Advertencias: Sera una relación chicoxchico. Así que a quien no le guste, pues tiene todo el derecho de retirarse cuando guste. Por ahora nada más. Shonen-ai, al principio.

Disclamair: Los personajes no me pertenecen, la autoría es de nuestra querida Hoshino, si fueran míos, pues ya ven, abría centenares de escenas yaoi, especialmente yullen.

Reseña: Siglo XXI, la humanidad ha dejado de existir parcialmente, algo llamados Akumas atacaron una noche, hace tantos años ya, destruyendo todo a su paso, millones murieron, en compensación Dios encomendó a sus fieles seguidores, los de sangre aun Inocente, a luchar por el bien de la humanidad, a pelear, como una vez lo hizo la humanidad hace tantas lunas.

Esto es una guerra, le habian dicho una vez, mueres o vives, son tus únicas opciones. En la guerra no hay amor, mucho menos piedad, y si tus manos tienen que bañarse en sangre, que así sea entonces. Dios Todopoderoso te perdonara, si lo haces por ÉL, si lo haces en su nombre.

Allen recuerda esas palabras como si hubiesen sido dichas ayer, hace una hora, también sabe que el sabor de esos labios era imposible de borrarlos, y no era la primera vez que lo sentía, estaba seguro de ello. Por mucho que se dijera a sí mismo odiar a esa persona.


Inocentes.

Por

Lirionegro-san


¿Qué sienten los humanos cuando están cerca de algo que ellos desconocen? Se preocupan

Entonces, el miedo se aferra en ellos, y las preguntas empiezan en orden y circunstancias ¿Por qué? ¿Qué pasará ahora? ¿Porque yo? ¿Qué está sucediendo? Se ocultan, tienen miedo, y se alejan de la verdad, aquella que de manera cruel y translucida se enfrenta a ellos, para probarlos, guiarlos en el camino correcto, a pesar de sus trabas.

Pero los humanos se alejan, sin importar que al final, aquello que buscaban estuviera ahí; sus miedos terminaron por separarlos de aquella única respuesta verdadera.

Por esa razón siguen siendo humanos…

Capítulo 3 ¿Quiénes son ustedes?

Si rememoráramos hechos anteriores, los calificaríamos en un argumento poco sustancial pero que en pleno caso, nos dejaría satisfechos a más de uno, sea como sea, Allen no se permitía olvidar. Si lo hiciera, aun en el fondo de la inconsciencia, sería grave abdicar lo que éste hecho esclarece, lo que esta sobreimpuesto, y por sobre todo, su significado. Tiende a decirse en pocas palabras, ¿Qué rayos pasó con él? Porque había algo raro, en eso no cabe la menor duda, la situación, lo que vio, lo que hizo, para dar mayor instancia a los sucesos acaecidos; y por sobre todo, lo que perdió. Nariem estaba muerto, él no había podido evitarlo, y por más que su cabeza se descuartizara en pequeños pedazos en ese momento, analizara hasta su más mínima parte para averiguar qué fue lo que hizo, al final la verdad era la misma. No importaba cuantas veces se lo cuestionará, lo que había pasado no podría evitarlo nunca, lo que sucedió jamás podría remediarlo. Nariem seguiría muerto, como todos los demás, y él seguiría viviendo, porque ése fue el camino que escogió.

Aun a costa de lo que perdió.

El ataque no pudo ser más eficaz, eso dijeron, o creyó escuchar, no sabía muy bien lo que pasaba a su alrededor, pero no despertaba tampoco para averiguarlo; entre ambas líneas se encontraba, sin traspasar ninguno de los dos limites, entre las consciencia de lo que ocurría, y la inconsciencia de lo que pasaba a su alrededor. Se dejó llevar en brazos del desconocido, porque estaba seguro que esa calidez sólo podía ser humana, lo había sentido, experimentado algunas veces estos ultimo meses, antes de que se lo arrebataran, claro. Podía así mismo escuchar los pausados latidos del corazón del desconocido, eso significaba que estaba vivo, no era un simple sueño de su subconsciente anhelante, atraído por una fantasía mucho más hermosa que la realidad que tuvo que ver; aquella que su ojo aun ardiendo en llamas – quién sabe la razón porque – le traía aun en sueños, aun en brazos de ese desconocido y Morfeo.

Almas, era el título que les podría dar, no encontrando otro mejor significado para ellos o una palabra que le atribuyese un buen calificativo o valor, según como mejor lo viera; y esas almas estaban ahí por una razón, aunque no lo entendía del todo, pero en ese momento, luego de perder algo que era importante – alguien – y verles, con el mismo sufrimiento que se acicalaba en su corazón, no pudo evitarlo. Sintió como ese deseo que parecían abdicarle de quien sabe dónde, era suyo, lo sintió en ese momento como suyo, cuando sin preverlo, y sin saber cómo, atacó al primero con su mano izquierda transformada de una forma que nunca antes había visto, algo diferente pero que tenía el mismo significado: algo no estaba bien con él. Sin embargo, cuando lo atacó con ese brazo, sin sufrir ningún daño de por medio, lo siguiente dejó de importarle y tan sólo por un segundo, lo que tenía enfrente fue lo único importante.

Era como si el tiempo se detuviera, y lo único que tuviera en frente llamase toda su atención, porque, aun cuando no sabía cómo explicar lo que veía, sabía lo que estaba sucediendo, podía describirlo como una sensación de paz, su cuerpo flotando a la deriva en un principio, sin tocar fondo, halló la paz cuando esa alma en pena, adolorida por los maltratos y desgastada en crueles tratos, desaparecía ante sus ojos, como la bruma que se disipa suavemente, casi imperceptible. Allen no sabía lo que la muerte podía significar, tan sólo pensó la primera vez que debía doler, aun cuando en esos momentos la aceptó tan solicito , sin medir en ningún momento las consecuencias de sus actos; en ese mismo prospecto, la muerte de Nariem era otra cosa que se sumaba al doler de la muerte, y pensó, cuando tuvo las ropas de su amigo entre sus manos, cuando el cuerpo desvanecido había sido arrancado de entre sus dedos (polvo a polvo); que dolía, la muerte de Nariem dolía. Sin embargo, con los últimos recuerdos de aquel encuentro que no podía significar más que preguntas sin respuestas, la muerte no le pareció tan cruel; junto a su ataque, con la liberación del alma de aquel cuerpo terrenal y deforme que no tenía nada que ver con la creación que le dio a Dios a sus hijos; y que le consumía poco a poco, una sonrisa apareció en su rostro. Fue en ese preciso momento que estuvo seguro quienes eran cada uno de ellos, sin lugar a dudas tuvo enfrente al Sr. Laurens, y éste parecía irse tranquilo; su rostros transmitía una esperanza y una armonía que nunca antes había visto en él, junto a sus últimas palabras de agradecimiento. Y sólo por ello, Allen se sintió un poco mejor, un pequeño golpe en el corazón le llenó de adrenalina, y sin pensarlo dos veces arremetió contra aquellos que inseguros aun de acercarse por la luz que proyectaba su cuerpo, no vieron el ataque; y así como sucedió con el Sr. Laurens, uno a uno cayeron bajo su brazo, y fue liberándoles de sus cadenas, la misma sensación se propago en su cuerpo. Pero así como vino, se fue.

