Leo seguía ahí, quieto. Sentado en el suelo del Búnker 9, con sólo una polera sobre él y una cara de asustado que evidenciaba casi a la perfección todo lo vivido: la visita de un Dios no era algo para tomar a la ligera, menos cuando ese Dios era precisamente el padre de quien estaba con él en ese minuto, desnudo besándolo. -No… ¿No te dio miedo?- le preguntó a Nico, quien ahora sí que era un papel de lo pálido que se había puesto tras la visita inesperada de Hades. -¿Es que acaso no has visto mi cara de felicidad al ver a mi querido papi?- respondió irónicamente. Sin saber por qué, Leo explotó en risas. -¿Qué?- preguntó Nico, extrañado pero con una sonrisa en la cara (con Leo era el único con el que sonreía sin problemas). -¿No te has dado cuenta? Nico, no pasa nada, ¿por qué seguir escondiéndonos? Creo que tu padre nos dejó más que claro que nuestro amor es excelente- dijo Leo, para luego tomar las mejillas de Nico, acercándolo hacia él para darle un pequeño beso. Nico se quedó pensando, absorto en sus propios pensamientos mientras Leo jugueteaba con su cabello. -¿Sabes? Puede que para los Dioses nuestro amor sea bueno, pero ¿no te molestaría que todos en el campamento nos mirasen como si fuéramos un par de bichos raros?-: Leo lo miró extrañado, se notaba que aquella no era la respuesta que él esperaba. -¿Es que acaso te afectaría mucho ver un par de manos apuntándonos? Vamos, busca el lado positivo… Ya no tendríamos que venir a escondernos acá para poder querernos… Podríamos estar tranquilos a vista y paciencia de todos, ¿no te gustaría eso?-. De pronto las facciones de Nico comenzaron a cambiar, su rostro se iluminó, volvió a sonreír y asintió. –Parece que por mucho juntarte con Mclean, has aprendido eso de embrujahablar, porque me convenciste apenas abriste tu boca- dijo entre risas –Está bien, ¿cómo quieres que lo digamos? ¿Frente a todos?-. Leo lo miró y dijo –No tenemos por qué decirlo directamente, sólo debemos demostrarlo, y deberíamos hacerlo mañana, aprovechando que las cazadoras de Artemisa siguen acá (qué extraño, ellas no gustan mucho del campamento). Todos deben haber vuelto a sus cabañas ya.- Nico le sonrió, demostrando que aceptaba la idea y lo besó torpe y bruscamente, como acostumbraba a hacer. Abrazó con fuerza el cuerpo de Leo sobre él y le mordió el labio inferior. Leo comenzó a entrar en confianza y se volvió a sacar la polera mientras Nico se desnudaba a su lado. Pronto volvieron a besarse velozmente. De a poco Leo comenzó a bajar con sus labios, besando el pecho de Nico, luego su abdomen delgadísimo y continuó bajando lentamente. Un rato después Leo se había acomodado entre las piernas de Nico, buscando un lugar acogedor donde descansar antes de que apareciera el sol. Amanecía ya en Long Island, y a medida que el sol se levantaba, también lo hacían Leo y Nico. Luego de unos minutos salieron del Búnker 9 tomados de la mano, esperando que todo el campamento los viera llegar así. Los primeros en verlos fueron los hijos de Apolo, quienes temprano por la mañana ya tensaban sus arcos y preparaban sus flechas para practicar. Los hijos del dios del Sol no prestaron mucha atención a la pareja, pues estaban muy concentrados en su entrenamiento matutino. Acercándose más hacia las cabañas, se encontraron con los hermanos de Leo, quienes lo esperaban para continuar con las labores correspondientes al Argo II, sin embargo quedaron un poco anonadados viendo a su consejero de cabaña de la mano del hijo de Hades. –Vengo pronto- dijo Leo –comiencen sin mí, así lograremos avanzar más rápido- Llegando casi a la Casa Grande, se encontraron con las cazadoras de Artemisa, quienes los miraban sonrientes, quizás pensando ''mejor que se emparejen entre ellos, antes de que nos molesten a nosotras'', aunque la doncella que llevaba la delantera en aquel grupo que no se veía muy a gusto mirando aquella pareja feliz. Luego del encuentro con las cazadoras, Leo besó suave y extensamente a Nico y le dijo –discúlpame, tengo que ir a ayudar a los chicos con el barco, me necesitan-. Nico se limitó a sonreírle cálidamente y se retiró caminando lentamente hacia su solitaria cabaña. Leo se dirigía a alcanzar a sus compañeros de cabaña cuando un tumulto de chicas llamó su
