mitad y cada vez que utilizaba nen, la astilla en su espalda dolía terriblemente. Una patada lanzó a un distraído Nobunada lejos de la escena de combate, chocando contra Shizuku en el proceso. Machi se abalanzó sobre la extraña, sabiendo incluso que no había recuperado fuerzas, pero que no podía dejarla escapar. Cuando la tuvo frente a frente, hiriéndose a sí misma con los hilos en un intento por cortarle las manos a su enemiga, ésta le dedicó una sonrisa. Los cristales rojos en sus manos le iluminaban el rostro, su filo peligrosamente cerca de la mejilla izquiera de Machi.

-Dime qué se siente. Tus deseos reprimidos devorándote el alma, tu nen debilitándose. Me he cerciorado de que vivas una auténtica agonía, el tiempo suficiente hasta que te tenga en mis manos suplicando piedad.-

-No seas ridícula.-

-No hay nada que tus compañeros puedan hacer. Pronto entenderás el precio de obedecer sin juicio propio. Y cuando sientas el verdadero dolor, recordarás a mi hermana.-

-¿Hermana?- Por un segundo, Machi entró en shock.

-Sí, pregúntale a tu querido noviecito, para que te refresque la memoria. Que parece que has hecho demasiadas calamidades por él como para acordarte de todas.-

-¿De qué hablas?-

-Ésta, nos aseguraremos de que la recuerdes.-

No tuvo tiempo de contestarle, porque pronto sus compañeros llegaron a socorrerla. Su agresora la golpeó lejos de ella, para así poder correr hasta el callejón que tenía a sus espaldas y escapar de las estocadas de Nobunaga y el poder nen de Shizuku. Machi quiso seguirle el paso, pero se encontró con una calle ruidosa y vacía y un rastro de nen perdido.


Por fin nuevo capítulo! me ha resultado más interesante de escribir la trama ahora que los personajes se desarrollaron mejor. Agradezco muchísimo su apoyo en las reviews, me han impulsado a continuar escribiendo a pesar de la falta de tiempo e inspiración. Hasta el próximo capítulo!

S.F