De alguna forma sentía que no era suficiente, necesitaba hacer más, y su subconsciente le gritó las razones de ello, a pesar de que los había salvado de alguna forma – porque así lo sentía, si ha de ser honesto – en realidad no había hecho lo suficiente; porque los muertos fueron salvados, sí, pero los vivos estaban muertos. Y él sólo se quedó observando como pasaba, sin hacer nada más. Él los dejó morir, cuando pensaba que no podía hacer nada, ahora sabía que estaba equivocado.

Sintió las lágrimas derramándose por sus mejillas, pero no hizo amagó de abrir sus ojos, o dar una muestra de que tan consciente estaba de su realidad. A los pocos minutos de movimiento, y el sonido de las hélices se hicieron más claros para su oídos, lo sintió, una mano – aunque un tanto fría – acariciaba con un poco de brusquedad en el trato su mejilla, se dio cuenta que tan sólo limpiaba sus lágrimas. En ese momento, con esa sensación aun pregonando en su piel, su ritmo cardiaco acelerado, intentó a abrir los ojos; claramente fue un error, porque al segundo instante en que la primera rendija de sus ojos se abría ante ese mundo nuevo que se abría ante él, sintió un leve mareo, algo que nuevamente le arrastraba a la incomodidad de ese mundo oscuro que llamamos la inconciencia. Justo antes de desaparecer por aquellos rumbos, Allen los vio, unos hermosos ojos negros mirándole fríamente – a cualquiera le parecería así – pero que lograba atraerlo y formularse así mismo no perder la batalla contra ese enemigo cruel que le instaba a dormirse. No pudo derrotarle, se quedó dormido con aquella extraña sensación de querer más, de que lo primero que quisiese ver al despertar fuera a esos ojos y a su dueño.

El que curiosamente aun le visitaba en sus sueños.


El mocoso se removió entre sus brazos, parecía inquieto y podía ver como las lágrimas se asomaban por sus ojos, chasqueó la lengua fastidiado; la mayoría de los estúpidos que le rodeaban se habían callado finalmente, su curiosidad zaceada o tal vez aburridos que el receptor a todas sus preguntas estuviera inconsciente e imposibilitado para contestar todas sus inquietudes; ni el empecinado pelirrojo se había atrevido a hablar, quizás porque el viejo de su abuelo le miraba amenazante. El bookman actuaba extraño, siempre había sido un personaje por demás intrigante, cerrado y al cual no sabía lo que le pasaba por la mente, el mismo Lavi se comportaba de esa manera a veces. Pero de nuevo, a él que le importaba lo que esos dos tramasen o se trajesen entre ceja y ceja; como el cálculo de idiota de Komui no había fallado el apareció en el momento oportuno y su trabajo fue más fácil de lo que habían pensado.

En un primer momento su actitud fue más que molesta, de hecho la furia lo dominaba, pero en cierto sentido, y algo que no quería admitir a un a regañadientes, estaba inquieto; había pasado mucho tiempo desde la última vez, y él podía recordarlo a la perfección, ahora ochos años después, el recuerdo cobró vida. Sus mismo compañeros habían pasado por situaciones similares en el pasado, sólo que tampoco él se iba a tomar la molestia de indagar en la vida personal de otros; no le gustaba que se metieran con él, mucho menos le gustaba involucrase. Pero sus caras decían todo, su curiosidad, su miedo ante algo que no había sucedido antes; una sola persona había aniquilado a un centenar de Akumas sin necesitar su ayuda en lo absoluto, en pocas palabras su presencia fue innecesaria, el trabajo se realizó sin ayuda externas, a pesar de que todos en la maldita ciudad habían muerto.

No necesitaba ser adivinó para asegurar que era eso lo que mantenía a todos en un ambiente frío y llano; perdidos en sus pensamientos, como único receptor el mocoso albino, así que se atrevió a hacer algo mientras nadie más lo veía. Yuu Kanda no se molestaba en preocuparse por nadie, se había ganado esa fama a puro pulso, tampoco le desagrada del todo; pero si alguien le viera secando las lágrimas al mocoso senil de seguro todas sus cartas de hombre indiferente y antisocial se vendrían abajo. La idea de ser receptor de esas mismas miradas no le agrada mucho menos.

Las mejillas del mocoso estaba heladas y suaves, de seguro que el niñato se moría de frío, a una gran altura, con el frío de invierno a sus puertas, y éste niño tan imposible con el clima helado, sería una gran molestia que se enfermara de un momento a otro. No tenía tiempo, algo tan superfluo como la debilidad física no tenía cabida en su vida como exorcista, y como adivinando los pensamientos de todos, él lo sabía, el mocoso sería exorcista. Sólo que no necesitaba estar expuesto al poder del niñato para comprobar algo que ya sabía. Un par de ojos grises le tomaron por sorpresa, nadie lo notó, sólo él, aunque se mostró estoico ante este hecho. Las brillantes perlas grises brillaban incautos, por un segundo creyó que el mocoso se acercaría a su rostro, empezaría a palmearlo como vieja cincuentona, sujetándole de ambos cachetes y a moverle el rostro de un lado a otro para comprobar si lo que veía era cierto; pero antes de que pudiera reprocharse de las estupideces en las que estaba pensado, el mocoso volvió a cerrar los ojos. Su respiración era más tranquila, y sin saber si era consciente de ello, lo sujeto más fuerte a su cuerpo.