atención. Desde lejos se veía igual a un grupo de muchachas de secundaria hablando sobre alguna banda de moda o cosas por el estilo, pero a medida que Valdez se acercaba, todo le iba pareciendo más raro. Se trataba de las mismas chicas que había visto hace unos momentos con Nico, sólo que ahora veía una chica de ojos azules llenos de lágrimas y a todas las demás preguntándole cosas del tipo ¿Por qué lloras? ¿Qué pasa? ¿Quién te hizo daño? Apenas vio a Leo, Thalia estalló en llantos, pero bajó su cabeza, dejando caer su diadema. ¿Significaba eso algo? Leo comenzó a acercarse sutilmente, tratando de no llamar la atención entre las cazadoras y tomó el hombro de Thalia. -¿Te puedo ayudar en algo?- le dijo sonriendo. Las hijas de la luna miraron al chico del fuego con cara de odio, diciendo claramente ''Aléjate de aquí, hombre'' Thalia le pidió a las chicas que la dejaran a solas un poco con Valdez y ellas obedecieron de mala gana. –Verás, Leo, ¿no existe un lugar más tranquilo en el que podamos hablar? Has llegado en el momento preciso.- Leo se quedó pensando y susurró –está el Búnker 9, si quieres podemos hablar ahí, alejado de todos- Caminaron en silencio hacia el búnker 9, pero fue uno de esos silencios incómodos, de los que nadie quiere ser parte, y no era para esperar más, ya que Thalia siempre había sido reacia a las pasadas atenciones que Leo tenía hacia ella. -¿Por qué dijiste que había llegado en el momento preciso? ¿Es que acaso ha habido una tregua entre las cazadoras y los hombres de la cual no me he enterado?- Por fin entraron al Búnker 9 y se sentaron en el suelo, a un metro de distancia. –Nada de treguas- le respondió Thalia –es que simplemente no lo soporto-. Leo la miró extrañado, y ella, entendiendo que Leo quería saber qué era lo que ella no soportaba, comenzó a quitarse la polera. -¿Crees que es muy fácil para mí el llevar una vida de cazadora?- Hey, hey, algo andaba muy mal aquí, ¿qué carajos hacía ella desnudándose frente a Leo? Sin embargo Leo, medio anonadado, no decía nada, sólo oía y miraba. Thalia le siguió explicando, ahora quitándose el pantalón –Es casi antinatural prohibirnos las relaciones con hombres, ¿a cambio de qué? ¿Inmortalidad? Ay, por favor, no podría vivir para siempre sin haber vivido algo como lo que quiero vivir hoy-. -Pe…Pero… ¿Te das cuenta de cuánto estás arriesgando? ¿Qué hay de tu juramento? Supongo que no quieres morir o algo por el estilo-. Thalia le sonrió, se acercó totalmente desnuda y tomó con su dedo índice el mentón de Leo, obligándolo a mirarla directamente. –Tontito, no voy a morir, Artemisa sólo me transformará en alguna ridícula forma de la naturaleza: un animal, una planta, qué se yo… Créeme que ya sé cómo se siente, y no me molestaría volver a ser un árbol por toda la eternidad si logro al menos tenerte hoy- le dijo, tentándole. El cerebro de Leo estaba bordeando el colapso con tanta información por procesar: por un lado estaba Nico, su lindo y querido Nico, quien lo aguardaba para poder hacer oficialmente pública aquella relación entre los dos que no tenía un título definido aún, pero por otro lado estaba Thalia frente a él, arriesgando su eterna juventud y vida inmortal por estar con él por una vez, ella, que tantas veces lo había rechazado ahora yacía frente a él, ofreciéndose por completo. Pensó –ella ya rompió su juramento, así que pronto se convertirá en un animal y no podrá hablar, será nuestro secreto y nadie se verá dañado, ¿qué hay de malo? Tomó su polera y se la quitó, accediendo, aunque dudoso, al beso de la hija de Zeus. Los besos de Thalia eran acelerados, casi desesperados, buscaban aprovechar al máximo cada segundo de vida humana que le quedaba. Bajó sus manos rápidamente y le quitó los jeans a Leo, quien la besaba ahora con un poco menos de remordimiento. Comenzaron a abrazarse, Thalia rasguñaba con rapidez la espalda del hijo de Hefesto mientras mordía su cuello a un ritmo tan rápido como el de una canción de metal. De pronto, y sin mucho pensarlo, Leo se vio dentro de Thalia, sintiendo un placer que sólo había logrado sentir en los momentos culmines con Nico. Oía los leves gemidos de Thalia, a medida que se movía sobre ella. Ella era audaz, lo miraba directamente a los ojos mientras él le tocaba tímidamente los pechos. Leo la tomó suavemente y la puso sobre una mesa, mientras le acariciaba frenéticamente el corto cabello y la besaba cada vez más rápido. De pronto comenzó a sentir que ella se enfriaba y se alejó rápidamente: sin duda había llegado el momento en que Artemisa la castigase. De pronto dejó de ver a la chica que había sido su compañía esa tarde y comenzó a ver un menudo gato grisáceo, que
conservaba aún los fulminantes ojos azul eléctrico de la hija de Zeus. Viéndose agotado e impactado, Leo se vistió rápidamente y se recostó en el suelo. Necesitaba descansar un poco antes de contar la mentira que ya había planeado sobre lo que había pasado con Thalia (ella me confesó que estaba enamorada de Percy y de pronto ¡paf!, se transformó en aquel gato).