Su corazón latía con un poco de ímpetu, era molesto, pero Yuu Kanda no era de aquellos que suspiraran por algo como eso, menos frente a terceros indiscretos; el cuerpo del enano había vuelto a su temperatura normal, no quería pensar porque tal vez y su propio calor corporal actuó en beneficio; sin embargo su organismo creyó lo contrario y le contradijo. Si estuviera solo…

- Estamos abordando a los andenes de la Orden Oscura, por favor, prepárense para el aterrizaje.

Todos sin excepción se abrocharon el cinturón de seguridad, algo que él no podía hacer con el albino aun en sus brazos. Lenalee le miró, y pudo casi leer la mente preocupada de la mujer, chasqueó la lengua, molesto; no se tomaría la preocupación en apaciguar la inquietud de la mujer, al menos la otra estérica no viajaba con ellos. Lenalee seguía mirándolo.

- Deja esa estupidez que nada malo va a pasar – la hermana menor de Komui le sonrió, sólo un poco y con eso se sentía satisfecho, no le volvería a molestar por un buen rato, o eso esperaba.

Un movimiento brusco le obligó a asir con más fuerza a ese cuerpo menudo, el olor a caramelo se escabulló hasta su olfato, se reprimió otra vez, sentía los ojos de todos en su figura, no quería pensar que se habían dado cuenta de su desliz – porque no era nada en sí –, tal vez y estuvieran preocupados a lo que se atenían una vez que pusieran ambos pies en la Orden, lo que éste mocoso tenía que hacer. No sólo enfrentarse a la cruel realidad – pero nada más que real – de las tantas muertes que ningún acto tan heroico como aquel de enfrentarse a tantos Akumas sin ayuda, podía contrarrestar; estaban muertos, fin del asunto. El siguiente paso sería, como se venía sucediendo siempre entre los exorcistas, lo que éste idiota iba a hacer ahora, aceptar tan cándidamente lo que le ordenaran, porque eso era lo que hacían, con un solo propósito, salvar el mundo y esas tonterías. Las ordenes de unos sujetos que nunca daban sus caras más por cobardía que por su propia presunción de altos mandos y poderosos, como los Dioses que ven desde lejos como los animales se atacan entre sí, disfrutando del espectáculo, porque hasta los Dioses tienen algo de humano.

Y seguir pensando en estas tonterías no ayudaba en nada, la calma no llegaba por más superfluas y contractas que fueran sus ideas, porque lo suponía, no, estaba seguro, con una alta probabilidad de no poder ser refutada ésta hipótesis, el idiota aceptaría, lo decían sus actos, su mirada, sus lágrimas. Y él lo sabía mejor que nadie.

Bajo sin la ayuda de nadie – ni que la necesitara – una vez que el helicóptero aterrizo en suave movimiento, las hélices perdían velocidad, y cuando estuvieron seguros de no perder la cabeza; le molestaba el cuello lo suficiente como para tener que agacharse mientras cargaba a ese costal de papa, bajaron uno por uno; el homenaje de bienvenida les esperaba como siempre, desde que Komui se había vuelto el Supervisor en jefe era así, irremediablemente se acostumbró a ello, pero acostumbrase y soportarlo era cuestiones distintas. Su humor se había largado hace mucho tiempo, su poco templanza ante una situación que no necesitaba ser explicada para declarar que le disgustaba la idea desde el principio, estaba molesto sí, le carcomía la cabeza desde el momento en que situó ese cálido cuerpo entre sus brazos, pero no se dio cuenta de ello hasta que la veracidad de sus propias debilidades se hicieron presentes.

Ignoró la bienvenida, el llamado de Komui, quien una vez recompuesto de su pequeño alboroto con su querida hermana – maldito complejo de hermana –, trataba de llamar su atención, tal vez para hacerle preguntas, para atestiguar con sus ojos su estado, sin embargo, cuando vio a ese otro jodido frente suyo, con una estúpida sonrisa en la cara y un brillo chispeante en los ojos, recordó a quién tenía en brazos, y la razón por la que Komui le llamaba con tanta desesperación. Al final no había podido evitarlo, miró con furia al chino, quien no esquivó su mirada y le correspondía con una capa de tristeza y preocupación en sus ojos. Sintió como trataban de arrebatarle de sus brazos al mocoso, y por acto reflejo contrarresto la acción con más fuerza de por medio. Olvidó donde estaba, quienes estaban a su alrededor mirándole con curiosidad y preocupación, como olvido también las consecuencias que su acción atribuiría sobre él. Chasqueó la lengua, molesto, pudo escuchar a Komui llamarle con ese molesto Kanda-kun, pero se tardó sus segundos en procesar lo que debía hacer. De no ser porque el idiota de ese niño se removió entre sus brazos, no hubiese actuado con racionalidad en el siguiente instante en que el intento no se quedó ahí. Se lo llevaron, dejándole a él y a los demás plantados luego de una ardua misión, la más importante se suponía, después de tanto tiempo que un ataque así no se veía, y en la que no habían tenido que actuar en todo caso. Porque el mocoso ése lo había hecho, y ese simple acto le encantaba al hijo de puta de Levieer.

- Buen trabajo exorcista Yuu Kanda – miró a ese sujeto enmascarado, no podía olvidarlo, conocía muy bien su función, y la única razón por la que un cuervo estaba en territorio frontal, en la Orden, cuando era más común que esos majes siempre anduvieran acompañando y protegiendo a la Administración de Central, o en resumidas cuentas, el Vaticano.

Sólo cuando Levieer le sonrió sin decirle ni argumentar ni una palabra, y el cabello del mocoso fue lo último que vio al traspasar la puerta trasera del castillo, aquel que se había vuelto la sede principal, fue que todos los demás se movieron de su sitio, su rigidez como estatuas fueron tras los jefes mayores. Sólo unos le miraron de reojo al pasar por su lado, sintió como Komui se acercaba a él, tal vez para decirle algunas palabras o tratar de justificarse. Estaba molesto con él, pero una parte de su subconsciente le decía que el imbécil no era del todo culpable por ello, que Komui no podía manejar la marea a su antojo, y que las actitudes de Levieer – el Inspector especial – fueran tan desconcertante como predecibles no ayudaban a la causa. Esa incomodidad se atoraba desde su boca hasta su bilis, no podía culparlo, pero, demonios, si estaba molesto, y estaba seguro que no se lo pensaría dos veces con atentar contra cualquiera que fuera lo suficiente estúpido como para acercarse a él cuando la amenaza se palpaba en el aire. Su siguiente movimiento – el cual era el más adecuado, dada la situación – sería irse de ahí, encerrarse en cualquier salón de entrenamiento adecuadamente vacío – o lo estarían en poco tiempo – y pagar ahí sus frustraciones, también podía intentar meditar, funcionaba de cualquier manera; antes de que la tentación le vencería y mandara todo su sentido común al infierno, Komui le alcanzó.

La mirada de éste decía tanto como las palabras atropelladas que no se atrevía a decir con claridad, se exasperó, Komui debía conocerle bien, todo el mundo sabía que si molestaban a Yuu Kanda cuando estaba de un humor de puntas, no saldrías muy bien parado, así que no era algo inusual que le dejasen en paz; a excepción de Lavi que era un tema especial y parecía no hacer caso a la alerta de muerte segura escrita en toda su cara, era masoquista o suicida, tal vez una excelente combinación de ambos. Pero hasta el mismo baka usagi parecía tranquilo entre las aguas salvajes, el único que se atrevió fue Komui, la mayoría ya no estaba, encargándose tal vez de otras tareas que eran más importantes, ¿qué acaso aquél estúpido no tenía trabajo? Su katana estaba cerca, una espada con la cual combatía contra los Akumas y que siempre estaba pegada a su cintura; pedía por sangre, aunque su uso y su sabor fueran distintos, si Komui seguía con las mismas patrañas, un pequeño desliz no se vería tan mal.

- No olvides el informe – fue lo que al final el chino se atrevió a decir, e incrédulo Kanda le miró con la molestia pintada en su rostro.

'No vale la pena' se dijo, y bien cierto que era, se soltó del hombre supuestamente mayor que él, y se alejó con el único propósito de desaparecer de la vista de todos aquellos idiotas que le sacaban de quicio, desconcertándole de su verdadera meta principal.

No fue hasta que estuvo lo suficiente lejos, aun cuando Lenalee le llamó una que otra vez sin obtener respuesta de su parte, que entendió las palabras de Komui, dejando que su mente repasara la idea una y otra vez. Habían perdido, después de todo, la ciudad completa ya no era nada, todos habían muerto, y Komui tenía mucho trabajo por delante, tantas muertes no se podrían disfrazar con facilidad. El caos resurgiría y los recuerdos de miedo y dolor regresarían con esta verdad; sí, habían perdido a pesar de que ahora el mocoso estaba en manos de la Orden, del Vaticano, de Levieer. Siguiendo ese mismo punto, que Komui le recordase el informe no tenía sentido, no tenía nada que reportar, no en un trabajo a esta escala, cuando no necesitaban la veracidad de las palabras de todos sus exorcistas y la concordancia también, para saber qué es lo que había pasado. No averiguarían nada de lo que ya supondrían con sólo echar un vistazo a su alrededor, o con los mismo medios de comunicación que no tardarían en divulgar la "gran noticia" del momento.

Irritado, lo entendió, sólo había un informe del cual Komui podía estar hablando, y jugárselo por ahí, el muy idiota debía estar muy seguro de sus siguientes pasos, sí lo que él creía era lo correcto, entonces Komui tenía un plan, y para ello necesitaba el informe, aquel que ni siquiera los Bookman tenían el derecho de ver, pero que supondría que estaban muy al tanto de su existencia. Porque ese informe era suyo y… de él.

Del jodido Moyashi también.

"Hasta que todos sean aniquilados, hasta que el Conde esté muerto, sólo hasta entonces yo…"


Allen corrió con todas las fuerzas que su cansado cuerpo le concedía, los pasillos eran estrechos y oscuros, entre más se adentraba en ellos, más confundido en su mente se sentía. Podía dolerle la cabeza, e incluso las plantas de los pies empezaban a escocerle, correr de un lado a otro descalzo tenía sus desventajas; pero no se detenía, en su mente una única meta se aclarecía, salir de ahí. Recorrió los pasillos con cada vez más frustración en sus actos, estaba cansándose, sí, pero sabía que si se detenía esas personas le iban a encontrar. Allen no podía aceptar lo que ellos estaban diciendo, por más sentido obvio que tuviera, por más explicativo que fuera, por más que la verdad fuera esa, no era lo que Allen quería.

Cuando despertó, un fuerte dolor de cabeza le pulsaba en las sienes, se incorporó con cuidado, alentado por una fuerza extraña que le impedía descansar en cama, se sentía cansado, sí, pero de igual forma permanecer durmiendo le producía más cansancio. Cuando se habilitó por completo, y sus cinco sentidos le trajeron de vuelta a la realidad, se dio cuenta que no sabía dónde estaba; y que sus recuerdos eran sólo imágenes difusas que sin orden ni compresión se agolpaban en su cabeza. Poco a poco, todas las imágenes fueron tomando sentido, como una película en una secuencia correcta, cada imagen fue suplantando a otra; entonces lo que su mente había olvidado cobró sentido. Y dolió, como al principio, tal vez un poco más.

- Me alegro que hayas despertado… ¿Cómo te encuentras?

Se detuvo, un pasillo sin salida, regresó en sus pasos, su mente aun vagaba en el recuerdo de ese hombre, Komui Lee, así se había presentado, y un poco más. Tan sólo recordaba su confusión del principio, el rostro de ese tal Komui – podía decir que era oriental – y sus palabras, su boca moviéndose, a pesar de ello, nada de lo que él decía tenía sentido.

- Supongo que tendrás muchas preguntas… ¿Por qué no hablamos?

- Mi tutor me ha dicho que no hable con extraños.

- Hahaha… No creo que Cross Marian haya dicho algo como eso, sin embargo Allen, no creo que seamos del todo desconocidos.

- ¿Cómo sabe mi nombre? ¿Cómo conoce a mi tutor?

Dobló en una esquina, no sabía cuán grande era aquel lugar, pero desde hace mucho que había estado corriendo, y se dio cuenta de dos cosas importantes. Una de ellas, que entre más se adentraba en esos interminables pasillos, más imposible parecía salir de ahí, y segundo, por alguna razón, aun no se encontraba a nadie en su camino. ¿Por qué no había nadie en los alrededores?

- ¿Recuerdas lo que sucedió? ¿El ataque? Pues bien, no es la primera vez que había sucedido, hace ocho años ocurrió lo mismo.

- ¿Hace ocho años? ¿Un ataque igual?

- Lo que los atacaron son llamados Akumas, demonios creados por el Conde del Milenio con el único fin de destruir el mundo. Nuestra misión es luchar contra ellos.

- ¿Akumas? ¿Qué?

- Es difícil entenderlo, pero escúchame, estas en la Orden Negra, una organización religiosa creada por el Vaticano para pelear contra el Conde del Milenio. Voy a decirte todo lo que sé.

Otro rincón sin salida y Allen empezaba sentirse acorralado, confundido, sus manos empezaron a buscar desesperadamente algo que sabía que era imposible; quizás y lo único que quería era pagar su desesperación en la pared que tenía enfrente, como si con sus insignificante golpes la pared se moviera por arte de magia. Pero no dejaba de insistir, golpeaba y golpeaba, y ya sentía como empezaba dolerle ambos miembros, y de seguro que sus nudillos estaban muy lastimados y con sangre. Fue cuando sintió que uno dolía mucho más…recordó su brazo izquierdo, y las palabras de Komui volvieron, junto a unas lágrimas que querían escapar de la cárcel que eran sus ojos grises. Era su mismo brazo izquierdo pero al mismo tiempo no lo era. Regresó otra vez sobre sus pasos, tratando de recordar en que parte de su camino había fallado, y convenciéndose así mismo que no se había perdido, en todo los sentidos.

- Hace ocho años, hubo un primer ataque de Akumas, nosotros desconocíamos su existencia hasta ese día, eran leyendas que desaparecían con el tiempo. Puede que aun quedase la duda, pero la verdad era que para todos era simplemente imposible, hasta ese día.

Cuando el primer ataque ocurrió, no teníamos nada contra que defendernos, no sabíamos tampoco a ciencia cierta contra que nos enfrentábamos. Mucho no sabían que pasaba, incluido yo entre ellos; la razón por la que hubiera tantas pérdidas, no miles, centenares tal vez, y nadie volvió hacer el mismo después de eso.

Hubo una sola forma de frenarle, y la única razón por la que aún seguimos vivos, con el primer ataque, también vino como la revelación a nuestras suplicas, a nuestro miedos. Tu mano izquierda es la prueba de ello. Sé que no puedo explicarlo como es debido, aun ahora sigue siendo un misterio como funciona, tus porque, tus dudas, no creo que pueda responderlas todas al mismo tiempo; pero esta es la verdad. Eres un exorcista, una persona "tocada" por un poder que no podemos entender y que sin saber aun así el porqué, tienes la habilidad de destruir a nuestros enemigos, no sólo de la Orden, de toda la humanidad.

Ahora Allen… ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

- ¿Entender…? ¿Qué hay que entender? ¿Qué es todo esto? – vociferó al aire, sabía que nadie podía escucharle, no sabía dónde demonios estaba, descontando el hecho que desde el principio había sido así, pero ahora, estaba más perdido que nunca. - ¿Qué hago, Nariem?

Se sentía patético, todas las respuesta estaban ahí, justo frente suyo, pero tampoco deseaba escucharla, un miedo atroz arremetió sobre su cuerpo con cada segundo que pasaba y las palabras que Komui le dirigía cobraban más sentido entre más y más el mayor se explicaba. Pero eso no significaba que la realidad fuera más fácil de aceptar. Allen sabe que hay ciertas respuestas que no agradan a las personas, también sabe que los temores muchas veces nos obligaban a detenernos, nos acobardamos, y por ello, Allen había escapado. Las siguientes palabras de Komui fueron el detonante para ello, en realidad, todo en ellas había logrado activar la pequeña bomba que lo acorralaba poco a poco en la desesperación y el uso de la razón. Su mente no reaccionó a tiempo, y su cuerpo le alertó, huyó, y entre más rápido mejor.

Eso le había dicho.

- Dentro de ti reside un poder desconocido que ninguno de nosotros sabe explicar, al no tener recuerdos, creo que ese fue el factor resultante del porque no habías demostrado de lo que eres capaz. Déjame decirte que no eres el único, aquí encontraras personas que luchan por las misma causa, que han perdido a personas importantes, y que siguen adelante. Pelear contra los Akumas, derrotar al Conde, esa es la misión de la Orden Negra, sé que sientes como si todo el peso del mundo cayera sobre tus hombros…pero no estás solo aquí. No más…

- Es suficiente…No quiero escuchar más, La Orden Negra, el Conde del Milenio, Akumas… ¿Cómo conoce a mi tutor? Dígame, por favor.

- Cross Marian es un agente de alto mando en la Orden, también es un exorcista, y entre los exorcista, el grado más alto es el de General. El general Cross Marian es tu tutor, la persona encargada de cuidarte desde el momento en que te encontramos.

- ¿Qué? Espere un momento, ¿Qué me está tratando de decir? Mi tutor… ¿Qué? ¿ustedes me encontraron?

- Un exorcista guarda un enorme poder espiritual, diferente de cualquier persona normal, el día del ataque, muchos aparecieron de la nada, sus poderes se liberaron, por decirlo así. De diferente forma, para cada uno. Cuando te encontramos, supimos que eras uno de ellos, tu poder espiritual utilizó tu brazo izquierdo como catalizador, lo trasformó en tu arma, el arma para luchar contra los exorcista. ¿Por qué tu brazo izquierdo? No lo sé… muchos otros exorcistas han pasado por cosas similares, la situación extrema los llevó hasta ese punto, sea lo que sea que te ocurrió, fue el factor resultante que tus poderes hayan despertado.

-

- Pero no previmos que hubiese perdido la memoria. Se le encomendó al General Cross que se te entrenará, pero queríamos estar seguros que tus poderes en algún momento despertarían. Como te he dio, no sabemos que son, y tampoco estábamos seguros si habías sobrepasado tu límite, teníamos que hacerte pruebas…

- Como a un conejillo de indias…

- No, Allen-kun, no eres un experimento, nadie aquí lo es, te lo he dicho eres un exorcista, no puedo decirte nada sobre quien fuiste, o que pasó en aquel momento antes de que se te encontrara, pero te diré una cosa, la única persona que puede decidir qué hacer ahora con toda la información que te he proporcionado eres tú, nadie más que tú. Sé que necesitas tiempo, que tienes la mente confundida y que haber perdido a tu amigo es doloroso. Pero te daremos tiempo para que te calmes.

- Ustedes sabían todo sobre mí… yo desconocía su existencia hasta ahora, me hablan sobre que tengo poderes, que el cuidarme fue planeado por ustedes…

- ¿Allen-kun?

- Qué lo que yo suponía era verdad, que realmente soy diferente a todos los demás, que hay algo en mí. Y que yo pude haberlo evitado.

- ¿Qué dices? ¿Evitarlo? ¡Espera, Allen-kun! ¡Te equivocas! ¡Esto no ha sido tu culpa, no eres culpable de nada aquí, ¿me oyes? ¡Ese ataque nadie pudo haberlo previsto, y tú no podías saber…!

- ¡Exactamente, en ese momento no sabía nada! ¡No intente hacer nada! ¡Tenía miedo! Al final todos murieron, y sólo en ese momento yo pude… así que sí, qué diferencia pudo haber saberlo antes del ahora. Dice que puedo derrotarles, pero que hay de ellos, sólo hasta ese momento pude entender su dolor. ¿Por qué estaban sufriendo? Dígame… ¿Por qué hasta ese momento yo…?

- ¿Ellos? ¿De qué hablas, Allen-kun?

- Yo vi sus almas… ¿Los Akumas pueden tener almas?

- ¿Puedes verlas? ¿Sus almas?

- ¿Nadie más puede?... ellos tienen alma, estaban sufriendo, y mucho. Pero cuando yo les ataque, con mi brazo izquierdo, fue como si ellos se liberaran…como si yo los hubiera salvado.

- No podemos confirmar lo que dices, me temo que el único que sabe sobre ello eres tú.

- ¿Qué?

- Un Akuma es creado por medio de un trato, o así creemos. El Conde del Milenio hace un trato con una persona, lo que más desea, esa es la tentación que les ofrece. Las personas deseamos cosas fuera de nuestro alcanzan, vivemos y seguimos adelante por ello, por nuestros deseos. El Conde se beneficia de ello y lo usa en nuestra contra.

- Entonces... eso quiere decir que…

- Sí, los Akumas, alguna vez fueron humanos, y si lo que dices es cierto, ellos siguen ahí aun después de haber sido trasformados en esas criaturas.

- Eran humanos…entonces, era el Sr. Laurens, y todos, no fue mi imaginación…

- Allen-kun…

- Yo necesito…respirar…quiero irme.

- No puedes irte…

- ¿Por qué no? ¿No dijo que me daría tiempo?

- Es peligros para ti que salgas, aún no sabemos las razones detrás de éste ataque. El Cond está planeando algo, después de tanto tiempo, un ataque de esta magnitud. No puedo dejarte salir de aquí…

- Necesito irme…tengo que hacerlo, no puedo…

- No tienes a donde ir, Allen-kun… tú mismo lo has dicho, todos están muertos. Lo siento.

- D-deje-me… ¡De-jeme! ¡Déjeme ir!

- ¡Allen-kun!

No lo había pensado dos veces, y el primer momento oportuno, aun con las piernas tambaleantes, corrió a la salida, no escuchó más a Komui llamándole, pero siguió corriendo. La verdad era que, aun después de escuchar todo aquello, quería pensar que no era más que un sueño; aun cuando era imposible, tonto. Realmente necesitaba aire, despejarse. Sin embargo, no sabía dónde estaba, y para colmo estaba perdido y no había nadie en la redonda. Estaba sólo él y sus pensamientos, que ingratos como siempre, le traicionaban y le hacían ver lo patético de sus acciones; no era más que el miedo el que actuaba, salirse fuera de control, sí, era un niño, pero esa idea no lo justificaba del todo. Komui sólo quería ayudarle, protegerle, y que lo hayan traído aquí lo había hecho con las mejores intenciones. A pesar de que ya lo sabía, lo entendía, pero nuevamente, entender y comprender eran dos cosas diferentes.

El que le hayan mentido tampoco ayudaba mucho para que Allen pudiese hacerse a la idea; todo sobre Akumas, el Conde del Milenio y el fin del Mundo, y sobre todo, la muerte de Nariem y muy posiblemente también la de Miena; eran demasiado para un día. Cuanto deseaba Allen nunca haber despertado.

Terminó por arrinconarse en una esquina aislada, a un lado del pasillo. Se había cansado de dar vueltas de aquí y allá; no se había encontrado con nadie, y a decir verdad le había ayudado a calmarse un poco, pero ahora el tiempo pasaba y nadie aparecía, muy en el fondo ansiaba que alguien apareciese, sino confirmaba lo que ya suponía la primera vez que se topó con un rincón sin salida. Estaba perdido, y no hablaba figuradamente. Ahora… ¿Qué iba a hacer?

- ¿Terminaste con tu berrinche?

- Eso no es justo… ¿tienen derecho a reclamarme?

- Che, como sea… - su corazón comenzó a latir con fuerza, no fue hasta que la voz le había respondido que realmente se dio cuenta de que no había sido su subconsciente quién le había empezado la plática.

Tenía sentido, teniendo en cuenta que dada la situación, albergar sentimientos reprimidos y sólo tolerados por un sujeto que vivía en su cabeza, no era de las mejores opciones, pero vamos, algo a nada. Sin embargo, era mucho más que eso, y la verdad, hubiera preferido a su cabeza, tal vez con alguna imagen de culpabilidad, incluso Nariem, por muy retorcido que sonase; agobiarse por sus culpas era un deporte que nunca pasaba de moda; ahora, tampoco sabía por qué la voz le parecía conocida, ni tampoco por qué su corazón latía con tanta fuerza. Sentía como si de un momento a otro su corazón se le fuese a salir del pecho; cuando levantó la vista, sus piernas le querían traicionar por alguna razón. Lo primero que vio fueron unos ojos negros que aun a pesar de la mala iluminación de toda la estancia, le seguían en cada uno de sus movimientos, y Allen también.

El hombre frente así no tendría más de veinte años, su cabello era negro y largo en una alta coleta; vestía un traje casi como militar, a exceptuar que dadas las circunstancias Allen no podía asegurar que el traje fuese del todo militar. Era de un negro reluciente, con hebillas doradas y rojo carmesí, en su cintura descansaba una espada larga, como de esas películas de espadachines a las que se estaba acostumbrado a ver con Nariem cuando podía ir a su casa. Por sus rasgos visuales, Allen podía deducir que era oriental, como el otro hombre llamado Komui, sólo que Komui vestía de blanco y éste sujeto no; desconocía la razón de esa particularidad, más que nada porque había salido huyendo, y sí, había sido tonto de su parte. El japonés aún le miraba desde la distancia, Allen no podía despegar su mirada de esos ojos negros, no estaba seguro si ese era su color, a pesar de la leve iluminación en cada lado de las ambas paredes que conformaban el largo pasillo; para Allen era casi imposible distinguir esos ojos en la oscuridad. Más que todo cuando estos parecían verlo con tanta frialdad e indiferencia.

Entonces lo recordó, el lugar donde había visto antes esos ojos, el momento en que ocurrió ese primer encuentro, la razón por la que sentía que ya había visto antes a hace sujeto; cuando ocurrió todo "aquello" en Ipswich, cuando los…Akumas fueron destruidos, unas personas se habían acercado, esa persona se acercó a él, y considerándolo de esa forma, de seguro que esa persona lo había traído hasta éste lugar. Podía recordar la calidez de un cuerpo, el sonido de un corazón latiendo de forma pausada y concisa. Sin razón se avergonzó de repente y sintió como sus mejillas se calentaban, agradeció a la oscuridad como su aliada, figurándose oportunamente que debido a ella el rojizo de sus cachetes no se notaría, al menos no frente a esa persona. Fue incorporándose a los segundos restantes que le sucedieron al silencio que se habituó entre ellos; una vez de pie no supo si seguir enfrentándose mirada con mirada era lo mejor, la tensión era palpable en el ambiente, y empezaba a incomodarle lo suficiente como para desear despegarla de la de esa ónix furiosa; pero no pudo, y siguió mirándole.

El mayor no parecía querer hacer algo o decir algo más de lo que ya había dicho hasta ese momento, pero su ceño fruncido demostraba la impaciencia que se apoderaba a cada segundo de él; el pequeño cuerpo de Allen Walker temblaba de frío y de un impulso fuerte que le adormecía todos sus miembros… ¿Por qué estaba tan nervioso? Y otra vez éste sentimiento de haber visto a ese sujeto en otra parte, pero eso se suponía que ya lo había resuelto, sin embargo había cierto rasgo de familiaridad en esos ojos negros que no dejaban tranquilo al pequeño albino. El mayor finalmente habló ante el silencio del otro.

- Komui y todos esos idiotas te están buscando…muévete.

- ¿Qué?– frunció el ceño, por alguna razón la voz de ese sujeto le ponía de malas, o no, más bien el tono utilizado por éste. Esa arrogancia en tan demostrada en unas cuantas palabras le estrujaban el estómago con desagrado, y fue como tiempo atrás, cuando le atacaban verbalmente y él no sabía cómo responder, pero sentía como la bilis punzaba en su interior. - ¿Quién eres tú…?

- Qué te importa, idiota. No esperare eternamente, muévete, Moyashi.

- ¿Moyashi? – cuestionó confundido, para luego ponerse rojo de furia, no entendía lo que "Moyashi" significaba pero por alguna razón escucharlo le ponía de mal humor, especialmente cuando le seguían hablando en ese tono. – ¡Mi nombre es Allen Walker, y no tengo porque hacerte caso…! ¡Ni siquiera te conozco!

- No uses ese tono conmigo idiota – siseó entre dientes el japonés, acercándose al menor hasta que lo acorraló contra la pared. La mano derecha del japonés le tomaba con fuerza por el cuello de la camisa, levantándole unos centímetros del suelo hasta tenerlo a su altura.

Allen forcejeó para liberarse de ese agarre, además que la cercanía de ese sujeto le ponía todavía nervioso, especialmente cuando sentía que sus respiraciones chocaban una contra la otra, al parecer no era el único alterado con la presencia del otro. Le miró furioso a pesar de todo, de la misma forma en que era correspondido, ¿Qué diablos le había hecho a ese sujeto para que se molestara tanto con él? Era algo que Allen no sabía muy bien, tampoco sabía porque se sentía tan molesto por la actitud que tomaba el mayor con él.

- Sólo eres un cobarde sin ningún valor.

- ¡Cállate! ¡Tú no sabes nada de mí! …Yo sólo quería…tiempo, yo…

- Lo ves, un maldito llorón incompetente.

- ¡Suéltame! – arremetió con fuerza contra el mayor, pero éste parecía inalterado ante sus ataques, nuevamente las lágrimas comenzaron a vagar por su rostro, y el ceño del japonés se frunció mucho más – ¡Te digo que me sueltes!

- ¿Crees que con esa actitud solucionaras las cosas…? - habló con más parsimonia esta vez, estabilizando al menor en el suelo.

- ¿Qué? – le miró con sorpresa, finalmente el japonés le había soltado, y se alejaba de él, el tono de su voz le había sorprendido, y sobre todo, había querido por un segundo aferrarse a ese sentimiento que le había inundado cuando algo en los ojos del mayor llamó su atención.

Allen no estaba seguro de lo que era, pero tan rápido como vino se fue, y el japonés seguía mirándole ahora con la misma indiferencia del principio; Allen bajó su mirada, las palabras de ese sujeto se calaron hondo en su interior, él lo sabía, sabía que su actitud era tonta e inútil, y la verdad era esa. Allen se sentía impotente, lo que le había dicho a Komui era verdad, pero en ese momento tan sólo discriminó cada palabra que Komui trataba de dirigirle, realmente era horrible.

- Tenías miedo, eso fue ¿no? Tuviste miedo, como una maldita niñita escondida en un rincón – susurró, la mirada seguía siendo helada, pero el japonés prestaba más atención a la oscuridad a su alrededor que en percibir lo que sus palabras causaban en Allen.

- Sí…tuve miedo, no sabía que podía a hacer…pero también quería terminarlo todo…Yo – susurró con desesperación, su voz salía entrecortada por el llanto – me sentí culpable…ahora Nariem está muerto por mi culpa, está muerto porque hizo lo que yo no pude hacer, lo que no quise… ¡En ese momento desee morir también!

- Maldito cobarde – la voz del japonés se escuchó cerca, una corriente eléctrica cruzó por la espalda de Allen, y otra vez tenía al mayor a escasos centímetros de su rostro. – Eres una pérdida de mi tiempo.

Estas últimas palabras dichas por ese desconocido le lastimaron mucho más. Allen había actuado mal al haberse quedado sin hacer nada, en aceptar ese destino al primer segundo, pero entonces pensó que tal vez hubiese sido lo mejor; de acuerdo, era una actitud pesimista que muchas veces le vencía la batalla, pero en ese momento no pudo combatir contra ella. Vio su error cuando por sus manos corría la sangre de su amigo, porque Nariem dio su vida para salvarle, todo lo opuesto de lo que había hecho.

- Eso lo sé – susurró, no se dio cuenta cuando se aferró a los antebrazos del japonés, éste se tensó ante el toque del menor, pero no hizo nada para evitarlo. Segundos después se puso un poco más nervioso cuando el albino apoyó su cabeza en su pecho, rechinó los diente tratándose de controlarse – Yo realmente no quiero que nadie muera…

"Entonces únete a nosotros, Allen-kun", una voz que reconocía como la de ese hombre Komui le sorprendió lo suficiente como para separarse del japonés que ahora en rasgos estaba más furioso que al principio. Tal vez y arrimarse a él no había sido buena idea; Allen no sabía de donde había provenido ese impulso en aquel momento, pero no había hecho amague de separarse tampoco cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, por alguna razón se sentía más calmado, aun cuando su corazón no dejaba de latir con las misma furia; además, el japonés tampoco había hecho nada para evitarlo. "Sé que es difícil, pero lo único que nos queda es luchar… ¿Entiendes?"

- Joder… ¡Maldito bastardo! ¿Dónde demonios crees que estás?

- "Oh, Kanda-kun… Lo lamento, pero como saliste tan apresurado no me diste ni tiempo para explicarte que no había necesidad que fueras…" – su nombre es Kanda, pensó Allen, al escuchar a Komui.

- Córtale – le interrumpió Kanda, Allen miraba confuso la interacción del mayor contra la voz de Komui, que provenía de vaya a saber tú que lugar.

- "Pero si te estaba diciendo que podíamos a encontrar a Allen-kun por medio del sistema de seguridad... Me sorprende que hubieses actuado tan precipitadamente"

- Maldito hijo de perra – al escucharlo, Allen no pudo evitar fruncir el ceño, el léxico del mayor era tan obsceno - ¿Qué? Joder, Moyashi, deja de tocarme las bolas…

- Podrías, por favor, de dejar de usar esas palabras conmigo, es incómodo.

- Eres más estúpido de lo que pensaba – suspiró exasperado, la voz de Komui ya no se oía, algo que le incomodaba mucho a Kanda.

Entonces sin pensarlo dos veces, sacó su espada de su vaina. Allen al ver al mayor desenfundado su espada le recorrió un frío escalofrío por todo el cuerpo; tembló ante la sonrisa socarrona de Kanda, el japonés disfrutaba de las reacciones que causaba en él. Entonces Allen, olvidando el susto anterior, le miró provocador, por alguna causa, no quería dejarse vencer por ese imbécil mal hablado que tenía enfrente; en retrospectiva, puede que pareciese peligroso al principio, pero Allen era más terco de lo que parecía, y ese tal Kanda lo sacaba a relucir.

- No me tientes, Moyashi – le respondió al desafío, Kanda parecía estar buscando algo, el albino no sabía qué, posteriormente siguió la mirada del mayor para averiguar que era.

- "Kanda-kun, ¿podrías regresar a Allen-kun a la enfermería? Si él lo desea, por supuesto. ¿Qué me dices, Allen-kun?"

- …Está bien…

- "Me alegra escucharlo, de verdad…Entonces, Kanda-kun…"

- ¡Sr. Komui! Lamento todo lo que dije, fui muy tonto por molestarme y causarle tantos problemas.

- No te preocupes, es comprensible…ya pasó. Porque no dejas que Kanda-kun te acompañe de regresó a la enfermería, creó que no sabes cómo regresar ¿no? Pienso que aun necesitas descansar, no ha pasado más que un día.

'Un día…Sólo ha sido un día'

- ¿Por qué diablos tengo que ser su maldita niñera, eh?

- Oh vamos, Kanda-kun, no te pongas así… además, creo que están empezando a llevarse bien… ¿no crees?

- Cierra la boca, idiota – segundos después de decir aquello, Allen notó como Kanda apuntaba a un blanco en específico, y atacaba con su espada, un pequeño cortocircuito y una explosión siguieron a la acción del mayor. En ese momento Allen contestó a su pregunta de dónde provenía la voz de Komui…

Cielos, ¿En qué clase de lugar se había metido?

- Vienes o no, Moyashi.

- ¡Que no soy Moyashi, ya te dije que mi nombre es Allen!

- Como si me importara…Muévete de una vez.

- E-espera – le tomó del brazo, por alguna razón se sentía cansado ahora, bueno, Komui tenía algo de razón, él realmente necesita regresar a la enfermería – Yo…eres Kanda ¿no? Porque yo…

Antes de que pudiera terminar la oración, Allen ya había caído dormido, todo el esfuerzo del día, las emociones vividas había hecho mella en él; Kanda lo sujetó antes de que pudiera caer al suelo. Maldiciendo entre dientes al mocoso que tenía entre brazos, lo volvió a colocar entre sus brazos; cargándolo como la primera vez. Le miró, su respiración era tranquila, el mocoso se había apoyado en su pecho una vez que se había encontrado cómodo entre sus brazos; el maldito sólo estaba dormido.

- Baka Moyashi – empezó con su andar, sujetándolo con más fuerza, como la primera vez…aquella primera vez.

"Ta-ta-daima…Ta-daima… ¡Tadaima, Bakanda!"


Notas finales:

Hoy termine la U, y hoybtermine lo que me quedaba del capitulo tres..siii!1 descanso, aun cuando aun tengo q estudiar un poco más, el otroa ño sigo con examenes que no he terminado aun, el ciclo no llego a su fin éste año, así que en enero he de regresar...de vacaiones, pues bueno, ehhhh, no mucho. si preguntan porque, sólo les diré que el sistema educaitvo es una shit!pero yaaaaa. espero continuar con mis otrso fic, y veremos como va..quiero seguir con familia Kanda también, que la tengo abandonada a pesar del comienzo que le he dado. y los demás q tengo por ahí. en fin, agradezco su apoyo, en serio, ye spero que les guste el capi.

210! No importa lo que digan, yo soy feliz, especialmente con el detector de moyashi Baka de Kanda! ^^. nice.

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Tambien mi blog:

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Espero verlas pronto XD